MIRAR EL OFICIO DE CONSOLAR

QUE CRISTO NUESTRO SEÑOR TRAE [EE 224]

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Boletín de Espiritualidad Nº 126 (1990)

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En la Cuarta Semana de Ejercicios – dedicada a la Resurrección del Señor –, San Ignacio le propone al ejercitante, como quinto punto a contemplar en las apariciones del Resucitado: "Mirar el oficio de consolar que Cristo Nuestro Señor trae, comparando cómo unos amigos suelen consolar a otros" (EE.224).


CONTENIDO

1.- El ejercitante experimentado en consolación en la cuarta semana

2..- Puede confrontar las consolaciones recibidas con los paradigmas bíblicos

3.- Un ejercitante que se supone ya avezado

4.- Paraklesis: las varias formas bíblicas de consolación

5.- Jesús consolador

6.- Consuelo y contemplación para alcanzar amor

7.- El que da los ejercicios ha de imitar al Señor que trae consuelo

8.- "Comparando cómo unos amigos suelen consolar a otros"

9.- La consolación de las Escrituras

10.- La consolación en la prueba


1.- El ejercitante experimentado en consolación en la cuarta semana

La palabra consolar, con que Ignacio califica el oficio que trae el Resucitado, no es nueva, a esta altura del Mes de Ejercicios, para el ejercitante. Ni lo es tampoco la experiencia espiritual que ella designa. El que hace los ejercicios habrá experimentado durante ellos mociones de diversos espíritus, consolaciones y desolaciones y la alternancia de ambas, así como su intrínseca correlación.

La explicación de las reglas de discernimiento de espíritus que quien le da los ejercicios le habrá ido administrando; la instrucción acerca de la desolación y consolación que los Directorios encarecen que se le dé al ejercitante antes de entrar en la materia de las elecciones:

"Siempre el que da los ejercicios le demande consolación y desolación, y lo que ha pasado por él en el ejercicio o ejercicios que ha hecho después que la última vez le habló" leemos en el Directorio ignaciano llamado autógrafo (MHSI, Exercitia et Directoria, p.779).

Y algo más adelante: "Declarando la primera parte de la elección, donde no se puede hacer fundamento para buscarla, debe venir a la segunda. La segunda, que es de consolación y desolación, debe declarar mucho qué cosa es la consolación, yendo por todos sus miembros, como son paz interior, alegría espiritual, esperanza, fe, amor, lágrimas y elevación de mente, que todos son dones del Espíritu Santo. La desolación es el contrario, del espíritu malo y dones del mismo, así como guerra contra la paz, tristeza contra gaudio espiritual, esperanza en cosas bajas contra la esperanza en las altas; así el amor bajo contra el alto, sequedad contra lágrimas, vagar la mente en cosas bajas contra la elevación de la mente" (L.c. p.780).

Y también se habrá familiarizado con las consolaciones durante el mismo proceso general de los ejercicios que Ignacio concebía apto para consolar al angustiado confuso y desorientado. Así por ejemplo, leemos en el Directorio ignaciano dictado al P. Juan de Victoria, al enumerar las condiciones que debe cumplir el que ha de recibir los ejercicios cerrados, se dice: "5º, que no esté tan aficionado a alguna cosa, que sea difícil traerlo a que se ponga en igual balanza delante de Dios mas antes que esté angustiado en alguna manera, con el deseo de saber qué haya de hacer de su persona y ambiguo" (Exercitia... – o.c. en nota 1 – p.786). Por ambiguo entendemos: confundido, desorientado, indeciso, dudoso. Y algo más abajo, sugiriendo cómo se ha de invitar a entrar en ejercicios a los que parecen aptos, dice: "...loándolos como requiere la bondad de ellos (de los ejercicios), y dando algunos ejemplos de algunos que se han hallado en semejantes tragos o desconsuelos y que, después de haberlos hecho, se hallan consolados" (L.c. p.786). Los ejercicios son, por lo tanto, "oficio de consolación".

Todo esto lo ha ido poniendo en contacto y familiarizando al ejercitante, en forma práctica, con la doctrina ignaciana de la consolación y con la interpretación y el discernimiento práctico de consuelos y desconsuelos.

2..- Puede confrontar las consolaciones recibidas con los paradigmas bíblicos

A esta altura de los ejercicios, el ejercitante puede mirar hacia atrás y confrontar la historia de sus consolaciones con los paradigmas bíblicos del oficio de consolar que ofrecen los misterios de la Resurrección: las apariciones del Resucitado.

La confrontación de la historia de las propias consolaciones con los paradigmas bíblicos se presta a un provechoso reflectir sobre sí mismo y sobre lo que Jesús-consolador ha obrado en la propia alma. El ejercitante llega, en la Cuarta Semana, a la meditación de la Escritura, con una inteligencia previa de lo que son consolaciones. Es aquí y recién aquí que Ignacio le dice que "la Escritura supone que tenemos entendimiento" (EE.299), y le deja mayor libertad de iniciativa en cuanto a la elección de puntos para meditar, aplicación de las Adiciones, estructuración del día, etc.

3.- Un ejercitante que se supone ya avezado

Ignacio da, en la Cuarta Semana, los puntos más breves y más difíciles, por exigir mayor creatividad – o dejarle mayor libertad – al ejercitante.

En EE.308-309, las apariciones a los 500 discípulos juntos y luego a Santiago, se ofrecen señalando escuetamente la materia en una línea. Igualmente está brevemente enunciada la que Ignacio ofrece como la 12ª. aparición, a José de Arimatea, que al igual que la de Cristo a Nuestra Señora (EE. 218), no está en la Escritura.

El ejercitante "se puede regir por el modo de la Semana de la Pasión, así en repeticiones, cinco sentidos, en acortar o alargar los misterios, etc." (EE.226). "Comúnmente...es más conveniente hacer cuatro ejercicios y no cinco" (EE.227).

La persona que contempla "puede poner más o menos puntos según que mejor hallare" (EE.228). En los Directorios también se reconoce esta mayor flexibilidad para organizar la Cuarta Semana. En particular respecto de la posibilidad de ir meditando los misterios de ella juntamente con la Contemplación para alcanzar amor, no dejando ésta para el final.

Así lo indica el Directorio oficial – traducimos del latín –: "El ejercicio del amor de Dios...puede hacerse de dos modos: el primero es en forma simultánea con la contemplación de los misterios de la Resurrección, de manera que al segundo día, después de comenzados los misterios de la Resurrección, se comience también esta meditación sobre el amar a Dios, y se le dedique cada día una u otra hora, distinta de la dedicada a la meditación de los otros misterios" (Exercitia... – o.c. en nota 1 – p. 1171).

4.- Paraklesis: las varias formas bíblicas de consolación

El concepto de "Paraklesis"=Consolación abarca distintas formas de la exhortación en la predicación de la Iglesia primitiva: así la forma de llamar, convocar, fortalecer y confortar; exigir, animar, corregir, reprender, aconsejar, consolar, advertir, apremiar, reclamar y rogar. Estas acciones propias del oficio pastoral en la Iglesia tienen su modelo en Cristo Resucitado, y su agente inspirador en el Espíritu Santo. De ahí que, tanto Cristo como el Espíritu Santo, reciban en la Escritura el nombre de Paráclito (=Consolador).

Así nos lo ha recordado recientemente Juan Pablo II en su Carta sobre el Espíritu Santo: "Cuando ya era inminente para Jesús el momento de dejar este mundo, anunció a los apóstoles "otro Paráclito" (Jn. 14,16: állon parákleton)..."Yo pediré al Padre y os dará otro Paráclito par que esté con vosotros para siempre, el Espíritu de la verdad" (Jn. 14,13. 16 s.)...Precisamente a este Espíritu de la verdad Jesús lo llama Paráclito, y Parakletos quiere decir ‘Consolador’. Y dice que es ‘otro’ Paráclito, el segundo, porque El mismo, Jesús, es el primer Paráclito (1 Jn. 2,1), al ser el primero que trae y da la Buena Nueva. El Espíritu Santo viene después de El y gracias a El, para continuar en el mundo por medio de la Iglesia, la obra de la Buena Nueva de Salvación" (Dominum et Vivificantem n.3).

Como se desprende de los Ejercicios – y en particular del Directorio citado más arriba –, a San Ignacio le es familiar esta doctrina de la consolación como don del Espíritu Santo. Y la acción consoladora de Cristo consiste en entregar a los suyos el Don del Padre, la Promesa, la Herencia (cfr. Lc.24,49). Hay una gran coherencia entre la doctrina de Ignacio sobre la consolación y los datos bíblicos, coherencia fácilmente compulsable.

Las reglas del discernimiento de San Ignacio nos ofrecen un perfil claro de la consolación que obra Dios en el alma: "Propio es de Dios y de sus ángeles en sus mociones, dar verdadera alegría y gozo espiritual, quitando toda tristeza y turbación que el enemigo induce" (EE.329); "...dar ánimo y fuerzas, consolaciones, lágrimas, inspiraciones y quietud, facilitando y quitando impedimentos, para que en el bien orar proceda adelante" (EE.315); "llamo consolación cuando en el ánima se causa alguna moción interior con la cual viene al ánima a inflamarse en amor de su Creador y Señor, y consiguientemente cuando ninguna cosa creada sobre la haz de la tierra puede amar en sí, sino en el Creador de todas ellas. Asimismo cuando lanza lágrimas motivas a amor de su Señor, ahora sea por dolor de sus pecados o de la Pasión de Cristo nuestro Señor, o de otras cosas derechamente ordenadas en su servicio y alabanza; finalmente llamo consolación todo aumento de esperanza, fe y caridad y toda alegría interna que llama y atrae a las cosas celestiales y a la propia salud de su ánima, quietándola y pacificándola en su Creador y Señor" (EE.316).

Los rasgos de la consolación enumerados aquí por Ignacio pueden buscarse y reconocerse en las apariciones del Resucitado y en los efectos que producen en los discípulos, pacificándolos, alegrándolos, confortándolos en la fe, caridad y esperanza, inflamando sus corazones con la explicación de las Escrituras, quitando la turbación y el escándalo de la Pasión, reprendiendo su incredulidad, comunicándoles el Espíritu, enviándolos...etc. Un somero recorrido de los puntos de los trece misterios (14 con la Ascensión) de la Cuarta Semana (EE.299-312) permite señalar, aún a pesar de la voluntaria parquedad de Ignacio, los indicadores que orientan la atención del ejercitante hacia diversas formas del oficio de Consolar que Cristo nuestro Señor trae.

Las reprensiones del Resucitado a los de Emaús, o a Tomás, son propiamente formas de la consolación en que ejerce su oficio de consolar. Son consolaciones también, en las reglas de discernimiento ignacianas, el "punzar y remorder por el sindérese de la razón" (EE.314); las gracias de aborrecimiento de los propios pecados, crecido e intenso dolor, vergüenza y confusión, propias de la Primera Semana; asimismo en la Tercera Semana, la participación doliente en los sufrimientos del Señor. El Resucitado y su Espíritu consuelan a las almas de muy diversas maneras. Y hay que tenerlas en cuenta para contemplar el oficio de consolar que nuestro Señor trae. Y viceversa, las formas aparentemente "no convencionales" de consolar, como son las reprensiones o reproches del Resucitado, pueden iluminar cabalmente el sentido de algunos movimientos de espíritus de dificultoso discernimiento.

5.- Jesús consolador

En realidad, es el paradigma bíblico de Jesús-consolador, el que revela la plenitud y la complejidad de la consolación.

Confrontar la propia vida con el paradigma canónico de la Escritura permite recabar firmeza en lo averiguado y nueva luz sobre aspectos que permanecían inadvertidos; permite afinar el discernimiento sobre formas no del todo evidentes de consolación como son el reproche y la reconvención; permite, por fin, comprender la acción consoladora del Señor y de su Espíritu en la propia alma y en la propia historia, como la continuación histórica de una misma acción salvífica universal, cuyos comienzos canónicos describe la historia evangélica.

De esta manera, el quinto punto de las contemplaciones de la Cuarta Semana apunta hacia una visión totalizadora, configuradora, globalizante, de la propia experiencia de ejercicios y de las decisiones tomadas, así como del proceso de re-ordenamiento de los afectos.

[Sobre el valor transformador de las contemplaciones y las "configuraciones" ignacianas, cfr. H. Bojorge, La contemplación de la Encarnación en los Ejercicios Espirituales, BOLETÍN DE ESPIRITUALIDAD n.121, pp.1-8.]

6.- Consuelo y contemplación para alcanzar amor

Volvamos ahora a observar lo que Ignacio propone al ejercitante en el 5º punto.

El quinto punto consta de dos miembros: 1) mirar el oficio de consolar que Cristo trae; 2) comparando cómo unos amigos suelen consolar a otros.

Esta yuxtaposición de consolación y amistad, sugiere ya, en el ánimo del ejercitante, la relación entre los misterios de la Cuarta Semana – durante la cual el ejercitante recapitula los dones y visitaciones divinas de sus ejercicios – con la contemplación para alcanzar amor, en la que se entrega libremente al Señor.

Algunos directorios contemplan la posibilidad de ir haciendo la Contemplación para alcanzar no mientras se contemplan los misterios de la cuarta semana, y no, como la ponen algunos, una vez terminada la contemplación de los misterios. De modo que el ejercitante haga la contemplación para alcanzar amor en la última contemplación de cada día de la cuarta semana (a partir del segundo día).

Con los dos miembros del quinto punto - consuelo y amistad -, Ignacio insinúa en el ánimo del ejercitante la consideración de que sus consolaciones son muestras patentes de la amistad de Cristo Resucitado hacia él. Y esta disposición apunta hacia la contemplación para alcanzar amor y hacia su culminación en el confiado acto de entrega en manos del que se ha experimentado que nos ama como amigo. El nos confortará en situaciones de temor, tristeza o cobardía; estará siempre con nosotros dándonos su Espíritu, abriéndonos la inteligencia para comprender las Escrituras y confortándonos mediante ellas, cuando el corazón sea tardo y lento para creer y para reconocer la Cruz.

En efecto, los paradigmas bíblicos muestran que el lugar en la vida que tiene el oficio consolador de Cristo, es el de esas situaciones de desolación y de tentación en que están sus discípulos. La tristeza desconsolada de la Magdalena; la resignación desesperada de las santas mujeres que van al sepulcro; el temor de los discípulos encerrados en el cenáculo por miedo a los judíos o huyendo como los de Emaús, o ausentes y apartados del grupo como Tomás, etc. Puede decirse que la ley de la consolación es la de irrumpir en la desolación, alegrar en la tristeza, pacificar en la inquietud, confirmar en la fe claudicante, corregir, enseñar, incluso reconviniendo y reprochando con amor, también en esto como amigo a amigo. San Ignacio se muestra conocedor de esta ley con sus reglas de discernir.

7.- El que da los ejercicios ha de imitar al Señor que trae consuelo

San Ignacio toma además, como modelo esta conducta de Cristo cuando, en la Anotación séptima, aconseja al que da los ejercicios: "Si ve al que los recibe, que está desolado y tentado, no se haya con él duro ni desabrido, mas blando y suave, dándole ánimo y fuerzas para adelante; y descubriéndole las astucias del enemigo de natura humana, y haciéndole preparar y disponer para la consolación ventura", (EE.7).

También en otras Anotaciones es posible advertir que Ignacio concibe y prescribe la acción del que da los ejercicios – cuando ve al ejercitante en desolación o en tentación – según el modelo del actuar consolador de Cristo y de su Espíritu. Así por ejemplo la explicación de las reglas de Primera y/o de Segunda Semana, según la situación espiritual del ejercitante (Anotaciones 8-10), etc. La misma contemplación de la conducta de Dios y de sus ángeles, como modelo y causa ejemplar, se refleja en otros dichos de San Ignacio: "Los de la Compañía deben ser, con los prójimos que tratan, como los ángeles de la guarda con los que les han sido encomendados, en dos cosas: la una, en ayudarlos cuanto puedan en su salvación; la otra, en no turbarse ni perder su paz cuando, habiendo hecho lo que es en sí, los otros no se aprovechan [Dicho de San Ignacio trasmitido por el P. Rivadeneira, en MHSI, FN.3 p.635. Puede verse también en Thesaurus Spiritualis (Santander, 1935), p.326]

San Ignacio aplicaba también, en su modo de gobernar, la misma norma de bondad con el tentado. En su tratado del modo de gobierno que Nuestro Santo Padre tenía, conservó Rivadeneira estos rasgos: "Cuando el ímpetu de la tentación era tan vehemente que arrebataba al novicio y le hacía salir de sí, usaba nuestro Santo Padre de grandes medios y de mucha blandura, y procuraba con suavidad vencer la terribilidad del mal. Pero de tal manera usaba la blandura que, cuando no aprovechaba al que estaba tentado y afligido, a lo menos no dañase a otros; y así, cuando era menester, mezclaba la severidad con la suavidad, y el rigor con la blandura, para ejemplo y aviso de otros" [MHSI, FN.3 p.612; también en el Thesaurus... o.c. en nota 7, p.300].

8. "Comparando cómo unos amigos suelen consolar a otros"

Este segundo miembro del quinto punto puede orientar la consideración del ejercitante en dos direcciones.

Amigo

La primera – y aparentemente la más obvia – es encarecer la "condescendencia" del Señor, que se hace con los suyos como un amigo: "Ya no os llamaré siervos, sino amigos" (Jn. 15,15). El ejercitante considerará cuánto hay de humano en el comportamiento del Resucitado, aplicando a Cristo la medida del normal proceder de los hombres movidos por la amistad. Por aquí va a ponderar el ejercitante la "humanitas" de Cristo, de quien puede decirse con la frase de Manrique: "¡Qué amigo de sus amigos!".

Más que amigo

La segunda dirección sería atender a lo que, en el comportamiento del Hijo de Dios resucitado y como consecuencia de que la Divinidad – que durante la Pasión se ocultaba –, se muestra, en cambio ahora (EE.223), superando a lo que los buenos oficios de amistad entre simples mortales puede ofrecer como consuelo.

Parece que el ejercitante puede sacar particular provecho, en esta segunda dirección, para lograr lo que busca y ha pedido: "...me alegrar y gozar intensamente de tanta gloria y gozo de Cristo Nuestro Señor" (EE.221).

El ejercitante, que trabaja en esta segunda dirección de la comparación, revelará lo contrastante, lo diferencial, propio, característico y exclusivo de este oficio de amistad del Resucitado con los suyos. Esa comparación contrastante muestra a Jesús en su gloria propia, en su gozo, y que es el poder comunicar el Espíritu (cfr. Lc. 10,21-22). Y parece más apta para lograr el fruto pedido que la primera dirección de la comparación en que se trabaja sobre la semejanza y no sobre la diferencia con los demás amigos. Nótese que la primera dirección, si bien no es ajena a la dinámica del ejercicio, no parece tan específicamente apta para obtener el fruto buscado, que no es el de regocijarse en el bien propio del ejercitante (disfrutar de la condición de amigo de Cristo), sino de regocijarse con el gozo de Cristo. Se trata nada menos que de aquella gracia que Ignacio pondera tanto: "...salir de su propio amor, querer e interés" (EE.189) por el camino de la identificación amorosa con los amores, quereres, gozos y alegrías de Cristo.

Son rasgos diferenciales del oficio de consolar que trae el Resucitado: 1) los que derivan de la condición gloriosa, como es el entrar y salir a puertas cerradas; 2) los que derivan de su acción espiritual sobre el espíritu de los discípulos, como el comunicarles alegría y paz, coraje, fortaleza, fe; 3) los que derivan del don espiritual, como es el mismo Espíritu Santo y lo que de esa donación deriva, como es el poder de perdonar pecados, la misión de predicar y bautizar, la inteligencia de las Escrituras con la comprensión del camino de la Cruz.

9. La consolación de las Escrituras

Entre estos rasgos diferenciales del oficio de consolar queremos destacar precisamente la importancia de este último: la consolación de las Escrituras, que merece consideración aparte, ya sea por su forma como por su contenido. La interpretación de las Sagradas Escrituras con que el Resucitado consuela a los de Emaús es, en efecto, digna de que el ejercitante pueda adentrarse en ella y de que el que da los ejercicios lo ayude para ello.

10.- La consolación en la prueba

La acción de consolar mediante las Escrituras la registra sobre todo Lucas en sus relatos (Lc.24,25-27; 44-48). Pablo se refiere a la consolación de las Escrituras y refiere ese género de "paraklesis" a una circunstancia (Sitz im leben) bien determinada de la vida cristiana: la prueba que exige paciencia y esperanza. Dice Pablo: "Todo cuanto fue escrito en el pasado, se escribió para enseñanza nuestra, para que con la paciencia y el consuelo que dan las Escrituras ("paraklesis ton grafón") mantengamos la esperanza. Y el Dios de la paciencia y el consuelo os conceda tener los unos con los otros los mismos sentimientos según Cristo Jesús" (Rom.15,4-5).

Pero de este aspecto del oficio de consolar volveremos a ocuparnos en otra ocasión.