A San José, Patrono de la Iglesia Universal
En memoria de mi padre, filialmente

"El auténtico culto de los santos, no consiste tanto en la multiplicidad de los actos exteriores, cuanto en la intensidad de un amor práctico, por el cual, para mayor bien nuestro y de la Iglesia, buscamos en los santos 'el ejemplo de su vida, la participación de su intimidad y la ayuda de su intercesión'.

... Nuestro trato con los bienaventurados, si se considera en plena luz de la fe, lejos de debilitar el culto de adoración tributado a Dios Padre, en ele Espíritu Santo, más bien lo enriquece e intensifica.

Porque todos los que somos hijos de Dios y constituimos una familia en Cristo (Hebreos 3,6) al unirnos en mutua caridad y en la misma alabanza de la Trinidad, correspondemos a la íntima vocación de la Iglesia y participamos con gusto anticipado de la liturgia de la gloria perfecta del Cielo".


Concilio Vaticano II,
Constitución Lumen Gentium


 

 

 

NDICE


Presentaciones

Prólogo

Orar ante una imagen sagrada

Iniciación a la contemplación. Dimas Antuña: Carta a un escultor.

Primera Visita
Una mirada de conjunto

Segunda Visita
Una mirada comparativa

Tercera Visita
El resplandor

Cuarta Visita
El asombro de José

Quinta Visita
José de pie y descalzo

Sexta Visita
El bastón florecido

Séptima Visita
El manto y la túnica

Octava Visita
Figuras y movimientos

Novena Visita
El Niño Jesús - I: Pañal, Desnudez, Niñez

Décima Visita
El Niño Jesús - II: El Pañal

Décimoprimera Visita
El Niño Jesús - III: Desnudez y Niñez

Décimosegunda Visita
El silencio de San José

Epílogo


PRESENTACIONES


Presentación de Monseñor Daniel Gil Zorrilla

Este libro espiritual del P. Horacio Bojorge S.J, si bien fue ocasionalmente escrito, con motivo de predicaciones y actividades pastorales en la Catedral de San José, confirma la vigencia de una tradición nacional en torno a la contemplación en imágenes y lugares sagrados.

Desde que ojos y espíritus como los nuestros vieron y tocaron y contemplaron los misterios del Verbo Eterno en la carne de Jesús, hay una permanente veta contemplativa en la Iglesia, consistente en alcanzar los misterios de la Fe a través de los signos y símbolos, tejidos en una imagen expuesta al culto.

Juan Zorrilla de San Martín, poeta de la Patria, fue un espíritu así. Y Dimas Antuña, llevó el género a singular elevación. El aporte del Padre Bojorge se inscribe, pues, en ese cauce de la fe popular católica del Uruguay, matriz fecunda de contemplación piadosa y provechosa.

Este libro, aprendido a los pies del glorioso Patriarca San José, enseñará a quien lo quiera, esos caminos simples de oración que el Espíritu suscita perseverantemente entre nosotros.

+ Daniel Gil Zorrilla
Obispo de Tacuarembó

Presentación de Monseñor Pablo Galimberti Di Vietri

El pueblo cristiano de esta Diócesis y todo el Uruguay cuenta con un hermoso Santuario dedicado a San José, Esposo de la Virgen María y Padre adoptivo de Jesús, nuestro Redentor.
La hermosa imagen de San José, que se levanta majestuosa en el ábside de la nave central de esta Catedral y Santuario Nacional, es el signo de la presencia ininterrumpida de este celestial Patrono, que desde hace 202 años acompaña y protege a nuestro pueblo.
El culto y la devoción a San José tiene tantos años como nuestra ciudad, es decir, se remonta a la fecha de la fundación, el 1º de junio de 1783. Cuando los primeros pobladores llegaron a este lugar, designado previamente con el nombre de San José mediante decreto del Gobierno que así lo denominó en razón del río homónimo que bordea el paraje, aquellos primeros habitantes, probablemente junto a sus enseres, equipajes y herramientas, ya tenían una primitiva imagen del Santo. Así fue como, de inmediato, se destinó un lugar para la primera capilla, una construcción rústica, con techo de paja. Esta sirvió durante veinte años, hasta que fue reemplazada por la segunda, bendecida por el Obispo Lué y Riega el 28 de marzo de 1806. Esta capilla prestó sus servicios hasta el 25 de marzo de 1875, en que se inauguró el actual templo y Santuario.

Pasaron los años. Hasta que fue creada la Diócesis de San José del Uruguay - así se la denominó en la Bula de erección - el 15 de noviembre de 1955 por el Papa Pío XII. El primer Obispo, Monseñor Luis Baccino, toma posesión el 8 de abril de 1956. Al año siguiente la Confrencia Espiscopal del Uruguay, con fecha 3 de setiembre de 1957, declara a la Catedral, Santuario Nacional.

Como puede apreciarse, entonces, la veneración de San José tiene hondas y firmes raíces en este suelo, a pesar de las transformaciones sociales, culturales y eclesiales que pudieran haber desviado la atención de este núcleo de la fe popular.

Con la profunda emoción de la fe, volvemos hoy a proclamar: ¡aquí está San José!, como parte íntima de nuestra historia familiar y social, como testigo de nuestros pasos, como esposo castísimo de la Virgen María, como padre del hogar de Nazaret y como camino hacia su Hijo Jesús. ¿Sabemos apreciar esta Bondad de Dios al concedernos tan insigne Protector? Pero a pesar de nuestros olvidos, breves o prolongados, el Santo sigue invitándonos a elevar nuestros corazones en los dolores y alegrías, a abrir de par en par nuestros hogares y nuestros ambientes. José, el esposo, el padre, el emigrante, el obrero..., el creyente, el hombre justo y piadoso, el intercesor y ejemplo, en su humilde presencia, sigue hablándonos.

Estamos seguros de que estas páginas del Padre Horacio Bojorge, S.J. prolongarán las meditaciones que nos ofreciera este años durante la novena a San José. Y así, nuestro celestial Patrono seguirá cumpliendo su misión providencial, la de introducir al Niño - el Salvador del mundo - en nuestros corazones y en nuestro pueblo.
* Pablo Galimberti
Obispo de San José de Mayo
17 de Octubre de 1985
San Ignacio de Antioquía, Obispo y Mártir


PRÓLOGO

La Iglesia Catedral de la diócesis de San José de Mayo es uno de los templos más hermosos del Uruguay. Esta Basílica es también el Santuario Nacional uruguayo dedicado a San José. Se inauguró en 1875 como templo parroquial. Pero el origen de esa parroquia bajo la advocación de San José es muy anterior y demuestra que la devoción a San José estuvo siempre muy arraigada en nuestro pueblo.

El 8 de diciembre de 1870, el Papa Pío IX, en momentos muy duros de la historia de la Iglesia y muy tristes para su pontificado, había declarado a San José, Patrono de la Iglesia Universal, poniéndola bajo su especial protección. También la Iglesia en Uruguay había quedado desde entonces bajo la protección de San José. Poco después de erigirse la diócesis de San José de Mayo, cuyo primer obispo fue Mons. Luis Baccino, los obispos uruguayos acordaron en el año 1957 que éste sería el Santuario Nacional Uruguayo dedicado a San José.

Al inaugurarse la era del Vaticano II, Juan XXIII colocaba este concilio bajo la protección de San José, mediante una carta apostólica del 19 de marzo de 1961. Introducía la mención de San José en el Canon de la Misa. Y volvía a colocar al concilio bajo la protección del santo el 8 de diciembre de 1962.

Si volvemos nuestros oídos a la fe del pueblo creyente, podemos comprobar que la devoción a San José sigue viva y en aumento.

Esto lo pudimos comprobar una vez más en ocasión de la novena y de la fiesta que, en 1985, a ciento diez años de la inauguración del templo que es hoy Santuario Nacional de San José, predicamos a los pies de la hermosa imagen patronal que allí se venera. Desde que se ingresa al templo, la imagen de San José, con el Niño Jesús en brazos, parece adelantarse para salir a dar la bienvenida al peregrino que acude a su casa. Durante la novena, nuestra predicación consistió en comentar lo que esa imagen predica permanentemente por sí misma. Las páginas que siguen surgen de esa inspiración: comentar lo que esa imagen sugiere en el ánimo del que la contempla con fe, nutrida en la Liturgia, la Sagrada Escritura, el Magisterio, la Tradición y la voz de los Santos . . .

Ofrecemos estas Visitas a San José a cuantos fieles visitan el Santuario de San José de Mayo donde se venera esta imagen y se llegan a orar a sus pies, para que avancen, auxiliados por San José, en el conocimiento y en el amor de Jesucristo.

Festividad del Inmaculado Corazón de María
San José de Mayo, 15 de junio de 1985

Nota a esta nueva edición: Esta obra la editaron conjuntamente los obispos Mons. Daniel Gil Zorrilla y Mons. Pablo Galimberti di Vietri, obispos entonces respectivamente de Tacuarembó y San José de Mayo. Agotadas aquellas ediciones nos auguramos que ésta pueda superar en difusión a la primera. Montevideo, 1º de Mayo de 2007, Fiesta de San José Obrero.

 

ORAR ANTE UNA IMAGEN SAGRADA

Las imágenes sagradas son aquéllas que representan a Jesucristo, el Hijo de Dios hecho Hombre, a la Virgen María su Madre, o a los santos.
Antes de la Encarnación del Verbo de Dios, estaba prohibido por la Ley del Antiguo Testamento, hacer imágenes de Dios. Pero cuando por la Encarnación, Dios invisible se hizo visible, esa prohibición cesó. Dios mismo la hizo cesar haciéndose visible y en consecuencia los creyentes en Cristo hacemos y veneramos imágenes de Dios hecho hombre. Y con mayor razón de los que creyeron en Él: los santos.
Las imágenes sagradas, veneradas por los fieles, quieren levantarnos desde los sentidos hacia la oración. Desde lo visible hacia lo invisible. Las imágenes son oración que empieza y que entra por los ojos. Mirarlas con fe es empezar a orar. Porque ellas levantan nuestro pensamiento hacia lo que representan.

El esquema de estas visitas

Nuestras visitas a San José están organizadas según un esquema que deriva de ese acontecer connatural al alma creyente. Mirar. Escuchar. Orar.

1) Miramos la imagen. Nuestro punto de partida es la imagen. En cada visita nos detenemos a contemplar algún detalle o algún aspecto de la imagen.

2) Escuchamos. Acudimos a lo que nos dice la Sagrada Escritura, la Liturgia, los santos... Nuestro comentario, nuestras sugerencias, recogen alguna de esas voces que interpretan el significado de lo que nuestros ojos contemplan. Por el oído nos adentramos en el sentido de lo que vemos. La fe del creyente, se alimenta por la proclamación de la fe de la Iglesia. Reconoce su verdad y pronuncia su Amén. O sea su acuerdo, su aprobación: Así es. Instruidos, aprobamos.

3) Oramos. Después de sentir con los ojos y los oídos, y de asentir con el amén de la fe de nuestro espíritu y por la gracia del Espíritu Santo, el mismo Espíritu Santo nos eleva a la oración. Tras el ver y el escuchar, nos sobreviene ahora la posibilidad de hablar. Porque orar es hablar. Con Dios y con los santos.
Construidas según esta dinámica, estas visitas no quieren sin embargo imponer fórmulas de protocolo. Sino todo lo contrario: respetar los momentos de una visita que se desarrolle con naturalidad. El texto de nuestras visitas se ofrece como una ayuda. Quien se valga del texto, ha de sentirse libre y señor de sí mismo. Para servirse de él. No para servirlo.

Estas visitas se las puede administrar el lector como más guste. Puede leer todo el libro de corrido. Por ejemplo, como preparación para una peregrinación al Santuario de San José de Mayo , en la que se encuentra la imagen que contemplamos, durante los días previos al viaje.
Pero puede irlo leyendo de a poco, fraccionadamente, según el plan de una novena o del Mes de San José.
Como decía un maestro espiritual, hay almas que beben en la lectura espiritual o en la oración como un elefante: sin pararse a respirar. Y otras que leen o rezan como la gallina bebe el agua, tomando un poquito por vez y levantando la cabeza para tragarla.

Desde que entre al Santuario, mire la imagen de San José con el Niño. Acérquese hacia ella sin dejar de mirarla. Desde que Usted entra, José le sale al encuentro con el Niño. Es la persona más indicada para acercarle a Jesús, presentárselo y ayudarlo en su trato y conversación con Jesús.
En todo templo, Jesucristo es el Dueño de casa. En. éste, José nos recibe, nos invita y nos presenta a Jesús como en la suya, Jesús resucitado vive en la Casa del Padre. Durante su vida mortal no tuvo otra casa que la de José.
Elija un lugar donde también Usted se sienta como en su casa, donde pueda sentarse, arrodillarse o quedarse de pie. Quizás baste eso para que surja la oración. Entonces olvídese de este libro.
Si eso no sucede, quizás algunas de las visitas que le ofrecemos, le ayude a lograrlo.

"Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome a este glorioso Santo por Maestro,
y no errará en el camino". (Santa Teresa)

Nadie mejor que Usted sabe lo que tiene que decir. Pero si desea o necesita alguna sugerencia, podría hablar más o menos así:

Oración a San José

Glorioso Patriarca San José,
Tú que eres el hombre más próximo a Jesús,
el que lo amó con mayor ternura y lo trató más íntimamente;
Tú, que eres aquél a quien Jesús tuvo mayor confianza,
mayor afecto y respeto,
intercede por mí delante de Dios
a Quien tantas veces he ofendido con mis pecados
y alcánzame la gracia de dirigirme a Él
digna y adecuadamente. Amén.

Oración al Niño Jesús

Señor mío Jesucristo,
que dijiste: "Bienaventurados los limpios de corazón,
porque ellos verán a Dios",
Te pido que me des un corazón puro y unos ojos limpios,
para que pueda mirar, comprender y amar
los misterios divinos representados por esta imagen.
Que mis ojos, que hoy levanto hacia esta imagen
tuya y de San José, puedan mirarte como él te mira,
te busquen con avidez,
te contemplen, comprendan y amen cada día más.
Desvía Tú mis ojos de toda mirada maligna,
airada, dura, rencorosa, de codicia, envidia o soberbia,
que pudiera desagradarte o hacerme ciego para Tu Presencia. Amén.

"Muy felices seríamos mereciendo la intercesión de este excelso patriarca, pues nada le niegan Jesús y María". (San Francisco de Sales).

 

INICIACIÓN
A LA CONTEMPLACIÓN DE LA IMAGEN

Estimado lector, quiero compartir contigo el siguiente escrito de Dimas Antuña , que considero una buena iniciación para aprender a contemplar imágenes sagradas.

CARTA A UN ESCULTOR


Para hacer una imagen de San José
José Luis (Dimas) Antuña Gadea

Mi querido amigo: Me dice Ud. que le han encargado una imagen de San José para una iglesia y que no sabe si aceptar o no ese trabajo que considera difícil; considérelo imposible y luego acéptelo. No va Ud. por propia inspiración hacia San José (cosa que sería ir directamente a un fracaso, o a una obra falsa) sino que una circunstancia lo pone a Ud. delante del Santo. Ahora bien, yo creo que las circunstancias no existen y que delante de cada circunstancia debemos decir: Dominus est , y negarnos. Negar nuestros gustos, negar nuestras virtudes, negar hasta esa idea que nos hemos formado de lo que somos capaces de hacer. ¿San Pedro era capaz de caminar sobre el agua? No, por cierto. Pero era capaz de echarse al agua. Y eso es lo importante. Lo demás lo obrará el Señor en nosotros.

Su imagen tiene un destino especial, será dedicada al culto. ¿Cuál es la función de una imagen expuesta a la veneración de los fieles?

Una función doble: 1º, despertar la devoción; 2º, no estorbar la oración.

Vivimos in sensibus (en los sentidos). La imagen debe tomarnos en lo que estamos, en los sentidos y despertarnos, por los sentidos, a lo espiritual. Pero debe estar hecha en tal forma que no dé un deleite sensual al sentido; no debe ofrecerse con jugos de devoción sentimental, debe dejar pasar el alma a través de lo sensible.

Y para esto la imagen debe ser verídica. Debe ofrecer claramente, con la claridad que le es propia, una doctrina clara. Así, una Dolorosa, debe representarnos los dolores de María, y es una verdadera blasfemia (catalana) representar esos dolores con la imagen de una prima donna que se retuerce las manos. Patetismo bajo, de teatro, y de teatro malo.

La verdad de una imagen tiene un elemento intelectual "cifrado" y un elemento emocional que debe ser "templado". Los símbolos propios de la imagen deben dar la doctrina de la imagen, y el hieratismo (que no quiere decir tiesura sino majestad, presencia de Dios, temor) debe moderar lo humano, el calor humano que es necesario que exista en una imagen, pues una imagen es un homenaje a la Encarnación, y los santos fueron hombres como nosotros.

Despertar la devoción, no estorbar la oración. Para que la imagen no estorbe la oración debe estar construida con una unidad rigurosa. Podrá ser rica de sentido y detalles, pero es necesario que diga una sola cosa (así sea con mil detalles) y que tenga un solo movimiento o una sola quietud, como sea.

Un barroco hará girar todo en un solo movimiento; un romántico sosegará todo en una sola quietud, de admiración o de sorpresa o de revelación sublime y pacífica. De modo que la imagen quede como apagada (así sea brillantísima), porque apagada aquí ha de ser la intención de no brillar, de no distraer, de no deslumbrar. Una imagen no debe excitar los sentidos. Debe despertarnos de la vida sensible y tirarnos de adentro a sosiego. La Inmaculada de Murillo hace imposible el sosiego; la Dolorosa del Sagrario, en la Catedral, nos impone silencio. Evitemos a Murillo, que era mulato. Imitemos al que hizo la Dolorosa, que no sabemos quién era.

Los sentidos deben quedar en una imagen como la ropa en una percha: el oficio de la imagen después de despertar los sentidos a devoción es "dar paso", dejar el alma en libertad. Cuando la oración termine, el alma volverá a la imagen y recogerá de ella los sentidos que dejó sosegados en ella. Si una imagen cumple así su oficio, diremos de esa imagen que es devota; es decir, que no está desatada, sino sujeta (devoción, quiere decir sumisión amorosa) y produce sentimientos de humilde sumisión a Dios.

Veamos ahora el caso particular de la imagen de San José.
Para "cifrar" la imagen el artista dispone de ciertos símbolos que declaran la vida y los misterios de San José. Debe estudiarse en particular cada uno de esos símbolos, sin pensar en la imagen: la imagen será construida después con ellos. Estos símbolos son: La túnica, el manto, la corona, el martillo, la vara y la flor, la descalcez, el Espíritu Santo.

Luego debe estudiarse el "hieratismo", es decir, la actitud, el calor humano y la moderación divina de la estatua. En esto tendremos en cuenta: si estará de pie, si oye o mira, si lleva o presenta al niño, si se apoya en la vara, o la lleva, o la empuña.

Esta solución "concreta" de la imagen puede ser realizada de las más diversas maneras: yo supongo aquí una imagen que haría yo para mí, lo que no implica que no pueda ser hecha de otro modo, diferente y hasta mejor, es decir, en el que luzca con más claridad formal la doctrina de lo que debe ser una imagen y la verdad de lo que debe ser un San José.

La túnica: El santo debe estar vestido. Yo le pondría la túnica de muchos colores de José. No podemos, no debemos ni confundir ni separar a José de San José; y en José tenemos cantidad de cosas sensibles que dan luz sobre San José. Le visto, pues, la túnica polymita, de muchos colores, la túnica de zarzahán, que significa la variedad de las virtudes, y que es un regalo del Padre. ¿Hay algún inconveniente estético? Se resolverá por los medios propios de la escultura policromada cuyos recursos son muchos. Lo esencial es saber que queremos vestir a San José con la túnica de colores de José.

El manto: El manto debe ser la stolabyssina que Faraón vistió a José cuando fue exaltado. Yo le pongo, pues, un manto de un solo color, claro. El manto es la caridad perfecta que vincula, cubre y cumple todas las virtudes. Es la perfección del matrimonio espiritual del alma confirmada en gracia. La realización del manto queda librada al artista; lo único importante es querer realizar ese manto de una sola tela, de un solo color claro, por oposición a la túnica llena de variedad; lo importante es tener conciencia de que el manto éste es la cima de perfección del santo, donde una sola cosa es necesaria y esa sola cosa ha sido lograda y vivida hasta que nos ha transformado en ella. Así pues: el vestido tiene esa oposición, la variedad de la túnica y el color uno y simple del manto.

La corona: San José es príncipe y debe llevar una corona. Puede llevarla en la cabeza, pero eso resultará poco claro. Beuron pone la corona en el aire, atravesada por los rayos. El símbolo ahí es claro. Puede ponerse en otro lugar. Podría realizarse esta idea: "en San José el príncipe y el obrero uno al otro se anulan para que la carne no pueda envanecerse de ninguno". La corona y el martillo irían juntas, como fueron en su vida.

El martillo: Símbolo claro de que es "Faber", carpintero o herrero. Pero ya se sabe la doctrina sobre esto: es "faber" por imitación del Padre, Faber de toda la creación, Artesano del mundo - y carpintero por razón de la Cruz del Hijo. Yo sé que todo esto no sirve a un artista que ya tiene las manos puestas a la obra: pero si estas cosas se ponen bien adentro, Dios da, sin saber nosotros cómo, el modo de realizarlas. No es indiferente mientras ponemos el martillo pensar que es el martillo con que se desclava a Cristo: José de Arimatea también responde a San José, le es armónico.

La descalcez: Otro misterio: recordemos que no está descalzo porque le falten zapatos, sino porque se ha descalzado.
Está descalzo como Santa Teresa. Los pies descalzos son la base: la pobreza, la primera de las bienaventuranzas, puerta del Reino. ¿Cómo puede darse esa descalcez? Todos los pies descalzos, cualquiera sea el motivo de la descalcez no son idénticos. No. No son iguales los pies descalzos de una estatua griega que los de Cristo, puestos sobre el áspid y el basilisco. Entremos en esta doctrina, en esa luz de los pies descalzos y ya Dios nos dará cómo expresarlos.

La vara: Aquí tenemos el símbolo por excelencia de San José: su vara es el bastón alto del patriarca, vara de autoridad - porque es patriarca - y de peregrino - porque los patriarcas caminaron hacia una ciudad que no es de este mundo -. No me gustan ninguna de las dos varas de Beuron. Me gusta totalmente la vara del Greco: que sea un bastón así, todo un bastón.

Misterio de la flor: San Luis Gonzaga, San Antonio de Padua, tienen una azucena: símbolo de la pureza virginal. La azucena cortada larga, el chicote de lirio, es decir un tallo y una flor que sale del tallo: flor propia del tallo, tallo hecho para la flor. Nada de esto conviene a San José y es preciso evitarlo so pena de embarullar todo en una majadería de pureza sentimental. La flor que florece en la vara de San José es de puro milagro: es como la que floreció en la vara de Aarón. El bastón de San José, su bastón de patriarca, no debe tener proporción de tallo con la flor. El bastón es autoridad del marido: que sea fuerte. La flor es independiente de ese bastón: que sea pura. Y que se vea bien que la flor y el bastón van juntos no por consecuencia y proporción natural (como la que existe entre el tallo jugoso y las flores de una vara de nardo) sino por pura gracia de Dios "añadida" y no "exigida". La flor va en el bastón, pero no sale del bastón. El bastón que lleve la flor, pero no porque le haya sido dado al Santo para llevarla. Le ha sido dado el bastón para llevar el Niño, y la flor, esto es, la virginidad, es como un rocío de lo alto. Está unida al bastón: nada más. Insisto en esto porque en esto fallan las imágenes modernas de San José. Yo llegaría a poner la flor en la punta del bastón. La pondría un poquito antes, como un brote. La vara dice: es patriarca. La flor: es virgen. La dos cosas están juntas, pero no tienen relación de dependencia o consecuencia.

El Espíritu Santo: Debe llevar un símbolo del Espíritu Santo por haber tenido la plenitud de los dones a pesar de pertenecer al Antiguo Testamento. San José fue como los "hijos de Dios" que son "movidos" (accionados) por el Espíritu Santo. Unos ponen los siete rayos, como en Beuron. Otros la mano (el Padre) con el dedo (el Espíritu Santo) como en la otra estampa de Beuron. La idea debe ser ésta: Quien mire debe entender que este Santo es conducido personalmente por el Espíritu Santo. Dios lo conoce por su nombre, como a Moisés, y lo conduce con una providencia singularísima, indecible.

Tales son los símbolos para cifrar la imagen: esa es la doctrina. Veamos ahora el acto, la presencia simple que lleva todo eso, subordina todo eso, habla con y por todo eso y dice una sola cosa.

Actitud: de pie y presentando el Niño al pueblo fiel. Evitar que aparezca llevando el Niño, de niñero. Que empuñe bien la vara y presente el Niño: son dos cosas correlativas: son su misión, su "majestad". Y que la figura suya quede velada en la humildad: que dé la impresión de un hombre grave, que sabe lo que hace, que sabe quién es, que sabe para qué está ahí de pie, pero que no se produce ad extra, [para aparecer]. Yo pondría la cabeza "oyendo" y los ojos mirando para dentro: una cabeza que hace atención, que presta atención. Presta atención al pueblo y al Niño, oye a los fieles y oye al Verbo.

La Virgen mirando al Niño ha sido toda la Edad Media: la relación de la Virgen y el Niño permiten eso y la ingenuidad filial de la Edad Media merecía expresar eso. Nuestra época es muy dura y San José está en medio del hambre: presenta al Niño para aplacar a los monstruos y tiene esa actitud de oír para darnos calma. Que esté envuelto en silencio y contagie silencio. Que su actitud de presentar al Niño sea como para exorcizar el siglo.

El que trabaja para San José debe renunciar a ser "Artista". El Artista es una cosa del Renacimiento, del mundo. En la Iglesia se necesita un oficial artesano, es decir, un hombre que conozca su oficio y trabaje con manos puras. Para una imagen que va a ser objeto de culto conviene más un espíritu de obediencia que un espíritu de afirmación individual. Trabajemos en un San José por docilidad la Espíritu más que por inspiración propia que busca expresarse.

Rafael y los otros del Renacimiento hicieron cosas bellas con al Sagrada Familia, los Desposorios, etc. Pero la belleza es de ellos, no de los misterios. Los misterios son un pretexto, para expresar el alma del Artista. Aquí debemos proceder al revés: que las manos del oficial sean un pretexto para que pasen por ellas (con humildad y obediencia y negación de sí) los misterios de Dios. Evitemos a Rafael: evitemos también a Beuron. Una lectura exacta no es una cosa que canta. Beuron no estorba, pero no despierta. Beuron es un catecismo. Cosa excelente, descanso del espíritu después de las locuras literarias. Pero no es un prefacio, no es una antífona, no despierta. Y la imagen debe "recordarnos", [despertarnos].

Greco tiene de grande que precipita sobre San José esos ángeles, y le da el paso del patriarca extraño a este mundo, pero a Greco le falta el sentido trágico de San José: yo le hubiera pedido a Greco que pusiera no ángeles celestes, sino de tinieblas: en la misma forma que esos ángeles, los otros, "las potencias del aire" de que habla San Pablo, dominadoras del mundo moderno.

Que la imagen de San José tenga algo de grande, de simple: algo que detenga. Una imagen para ahuyentar las devociones interesadas. Que el "devoto josefino" entre a la iglesia con intención de pedir plata, o cosas temporales y egoístas, y sea detenido por la paz de San José y pida oración, conocimiento de sí y desprecio del mundo. Una imagen que detenga el corazón blando, sucio y sentimental de nuestra época. Yo quisiera poner en la peana del Santo esta palabra de las Letanías que resume, para mí, el misterio de iniquidad de nuestra época y el misterio de clemencia revelado a nuestra época en San José: Sancte Joseph, terror daemonum, ora pro nobis, San José, terror de los demonios, ruega por nosotros.

Miércoles, 5 de agosto de 1931
Nuestra Señora de las Nieves


- PRIMERA VISITA -

UNA MIRADA DE CONJUNTO


Antes de entrar a considerar los detalles de la imagen, conviene que le demos una mirada de conjunto para reparar en sus elementos.
El artista sagrado nos presenta a un San José joven y vigoroso. Lleva al Niño Jesús en brazos. Está rodeado por una aureola luminosa que irradia disipando un halo de nubes. Hay una nube a sus pies, sobre la cual se apoya, descalzo, el pie derecho de José y que oculta su pie izquierdo. Parece que asciende al cielo y al mismo tiempo parece que avanza. Siete querubines lo rodean : a sus pies, sobre su cabeza y a la altura de los hombros. A sus pies, a ambos lados de la imagen hay dos ángeles niños. El de la derecha está sosteniendo el bastón florecido.

Sobre la cabeza de José, extiende sus alas en un vuelo ascendente la paloma blanca que figura al Espíritu Santo. San José sostiene al Niño Jesús sobre el brazo izquierdo. Lo tiene sobre un pañal blanco, envuelto a medias con su manto. Con su mano derecha, José toma
delicadamente la manita derecha del Niño y la contempla con la boca entreabierta, en actitud asombrada o de arrobamiento. Podría estar diciendo o exclamando algo. Está vestido con una túnica celeste y su manto es color tierra.

El Niño Jesús, desnudo, tiene su mano izquierda levantada. Podría sostener en ella un globo terráqueo o una cruz . Pero nuestra imagen nos muestra, actualmente, la manita vacía, alzada a la altura del corazón. El Niño Jesús vuelve su rostro hacia el rostro de San José y parece acercársele. Lo mira con ternura y sus labios pueden estar susurrando algo al oído de San José.

San José Y el Niño Jesús están pendientes el uno del otro. Como sumergidos y absortos en un diálogo silencioso, envueltos ambos en una corriente de ternura recíproca. José está en actitud de quien protege, admira y atesora al Niño. Y el Niño en actitud del que se abandona al abrazo paterno y lo retribuye gozosamente.


OIGAMOS .. .

Después de mirar oigamos. Invitamos a una mesa redonda sobre San José, a algunas figuras cuyas voces pueden ayudarnos a penetrar en el sentido de nuestra imagen. Recorramos sus testimonios como quien hojea un álbum de visitantes ilustres. O como quien -en una reunión- escucha la conversación de los invitados.

* * *

"El Padre de Jesucristo, este Dios (Padre) que lo engendra desde toda la eternidad, habiendo elegido al divino José para servir de padre en el tiempo a su Unigénito, deslizó en él un destello del amor infinito que El tiene a su Hijo, dándole un corazón y un amor de padre" (R. Garrigou - Lagrange)

* * *

"Quien dice que a José no se le debió llamar padre de Cristo porque no lo engendró; ese tal coloca la esencia de la paternidad en la línea de la genitalidad y no en la profundidad del amor" (San Agustín).

* * *

"José es padre de Jesús por constitución de Dios. Dios lo constituye hijo de José, aunque lo haya engendrado sin concurso de José. Jesús es el hijo de Dios, que Dios mismo da a José para que sea hijo de José. José es padre de Jesús; pero no sólo padre legal -padre ante la ley-, o padre nutricio -padre que provee el alimento-, no sólo padre, porque José adopta a Jesús, o porque Jesús es hijo nacido dentro del matrimonio María-José, sino padre por constitución divina. No es padre de la generación pero sí padre del nacimiento. Con lo cual, la incorporación de Jesús en la rama de David se hace a través de José (...) por la paternidad que Dios otorga a José sobre el hijo. De Dios deriva toda paternidad en los cielos y en la tierra, dice San Pablo a los Efesios (3,15)". (Alejandro Díez-Macho).

* * *

"Adoremos la Paternidad de Dios, en la grande y humilde figura del Esposo de María Santísima, San José. Dios selló con él una Alianza especial. Una particular Alianza en la Paternidad; en la que José de Nazareth tuvo más parte que Abraham. (...) José que había
creído estas palabras del Ángel, selló con Dios una Alianza especial: la Alianza en la Paternidad. Desde entonces sabría qué debían significar en su vida y en su vocación las expresiones del Salmo: "El me invocará: Tú eres mi padre" (Salmo 88, 27). En efecto, Jesús lo llamaba así. Y todo el ambiente decía lo mismo, llamando a Jesús "el hijo del carpintero" (Mateo13,55). Y él, José, sabía que estas palabras, se referían al Padre Eterno, Creador del cielo y de la tierra. Sabía qué se había realizado la Alianza más sagrada. Sabía que su pobre casa de Nazareth se había llenado con el inescrutable misterio de la Paternidad divina, de la cual él mismo, José, se había convertido en el fiduciario más próximo y en el siervo fiel. (...) Me alegra adorar hoy junto con vosotros, queridos hermanos y hermanas, la Paternidad divina que se reveló en forma admirable en la vida y en la vocación de José de Nazareth". (S. S. Juan Pablo 11. 24/III/1985).

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"No estoy de acuerdo con la forma clásica de representar a San José como un hombre anciano, aunque se haya hecho con la buena intención de destacar la perpetua virginidad de María. Yo me lo imagino joven, fuerte, quizá con algunos años más que Nuestra Señora, pero en la plenitud de la edad y de la energía humana. Para vivir la virtud de la castidad, no hay que esperar a ser viejo o a carecer de vigor. La pureza nace del amor y, para el amor limpio, no son obstáculos la robustez y la alegría de la juventud". (Josemaría Escrivá de Balaguer).

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"El decreto de la Encarnación implica la predestinación de María a la maternidad divina y la de San José para ser padre nutricio y protector del Hijo de Dios hecho Hombre. Ha sido predestinado al más alto grado de gloria después de María, y luego al más alto grado de gracia y de caridad, porque estaba llamado a ser el digno padre y protector del Hombre Dios ". (R. Garrigou " Lagrange).

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"El Niño Jesús aprendió a decir "Abba" ("Papito") experimentando en sí la paterna presencia de San José. El Dios del Antiguo Testamento, aún manifestándose como Padre, lo era en referencia a un hijo rebelde y traidor: Israel. Para manifestarse definitivamente como Padre amoroso de un Hijo perfecto, dispuso la mediación de San José. Jesús adquirió en sí el crecimiento ordenado y perfecto de su conciencia y corazón filial a través de la relación filial a San José y a María. Cuando Jesús habla del Padre, dice lo que ha visto y repite lo que ha oído del Padre mismo, como su Hijo eterno que es;- pero también resuenan en tales palabras, los rasgos paternos que Jesús conoció en José. Así por ejemplo: "Mi Padre trabaja siempre. Sabe lo que necesitáis. No habéis acabado de pedirle algo y ya os lo ha concedido. Sé que me escucha siempre..'Su Hijo querido. Respetarán a mi hijo. El es bueno con los ingratos y los perversos. Qué padre hay entre vosotros que si su hijo le pide pan... Ya sabe vuestro padre que tenéis necesidad de esas cosas. Estando él todavía lejos lo vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusiva, mente. Hijo, tú siempre estás conmigo y todo lo mío es tuyo... Las palabras de Jesús sobre la pobreza, castidad, pequeñez, ¿no reflejan también su experiencia hogareña junto a José?". (Mons. Daniel Gil Zorrilla).

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"De San José no tenemos ni una sola palabra. Ni un solo dicho suyo, en la Escritura. San José no tuvo ninguna acción visible en los acontecimientos de su época. No tuvo que afrontar al Rey Herodes -como San Juan Bautista. No se presentó a los hombres con una palabra, un mensaje nuevo- como San Pablo. No tenemos nada que hacer con él, ni en el orden político, ni en el dominio de las ideas. Su vida está completamente fuera, al margen, de eso que se llama la vida pública. Fue una vida como la nuestra, una vida privada.
San José tuvo que soportar el orden exterior del mundo. Y, dentro de ese orden, justo o injusto, no hizo otra cosa sino callar, obedecer, y buscar el pan de cada día. "
Ahora bien, si en la vida privada de este hombre hay algo más, ese algo más es de un orden enteramente espiritual, interior. Es, como nuestra vida religiosa, un secreto del alma. Algo que pasa en lo escondido. Lejos de la mirada de los hombres.
La vida exterior de San José, pues, pertenece a lo que se llama la vida privada. Y el misterio que puede haber en esa vida, es algo religioso, algo invisible, Algo que pasa delante del Padre y que corresponde a lo que se llama la vida oculta...
Y esta semejanza entre la vida de San José y nuestra vida, es lo que más alienta para hablar de este santo. ¿No somos todos nosotros personas privadas? Ciertamente que no estamos constituidos en dignidad. Nos movemos fuera de toda actuación. No pertenecemos al número de los que mandan. Ni al número de los que guían y enseñan. Nuestras decisiones no dirigen la suerte del mundo. Ni abren nuevos rumbos a la ciencia. Somos mandados y somos enseñados. Y no tenemos otra cosa que hacer, cada día, sino callar y obedecer. Buscar el sustento. Y padecer todas las leyes, divinas, humanas, justas o injustas, que quieran ponernos sobre el hombro.
Y si hay algo más en nuestras vidas, eso no deriva, no proviene de nuestra posición social exterior. Ni de nuestros estudios –que no hemos hecho. Ni de nuestra capacidad intelectual- aunque la tengamos. Sino de nuestra situación interior. Proviene de que somos cristianos. De que somos creyentes. Proviene de nuestro bautismo, de la confirmación, de la eucaristía, de la penitencia. En una palabra, proviene de la vida divina que Dios nos comunica por su Hijo. Y del hecho que, espiritualmente, pertenecemos a ese cuerpo divino y humano de la Iglesia, que está animado por el Espíritu Santo.
Ese Espíritu que nos permite creer y hablar con un Dios oculto. Cuya existencia muchos niegan y nos enseña a decirle Padre.
Esta doble condición - de ser hombres comunes y ser cristianos - y este hecho felicísimo, - de movernos en la vida privada y tener una vida oculta en Dios con Cristo -, creo que nos da ojos y acaso nos permita ver algo en la vida de San José. Quien no ve nada en San José, no ve nada de lo verdaderamente importante de sí mismo. No ve nada del misterio de su fe". (Dimas Antuña)

OREMOS . . .

Unámonos a la oración y al canto de la Iglesia en la liturgia de la Fiesta de San José (19 de marzo). La Iglesia es madre y como a hijos nos enseña a hablar el lenguaje de la fe. Nuestro corazón creyente debe ir creciendo hasta la medida de los deseos y de los sentimientos que la Iglesia vuelca en sus oraciones y sus cánticos. Si nuestro corazón aún no se siente interpretado por esas fórmulas litúrgicas, si no las comprende o no logra identificarse con ellas ni verse reflejado en ellas, es porque aún es niño en la fe y aún no entiende el lenguaje de los mayores. Pero ese test litúrgico no debe desanimarnos. Pongamos nuestro corazón con docilidad en su escuela.

"Dios todopoderoso, que confiaste los primeros misterios
de la salvación de los hombres a la fiel custodia de
San José; haz que por su intercesión, la Iglesia los .
conserve fielmente y los lleve a la plenitud en su
misión salvadora. Te lo pedimos por Jesucristo Nuestro
Señor. Amén"

"Concédenos, Señor, que podamos servirte con un corazón
puro como San José, que se entregó por entero a servir
a tu Hijo, nacido de la Virgen María. Te lo pedimos por
Jesucristo Nuestro Señor. Amén".

"En verdad es justo y necesario, es nuestro deber y
salvación darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre Santo, Dios todopoderoso y eterno.
Y alabar, bendecir y proclamar tu gloria
en la veneración de San José.

Porque él es el hombre justo que diste por esposo
a la Virgen Madre de Dios; el servidor fiel y prudente
que pusiste al frente de tu Familia para que,
cuidara como padre a tu único Hijo, concebido por
obra del Espíritu Santo, Jesucristo Nuestro Señor.

Por él, los ángeles y los arcángeles y todos los coros
celestiales, celebran tu gloria unidos en común alegría.
Permítenos asociarnos a sus voces, cantando
humildemente tu alabanza: Santo, Santo, Santo...

 

- SEGUNDA VISITA -

UNA MIRADA COMPARATIVA

Hoy miremos nuestra imagen comparándola con otras imágenes de San José que hemos visto, que recordamos o quizás llevamos con nosotros o tenemos entre las páginas de nuestro libro de oraciones.

Una buena imagen sagrada es aquella que cifra una buena doctrina. Que expresa con medios plásticos los misterios de nuestra fe y los evoca con fidelidad. La Iglesia nuestra madre, también enseña a sus hijos con el lenguaje visual de las imágenes santas. Por. eso, la Iglesia vela sobre las imágenes. Aprueba y bendice las imágenes que considera apropiadas.

De la comparación de nuestra imagen con otras que hemos visto, resaltará mejor lo que distingue a la nuestra, en la cual, el artista sagrado plasmó en formas y colores su meditación sobre San José. Pongámonos en su lugar. Podríamos representar a San José de mil maneras; sentado, parado, con el niño en brazos o parado junto a él, con una mano sobre el hombro de Jesús o llevándolo de la mano. Hemos visto San Josés carpinteros, empuñando el martillo o el serrucho. O con la garlopa en la mano, junto al banco y con los pies hundidos en una alfombra de viruta. San Josés que huyen a Egipto, con el asno de la rienda, protectores de la Sagrada Familia. San Josés viejos o jóvenes, calzados o descalzos, bastón en mano o con una varita florecida...

A través de las opciones figurativas de nuestro artista escrutemos sus intenciones, su interpretación visual del misterio de San José. Oigámoslo atentamente en su lenguaje visual.

AUSCULTAR LA IMAGEN

El arte sagrado es un lenguaje. Tiene sus leyes, su gramática, su diccionario que registra los significados de sus figuras y de sus símbolos. A lo largo de estas visitas a San José tendremos que recurrir continuamente a la explicación de ese lenguaje para entender mejor el mensaje. En esta visita nos contentamos con una aproximación global. Registramos algunos grandes rasgos.

Nuestro artista descartó una visión de realismo costumbrista, que habría sido quizás más del gusto del "mundo de hoy", al que quieren halagar algunas representaciones de un José obrero como todos los demás. Pero se guardó también, por suerte, de los efectos dulzones de cierta piedad sentimental que emplea una paleta de colores de gusto adolescente. El principal defecto de esta vertiente de estampitas devotas es que incurren en un inmovilismo de instantánea, donde José y el Niño parecen congelados en una pose que enfría la pretendida calidez del afecto.

A diferencia de esos enfoques gráficos, que no sólo nos dejan a menudo afuera sino que, lo que es peor, nos impiden positivamente en muchos casos penetrar la costra decorativa para adentrarnos en el misterio del santo, nuestro artista optó por una osada y hasta desafiante militancia creyente. Su San José es un personaje visto desde la interioridad de la fe, en su efigie interior de creyente. Más. Es el personaje tal y como lo puede ver solamente Dios, o el que desde la fe, haya hecho suya la óptica divina.

Yo diría que el artista nos ofrece un San José en versión apocalíptica. Un San José soñado en uno de esos sueños proféticos, dados por Dios, donde se revela el sentido oculto de los acontecimientos y las personas. Para penetrar en la verdad de San José, se necesita una revelación. Porque la vida de San José es, toda ella, vida oculta.

Para saber quién es José es preciso verlo pisando en las nubes. Su condición terrena era una condición ocultadora. Para verlo, hay que reponerlo en su interior clave celestial. Y esto, artísticamente, es una proeza: representar con medios visibles lo que San José tiene de más invisible. Simpático atrevimiento sin embargo. Osadía sacerdotal que se aventura, creyente, a contar con la fuerza de la fe. La propia y la de los fieles. "

Nuestra imagen retoma, con sus medios de expresión propios, la invitación paulina: Así pues si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Aspirad a las cosas de arriba, no a las de la tierra; Porque habéis muerto, y vuestra vida está oculta con Cristo en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos con él (Colosenses 3,1.4). Si miras a este José exaltado sobre las nubes y esplendoroso, te asomas a la verdad invisible de la existencia creyente. La de San José. Pero también la tuya. Tu vida de creyente en Cristo, (la que está escondida con Cristo en Dios y que por lo tanto sólo puedes ver por la fe) es así.

Nuestra imagen está concebida en términos apocalípticos, decimos. Apocalipsis quiere decir: revelación de lo que está oculto. De lo que conocemos solamente porque Dios nos lo revela. De lo que vemos sólo en la fe: La fe es la garantía de lo que se espera y la prueba de las realidades que no se ven (Hebreos 11,1). Acertadamente dice el Principito de Saint-Exupéry: Lo esencial es invisible a los ojos... no se ve bien sino con el corazón. Nuestra imagen quiere ser mirada así: con la fe del corazón. Así se están mirando José y el Niño en nuestra imagen: Ellos se están viendo, el uno al otro, tal como están ocultos en el misterio de Dios. En su vida, José pudo gozar de la visión de Jesús y de su identidad oculta, sin necesidad de la mediación de sueños revelatorios. Por eso se le aplica a San José, en forma privilegiada, la bienaventuranza que Jesús anuncia a los que creen en él: ¡Dichosos los ojos que ven lo que vosotros veis! Porque os digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que vosotros veis, pero no lo vieron, y oír lo que vosotros oís, pero no lo oyeron" (Lucas 10, 23"24).

José ve y toca lo que el rey David quiso y deseó, lo que los profetas anunciaron, lo que Daniel vio en sueños cifrados. Pero atención. No es que José crea, por ver y tocar. Sino exactamente al revés. Puede ver y tocar porque ha creído. Esa es la plenitud de la bienaventuranza creyente. La de José y la nuestra. Y esa dimensión gloriosa del sentido, es la que el artista expresa con símbolos de altura, de elevación, de vuelo, de resplandor.

Por eso en nuestra imagen, San José asciende sobre las nubes o viene avanzando sobre ellas. O ambas cosas a la vez. Como veremos, nuestra imagen está concebida con peculiar riqueza expresiva. Dentro de un solo movimiento unitario, se abre, sin embargo, a una multiplicidad de sugerencias y se presta a una lectura espiritual compleja y polivalente. Adelantemos, a modo de ejemplo, que puede ser leída a la luz de diversos temas como: a) los raptos al cielo o exaltaciones a lo Elías; b) las venidas de Dios en persona, a lo Hijo del Hombre; c) la Asunción en cuerpo y alma a semejanza de la de María.

Saliendo al paso a una posible extrañeza respecto de una Asunción de San José en cuerpo y alma al cielo, recordamos aquí las palabras de San Francisco de Sales: ¿Cómo dudaremos de que Nuestro Señor haya llevado consigo al paraíso, en cuerpo y alma al glorioso San José, que tuvo el honor y la gracia de llevar tan frecuentemente a Jesús entre sus brazos? No se trata de una ocurrencia ni de una innovación. El santo se nutre de Lina tradición eclesial, patrística.

Pero no queremos descender aquí a pormenores. En esta segunda visita nos limitamos a contemplar a San José suspendido entre el cielo y la tierra. Un San José entre su misión terrena y su destino eterno. En camino hacia su glorificación final.

Los elementos de la imagen nos hablan de lo uno y de lo otro. De su misión terrena nos hablan: el Niño, el bastón florecido, el manto color de tierra, la descalcez y el gesto de avanzar. De su condición gloriosa, hacia cuya manifestación definitiva está siendo exaltado, nos habla la luz que disipa las nubes, los querubines, la nube a sus pies, el vuelo del Espíritu en forma de paloma, la túnica celeste y de nuevo el Niño, que está en sus brazos como en su trono.

Aunque volveremos a contemplar el resplandor en otra visita, notamos, en ésta, que es representación visible de la luz de Dios, hacia la cual San José sube y en la cual está bañada ya su figura. Para que los ojos de la fe puedan reconocerla en su verdad divina. Es decir, no de acuerdo a lo que los hombres vieron en él, sino de acuerdo a cómo Dios lo vio. A cómo Jesús lo está viendo. La verdad de un ser, la ven sólo los ojos de Dios, cuando lo baña la luz de Dios: Porque los ojos de los hombres miran la apariencia, pero Dios mira el interior.

Las nubes sugieren, al mismo tiempo, que ya no está en la tierra pero que tampoco ha llegado todavía a la gloria. En la gloria sólo hay luz, sin mezcla de nube alguna. La gloria es la visión de Dios sin que ninguna nube lo impida: Cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es. ( 1ª Juan 3, 2).

Hacia ese estado se está elevando San José. Está subiendo. De camino hacia la gloria. Hacia Dios. Pero también hacia el brillo eterno de su propia verdad terrena. Que aquí estuvo oculta pero que estará manifiesta eternamente.

¿A los que estamos aún de peregrinación sobre la tierra no era posible mostrarnos más? ¿Acaso el artista no pudo, o no se atrevió a mostrarnos a San José llegado a su meta eterna y definitivamente endiosado? A mí me complace interpretar que San José todavía va de camino porque nosotros todavía no hemos llegado. Mientras haya un creyente que peregrina en la tierra, José no ha cumplido aún plenamente su destino; no ha alcanzado en plenitud la magnificencia de su verdad.

Porque José es padre y protector del Niño Jesús, pero también de todo el cuerpo -del Cuerpo Místico- del Niño Jesús. Por eso -interpreto- no ha culminado su subida. Lo ocupa aún la solicitud por los que estamos aquí abajo.

La elevación de San José, nos sugiere otro mensaje más. Nos sugiere que San José tiene -y lo tuvo ya durante su vida terrena cuya verdad ahora se manifiesta- un punto de vista diferente al de los hombres terrenos. El artista pone a José en las alturas porque San José mira desde las alturas de la fe. Desde esas alturas a donde el alma creyente es levantada por Jesucristo para compartir los puntos de vista y la elevación de miras de Dios mismo.

Fe e increencia son puntos de vista. Sistemas de interpretación contrapuestos entre sí. Quien sea ajeno al punto de vista creyente no comprenderá el sentido de este lenguaje simbólico que habla nuestra imagen. Su mirada será exterior. Podrá decir que "no le interesa alguien que anda por las nubes. Que no tiene los pies sobre la tierra." El hombre de fe, considerará por su parte, que bajo la etiqueta arrogante de realismo, se ocultan a menudo visiones y perspectivas que a fuerza de querer ser terrenas, llegan a ser rastreras e incapaces de toda elevación.

En el universo creyente de significación, en el lenguaje de la imagen sagrada., se nos está diciendo que San José comparte una visión, los puntos de vista, la amplitud de perspectiva que da la fe en Cristo. Por esta fe, el hombre es levantado por Dios para compartir la visión divina de las cosas. En el lenguaje de la imagen, la elevación expresa la fe. Fe en la revelación de Dios. El que se revela a sí mismo, el que se muestra en Jesús, es el mismo que en la Sagrada Escritura se llama a menudo Dios Altísimo, Dios de las Alturas. Para encontrarse con El, Moisés escala la cumbre del monte Sinaí. Allí acude también Elías a buscarlo. Y el pueblo de Israel sube cada año y en cada fiesta para darle culto sobre el Monte Sion, en cuya cumbre están el Templo y Jerusalén. Sobre el monte de la Transfiguración y en diálogo con Moisés y Elías, Jesús se muestra a sus discípulos. En la altura de la Cruz, salva y revela la cumbre de su amor por nosotros.

La Mirada de Dios abarca, desde su altura, el panorama de la creación y de la historia. El principio y el fin de todas las cosas. El curso de los ríos desde su fuente a su desembocadura. El sentido de la corriente de la vida. El está en la fuente y El en la meta. Alfa y Omega. Principio y fin.

San José tuvo, durante su vida terrenal, gracias a las revelaciones angélicas que recibió en sueños, una visión clarividente acerca de Jesús. Fue depositario del secreto de los orígenes del Mesías. Lo que ningún hombre sabía, sólo podían decírselo los mensajeros de Dios. Por eso, aún cuando estaba sumergido en su humilde condición terrenal, estaba ya en la altura donde ahora lo representa nuestra imagen. Estas alturas, altura de miras de la fe, son una situación, una posición. Un destino. San José fue separado, por este destino, de los demás hombres. Colocado por encima. Más cerca del Dios altísimo. La altura, traduce en términos del lenguaje espacial, una realidad del corazón: la cercanía, la intimidad, el conocimiento. Proximidad que es projimidad.

En nuestra imagen, por lo tanto, la altura dice lo mismo que el abrazo, Es sinónimo de la mirada recíproca de arrobamiento y de ternura.

Pero se impone -todavía una última observación sobre el estilo con que habla nuestro artista. En la imagen, Dios ha exaltado a San José. Dios lo levanta hacia sí. Pero también se dice en la imagen que es José el que levanta al Niño y lo sostiene levantado. Dios en persona, tal como se revela a sí mismo en el misterio de Jesucristo, sólo es expresable por afirmaciones que parecen contradictorias e inconciliables. Nuestra fe nos ha familiarizado con ese tipo de expresiones: Dios y Hombre; Uno y Trino; Cruz y Victoria; Sepulcro y Resurrección, Pan y Cuerpo de Cristo; Madre y Virgen; ya pero todavía no; Niño - Dios...

José concentra también algunos pares de contrarios semejantes. José es el que salva de Herodes al Salvador. Es casto esposo de María Virgen. Es padre de Aquél cuyo solo Padre es Dios. Y en nuestra imagen, tiene alzado en brazos al que lo levanta. Es el trono de David donde se sienta el Hijo de David e Hijo de Dios. Es el obediente a quien
Dios obedece . . .

Para pasadas generaciones creyentes, este lenguaje -el que habla la imagen- era tan obvio que no necesitaba largas explicaciones. Nosotros tenemos que reaprender su abecé, porque hoy en día, son pocos los que lo entienden y menos los que lo hablan. En ese idioma de la fe de nuestros mayores, están escritas estas páginas. Y estas visitas quieren balbucear ese lenguaje y reaprenderlo a los pies de esta imagen de San José. El, San José, le puso nombre a la Palabra de Dios. Y le enseñó a hablar, al Verbo de Dios.
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ORACION

Haz José, que nuestra vida
se deslice santa y pura
y que siempre esté segura
por tal Patrón defendida.

ORACION

Dios nuestro, creador del universo, que has establecido que el hombre coopere con su trabajo al perfeccionamiento de tu obra, haz que, guiados por el ejemplo de San José y ayudados por sus plegarias, realicemos las tareas que nos asignas y alcancemos la recompensa que nos prometes. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo. (Oficio de la Fiesta de San José Obrero)

HIMNO

Que te alaben los célicos ejércitos
y que te canten los cristianos coros,
oh preclaro José, que fuiste dado
a la Virgen en casto matrimonio.

Al advertir su gravidez te asombras,
y la duda te angustia en lo más íntimo,
pero un ángel del cielo te revela
que el niño concebido es del Espíritu.

Tú estrechas al Señor en cuanto nace;
después, huyes con él a tierra egipcia;
luego, en Jerusalén notas su falta
y, al encontrarlo, lloras de alegría.

Más feliz que los otros elegidos,
que sólo ven a Dios después de muertos,
tú, por un privilegio misterioso,
desde esta misma vida puedes verlo.

Por este santo, Trinidad santísima,
déjanos escalar el cielo santo,
y nuestra gratitud te mostraremos
con el fervor de un sempiterno canto. Amén.

(Oficio de la Fiesta de S. José Obrero, Vísperas)

HIMNO

Escuchen qué cosa y cosa
tan maravillosa ésta:
un padre que no ha engendrado
a un Hijo, a quien Otro engendra.

Un hombre que da alimentos
al qlismo que lo alimenta;
cría al que lo crió, y al mismo
sustenta que lo sustenta.

Manda a su propio Señor
y a su Hijo Dios respeta;
tiene por ama a una esclava,
y por esposa a una reina.

Celos tuvo y confianza,
seguridad y sospechas,
riesgos y seguridades,
necesidad y riqueza.

Tuvo, en fin, todas las cosas
que pueden pensarse buenas;
y es de María el esposo
y, de Dios, padre en la tierra. Amén.

(Laudes de la Solemnidad)

 

- TERCERA VISITA -

EL RESPLANDOR

Miremos la imagen
San José está circundado por un resplandor radiante. Rayos de luz dorados que irradian a partir de un punto central, a la altura de su cabeza. Pero rebasan las dimensiones de la aureola y rodean generosamente toda la imagen. Sin embargo, la aureola, de circunferencia menor, se dibuja y se distingue de los rayos que la rebasan. Dentro de esa aureola quedan incluidas las cabezas de José y del Niño, y la Paloma.

Halos luminosos, nimbos y aureolas, pertenecen al lenguaje del arte sacro. Los hemos visto seguramente en la mayoría de las imágenes sagradas. A veces la aureola se estiliza hasta el punto de parecer un anillo que ya no evoca la idea de luz. Pero eso significan: luz. Las aureolas que se colocan sobre la cabeza de Jesucristo llevan inscrita la cruz, que suelen trazar los mismos rayos. Las aureolas de los santos son simplemente circulares, sin cruz.

Nuestro artista ha magnificado la aureola dándole dimensiones poco comunes. Halos, nimbos y aureolas no representan una luz exterior a la imagen, que la ilumine desde afuera. Quieren significar la luz que brota de la imagen. El Señor, los santos, son fuentes de luz. En la imagen de San José, no se trata por lo tanto del sol. Los rayos no son los del sol que estarían iluminando la imagen con una luz exterior a ella. Es San José quien irradia y resplandece una luz propia. Pasemos a meditar ahora en el significado de ese resplandor.

Luz de Cristo
La Iglesia canta en la liturgia de la noche pascual ¡Luz de Cristo! ¡Demos gracias!. Luego se enciende el cirio pascual que ilumina el templo en tinieblas y el diácono entona un himno de alabanza a esa luz. Jesús lo había dicho: Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no anda en tinieblas (Juan 8, 12). Los que han creído en Cristo y lo siguen, no sólo no andan en tinieblas sino que a su vez son luz. Jesús nos lo ha dicho también: Vosotros sois la luz del mundo (Mateo 5, 14). Los santos han visto la luz de Cristo y la reflejan. Y la figura de San José es, entre todos los santos, particularmente luminosa e iluminadora.

El resplandor, la luz resplandeciente, significa el conocimiento del misterio de Cristo. Contempladlo y quedaréis radiantes dice el Salmo 34, 6. Moisés habló con Dios en el Sinaí y su rostro quedó resplandeciente, con un fulgor que llenaba de temor a los israelitas (Éxodo 34, 29.35). Sobre el Monte Tabor, los apóstoles pudieron ver a Jesús, transfigurado y bañado por ese resplandor divino. Y cuando el más humilde de los creyentes se acerca lleno de fe y de amor a recibir la comunión, resplandece con esa misma luz, la del trato con
Jesús.

La luz es además de color oro. Y esto significa la caridad, el amor de Dios, el verdadero amor. El oro, en efecto, significa lo valioso. Pero valioso es lo que amamos. Claro está, que no es oro todo lo que reluce, ni tampoco es auténtico amor todo lo que los hombres cobijan bajo ese nombre. Pero en el lenguaje del arte sagrado todas esas precisiones se dan por hechas. El amor de Dios, la caridad es el oro auténtico y valioso, que no se corrompe jamás y que se purifica en el fuego de las pruebas y las tribulaciones. El oro es el amor probado en la tentación y en la cruz. La luz dorada es el conocimiento de Cristo que alcanza una fe, acendrada en el seguimiento y animada por el amor. El oro es el amor de Cristo que resplandeció en el incendio de la cruz. Es el precio que Dios pagó para comprarnos de la esclavitud. Caridad viene de "caro" e indica aquello por lo que estamos dispuestos a pagarlo todo para adquirirlo. Como aquél mercader de la parábola del Reino.

José está inmerso en esta luz de oro porque conoce y ama el tesoro que tiene en sus brazos. La luz habla del amor que ilumina la vida. Cuando alguien habla el lenguaje, siempre poético, del amor, dice frases que hablan de luz y de sol; "luz de mi vida", "mi rayito de sol"... La vida de José estuvo iluminada por la presencia y el trato diario, familiar e íntimo con el Niño Jesús. San José recibió la revelación acerca del Niño Jesús por boca de ángeles y creyó. En nuestra imagen está contemplando al que los ángeles le anunciaran. Lo tiene junto a su corazón. Lo abraza con su fe y su amor paterno. Se alegra e ilumina con él. Su íntima relación con Jesús lo transfigura, lo ilumina. José resplandece con la luz de Cristo. Está radiante de alegría, con Jesús.

Por fin, observemos que esta luz dorada está disipando un halo de nubes:
1) Son las nubes de la vida oculta de José, que ahora se disipan.
2) Son las nubes de los grandes secretos que José custodió en vida y que hoy están manifiestos al mundo: el de la virginidad de María y el de la identidad de Jesús.
3) Son las nubes de las nieblas (y de las tinieblas) del desconocimiento de Dios que el Niño Jesús viene a diluir con la luz de su presencia. San José resplandece para iluminar a los que peregrinamos y buscamos a Cristo, nuestro Camino, como entre nubes.

En José se conjuga una de esas aparentes contradicciones evangélicas: un destino brillante consumado en una vida oscura. Una existencia terrenal oscura, una vida sin apariencia ni relumbre a los ojos del mundo y de los hombres. Sin embargo, una existencia brillante y luminosa. No sólo a los ojos de Dios, sino también a los ojos del mismo San José, el cual podía decirle al Niño Jesús, con las palabras del salmista: Tú eres mi lámpara, mi Dios que alumbra mis tinieblas. (Salmo 17, 29)

No importa cuán opaca, oscura o dolorosa pueda ser exteriormente la vida de un hombre. Si se sabe amado por Jesús y lo ama, ese tal refulge a los ojos de Dios como una estrella. El creyente que recibe a Jesús en la Eucaristía, lo tiene tan cerca y a la mano como lo tuvo San José. Puede estrecharlo contra su corazón, tan real y verdadera- mente como José lo hacía. En el abrazo de la sagrada Comunión, Jesús se arrima a ese creyente como en nuestra imagen se arrima el Niño a San José, para hablarle en amorosa confidencia. En la Eucaristía la existencia del creyente queda iluminada y resplandeciente con el fulgor de la caridad. En ese sacramento se abren los ojos de la fe y quedan prendados de Jesús los ojos del corazón. Contémplalo, y todas las oscuridades de tu vida se disiparán con esa luz.

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"Nadie enciende una luz para esconderla, sino para colocarla sobre el candelero, para que alumbre a todos los que están en la casa". (Mateo 5,15 y Lucas 8,16)

* * *

"El Hijo de Dios -enviado por el Padre- está oculto para el mundo, oculto para todos los hombres, incluso para los más cercanos. Sólo María y José conocen su misterio...".
"El Hijo de Dios, el Verbo Encarnado, se ocultó a la sombra de José... ".

"Eran necesarias almas profundas -como Santa Teresa de Jesús- y los ojos penetrantes de la contemplación, para que pudiesen ser revelados los espléndidos rasgos de José de Nazaret: aquél de quien el Padre celestial, quiso hacer, en la tierra, el hombre de su
confianza". . (S.S. Juan Pablo 11, 19/III/1980)

* * *

"Querría yo persuadir a todos que fuesen devotos de este glorioso Santo, por la gran experiencia que tengo de los bienes que alcanza de Dios". (Santa Teresa de Jesús)

* * *

ORACIÓN

Glorioso Patriarca San José, alcánzame de Jesús la gracia de un trato intimo, tierno y amoroso con él. Que el amor de Jesús ilumine mi vida como iluminó la tuya. Que como fiel y verdadero seguidor suyo pueda ser luz que irradie a mi alrededor la luz de Cristo: misericordia, paz, perdón de las ofensas, olvido de mi mismo. Disipa en mi toda tiniebla de lejanía de Dios, de ignorancia o de olvido, de indiferencia o falta de fe. Que la luz de Cristo venza en mi toda nube de pecado; todo apego inmoderado a los bienes de este mundo; toda codicia de riquezas y apetito de honores. Que abrazando a Jesús en la Comunión eucarística pueda, como tú, hallarlo todo en Él y sin Él nada. Y que mi corazón y mi vida resplandezcan con la luz de su vida resucitada y gloriosa. Amén.


HIMNO

A ti, José, patriarca y artesano,
que habitas pobre y escondida casa,
con voz alegre y corazón humilde
nuestra voz canta.

De regia estirpe, en posición modesta,
sufres paciente, resignado callas,
mientras sustentas, con trabajo duro,
dos vidas santas.

Fiel artesano y ejemplar modelo,
das a los hombres pruebas bien preclaras
de honra al trabajo, y de hacer la vida
santificada.

Sé compasivo con tus fieles siervos,
refrena torpes, sórdidas ganancias;
que crezca Cristo místico en los ámbitos
de toda patria.

Dios uno y trino, que eres a la vez
Padre de todos y de todos alma,
haz que imitemos de José la vida
y muerte santa.

(Oficio de San José Obrero, Oficio de Lectura)

HIMNO

Llamando a trabajo al mundo
la aurora de la mañana,
saluda al son del martillo
la casa nazaretana.

Salve, padre de familia,
de cuyas manos sudadas
el Artífice divino
copió labor artesana.

Reinando en la cumbre del cielo
junto a tu esposa sin mácula,
oye a tus fieles devotos
sumergidos en desgracias.

Quita violencias y engaños
y hurtos al pobre en ganancias,
baste a todos el vivir
con una sencilla holganza.

Por ti, José, Dios altísimo
dirija nuestras pisadas
en paz y santa alegría
por las sendas de la Patria. Amén.

(Laudes de la Fiesta de San José Obrero)

 

- CUARTA VISITA -

EL ASOMBRO DE JOSE

"Una imagen sagrada debe ser verídica, debe estar construida además, con una unidad rigurosa. Podrá ser rica en sentido y detalles, pero es necesario que diga una sola cos, así sea con mil detalles, y que tenga un solo movimiento o una sola quietud." (Dimas Antuña)

Miremos la imagen
San José sostiene al Niño Jesús sobre el brazo izquierdo. Con su mano derecha toma delicadamente la manita derecha del Niño y la contempla con la boca entreabierta; en actitud asombrada o de arrobamiento. Podría estar diciendo o exclamando algo.

Estamos fijándonos en el centro que da la unidad a los demás elementos de la imagen. Es el corazón de su significado. El núcleo capital de su mensaje, de su verdad doctrinal y emotiva.

El asombro dé José nos señala pedagógicamente y nos conduce hacia el centro de la imagen: la diestra del Niño Jesús.

El lenguaje de las manos
En el lenguaje simbólico del arte sagrado la mano izquierda, la del corazón, significa lo que alguien posee, guarda o atesora. La mano derecha significa lo que uno hace, ofrece o da. Recordemos por ejemplo algunas imágenes de la Santísima Virgen que nos son más conocidas. María sostiene al Niño crin la izquierda y nos ofrece algo con la derecha: Nuestra Señora del Rosario, nos ofrece el Rosario. La Virgen del Carmen nos alcanza el Escapulario. Nuestra Señora del Huerto toma con su derecha la manita derecha del Niño Jesús para darnos la bendición de su Hijo. María Auxiliadora inclina hacia nosotros el cetro del poder de Jesús para que nos proteja.

En nuestra imagen, José tiene al Niño en su izquierda. Es lo que atesora, esconde y protege. Su derecha no está en ademán de dar. José no nos da nada por sí mismo. Pero toma la diestra de Jesús en la suya y la sostiene. José no tiene para darnos ni más ni menos que la obra de Jesús. En esa manita de Niño, José contempla asombrado la obra de Dios. Y sosteniéndola con su derecha la posibilita, la admira en silencio, con los labios abiertos por el estupor. Es ciertamente asombroso que una manita débil de niño sea capaz de desplegar el poder de Dios. Dejémonos contagiar por el asombro de José, sumergido en un mano a mano con el Niño- Dios.

La Diestra del Señor es Poderosa
Lo que José admira no es otra cosa que el misterio abismal de la Encarnación. Dios se hizo un hombre. Este hombre. Este niño. El Omnipotente se hizo débil y frágil. El Creador asumió la naturaleza de una creatura. El Eterno e Inmortal, se sumergió en el instante de una existencia temporal efímera, para crecer en edad. El que es Sabiduría de Dios, se hizo niño que ha de ser enseñado y creció en sabiduría.

Son las paradojas que San Pablo presentará con coraje desafiante: Se anonadó, se vació de sí mismo (Filipenses 2,7). La locura de Dios es más sensata que la sabiduría de los hombres, y la debilidad divina, es más fuerte que la fuerza de los hombres (Primera Carta a los Corintios, 1,25) .

En el Antiguo Testamento se cantaba ya la "mano de Dios", la "diestra del Señor". Entonces esa manó era sólo visible por sus efectos, por sus obras de creación y de salvación. Tu diestra, Señor, relumbra por su fuerza; tu diestra, Señor, aplasta al enemigo cantan triunfantes Moisés y los israelitas al verse salvados de los egipcios (Éxodo 15, 6). Y por boca del profeta Isaías encarece Dios su poder ante los israelitas: Es mi mano la que puso fundamentos a la tierra y mi diestra la que extendió los cielos (Isaías 48,13) con su diestra protege a los que ama y castiga a los que se le oponen, obra de justicia y retribución que canta el salmista: Tú me das tu escudo salvador, tu diestra me sostiene (Salmo 17, 36); Tu mano alcanzará a todos tus enemigos, tu diestra llegará a los que te odian (Salmo 20, 9); Tu diestra está llena de justicia (Salmo 47, 11) En todas las Escrituras del Antiguo Testamento resuenan las alabanzas y el asombro por las obras de Dios: por su Diestra. Excelsa, justa, rica, poderosa, protectora, defensora, reivindicadora, de fuerte guerrero, tierna, misericordiosa... La que amasó a Adán con barro: la que nos da el ser y nos sostiene en él.

La mano de Jesús
Esa mano de Dios se ha hecho visible. José puede tomarla y estrecharla dentro de la suya. Es la manita del Niño Jesús. Mírala. Esa es la misma mano que tocará a los leprosos para curarlos y se extenderá para levantar de la muerte a la hija de Jairo y a Lázaro. Esa es la mano que Jesús impondrá sobre los enfermos. La que alzará imperiosa para dominar el viento y las olas del mar. La que le extenderá a Pedro para sacarlo de las aguas. La que señalará a los apóstoles dónde han de echar la red para la pesca milagrosa. La que repartirá el pan en la última cena y curará la oreja del Siervo del Pontífice. La misma que será clavada al madero de la Cruz. La que ofrecerá a Tomás para que toque sus llagas gloriosas y con la que ofrecerá el pan a los de Emaús. La que los bendecirá mientras sube en la Ascensión...

Esa mano es la que envía el Espíritu a la Iglesia. La que nos toca en los sacramentos por medio de la mano de sus ministros, para darnos vida, abrirnos los sentidos del alma, infundirnos su espíritu. Esa es la mano que, en la del sacerdote, nos da el pan de su Cuerpo y el cáliz de su Sangre. La que en la penitencia nos absuelve de nuestros pecados. La que une las manos de los esposos en el Matrimonio. La que nos unge con Espíritu de fortaleza para la vida cristiana, en la Confirmación. Y para la enfermedad y la muerte, en la Santa Unción. Bendita mano. Mano Poderosa. ¿Cómo no quedarnos mirándola asombrados, atónitos, alborozados? Así nos enseña, con su ejemplo, a mirarla nuestro Padre San José.

Ponernos en la mano de Jesús
Quizás hayas venido a este templo y a postrarte a los pies de esta imagen movido por tus deseos, necesidades, quereres e intereses, afanes, penas del alma, tristezas del corazón, enfermedades del cuerpo. Quizás has venido a pedir bienes temporales, salud, dinero, trabajo. Todas cosas buenas como motivo de tu oración de petición. Pero los traes contigo a la presencia de Dios, para que Dios te escuche a ti. Para que José mire tu situación y te atienda. Para que te mire a ti.

Y quizás te decepciona encontrarte delante de un San José que no te mira. Que parece no tener ojos más que para la manita del Niño. Te hubiera parecido mejor una de esas imágenes sagradas -que reciben al fiel con mirada tierna y bondadosa, que lo miran en su necesidad sin distraerse del necesitado que acude a ellas. Pero ¿cómo pedirlo con confianza a éste que ni me mira, ni me presta atención, todo absorto en su Niño?

Pues voy a revelarte uno de los secretos más hermosos dé esta imagen. Algo que la hace especialmente genial y grandiosa, como fruto del arte sagrado, porque logra expresar una de esas aparentes contradicciones evangélica si José te mira a ti, aunque parezca no mirarte.
Te está viendo. Pero no como tú piensas que debería verte o mirarte. Sino de una manera mucho más perfecta, divina e insospechada para ti. Te está viendo y mirando tal como tú estás en la mano del Niño Jesús. Tú estás. Tu destino está en esa manita. En su palma diminuta, Dios Padre ha puesto a toda la Humanidad. En su cavidad insignificante, están todos los destinos humanos. Cada destino. El tuyo. ¿Te das cuenta?

Para que José te mire y para sentirte mirado por él, créete en esa manita, sábete en la cavidad de su palma. Y si no estabas allí, súbete a la mano de Jesús. Sábete o súbete.

Cambio de mano
Y tú, que habías venido para que Dios y José te escucharan y miraran, si los miras y escuchas tú primero, habrás aprendido cómo es que quieren verte, Dónde quieren que estés para ser escuchado. Entregado. En la mano de Jesús. Totalmente suyo y a su disposición. Abandonado confiadamente en la mano de tu Salvador. Hecho tú, ahora, objeto del asombro alborozado de José. Padre y Maestro de los divinos asombros.

Más de un alma que ha vivido años empuñando el timón del propio destino y las riendas de la propia vida. descubre de pronto alborozada y celebra con asombro la gracia de poder abandonarse en la mano de un Dios que la ama. Más de lo que uno puede amarse a sí mismo. Y con mayor sabiduría. Sabiduría de la Cruz incluida.

¿Comprendes ahora, mejor, el hondo significado del asombro de José contemplando esa mano? Su asombro viene de contemplar el misterio de esa mano de niño en cuya palma cabe toda la Humanidad y cada destino de hombre como si cada uno fuera el único.

Los niños miran a su padre. Sin darse cuenta se dejan enseñar -con el ejemplo paterno y lo imitan. Copian y reproducen hasta sus ademanes y gestos. La figura paterna de José nos invita a imitar su manera de estar con Jesús. Ese Jesús que te tiene en su mano y que, en la Comunión, no vacila en ponerse en la palma de la tuya, ¿Nunca te has llenado de asombro al recibirlo en ella? Cuando se te contagie ese rasgo de tu Padre San José, Jesús te mirará como lo mira a él.

Tú, que viniste a ser oído. Si te animas a escuchar, puedes llevarte más de lo que venías a pedir. Más de lo que tus deseos te dejaban soñar: El que crea en mí hará las obras que yo hago y aún mayores (Juan 14, 12).

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“Dice Sión: El Señor me ha abandonado. El Señor e ha olvidado ¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido. Mira: ¡te tengo tatuada en las palmas de mis manos!”. (Isaías 49, 14-16)

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“La explicación del misterio de las siete estrellas que has visto en mi mano derecha es esta: las siete estrellas son los Ángeles de las siete Iglesias...” (Apocalipsis 1, 20)

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“Ciertamente tu amas a los tuyos todos los santos están en tu mano”. (Deuteronomio 33, 3)

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"Las almas de los justos están en las manos de Dios, dice el libro de la Sabiduría (3, 11 ... Mas esta ventaja tiene la vida del bendito José, que no solamente está en las manos de Dios, sino, que el mismo Dios se está a gusto en sus manos". (Cristóbal de Fonseca)

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"Con su diestra los protegerá y los escudará con su brazo". (Sabiduría 5, 16)

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“Para que todos los pueblos reconozcan que la mano del Señor es fuerte”. (Josué 4, 25)

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“El Señor ha jurado por su diestra y por su fuerte brazo”. (Isaías 62, 8)

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“Mirad, la mano del Señor no es demasiado chica pasa salvar” (Isaías 59, 1)

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"Me enseñarás el camino de la visa. Hartura de alegrías delante de tu rostro. A tu derecha, delicias para siempre”. (Salmo 15, 11)

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“Para que los que amas salgan libres, ¡salva con tu diestra, óyenos!” (Salmo 59, 7) Comenta San Agustín: ¡Oh Señor! Sálvame con tu diestra. Sálvame de tal modo, que permanezca a tu diestra. No pido salud temporal. Sobre ésta hágase tu voluntad. Pues ignoramos por completo qué cosas son provechosas en el tiempo: “nosotros no sabemos pedir como conviene” (Romanos 8, 26) (...) Pido la vida eterna, Luego, óyeme, ya que pido estar a tu derecha [...) Todo fiel que conserva en su corazón la palabra de Dios; que se conduce con probidad en la vida, para que no sea blasfemado por su causa el Nombre del Señor; que teme el juicio futuro de su Señor; pide, con todo, también muchas cosas según el sabor de este mundo, y no es oído. Pero cuando pide en orden a la vida eterna, siempre es oído. ¿Quién hay que no pida la salud cuando enferma? Y, sin embargo, quizá le conviene estar enfermo. Puede suceder que en esto no sea oído. No eres oído atendiendo a tu voluntad, para ser oído atendiendo a tu salvación. Por el contrario, cuando pides a Dios que te de la vida eterna, el reino de los cielos y estar a la derecha de su Hijo, estate seguro: lo recibirás".

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"Tuyo es el brazo y su bravura, poderosa tu mano, sublime tu derecha". (Salmo 88, 14)


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"Cantad al Señor un cántico nuevo. Porque ha hecho maravillas. Victoria le ha dado su diestra y su santo brazo" (Salmo 97, 1). Comenta San Agustín: "La diestra de Dios, el brazo de Dios, la Salud de Dios, la Justicia de Dios, es el Señor, Salvador Nuestro Jesucristo".

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"Tu amor es grande hasta los cielos, tu lealtad hasta las nubes. ¡Álzate, oh Dios, sobre los cielos, sobre toda la tierra tu gloria! Para que tus amados salgan libres ¡salva con tu diestra, respóndenos! (Salmo 107, 5-7)

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"¡La diestra del Señor hace proezas, excelsa la diestra del Señor, la diestra del Señor hace proezas!". (Salmo 117, 15-16)

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"Cuando el Hijo del Hombre venga en su gloria acompañado por todos sus ángeles, se sentará en su trono de gloria... pondrá las ovejas a su derecha". (Mateo 25, 31, 33)

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"Lo desnudaron y le echaron encima un manto de púrpura y trenzando una corona de espinas, se la pusieron sobre la cabeza, y en su mano derecha una caña". (Mateo 27, 29)

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"No penséis que los agraciados y amorosos rayos de los ojos de Dios descienden directamente de El a nosotros cuando nos recibe en su gracia, ni que descienden a nosotros como cosa apartada de Cristo cuando estamos en ella. Sus ojos se enderezan a Cristo, y de allí a nosotros por El y en El. Y no dará el Padre una palabra ni una mirada de amor a persona del mundo si la viese apartada de Cristo. Mas por Cristo mira a todos los que se quieren mirar... El ser amado Cristo, es razón de ser recibidos en gracia nosotros. Y si Jesucristo saliese de en medio, no habría nada amado ni agradable delante de los ojos de Dios". (San Juan de Ávila)

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"Que la imagen de San José tenga algo de grande, de simple: algo que detenga. Una imagen para ahuyentar las devociones interesadas. Que el devoto josefino entre a la Iglesia con intención de pedir plata, o cosas temporales y egoístas, y sea detenido por la paz de San José, y pida oración, conocimiento de si y desprecio del mundo. Una imagen que detenga el corazón blando, sucio y sentimental de nuestra época". (Dimas Antuña)

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"Pensaba que serviría mucho más a Dios con la salud. Este es nuestro engaño, no dejarnos del todo a lo que el Señor hace, que sabe mejor lo que nos conviene (...) Y tomé por abogado y señor al glorioso San José y me encomendé mucho a él. Vi claro, que así de esta necesidad, como de otras mayores, de honra y pérdida de alma, este padre y señor mío me sacó con más bien de lo que yo le sabia pedir. No me acuerdo, hasta ahora, haberle suplicado cosa que la haya dejado de hacer. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado Santo, de los peligros que me ha librado, así de cuerpo como de alma. Que a otros santos, parece que les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad Pero a este glorioso Santo, tengo experiencia que socorre en todas. Y que quiere darnos a entender el Señor que así como le estuvo sujeto en la tierra (...) así en el cielo hace cuanto (José) le pide".(Santa Teresa de Jesús)

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ORACION

Acuérdate, oh castísimo esposo de la Santísima Virgen María, que jamás se ha oído decir, que ninguno de los que hayan invocado tu protección e implorado tu auxilio, haya sido desamparado por ti.
Animado con esta confianza, acudo a tu presencia y me encomiendo con todo el fervor de mi alma a tu bondad. No desoigas mis súplicas, antes bien escúchalas y acógelas benignamente. Así sea.

ORACION

(Oración de San Ignacio que puede rezarse como acto de entrega para ponerse en la mano de Jesús).

Toma, Señor, y recibe toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y poseer. Tú me lo diste; a ti, Señor, lo retorno, todo es tuyo; dispón de ello conforme a tu voluntad. Dame sólo tu amor y tu gracia, que estos me bastan, ni pido otra cosa alguna. Amén.

 


- QUINTA VISITA -

JOSE ESTA DE PIE Y VA DESCALZO

Miremos la imagen
José está de pie y en actitud de avanzar. Podemos ver su pie derecho, descalzo, reposando sobre la nube. El izquierdo está oculto en ella.

En esta visita consideramos lo que nuestra imagen nos dice acerca de San José representándolo de pie y descalzo.

El estar de pie.
En muchas imágenes, San José aparece sentado. Estar sentado es expresión del reposo de la contemplación. Es también la actitud del que se sienta para recibir sin prisa y con benévola atención al suplicante. Estar de pie significa otras cosas Varias. En las imágenes de María Inmaculada, significa la negación de la caída, la negación del pecado original. En la imagen de María Auxiliadora, sugiere la prontitud del que acude a socorrer o la actitud de vigilancia del centinela. Los fieles escuchan de pie el evangelio, en actitud de atención pronta y dispuesta a obedecer. Esta es la actitud que se aproxima más a la de San José en nuestra imagen. Jesús le está hablando al oído y José lo escucha y lo obedece. Su estar de pie significa: estoy preparado, obedezco. Su estar de pie es un Amén; es su acatamiento y su obediencia. Está en actitud de avanzar, de ponerse decididamente en camino porque, obediente a los mensajes de Dios que los ángeles le comunicaron en sueños, San José obedeció al instante, hasta levantándose en la noche, para ir de un lado a otro: de Nazareth a Belén, de Belén a Egipto, de Egipto a Nazareth. Su avanzar sobre las nubes sugiere también la reminiscencia del Hijo del Hombre, (del capítulo séptimo del libro de Daniel) que viene sobre las nubes. En nuestra imagen a ese Hijo del Hombre, José lo trae en brazos.

Los pies
Los pies simbolizan aquello sobre lo cual se apoya y avanza uní personalidad. Son el fundamento, el apoyo del hombre. Sobre sus pies se afirma, se sostiene y se levanta su estatura moral y espiritual. Sobre ellos y mediante ellos, el hombre anda por sus propios caminos o por los caminos de Dios. Los pies, de barro, indican la debilidad de un imperio aparentemente poderoso (Daniel 2, 33 y 42). Son la victoria del príncipe que pisa a sus enemigos (Salmo 109, 1). Significan el extravío del pecador. O la justicia del que es dócil a la vocación divina. Por fin, la Escritura canta la hermosura de los pies del mensajero que anuncia una buena noticia, el evangelio, la llegada de Dios en persona: ¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia la paz, que trae albricias, que anuncia la salvación, que dice a Sion: Ya reina tu Dios. (Isaías 52, 7)

En este caso, los pies representan a toda la persona del mensajero y toda su misión de traer la buena noticia. Sobre ellos viene, corriendo, el chasque de Dios.

Los pasos.
Sobre los pies el hombre da sus pasos. El paso es la decisión, el propósito. Sobre todo el primer paso, el paso adelante. En esos pies descalzos podemos leer las grandes decisiones de la vida de José. Las decisiones que lo hicieron Justo, es decir fiel a la gracia, fiel a las inspiraciones de Dios. Los pies descalzos. El calzado, las sandalias, se las pone el hombre para ir de camino, para cumplir su misión, para llegar a su meta. Una vez llegado a su casa, al fin de su viaje, el hombre se descalza. Por eso, en la presencia de Dios, meta final del viaje de la vida, fin del destino del hombre, el hombre se descalza. Cuando Moisés se aproxima a la zarza ardiente, Dios le ordena: descálzate porque el lugar que pisas es sagrado. (Éxodo 3, 5)

El calzado participa de esa característica de los pies, por la cual representan a la persona. La parte por el todo y la prenda de vestir por el que la usa. San José descalzo es San José despojado de sí mismo, abnegado, identificado con el interés de Cristo, sin otros propios intereses que no sean Cristo.

Las sandalias son también -en la Sagrada Escritura- la misión y los derechos de una persona. Se quita la sandalia el que cede su derecho a otro. Como ante Booz, en el libro de Rut (4, 1-8). O como en el caso del Bautista, que se declara indigno de tomar sobre sí la obra de Jesús (Marcos 1, 7-8). Puesto que delante de .Dios, su Creador, la creatura no puede apoyarse en ningún derecho, el hombre ha de estar descalzo ante Dios. Ante la fuente de la gratuita generosidad, ante Aquél de Quien todo lo hemos recibido, sería ruin reclamar derechos. Lo único que cabe es descalzarse y agradecer.

José se ha descalzado porque quien, como él, tiene en las manos lo que quiere, no necesita ir a ningún lado. O bien porque habiendo alcanzado a Dios, ya puede reposar. O bien porque al encontrase a Dios, se ha olvidado de sí mismo.

Quizás esta última explicación nos permita penetrar más en su misteriosa verdad interior. Para comprender el despojo de sus pies descalzos: hay que contemplar la riqueza que atesora en sus manos.

Durante su peregrinación terrena, en su misión sobre la tierra, José se apoyó y anduvo sobre esos pies que ahora lleva descalzos. Su gloriosa descalcez manifiesta ahora qué gloria se escondía en su pobreza y humildad. Sus pies pueden interpretarse como: la pobreza y le humildad voluntariamente abrazadas. El pie derecho por ser el que está a la vista, significa la pobreza de José y de la Sagrada Familia, que fue real y visible. La humildad es su pie izquierdo. Queda oculto en la nube, porque esa es una actitud interior del corazón, sólo visible para Dios. (No se es humilde frente a los hombres. Ante ellos, la actitud correspondiente es la modestia o la moderación. La humildad es la actitud del hombre frente a Dios).

José se apoyó en su humildad para poder avanzar en pobreza. Y se apoyó en la pobreza para andar delante de Dios en humildad. El justo avanza apoyándose en ambas. Y donde falla una, el hombre renguea en el seguimiento de Cristo.

Pero el secreto de los pasos humildes y pobres, radica en el tesoro de las manos. Si las manos están vacías, los pies no resisten la descalcez. El hombre se hiere en sus espinas. Se calza con riquezas y honores. Quiere valer y aparecer.

El secreto de la descalcez de San José es la descalcez del Niño Jesús; Pobre y Humilde de Corazón, que hizo al Corazón de José semejante al suyo. Es el Niño que José estrecha contra su corazón: Donde está tu tesoro allí está tu corazón. (Mateo 6, 21)

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"Sólo pido, por amor de Dios, que lo pruebe quien no me creyere, y verá por experiencia el gran bien que es encomendarse a este glorioso Patriarca y tenerle devoción. En especial, personas de oración siempre le habían de ser aficionadas".(Santa Teresa de Jesús)


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"San José es realmente Padre y Señor, que protege y acompaña en su camino terreno a quienes le veneran, como protegió y acompañó a Jesús mientras crecía y se hacía hombre. Tratándole se descubre que el Santo Patriarca es, además, Maestro de vida interior: porque
nos enseña a conocer a Jesús, a convivir con El, a sabernos parte de la familia de Dios. San José nos da esas lecciones siendo, como fue, un hombre corriente, un padre de familia, un trabajador que se ganaba la vida con el esfuerzo de sus manos". (Josemaría Escrivá de Balaguer) .

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"Estaba sujeto José humildemente a la voluntad de Dios, viviendo en la pobreza".(San Francisco de Sales)

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"Su vida fue una vida como la nuestra, una vida privada. San José tuvo que soportar el orden exterior del mundo y, dentro de ese orden, justo o injusto, no hizo otra cosa sino callar, obedecer, y buscar el pan de cada día". (Dimas Antuña)


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"El dichosísmo Patriarca tiene por encomendada a sí de un modo peculiar la multitud de los cristianos de que consta la Iglesia. Es decir, esa familia innumerable y desparramada por todo el .mundo. Sobre la cual, por ser esposo de María y padre de Jesucristo, tiene una autoridad hasta cieno punto de padre. (...) En otro tiempo y en cuantas cosas se ofrecieron, defendió religiosísmamente la familia de Nazaret. Así ahora proteja y defienda con su patrocinio celestial a la Iglesia de Cristo". (S.S. León XIII)

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"El más insignificante entre vosotros, ese es el más grande. (Lucas 9, 48). San José, el más pequeño por la profundidad de su humildad, es el mayor por la sublimidad de su caridad y por sus virtudes todas". (A. Michel)


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"La misión de S. José, es una misión recogida, callada, casi inadvertida y desconocida que sólo debía esclarecerse algunos siglos más tarde. Es un silencio al que sin duda alguna había de suceder, pero muchísimo tiempo después, un resonante cántico de gloria. Cuanto más profundo es el misterio, más espesa es la noche que lo encierra. Cuanto mayor es el silencio, allí está precisamente la misión más encumbrada. (...) ¡Misión única la de poder participar en el gran misterio oculto a los ojos de los siglos!". (S.S. Pío XI)

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Entre todas las vocaciones, noto dos en las Escrituras, que parecen diametralmente opuestas: la primera, la de los apóstoles; la segunda, la de San José. Jesús se revela a los apóstoles para que lo anuncien en todo el universo. A San José se le reveló para que lo silenciase y lo ocultase. Los apóstoles Son lumbreras para hacer ver al mundo a Jesucristo. José es un velo para ocultarlo (...) El que glorifica a los apóstoles por la honra de la predicación, glorifica a José por la humildad del silencio". (Bossuet)

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ORACION DECRETADA POR LEON XIII

(S.S. León XIII mandó rezar perpetuamente esta oración en su encíclica Quamquam pluries, del 15/VIII/1889: "decretamos que en todo el mes de octubre, al rezo del Santo Rosario, que en otra ocasión ordenamos, se añada una oración a San José, cuya fórmula adjuntamos. Y que esto se observe cada año perpetuamente").

A ti, bienaventurado José, acudimos en nuestra tribulación, y después de implorar el auxilio de tu santísima esposa, solicitamos también confiadamente tu patrocinio.

Por aquella caridad que con la Inmaculada Virgen María, Madre de Dios, te tuvo unido, y por el paternal amor con que abrazaste al Niño Jesús, humildemente te suplicamos que vuelvas benigno los ojos a la herencia que con su Sangre adquirió Jesucristo, y con tu poder y auxilio socorras nuestras necesidades.

Protege providentemente, custodio de la divina familia, a la escogida descendencia de Jesucristo, aparta de nosotros toda mancha de error o corrupción, asístenos propicio desde el cielo, fortísimo libertador nuestro, en esta lucha con el poder de las tinieblas. Y como en otro tiempo libraste al Niño Jesús del inminente peligro de su vida, así ahora defiende a la Iglesia santa de Dios, de las asechanzas de sus enemigos y de toda adversidad. Y a cada uno de nosotros, protégenos con tu perpetuo patrocinio, para que, a ejemplo tuyo y sostenidos con tu auxilio, podamos santamente vivir, piadosamente morir y alcanzar en los cielos la eterna bienaventuranza. Amén.

 

- SEXTA VISITA -

EL BASTÓN FLORECIDO

Miremos la imagen
A ambos lados de la imagen, abajo, hay dos ángeles niños. El que está a la derecha de José sostiene en su mano izquierda levantada en alto, el bastón florecido. Nótese bien que no se trata del tallo de la flor. Sino de un bastón al cual, milagrosamente y por pura gracia, le ha brotado una flor.

El Simbolismo del bastón florecido
El bastón florecido, nos ha explicado Dimas Antuña, es símbolo por excelencia de San José. Es el bastón alto, (báculo o cayado, se le llama también) propio de los pastores y los peregrinos. Sirve tanto para apoyarse en él como para defenderse. O defender las ovejas. Por eso, como símbolo de su misión de pastor, lo usan los obispos y el Papa.

José lo tiene por varias razones.
1) Primero porque es patriarca. Los patriarcas fueron pastores y peregrinos.
2) En segundo lugar lo lleva porque es el jefe de la Sagrada Familia, pastor de María y de Jesús. Y como pastor, cumple con respecto de ellos la triple misión del pastor: los guía y conduce; los protege y defiende; los alimenta.
3) En tercer lugar, el báculo de José, es su herencia y su derecho de acuerdo a las promesas y a las profecías. De ese báculo nos hablan las Sagradas Escrituras -como veremos- y él nos recuerda que José es descendiente de Jacob, de Judá, de Jesé, de David. José se apoya en su genealogía: en la historia de las Alianzas de Dios con sus ancestros y en las Profecías que se cumplen en el Niño Jesús, su hijo. Por eso, vemos en este báculo no sólo el bastón del pastor, del peregrino, de los patriarcas, sino también el cetro de los reyes, descendientes de David. José, que es para los hombres solamente "el carpintero", es para Dios "Hijo de David". Su cetro es su derecho de príncipe, que aunque los hombres desconozcan, Dios no olvida.
4) Por fin, en cuarto lugar, el bastón es aquello en lo que alguien se apoya.

Significa aquéllo que le da seguridad y firmeza a alguien. El báculo es pues la fe de San José y su esperanza, puestas ambas en la Palabra de Dios: en Jesús y su obra.

La flor
La flor, como símbolo, evoca la vida. La vida del hombre en lo que tiene de bella, de hermosa, pero también en lo que tiene de efímera y fugaz, En la Sagrada Escritura leemos: El hombre es como la hierba, sus días como la flor del campo. Así florece. Un viento la marchita y ya no existe. El lugar donde estuvo no la ve más (Salmo 102, 15). Isaías, el profeta, retoma la expresión proverbial en Israel, pero proyecta sobre su melancolía una promesa de esperanza: la Palabra de Dios -sugiere- es flor que no pasa ni se marchita como las demás. Es el mensaje profético referente al Verbo que asume esta flor efímera de la carne, para levantarla por la resurrección a una condición eterna. Un mensaje que Dios le ordena al profeta que anuncie a los gritos: Una voz dice: ¡Grita! Y digo: ¿qué he de gritar? Toda carne es hierba y todo su esplendor como flor del campo. La flor se marchita, se seca la hierba... pero la Palabra de nuestro Dios permanece para siempre. (Isaías 40, 6-8).

La palabra que da vida, es flor por excelencia. Jesús es vida y es flor. Así lo sugiere también su nombre Jesús nazareno. San Jerónimo y otros Interpretan el nombre de la anónima y olvidada Nazareth como flor.


El bastón florecido es, pues, símbolo que recoge y combina los simbolismos del bastón y la flor. José y Jesús. El heredero de las promesas y su realización. Expresa el misterio de la paternidad milagrosa y única de José, no por la carne, sino por don divino. Es en José mismo, madera de esa vara que nace de raíces centenarias, en el que Dios obra y a quien añade su flor, proyectándolo hacia la esperanza de otra vida que el leño humano no podía sospechar. A la que no podía ni atreverse a aspirar. Flor insólita que Dios hace brotar cuando toda perspectiva humana parece clausurada.

Por fin, el bastón florecido sugiere también el simbolismo de la Cruz. Sobre la madera del patíbulo, es decir, de la muerte y de la maldad de toda carne, la misericordia de Dios entrega, como flor que muere para vida, a: Jesús Nazareno, Rey de los judíos. A los santos padres de la Iglesia y a los creyentes que fueron nuestros padres en la fe, les gustaba celebrar al leño seco de la Cruz como árbol de la vida. Y sin quererlo ni saberlo, la causa de su condena, que clava Pilato en la Cruz, revela que lo que hay sobre este cetro de muerte, es un rey y -Nazareno- una Flor.

Según las Escrituras
El bastón o cetro florecido nos dice, en las imágenes de San José, que la misión que Dios le ha confiado y la elección de que ha sido objeto, sucede según las Escrituras. O sea, según un designio eterno de Dios, revelado desde antiguo en las Sagradas Escrituras.

Ese bastón -en efecto- tiene una historia que leemos en las Escrituras. Es como una herencia de familia que recibe José. Al comienzo del Evangelio según San Mateo encontramos una larga lista de sus antepasados. Porque San José es un retoño de un viejo árbol genealógico. Una genealogía que José no tenía que ir a buscar en el archivo parroquial, como nosotros, porque la tenía en las Sagradas Escrituras. La vara de José, está cortada de un tronco milenario.

De ese bastón o cetro y de esa flor o retoño, nos hablan algunas profecías que vamos a recordar aquí y que se refieren a Jacob, a Judá hijo de Jacob, a Jesé padre de David y por fin una pronunciada por David mismo. José es descendiente de todos ellos y heredero de las
Promesas de Dios a sus antepasados.

l) Jacob, próximo a morir, reúne en torno a sí a sus hijos y pronuncia sobre cada uno de ellos una bendición especial. Oigamos la que se refiere a Judá: A ti, Judá, te alabarán tus hermanos. Tu mano sobre la cerviz de tus enemigos. inclínense ante ti los hijos de tu padre. Cachorro de león es Judá; de la presa; hijo mío, has vuelto. Se recuesta se echa cual león o cual leona, ¿quién lo hará levantar? No se irá de Judá el báculo, el bastón de mando de entre tus rodillas, hasta que venga Aquél para quien está reservado y a quien rendirán homenaje las naciones; el que ata a la vid su burrito y a la cepa el hijo de su asna; lava en vino sus vestidos y en sangre de uvas su túnica; el de los ojos encandilados por el vino; el de los dientes blancos de leche (Génesis 49, 8-12).

2) Balaam, el profeta pagano, sabio oriental, antecesor de nuestros "Reyes magos", vislumbra también desde lejos al Mesías y se lo anuncia a los hijos de Jacob: Lo veo, aunque no para ahora; lo diviso pero no de cerca: de Jacob avanza una estrella, un cetro surge de Israel (Números 24, 17, ver también los versículos 5 al 9).

3) Anunciando la venida del rey justo, el profeta Isaías dice Saldrá un vástago del tronco de Jesé, y un pimpollo de sus raíces brotará. Se posará sobre él el Espíritu del Señor (Isaías, 11, 1.2). En el breve y hermoso libro de Ruth se narra una historia de oscuridad, enfermedad, hambres, duelo; pero también de conmovedora solidaridad, fidelidad y ternura. Ruth es una pagana que resultará abuela de Jesé y bisabuela del rey David, después de que por su piedad entre en la Alianza de Dios con el pueblo elegido. De ella nace Obed, padre de Jesé, que fue padre de David. En la historia de Ruth, están prefigurados los orígenes humildes y oscuros del Mesías, en los cuales José es protagonista.

4) En las últimas palabras que David pronuncia antes de morir, el hijo de Jesé, el hombre puesto en alto, el ungido del Dios de Jacob, el suave salmista de Israel cierra sus ojos con el corazón iluminado por esta esperanza: El hará florecer toda mi salud y todo mi deseo (Segundo libro de Samuel, 23, 1 y 5). ¿Veía el cetro florecido de José? Todas estas profecías tienen su cumplimiento en José y en el Niño Jesús, rey Mesías, León de Judá, Víctima que ensangrienta sus vestiduras, Estrella de Jacob, gran libertador, cuyo reinado reconocerán las naciones lejanas... Y a ellas está aludiendo el símbolo del bastón florecido.

Pero prolonguemos aún un poco nuestra peregrinación por las Escrituras, apoyados en la contemplación del bastón de José. Decíamos que él significa la fe y la esperanza de San José. Aquello en lo que él se apoyó y en lo que puso su seguridad. Y esto nos da motivo para meditar sobre el misterio de este cayado a la luz del cayado de Moisés y Arón.


Bastón y Serpiente: Seguridad y riesgo
En el libro del Éxodo se narra un prodigio que el Señor le concede obrar a Moisés, para que le sirva de signo de que es enviado por Dios. La misma credencial que Moisés ostenta ante el pueblo incrédulo de los israelitas sometidos a servidumbre, la vuelve a mostrar Arón ante del rey de Egipto. Estos hechos se narran en Éxodo 4, 1-5 y 7, 8-10 respectivamente.

Dijo Moisés: no van a creerme, ni escucharán mi voz; pues dirán: "No se ha aparecido el Señor". Le dijo el Señor: "¿Qué tienes en tu mano?". Él respondió: "Un cayado". El Señor le dijo: "Tíralo a tierra". Lo tiró a tierra, y se convirtió en una serpiente. Y Moisés huyó de ella. Dijo el Señor a Moisés: "Extiende tu mano y agárrala por la cola". Extendió la mano, la agarró y volvió a ser cayado en su mano... Para que crean que se te ha aparecido el Señor, el Dios de sus padres,. el Dios de Abraham el Dios de Isaac y el Dios de Jacob (Éxodo 4, 1-5).

Moisés está apoyado en su cayado. Su cayado hasta ese momento significa aquello en que Moisés busca su seguridad, aquello en lo que se apoya. El signo que Dios le ofrece exige que tire su bastón al suelo. Es decir, que renuncie a aquello que lo hace sentirse seguro y que asuma la incertidumbre y el riesgo de la fe. Para eso debe apoyarse en la Palabra de Dios que le da esa orden y que lo envía a una misión en la cual Moisés prevé que fracasará. El signo es a la vez un test y un símbolo de la fe de Moisés. Moisés cree, obedece y tira el bastón. Es sin embargo sólo un primer paso en su fe y su obediencia. Dios pide algo más. No sólo que renuncie a la seguridad y el apoyo de su cayado y que asuma el riesgo de renunciar a ese apoyo. Cuando Moisés huye ante la serpiente, Dios le exige que manifieste su fe y su obediencia, venciendo su miedo y desafiando la muerte: Toma la serpiente por la cola. ¿Medimos lo que esa obediencia le habrá costado a Moisés? ¿Medimos su fe? Pero ahora Moisés se está apoyando donde debe apoyarse; en la palabra de Dios. Toma la serpiente por la cola. El desafío, casi la aceptación de la muerte por obediencia a Dios, se convierte ahora en el nuevo cayado de Moisés.

Este episodio de la Escritura nos enseña a comprender que la fe es el bastón del creyente y del justo. La fe es la seguridad de las cosas que esperamos y el fundamento de las realidades que no se ven (Hebreos 11, 11) La fe es el bastón que empuñamos para apoyarnos en Dios. Pero para experimentar la certeza que él ofrece, hemos de renunciar primero a nuestros bastones, a nuestros apoyos y pólizas de seguros humanos. Y sobre todo, hemos de superar su apariencia letal, mortal. Antes de empuñarla, la fe parece un riesgo de muerte.

El bastón y la serpiente van a aparecer aún, a lo largo de la Sagrada Escritura, trazando un itinerario de textos que nos conduce directamente hasta el misterio de la Cruz, y que se bordan sobre el mismo tema de fe e incredulidad, falsas seguridades del hombre, salvación divina que parece muerte...

El pueblo murmura en el desierto contra Dios y Moisés: ¿Por qué nos han sacado de Egipto para morir en el desierto? Calumnia de la obra salvadora, acusada de obra de muerte. No tenemos ni pan ni agua, y estamos aburridos de ese manjar miserable. El Señor se irrita y envía serpientes venenosas que siembran la muerte entre los israelitas. Estos reconocen su falta y confiesan su pecado a Moisés. Se apoyan ahora donde deben, en Dios: Intercede ante el Señor para que aparte de nosotros las serpientes. Moisés intercede y el Señor le ordena hacer una serpiente de bronce y levantarla sobre una vara: Todo el que haya sido mordido y la mire vivirá (Números 21, 4-9).

Comenta este episodio el libro de la Sabiduría, subrayando que no era la serpiente de bronce la que tenía poder curativo, sino la fe del que la miraba: El que a ella se volvía, se salvaba, no por lo que contemplaba, sino por ti, Salvador universal (Sabiduría 16, 7). El autor del libro de la Sabiduría quiere aventar lejos todo peligro de interpretación idólatra de aquella serpiente de bronce: señal de salvación como recuerdo del mandamiento de tu Ley y no otra cosa. Dios es apoyo, fundamento, seguridad, certeza, salvación única y universal y fuera de Él no hay otro. ¡Pero su aspecto es temible!

Los dos textos prolongan el tema de la seguridad y el riesgo de la fe, bajo el signo de la vara y la serpiente.

En el Nuevo Testamento, Jesús va a poner el cayado y la serpiente a la luz de su elevación en la Cruz. Recordemos su conversación con Nicodemo: Como Moisés levantó la serpiente. en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna (Juan 3, 14). He aquí la Cruz aludida como vara y cayado y Jesús muerto como serpiente que da vida. Quien, vencido su temor, por la fe, toma esta serpiente en su mano -es decir, acepta con fe el misterio de la Cruz- tendrá un apoyo, un báculo, que se afirma en la obra de Dios: fe, vida eterna. Los que crean en Él: tomarán serpientes en sus manos y no les harán daño (Marcos 16, 18). Un episodio de la vida de San Pablo, que leemos en los Hechos de los Apóstoles (28, 3-6) ha quedado registrado en la Escritura para nuestra memoria, como ejemplo de realización de esta promesa.

Esta misma verdad, -del trastocamiento de las seguridades humanas por lo que parece mortal riesgo de fe-, la encontramos afirmada por otros textos del Nuevo Testamento. El que quiere salvar su vida, la perderá. Pero el que la pierde por mí y el evangelio, ése la salvará. Lo débil de Dios es más fuerte que el poder de los hombres y lo necio de Dios más sabio...

San José, varón justo, hombre de fe, es ejemplo para nosotros de creyente en Jesús, Niño- Dios. De entrega a su servicio en cuerpo y alma. También como Pablo, San José puede invitarnos: "Sed imitadores míos". Todo el que cree en Jesús, por su fe, está empuñando el bastón florecido. Ese mismo que el angelito se lleva empuñado, en alto, hacia la gloria. Y el creyente lo empuña con todo derecho y a tenor de todas las profecías y de la Nueva Alianza. Es que sólo quien es capaz de levantar así a Jesús entre sus brazos, demuestra que se está apoyando en Dios, tal como Dios en realidad quiso mostrarse. Y -paradoja evangélica- quien lo levanta así, así también por Él es levantado.

¿Nos animaremos a tirar nuestros bastones y muletas? ¿Y a permitir que, para salvarnos y ponernos a seguro, el Padre nos levante y nos ponga en la mano de Jesús?

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"Del mismo modo que Dios lo constituyó a José hijo del Patriarca Jacob como gobernador de toda la tierra de Egipto para que guardara el trigo que necesitaba el pueblo, así, llegada la plenitud de los tiempos, a la hora de enviar a la tierra a su Hijo Unigénito, Salvador del mundo, eligió a este otro José, del cual fue figura el primero, y lo hizo Señor y Príncipe de su casa y de cuanto poseía, y lo eligió para guardián de sus principales tesoros. Ya que tuvo por esposa a la inmaculada Virgen María, de quien por obra del Espíritu Santo nació nuestro Señor Jesucristo, el cual entre los hombres, se digno ser tenido por hijo de José, y a él le estuvo sometido. Y a Aquél, a quien tantos reyes y profetas habían deseado ver, este José no solamente lo vio, sino que con Él convivió, y con cariño de padre lo abrazó y lo besó, a más de alimentarlo con sumo esmero, el mismo a quien el pueblo fiel iba a comer como pan bajado del cielo y así conseguir la vida eterna". (S. S. Pío IX)

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"Notemos cuál era la posición de San José. Llamado en Abraham a la fe -como todos los judíos- y escogido en David -como varón de su linaje- llevaba el nombre y los derechos de la Casa de David. Era el heredero de los Reyes y en él venían como a descansar, en cierto modo, en aquel momento, las promesas. Y su situación era desconcertante. Porque siendo príncipe, no llevaba vida de príncipe. Era Hijo de David pero desconocido, ni siquiera era llamado por su nombre. Los hombres, todos los hombres, aún sus mismos parientes, lo llaman José el artesano. El hijo de los Reyes es un artesano (...) San José es un príncipe sin corona, es el vástago de una familia venida a menos por castigo de Dios a aquellos descendientes de David que pecaron desde su trono" (Dimas Antuña)

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"El primer nombre (de Cristo) que en la lengua original (hebrea) es Cemah, en castellano se traducirá bien como: pimpollo... así le llamó el Espíritu Santo en el capítulo cuarto del profeta Isaías: 'En aquél día el pimpollo del Señor será magnífico y glorioso, y el fruto de la tierra será muy exaltado'. Y por Jeremías en el capítulo treinta y tres: 'Y haré que nazca a David pimpollo de justicia, y haré justicia y razón sobre la tierra'. Y por Zacarías en el capítulo tres, consolando al pueblo judaico, recién salido del cautiverio de Babilonia: 'Yo haré, dice, venir a mi siervo el Pimpollo'. Y en el capítulo sexto: 'Veis un varón cuyo nombre es pimpollo'... De manera que éste es uno de los Nombres de Cristo..." (Fray Luis de León)

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ORACION

Oh Dios que por una providencia inefable, elegiste a San José como esposo de tu Santísima Madre, concédenos, te rogamos, que aquél a quien veneramos como protector aquí en la tierra, merezcamos tenerlo como intercesor en el cielo. Tú que vives y reinas
por los siglos de los siglos. Amén.


ORACION

Oh custodio y Padre de vírgenes, San José, a cuya fiel guarda fue encomendada la misma inocencia, Cristo Jesús, y la Virgen de las Vírgenes María; te ruego y suplico me alcances que, preservado de toda impureza, sirva siempre con alma limpia, corazón puro y cuerpo casto a Jesús y a María. Amén. (Esta oración puede variarse para pedir a San José que proteja a los hijos de la Iglesia consagrados a Dios con voto de castidad).


HIMNO

Cante tu gloria célica armonía,
tú que compartes con la siempre pura
la misteriosa genealogía
de la Escritura.

Esposo virgen de la Virgen Madre,
en quien Dios mismo declinó su oficio:
réplica humilde del eterno Padre
padre nutricio.

Ultimo anillo de las profecías,
¡oh patriarca de la nueva alianza!
entre tus brazos se acunó el Mesías,
nuestra esperanza.

Guarda a la Iglesia de quien fue figura
la inmaculada y -maternal María;
guárdala intacta, firme y con ternura
de eucaristía.

Gloria a Dios Padre que en tu amor descuida, .
gloria a Dios Hijo que te fue confiado,
gloría al Espíritu que alentó tu vida
para el Amado. Amén.
(Oficio de la Solemnidad, I Vísperas)

 

- SEPTIMA VISITA -

EL MANTO Y LA TUNICA

Miremos la imagen
San José está vestido con una túnica de color celeste y con un manto de color tierra.

El Simbolismo de los vestidos
Hay un lenguaje del vestido: "Dime cómo te vistes y te diré quién eres". O por lo menos, "quién pretendes ser", "a quién te quieres parecer". En el modo de vestir se refleja, consciente o inconscientemente, lo que uno es o pretende ser. Con el lenguaje de sus vestidos, las personas hablan. Dicen su verdad o se disfrazan. Los uniformes expresan un oficio o una función. El traje o el vestido de fiesta, el equipo deportivo o la ropa de trabajo hacen superfluo explicar en qué anda alguien. Las modas del vestir también son elocuentes y hablan por sí mismas. Leemos sin dificultad su mensaje. Hay quienes se someten a la moda. Otros, con su moda, gritan una rebeldía. O se someten a la rebeldía ajena.

Y como hay un lenguaje profano del vestir, hay también una teología del vestido, en que los vestidos trasmiten un mensaje religioso. En la Escritura los vestidos revisten una función reveladora específica. Después del pecado, Dios hizo para el hombre y su mujer túnicas de piel y los vistió (Génesis 3, 21). Elías echó su manto sobre Eliseo para elegirlo profeta (Primer Libro de los Reyes 19, 19). Eliseo, para heredar el Espíritu de Elías, desgarra sus propios vestidos y recoge el manto de Elías, con el cual comienza a obrar milagros (Segundo de Reyes 2, 12-14). Bastaba describir los vestidos de Elías para saber quién era (Segundo Reyes 1, 8). Y por eso, cuando Juan Bautista aparece vestido como él, hasta sus vestidos anuncian, sin palabras el retorno de Elías (Marcos 1, 6 y 9, 13). Los vestidos de Cristo, resplandecientes en la Transfiguración, o el manto de púrpura que le echan encima para burla, o la túnica sin costuras que echan a suerte los soldados o su desnudez sobre la cruz, están en cada caso cargados de significación y trasmiten un mensaje. Como el manto de Elías, así también los vestidos del protomártir Esteban que Saulo el perseguidor guarda mientras lo apedrean (Hechos de los Apóstoles 7, 58), parecen dotados de una fuerza divina. San Pablo los recuerda como asociando su contacto con ellos, con su milagrosa conversión (Hechos de los Apóstoles 22, 20). El manto que Pablo le pide a Timoteo que le traiga (Segunda a Timoteo 4, 13) es signo de la sucesión apostólica. Simboliza la Tradición y el Espíritu que, a semejanza de Elías, Pablo quiere legarle a su sucesor. Los vestidos de Pablo curan enfermedades y expulsan malos espíritus (Hechos de los Apóstoles 19, 11-12). El mismo fenómeno que nos relatan los evangelios acerca de los vestidos de Jesús (Marcos 5, 27). Por lo tanto, los vestidos no sólo tienen un lenguaje sino que están dotados de la fuerza del que los viste.

Es en esta teología de los vestidos, fundada en las Sagradas Escrituras, donde la Iglesia se inspira cuando venera las reliquias de los santos. Allí también tienen su origen ciertos ritos litúrgicos: La túnica blanca del Bautismo significa la Vida Nueva de un ser revestido de Cristo Resucitado. Pero significa también que la fe del Bautismo no puede limitarse a ser un parche o un remiendo sobre un vestido viejo, sino que debe ser una transformación total, un cambio de "hábitos" (Marcos 2, 21). El cambio de vestidos expresa aquí el cambio de vida, la vida nueva.

Así como los vestidos, el acto de vestirse por sí mismo o ser vestido o desvestido por otros, es expresión simbólica. Vestirse a sí mismo es expresión de la libre disposición de sí mismo. Ser vestido por otros significa estar librado a la voluntad ajena, ya sea para el amor como para el odio. Jacob le viste a su hijo José una túnica que es signo de la predilección y el amor paterno (Génesis 37, 3). Sus hermanos, envidiosos de esa preferencia, se la quitan cuando desahogan su ira contra José (37, 23). Y su padre Jacob, hará duelo sobre esa túnica (37, 31-35). María envuelve a su hijo en pañales (Lucas 2, 7). Durante la Pasión y Crucifixión, Jesús a merced de la violencia, el odio y la injusticia, es desvestido, vestido y vuelto a desvestir. Es coronado y destronado. Y a Pedro, Jesús le profetizará el martirio con
la frase otros te ceñirán (Juan 21, 18).

Los vestidos de San José
Después de habernos iniciado en la lectura del lenguaje simbólico de los vestidos, pasemos a leer lo que nuestra imagen de San José nos sugiere al presentárnoslo vestido de esa manera: con una túnica celeste y un manto de color tierra.

Lo primero que nos sugiere proviene de la estrecha relación existente entre San José y el antiguo patriarca José hijo de Jacob. La túnica con que Jacob vistió a su hijo José simbolizaba la predilección del patriarca por ese hijo.

En aquella túnica estaba prefigurada la de José de Nazareth. San José va vestido con la predilección y el amor de Dios Padre. Entre todos los hombres que han sido y serán, éste fue el que Dios. Padre predestinó y eligió para depositar en él su confianza y poner bajo sus cuidados de padre a su Hijo Jesucristo. San José recibe de Dios Padre su túnica y su manto. San José no se viste a sí mismo. Es decir no hace su propia voluntad, sino que está identificado con le voluntad y el querer de Dios Padre, en plena obediencia. Su túnica celeste y su manto color tierra, que Dios Padre le ha puesto como vestidos, dicen en su lenguaje: "Así en la tierra como en el cielo". San José ha cumplido la voluntad del Padre en todo. Y cuando Jesús enseñe a sus discípulos el Padre Nuestro y las palabras: "hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo", podrá recordar la actitud de acatamiento que, de niño, viera encarnada en José su padre, varón justo. Uno en el querer con el querer de Dios. Esto es lo primero que -tomados juntos- nos están diciendo la túnica y el manto.

La túnica celeste
San José ha sido revestido con esta túnica celestial. Ella significa la singularísima paternidad con que ha sido investido por el Padre celestial. Su paternidad sobre Jesús no es terrena, sino celestial en su origen, aunque terrena en su ejercicio.

La túnica es su participación en la paternidad de Dios Padre. Es, como dice S.S. Juan Pablo II, su peculiar Alianza en la Paternidad, en la cual participa más de lo que Abraham y David.

Sobre la tierra, José hace, respecto de Jesús, las veces del Padre eterno. Dicho con toda reverencia y como pura comparación ilustrativa: San José ha recibido el disfraz de Padre celestial. Pero no como mera prenda exterior. La túnica celeste expresa exteriormente lo más profundo del corazón paterno de José.

Y esa interioridad invisible, ese misterio oculto de su paternidad única, paternidad por disposición divina, está oculta por el manto de tierra. El manto terreno la encubre. Oculta su verdadera entidad a los ojos de los hombres, bajo la apariencia del manto. Bajo la apariencia de una paternidad terrena, color tierra.

En el episodio del Niño Jesús, perdido y hallado en el Templo, se levanta por un momento fugaz el velo y nos permite vislumbrar el misterio oculto bajo el manto de tierra: He aquí que TU padre y yo te buscábamos angustiados. ¿Y por qué me buscaban? ¿No sabían que tenía que estar en la casa de MI Padre? (Lucas 2, 49).

Y María meditaba en su Corazón el misterio de la túnica de San José.

El manto color de tierra
Lo que significa la túnica celeste, el manto lo protege y lo encubre a la mirada de los hombres. Este manto que cubre en primer lugar a José, cubre también a María su Esposa y al Niño Jesús. Este manto los protege a los tres. Al mismo José en su misión de esposo y padre. A María, en su virginidad y su maternidad mesiánica. A Jesús niño, de los Herodes.

Su color tierra significa ese "camouflage" del misterio divino bajo apariencia terrenal. La condición terrena, oculta la identidad celestial. Vida oculta. Ocultadora de la virginidad de María y de la filiación divina de Jesús. Si el vestido es signo de su dignidad según Dios, el manto de tierra es signo de su humillación ante los hombres. Bajo el manto de José el carpintero está oculta la túnica del Hijo de David. A José, Herodes le ha usurpado el trono de David, le ha usurpado la túnica. Y José cede también el manto de púrpura, propio de los reyes y al que tenía derecho. Ha cedido la túnica y el manto. Se ha cubierto con un manto de tierra, manto de pobre, pero don de Dios. Jesús iba a enseñar un día: Al que te quite el manto, dale también la túnica ... sed perfectos como vuestro Padre celestial (Mateo 5, 40. 48). ¿Se lo había visto practicar, u oído usar como proverbio a Papá José?

En ese manto de humildad, manto de pobre, José se cubre durante el día y también durante la noche, según la costumbre de los pobres en Israel (Deuteronomio 24, 10). El manto era el poncho de los pobres, sobretodo y frazada.

Y esto nos sugiere algo más. Envuelto en ese manto, José duerme. Duerme en paz, Envuelto en su manto de color de tierra, el sueño de los justos. El varón justo, tiene, envuelto en él su paz y su descanso. Y envuelto en él, en sueños, el justo José conversa con los ángeles de Dios (Mateo 1,29; 2,13. 19). Bajo ese manto recibe sus revelaciones, tan celestiales como su túnica. Y de ese manto, el José obediente se levanta en plena noche. Se envuelve en él para obedecer y ponerse en camino. Y para proteger con él a los que Dios le ha confiado. Para hacer la voluntad del Padre, así en la tierra de su manto como en el cielo de su túnica.

Manto y túnica me dicen estas cosas. Y ellas guardan además una misteriosa relación entre sí, que va a quedar manifiesta en la Pasión de Jesús. "Así en la tierra como en el cielo". "Dales también la túnica". Por fidelidad a la voluntad del Padre, Jesús se entregó voluntariamente a la arbitrariedad de los hombres.

Esposo de María
El manto de tierra simboliza también la Alianza esponsal que une a San José con María.

En la ceremonia nupcial judía de desposorios, el esposo cubría a la esposa bajo el borde de su manto. En la historia de Ruth, cuando ésta busca protección bajo el manto de Booz, el sentido de su gesto era obvio en el contexto cultural y religioso del Israel bíblico. Insinúa la súplica de que la tome bajo su protección como esposa (Ruth 3, 3. 9. 15).
La vacilación de José en cubrir a María con su manto y tomarla como esposa se debe a que el Espíritu Santo la había cubierto con su sombra (Lucas 1, 34-35). Bajo su manto de esposo, José cubrirá el manto celeste de la Inmaculada y Virgen. El manto de María es celeste como la túnica de José.

San José no ignoraba las profecías de Isaías y Miqueas: El Señor los abandonará hasta el tiempo en que dé a luz la que ha de dar a luz (Miqueas 5, 2); El Señor mismo va a daros una. señal: he aquí que la Virgen ha concebido y va a dar a luz un hijo. (Isaías 7, 14).

José toma a María como esposa. La toma bajo su manto. Protege y cubre así el milagro de su maternidad, evitándole la infamia ante los hombres. Si en un primer momento quiso renunciar en secreto a su desposada, no es porque sospechara un adulterio, sino por reverencia frente al misterio que veía cumplirse en ella de acuerdo a la profecía. El ángel viene en sueños a disipar su temor reverencial. A la inteligencia de las profecías, que es parte de su túnica celeste, la perfecciona el ángel, persuadiéndolo para que tome sobre sí el manto color de tierra. Su manto de esposo, bajo el cual María vivirá protegida.

Padre de Jesús
La túnica celeste nos revela el origen celestial de la paternidad única de José sobre Jesús. El manto nos dice que esa paternidad, no por extraordinaria y milagrosa, es menos real en su ejercicio terreno: en su función protectora, amorosa, educadora, nutricia...

En nuestra imagen, José tiene al Niño Jesús semicubierto con su manto protector. Y lo mira con un embeleso que es propio de cualquier padre amoroso, al que se le cae la baba mirando al hijo.

Nada quita a la paternidad de José el hecho de que no haya tenido parte en la generación carnal de su niño Jesús. Más bien al contrario, su paternidad se asemeja más a la del Padre eterno que engendra al Verbo por un acto espiritual: "Engendrado no creado, de la misma naturaleza que el Padre".

El hecho de que José tenga al Niño Jesús semicubierto con su manto, nos dice, por. fin, que José lo cubre contra los Herodes, pero se lo descubre a los creyentes. Quizás no haya oración que San José oiga con mayor gusto y esté más dispuesto a escuchar que la que le
ruega: "muéstranos a Jesús".

De todas estas cosas nos hablan la túnica celeste y el manto color tierra con las que el artista sagrado representa a San José.

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"José guardó fielmente el triple secreto: la virginidad de María, la persona de Jesucristo, y el secreto del Padre Eterno, el arcano de la Encarnación. (Réginald Garrigou-Lagrange)


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"No cabe la menor duda de que, puesto que San José estuvo unido a la Santísima Virgen María por alianza matrimonial, se aproximó más que nadie a aquella dignidad supereminente, por la cual la Madre de Dios supera a todas las creaturas"... "Si Dios le dio a San José por esposo a la Virgen, se lo dio no solamente como compañero en la vida, testigo de su virginidad y guardián de su honor, sino que también lo hizo partícipe, por el mismo vínculo matrimonial de la eminente dignidad que ella había recibido". (S.S. León XIII)


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"A José no sólo se le debe el nombre de padre, sino que se le debe más que a ningún otro. ¿Cómo era padre? Tanto más profundamente padre, cuanto más casta fue su paternidad. Algunos pensaban que era padre de Nuestro Señor Jesucristo, de la misma manera que son padres los demás, que engendran según la carne. Por eso dice San Lucas: se pensaba que era padre de Jesús. ¿Por qué dice sólo se pensaba? Porque el pensamiento y el juicio humanos se refieren a lo que suele suceder entre los hombres. Y el Señor no nació del germen de José. Sin embargo a la piedad y a la caridad de José, le nació un hijo de la Virgen María, que era hijo de Dios". (San Agustín)

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"De aquel hogar divino, que presidía San José, era él mismo legítimo y natural guarda, tutor y defensor... Ahora bien, en aquella familia estaban encerrados los principios de la naciente Iglesia... de lo cual nace la razón por la cual el dichosísimo Patriarca tiene por encomendada a sí de un modo peculiar la multitud de los cristianos de que consta la Iglesia". (S.S. León XIII)


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"Al celebrar el sacrificio eucarístico es cuando mejor nos unimos al culto de la Iglesia celestial en una misma comunión y venerando la memoria, en primer lugar, de la gloriosa siempre Virgen María, del bienaventurado José y de los bienaventurados Apóstoles, mártires y santos todos". (Lumen Gentlum, N° 50)


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Cardenal Stefan Wyszynski, Diario de la Cárcel
Jueves 18 San José, de marzo de 1954: ...hoy hemos rezado la novena de San José, y he notado su protección...
Viernes 19 de marzo de 1954: Me inspiro en el breviario. El responsorio de la primera lectura de maitines dice así: 'El Señor asistió a José y lo cubrió con su misericordia haciendo que se ganase el favor del jefe de los guardianes de la cárcel. El jefe le confió a José todos los presos que había en la cárcel' (Génesis 39, 21-22). la biografía de José en Egipto constituye un maravilloso telón de fondo de la vida de San José de Nazareth. El santo carpintero no estuvo nunca encarcelado, sino que salvó a su hijo de Herodes. En Egipto fue su protector, y, al igual que el santo patriarca prisionero, socorría a sus compañeros, 'Cuanto se hacía en la cárcel, era él quien lo hacia' escribe el autor del Génesis. Estas palabras, inspiradas por el Espíritu Santo, nos consuelan, como consolaban a los sacerdotes deportados a Dachau, que pedían a San José que los ayudara. Sus voces, elevadas al cielo mientras celebraban la protección de San José, fueron atendidas. Después, en agradecimiento a San José por haberles salvado, aquellos sacerdotes, libres ya, fueron en peregrinación a la colegiata de Kalisz. Todos los eclesiásticos, los misioneros y los directores de retiros saben bien de la eficacia de rezar a San José para librar al alma de la esclavitud del pecado. El protector de la Iglesia está con todas las almas que esperan el movimiento libertador de las llaves de David: Oh Llave de David... que abres y nadie cierra... ven y saca al preso de la cárcel".

ORACION

Acudamos suplicantes a Dios Padre todopoderoso, de quien procede toda la familia del cielo y de la tierra y digámosle suplicantes: Padre santo, tú que en la aurora del Nuevo Testamento revelaste a José el misterio mantenido en silencio desde el origen de los siglos, ayúdanos a conocer cada vez meyor a tu Hijo, verdadero Dios y verdadero hombre, Amén. (Oficio de la Solemnidad, Preces)

ORACIÓN

Dios todopoderoso, que, en los albores del Nuevo Testamento encomendaste a San José los misterios de nuestra salvación, haz que ahora tu Iglesia, sostenida por la intercesión del esposo de María, lleve a su pleno cumplimiento la obra de la salvación de los hombres. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo. (Oficio de la Solemnidad)

HIMNO

Custodio providente y fiel del Hijo,
amor junto al Amor doquier presente,
silencio del que ve la gloria inmensa
de Dios omnipotente.

Esposo enamorado de la Virgen,
la mente ante el misterio reclinabas,
rosal inmaculado que florece,
es obra del Señor a quien amabas.

Callada voluntad en Dios perdida,
amor hecho mirada de confianza,
fiel en el trabajo. y en la prueba,
provéenos de amor y de esperanza.

Protege la asamblea de los justos,
reunidos en la fe, cuerpo de Cristo;
sé padre que nos lleve a nuestro Padre,
amor del gran Amor que nos da el Hijo. Amén.

(Oficio de Lecturas, Solemnidad de S. José)

 

- OCTAVA VISITA -

FIGURAS Y MOVIMIENTOS

Miremos la imagen
Busque en la imagen las siguientes figuras geométricas: círculos, triángulo, cruz, rectángulo. Hay que advertir que esas formas geométricas no son perfectas. Están delimitadas más o menos perfectamente por distintos elementos de la imagen.

Pregúntese también qué movimientos sugiere la imagen.

Nuestro artista sagrado construye su imagen de acuerdo a un plan en el que pueden advertirse distintas figuras geométricas y se sugieren impulsos o movimientos. Todos estos elementos están en segundo plano y no llaman la atención ni resaltan a primera vista. Este segundo plano, oculto, sugiere también segundos planos de significación. Abre una puerta, desde el primer plano de los personajes visibles y corpóreos hacia un plano de realidad invisible. Su mensaje es subliminal.

Vamos a comentar tres movimientos principales. Y de paso aludiremos a las figuras geométricas.

Tres movimientos
El artista sagrado imprimió en la imagen tres movimientos principales: uno hacia arriba, ascendente; otro hacia adelante y un tercero, circular.

Hacia arriba
A la impresión de movimiento ascendente, contribuyen las alas de las múltiples figuras angélicas; en especial las actitudes de los dos ángeles niños, uno de los cuales sostiene, levantándolo, el cetro florecido. Ambos ángeles niños están en la base de un triángulo en cuyo vértice, el Espíritu Santo, en forma de paloma, parece arrastrar consigo al conjunto, en su vuelo ascendente.
También el círculo de nubes, que evoca la idea de "los cielos abiertos" contribuye a la sensación de movimiento ascencional. Este movimiento hacia arriba parece una alusión discreta a la convicción de que San José subió en cuerpo y alma a los cielos, que se abren aquí para recibirlo.
El orante que está a los pies de la imagen es asumido, casi sin advertirlo, en este movimiento hacia arriba. Levantado de sus miras terrenas hacia puntos de vista más altos, desde donde todo se verá con otra perspectiva. Con la de la fe, que nos permite ver las cosas desde el punto de vista de Dios.

Hacia adelante
El movimiento hacia adelante lo sugiere San José, en actitud de caminar. Los profundos pliegues de la túnica alrededor de sus piernas expresan plásticamente el impulso de un avance enérgico y decidido. La pierna izquierda queda oculta por la nube, en un plano más profundo que el de la pierna derecha. Esta, en cambio, se adelanta y asoma de la nube, dejando ver el pie derecho en actitud de apoyarse para dar un nuevo paso.
El movimiento de avance sugiere tres cosas: Primero, que José se adelanta al encuentro del fiel que entra al templo para visitarlo o en busca de ayuda. Viene hacia él como brindándole al Niño Jesús. José nos lo salvó, para que fuera nuestro Salvador. Segundo: nos recuerda los viajes de San José: de Nazareth a Belén, de Belén a Egipto, de Egipto a Nazareth. Denota el impulso vigoroso de un ánimo decididamente obediente a la voz del Ángel: Levántate, toma al niño y a su madre y vete, huye... y él se levantó, tomó al niño y a su mare y se fue, huyó (Mateo 2, 13, 14. 20. 21). Tercero: que José viene caminando sobre las nubes bajo los cielos abiertos. Esta es la descripción bíblica de la venida del Hijo del Hombre según lo soñado por el profeta Daniel (Daniel 7, 13). Ese Hombre misterioso que viene sobre las nubes en el sueño de Daniel, tiene rasgos de un segundo Adán que viene a restablecer un reino a la vez humano y divino en un mundo sometido a imperios bestiales y deshumanizados. Jesús se atribuyó a sí mismo el título de Hijo del Hombre (Marcos 14. 61-64; Hechos de los Apóstoles 7, 55-56). Nuestra imagen lo muestra viniendo bajo los cielos abiertos y sobre las nubes. San José nos lo trae en brazos.

La Cruz
En la imagen encontramos, veladamente inscrita, la figura de la cruz. En los extremos del eje vertical y del brazo horizontal están las figuras angélicas que revolotean alrededor. El eje vertical sube desde los dos angelitos que están a los pies de José, mirándose el uno al otro, pasa por el cuerpo y la cabeza de José, alcanza al Espíritu Santo en forma de paloma y culmina en el angelito que hay encima de ella. El brazo horizontal, pasa a la altura de los hombros de José y va también de angelito a angelito.

La cruz corresponde a dos movimientos: uno ascensional, otro procesional (de avance o pasaje). El ascencional le corresponde como Árbol de Vida y simboliza el crecimiento del hombre que se eleva hacia Dios. El procesional, de avance o pasaje, le corresponde por ser signo del misterio Pascual. Hace presente el paso o pasaje salvador de Dios. El pasaje por la muerte hacia la vida y de la muerte a la vida. Simboliza la comunicación entre lo divino y lo humano; lo vertical y lo horizontal y la posibilidad de pasar de uno a otro y reconciliarlos entre sí. Por fin, la cruz, es el término del Vía Crucis, o camino de la Cruz.

Circularidad: Irradiación, Rotación.
Nuestra imagen exhibe motivos circulares.
A partir de un centro situado ligeramente encima de la cabeza de San José, los rayos de luz dorada dibujan primero una aureola circular. Algunos rayos continúan su trayectoria y sus extremos se inscriben dentro de una figura rectangular, que hace de marco exterior a toda la imagen. El trazo recto superior del rectángulo cruza a la altura de las alas de la paloma. Los rayos que franquean ese límite superior se inscriben dentro de un triángulo superpuesto al rectángulo. Alrededor de la aureola circular, hay un anillo de nubes. La impresión es de luz que disipa las nubes. En este motivo circular, compuesto por la aureola y el anillo de nubes, no hay un movimiento giratorio sino de irradiación: desde el centro, en la dirección de los rayos, hacia la circunferencia y luego hacia el rectángulo coronado por un triángulo. El centro luminoso se expande. Hace retroceder y diluye el cerco de nubes. Alrededor del centro y dentro de la circunferencia luminosa de la aureola, quedan incluidas las tres figuras: la paloma y las dos cabezas: la del Niño y la de San José. Parece una alusión trinitaria, en la cual San José visibiliza al Padre.
La circularidad de la aureola, expresa la realidad divina. Y la luz expresa el acto de revelarse, disipando las nubes de la ignorancia que impiden el conocimiento y el acceso a Dios. La rectangularidad es símbolo de lo creado, de lo limitado, humano y terreno. La gloria de Dios llena la tierra y se manifiesta como Trinidad.
Un segundo motivo circular puede adivinarse en la composición del busto de José, su cabeza y el Niño. Este segundo motivo circular está incluido en la circunferencia anteriormente descrita y es tangente interior de ella. Su centro está en la confluencia de las manos diestras de José y Jesús. Un diámetro queda fuertemente realzado por el antebrazo derecho de José y el brazo derecho del Niño y divide el círculo en dos partes.
El movimiento que sugiere este segundo círculo es de rotación y en espiral, desde la circunferencia hacia el centro. Parte desde el pie derecho de Jesús, recorre su cuerpo, pasa en forma de mirada del Niño al rostro de José y en forma de palabra del Niño al oído de José. En José se bifurca. Continúa a través de la mirada que se fija en la diestra del Niño. Y a través del brazo y el antebrazo derecho de José, termina también en la mano del Niño, alcanzando el centro. (Cabrían otras formas de analizar este movimiento circular. El visitante podrá estudiarlo y descubrirlo a su modo).

Una interpretación trinitaria de esta circularidad podría orientarse hacia las procesiones de las Personas divinas. Naturalmente, moviéndose siempre en el terreno de las analogías y semejanzas. La imagen se conviene así en punto de apoyo para una consideración que no se
conoce a partir de ella, pero que es dable reconocer en ella.

¿Juego?
La presencia subliminal de estructuras geométricas y movimientos es una de las riquezas de nuestra imagen. Espeja así, lo que pasa en la realidad de la vida. Vivimos en la movediza frontera de lo consciente y lo inconsciente; de la atención y la distracción; del automatismo de los hábitos y el esfuerzo de adaptación a lo nuevo; entre nuestra experiencia religiosa y nuestras ideas hechas acerca de Dios. Pasamos continuamente y las más de las veces sin advenirlo, de lo redondo a lo cuadrado; de lo vertical a lo horizontal; del reposo al movimiento; ascendemos, descendemos; progresamos, avanzamos o nos quedamos o retrocedemos; vemos o andamos ciegos; inspirados o confusos. El arriba y abajo. El atrás y el adelante. Lo diestro. Lo siniestro...

Vivimos y nos expresamos en símbolos espaciales y geométricos. Una cultura, la nuestra también, no es sino una geometría del espacio y del tiempo, elevada a nivel simbólico. Consagrada en sistema de significaciones convencionales. Tan convencionales que ya no somos conscientes de ellos, como no lo somos habitualmente del aire que respiramos.

La Iglesia, desde la fe en Cristo, desde la vida en el Espíritu Santo, rebautiza, recrea y canoniza toda una geometría simbólica del espíritu. La Cruz, redefine todo y redimensiona todo. El arriba y el abajo, el ascenso y el descenso; lo vertical y lo horizontal; el pasaje y la comunicación entre lo divino y lo humano; entre el lenguaje de la fe y el secreto operante de la caridad.

El creyente vive sin embargo como un ser bilingüe, que habla el idioma de la Iglesia y también el de la ciudad secularizada, (o pagana, o apóstata, según los casos) con la cual alterna también. Conoce ambos sistemas de significación, ambas geometrías simbólicas. Las usa y las entiende. En esto no hay nada dramático. Al menos mientras se considere a sí mismo y se mueva como en su patria y en su casa, en el sistema de interpretación revelado y canónico. Todo depende de su sentido de pertenencia.

Lo dramático tiene lugar cuando, inadvertidamente, por un proceso anónimo de apostasía, cambia sus patrones de medida. Cuando al ser exaltado en la Cruz, comienza a despreciarlo y menearle la cabeza (A decir; "estoy tirado"). Cuando ya no puede ver la Cruz como la reconciliación de lo vertical y lo horizontal, sino precisamente como la expresión de una incompatibilidad existencial. Las figuras geométricas, las palabras, podrán ser las mismas y hasta crear la ilusión de que nada ha cambiado. Pero lo que ha cambiado es el eje de coordenadas de interpretación ¡nada menos! Todo está re-definido, es decir vuelto a delimitar. Las situaciones se toman engañosamente como la realidad, objetiva e independiente de la aprehensión subjetiva. Pero: situación deriva de sitio y no hay sitio sin un punto de referencia y sin un eje de coordenadas, que, no por ser implícitas y subjetivas, son menos determinantes.

Test proyectivo
Dimas Antuña observa agudamente que quien no ve nada en San José, no ve nada de lo verdaderamente importante de sí mismo. No ve nada del misterio de su fe.

La ciencia psicológica ha elaborado los tests. Mediante tests proyectivos, se puede poner de manifiesto actitudes de las cuales uno no es consciente, ideas, perjuicios, predisposiciones. San José es un test para nuestra fe cristiana, para nuestra vida y nuestras actitudes más profundas e inconscientes. Nuestra confrontación con su figura evangélica puede hacer rechinar zonas enteras de nuestro ser que aún permanecían paganas, sin cristianizar. O lo que es peor, una larvada incredulidad. Y hasta una apostasía anónima del corazón que aún sigue hablando en el lenguaje de los creyentes, pero usa sus términos en otra acepción.

Sea lo que sea de la etimología, test tiene que ver con testigo, testimonio, atestiguar. Nuestro santo, como los entes testigos, atestigua contra las peligrosas inflaciones del lenguaje, contra los cambios subrepticios del valor nominal. Su patronazgo, si bien se extiende a los casos y cosas que, no sin cierta dosis de espíritu maniqueo, se suelen calificar despectivamente de temporales (salud, dinero y amor), muestra con ello que en cada una de esas "situaciones", está también en juego, indefectiblemente, el eje de coordenadas respecto del cual las está situando el orante. Y su principal acción y protección patronal, consiste en velar por que ese eje coincida, o se vaya aproximando cada vez más para coincidir, con la Cruz de Cristo: eje del mundo y árbol de vida. Ese es el secreto de la universalidad de su patrocinio, que se extiende a la Iglesia Universal y a las más diversas situaciones y categorías de personas.

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"Su patrocinio es universal, pero a semejanza de la Providencia divina, se extiende a los menores detalles y por cada uno de los que acuden a él. Su intercesión es eficaz, sobre todo, en el orden espiritual, pero se extiende también a las cosas materiales. Es el amparo de las familias, de las comunidades, el consuelo de los desdichados, la esperanza de los enfermos. Vela por los cristianos de toda condición, de todos los países, sobre los padres de familia y sobre los esposos, lo mismo que sobre las vírgenes consagradas a Dios. Vela por los ricos para inspirarles una caritativa generosidad con sus bienes, lo mismo que por los pobres para socorrerlos en su necesidades. Oye la oración de los mayores pecadores y de las almas más santas. Es el patrono de la buena muerte y de las causas más desesperadas. Muestra su poder sobre el demonio cuando éste parece triunfar y es -como dice Santa Teresa- el guía de las almas por el camino de la oración. El, mejor que nadie, sabe introducir al que se lo pide en el trato familiar e íntimo con Jesús. Así, su intercesión refleja maravillosamente la divina Sabiduría que 'Alcanza de un fin al otro confín, con fortaleza, y todo lo dispone con suavidad' (Sabiduría 8, 1 ) (Réginald Garrigou-Lagrange)

* * *

No se debe hablar desdeñosamente de que a mucha gente la necesidad le enseña a rezar. No se ve la razón por la cual la oración hecha en momentos agobiadores deba ser menos legítima, menos verdadera, menos genuina. Prefiero la religión que se manifiesta cuando se le ven las orejas al lobo, a la religión que sólo dura mientras le va bien a uno". (Viktor Frankl)


* * *


LETANIAS DE SAN JOSÉ

Señor - ten piedad de nosotros
Cristo - ten piedad de nosotros
Señor - ten piedad de nosotros

Cristo - óyenos
Cristo - escúchanos
Dios Padre celestial - ten piedad de nosotros
Dios Hijo, Redentor del mundo - ten piedad de nosotros
Dios Espíritu Santo - ten piedad de nosotros
Santísima Trinidad que eres un solo Dios - ten piedad de nosotros
Santa María - ruega por nosotros
San José - ruega por nosotros
Insigne descendiente de David - ruega por nosotros

Luz de los patriarcas
Esposo de la Madre de Dios
Casto protector de la Virgen
Padre en la tierra del Hijo de Dios
Solícito defensor de Cristo
Jefe de la Sagrada Familia
José justísimo
José castísimo
José prudentísimo
José fortísimo
José obedientísimo
José fidelísimo
Espejo de paciencia
Amante de la pobreza
Ejemplo para los que trabajan
Animador de la vida doméstica
Custodio de la virginidad
Apoyo de las familias
Consuelo de los afligidos
Esperanza de los enfermos
Patrono de los moribundos
Terror de los demonios
Protector de la Santa Iglesia

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo -
perdónanos Señor
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo -
escúchanos Señor
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo -
ten piedad de nosotros

Lo hizo Dios Señor de su casa
Y príncipe de todas sus posesiones

Oremos: Oh Dios, que en tu inefable Providencia, te dignaste elegir a San José para Esposo de tu Santísima Madre, concédenos, te rogamos que tengamos como intercesor en el cielo, al que veneramos como protector en la tierra. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

CANTO

Custodio de Jesús

Custodio de Jesús en su divina infancia,
protege en la niñez la vida de la gracia.

Coro: ¡Cantemos a José
guardián de nuestra fe.
El mismo Redentor
por padre lo eligió!

Modelo en el hogar de amor sincero y casto;
que reine el puro amor en el hogar cristiano.
Humilde San José, paciente en la pobreza,
aumenta nuestro amor y fe en la Providencia.

Obrero del taller y obrero de las almas,
ayuda en su labor al hombre que trabaja.
Protege, San José, la Iglesia a ti confiada;
defiéndela del mal, condúcela a la Patria.

 

- NOVENA VISITA -

EL NIÑO JESÚS: I
Pañal - Desnudez - Niñez

Miremos la imagen
José sostiene al Niño Jesús contra su corazón. El Niño está desnudo y sentado sobre un pañal blanco, una de cuyas puntas cuelga, como al descuido, de la mano de San José.

En esta visita, haremos primero algunas consideraciones preparatorias. Luego propondremos algunas observaciones sobre lo que nos sugieren estos tres aspectos de la imagen del Niño: el pañal, la desnudez y la niñez, tomados en su conjunto. En visitas siguientes volveremos a tomarlos uno por uno.

Consideraciones preparatorias
Pedimos a San José que nos inspire y nos introduzca a un mayor conocimiento del Niño Jesús, como niños al Niño.

Pedimos a Dios Padre, que con su Espíritu Santo, nos renueve los ojos del corazón para contemplar al Niño Jesús con una mirada libre de prejuicios y capaz de asombro como la de José: Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro (Salmo 50,12).

Acerquémonos como Niños al Niño
El Evangelio nos invita a recibir a Jesús haciéndonos como niños. No nos quiere infantiles, pero sí nuevos, capaces de novedad y renovación del Espíritu. Para poderlo recibir como niños a un niño. (Marcos10, 13-16). Vueltos a nacer. Nacidos de lo alto a una manera nueva de ver (Juan 3, 3-9). Ni la niñez de Jesús, ni la que se nos pide para acercárnosle con fe, son cuestión de edad. El anciano Simeón, siendo anciano, recibió como niño al Niño Jesús (Lucas 2, 25-28). El Espíritu Santo lo rejuvenecía para ver con otros ojos, con los del Hombre Nuevo. Con los de la fe del Nuevo Testamento.

Antes y después
Los cristianos dividimos la historia respecto del nacimiento de Jesús. Decimos antes y después, con relación a él. Antes de Jesucristo era el Viejo Testamento, el Hombre Viejo, la Sombra, la Imagen, la Promesa. Después de Jesucristo es el Nuevo Testamento, el Hombre Nuevo, la Nueva Vida, el Espíritu que renueva la faz de la tierra.

Y la historia del individuo, de cada vida humana, también se divide así. Antes y después del Bautismo. Antes y después del conocimiento y de la fe en Cristo. Antes y después de la conversión. Antes era el Hombre Viejo, los pecados de una vida de viejo. Es decir de una vida que se encamina hacia la muerte y está próxima a ella. Soy Hombre Nuevo desde que recibo su Espíritu; creo en El; lo conozco; lo reconozco como mi Señor, Maestro, Dios y Salvador; guardo sus mandamientos; acepto mi muerte al Hombre Viejo; tomo mi cruz y lo sigo. Así soy niño: por la inocencia de una Vida Nueva. Como niños recién nacidos, apetezcan la leche espiritual pura (Primera Carta de Pedro 2,2). Toda mi novedad, la recibo de Cristo. Como un niño, que cada día redescubre el mundo, en mi vida cristiana voy yo de sorpresa en sorpresa. Cristo siempre está por conocer. Nunca lo acabo de conocer del todo. Y cada vez que lo redescubro y lo conozco más, resulto renovado. Su conocimiento me abre nuevas posibilidades y perspectivas vitales; derriba mis prisiones; me abre nuevas posibilidades que parecían clausuradas. Fuente de perenne novedad. Este Niño es el Dios que renueva mi juventud (Salmo 102, 5), Me trasporta de la vejez del pecado a la niñez de la inocencia.

Compañero de juegos de la Sabiduría - Niña
El libro de los Proverbios habla de la Sabiduría de Dios: creadora, poderosa, pero benévola y amiga de los hombres. La compara con un niño que juega en la presencia de su padre y con cuyos juegos se complace el padre. Pero que, además, tiene su deleite en jugar con los hombres como con sus compañeros de juego (Proverbios 8, 22-31). Este hermoso himno se puede meditar comparándolo con el prólogo del Evangelio según San Juan. Aquí nos contentamos con citar sólo su final: Yo estaba allí como un niño pequeño y era todos los días su delicia, jugando en su presencia (de Dios) en todo tiempo, jugando por el orbe de la tierra y mis delicias son estar con los hijos de los hombres (Proverbios 8, 30-31). En el Nuevo Testamento, Jesucristo se queja de los que se niegan a recibirlo con fe, como de niños díscolos que no aceptan la invitación a jugar con la Sabiduría: ¿Con quién compararé a los hombres de esta generación? Y ¿a quién se parecen? Se parecen a los chiquillos que, sentados en la plaza, se gritan unos a otros diciendo 'Os hemos tocado la flauta y no habéis bailado, os hemos entonado endechas y no habéis llorado'. Porque vino Juan el Bautista, que no comía pan ni bebía vino, y decís: 'Está endemoniado'. Y ha venido el Hijo del Hombre, que come y bebe, y decís: 'Ahí tenéis a un comilón y un borracho, amigo de publicanos y pecadores'. Pero la Sabiduría se ha acreditado por todos sus hijos (es decir; los que creen) (Lucas 7, 31.35) .

La incredulidad tiene algo del ridículo de un niño enfurruñado que se niega a entrar en el juego que Dios le ofrece y a aceptar sus reglas. Niño Viejo. Sentado además en la plaza de una civilización vieja. Envejecida por el peor olvido que ocasiona la arterioesclerosis de una civilización, el olvido del origen. Y por la indiferencia ante el sentido último. El olvido de Dios y la indiferencia ante El, la hacen demasiado vieja para un Dios Niño.

Nuestras visitas ante esta imagen suponen que nos renovamos. En nuestro corazón y en nuestra imaginación. Para el juego de la fe. La imagen es apenas nuestro punto de partida. Un estribo. Un apoyo. Nos suministra un guión. Nos traza un cierto itinerario para nuestra incursión aventurera por los misterios de la fe cristiana. La imagen ofrece a nuestro juego, -serio juego-, el reglamento. Respetando sus reglas, nos sentimos liberados y autorizados para contemplar creativamente. Para avanzar en una novedad -que es original porque es fiel a sus orígenes; la Escritura, la Tradición. Pero también porque tiene en sí misma la fuente y el origen: El Espíritu Santo.

Los hombres viejos, a fuerza de mirar imágenes sin verlas, pasarán frente a ésta sin reparar. Nosotros, como niños, asomémonos a ella como a una ventana, para asombrarnos de los misterios hacia los cuales está abierta. Para descubrir el siempre ameno paisaje de nuestra fe.

Pañal - desnudez - niñez
Cada episodio o misterio del Evangelio de la Infancia de Jesús contiene en germen el sentido de la historia ulterior. Estos tres elementos también : pañal - desnudez - niñez. Podemos ver en ellos, prefigurados, los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos que meditamos rezando el Rosario y que son un compendio del mensaje evangélico. El pañal corresponde al misterio gozoso del nacimiento. La desnudez, preanuncia el despojo de la Pasión y la muerte en Cruz. La niñez corresponde a la gloria de la Resurrección, vida nueva que trae Cristo; y al nacimiento de la Iglesia.

Aunque todos los misterios de la vida de Jesucristo están prefigurados en el Antiguo Testamento y en las Profecías, el pañal corresponde, en nuestra terna, de una manera especial, al Antiguo Testamento. El pañal nos dice quién es Jesús visto desde las profecías. La desnudez, nos remite y corresponde más bien a la revelación que tiene lugar durante la misma vida y obra terrenal de Jesús. Dentro del Nuevo Testamento, la desnudez corresponde a los Evangelios. La niñez, a los Hechos de los Apóstoles y demás escritos sagrados del Nuevo Testamento.

El pañal corresponde al anuncio de los profetas. Ellos anunciaron a un Rey Mesías niño. La desnudez corresponde a lo que los Apóstoles vieron y de lo que dan testimonio. La Niñez es la obra de Jesús en la vida de la Iglesia, a la cual renueva y santifica continuamente por medio de su Espíritu.

Por eso, el pañal es el magisterio de los profetas. La desnudez, el de Jesús. La niñez, el magisterio de la Iglesia: el del Espíritu Santo que asiste al magisterio docente para que enseñe y dice Amén en el corazón de los fieles al reconocer su verdad.

El pañal es el testimonio de las Escrituras, principalmente del Antiguo Testamento. La desnudez corresponde particularmente al testimonio del Hijo. La Niñez, al testimonio vivo del Espíritu, interior a los fieles.

El pañal habla de lo que era desde el principio. La desnudez, de lo que es aún ahora. La niñez, de lo que será siempre.

"Así como un niño no entiende cómo crece, ni sabe cómo mama, que aun sin mamar él ni hacer nada, muchas veces le echan la leche en la boca, así es aquí, que totalmente el alma no sabe de sí, ni hace nada, ni sabe cómo, ni por dónde, ni lo puede entender, le vino aquel bien tan grande. Sabe que es el mayor que en la vida se puede gustar, aunque se junten juntos todos los deleites y gustos del mundo. Vese criada y mejorada, sin saber cuándo lo mereció; enseñada en grandes verdades, sin ver el Maestro que la enseña; fortalecida en las virtudes, regalada de quien tan bien lo sabe y puede hacer. No sabe a qué compararlo sino al regalo (mimo) de la madre, que ama mucho al lirio y le cría y regala". (Santa Teresa de Jesús, Conceptos del Amor de Dios, c. lV)


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ORACION

De San Bernardino de Siena

Acuérdate de nosotros, bienaventurado José, e intercede con tus oraciones ante tu Hijo; haz también que sea propicia a nosotros la santísima Virgen, tu esposa, que es madre de Aquel que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por siglos infinitos. Amén.

ORACIONES DE SANTA TERESITA

Al Padre celestial

"Todo lo que pidiereis al Padre en mi nombre se os concederá". (Juan 16,23)
"Padre eterno, vuestro único Hijo, el dulce Niño Jesús, es mío, puesto que me lo habéis dado. Os ofrezco los méritos infinitos de su divina infancia, y os pido, en su nombre, que llaméis a los goces del cielo a innumerables falanges de niñitos que sigan eternamente a este divino Cordero".

Al Niño Jesús

¡"Oh Niñito Jesús, mÍ único tesoro!, me abandono a tus divinos caprichos. No quiero otra alegría que la de hacerte sonreír. Imprime en mí tu gracia y tus virtudes infantiles, a fin de que el día de mi nacimiento en el cielo, los ángeles y los santos reconozcan en mí a tu pequeña esposa: Teresa del Niño Jesús".

A San José

"Vuestra admirable vida
en la sombra, José, se deslizó
humilde y escondida,
¡pero fue augusto privilegio vuestro
contemplar muy de cerca la belleza
de Jesús y María!

¡Más de una vez, el que es Hijo de Dios,
y entonces era niño
y sometido en todo a la obediencia vuestra,
sobre el dulce refugio de vuestro pecho amante
descansó con placer!

Y como vos, nosotras,
en la tranquila soledad, servimos
a María y Jesús,
nuestro mayor cuidado es complacerlos,
no deseamos más.

A vos, Teresa nuestra santa Madre,
acudía amorosa y confiada
en la necesidad,
y asegura que nunca su plegaria
dejasteis de escuchar con el pronto socorro.

Tenemos la esperanza de que un día,
cuando haya terminado la prueba de esta vida,
al lado de María, iremos, Padre, a veros.

Vuestra escondida historia leeremos entonces,
historia que los hombres ignoraron.
Descubriremos vuestra excelsa gloria
y en el cielo sin fin la cantaremos".

 

DÉCIMA VISITA -

EL NIÑO JESÚS: II
El pañal

Miremos la Imagen
El Niño Jesús, desnudo, está sentado sobre un pañal, una de cuyas puntas cuelga, como al descuido, de la mano izquierda de José.

El pañal
Tres cosas dicen principalmente el pañal:
1) Jesús es hombre verdadero;
2) es el hijo de María Virgen;
3) es Dios en persona, venido según el anuncio de los profetas y en particular, de Isaías.

Hombre verdadero
Los pañales con que María envuelve al niño, demuestran que se trata de un niño verdadero, de carne y hueso. Verdadero hombre y no mera apariencia humana. Los pañales proclaman a gritos el misterio de la Encarnación. A este mismo que María envuelve en pañales y lo reclina en un pesebre, la misma Madre lo recogerá muerto, lo envolverá en una mortaja y lo reclinará en un sepulcro. En la gruta de Belén se refugia el recién nacido porque no hubo lugar en el albergue. En el sepulcro yacerá el que fue rechazado por los suyos.

La cruz, dice San Pablo, fue locura para los paganos y escándalo para los judíos. Los pañales de Dios adelantan la hora del reloj del escándalo y la locura. Lo ponen en su hora cero.

Desde muy temprano hubo quien se resistió a creer que la vida de Dios sobre la tierra, entre pañal y mortaja,. haya pedido ser algo más que una ficción. Decían; mera apariencia. Contra ellos se levanta, entre otros, San Ignacio de Antioquía: "Jesucristo -dice- es verdaderísimamente del linaje de David según la carn6, e hijo de Dios según la voluntad y poder de Dios, nacido verdaderamente de una virgen, bautizado por Juan, para que fuera cumplida por El toda justicia. De verdad, finalmente, fue clavado en la cruz bajo Poncio Pilato y el tetrarca Herodes... Y todo eso lo sufrió el Señor por nosotros a fin de que nos salvemos. Y lo sufrió verdaderamente, así como verdaderamente resucitó. No según dicen algunos sin fe, que sólo sufrió en apariencia. ¡Ellos sí que son pura apariencia! Y según su parecer aparecerán ellos len la resurrección final), serán como demonios incorpóreos. Yo por mi parte, sé muy bien y creo, que el Señor permaneció en su carne después de la resurrección... Porque si sólo en apariencia fueron hechas todas estas cosas por Nuestro Señor, luego yo también estoy cargado de cadenas sólo en apariencia" (San Ignacio de Antioquía a los de Esmirna)

Hijo de María Virgen
El pañal alude al misterio de los orígenes milagrosos de este hombre verdadero. Este es el hijo de María Virgen. Un prodigio del poder de Dios, obrado como señal, rodea su concepción y su nacimiento. El prodigio es por lo tanto doble. Se refiere no sólo a la concepción, sino también al alumbramiento: El Señor mismo va a daros una señal: He aquí que la virgen ha concebido y va a dar a luz un hijo (Isaías 7, 14). Los Santos Padres defendieron siempre la fe en la realidad y en la virginalidad tanto de la concepción como del alumbramiento de Cristo. El texto de Isaías citado daba pie para ello. Pero si la fe se apoyaba en Isaías para afirmar la realidad del nacimiento, se inspiraba en el mismo Isaías para afirmar que no por real y verdadero ese nacimiento había sido menos extraordinario y milagroso: Antes de tener dolores dio a luz, antes de llegarle el parto dio a luz varón (Isaías 66, 7).

San Ignacio de Antioquía enumera el misterio del parto de María entre los tres misterios sonoros que se cumplieron en el silencio de Dios y quedaron ocultos al príncipe de este mundo: la virginidad de María y el parto de ella, del mismo modo que la muerte del Señor (A los Efesios 19, 1).

San Cipriano dirá que María fue madre y partera; ningún dolor hubo en su parto. Y esta misma tradición se encuentra en Agustín, Jerónimo y pasando por Santo Tomás llega a nuestros días. Francisco Suárez, después de recordar los testimonios de la Tradición concluye: Aunque este milagro no esté expresado en el Evangelio, se da fe a él piadosísimamente... y en el Evangelio tenemos cieno indicio, pues San Lucas dice; 'Dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales y lo reclinó en un pesebre'. En las cuales palabras se insinúa que no intervino ni fine necesaria ninguna otra acción (Misterios de la Vida de Cristo D. 13, s. 2, 4). María hizo por sí misma lo que normalmente hacen los que asisten a la mujer que da a luz. Por eso decíamos que el pañal nos habla de Jesús, hombre verdadero, pero hijo de una virgen. Virgen antes y durante el alumbramiento. Como se dice en la Iglesia: María siempre Virgen.

Periódicamente a lo largo de la historia se impugna la fe de la Iglesia en este punto. Una argumentación que hemos oído rebrotar en nuestros días, es que la palabra hebrea almáh, puede querer decir en esa lengua tanto doncella, joven en edad nupcial, como virgen. Ya San Justino discutía con los judíos al respecto, defendiendo la virginidad de María en estos términos: Vosotros tenéis la audacia de cambia; también en este pasaje (Isaías 7, 14) la interpretación que dieron vuestros propios ancianos [que tradujeron el almáh hebreo con el griego parthenos: virgen]. Decís que el texto original no trae lo que ellos interpretaron, sino: 'Mirad que una mujer joven concebirá'. ¡Cómo si fuera una cosa del otro mundo que una mujer conciba por trato carnal, cosa que hacen todas las mujeres jóvenes! (Diálogo con Trifón 84,3). En cambio, sí que es verdaderamente un signo maravilloso y digno de ser creído por el género humano que de un vientre virginal naciera como verdadero niño, hecho carne, el que es primogénito de todas las criaturas" (84, 2).

María no aparece en nuestra imagen. Aunque el cristiano no puede olvidarla cuando está frente a su Hijo y su Esposo San José. Pero el pañal es, en esta imagen, una reminiscencia mariana de poderosa fuerza evocadora. Esta alusión cifrada nos recuerda que este Niño es el objeto del amor maternal de paría. Y que en el Corazón de nuestra Madre están guardados y meditados los misterios que rodean el origen de Jesús: su concepción y alumbramiento virginales.

Y aquí también el pañal trasmite un mensaje escandaloso y que hace gritar a los demonios. La mente moderna se inclina a pensar que su escándalo ante el hecho de la concepción y el alumbramiento virginales de Cristo le viene de su modernidad. La realidad es otra. Una concepción sin intervención de varón y un parto virginal, son tanto más inaceptables cuanto más primitiva es una mente y un pueblo. Por más ignorantes, retrógradas y supersticiosas que se quiera pintar a las edades pasadas, el doble signo no les resultaba menos chocante e increíble. La mente moderna no puede creer en él, no en virtud de lo que tiene de más adelantado que otras edades, sino por lo que tiene todavía de común con ellas.

Y como el Espíritu Santo no da puntada sin hilo, no podemos despedirnos del pañal como mensajero de la virginidad de María, sin llamar la atención sobre un pespunte en el dobladillo.

Certificado médico
Sabemos por el Nuevo Testamento y por la Tradición de la Iglesia, que San Lucas era médico. Y médico de cultura y formación griega, que eran los que la antigüedad reconocía como los mejores. Si alguien tenía derecho en virtud de su ciencia -y obligación moral- a elevarse contra la fe en estos misterios, como contra una extralimitación vejatoria del buen sentido y la razón; como contra una contradicción inaceptable de los datos de la ciencia y de la historia, era Lucas. Debió por lo menos callarlos y dejar a los otros evangelistas la libertad de hablar sobre ellos, pero distanciándose con su silencio. Pues no.

Quiso el Espíritu Santo que fuera precisamente Lucas el médico griego, quien, remediando en esto el silencio de los demás evangelistas, quedara ante la posteridad de la Iglesia y el Mundo, como el más claro y férvido transmisor de los misterios de la virginidad de María. El único evangelista en mencionar el pañal. Y no lo hizo por meros motivos sentimentales, como mera cifra de la ternura de Mamá María. En su relato insinúa, como observa Suárez, el misterio del parto milagroso. Pero además nos ofrece la punta del ovillo, que, junto con el pesebre, nos permite deshilvanar las profecías. Puesto que San Lucas es el único evangelista que menciona el pañal, este pañal nos lo recuerda, y era justicia mencionarlo.

Dios en persona, según las profecías
El bastón florecido, según hemos visto antes, nos remitía desde la imagen a las promesas hechas a los antepasados de José, de las cuales él es el heredero. El pañal nos remite a las promesas y profecías que se cumplen en Jesús.

Claro que el pañal nos habla como la parte nos habla de un todo. Es parte de una señal -que consta no sólo de él, sino que abarca también al pesebre y a la falta de lugar para ellos en el mesón. María su madre lo envolvió en pañales y lo reclinó en el pesebre porque no había lugar para ellos en la posada. Hasta aquí, el gesto de María parece simple expresión de la natural ternura de una madre y de la natural peripecia de un viaje de pobres a lo pobre. Pero, en el mensaje del Ángel a los pastores, los humildes gestos de María se nos revelan en su verdadera entidad de signos: esto os servirá de señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre (Lucas 2,7.12).

Lo que el pañal y el pesebre deben señalar a la sencilla fe de los pastores, es que se han cumplido en ese niño las profecías a las que alude el ángel y que los pastores conocían: Una gran alegría, para todo el pueblo de Israel, os ha nacido hoy en la ciudad de David, un salvador, que es el Mesías Señor (Lucas 2, 10-ll).

Israel había suplicado la venida del Mesías, del Rey descendiente de David, que restablecería el trono de su padre y salvaría al pueblo. Pero había pedido más, había pedido que Dios mismo manifestase su rostro: ¡Ah si rompieses los cielos y descendieses! (Isaías 63, 19).

Por su parte, Dios, en forma velada, había anunciado su venida en persona a salvar a su pueblo: habitaré en medio de vosotros... me pasearé en medio de vosotros (Levítico 26, 11.12); Fue Él su salvador en todas sus angustias. No fue un mensajero ni un ángel, él mismo en persona los liberó (Isaías 63,9) ; Yo me encargo de ello, yo os salvaré (Isaías 46, 4).

Todo el libro de Isaías está cuajado de esas frases de anuncio: su presencia pavorosa para los malos (2,10.19.21J ; vendrá el Señor [4, 3J ; el Señor mismo (7,14); al Rey Señor de los Ejércitos han visto mis ojos (6, 1); aguardaré al que esconde su rostro (8, 17) ; la tierra se llenará de su conocimiento (11, 9) ; El volverá a mostrar su mano (11, 11 ) ; he aquí a Dios mi salvador (12, 2); ahí tenéis a vuestro Dios (25, 9); ahí está vuestro Dios, ahí viene el Señor con poder (40, 9-10); no he dicho que me busquen en vano (45, 19); con sus propios ojos ven el retorno del Señor (52, 8J; me he dejado encontrar y hallar por quienes no me buscaban (65, 1); tú te haces el encontradizo (64,4).

Pero la aparición del Ángel a los pastores que velaban en la noche, va acompañada de otro signo: la luz de la gloria de Dios los envuelve al mismo tiempo que se les anuncia la alegría del nacimiento del niño. Se cumple la profecía de Isaías una vez más: El pueblo que andaba a oscuras vió una luz intensa... se han alegrado al verte... porque un niño nos ha nacido... sobre el bono de David y sobre su reino...(Isaías 9, 1-8). La profecía asocia al Dios en persona con la figura del niño. Los pastores se alegraron viéndolo en sus pañales.

El Niño Jesús es como una llavecita que nos abre la cerradura de las profecías. Con la presencia del niño envuelto en pañales los libros del Antiguo Testamento se iluminan página por página con nueva claridad. Se releen con ojos niños que descubren en ellos un mundo nuevo de sentido. En esas Escrituras se nos hablaba de Dios con antropomorfismos: el Señor Dios tenía brazos, rostro, nariz... miembros humanos y sentimientos humanos. Ahora, con la Encarnación, todos esos antropomorfismos dejan de ser meras figuras literarias. ya no son modos de hablar y metáforas. El Niño nos permite leerlas y comprenderlas como profecías cumplidas. Con la presentación del Niño a los pastores, tiene lugar en la gruta de Belén una revolución cultural bíblica. Y a los pastores se les entrega una llave, la clave para descifrar el sentido de las Escrituras. La presencia de Cristo y su fe al recibirlo, los colocan, en cuanto a capacidad de comprensión, muy por encima de los letrados y los sabios de Israel. Este Niño en pañales es la norma de interpretación de la Escritura. Toda ella hablaba de El en sombras y figuras. Los pastores fueron y encontraron al Niño y él era la llave que calzaba en la cerradura de sus esperanzas. Lo encontraron todo conforme a lo que se les había dicho, por boca de los ángeles, según las Escrituras. Todo conforme a lo que habían esperado.

Durante dos mil años, la Iglesia, los creyentes, nos seguimos ocupando en releer las Escrituras, abriendo sus sentidos con la llave de Cristo. Y si dura el mundo, tenemos tarea para dos mil años más. No hay apuro. Los pastores leen despacio. Como rudos, deletrean. Además no tienen prisa en vaciar el morral. La frugalidad es virtud de pobres que se conforman con el pan de cada día. Y con Jesús, pan de vida, las Escrituras son para los creyentes como los graneros del José de Egipto.

Pero ¡ay! el pañal es inseparable del pesebre. Y según los profetas no todo era deseo ardiente de ver a Dios y alegría con su venida. En ellos leemos también la predicción que San Juan iba a reformular con justeza: La Palabra era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba y el mundo fue hecho por ella, pero el mundo no la conoció. Vino a su casa, pero los suyos no la recibieron (Juan 1, 10-11).

Este niño está reclinado en el pesebre donde comen los animales porque no ha habido lugar para él bajo los techos de los habitantes de Belén, ciudad de David. Vino a su ciudad y su ciudad no lo recibió.
En el desierto el pueblo murmuraba contra el maná. El Pan de Vida va a dar entre el forraje. También esto se leía en los profetas. Y el niño es también la llave para abrir esas cerraduras que profetizaban cerrazones humanas frente a Dios: Crié hijos hasta hacerlos hombres, pero ellos se rebelaron contra mí. El buey conoce a su dueño y el burro conoce el pesebre de su amo, pero Israel no conoce, mi pueblo no discierne (Isaías 1, 2-3). Será él trampa y piedra de tropiezo y peña de escándalo... allí tropezarán muchos, caerán, se estrellarán y serán atrapados y presos (Isaías 8, 14-15).

El pañal va junto con el pesebre. Y en nuestra imagen nos recuerda que este niño será objeto del rechazo de los suyos. Que está puesto para caída y elevación de muchos en Israel y para ser señal de contradicción (Lucas 2, 34-35).

Isaías anunciaba; volverá a mostrar su mano... izará bandera (Isaías 11, 11-12). Este pañal es como esa bandera de contradicción. En la mano del Niño, los creyentes leerán con asombro, como San José, el alegre misterio de la Encarnación. Los incrédulos lo desnudarán para crucificarlo.

Llenos de fe llegaron los pastores.
Puntas de pies. Dedos sobre los labios.
Envueltos en celestes resplandores.
Por atajos ocultos a los sabios.

Llegaron los primeros. Con sus dones.
El Niño estaba como en Isaías.
Rocío de Gedeón, en los pellones
con que la virgen madre lo cubría.

Y José de anfitrión. Era el encuentro
del Niño Dios con sus primeros fieles.
Hallaron -como el Ángel les dijera-

al Prometido que guardaban dentro,
tibio de corazón, bajo sus pieles
blanqueadas por la escarcha de la espera.

- - - - - - - - - - -

Por aquel tiempo de Dios
viendo al hombre tan bagual,
le envió el Patrón Celestial
a Jesús Nuestro Señor
pa atarlo con ese pial
al palenque de su amor.
Llegó así el tiempo sagrado
en que Dios debía venir;
el rey pa saber su influir
mandó empadronarse a todos,
y ansí a Belén, de este modo,
José y María se han dir.
Llegaron a la ciudá
con los últimos destellos,
pa tomar algún resuello
golperon puertas y hogares,
pero en todos los lugares
no tenían lugar pa ellos.

Y sus hermanos, los hombres,
le negaron sus umbrales,
Él vino a curar sus males
y tuvo, como un mendigo,
que limosniar un abrigo
a una cueva de animales.

Y llegó el tiempo de Dios
pa salú de los mortales,
como un pimpollo que sale
floreció el Divino Niño,
y la Virgen con cariño
lo envolvió con los pañales.

Era una noche de invierno,
todo el mundo estaba en paz;
y amando Dios por demás
al hombre triste y siniestro,
tomó un cuerpo como el nuestro
pa no dejamos jamás.

Y ansí nomás Jesucristo,
dende su Padre Estanciero,
agarró nuestro sendero
y fué un hombre como todos,
sin dejar por este modo
de ser el Dios verdadero.

A Tata Dios cara a cara
jamás el hombre lo ha visto;
y Dios, habiendo previsto
que el hombre lo iba a buscar,
mandó al Hijo en su lugar
nuestro Señor Jesucristo.

Como de noche el charquíto
parece un ojal de acero
ande se prende el lucero
como luciente botón,
ansina su corazón
se prendió al hombre matrero.

Todo su amor se propuso
unir al hombre presente
con Dios, dado por ausente,
como el arroyo serrano
une el charquito lejano
a la ráiz de su virtiente.

(Amado Anzi S. J., el Evangelio Criollo)

ORACIÓN A SAN JOSE

Santísimo Patriarca San José, Padre adoptivo de Jesús, virginal Esposo de María, Tesorero y dispensador de las gracias del Rey de la gloria, a Ti te elijo desde hoy por mi verdadero Padre y Señor, en todo peligro y necesidad, a imitación de tu querida hija y apasionada devota Santa Teresa de Jesús.

Enséñame oración Tú que eres maestro de tan soberana virtud, y alcánzame la gracia de vivir y morir santamente como Tú, y la que te pido en este día, si es para mayor gloria de Dios y bien de mi alma. Amén.

 

- DECIMOPRIMERA VISITA -

EL NIÑO JESUS: III
Desnudez y Niñez

Miremos la imagen
San José tiene en brazos al Niño. El Niño Jesús está desnudo.

Oración Preparatoria
Sugerimos al visitante una oración preparatoria para que por la intercesión de San José podamos internarnos con amor y reverencia en la profundidad de un mayor conocimiento de Cristo. La petición que sugerimos incluye pedir para uno mismo una gracia doble:
1) poderse acercar al Niño como niño (Marcos 10, 15);
2) que despojados de nuestras ideas y prejuicios, podamos entrar desnudos en el verdadero mensaje de esta desnudez (Colosenses 3, 10).
El que no reciba el Reino de Dios como niño no entrará en él dice Marcos 10,15. Despojaos del hombre viejo con sus obras y revestíos del hombre nuevo que se va renovando hasta alcanzar un conocimiento perfecto, según la imagen de su Creador, dice San Pablo a los Colosenses (3, 10) .

No podemos ser hijos de Dios e hijos de una cultura, un tiempo o una época. El que ama a su padre y a su madre más que a mí, no es digno de mí (Mateo 10, 37). Dios propone la fe a nuestra alma, como una alianza nupcial, con las palabras del salmista: Escucha hija, mira y pon atento oído, olvida tu pueblo y la casa de tu padre y el Rey se prendará de tu belleza (Salmo 44). San Francisco se desnudó de las ropas que debía a su padre para seguir a Cristo. Testimonió así una redefinición de lo que se entendía por vergüenza en su mundo. Para él, vergüenza hubiera sido no seguir a Cristo por ceder a los imperativos de la decencia. G. K. Chesterton cuenta que se convirtió a la fe católica cuando comprendió que: solamente la Iglesia Católica puede salvar al hombre de la esclavitud humillante y desastrosa de ser hijo de su época. Por vergüenza, hay quienes no se deciden a abrazar la fe y hay también quienes apostatan de Cristo. Sólo quien se decide a tomar sobre sí la cruz, para seguirlo e ir a morir desnudo ante el mundo, se hace acreedor a que Dios lo revista con su gloria.

Esta actitud es una gracia y se consigue por la oración. Aquél que desea pedirla, ha recibido ya la gracia del deseo. Va a Dios porque Dios lo venía atrayendo.

Vivir creyente es vivir redefiniéndose frente a la propia época y cultura, no como hijo de ellas, sino como hijo de Dios. No como esclavo de imperativos humanos, sino como hijo libre en el Espíritu, rescatado al precio de la sangre del Hijo.

La meditación de las Escrituras que ofrecemos en esta visita aspira a auxiliar a unos para redefinirse y a confirmar a otros en su definición. El Señor la haga eficaz.

Miremos de nuevo la imagen
San José estrecha al Niño contra su corazón. El Niño Jesús tiene su mano izquierda levantada y como puesta sobre su Corazón.

Un Corazón semejante al tuyo
Este pueblo tiene mi nombre en su boca, pero su corazón está lejos de mí y el temor que me tiene son preceptos enseñados por hombres (Isaías 29, 13). Cuando el corazón humano se cierra a Dios, a su realidad, de nada vale lo que se dice de él con los labios ni lo que se aprende acerca de él y se recibe por autoridad de hombres. El corazón sigue alejado y endurecido.

Si nos inclinamos sobre las Escrituras, debemos hacerlo con el corazón abierto. Con el corazón niño y desnudo para oír la palabra con atención abierta y no con oídos sordos a fuerza de prejuicios y preconceptos. Si oyen hoy su voz, no endurezcan sus corazones como en el desierto... miren hermanos que no haya en ninguno de ustedes un corazón malo por la falta de fe que lo haga apartarse del Dios vivo (= de la realidad de Dios) (Hebreos 3, 8).

El corazón endurecido es el que no escucha al otro. El que se encierra en su soliloquio y se escucha sólo a sí mismo, a sus propios pensamientos e ideas. No se deja interpelar por Dios. Y filtra la realidad por el tamiz de sus propias aprehensiones. Nada tan horrible como la corrupción de lo más noble. Y nada tan difícil de remediar como la apostasía anónima. La apostasía del corazón que se oculta bajo el ropaje de un lenguaje religioso y aún de una ciencia teológica o de una instrucción religiosa vaciada de fe.

No hay que imaginarse al apóstata como un hombre que echa sapos y culebras contra Cristo y al que se le ven los cuernos. Hay formas de apostasía menos aparentes y más disimuladas, que sólo el paladar hecho a discernir los espíritus puede catar y descubrir. Pedro mismo no se da cuenta de su apostasía incipiente cuando toma distancia del anuncio de la Pasión y contradice a Jesús. Sus pensamientos se oponen a los de Dios y Jesús ya no quiere verlo: Quítate de mi vista Satanás, porque tus pensamientos no son los de Dios (Marcos 8, 33). Para pasar de apóstol a apóstata bastaba un paso. Y Pedro lo hubiera dado con total buena conciencia, convencido de que su apostasía era amor al Maestro y amor sincero por su bien. Pero no era amor. Era vergüenza delante de Dios, como la del viejo Adán: Quien se avergüence de mí y de mis palabras... el Hijo del Hombre se avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre (Marcos 8, 38). La dificultad para entender es: corazón endurecido, mente embotada, como se dice frecuentemente de los apóstoles en el evangelio (Marcos 6, 52; 8, 17; 9, 32; 10, 5; 10, 32; 16, 14). No basta, para ser cristiano, persignarse el cuerpo con el signo de la cruz, llevarla colgada al cuello, ni hablar de ella Hay que saber reconocerla y aceptarla de corazón, en la hora que Dios nos elige.

Pero ¿cómo reconocer nuestra cruz y nuestra hora, si Él no nos da un corazón semejante al suyo y no ilustra nuestra mente embotada? ¿Cómo saber si no nos cargamos una pseudocruz de nuestra cobardía, o no nos abalanzamos temerariamente y a destiempo a cargar con un sufrimiento que Dios no nos asigna? Danos un corazón semejante al tuyo. Lo que está en juego es nuestra semejanza con él. Con su manera de sentir y pensar. Con su capacidad de comunicarse con su Padre. Con su semejanza de querer con el querer de su Padre.

Es del misterio de esta semejanza interior, de lo que nos habla el Niño desnudo. ¿Cómo? Es de esto que quisiéramos tratar en esta visita. Para hacerlo procederemos así: Primero enunciaremos sintéticamente lo que dicen la desnudez y la niñez. Luego haremos algunas observaciones sobre la dificultad que puede haber en comprender el mensaje simbólico de la desnudez - niñez. En tercer lugar ahondaremos en algunos pasajes de la Sagrada Escritura.

Sintéticamente
La desnudez del Niño nos dice:
1) Que se hizo semejante en todo a nosotros (Hebreos 4, 15). Pero la niñez, - que significa inocencia - añade la salvedad: menos en el pecado.
2) Que se vistió con la desnudez de nuestra humanidad, para que en ella se mostrara Dios al desnudo. O sea: es verdadero Dios y verdadero Hombre.
3) Que la suya es la desnudez del Nuevo Adán. La desnudez de la inocencia recuperada. Desnudez del Hombre Nuevo, en que brilla la imagen de Dios restaurada.
4) Que se desnudó en la cruz, como Siervo de Dios, sufriente y obediente, para cumplir su misión de misericordia salvadora. Siervo de Dios y Siervo de los hombres caídos.

La niñez de Jesús, nos remite a los mismos misterios, aunque desde un ángulo propio de significación:
1) Que excepto en el pecado, se hizo en todo semejante a nosotros (Hebreos 4, 15).
2) Que la humanidad con que está revestido y muestra en su desnudez, es la Humanidad nueva, obediente hasta la cruz. Es la niñez del Siervo y del Cordero del sacrificio. La del Hijo de Dios que sustituye a Isaac; Dios proveerá el Cordero Hijo mío (Génesis 22, 8).
3) Proclama una vida nueva y eterna, sin declinación, vejez ni muerte. Y una vida inocente, sin pecado.
4) Manifiesta la fuerza vitalizadora, renovadora, santificadora del Espíritu Santo que se derrama a través de su Humanidad santísima de Niño.

No temáis
El mensaje de nuestra fe acerca de Nuestro Señor Jesucristo, tiene sus raíces en las Sagradas Escrituras. Y leer las Escrituras nos exige un aprendizaje y familiarizarnos con un universo simbólico de significación que es el de la tradición de la Iglesia de los creyentes. Por la catequesis se nos introduce en esa casa materna de la fe, pero no se nos muestran todos los rincones. Hay temas de la Tradición creyente que hoy están olvidados y son menos recordados a los fieles en la predicación. Eso crea, al primer encuentro, una cierta sensación de que no se los entiende. Pero no tarda el paladar creyente, que gustó la sal del bautismo, en reconocer, en ellos, el auténtico sabor de Cristo, que es el mismo que halla en la oración y en la Eucaristía.

No hay que temer, en cosas de fe, a lo que uno no entiende. Hay Espíritu Santo para enseñar todas las cosas al que sea humilde y pida ser enseñado. Hay fuerza de Dios para darnos corazón y mente como los del Hijo. Y estas cosas, el Padre se complace en enseñarlas a los pobres y pequeños. Pecaríamos de falta de fe y de soberbia si dejáramos de exponer los misterios de nuestra fe con la excusa de que son difíciles de entender. No sólo es difícil sino imposible entenderlos, sin la gracia de la fe y el don del Espíritu. Pero con ellos, los niños nos confundirán.

Ingresemos pues en espíritu humilde y por amor a Cristo, a quien deseamos conocer y amar, al ámbito de las Escrituras y la Tradición, por la ventana abierta de nuestra imagen.

Tres advertencias ...
quiero hacer todavía al visitante que se dispone a acompañarme, porque leer la cifra simbólica de esta desnudez del Niño, es una tarea algo más complicada que la de las visitas anteriores.
Primero, lo que se considera estar desnudo desde un punto de vista, se ve desde otro punto de vista como estar vestido. El Hijo se viste con nuestra humanidad. Pero al encarnarse, se dice que se despoja (o sea: se desviste) de su divinidad. Sin embargo, al cubrirse de humanidad, muestra al desnudo la divinidad, puesto que la revela (o sea: des-vela, despoja de velos). Y aquí, muestra al desnudo su vestido humano: su carne y condición humana y mortal. Hay que tener en cuenta esta ambivalencia del simbolismo desnudo - vestido, para no perderse en la comprensión de la Escritura.
Segundo: La desnudez es sólo un instante dentro de una serie de cambios de vestidos. Es un instante que se toma para evocar la historia de la cual forma parte. Y quiere remitirnos a la totalidad de esa historia. Que no es otra que la historia de la salvación. Esa historia quedaba insinuada en el punto anterior: El hombre Adán, que estaba desnudo y vestido con
su inocencia e imagen divina, se vistió de corrupción por el pecado y se dio cuenta de su desnudez o deformación ante Dios. Quiso vestirse y su culpa quedó al desnudo. De ahí que el Hijo quisiera despojarse de su condición divina para. vestirse de nuestra condición de desnudez y devolvernos la imagen perdida, agregándole aún la semejanza con el Hijo, al cubrirnos con el Espíritu Santo.
Tercero: de lo dicho se desprende que el estar-desnudo y el estar-vestido, tiene que ver con la imagen y semejanza. Con la semejanza perdida por el pecado y restaurada por la Encarnación. Con lo que Adán y Eva quisieron arrebatar por el camino de la desobediencia (¡seréis como dioses!) y que el Hijo viene a dar por el de la obediencia, llevando a plenitud la obra creadora y el designio de Dios, mediante la efusión del Espíritu del Padre y del Hijo. De modo que en el segundo Adán, recibimos más que en el primero. Pues a éste Dios lo creó a su Imagen, pero debía alcanzar la semejanza. Mientras que el Segundo, su Hijo es imagen y semejanza del Padre, y por él los que creen son Hijos en el Hijo.

Cuánto tiene que ver la desnudez - vestido con la Imagen y Semejanza, nos lo muestra el uso del lenguaje. Prestemos atención a algunas expresiones tomadas del trato entre los hombres. Se dice que alguien "cuida su imagen" o "pierde su imagen" ante los demás. Ella tiene que ver con un rol y con una conducta que corresponde a ese rol según las expectativas o las conveniencias sociales. La imagen tiene que ver con el "hacerse ver" o el "mostrarse" a los demás. Tiene que ver con el "ser visto" y "aceptado", con el ser "conocido", reconocido". Por eso se habla de "figurar", "figura pública", "figurón". La imagen y la figura corresponden a lo que se mira y se ve, a la vista y la mirada. (En las tribus indígenas, la falta de ropas y vestidos, la desnudez, va acompañada de una estricta disciplina cultural en las miradas. En nuestra cultura del vestido, en cambio, impera a veces la salvaje indisciplina de los ojos). Tiene o da "buena imagen" el que "es bien visto". Hay en cambio cosas que son mal vistas o mal miradas. Y cuando una persona se siente objeto de esa desaprobación social, se avergüenza y se oculta; o se rebela y desafía. Lo que está en juego aquí, es la exigencia de semejanza que implica toda comunicación humana. Hay un código no siempre explícito pero muy estricto, que regula los requerimientos de semejanza. Los grupos humanos imponen patrones de conducta. Dentro de ellos, ser como los demás, o ser como todos, o ser como el modelo que todos aceptan (santo o astro de cine) quiere decir obrar, hacer como, hablar como, vestir como. El adverbio -de comparación como, denota que, más o menos implícitamente, ha habido un cotejo, una comparación y un juicio acerca de la semejanza entre dos seres o dos conductas. La desemejanza es castigada con el rechazo, con la exclusión del trato. Y la sanción social, es vivida con vergüenza o rebeldía.

Tener presentes estas dimensiones del lenguaje humano para expresar fenómenos de relación entre los hombres, nos será muy útil para comprender las Sagradas Escrituras. Pues ellos aplican estos modos de hablar a la relación religiosa: Dios-hombre, hombre-Dios.

La desnudez de Adán
Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza (Génesis 1, 26). Así anuncia la Escritura el decreto de la creación del Hombre. Y creó Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó (Génesis 1, 27). En la realización del decreto, no se menciona la semejanza que se anunciaba en el propósito. Los Padres de la Iglesia explican que la semejanza iba a darse recién en la perfección de la obra creadora, mediante la donación del Espíritu Santo.

La tentación se presenta como una promesa de alcanzar esa semejanza: seréis como dioses (Génesis 3, 5). Y el pecado es el intento del hombre de arrebatar la semejanza por sí mismo, en vez de recibirla como don y gracia (Génesis 3, 22). Pero no sólo eso. El pecado consiste en buscar el asemejarse a Dios por otros medios que a través de la propia imagen de creatura hecha a la imagen divina. El hombre busca la semejanza con Dios fuera de sí mismo y por otros medios: primero como fruto de la naturaleza y a través de un fruto de la naturaleza. Es decir, a través de algo que no le es semejante ni siquiera al hombre mismo, ya que el hombre no es fruto de la naturaleza, sino creatura de Dios. Ni siquiera entre los animales había una ayuda semejante a Adán (Génesis 2, 18-20). Recién en su pareja creada para él, encuentra Adán un semejante (2, 23). Pues bien, Adán quiere alcanzar la semejanza a través de un fruto y un proceso natural. Y cuando después del pecado se encuentra con que ha perdido su imagen para presentarse ante Dios, quiere restaurarla ocultándola bajo un producto cultural, bajo una obra de su habilidad, su esfuerzo o sus manos que modifican otro producto natural: y cosiendo hojas de higuera se hicieron unos ceñidores.

Antes del pecado, cuando eran imagen de Dios: estaban ambos desnudos, el hombre y su mujer (Génesis 2, 52). Así está el hombre que es capaz de presentarse ante Dios y comunicarse con Dios en la desnudez de su ser, sin tapujos ni ficciones. Que se acepta a sí mismo como imagen de Dios y se sabe aceptado por Dios tal como es. Pero esto es precisamente algo que no sucede. El relato del origen desentraña lo que sucede en todo tiempo, religión, cultura e individuo respecto de la esfera religiosa, o sea de la relación con Dios. El pueblo de Israel observaba la religión de los pueblos vecinos y veía en ellos el recurso a la naturaleza divinizada así como la divinización de la cultura o de las ideas. Observaba lo que sucedía incluso con el pueblo de la Alianza, constantemente tentado de abandonar su propia experiencia de Dios e irse tras el becerro de oro y los dioses extraños, obras de mano de hombre. Todo hijo de Adán, todo hombre de todo tiempo o cultura, cuando busca a Dios, se esconde de él. Bajo un vestido. O quiere comulgar con él por lo que es menos. No sólo menos que Dios, sino menos que el hombre mismo.

Y así, en lugar de alcanzar al Dios vivo, viviente, es decir al Dios real, en sí mismo, se aleja de él. Lo busca como no debe y cada nuevo esfuerzo por corregir la dirección de su búsqueda lo aleja más de Dios y del Paraíso. El hombre, en el que existe una vocación originaria hacia Dios -s imagen suya-, sale de sí mismo donde tendría el acceso a Dios, para buscarlo donde no está ni quiere ser buscado. Persigue la semejanza fuera del lugar donde ya la tiene y con ello se hunde progresivamente en la creciente desemejanza. No acepta su condición de creatura a la imagen y pretende ser creador de la semejanza. Se avergüenza de ser como Dios lo hizo y cubre su imagen, deformada ya. No aparece ante Dios ni según la imagen que era, ni según la imagen que ha deformado.

El pecado original es la expresión de este malentendido sin fin del hombre con Dios. Un malentendido que el hombre sólo empeora con sus esfuerzos por arreglarlo desde sí mismo.

Adán estaba desnudo en el paraíso porque estaba revestido con la gloria divina, es decir con su imagen creada, con su situación de trato con Dios; de acceso al Dios vivo y verdadero. La serpiente induce un desvío en el camino de comunicación directa, a través de una creatura -pues la serpiente misma es creatura, aunque malvada- con la mentida promesa de una mayor semejanza; de un camino aún más directo hacia una intimidad mayor. Y Adán sucumbe a la tentación de ir a buscar a Dios, al cual trataba directamente, a través del desvío de las creaturas.

El Nuevo Adán, el Hijo, desandará el camino del desvío, en la desnudez de la Cruz, remitiéndose directamente al Padre. Preanuncio de esa desnudez es la del Niño Jesús.

Este cuerpecito de Jesús está al desnudo para que veamos al que es la imagen de Dios invisible (Colosenses 1, 15) y en el que habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad (Colosenses 2, 9). Por el amor a este Cristo, en su cuerpo, se alcanza el conocimiento del misterio de Dios que es Cristo, en cuyo cuerpo están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia (Colosenses 2, 2-3). Quererlos buscar o encontrar en otro lado es dejarse engañar -¡de nuevo!-: digo esto para que nadie los engañe con razonamientos seductores... miren que nadie los engañe con su filosofía y falacias vacías inspiradas en tradiciones humanas, según los principios del mundo y no según Cristo (Colosenses 2, 4-8). Los razonamientos y las ideas humanas, aunque sean sobre Cristo y acerca de Cristo, son sólo sombras, como son las normas que el hombre se inventa con la pretensión de complacer a Dios y comunicarse con él. Piensa tocar a Dios y sólo toca una idea, sombra de Dios. O una ley, sombra del amor. Pero nada sustituye la realidad del cuerpo de Cristo (Colosenses 2, 17). Y la única forma de unirse a la realidad es formar parte de ella: mantenerse unido a la cabeza (2, 19). Cristo está ahora en un cuerpo glorioso y el modo de tocarlo es la fe y el amor -que une a él con una misma vida. Nada sustituye ese tacto. Ninguna idea humana.

Le desnudez de Job
Desnudo salí del seno de mi madre y desnudo allá retomaré (Job 1, 21). Por su comienzo y por su fin, toda la vida del hombre se define como desnudez, como expuesta al sufrimiento y a la desgracia, como sometida a la violencia y la injusticia: los mendigos... andan desnudos, sin vestido, hambrientos... pasan la noche desnudos, sin vestido, sin manto contra el frío (Job 24, 4-7).

Desde la miseria de su condición, cuya cifra simbólica es la desnudez, el hombre gime, clama y pide auxilio a Dios. Pero Dios sigue sordo a sus súplicas (Job 24,12). Drama del hombre que. no obtiene respuesta de Dios.

Ante el cielo cerrado, el hombre ha levantado el puño y maldecido. Ha hablado de que Dios ha muerto. Job no. Job ha discutido con Dios. Y ha terminado por reducirse a sí mismo a silencio: mi mano pondré sobre mi boca (Job 40, 3-4). Tras su largo interrogar a Dios acerca del sufrimiento, Job termina por comprender que el sufrimiento es una pregunta que Dios le hace a él y a la que él debe responder. Que en su sufrimiento y en el modo de sobrellevarlo, no le toca interrogar a Dios, sino responder a Dios, no con ideas, sino con actitudes. El hombre sufriente es un hombre interrogado por Dios. Mientras se empecine en oponer sus preguntas a la pregunta divina, no responde, y pospone el auténtico comienzo de un diálogo real, con el Dios vivo.

Precisamente la desnudez del hombre, su condición de ser sufriente, indefenso, es la verdad de sí mismo desde la cual puede comenzar a entablarse un diálogo con el Dios vivo. Y superarse la mentira de los soliloquios del hombre con sus ideas de Dios. Los discursos de los amigos de Job no son otra cosa. Son teología y hasta buena teología. Pero no llegan a ser oración. Los amigos de Job son los creyentes que se entretienen en pensar a Dios sin decidirse a hablar con Él. Que comentan acerca de la condición humana len carne de un tercero) pero no desde la verdad de la condición propia. Su lenguaje religioso está alienado, Hablan de terceros (Job-Dios). Job en cambio habla desde sí mismo y a Dios mismo.

¿Y qué dice Job de sí mismo a Dios?: mi carne está vestida de gusanos y de costras terrosas, mi piel se agrieta y supura... mi vida es un soplo... el ojo que me miraba ya no me verá (Job 7, 5-8). Job se muestra revestido de corrupción. Y se pregunta cómo es posible que Dios mire a una creatura así: ¿Qué es el hombre para que tanto te ocupes de él, para que pongas en él tu corazón? ¿Cuándo retirarás tu mirada de mí? (7, 17-18). En su alegato, Job quiere prevalerse de su desemejanza con Dios: Él no es un hombre como yo para que le responda, para comparecer juntos en juicio. No hay un tercero de árbitro entre nosotros (Job 9, 32-33). Y tú, no eres semejante a mí: ¿Tienes tú ojos de carne? ¿Ves tú acaso corlo ve un hombre? ¿Son tus días como los días de un hombre? ¡Para que ardes rebuscando mi falta, inquiriendo mi pecado! (Job 10, 4-6).

La imagen de Dios, aún la deformada por el pecado, es la que permite la comunicación. Para la armonía de la amistad o para la querella y el juicio. La imagen funda hasta la posibilidad del reproche. La imagen es el fundamento de la responsabilidad, de la culpa, de la ofensa, del amor y del odio.

La desnudez del Niño Jesús es la respuesta a las preguntas de Job: Sí tengo ojos de carne. Sí, veo como ve un hombre. Sí, son mis días como los de un hombre y mis años como los de un mortal. Vengo en tu corrupción y, como tú, me visto de corrupción. Pero no para juzgarte y condenarte, sino para levantarte en incorrupción. Mírame desnudo para ver que me he revestido de tí; mira mis manos y mis pies; pálpame y mira que un espíritu no tiene carne y huesos como ves que yo tengo (Lucas 24, 39). Acerca tu dedo, trae tu mano y toca mi mano y mi carne y mi costado (Juan 20, 27).

La desnudez del Niño es respuesta no sólo a las preguntas de Job, sino a su esperanza y a su fe: Bien sé yo que mi redentor vive, y que él, el último, se levantará sobre la tierra. Después me cubrirá de nuevo con mi piel y con mi carne veré a Dios. Yo sí, yo mismo lo veré. Lo mirarán mis ojos, no los de otro (Job 19, 25-27). Yo te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos (42, 5).

La frase; me cubrirá de nuevo con mi piel, se refiere proféticamente a la resurrección. Cristo reviste al hombre con resurrección, con vida incorruptible. Ya en el relato del Génesis, los santos Padres leyeron el adelanto profético de ese misterio de la misericordia divina: El Señor Dios hizo para el hombre y su mujer túnicas de piel y los vistió (Génesis 3, 21).

Yo te conocía sólo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos. Nada suple la visión: lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos de la Palabra de vida... os lo anunciamos (1 Juan 1, 1-3). Pues la vida se manifestó... el Hijo de Dios se manifestó para deshacer las obras del Diablo (I Juan 1, 2; 3, 8). Sabemos que cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es (I Juan 3, 2). A la visión no la suple nada. Y es por ella, que recibimos la semejanza. Así como es la semejanza la que nos permite verlo.

El justo Job deseaba ver lo que nosotros vemos, y oír lo que nosotros oímos. Lo que esta imagen alegre nos anuncia: tu redentor vive, se ha hecho hombre. Se alza sobre la tierra, dentro de tu piel de hombre para volverte a vestir con tu piel y para que puedas ver a Dios en tu carne. Lo inaudito. Lo impensable para tantos, es lo obvio para José. La desnudez de su niño proclama el alegre mensaje del Evangelio: El Reino de Dios está cerca. En otras palabras: la realidad de Dios, Dios mismo, te está próximo. Se hizo prójimo. Semejante en todo a nosotros menos en el pecado, para rescatarnos de la lejanía y de la deformación del pecado. Para comunicarnos su semejanza de Hijo.

El cambio de hábitos del Rey Ezequías
El tema del rey que cambia sus vestidos por los de un mendigo, es conocido en la literatura desde muy antiguo. Expresa una experiencia humana muy profunda. En el cambio de vestidos se simboliza un cambio de vida. Y el que voluntariamente cambia su vida de rey por una vida de mendigo, nos pone ante los ojos un ejemplo que sacude y hace tambalear nuestros hábitos mentales. Pone en tela de juicio lo que habitualmente se tiene por envidiable o digno de compasión, lo que se presenta como deseable y lo que se ve con terror.

En la Sagrada Escritura se cuenta el caso del rey Ezequías, descendiente de David y antepasado de José. Una historia que San José le habrá contado muchas veces al Niño Jesús. De cómo Ezequías se desgarró los vestidos de rey, se los arrancó de encima y se cubrió con la burda vestimenta de los indigentes. Vestido de arpillera fue a postrarse, humillado, delante de Dios, en el santuario, para pedirle ayuda contra un poderoso ejército enemigo que había invadido su territorio y lo tenía sitiado en Jerusalén. En el año catorce del rey Ezequías, subió Senaquerib, rey de Asiria, contra las ciudades fortificadas de Judá y se apoderó de ellas (Isaías 36, 1). Delante de las murallas de Jerusalén, un general asirio le intima la rendición al rey y al pueblo. Cuando lo oyó el rey Ezequías desgarró sus vestidos, se vistió de arpillera y se fue al Templo del Señor. Y envió a sus nobles y ancianos, vestidos de arpillera, al profeta Isaías para que intercediera ante el Señor (Isaías 37, 1-8).

Ezequías sabía que para ser oído por Dios, el hombre tiene que cambiar de vida, cambiar su corazón. No es posible acercarse a Dios permaneciendo el mismo. No es Dios quien tiene que venir a nosotros. Somos nosotros los que debemos ir a Él. Y eso se expresa aún materialmente, exteriormente, con el cambio de vestidos, que expresan el cambio interior del corazón, el cambio de "hábitos" de vida. Si el hombre ha de presentarse ante Dios en su propia verdad desnuda, aunque sea rey, delante de Dios es siempre mendigo. Y con corazón
y hábitos de mendigo ha de presentarse ante Él.

La historia de Ezequías nos prepara para entender mejor la hermosa página de San Pablo sobre Jesucristo que queremos comentar a continuación para dar fin a esta visita.

Cristo, de Dios a esclavo y de esclavo a rey
Leemos en la Carta de San Pablo a los Filipenses: Tened en vosotros los mismos sentimientos que tuvo Cristo, el cual, siendo de naturaleza divina no retuvo codiciosamente su igualdad con Dios. Sino que se despojó a sí mismo, asumiendo la condición de esclavo y haciéndose semejante a los hombres, apareció en hábito de hombre y se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó y le dio un nombre que está por encima de todo hombre. Para que al nombre de Jesús, se doble toda rodilla, en los cielos, sobre la tierra y debajo de la tierra; y toda lengua proclame que Jesucristo es el Señor para gloria de Dios Padre (Filipenses 2, 5-ll).

Nos hemos preparado para penetrar ahora en la comprensión de este himno a Jesucristo. Lo vemos aquí desnudándose de su igualdad con Dios, de su imagen divina, para revestirse con el sayal del Siervo sufriente y asumir la semejanza -en todo menos en el pecado- con el hombre mendigo. Este es el misterio de la encarnación, descrito en términos muy parecidos a los de la carta a los Hebreos (2, 17; 4, 15; 10, 5-7). Al revestirse con nuestra carne, Jesús se reviste de un ornamento sacerdotal, para constituirse en el mediador perfecto y en el puente que establece la perfecta comunicación entre lo humano y lo divino. Al hacerse hombre se hace pontífice: constructor de puentes.

La segunda parte del himno canta la exaltación y glorificación de Jesús. Por haberse desnudado de su gloria y haberse vestido del sayal del esclavo como con un vestido sacerdotal, apropiado para la oración a lo Ezequías, Dios lo reviste con un traje de rey. En efecto, los versículos 9 al 11, describen una ceremonia de entronización. Al nuevo rey se le da un nombre, los vasallos le rinden homenaje doblando la rodilla ante él y lo proclaman a gritos su Señor, su Emperador, reconociendo a la vez su dominio y el sometimiento propio.

El himno a Jesucristo, celebra la realización de la profecía de Isaías: Yo soy Dios, no existe ningún otro. Yo juro por mi nombre; de mi boca sale palabra verdadera y no será vacía: que ante mí se doblará toda rodilla y toda lengua prestará juramento diciendo: ¡Sólo en el Señor hay victoria y fuerza! (Isaías 45, 22-24).

Llegamos así al fin de esta visita. Quizás haya sido algo larga y ardua. Pero la desnudez del Niño Jesús, no es una niñería. En ella resplandece el misterio de Cristo: verdad de Dios y verdad del hombre. A su imagen y semejanza debe plasmarse y vestirse (o desnudarse) nuestro corazón, nuestra mente, nuestros juicios y sentimientos. Este cuerpo es el Pan que hemos de comer para tener vida de Dios en nosotros. Entiéndase bien, no sólo ciencia, sino vida divina. Este es el Pan que da la visión. Adán y Eva comieron el fruto y vieron (Génesis 3, 5-6). Los israelitas se hicieron un Dios que era la imagen y semejanza de un novillo, lo miraron y vieron como su Dios y comieron e hicieron fiesta para adorarlo (Éxodo 32). Se hicieron semejantes al Dios que adoraban y con el cual comulgaban comiendo sus sacrificios: se fabricaron un becerro, se postraron ante un metal fundido y cambiaron su gloria en una imagen de buey que come pasto (Salmo 105, 20). El hombre se transforma en lo que adora. Se modela a sí mismo a imagen y semejanza de su Dios. Adora la imagen de un animal y pierde su forma de hombre para transformarse en semejanza de la bestia que adora. Por eso Moisés lo disolvió y obligó al pueblo a que se lo bebiera (Éxodo 32, 20).

El cuerpecito desnudo de Jesús, nos muestra la verdad, profunda, divina, del Pan que alimenta al cristiano en la Eucaristía. El que come este Pan se transforma a semejanza e imagen del Hijo de Dios. Por eso, San Pablo, advierte a los cristianos sobre la seriedad existencial de la celebración eucarística. No es posible sentarse a la mesa de Cristo y a la de otros dioses a la vez. La eucaristía debe ser la celebración de un misterio vivido. Y debe alimentar el deseo de vivirlo más. El que no discierne entre Dios y otros dioses, se come y bebe su propia condenación: quien come y bebe sin discernir el Cuerpo, come y bebe su propia condenación (Primera Corintios 11, 29) ; No podéis beber del cáliz del Señor y del cáliz de los demonios (Primera Corintios 10, 21). No se puede ser Hijo de Dios e hijo de una época. Ser hijo, es deber el ser a alguien, recibir la naturaleza y la existencia según la imagen y la semejanza de un padre que genera.

No nos cansemos de volver a la contemplación de la desnudez del Niño para que podamos: comprender con todos los santos cuál es la anchura y el largo, la altura y la profundidad y conocer el amor de Cristo que excede a todo conocimiento (Efesios 3, 18-19). Y entre todos los santos, con San José como guía y patrono, nos vayamos: transformando en esa misma imagen, cada vez más gloriosos, conforme a la acción del Señor, que es Espíritu (Segunda a los Corintios 3, 18).

En esa desnudez y niñez de Jesús, se compendia todo el drama del pecado y toda la historia de nuestra salvación.

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"Y como José sabia que siendo el Dios verdadero, revestido con nuestra carne, soportaba para redimirnos todas las penurias de la vida mortal, se extremaba en servirlo con tanto mayor afecto y piedad, cuanto que su dignidad y majestad sobrepasaba la de los reyes de la tierra (... ) ¿Qué hemos de pensar que haría San José, cuando veía reclinarse contra él al Rey de reyes, hecho niño, desnudo y desamparado? (Isidoro de Isolano)

* * *

"El uso de las imágenes para dos principales fines le ordenó la Iglesia. Es a saber: para reverenciar a los santos en ellas y para mover la voluntad y despertar la devoción por ellas a ellos. Y cuanto sirven para esto son provechosas y el uso de ellas necesario. Y por eso las que más al propio y vivo están sacadas y más mueven la voluntad a devoción se han de escoger, poniendo los ojos en esto más que en el valor y curiosidad de su hechura y ornato". (San Juan de la Cruz)

* * *

"Tomó el Patriarca al Niño y lo reclinó en su pecho. La paloma halló nido, y el Hijo dónde recline la cabeza, Ninguno de los padres conoció tal cosa; el Santo es padre con el Padre, en su seno descansa el Hijo, Esta es bendición de José. Sólo San José es Nazareno entre sus hermanos" (Dimas Antuña)

* * *

"Cuando el Hijo de Dios ve en la luz de su gloria que alguien ama a San José, que procura su honra o implora su intercesión, se alegra grandemente; y para glorificar -como hijo- a su padre nutricio, oye esas súplicas y las atiende bondadosamente, derramando los dones celestiales con mayor abundancia sobre aquellos que invocan su mediación". (Isidoro de Isolano)

* * *

ORACION

Alma de Cristo, santifícame, Cuerpo de Cristo, sálvame. Sangre de Cristo, embriágame. Agua del costado de Cristo, lávame, Pasión de Cristo, confórtame. Oh mi buen Jesús, óyeme. Dentro de tus llagas, escóndeme. No permitas -que me aparte de Ti. Del maligno enemigo, defiéndeme. En la hora de mi muerte llámame. Y mándame ir a Ti, para que con tus santos te alabe, por los siglos de los siglos, Amén

* * *

HIMNO


Todos los que buscáis a Jesucristo
alzad los ojos y mirad de frente,
para poder gozaros contemplando
una señal del esplendor perenne.

El fulgor que destella en las alturas
es de una luz que no padece ocaso,
de una luz cuyo brillo es más antiguo
que el firmamento y anterior al caos.

Ése es el Rey de todos los gentiles,
ése es el Rey de todos los hebreos,
que le fue prometido a nuestro padre
Abrahán y a sus hijos y a sus nietos.

Ése es a quien, después de los Profetas,
el Padre eterno rinde testimonio,
y a quien, por su mandato soberano,
debemos fe y acatamiento todos.

Glorificado seas, Jesucristo,
que te revelas a los más pequeños,
y que sean también glorificados
tu Padre y el Espíritu perfecto.

 

- DECIMOSEGUNDA VISITA -

EL SILENCIO DE SAN JOSE

Miremos la imagen
José tiene la boca abierta por el asombro. No dice nada. Mira mano de Jesús. Oye lo que el Niño le susurra al oído. Y calla.

Introducción al Silencio
Para hablar acerca de Jesús no alcanzan todas las palabras. Pero cuando se está con Él, como José, estorban todas. Y para escucharlo a Jesús, no le bastan, al que lo ama, todos los silencios.

María, la hermana de Marta, la que eligió la mejor" parte, eligió estarse a los pies de Jesús, colgada de los labios del Maestro. Disfrutaba oyéndolo hablar. Y si Jesús callaba, ella seguía colgada de su silenciosa presencia. Así es el alma que ama a Jesús hasta ese punto en que se tiene todo en Él y sin Él nada. Marta, su hermana, es el alma afanada por servir a Jesús y decirle su amor con obras. Marta le dice a Jesús que lo ama, con sus atenciones. María con su atención.

Pero más impresionante que el ejemplo de las dos hermanas, resulta el del anciano Simeón. A él le bastó con tener en brazos al Niño Jesús, antes de que el infante hablara. Le bastó tocarlo. Y tocó el cielo.

Parecido a Simeón está José. Mirando en silencio al Niño que llene en brazos. Pero más bienaventurado que Simeón, porque oye hablar al niño. José está en silencio porque escucha.

Y está silencioso pero no mudo. Las grandes figuras paternas son silenciosas. Serenas. Es que reflejan los rasgos de Dios Padre, fuente y origen de toda paternidad en los cielos y en la tierra. Dios Padre es Silencio. Silencio, pero no mudez. Guarda el silencio de quien ya lo ha dicho todo: De muchas maneras habló Dios a nuestros padres por medio de los profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por. su Hijo (Hebreos 1, 1). En Él, por Él con Él. Nos dijo todo lo que tenía que decir. Se nos dijo a Sí Mismo. Y se quedó Silencioso. Para que por el Hijo sigamos oyendo Quién es.

San José, padre entre padres, es el hombre entre todos los hombres que, -para Jesús- debía reflejar mejor los rasgos de Dios Padre. José refleja en su silencio -que no es mudez como la de Zacarías - el Silencio divino. No tenemos en el Evangelio ni una sola palabra de San José. Todo él se oculta tras Jesús. Y sin embargo, todo Jesús puede hablarnos de él, pues a su sombra creció en sabiduría, y en edad; bajo su guía se inició en la lengua, la cultura, la piedad, el oficio... De José tuvo el porte, el aire, los gestos aprendidos y hasta algunos dichos.

Desde la eternidad, Dios Padre se dice en su Hijo. Y la eternidad retiene el aliento para oír, en silencio, la Palabra del Padre. Y cuando la Voz de Dios se hace oír en el tiempo, resonando desde el cielo, para dar testimonio de quién es Jesucristo, nos dice con laconismo paterno: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco, escúchenlo. Nos pone con Jesús, nos lo presenta. Y calla. Nos ha invitado a escuchar con Él.

Sí. Hemos de ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto (Mateo 5, 48). Perfectos en la caridad como el Padre y como el Hijo que es perfecto en su caridad como el Padre. Como Dios Padre que, en su silencio y desde su secreto, no se cansa de escuchar al Verbo, Palabra del Padre, que a su vez no se cansa de decirlo, así en la tierra como en el cielo: A Dios nadie lo ha visto jamás, el Hijo único que está en el seno del Padre, Él lo ha contado (Juan 1, 18). Por eso, lo que el Espíritu de Ambos dice en nosotros es: Abbá, Padre, y: Jesús es el Señor.

El silencio de José contemplando al Niño Jesús, es reflejo fidelísimo y revela de forma admirable, ese silencio del Padre a Quien el Hijo, hecho Hombre, le susurra al oído: Sacrificios y ho1ocalustos no te eran agradables, pero me has formado un cuerpo... entonces dije: 'he aquí que vengo, a hacer, oh Dios, lo que te agrada'! (Hebreos 10, 6-7). San José, a quien el Hijo se le susurra al oído, refleja la misma infinita complacencia que Dios Padre. Y calla.

José no tuvo por misión anunciar a Jesús para proponerlo a la fe de los hombres, sino la de amarlo con obras y en silencio. La fe habla. El amor calla. La unión lograda entre ambas, es Dios en el alma: espejo de la Trinidad, en la cual el Hijo habla, el Padre lo escucha y el Espíritu Santo es la unión de ambos.

Tal como lo representa nuestra imagen, José es el comentario viviente de las palabras de San Ignacio de Antioquía a los Efesios: El que posee de verdad la palabra de Jesús, puede escuchar también su silencio, a fin de ser perfecto. A fin de que obre de acuerdo a lo que habla y sea conocido por Dios por lo que calla.

Durante la liturgia Eucarística hay un tiempo para hablar, y otro para callar. Con su silencio, José preside el gran silencio que se opera en el templo después de la comunión. Cuando los creyentes estrechan a Jesús contra el corazón y callan en su presencia. En ese silencio, hasta las obras de Marta callan y el alma ingresa en la región donde habita José. La región del silencio y del secreto donde sólo nos ve el Padre que ve en lo secreto (Mateo 6, 4). La región de los misterios clamorosos, ocultos al príncipe de este mundo y que suceden -o porque suceden- en el silencio de Dios y en el inviolable secreto de cada alma.

A los pies de esta imagen, hablamos de Jesús por necesidad de la fe. Pero hablamos para alcanzar la gracia de estarnos con Él como vemos que está José: oyendo lo que Jesús dice y contemplando lo que calla. Para hablar de Jesús nos resultaban pocas todas las palabras. Serían escasas todas las visitas. Pero, al creyente a quien el Padre se lo pone en los brazos del alma, no le son suficientes todos los silencios. Y una sola visita es suficiente. Aquella en la cual lo encuentra, después de las palabras.

Hemos hablado tratando de comprimir en el espacio de tres visitas, la multitud de cosas que nos sugiere la figura del Niño Jesús. Necesitábamos otra más, ésta, para reducirnos al silencio de San José:

"No hay lengua que en verdad pueda decirlo
ni letra que en verdad pueda expresarlo:
tan sólo quien su amor experimenta
es capaz de saber lo que es amarlo".

Por eso José calla. Y por eso no tiene en su mano un libro de teología, ni una cristología, ni un catecismo, ni siquiera un Evangelio o un Nuevo Testamento. Sino a Jesús mismo. Es que con menos no basta, ni puede conformarse nuestro corazón.

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"Su servicio en bien de toda la Iglesia, no lo ejerce porque él se lo haya arrogado por sí y ante sí, ni 'porque le venga de mano de hombre ni por ambición de gloria vana, sino en la caridad de Dios Padre y del Señor Jesucristo. Y estoy asombrado ante la serenidad de este hombre, que puede más con su silencio que otros con su hueca palabrería". (San Ignacio de Antioquía)

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"Ningún brillo exterior es bueno. Jesucristo, nuestro Dios, brilla más ahora, cuando está en el Padre. Cuando se es aborrecido por el mundo, el negocio del cristianismo no está en las palabras persuasivas sino en la grandeza del alma". (San Ignacio de Antioquía)

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"Jesucristo es la boca verídica, con la que el Padre nos habló verazmente". (San Ignacio de Antioquía)

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"Dios, en darnos como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya -que no tiene otra-, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar. (...) Dios ha quedado como mudo y no tiene más que hablar, porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado en él todo, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios o querer tener alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad. Porque le podría responder Dios de esta manera diciendo: Sí te tengo ya habladas todas las cosas en mi Palabra, que es mi Hijo, y no tengo otra, ¿qué te puedo yo ahora responder o revelar que sea más que eso? Pon los ojos sólo en él, porque en él te lo tengo todo dicho y revelado, y. hallarás en él aún más de lo que pides y deseas. Porque tú pides locuciones y revelaciones en parte y, si pones en él los ojos, la hallarás en todo, porque él es toda mi locución y respuesta, y es toda mi visión y toda mi revelación; lo cual os he ya hablado, respondido, manifestado y revelado, dándoles por Hermano, Compañero y Maestro, Precio y Premio".(San Juan de la Cruz)

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"No hay nada mejor que aquella paz por la cual cesa toda guerra entre los hombres celestiales y los hombres terrenos (I Corintios, 15, 40. 57. 58). Nada de esto se os ocultará si tenéis perfectamente aquella fe y amor a Jesucristo que son, respectivamente, el comienzo y la meta de la vida. Porque el principio es la fe y 'el término la caridad' (I Timoteo 1, 5). Y la unidad lograda entre ambas es Dios. Todo lo demás es consecuencia de esto para vivir como se debe. Nadie que proclame la fe, peca. Ni nadie que posea la caridad odia. El árbol se conoce por sus frutos. Del mismo modo, los que profesan que son de Cristo, por sus obras serán vistos. Porque ahora lo que agrada a Dios no es la proclamación de la fe, sino si lo encuentra a uno perseverante en la fuerza de la fe hasta el final. Más vale callar y ser, que hablar y no ser. Está bien enseñar. Pero a condición de que quien enseña, haga. Pero hay un solo Maestro que 'dijo y sucedió' (Salmo 32, 9). Y hasta lo que hizo callando es digno de su Padre. El que posee de verdad la palabra de Jesús, puede escuchar también su silencio a fin de ser perfecto, A fin de que obre de acuerdo a lo que habla y sea conocido por Dios por lo que calla. Nada hay oculto para el Señor. Hasta nuestro más íntimos secretos están cerca de Él. Hagámoslo todo con la fe de que Él habita dentro de nosotros, para que seamos templos suyos y Él, nuestro 'Dios con nosotros'". (San Ignacio de Antioquía)

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"Quedó oculta al príncipe de este mundo la virginidad de María y el paño de ella, del mismo modo que la muerte del Señor: tres misterios sonoros que se cumplieron en el silencio de Dios". (San Ignacio de Antioquía)
* * *

"La virginidad de María se ocultó al príncipe de este mundo mediante el matrimonio con José".
(Orígenes)


HIMNO


¡Oh qué dichoso este día
en que José, dulce suerte,
entre Jesús y María
rinde tributo a la muerte!

Tuvo en la tierra su cielo;
por un favor nunca visto,
con la Virgen, su consuelo
fue vivir sirviendo a Cristo.

Ya con suprema alegría
los justos lo aclamarán,
lleva la buena noticia
hasta el seno de Abraham.

Si fue grande la agonía
que sufrió en la encarnación,
será inmensa la alegría
que tendrá en resurrección.

Quiera Dios que en nuestro trance
no nos falte su favor,
y piadoso nos alcance
ver benigno al Redentor.

Que en Jesús, José y María,
gloria de la humanidad,
resplandezca tu armonía,
¡oh indivisa Trinidad¡ Amén.

(Oficio de la Solemnidad, II Vísperas)


HIMNO


Oh Jesús de dulcísima memoria,
que nos das la alegría verdadera:
más dulce que la miel y toda cosa
es para nuestras almas tu presencia.

Nada tan suave para ser cantado,
nada tan grato para ser oído,
nada tan dulce para ser pensado
como Jesús, el Hijo del Altísimo.

Tú que eres esperanza del que sufre,
Tú que eres tierno con el que te ruega,
Tú que eres bueno con el que te busca:
¿Qué no serás con el que al fin te encuentra?

No hay lengua que en verdad pueda decirlo
ni letra que en verdad pueda expresarlo:
tan sólo quien su amor experimenta
es capaz de saber lo que es amarlo.

Sé nuestro regocijo en este día,
Tú que serás nuestro futuro premio,
y haz que sólo se cifre nuestra gloria
en la tuya sin limite y sin tiempo.

 

EPÍLOGO

La imagen de San José que se ofreció a la contemplación y a la meditación a lo largo de estas páginas, se venera en la Iglesia Catedral de la diócesis de San José de Mayo, que es uno de los templos más hermosos del Uruguay. Esta Basílica es también el Santuario Nacional uruguayo dedicado a San José. Se inauguró en 1875 como templo parroquial. Pero el origen de esa parroquia bajo la advocación de San José es muy anterior y demuestra que la devoción a San José estuvo siempre muy arraigada en nuestro pueblo.

El 8 de diciembre de 1870, el Papa Pío IX, en momentos muy duros de la historia de la Iglesia y muy tristes para su pontificado, había declarado a San José, Patrono de la Iglesia Universal, poniéndola bajo su especial protección. También la Iglesia en Uruguay había quedado desde entonces bajo la protección de San José. Poco después de erigirse la diócesis de San José de Mayo, cuyo primer obispo fue Monseñor Luis Baccino, los obispos uruguayos acordaron en el año 1957 que éste sería el Santuario Nacional Uruguayo dedicado a San José. Al inaugurarse la era del Vaticano 11, Juan XXIII colocaba este concilio bajo la protección de San José, mediante una carta apostólica del 19 de marzo de 1961. Introducía la mención de San José en el Canon de la Misa. Y volvía a colocar al concilio bajo la protección del santo el 8 de diciembre de 1962.

Si volvemos nuestros oídos a la fe del pueblo creyente, podemos comprobar que la devoción a San José sigue viva y en aumento.

Esto lo pudimos comprobar una vez más en ocasión de la novena y de la fiesta que, en 1985, a ciento diez años de la inauguración del templo que es hoy Santuario Nacional de San José, predicamos a los pies de la hermosa imagen patronal que allí se venera. Desde que se ingresa al templo, la imagen de San José, con el Niño Jesús en brazos, parece adelantarse para salir a dar la bienvenida al peregrino que acude a su casa. Durante la novena, nuestra predicación consistió en comentar lo que esa imagen predica permanentemente por sí misma.

Las páginas de este volumen surgieron de la inspiración que nos guió en la predicación de aquella novena: comentar lo que esa imagen sugiere en el ánimo del que la contempla con fe, nutrida en la Liturgia, la Sagrada Escritura, el Magisterio, la Tradición y la voz de los Santos . . .

Ofrecimos estas Visitas a San José a cuantos fieles visitan nuestro Santuario Nacional y se llegan a orar a los pies de la imagen de San José, para que avancen, auxiliados por San José, en el conocimiento y en el amor de Jesucristo.

La primera edición de estas páginas fue fechada en la Festividad del Inmaculado Corazón de María, San José de Mayo, 15 de junio de 1985.