"PRIMER MODO DE ORAR" [EE 238-248] y

"DESORDEN DE MIS OPERACIONES" [EE 1, 21, 63]


+ 1º. Publicado como: "Primer Modo de Orar" [EE 63] y Desorden de mis Operaciones

[EE 238-248]", en: Boletín Ignaciano; Montevideo, Suplemento Nº 16 (1993);

+ 2º Como: "Desorden de mis operaciones" [EE 63] y "Primer modo de orar" [EE 238- 248] en: Manresa, (Centro Loyola, Madrid) Vol. 68 (1996) pp. 249-259 y:

+ 3º en: Boletín de Espiritualidad (Arg.) Enero – Febrero 1998, Nº 169 pp. 1-18


El primero de los Tres Modos de orar que San Ignacio propone en sus Ejercicios [238-248] parece especialmente indicado para ayudar al ejercitante a sentir el desorden o desórdenes no conscientes que hay en él y para disponerse a enmendarlos. Este Primer Modo de no lo propone Ignacio, al parecer, principalmente por su valor intrínseco como método de oración, sino en función de los Ejercicios, para que mediante él, el ejercitante se prepare mejor y saque mayor provecho de ellos.

Con las consideraciones que siguen quiero señalar cómo este documento sirve a la finalidad de sentir el desorden y enmendarlo. Ese desorden es buscado y sentido en los Ejercicios a diversos niveles y en forma gradual, en un clima de oración, ya que es un desorden oculto y múltiple

A partir de la comparación de la Anotación 18ª y el texto ignaciano del Primer Modo de Orar, se abre la interpretación de que el "objeto" a considerar en estos textos es el ejercitante mismo y la autoobservación de su "desorden", como punto de partida para una reordenación, necesaria no sólo a quienes comienzan, sino también a quienes llevan andado un buen trecho de su camino cristiano.


CONTENIDO

INTRODUCCIÓN

¿UN MODO DE ORAR QUE NO ES MODO DE ORAR?

EL PRIMER MODO DE ORAR SEGÚN LA ANOTACIÓN 18ª

EL DESORDEN MULTIFORME Y UBICUO

Los documentos de los Ejercicios se refieren a diversos desórdenes

1) Desorden de los Afectos --- 2) Desorden de intenciones, acciones y operaciones

EL DESORDEN OCULTO

DESORDEN DE LAS POTENCIAS

Y DIFICULTAD PARA CONOCER EL DESORDEN

EL DESORDEN OCULTO DE LAS POTENCIAS EN EJERCICIOS

EL DESORDEN DE LAS POTENCIAS

EN LAS MEDITACIONES Y CONTEMPLACIONES

LA FORMA DEL EJERCICIO Y LA OBSERVACIÓN DEL DESORDEN

EL QUE DA LOS EJERCICIOS COMO OBSERVADOR DEL DESORDEN

CONFRONTARSE CON LOS PARADIGMAS DEL ORDEN

EL ITINERARIO DEL ORDENAMIENTO EN EJERCICIOS

LOS CINCO SENTIDOS SON TODO EL HOMBRE

CONCLUSIÓN


 

INTRODUCCIÓN

En el Primer Modo de Orar, el objeto puesto a consideración es el ejercitante mismo, quien se observa a sí mismo desde cuatro ángulos, aspectos o puntos de vista: la guarda de los mandamientos (sus actos o acciones); la evitación de los pecados capitales y la práctica de las virtudes contrarias (sus hábitos u operaciones); el uso de las potencias del alma (el corazón o sus intenciones) y –por fin– los cinco sentidos corporales (el hombre entero).

Voy a explicar a continuación el alcance de estas afirmaciones, fundamentándolas y desarrollándolas, sobre todo en atención a los que no conocen los ejercicios ignacianos; o bien conociéndolos no han reparado aún en la finalidad de este documento; o se preguntan acerca de su finalidad y sus usos y aplicaciones.

¿UN MODO DE ORAR QUE NO ES MODO DE ORAR?

San Ignacio presenta este primer modo (o primera manera) de orar con un párrafo que puede resultar oscuro al lector no avezado a su estilo:

"La primera manera de orar es cerca de los diez mandamientos y de los siete pecados mortales, de las tres potencias del ánima y de los cinco sentidos corporales; la cual manera de orar es más dar forma, modo y ejercicios, cómo el ánima se apareje y aproveche en ellos, y para que la oración sea acepta, que no dar forma ni modo alguno de orar" [EE 238].

A primera lectura parecería que San Ignacio se contradijese y terminase negando que sea modo de orar lo que acaba de presentar como modo de orar. Eso puede suscitar intriga o extrañeza en el lector.

La aparente contradicción se desvanece, cuando se comprende que San Ignacio está presentando aquí una "forma, modo y ejercicios, cómo el ánima se aproveche" en los ejercicios que se le darán o se le están dando, o ya se le han dado. Es si oración y modo de orar. Pero San Ignacio no lo prescribe ni recomienda por sí mismo, por su valor intrínseco como forma de oración, como se podría hacer con "la oración mental" o "la oración vocal", o con el Rosario, una Novena, los Salmos, o la Misa; sino como un ejercicio de oración de valor auxiliar y subordinado a otra oración que el ejercitante ha de hacer y que ha de procurar sea acepta a Dios. Este Primer Modo de Orar no es un fin en sí mismo, apunta a los fines de los Ejercicios:

"quitar de sí todas las afecciones desordenadas y después de quitadas, buscar y hallar la voluntad divina..."[EE 1]. No tiene tampoco mayor originalidad en su forma, pues alterna simplemente breves consideraciones con oraciones vocales.

El Primer Modo de Orar, se prescribe como "modo, forma y ejercicios para aparejarse y aprovecharse" en Ejercicios. Esto sucede, sobre todo, sintiendo el desorden y haciendo por ordenarse: primer fin de los Ejercicios.

EL PRIMER MODO DE ORAR SEGÚN LA ANOTACIÓN 18ª

En la Anotación 18ª San Ignacio se explica acerca del destinatario, las circunstancias, la forma y los fines de este modo de orar:

"Según que se quisieran disponer, se debe de dar a cada uno, porque más se pueda ayudar y aprovechar. Por tanto, al que se quiere ayudar para se instruir y para llegar hasta cierto grado de contentar su ánima, se puede dar el examen particular, y después el examen general; juntamente por media hora a la mañana el modo de orar sobre los mandamientos, pecados mortales, etc., comendándole también la confesión de sus pecados de ocho en ocho días, y si puede tomar el sacramento de quince en quince y si se afecta mejor de ocho en ocho. Esta manera es más propia para personas más rudas o sin letras, declarándoles cada mandamiento, y así de los pecados mortales, preceptos de la Iglesia, cinco sentidos y obras de misericordia".

Como se ve se trata de alguien que tiene un buen deseo de instruirse; una cierta inquietud por contentar su alma; que todavía no puede hacer todos los ejercicios; ni entrar en elecciones, ni estar una hora entera sino sólo media hora en oración o meditación, que está a los comienzos de una vida sacramental más intensa. Podría pensarse en el estado de alguien que "va intensamente purgando sus pecados y en el servicio de Dios nuestro Señor de bien en mejor subiendo" (EE.315). Imitando al buen espíritu, el que da los ejercicios debe facilitarle el camino ayudándolo en "quitar los impedimentos". He aquí el "Sitz im Leben" del Primer Modo de Orar.

La lista de ejercicios del Primer Modo de Orar difiere algo de la que ofrece la Anotación 18ª, pues no menciona esta anotación las tres potencias del alma, pero agrega a los mandamientos los preceptos de la Iglesia y las obras de misericordia. Eso sugiere y hace pensar que la enumeración, tanto aquí, como en [EE 238-248] sea puramente indicativa y no exhaustiva.

 La Anotación 18ª pone el Primer Modo de Orar y los exámenes (al servicio de una intensificación de la vida sacramental) entre los modos más adecuados de ayudar a las "personas más rudas o sin letras". Por lo tanto, el Primer Modo de Orar presupone dada una instrucción sobre los mandamientos y pecados capitales, preceptos de la Iglesia, cinco sentidos, obras de misericordia. Y aunque no se nombran en la anotación, puede inferirse también la necesidad de instruir sobre las tres potencias del ánima, acerca de las cuales es tan escueto el documento de los Ejercicios [EE 246].

Los ejercicios de oración según el Primer Modo de Orar están prescritos por lo tanto para fieles en general y a los comienzos del fervor. Ponen en contacto inicial con ciertos elementos que serán esenciales en la estructura de los Ejercicios de Mes: la tercera adición; la oración preparatoria; la alternancia de consideraciones de la inteligencia, reflexión para sacar provecho y oración vocal; diálogos libres con el Señor y coloquio. En este sentido, "aparejan" [EE 238] o sea preparan para los Ejercicios, y para que en ellos el ejercitante se aproveche y su oración sea acepta.

La Anotación 18ª contiene, como se ve, instrucciones más precisas acerca de este "modo, forma y ejercicios" contenido bajo el nombre de Primer Modo de Orar, su finalidad y su aplicación, principalmente en bien de los que comienzan. Lo cual n significa que se indique exclusivamente para ellos. Ni que los que ya han hecho el mes de Ejercicios no puedan volver a practicarlos con fruto y utilidad. Siempre nos deslizamos hacia el desorden y tenemos necesidad de advertirlo y de reordenarnos.

EL DESORDEN MULTIFORME Y UBICUO

Ignacio ve y se refiere al desorden en muchos niveles del ser y actuar del ejercitante. A los Ejercicios Espirituales subyace una antropología teológica, o sea una concepción del hombre que está implícita y sólo se expresa fragmentariamente. No es posible explicitarla aquí, pero la terminología que usa San Ignacio y que nosotros tenemos necesariamente que retomar, supone que se la conoce. Como es sabido, en ella son esenciales los conceptos de Orden-Desorden del hombre respecto de su Fin que es Dios.

El Principio y Fundamento [EE 23] basta de ejemplo aquí. Describe la ordenación del hombre a Dios como a su Fin último y la subordinación de las creaturas a alcanzar dicho fin. Es un paradigma del Orden en el que también quedan, como inscritos a contraluz y aludidos, los desórdenes. El hombre no sólo debe acatar el orden de lo que está prescrito o prohibido, sino que aún en el uso de las creaturas que le está concedido, ha de obrar ordenadamente respecto de su fin.

Los documentos de los Ejercicios se refieren a diversos desórdenes del ejercitante:

1) Desorden de los Afectos: Los Ejercicios tienen por fin "quitar de sí todas las afecciones desordenadas" [EE 1] que impiden buscar y hallar la voluntad de Dios. A esa esfera del desorden de la voluntad, alude también Ignacio en el documento sobre la Enmienda y reforma de Vida: "piense cada uno que tanto se aprovechará en todas cosas spirituales, quanto saliere de su propio amor, querer e interesse" [EE 189].

2) Desorden de intenciones, acciones y operaciones: la oración preparatoria antes de cada ejercicio de meditación o contemplación, pide la gracia de la ordenación de lo que se supone que está desordenado o puede desordenarse en cualquier momento:

"La oración preparatoria es pedir gracia a Dios nuestro Señor, para que todas mis intenciones acciones y operaciones sean puramente ordenadas en servicio y alabanza de su divina majestad" [EE 46].

Es ésta una conciencia del propio desorden actual o potencial que acompaña al ejercitante durante todos los Ejercicios y al comenzar cada hora de oración.

3) Desorden de las operaciones: en el triple coloquio del tercer ejercicio en la primera semana, se pide sucesivamente a María, a Jesús y al Padre "que sienta el desorden de mis operaciones para que, aborreciendo(lo) me enmiende y me ordene" [EE 63].

4) Desorden del apetito en el comer: un caso particular del desorden del ejercitante es objeto de las "Reglas para ordenarse en el comer para adelante" [EE 210-217].

Estos ejemplos pueden bastar para hacerse una idea de cuán amplio es el panorama de orden-desorden que tiene en consideración San Ignacio.

El desorden está tanto en los actos (pecaminosos o simplemente no bien ordenados), como en las inclinaciones o hábitos viciosos.

Está también tanto en las potencias mismas del sujeto que obra así (ocasional o habitualmente), como en sus sentidos.

Pero si bien el desorden se padece a todos los niveles del ser y del orar del sujeto, no es igualmente reconocible ni es advertido con la misma facilidad o dificultad en todos ellos. No se conoce el desorden de una potencia sino en sus actos, ni se conoce una disposición habitual o una tendencia sin atender a los actos. De ahí que sea a partir de lo más manifiesto y fácilmente reconocible, como son los actos, como se puede progresar en el conocimiento de los vicios, del desorden de las potencias del alma y de los sentidos del hombre.

Mandamientos, pecados capitales y virtudes opuestas, potencias del alma y sentidos corporales, son los cuatro ejercicios prescritos por el Primer Modo de Orar, que permiten una autoobservación e introspección orante del ejercitante. Los cuatro ejercicios proponen un itinerario graduado y progresivo, procediendo de lo más fácilmente perceptible como son los actos, a lo más escondido, que es uno mismo.

EL DESORDEN OCULTO

Para aborrecer y quitar o enmendar el desorden es necesario comenzar por sentirlo, es decir percibirlo, advertirlo.

El desorden propio no es por lo general consciente. Y si esto es cierto para el grave desorden que es el pecado, lo es más aún para el que no llega a serlo pero está en su raíz.

"Sólo Dios puede revelar al hombre su pecado. Hay en esto un misterio profundo: lo que tenemos demás nuestro –el fruto d nuestra libertad– escapa a nuestro conocimiento. El pecado ciega y hace amar las tinieblas" (M.A. Fiorito, Buscar y Hallar la Voluntad de Dios, I, p. 184). Si el fruto permanece oculto y no se conoce sino por una gracia, cuánto más la raíz, cuánto más el desorden de la voluntad. "No basta para tener sentido del pecado, recordar los pecados cometidos. La revelación versa sobre todo acerca de la calidad de cada uno de ellos" (O.c.p. 186). No basta conocer los actos, hay que conocer las inclinaciones, los hábitos, el desorden del corazón, de las potencias y los sentidos.

Los actos pecaminosos se conocen más fácilmente como tales porque existe una ley que los pone de manifiesto. Como dice San Pablo: "yo no conocí el pecado sino por la Ley" (Rm. 7,7). De modo que hasta que viniera el Espíritu a convencer al mundo del pecado, dándolo a conocer, aunque todavía no cabalmente en la interna profundidad de su malicia. San Ignacio, consciente de que el conocimiento interno del desorden es una gracia, hace pedir al ejercitante en el triple coloquio de la primera semana: "que sienta interno conocimiento de mis pecados y aborrecimiento de ellos; ...que sienta el desorden de mis operaciones, para que aborreciendo, me enmiende y me ordene; ... conocimiento del mundo, para que aborreciendo, aparte de mí las cosas mundanas y vanas" [EE 63]. Pecado, desorden y amor al mundo, son tres aspectos de una misma situación de desorden propio oculto, cuya revelación ha de serme concedida por gracia.

Hay un claro paralelismo de objetivos entre el Primer Modo de Orar y este triple coloquio de primera semana. Ambos apuntan a los mismos frutos. El Primer Modo de Orar está al servicio de la exploración y revelación de los desórdenes cuyo conocimiento se suplica en dicho coloquio.

DESORDEN DE LAS POTENCIASY DIFICULTAD PARA CONOCER EL DESORDEN.

La dificultad para "sentir" el propio desorden proviene en buena medida, de que mi desorden afecta en mí a las propias potencias con que podría y debería percibirlo. Mi inteligencia, memoria y voluntad deben ser sanadas para que sean capaces de sentir, recordar, aborrecer mis pecados y operaciones desordenadas. Más aún, ellas son la fuente desordenada de donde proviene mi pecado y mi desorden. Ellas son ese "corazón del hombre" de donde sale lo que mancha al hombre (Marcos 7, 18-23); son la "llaga y postema de donde han salido tantos pecados y tantas maldades y ponzoña tan turpísima" [EE 58]; de ellas mana "puro mal de continuo" (Génesis 6,5). De ese "desequilibrio fundamental que hunde sus raíces en el corazón humano" dependen "los desequilibrios que fatigan al mundo moderno (Gaudium et Spes 9).

El Primer Modo de Orar, que aplica al ejercitante a pedir el conocimiento del desorden de sus actos, hábitos y potencias, manifiesta la importancia que San Ignacio le daba al conocimiento de esos ocultos desórdenes. No sólo el de los actos, sino el de las potencias y sentidos; en una palabra del ejercitante mismo.

El desorden de las potencias es la fuente perenne de operaciones desordenadas e impide conocer su propios desorden y enmendarlo. De ahí que Ignacio trate de ayudar al ejercitante, a sentirlo y enmendarlo con el Primer Modo de Orar.

EL DESORDEN OCULTO DE LAS POTENCIAS EN EJERCICIOS

El desorden de las potencias y sentidos del Ejercitante, es un obstáculo, en primer lugar para hacer bien las meditaciones, contemplaciones, exámenes y adiciones; y en segundo lugar –y esto es más grave – para hacer una elección libre y sana. De ahí que el Primer Modo de Orar, que apunta a sentir el desorden del ejercitante en sus potencias y sentidos y a comenzar a enmendarlo, sea una pieza de utilidad para prepararse a los ejercicios o aprovecharse en medio de ellos.

EL DESORDEN DE LAS POTENCIAS EN LAS MEDITACIONES Y CONTEMPLACIONES.

Se da el caso de algún ejercitante que tiene graves dificultades con sus potencias y sentidos, por lo que no logra aplicarlas en la forma y con la firmeza y extensión que reclaman las meditaciones o contemplaciones de Ejercicios. Pasa la hora en blanco, o en continuas distracciones sin lograr concentrarse duraderamente en el tema de meditación o en lo que debe contemplar. Es como si sus potencias estuvieran en estado de insubordinación o insurrección y no le obedeciesen cuando quiere aplicarlas a los diversos pasos del ejercicio: historia, composición de lugar, petición, puntos, coloquio.

Esto puede deberse a un estado de desolación, más o menos pasajero. Pero también puede manifestar un desorden más habitual del ejercitante. Puede ser indicio de que el ejercitante no está del todo libre de un espíritu de indiferencia respecto de Dios. Quizás se haya deslizado en ella por entibiamiento del fervor, o a causa de alguna pasión o afección desordenada. Todos esos pueden ser motivos de una pérdida de libertad en el ejercitante, para el uso de sus potencias. (Posibles causas patológicas aparte).

He hablado de un espíritu de indiferencia respecto de Dios. Esta expresión merece una explicación para aclarar que no se debe confundir con la indiferencia de la que habla Ignacio, porque ésta es indiferencia ante las creaturas. Pero la indiferencia ante Dios y ante las creaturas son relativas la una a la otra y podríamos afirmar que son – entre sí– proporcionales. Si alguien no está del todo indiferente ante una creatura, alberga una cuota correlativa de indiferencia a Dios en algún rincón de su voluntad. Todo afecto desordenado a una creatura, se nutre de un desafecto desordenado y correlativo, al Creador.

Continuando lo que decíamos sobre que las potencias y sentidos del ejercitante pueden estar cautivas de los objetos y no obedecer dócilmente al espíritu, hay que agregar aquí, que es precisamente por el dominio sobre las propias potencias por lo que está entablada la lucha entre la carne y el espíritu, cuyos apetitos son contarios. La lucha espiritual es en buena medida una lucha del hombre espiritual por conquistar el dominio y uso libre de sus propias potencias espirituales y sus sentidos, para poder aplicarlos a Dios y a las creaturas ordenándolas a Dios. En la hora del ejercicio, el ejercitante vive un episodio o una escaramuza de ese combate. Y por eso, el "ejercicio" permite ver cómo entabla ese combate, como si fuera una maniobra militar en pequeño.

LA FORMA DEL EJERCICIO Y LA OBSERVACIÓN DEL DESORDEN.

Cada ejercicio que propone San Ignacio –sea meditación con las tres potencias, sea Contemplación o Aplicación de sentidos– es una estructura acotada cuyas partes se corresponden bastante obviamente con los sentidos y potencias.

Los desórdenes de la imaginación del ejercitante, o sea de sus sentidos imaginarios y de sus correlativos sentidos corporales, se reflejarán prevalentemente a la hora de la composición de lugar, o cuando se trate de ver y oír las personas, lo que dicen y lo que hacen. Los desórdenes de la memoria se manifestarán en la dificultad para "traer la historia" en el primer preámbulo de las contemplaciones, o en la invasión del tiempo de la oración por recuerdos n queridos; en el olvido de las adiciones y de las gracias recibidas; en dificultades con el examen de la oración. Los desórdenes de la voluntad surgirán en forma de languidez de la atención, aburrimientos, impaciencias o tristezas, en la pesadez para los coloquios, en pusilanimidad ante la desolación o las tentaciones.

De manera que la estructura misma de cada ejercicio ignaciano actúa como un filtro, donde se pueden recoger muestras analizables de los desórdenes de las potencias y sentidos del ejercitante.

El examen de la oración (Adición 5ª) le permitirá al mismo ejercitante observar y advertir ciertos desórdenes por sí mismo. Pero quizás el que da los ejercicios, en la segunda instancia de examen que es la entrevista, podrá ayudarlo a sentir desórdenes de sus "intenciones, acciones y operaciones" durante el ejercicio, que hayan escapado a su atención y quizás denotan desórdenes de sus potencias y sentidos.

EL QUE DA LOS EJERCICIOS COMO OBSERVADOR DEL DESORDEN.

No siempre se da cuenta por sí mismo un ejercitante de que las dificultades que experimenta para llevar a cabo su ejercicio en el término de la hora asignada y según el modo y forma prescritos, tienen que ver con el desorden de sus potencias, ni de que a causa de es insubordinación y anarquía se encuentra hipotecada su libertad para disponer de sí mismo en orden a Dios. El que da los ejercicios tiene a menudo que advertírselo y que ayudarle a que lo advierta por sí mismo.

El que da los ejercicios tiene un puesto de observación aventajado y la responsabilidad de ayudar al ejercitante a sentir su desorden oculto. Para ello lo ayuda de diversas maneras: en primer lugar adiestrándolo en los exámenes, particularmente en el examen de la oración, y en las restantes adiciones, que contribuyen a fijar la atención del ejercitante en objetivos definidos, con lo que se eleva su nivel de advertencia, tanto respecto de sí mismo como de las mociones. En segundo lugar, comunicándole observaciones propias.

 CONFRONTARSE CON LOS PARADIGMAS DEL ORDEN

Uno de los modos ignacianos de ayudar al ejercitante a sentir su desorden, es confrontarlo intelectualmente con los paradigmas del orden. La Anotación 18ª, como vimos, prescribe instruir al ejercitante deseoso, acerca de los mandamientos, pecados, preceptos de la Iglesia y obras de misericordia. Son los paradigmas del obrar normado. Es lo que se ha de guardar y lo que se ha de evitar. El Principio y Fundamento, dando por supuesto el orden respecto de lo mandado y prohibido, confronta con el paradigma de la voluntad indiferente y que elige sólo lo que más conduce al fin último.

En la segunda semana, el paradigma es concreto y personal: Nuestro Señor Jesucristo. El Llamamiento del Rey [EE 98] y las Dos Banderas [EE 147] interpelan con su ejemplo y su vocación el corazón del ejercitante, con el paradigma de la vida verdadera que muestra el sumo y verdadero capitán [EE 139]. Los coloquios son tests cumbres del corazón, para que el ejercitante pueda sentir dónde se ubica el suyo en su relación con Dios y las creaturas.

Para más claridad, se propone para comparación, las actitudes de los tres binarios de hombres; y al ejercitante, con su querer y sus resistencias y apegos, colocados ante Dios y su clara voluntad manifestada en su Hijo. La Nota de los Binarios [EE 157] enseña a tomar distancia del propio deseo, para desear según el de Dios y alcanzar así la indiferencia. Las tres Maneras de Humildad, que no pueden leerse sin confusión propia, presentan tres paradigmas de la voluntad ordenada. La del hombre que acata firmemente la voluntad de Dios en el plano de lo que está mandado o prohibido, que es dominio de la Ley, mandamientos, preceptos de la Iglesia y comendaciones de los superiores [EE 42]; luego la del hombre que está indiferente como pide el Principio y Fundamento y es heroico en su adhesión al recto orden; por fin el que quiere y pide configurar su vida con la vida paradigmática de Cristo. La Nota a las Maneras de Humildad [EE 168] configura así una especie de inclusión con el Preámbulo para considerar Estados [EE 135]. Entre ambos tiene lugar la confrontación del corazón orante y creyente con el paradigma de la Vida de Cristo. En este tramo de los ejercicios tiene lugar la prueba que muestra si el ejercitante está en condiciones de entrar en elecciones.

Por último, el Ofrecimiento de la Contemplación para alcanzar Amor [EE 236] supone un ejercitante que, o bien es dueño de sus potencias para poder ofrecerlas como aquí lo hace, como quien ofrece la parte más noble y digna de sí mismo; o bien, aunque sienta que aún subsisten desórdenes en ellas, ha alcanzado el suficiente señorío sobre ellas como para entregarlas a Dios par que Él termine de enderezarlas y ordenarlas.

El Primer Modo de Orar sirve para aparejar al ejercitante (prepararlo) para ese cotejo con los paradigmas del orden, que tendrá lugar cuando haga ejercicios, si aún se prepara para hacerlos. (O puede también aprovechar dentro o después del mes de Ejercicios). De hecho, en los cuatro ejercicios que propone el Primer Modo de Orar, no es difícil advertir la simetría con los grandes paradigmas ignacianos del orden-desorden.

También en los ejercicios del Primer Modo de Orar se comienza con mandamientos que hay que guardar y pecados que hay que evitar, para terminar proponiendo la imitación de Nuestra Señora o de Nuestro Señor Jesucristo en el uso de los sentidos.

EL ITINERARIO DEL ORDENAMIENTO EN EJERCICIOS

De los paradigmas del orden que ofrecen los Ejercicios se desprende un cierto itinerario ideal que hallamos reflejado también en el Primer Modo de Orar. Ese itinerario va de la guarda de los mandamientos al discipulado y puede resumirse con el dicho de San Ireneo: "Dios dispuso al hombre por medio del decálogo para su amistad" (Adv. Haer. 4, 16,3). Es el mismo proceso o itinerario que propone la Anotación 1ª: quitar las afecciones desordenadas...buscar y hallar la voluntad de Dios.

Este es itinerario salvífico por el que Ignacio procura encaminar y llevar adelante al que quiere tomar ejercicios. Ignacio lo toma en su ser pecador, necesitado de examen, conversión, confesión, para conducirlo a las disposiciones del discípulo, deseoso de conocer, amar, seguir, imitar e identificarse con Jesucristo, hasta hacer oblación de sí mismo: "Tomad Señor y recibid...[EE 236]. Es el itinerario de las cuatro semanas.

Y este mismo itinerario configura la sucesión de los ejercicios propuestos en el Primer Modo de Orar: mandamientos a guardar, pecados que evitar, virtudes a practicar, potencias a ordenar, imitación del Señor con los cinco sentidos. Ese mismo movimiento de la economía de la salvación anima los paradigmas de orden que hemos enumerado. Es el mismo movimiento histórico-salvífico que va de la Ley a la Gracia, sin abolir la Ley sino llevándola a su perfección cristiana en el Espíritu. Como tampoco las Maneras de Humildad se anulan una a otra sino que se presupone siempre la anterior.

La oración sobre mandamientos, pecados y potencias, prepara para los temas y meditaciones con las tres potencias propias de la primera semana. La meditación de los pecados capitales, las virtudes opuestas y los sentidos, dispone para las opciones de Dos Banderas las contemplaciones de los Misterios de Cristo y la aplicación de los sentidos a lo contemplado en ellos. También por aquí se advierte la intención propedéutica del Primer Modo de Orar.

LOS CINCO SENTIDOS SON TODO EL HOMBRE

La Nota al ejercicio sobre los cinco sentidos corporales [EE 248] nos permite asomarnos desde el Primer Modo de Orar a la concepción ignaciana de los sentidos. Tenemos que entenderlos en su sentido ignaciano y no en el que se les da desde el reduccionismo positivista y materialista. En primer lugar, para Ignacio, los sentidos corporales no están separados de los sentidos imaginarios o espirituales. Aunque Ignacio los distingue y unas veces se refiere a los sentidos corporales y otras a los sentidos de la imaginación, su distinción no significa que los considere separados en el hombre. En segundo lugar, ellos son una denominación de toda la persona, una especie "pars pro toto" en el hablar ignaciano, que refleja una concepción "holística" y complexiva, muy cercana al sentido común. En el uso común, en efecto se habla de poner todos los sentidos en una cosa o estar con los cinco sentidos en algo, para expresar el estar absorto, atento, entregado en cuerpo y alma a algo. Los sentidos simbolizan a todo el hombre, no porque sí, sino con toda razón, porque todo el hombre está puesto en ellos y se pone de manifiesto por ellos.

Los sentidos sen el instrumento privilegiado, mejor dicho, la aproximación personal totalizante, apropiada para meterse con cuerpo y alma en la contemplación de los misterios de Cristo, y para meterse los misterios de Cristo en lo más hondo del alma. Pero en la visión ignaciana, los sentidos no excluyen el uso de las potencias sino que lo suponen y lo dirigen. La situación del pecador en los términos sugeridos por la composición de lugar de las meditaciones de primera semana [EE 47] es la de la discordia e irreconciliación entre cuerpo y alma, entre sentidos y potencias, "considerar mi ánima encarcelada en este cuerpo corruptible". Algo semejante se observa en la oposición entre la sensibilidad y la razón, que se da en la lucha espiritual y sobre la cual incide la acción de los espíritus contrarios con sus mociones [EE 314-315]. Pero a medida que el hombre avanza en la ordenación de sus potencias y de sus sentidos, se instaura en él la "concordia de cuerpo y alma" que implora el himno del Oficio Divino. Y también la concordia con las creaturas. El que se veía "como desterrado entre brutos animales", podrá ubicarse ante Jesús "en un gran campo de aquella región de Jerusalén, en el lugar humilde, hermoso y gracioso" [EE 144]. Más aún, podrá verse: "cómo estoy delante de Dios nuestro Señor y de todos sus sanctos, para desear y conocer lo que sea más grato a su divina bondad" [EE 151;232].

La ordenación del ejercitante, no sólo pasa por la de las potencias y de los sentidos corporales considerados cada uno por su lado, sino por la armonía entre alma y cuerpo, potencias y sentidos; en la unificación del ejercitante consigo mismo por la contemplación y adhesión a Cristo.

CONCLUSIÓN

Considerando el Primer Modo de Orar en relación con los fines que buscan los Ejercicios ignacianos, y con la estructura y el funcionamiento del conjunto, hemos tratado de comprender y explicar la ubicación de este documento y su papel como engranaje en el mecanismo total. Creemos así haber mostrado cuál es su papel en el itinerario salvífico del ejercitante, al servicio de las gracias que se piden en el triple coloquio de la primera semana [EE 63] y del doble fin de los Ejercicios [EE 1].