EL ACATAMIENTO

EN LA PRIMERA SEMANA DE LOS EJERCICIOS

Alfonso Ma. Nebreda S.J.

Manresa, 32(19560) pp. 127-138

1-     ECOS DEL FUNDAMENTO

“El hombre es creado para... hacer reverencia”.

Bajo el anonimato de ese hombre vela Ignacio discretamente un “yo” cargado de vivencias manresanas.

La mejor contraprueba de que aquí se encierra su “actitud fundamental” será ver desfilar desde este plano todas y cada una de las páginas de su librito portentoso. En la revista veríamos que no hay en él una sola nota que, ni remotamente, anuncie un cambio de tono, y sí un continuo pasar y repasar del tema del Fundamento.

No es sólo la acusada y casi exclusiva preferencia por los apelativos solemnes y grandiosos – “Divina Majestad”, “Señor”, “Criador y Señor”[1]…  – con la correlativa actitud de respetuoso encogimiento del hombre: “grande ánimo y liberalidad con su Criador y Señor ofreciéndole todo su querer y libertad para que su divina majestad así de su persona como de todo lo que tiene se sirva conforme a su santísima voluntad” (n. 5)[2], “queriéndome vuestra santísima majestad elegir y rescebir…” (n. 98); “en qué… estado de nosotros se quiere servir su divina majestad” (n. 135); “si su divina majestad fuere servido” (nn. 146 y 147); “sólo que sea servicio y alabanza de la divina bondad” (n. 157; cf. nn. 166, 167, 168, 351…) etc., etc.

Es el constante recurrir de la idea del fin del hombre jalonando de punta a cabo los Ejercicios[3], que a quien ha escuchado una vez el profundo resonar [Pág. 128 ->] del “para hacer reverencia”, deja adivinar las notas claras de la postura fundamental: Ignacio existencialmente ordenado[4].

Es la enorme importancia dada por Ignacio a la confirmación divina después de la elección o deliberación: “… debe ir la persona que tal ha hecho, con mucha diligencia, a la oración delante de Dios nuestro Señor y ofrecerle la tal elección para que su divina majestad la quiera rescibir y confirmar, siendo su mayor servicio y alabanza” (n. 183; cf. la insistencia de la Nota en n. 188).

Basta recorrer las páginas del Diario Espiritual para caer en la cuenta de lo central que era este punto en lamente y en la vida de San Ignacio[5].

De ahí que, se ha observado, por esa “actitud de pasividad”[6], como de esclavo “abnegado” totalmente, presenta Ignacio – el hombre famoso por su voluntad férrea y decidida[7] – “una falta fundamental de iniciativa, casi se podría decir de decisión, precisamente en el momento en que la decisión y la iniciativa parecerían más obvia y también más necesarias, y la espontánea consecuencia de las consideraciones que se tomaron”[8].

Pero la gran proyección del Fundamento, la que en el plan de Ignacio debe evocar minuto a minuto las vivencias y la disposición de aquella postura fundamental con que se abrieron los Ejercicios, es la oración preparatoria. Invariablemente, machaconamente recordará el Santo antes de cada ejercicios que la oración es “la sólita”: “…pedir… que todas mis intenciones, acciones y operaciones sean puramente ordenadas en servicio y alabanza de su divina majestad” (n. 46). [Pág. 129 ->]

Basta poner a dos columnas los elementos para que resalte el paralelo[9]:

            Oración preparatoria

Principio y Fundamento

Sean puramente ordenadas

Solamente deseando y eligiendo

En servicio y alabanza

Para alabar… y servir

De su divina Majestad

Hacer reverencia

Todo lo que arriba dijimos sobre la Majestad Divina prueba ya suficientemente la dinámica concatenación por la que los dos términos de ese tercer binomio (hacer reverencia --- de su divina Majestad) pueden y deben llamarse correlativos.

Pero, a más abundamiento, hay en los mismos Ejercicios una explícita y magnífica confirmación de nuestro punto. Me refiero a la Tercera Adición, que por taxativa prescripción de San Ignacio debe preceder – invariablemente también – a la oración preparatoria, poniendo al alma en la tesitura que el Santo creía indispensable para entrar a orar.

Y esa tesitura es, ni más ni menos, la del Acatamiento, literalmente la “postura fundamental” de reverencia ante Dios.

Veámoslo.

“La tercera, un paso o dos antes del lugar en donde tengo que contemplar o meditar, me pondré en pie, por espacio de un Padre nuestro, alzado el entendimiento arriba, considerando cómo Dios nuestro Señor me mira, etcétera; y hacer una reverencia o humillación” (n. 75).

            Subraya bien el P. FILOGRASSI[10] que nos hallamos aquí en el ámbito de la virtud de la religión, con la que el hombre, según Santo Tomás, proclama la divina excelencia y su propia sujeción a Dios[11].

            Son luminosas al respecto, aquellas palabras de Santo Tomás:

“Ad secundum dicendum quod sicut oratio primordialiter quidem est in mente, secundario autem verbis exprimitur, ut supra dictum est; ita etiam adoratio principaliter quidem in interiori dei reverentia consistit, secundario autem in quibusdam corporalibus humilitatis signis, sicut genu flectimus nostram infirmitatem significantes in comparatione ad deum; prosternimus autem nos quasi profitentes nos nihil esse ex nobis”[12]

                 No hay duda de que San Ignacio suscribiría estas líneas del Angélico como el mejor comentario a su Tercera Adición, y diría que esa humillación nada vale si no va vivificada por aquella reverencia interior. Al fin y al cabo, esa reverencia externa no es sino la proyección visible, tan psicológicamente humana, de aquella actitud interna en que San Ignacio quiere ver anclado a su ejercitante: “para hacer reverencia”. [Pág. 129->]

                 La misma actitud que en las Reglas de discreción de espíritus remacha de una y otra forma. Al desolado le hace pensar que una de las causas principales por las que Dios permite la prueba es “para que internamente sintamos que no es de nosotros traer o tener devoción crecida… mas que todo es don y gracia de Dios nuestro Señor, y porque en cosa ajena no pongamos nidos, alzando nuestro entendimiento en alguna soberbia o gloria vana…” (n. 322). Y al consolado le amonesta que “procura humillarse y bajarse cuanto puede, pensando cuán para poco es…” (n. 324).

                 La misma actitud empapa y desborda ampliamente las cuatro escuetas líneas de aquella significativa advertencia de la Anotación Tercera: “Advirtamos que en los actos de la voluntad, cuando hablamos vocalmente o mentalmente con Dios nuestro Señor o con sus Santos, se requiere mayor reverencia que cuando usamos del entendimiento entendiendo” (n.3).

                 Siempre se requiere reverencia en la oración, pero aquí, al hablar con Dios, exige San Ignaciomayor reverencia que cuando se trata de mero discurrir del entendimiento. “Porque – para decirlo con las clásicas palabras de LA PALMA[13] – dado caso que en lo uno y en lo otro se requiere reverencia; pero en lo uno, como quien medita en el acatamiento de Dios; en lo otro mucho mayor, como quien habla inmediatamente con el mismo Dios”.

                 Y eso vale, no sólo cuando el coloquio se hace “hablando así como habla… un siervo a su señor…” (n. 54), sino igualmente cuando “el coloquio se hace propiamente hablando así como un amigo habla a otro” (Ibíd.). Y es que para Ignacio el amor, aunque sea tan ardiente e íntimo como el que Cristo infinitamente bueno brinda a su siervo, no quita, antes parece atizar el ansia de reverencia y humildad. ¿No estamos oyendo aquí los ecos de aquél: “dadme humildad amorosa, y así de reverencia y acatamiento?”[14].

                 Tan a la vista está el parentesco de esta anotación con el acatamiento del Diario Espiritual, que bien pudo escribir DENIS[15]:

                 “Hunc cultum externum tanti faciebat Ignatius, ut cum revelationibus et omni consolationum generi anteponeret; divino enim afflatu hoc didicerat, et lumen illud pluris quam donum lacrymarum ceteraque omnia supernaturalium gratiarum charismata ipsi ante a divina Bonitate concessa faciebant. Ideoque orationem hanc frequenter usurpabat: Domine, da mihi humilitatem et reverentia ex amore”

[Traducción castellana del digitalizador: Tanto apreciaba San Ignacio este culto externo, que lo anteponía a todo género consolaciones, ya que por inspiración divina lo había aprendido, y estimaba aquella luz en más que el don de lágrimas y de todas los carismas de gracias sobrenaturales que se le habían concedida a él por la divina Bondad. Por lo cual solía frecuentemente orar así: “Señor dame humildad y reverencia amorosa”].

                 Sin embargo se me permitirá subrayar que, tanto por la cronología, como por la lógica prioridad de causa a efecto, sería tal vez más exacto hablar de la postura exigida por Ignacio en la tercera Anotación, como de preludio y germen de las honduras místicas del acatamiento en el Diario Espiritual.

                 Lo innegable es que allí y aquí estamos en una misma línea, la de la postura [Pág. 131 ->]fundamental adoptada por Ignacio en el Principio y Fundamento. Que, como recapitula DENIS[16]:

                 “Reverentiam enim parit humilitas; humilitas autem duplici ex fonte procedit, ex cognitione videlicet tum infinitae Dei magnitudinis et perfectionis, tum nihili nostri et moralis miseriae nostrae »

[Traducción castellana del digitalizador: “Porque la humildad engendra la reverencia; pero la humildad procede de una doble fuente, a saber del conocimiento tanto por un lado de la grandeza y perfección de Dios, cuanto del conocimiento de nuestra nada y de nuestra miseria moral”].

                 Es exactamente la misma postura, el mismo tono que trepida en la palabra de Pedro después de la pesca milagrosa que decidió el rumbo de su vida, al palpar con sus manos de pescador de Galilea uno no sé qué de tremenda Majestad de Yahveh reverberando en el rostro hermoso y sereno de Jesús de Nazaret; “¡Apártate de mí, porque soy un hombre pecador, Señor!”[17].

                 Así, con la reafirmación del dinámico contraste entre los dos polos de que al principio[18]decíamos, henos aquí frente al reverso de la medalla del Principio y Fundamento que son los ejercicios de la Primera Semana.

                 Reverso, externamente. Porque, en la intención de San Ignacio, no tienen otro designio que calcar, a fuego del más dramático contraste, la postura fundamental sobria, pero vigorosamente dibujada en el Fundamento.

                 Pero esto pide capítulo aparte.

2. —AHONDANDO POR CONTRASTE

                 Basta abrir los ojos para reconocer en el primer ejercicio el reverso del Principio y Fundamento[19].

Principio y Fundamento

Primer Ejercicio

Orden

Desorden

Gloria de Dios

Pecado

Creaturas como medio

Creaturas como fin

El alma libre [para elegir lo que más]

“mi ánima encarcelada”

El hombre, rey

El hombre, esclavo

                 Pero si al hablar del Fundamento pudimos afirmar que, más que abstractas disquisiciones de escuela, lo que allí latía en la “visión trepidante de Dios vivo”[20] que en Manresa relampagueó sobre los ojos y el corazón de Ignacio, lo mismo podemos repetir de estos ejercicios de la Primera Semana: No son sino ecos de aquel dramático enfrentarse de Íñigo con el tenebroso retablo de su pasado pecador. Para la valoración del calibre existencial de estas líneas, escuetas como un parte de guerra, es preciso pensar en la experiencia que Ignacio tenía del pecado.

                 Sin ser todo lo específicas que la curiosidad del hombre moderno querría[21] las fuentes presentan un cuadro sombrío[22]. [Pág. 132 ->]

                 Es ya significativo el dato que nos da el propio San Ignacio: “Y llegado a Monserrate, después de hecha oración y concertado con el confesor, se confesó por escrito generalmente, y duró la confesión tres días”[23].

                 Pero como si no bastara, añade más abajo:

“Mas en esto vino a tener muchos trabajos de escrúpulos. Porque, aunque la confesión general que había hecho en Monserrate había sido con asaz diligencia y toda por escrito como está dicho, todavía le parecía a las veces que algunas cosas no las había confesado, y esto le daba mucha aflicción…”[24].

                 Y la borrasca fue tal que, como pondera LA PALMA, “se había visto a punto de anegarse”[25]. Terribles remordimientos, resultado de sus pecados, pero no menos “de un conocimiento extremadamente claro de la Divina Majestad”, subraya con razón el P. RAHNER[26].

                 Eso mismo parece decirnos el dato de POLANCO[27] al escribir a renglón seguido de la eximia ilustración del Cardoner:

                 “Ab hoc tempore in maiorem ac profundiorem sui cognitionem ingressus est, et peccata vitae suae anteactae, ut penitius cognoscere, ita maiori cum amaritudine animi ac contritione deflere cepit”

[Traducción del digitalizador: “A partir de este tiempo ingresó en un conocimiento mayor y más profundo de sí mismo, y los pecados de su vida pasada, al conocerlos más plenamente, empezó así a llorarlos con mayor amargura de ánimo y contrición”]

                 No es otro el fin de la Primera Semana. Dar al hombre una toma de conciencia del yo pecador, que responda a aquel conocimiento de Dios que decíamos quedaba en la base del Principio y Fundamento ignaciano.

                 Profunda y teológica interrelación la que va entre el sentido de Dios y el sentido del pecado[28]: “Cuando el misterio de Dios se revela, el hombre se siente como opuesto al Señor; el Santo descubre al pecador”[29].

                 Toda la sobria redacción de estos textos de la Primera Semana está pensada con el “yo pecador” en el centro. El objeto real soy yo. En mí se desarrolla ese drama negro del pecado. Si Ignacio sigue en el primer ejercicio su consabida táctica psicológica, de presentar los cuadros en tercera persona[30], no es sino para acorralar al yo con unas consecuencias que caen a plomo sobre el alma exigiendo imperiosamente “vergüenza y confusión” (n. 48).

                 Por si eso es así ya en el 1er. Ejercicios de tres pecados, el 2º Ejercicio pone resueltamente al ejercitante de cara frente a Dios. Ya no cabe duda: se trata de mí, sólo de mí. [Pág. 133 ->]

                 “Hace la impresión – ha escrito certeramente el P. BEIRNAERT [31]– de que Ignacio se esfuerza ahí por hacer volver a encontrar algo de lo que pasó por él en el Cardoner. Todo se desarrolla en la presencia de Dios, y no es inteligible sino así. Los pecados son evocados en concreto, pesados, tomados en su fealdad y malicia que no se entienden sino ante la santidad absoluta (“dado que no fuese vedado”: n. 57). En ellos aparece el yo pecador. De él se adquiere conciencia inmediata a lo largo del 3er. Y 4º Puntos en un esfuerzo de realización afectiva y efectiva, que lleva al ejercitante a palpar lo nada, en el sentido bíblico de la palabra, que es toda creatura pecadora ante el Criador”.

                 Y comentando el famoso Punto 5º[32] continúa diciendo:

                 “El 5º Punto expresa el desenlace de este ejercicio dramático: un momento de emoción sagrada que evoca irresistiblemente el sentimiento del pecador bíblico ante Dios, con su impresión de no poder subsistir ante Su faz, de ser excluido y cercenado de la existencia por la conjuración de un universo armado por la justicia divina”[33].

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                 Ya la visión de Dios del Principio y Fundamento tenía que llevar a Ignacio a sentir profundamente el abismo que le separaba de la Divina Majestad[34].

                 Los Ejercicios de los pecados, por vía de contraste, completaron la obra, dejando al Santo irrevocablemente sumido, anonadado en el más humilde de los acatamientos.

                 El P. LA PALMA explica profundamente[35] cómo el gran fruto buscado por San Ignacio con las meditaciones de los pecados está precisamente en ahondar en nosotros el propio conocimiento, gran atajo para llegar a la necesaria humildad. Pues para que los ejercicios de humildad: “sean firmes y sólidos, es menester que tengas sus raíces y fundamento en lo más hondo del corazón y del propio conocimiento, donde un hombre se ha de deshacer y aniquilar tanto, y ponerse en tan bajo lugar, que ninguno le pueda poner en otro inferior”[36].

                 Prueba viva de la verdad de estas reflexiones nos la ofrece el mismo Ignacio en su vida posterior. Estos ejercicios de Primera Semana le dejaron tan enraizado en la humildad para siempre, que las fuentes ponderan a porfía este punto. Así POLANCO en su Sumario[37]: [Pág. 134 ->]

                 “Pero es así que él a los principios tentado y temeroso de vanagloria, aun su sobrenombre no osaba decir, porque no lo tuviesen (como lo era) por noble, después dióle el Señor tan profundo conocimiento de sí, y por consiguiente le humilló tanto en sí mismo, y tan de raíz le libró de la pasión de la vanagloria, que le oí decir que había 18 o 20 años que no se había confesado de ella”[38].

                 La misma noticia nos conserva GONZÁLES DE CÁMARA en la Introducción al relato autobiográfico del Santo[39].

                 En cuanto a RIBADENEIRA, conocido es su modo de ponderar la humildad del Fundador[40]. En el capítulo III del Libro V de su Vida está bien resumido su sentir, y nos parece escuchar un eco de aquel “mirarme como una llaga o postema de donde han salido tantos pecado y tantas maldades y ponzoña tan turpissima” (n. 58) al leer: “Acuérdome que un día me dijo que había de suplicar a nuestro Señor que después de él muerto echasen su cuerpo en un muladar para que fuese manjar de las aves y de los perros. ‘Porque siendo yo – dice – como soy un muladar abominable y un poco de estiércol, ¿qué otra cosa tengo de desear para castigo de mis pecados?’…”[41].

                 Por eso ha podido destacar el P. DE GUIBERT como rasgo característico de la vida interior del Santo “la coexistencia en él hasta el final, de los dones infusos más eminentes con prácticas ascéticas que a muchos parecerían buenas sólo para principiantes. En primera línea, el uso de frecuentes exámenes de conciencia continuando hasta el fin de su vida…”[42].

                 “Y este examen – puntualiza más abajo – no era sólo una mirada sobre el modo más o menos perfecto con que se habían hecho las acciones, sino también una humilde búsqueda de las faltas que se le habían escapado…”[43].

                 Y es que “estamos… ante un Santo que junto a los más altos grados de la vida mística… conserva vivísima la preocupación del pecado y no cree superfluo examinarse frecuentemente para conocerlo, detestarlo y expiarlo”[44].

                 Tan entrañada quedó en Ignacio para siempre esta humildad que, como al principio dijimos[45], es fiel compañera del acatamiento en los textos del Diario Espiritual.

                 Pero las enseñanzas de estos Ejercicios de los Pecados no paran aquí. Tienen también algo interesante que decirnos sobre los otros dos elementos emparejados con el acatamiento en el Diario: la reverencia y el amor. Veámoslo.

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[Pág. 135 ->]  

Puesto a buscar entre las sobrias fórmulas de los Ejercicios de Primera Semana algo así como el elemento formal, o definición de lo que para San Ignacio es el pecado, no encuentro fórmula más directa que la que nos dan aquellas palabras del 1er. Punto (Pecado de los Ángeles) del 1er. Ejercicio: “No se queriendo ayudar con su libertad para hacer reverencia y obediencia a su Criador y Señor, veniendo en soberbia…” (n. 50).

                 Que el pecado es el desorden fundamental – el reverso de aquel Principio y Fundamento que marca las líneas maestras del orden querido por Dios en su creación – es algo fura de duda[46].

                 Que los ángeles tengan como fin el mismo que San Ignacio señala para el hombre, tampoco parece admitir discusión[47].

                 La consecuencia, pues, se desprende madura y es por demás interesante para nuestro tema: Lo más esencial, lo más característico de la fórmula ignaciana del Principio y Fundamento es la reverencia, es decir el segundo elemento del tríptico fundamental. Y es que San Ignacio, al querer definir de un brochazo lo negro del desorden del pecado de los ángeles, no ha dudado en la expresión: si pecado fueno hacer reverencia a su Señor; no cumplir el fin para que su Criador les había criado – a ellos, lo mismo que a los hombres --: para hacer reverencia.

                 Creo que después de todo lo que arriba dijimos, ésta es una luz lateral que viene a presentarnos, iluminada con nueva claridad, la figura de Ignacio fundamentalmente anclado en su postura de acatamiento reverencial o de humilde reverencia[48].

                 Y sin querer se le van a uno los ojos del alma a aquella entrañable devoción del Fundador por los Ángeles, cuya actitud parece envidiar y emular:

“Antes de la oración preparatoria, una nueva devoción con un pensamiento o juicio que debía andar o ser como ángel para el oficio de decir Misa…”[49]. [Pág. 136 ->]

                 Di los ángeles malos, “no queriendo… hacer reverencia… a su Criador”, son el prototipo del desorden fundamental, buscando un modelo para su actitud ante Dios es natural que Ignacio lo encuentre en lo ángeles bueno, cuya postura en el cielo nos la describe San Juan en aquel adorar y repetir día y noche: “Santo, santo, santo” ante el trono de la Majestad divina[50].

                 Si se ha podido decir[51] que la mística ignaciana o es seráfica ni querúbica, sino angélica – es decir, una mística en la que la “acción divina… no tiende principalmente ni a hacer amar, ni a hacer contemplar, sino a hacer servir”[52] --, ¿será violento ver una subterránea relación entre ese tipo de mística típicamente verificado en Ignacio y sus anhelos de emular la actitud reverente de quienes están, por nombre y por oficio, al servicio de Dios?[53]

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                 Un paso más y entramos finalmente en el elemento que nos quedaba de los emparentados al acatamiento en el Diario Espiritual: el amor.

                 Aunque el enfoque sicológico, existencial que tienen estas meditaciones de los Pecados vibra al unísono con aquello del Kempis: “Opto magis sentire compunctionem, quam scire eius definitionem”[54], no dejan de apuntar aquí y allá elementos que, incluso conceptualmente, dibujan netamente la esencia del pecado. Acabamos de ver uno de ellos.

                 Otro, no menos expresivo, nos parece el que da San Ignacio en el 3er. Punto del 1er. Ejercicio: “cómo en el pecar contra la bondad infinita…” (n. 52).

                 Quien recuerde las preferencias del estilo ignaciano por el uso de la endíadis[55] sabe que ese “y” equivale a un “o”. O sea que pecar es lo mismo que hacer contra la bondad infinita. Es exactamente lo que poas líneas antes acaba de decir Ignacio: “trayendo a la memoria la gravedad y malicia del pecado contra su Criador y Señor” (n. 50) y lo que se trasluce en aquel “culpándose por algún mal hecho” (n. 54) en que dice el Santo que consiste el coloquio; o, en fin, lo que expresamente vuelve a escribir en el 4º Punto del 2º Ejercicio: “considerar quién es Dios contra quien he pecado” (N. 59).

                 San Ignacio no sabe ni quiere ni puede mirar al pecado sino en función de Dios estremecedora y actual. De nuevo el tremendo contraste de la Majestad Divina y frente a ella – contra ella[56] – yo, pecador. [Pág. 137 ->]

                 “Descubierta trágica del yo pecador. Su intensidad insoportable[57], si no fuera acompañada del descubrimiento correlativo del yo salvado. Porque San Ignacio no busca la revelación del pecador sino para hacer estallar la del amor”[58].

                 Ya en el segundo preámbulo del 1er. Ejercicio implícitamente está palpitando el pasmo de Ignacio ante el Amor salvador:

                 “Aquí será demandar vergüenza y confusión de mí mismo, viendo cuántos han sido dañados por un solo pecado mortal y cuántas veces yo merecía ser condenado para siempre por mis tantos pecados” (n. 48)

                 Pero ese pasmo estalla en el Coloquio donde se reitera patéticamente la doble mirada – Dios: yo --: “Imaginando a Cristo Nuestro Señor delante y puesto en cruz, hacer un coloquio; cómo de Criador ha venido a hacerse hombre, y de vida eterna a muerte temporal, y así a morir por mis pecados. Otro tanto, mirando a mí mismo, lo que he hecho por Cristo, lo que hago por Cristo, lo que debo hacer por Cristo; y así viéndole tal, y así colgado en la cruz, discurrir por lo que se ofreciese” (N. 53).

                 Es la erupción del amor agradecido ante el Amor salvador. Pero, notémoslo bien, amor de caballero. Ignacio ha trocado sus vestidos de noble por el saco de peregrino, pero debajo del saco sigue latiendo el mismo corazón de hidalgo de Loyola. De ahí su insistencia en las peticiones: “vergüenza y confusión de mí mismo…” Es la aguda experiencia de la interior “contradicción entre el pundonor caballeresco y la vergonzosa sumisión a los bajos instintos… agravada por el noble sentimiento del decoro pisoteado, la típica vergüenza ignaciana”[59].

                 Su pecado ha sido una felonía. Qué claro lo dicen las cortas líneas de la 2ª addición: “Trayéndome en confusión de mis tantos pecados, poniendo exemplos, así como si un caballero se hallase delante de su rey y de toda su corte, avergonzado y confundido”… (n. 74).

                 Pero es que además este Rey ha sido tan bueno para su caballero: “avergonzado y confundido en haberle mucho ofendido, de quien primero rescibió muchos dones y muchas mercedes”.

                 Así se plantea de nuevo en el noble corazón de Ignacio el dramático contraste entre la Bondad infinita de su Rey y la negra ingratitud de su pasado pecador.

                 Todas las vivencias de la división de Dios en el Principio y Fundamento pasan íntegras y potenciadas a la persona de este “Christo nuestro Señor” a quien me [Pág. ->] imagino “delante y puesto en cruz” en el Coloquio. Él no es sino aquel mi “Criador” que por mí “es venido a hacerse hombre, y de vida eterna a muerte temporal, y así morir por mis pecados”.

                 El cuadro es tan imponente que Ignacio opta por callar para que el corazón hable: “y así viéndole tal y puesto en la cruz, discurrir por lo que se offresciere”.

                 Así Ignacio en la primera jornada ha llevado al ejercitante hasta estas alturas desde las que se atalayan claramente la línea y el color de la segunda Semana con la noble disposición del nuevo caballero de Cristo en la meditación fundamental del Reino de Cristo[60].

                 “Otro tanto mirando a mí mismo lo que he hecho por Christo, lo que hago por Christo, lo que debo hacer por Christo”” (53).

                 Así el contraste acucia el amor y las ansias de servicio.

                 Pero un amor y un servicio infinitamente humilde y reverente. Aunque el Rey lo olvide todo; mejor, precisamente porque lo olvida, yo no puedo, no quiero olvidar jamás que yo soy aquel caballero traidor a quien su Rey perdonó y llamó para siempre a su servicio especial.

                 El amor aviva la humildad, y la humildad atiza el fuego del amor.

                 Y todo confirma para siempre a Ignacio en su postura fundamental: reverencia y humildad amorosa, ACATAMIENTO.

ALFONSO Mª NEBREDA, S.J.

 


[1] (Nota del digitalizador del texto: un asterisco junto al título envía a una nota en que se cita el anterior artículo en Manresa 32/(1960) n. 122, pp. 45-66) Aún hablando de Jesús se mantiene Ignacio en la misma línea: Frente a 13 veces que se lo llama Jesús y 9 Jesú (con varios matices) son 71 las veces que el Redentor es llamado “nuestro Señor”, 19 es el “Señor”, etc., etc. Cfr. CALVERAS, Ejercicios Espirituales 401

[2] Cf. las observaciones del P. ROOTHAAN, Ejercicios Espirituales 64, notas 10 y 11. [Nota del digitalizador: obsérvese el paralelismo con la oblación de la contemplación para alcanzar amor, como si fuese una inclusión al comienzo y fin de los ejercicios]

[3] Y vimos con PUIGGROS (nota 56, con su texto correspondiente) cómo son nada menos que 29 las veces que sale la fórmula implícita y 5 la explícita.

[4] Subrayo aquí de paso la actualidad de esta visión ignaciana si se explica adecuadamente. Cf. las pertinentes observaciones de BEIRNAERT, art. Cit. 23 ss. Ídem DANIELOU, La visión ignatienne 11-13

[5]Cf. DE GUIBERT, La Spiritualité 115-116; M. GIULIANI, Les Motions de l’esprit « Christus » 4 (1954) 63 ss. ; 71 ss ; IPARRAGUIRRE, A Key 77-78

[6] GIULIANI Ibíd. 72

[7] “Suele nuestro Padre ser tan constante en las cosas que emprende que hace espantar a todos” (MI Font. Nar I, 693). Y las razones que añade CÁMARA confirman nuestro punto: “Las causas que desto ocurren, la primera es: porque considera mucho las cosas antes de que las determine. La segunda, porque hace sobre ellos mucha oración, y tiene lumbre de Dios” (Ibídem)

Cf. Ibíd. 536, n. 16; 727, n. 364, etc.

                Lo mismo asegura Laínez: “es firme en lo que una vez juzga o por lumbre divina o por razón, con tal que sea persuadido; y no se dexa fácilmente mover” (MI Font Nar I, 140, n. 60)

[8] RAMBALDI, Cristo en San Ignacio 113. Véase el despliegue de textos que demuestran tal afirmación: Ibíd. 112-115. Pero debajo de esa aparente indecisión: “Esta es la totalidad de la abnegación y de renuncia que San Ignacio pide en los textos que poco antes decíamos contenían falta de iniciativa y una cierta indecisión. Servir a Dios hasta desaparecer” Ibíd. 115

                También PEETERS, Vers L’union 67-68 subraya que San Ignacio en los momentos más cruciales exige esta actitud pasiva frente a la gracia. Cfr. también BEIRNAERT, art. Cit. 26.

[9] Cf. IPARRAGUIRRE, A Key 29 y también en BAC 169, nota 43

[10] Art. Cit. 395.

[11]2.2. q.81 a. 3 ad. 2. Cf. supra nota 52

[12] 2.2 Q. 84 a. 2 ad 2. : Al igual que la oración está primordialmente en la mente, y lo secundario es expresarla mediante palabras, como antes dijimos (q.83 a.12), así la adoración consiste principalmente en la reverencia interior a Dios y, secundariamente, en ciertos signos corporales de humildad, tal como en arrodillarnos, significando con ellos nuestra incapacidad en comparación con Dios, y en postrarnos, con lo que confesamos que no somos nada por nosotros mismos”.

[13] Camino espiritual 1, IV cap. 31, 3: p. 680.

[14] 30 de marzo MI Const. I. 131; BAC 320 [Pregunta del trascriptor ¿Diario Espiritual?]

[15] Commentarii I, 23.

[16] Ibídem

[17] Lucas 5, 8

[18] Cf. nota 38

[19] Cf. IPARRAGUIRRE, A Key 43.

[20] Cfr. supra nota 94 y u contexto.

[21]Cf. MI Font Nar I, 330 nota 27

[22] Cf. GRANERO, La conversión 35-37; RAHNER, Notes 314.

[23]MI Font Nar I, 386; BAC 40. Cfr. LETURIA, El Gentilhombre 270 ss. buena reconstrucción de lo que debieron ser aquellos días de examen de conciencia.

[24] MI  Font Nar I, 392-394; BAC 45. Cfr. Lo mismo en el Summ. Hisp. de POLANCO: MI Font. Nar I, 161

[25] Camino Espiritual1.1 c.2, n.2: p. 27

[26] Notes314.

[27] MHSI Chron I, 20; Cfr. LETURIA, Génesis 57

[28] En este punto es enormemente sugestivo y moderno el enfoque del artículo del P. BEIRNAERT, Sens de Dieu et sens du peché cuya línea describe bien el subtítulo: Besoins contemporains et spiritualité ignatiennes. A él seguimos en el siguiente desarrollo.

[29] Id., Ibíd. 18

[30] Piénsese por ejemplo en los siguientes textos de los Ejercicios: nn. 1, 185, 339…

[31] Ibíd. 28

[32] Sobre cuyo sentido el P. RAHNER ha puntualizado, siguiendo a PEETERS, que no se trata de acrobacias emocionales tan fuera de la línea de Ignacio sino de un espontáneo y lógico estallar del formidable dramatismo acumulado antes. “It arises – concluye – from a powerfull mystical experience and belongs, therefore, to the arcana verba of the Saint.” Notes 316

[33] Ibíd. 28-29

[34] Y por eso subraya NADAL que “hoc donum (de la ilustración del Cardoner) semper magni fecit Ignatius, de hoc vehementem animi modestiam ac humilitatem concepit”.  A este don siempre le preció muchísimo Ignacio, y de él recibió una vehemente modestia de ánimo y humildad”. Cf. LETURIA, Génesis 56.

[35] Camino Espiritual 1.II, c. 21: pp. 179 ss.

[36] Ibíd. P. 280.

[37] 22: MI Font Nar I, 162-163

[38] Idéntico tono de admiración vibra en la carta del mismo POLANCO a la muerte del Santo. Cf. MI Font Nar 767-768

[39] MI Font Nar I, 354-356, 591-592

[40] De Actis, n. 37; Dicta et Facta n. 51: MI Scripta I, 352.404.

[41] Ibíd. 455

[42] Spiritualité 50

[43] Ibídem.

[44] RAMBALDI, Pedir crecido… 508. Todo el artículo es muy interesante para el tema que tratamos: El Acatamiento en la Primera Semana.

[45] Cf. la nota 20 del artículo anterior

[46] Bien advierte, pues, SCHIELGEN (Op. cit. 108) que lo típico del pecado —como reverso de aquella actitud del Fundamento – es ese no someterse a Dios.

                Y MARCHETTI por su parte insiste en que este es el tono del 2º Punto de la Meditación de los Pecados Propios: “Que questa brutezza e malizia non sia tanto il manco di ubbidienza a Dio, del cuale si dovrebbero investigare non solo i comandi, ma i deideri e gli stessi gusti? Io lo credo; e allora come il manco di reverenza è il peccato, così il tributo di riverenza è l’amore” (Op. Cit. 140).

[47] Piénsese solamente en las fórmulas de Lombardo etc. de que arriba dijimos y se verá que allí se trata de la rationalis creatura, no del hombre exclusivamente.

[48] Véase el toque con que completa Ignacio el cuadro del pecado: “veniendo en superbia…”.

[49]10 de marzo: MI Const I, 122; BAC 312. Cf. También el dato del 29 de marzo: “Con parecerme que era mayor perfección sin lágrimas, como los ángeles, hallar interna devoción y amor…” MI Const I, 131; BAC 319. Cfr. LARRAÑAGA, Obras 657-658.

[50] Por esto nos parece muy en su punto la alusión del P. ENCINAS a los ángeles al explicar este punto de Hacer reverencia. Cf. Ejercicios 29.

[51] Cf. DE GUIBERT, Mystique 135-138

[52] Id. Ibíd. 137.

[53] Sin llamarlo acude también a la memoria el dicho del Santo que nos legó RIBADENEIRA: “Los de la Compañía deben ser con los prójimos que tratan, como los ángeles de la guarda con los que les han sido encomendados, en dos cosas: la una en ayudarlos cuanto puedan para su salvación; la otra, en no turbarse ni perder su paz, cuando habiendo hecho lo que es en sí, los otros no se aprovechan” Vida, Algunos dichos, 11: p. 583

[54]De Imitatione Christi Lib I, cap. 1, 9. [Prefiero sentir la compunción que saberla definir] La petición de San Ignacio es: “para que sienta interno conocimiento de mis pecados y aborrescimiento de ellos…” (n. 63).

[55] Cfr. supra nota 19 con su contexto correspondiente.

[56] Qué bronco y angustioso resuena el eco de este “¡Yo… contra Dios!” en los puntos 3º, 4º y 5º del 2º Ejercicio

[57] De Ignacio sabemos que le puso al borde del suicidio: “Estando en estos pensamientos, le venía muchas veces tentaciones, con grande ímpetu, para echarse por agujero grande…” MI Font Nar I, 396; BAC 46

[58]  BEIRNAERT, L. c. 29.

[59] RAHNER, Ignacio de Loyola, 22

[60] Cf. RAHNER, Ignacio de Loyola, 22; RAMBALDI, Pedir crescido 516. Cf. también J. SOLANO, Jesucristo en la Primera Semana de Ejercicios 173-175.