EN TORNO A LA GRACIA DE ACATAMIENTO AMOROSO

Manuel Ruiz Jurado S.J.

Manresa, Vol. 35 (1963) pp. 145-154

[pág. 145 ->]  9-marzo-1954. – San Ignacio de Loyola, siempre atento a los movimientos internos que pudieran manifestarle la voluntad de Dios aun en el modo de conducirse en la oración, siente que Dios Nuestro Señor le “quería mostrar alguna vía (nueva) o modo de proceder”[1].

            La gracia se ha venido insinuando por medio de algunos sentimientos registrados en su diario en los días 27 de febrero, 3 y 8 de marzo. Se trata de “una humildad mucho más grande”, un “cierto acatamiento reverencial”, “más allegado a amor reverencial que a otro alguno”.

            En los días siguientes irá notando una insistencia, casi ininterrumpida, de la consolación de Dios en este mismo sentido, hasta que el día 17 de marzo alcanza su punto culminante la gracia infusa del acatamiento reverencial y se le confirma claramente el significado de la voluntad de Dios sobre el nuevo camino que ha de seguir. Para gozar sin mezcla de interés de las gracias de Dios ha de preferir el acatamiento a las lágrimas y visitaciones. En adelante, debe atender primero a la gracia del acatamiento y satisfacer en ella su devoción, aunque no vinieran lágrimas y demás consolaciones[2].

            Se explicitará más la dirección y el contenido de esa gracia de acatamiento, cuando el día 30 le haga insistir en el matiz amoroso y extienda también a las criaturas el objeto de referencia de la reverencia amorosa. Un nuevo paso en el desarrollo de la misma gracia le hace notar, al día siguiente, que su actitud de respuesta a esa gracia ha de permanecer viva, a lo largo de la jornada entera, para poder hallar su plenitud sagrada en la celebración del Santo Sacrificio.

            Todavía el 4 de abril aparece una nueva repercusión ascética de la gracia mística de acatamiento amoroso. El Santo llega a entender que cuando no se encuentra la reverencia y acatamiento amoroso debe buscar el temeroso, como medio para llegar al amoroso. El recuerdo de las propias faltas es motivo que

[pág. 146 ->] debe conducir al alma a esa actitud de acatamiento temeroso. Diríamos que ha encontrado el modo que ha de emplear para disponer su alma a la infusión de esa gracia especial de Dios, que no está en su mano, y una como impetración práctica de la misericordia divina para que se digne comunicarle el don de acatamiento amoroso.

 


[1] SAN IGNACIO DE LOYOLA: Obras Completas: Autobiografía y Diario Espiritual, BAC. Madrid 1947, p. 737

[2] Véase o.c., pp. 753-56: lo que en el Diario del santo ocupa domingo y lunes (días 16-17 de marzo). Adviértase cómo el día 17 y se insiste en el “conato en buscar y hallar” como para que resalte más la persuasión de su “impotencia en hallar”, “no siendo en mi facultad hallar”.

            He aquí implicados una serie de problemas ascético-místicos, y soluciones ignacianas del mayor interés. En algunas ocasiones haremos la correspondiente insinuación por medio de notas, para centrar así nuestro trabajo en dilucidar la naturaleza de esta gracia de acatamiento amoroso concedida a San Ignacio, e iluminar sus repercusiones en la espiritualidad ignaciana.

           

            GRACIA MÍSTICA. – Parece cosa clara que nos encontramos ante una gracia de orden místico, si atendemos a los términos con que la describe el Santo.

            En cuanto implica un objeto conocido, término al que se dirige el acatamiento, se trata de una manifestación de la Santísima Trinidad o de cada una de las Personas en particular, comunicándose en visión intelectual al alma de San Ignacio. Un fenómeno espiritual, intuitivo, simple, “fuera de las fuerzas naturales”[3]. El Santo recibe la comunicación divina experimentando los efectos concomitantes de “lágrimas de amor”, y un “respeto de acatamiento”, que afectan su sensibilidad humana de una gran afluencia de gusto espiritual, hasta perder a veces el habla; conjunto tan “admirable, que explicar parece que no se puede”[4].

            San Ignacio siente que ese don des muy superior a todo esfuerzo suyo, y reconoce su impotencia para tenerlo a su arbitrio y disposición[5]. Lo experimenta, además, con la conciencia de la visitación de Dios que se hace presente a su alma para producir en ella efectos maravillosos[6].

            Tenemos todos los datos que necesitamos para concluir la presencia de una gracia mística: vista intuitiva y simple, pasividad en el conocimiento y el amor, independencia de los esfuerzos humanos, experiencia de la presencia de Dios actuando en el alma, efecto santos, en particular de auténtica humildad[7].

Más aún, desde aquella cima de su vida de experiencias místicas tan abundantes, San Ignacio llega a decir: “Me persuadía, que en más tenía esta gracia y conocimiento para el provecho espiritual de mi ánima que todas las otras pasadas”[8].[Pág. 147 ->]

 


[3] Así la califica el Santo: o.c., pp. 717-18, correspondiente al 27 de febrero.

[4 Véanse, sobre todo, las descripciones de los días 27 de febrero y 16 y 17 de marzo, ya citadas. En otras ocasiones se anotan sollozos, diversas mociones, inteligencias y visitaciones, en el complejo de fenómenos experimentados por el santo con la gracia de acatamiento: véanse los datos de los días 3 a 14 y, en general, del 16 al 31 de marzo.

[5] El 14 de marzo anota: “No era yo o mío”. El 15: “Ninguna cosa de pode sentir”. El 17: “No siendo en mi facultad poder hallar acatamiento”. Véase el estudio que a propósito de la gracia de acatamiento hace en la o.c., de la BAC el P. Larrañaga, introductor y comentador de la obra: pp, 651-58, en particular 652-54.

[6] Véase cómo repite el día 17 la palabra visitación.

[7] Nos atenemos al resumen del P. De Guibert en su segundo artículo sobre espiritualidad de San Ignacio, publicado en “Revue d’Ascétique et Mystique” 19 (1938) pág. 134. Añadimos la nota de humildad que se suele exigir para distinguir la verdadera de la falsa mística.

            Merece la pena que intentemos penetrar más detalladamente en el estudio de esta gracia mística a la que el mismo Santo dio tan gran importancia. Con razón A. Haas, al llegar a este punto del Diario Espiritual de San Ignacio, cree encontrarse ante “un pasaje esencial en la espiritualidad ignaciana”[9].

ANÁLISIS PSICOLÓGICO. – Desde un punto de vista psicológico, nos parece que esta gracia afecta formalmente a la voluntad del Santo, causando en ella un asentimiento pleno a la voluntad divina matizado de amor, devoción, absoluta disponibilidad respetuosa. Consecuentemente la sensibilidad espiritual y aun la orgánico-vegetativa experimentan la correspondiente redundancia de consolación, gozo y lágrimas.

            Pero a la base de tales fenómenos está la iluminación producida en el entendimiento por la visión de la dignidad divina, que le ha llevado a la persuasión enormemente profunda de su infinita trascendencia, adorable respetabilidad y sobrecogedora majestad.

            Para emplear una fórmula filosófica, diríamos: la gracia de acatamiento amoroso afecta radicalmente al entendimiento, formalmente a la voluntad, consecuentemente a la sensibilidad del Santo.

            Este nos parece el núcleo fundamental de la gracia que estudiamos, en su aspecto psicológico; aunque a veces, anota San Ignacio derivaciones de la reverencia o ampliación de su objeto, tomando por término también las criaturas, por su participación en la dignidad divina, y con frecuencia complete y matice el núcleo fundamental con otras “inteligencias”, “mociones”, y “sentimientos interiores” concomitantes.

ACTUACIÓN DE LOS DONES. – Desde el punto de vista de la teología espiritual nos parece ver aquí una actuación de las facultades sobrenaturales del alma, que constituyen los dones del Espíritu Santo, en particular los dones de temor de Dios y sabiduría.

            Vemos una actuación extraordinaria del don de temor de Dios en ese sentimiento de la grandeza de Dios, que sumerge al Santo en una profunda reverencia y humildad, una perseverante actitud de adoración. El don de temor no se actúa aquí como temor de la ofensa, sino como acatamiento de la divina majestad en un anticipo o preludio del que continuará en el Cielo sobrecogiendo de estupor sagrado, adoración y amor, la inteligencia y el corazón de los bienaventurados[10].

 


[8] SAN IGNACIO, o.c. antes, BAC, p. 753. Compárese con p. 755: “… cerca haber hallado la vía que se me quería mostrar, pareciéndome ser la mejor de todas y para siempre que debo llevar”.

Ayudará a valoración adecuada de la presente gracia, tener en cuenta que e preferida a la de las lágrimas, de cuyo aprecio nos consta por la carta a San Francisco de Borja de 20-9-1548. Observemos de paso la postura del Santo con respecto a estos dones de Dios que no están en nuestra mano: quiere que se pidan con humildad, que el alma los busque y se disponga para ellos. Véase la práctica de este consejo en los días 17 y 30 de marzo; 1, 2 y 4 de abril, del Diario.

[9]  A. HAAS: Im Geistlichen Tagebuch des hl. Ignatius, „Geist und Leben“ 26 (1953), pág. 336.

            Habría que referir al don de sabiduría esa participación inefablemente gozosa de la vida trinitaria, y ese instinto especial del Espíritu Santo que le hace sabo- [pág. 148 ->] rear como por cierta connaturalidad la infinita trascendencia divina y el auténtico anonadamiento humano ante todo lo que signifique un rayo de la infinita potencia y dignidad divina[11].

            Actuaciones referibles principalmente a los dones de entendimiento y de consejo, servirían quizás para explicarnos las luces interiores y mociones que completan el núcleo fundamental de la gracia mística de acatamiento amoroso en San Ignacio. Por el don de entendimiento se le va descubriendo de un modo extraordinario el misterio adorable, divino, que se esconde bajo las apariencias creadas de las cosas, en especial de las que sirven al Santo Sacrificio, y de las personas que nos rodean. El de consejo le hace encontrar, como instintivamente, el modo más acertado de conducirse en su trato diario con Dios, en vida ordinaria, en el comercio con los hombres en quienes reverencia amorosamente la presencia sagrada de Dios y la participación de la dignidad divina que ostentan.

REPERCUSIONES ASCÉTICAS. – Tratemos ahora de constatar las derivaciones que en orden al esfuerzo ascético importó la gracia del acatamiento amoroso en San Ignacio.

            El 8 de marzo siente inclinación a buscar una humildad muy profunda, y nota que cuanto más se abaja y humilla, sin atreverse siquiera a levantar la mirada hacia el cielo, más “gusto y visitación espiritual” encuentra[12].

            Un nuevo pensamiento se le impone el día 10: “Debería andar o ser como ángel para el oficio de decir Misa”[13].

 


[10] A. ROYO MARÍN: Teología de la perfección cristiana, BAC, Madrid 1954, p. 511. Cf. SANTO TOMÁS 2-2, q. 19, arts. 9 y 11. San Gregorio en sus “Morales” XVII, al exponer Job 26, 11, dice, según la cita de Santo Tomás a propósito de que aún las Potestades del cielo tiemblan ante el Señor: “Pero ese temblor, para que no les sea una pena, no es de temor, sino de admiración”.

[11] ROYO MARÍN: o.c., pp. 539-41. Sobre los efectos de los dones de entendimiento y consejo ver la misma obra, pp. 486-88 y 556-60.

[12] En Obras completas de San Ignacio, BAC, pp. 735.36. En los “Ejercicio Espirituales” aconseja el Santo que antes de empezar la contemplación o meditación se detenga el ejercitante unos momentos levantando su entendimiento a considerar a Dios presente y haga una reverencia o humillación (3ª ed.). En la Anotación 3 advierte “que en los actos de la voluntad, cuando hablamos vocalmente o mentalmente con Dios nuestro Señor o con sus santos, se requiere de nuestra parte mayor reverencia, que cuando usamos del entendimiento entendiendo”.

[13] Distingue el Santo la devoción y suavidad que acompaña a su nuevo pensamiento: en BAC, Obras Completas, p. 738

                El 14 se particulariza ese pensamiento en la reverencia con que debe “nombrar (en la Misa) a Dios Nuestro Señor, etc.”, y comienza a sentir la necesidad de rechazar las lágrimas para atender ante todo al acatamiento. Modo de proceder que encuentra su confirmación infusa el 17[14].

            El día 30 descubre que el acatamiento no debe ser temeroso, sino amoroso. Pero, lo que es muy característico del Santo, es que entiende que la humildad y reverencia amorosa se ha de observar también ante las creaturas, y en particular, ante los hombres; aunque a veces haya que adoptar una actitud aparen- [pág. 149 ->] temente opuesta – sólo por excepción – como la de Cristo cuando hubo de reprender a los fariseos[15].

            En los días siguientes quedará claramente confirmada la voluntad de Dios de que ha de procurar conservar, durante toda la jornada, ese estado de humildad amorosa, como disposición o ayuda para encontrar la sublimidad mística de esa gracia en el tiempo del Santo Sacrificio[16].

            Por fin, nos encontramos, en la última nota sobre el acatamiento, una característica bien ignaciana: “No hallando reverencia o acatamiento amoroso (entiende que), se debe buscar acatamiento temeroso, mirando las propias faltas, para alcanzar el que es amoroso”[17].

            Otras muchas luces sobre su modo de proceder recibió San Ignacio en estos días. Algunas de ellas saltan a primer plano con sólo leer el Diario; pero prescindimos ahora de ellas para atender solamente a las más directamente relacionadas con la gracia del acatamiento.

            En resumen, podríamos decir que en estos días de la gracia del acatamiento, la ascética ignaciana recibió una dirección y un impulso profundo hacia la humildad y reverencia. Primero en el trato íntimo con Dios en la oración personal y en la litúrgica. Segundo, en el trato de las cosas sagradas o de alguna manera relacionadas con lo sagrado. Tercero, en el trato de cosas y personas en los diversos quehaceres de la vida ordinaria, y de un modo especial en el trato apostólico de las personas, como podremos comprobar de algún modo en sus consejos y normas espirituales.

 


[14] Obra última citada, pp. 751-57. Nótese especialmente la indiferencia y pureza de intención cultivada por el Santo en su oración del día 16: pide acatamiento, “y en cuanto a visitaciones o lágrimas, no se me diesen, si igual servicio fuese a la su Divina Majestad, o gozarme de sus gracias y visitaciones limpiamente, sin interés”. En cambio, Dios le premia enviando sus visitaciones como una secuela de la actitud pura del Santo.

            Advirtamos la introspección del Santo continuamente atento a ver por este examen de las consolaciones y desolaciones del Señor, cuál es la voluntad de Dios sobre él en cada momento: o.c. p. 754.

[15] BAC, obra citada últimamente, pp. 759-60. Se refiere el Santo al pasaje de San Juan 8, 55: “ero similis vobis, mendax”.

[16] Días 1, 2 y 4 de abril: en la obra que venimos citando, pp. 760-62

[17] La misma obra, p. 762. (Adviértase la coherencia de esta luz con la Regla 18 para sentir con la Iglesia (“Ejercicios”, nº 370): “Dado que sobre todo se ha de estimar el mucho servir a Dios nuestro Señor por puro amor, debemos mucho alabar el temor de la su divina majestad…”)

            Pero creemos que interesa tener en cuenta la etapa espiritual del Santo y otras circunstancias ambientales para clasificar más rectamente o, al menos, para conjeturar con más fundamento la clase de consecuencias que pudo tener esta gracia que estudiamos en San Ignacio.

            El Santo se encontraba ya en el estado de unión. Compárese, si no, el estado que notamos en las páginas del Diario con la descripción de la unión estable que hace Arintero:

            “Celebrado ya el matrimonio (espiritual) con la renovación y transformación que implica esta unión estable, queda el alma confortada y con todo el vigor necesario para recibir impunemente y sin ninguna inmutación exterior los excesos de la luz divina. Ya apenas padece éxtasis, ni raptos, con gozar habitualmente de una presencia más o menos clara de la Santísima Trinidad y ver en ella con frecuencia los más adorables misterios y más recónditos secretos”[18].

            Había precedido ya la visión de la Storta[19] y tantas otras gracias extraordi- [pág. 150 ->] narias. que conocemos por su Autobiografía. Más, el 21 de febrero de este mismo año 1544, una visión extraordinaria de la Trinidad le hace acudir a las expresiones de San Pablo sobre su rapto hasta el tercer cielo para declararla de algún modo[20]. Sabemos que “cuantas veces y en cuantas formas se dedicara a la oración, hallaba siempre a Dios mediante la contemplación infusa, y que no necesitaba atenerse a regla ni método alguno de oración”[21], y que la humildad estaba profundamente grabada como algo substancial en su alma ya desde los días de sus Ejercicios de Manresa[22]. ¿Qué sentido puede tener ahora insistir en una gracia de humildad?

            Parece que hemos de ver en ella una confirmación y extraordinaria profundización mística de su postura reverente ante Dios y ante todas las creaturas en cuanto imagen de Dios. Sus consecuencias se habían de notar en la práctica de un modo nuevo, o un nuevo matiz, en su continua actuación por buscar y hallar a Dios en todas las cosas.

 


[18] Obra última citada, pp. 751-57. Nótese especialmente la indiferencia y pureza de intención cultivada por el Santo en su oración del día 16: pide acatamiento, “y en cuanto a visitaciones o lágrimas, no se me diesen, si igual servicio fuese a la su Divina Majestad, o gozarme de sus gracias y visitaciones limpiamente, sin interés”. En cambio, Dios le premia enviando sus visitaciones como una secuela de la actitud pura del Santo.

            Advirtamos la introspección del Santo continuamente atento a ver por este examen de las consolaciones y desolaciones del Señor, cuál es la voluntad de Dios sobre él en cada momento: o.c. p. 754.

[19] BAC, obra citada últimamente, pp. 759-60. Se refiere el Santo al pasaje de San Juan 8, 55: “ero similis vobis, mendax”.

[20] Días 1, 2 y 4 de abril: en la obra que venimos citando, pp. 760-62

[21] La misma obra, p. 762. (Adviértase la coherencia de esta luz con la Regla 18 para sentir con la Iglesia (“Ejercicios”, nº 370): “Dado que sobre todo se ha de estimar el mucho servir a Dios nuestro Señor por puro amor, debemos mucho alabar el temor de la su divina majestad…”)

            Si tenemos en cuenta, por otra parte, que las circunstancias en las que se encontraba el Santo, aquellos días, eran las de gestación de las Constituciones de la Compañía de Jesús, podremos pensar que, en la Providencia de Dios, aquella gracia de acatamiento y humildad iba dirigida no sólo al bien espiritual de Ignacio de Loyola, sino al de todos los que a lo largo de los siglos habrían de vivir de la espiritualidad ignaciana. Profundo acatamiento amoroso como postura fundamental ante Dios y ante todas las cosas sagradas, y como medio de buscar y hallar a Dios en todas las cosas a fin de realizar una vocación de auténticos contemplativos en la acción.

PARALELOS MÍSTICOS. – Nos ha parecido que se podría ilustrar la gracia de acatamiento en San Ignacio y, sobre todo, el aprecio en que es tenida por el Santo, si hacíamos una comparación con gracias parecidas en otros místicos.

            Oigamos primero a Santa Teresa: “Es, a mi parecer, la más subida visión que el Señor me ha hecho merced que vea, y trae consigo grandísimos provechos. Parece que purifica el alma en gran manera y quita la fuerza casi del todo a nuestra sensualidad… Queda imprimido un acatamiento que no sabré yo decir cómo, mas es muy diferente de lo que acá podemos adquirir…”[23].

            Trata la Santa de una visión de “la Humanidad sacratísima con más excesiva gloria que jamás la había visto. Representóseme por una noticia admirable y clara estar metido en los pechos del Padre: esto no sabré yo decir cómo es, porque sin ver, me pareció me vi presente de aquella Divinidad”[24].

 


[23] SANTA TERESA DE JESÚS: Obras completas, BAC Madrid 1962, p. 163: “Libro de la vida”, 38, 12

[24] La misma obra anterior, 38, 17-8 [Nota del copista: Me parece oportuno poner en esta nota el texto de la Vida 38, 16-18, para mayor facilidad del lector de este artículo: “16. Estando una noche en oración, comenzó el Señor a decirme algunas palabras trayéndome a la memoria por ellas cuán mala había sido mi vida, que me hacían harta confusión y pena; porque, aunque no van con rigor, hacen un sentimiento y pena que deshacen, y siéntese más aprovechamiento de conocernos con una palabra de éstas que en muchos días que nosotros consideremos nuestra miseria, porque trae consigo esculpida una verdad que no la podemos negar. Representóme las voluntades con tanta vanidad que había tenido, y díjome que tuviese en mucho querer que se pusiese en El voluntad que tan mal se había gastado como la mía, y admitirla Él.

Otras veces me dijo que me acordase cuando parece tenía por honra el ir contra la suya. Otras, que me acordase lo que le debía; que, cuando yo le daba mayor golpe, estaba El haciéndome mercedes. Si tenía algunas faltas, que no son pocas, de manera me las da Su Majestad a entender, que toda parece me deshago, y como tengo muchas, es muchas veces. Acaecíame reprenderme el confesor, y quererme consolar en la oración y hallar allí la reprensión verdadera.

17.      Pues tornando a lo que decía, como comenzó el Señor a traerme a la memoria mi ruin vida, a vuelta de mis lágrimas (como yo entonces no había hecho nada, a mi parecer), pensé si me quería hacer alguna merced. Porque es muy ordinario, cuando alguna particular merced recibo del Señor, haberme primero deshecho a mí misma, para que vea más claro cuán fuera de merecerlas yo son; pienso lo debe el Señor de hacer.  Desde a un poco, fue tan arrebatado mi espíritu, que casi me pareció estaba del todo fuera del cuerpo; al menos no se entiende que se vive en él. Vi a la Humanidad sacratísima con más excesiva gloria que jamás la había visto. Representóseme por una noticia admirable y clara estar metido en los pechos del Padre. Esto no sabré yo decir cómo es, porque sin ver me pareció me vi presente de aquella Divinidad. Quedé tan espantada y de tal manera, que me parece pasaron algunos días que no podía tornar en mí; y siempre me parecía traía presente aquella majestad del Hijo de Dios, aunque no era como la primera. Esto bien lo entendía yo, sino que queda tan 

            Las consecuencias para la santa fueron una profundización de la humildad, [pág. 151 ->] en el aborrecimiento de todo pecado y en el desprecio de toda vanidad de este mundo[25]. En particular, nos describe ella, la repercusión de esa gracia en su trato eucarístico con el Señor: “Cuando yo me llegaba a comulgar y me acordaba de aquella majestad grandísima que había visto, y miraba que era el que estaba en el Santísimo Sacramento (y muchas veces quiere el Señor que le vea en la Hostia), los cabellos se me espeluzaban, y toda parecía me aniquilaba”[26].

            Aunque en la gracia, en la visión que la causa, y en las consecuencias inmediatas observamos bastantes semejanzas[27], no se presenta en Santa Teresa con la insistencia que en San Ignacio, ni como una vía a seguir en adelante en su trato con Dios y con las criaturas. Es, sobre todo, en este aspecto de la creación en el que podemos observar declarada diferencia. Para la Santa: “Es una llama que abrasa y aniquila todos los deseos de la vida; porque ya que yo, gloria a Dios, no los tenía en cosas vanas, declaróseme aquí bien cómo era todo vanidad, y cuán vanos son los señoríos de acá; y un enseñamiento grande para levantar los deseos en la pura verdad”[28].

            En cambio en San Ignacio, no es que no hubiera conocimiento de la vanidad de las cosas de este mundo ante la infinita Majestad divina: pero la gracia en él, más bien, le lleva a considerar el aspecto positivo de las creaturas: brilla en ellas el rostro de Dios, son un modo de presencia de Dios, y Dios requiere también nuestro acatamiento amoroso a su presencia en ellas.

            “… las visitaciones espirituales venían en representárseme acatamiento, no solamente a las Personas divinas en nombrarlas o en acordarme de ellas, mas aún en reverenciar el altar y las otras cosas pertinentes al Sacrificio…”[29].

            Y: “Después en el día, gozándome mucho en acordarme de esto, parecerme que no pararía en esto, mas que lo mismo después sería con las criaturas, es a saber, humildad amorosa…”[30].


esculpido en la imaginación, que no lo puede quitar de sí -por en breve que haya pasado- por algún tiempo, y es harto consuelo y aun aprovechamiento.

18. Esta misma visión he visto otras tres veces. Es, a mi parecer, la más subida visión que el Señor me ha hecho merced que vea, y trae consigo grandísimos provechos. Parece que purifica el alma en gran manera, y quita la fuerza casi del todo a esta nuestra sensualidad. Es una llama grande, que parece abrasa y aniquila todos los deseos de la vida; porque ya que yo, gloria a Dios, no los tenía en cosas vanas, declaróseme aquí bien cómo era todo vanidad, y cuán vanos, y cuán vanos son los señoríos de acá. Y es un enseñamiento grande para levantar los deseos en la pura verdad. Queda imprimido un acatamiento que no sabré yo decir cómo, mas es muy diferente de lo que acá podemos adquirir. Hace un espanto al alma grande de ver cómo osó, ni puede nadie osar, ofender una majestad tan grandísima.”

[25] La misma obra anterior 38, 18.

[26] La misma obra anterior 38, 19

[27] Acatamiento que no saben cómo explicar ante la inmensa Majestad divina, visión de caracteres trinitarios, gran consuelo, purificación del alma, anonadamiento en la vida litúrgica eucarística…

[28] SANTA TERESA, o.c. 38, 18

[29] SAN IGNACIO, o.c. p. 754

***

            También en la recientemente descubierta costurera mística de París, encontramos la misma coincidencia de visión trinitaria, gracia de “respeto amoroso”, y consecuencias en la vida eucarística. Después de relatar cómo veía en la Eucaristía a la Santísima Trinidad, con una precisión teológica impresionante[31], [pág. 152 ->] alude a luces casi continuas: “Estas luces hacían nacer en mi almaprofundos y maravillosos respetos, de manera que a veces, cuando entraba en la iglesia, caía súbitamente en un profundo anonadamiento delante de esta majestad que está escondida y como anonadada en este sacramento. Otras veces quedaba sobrecogida en todo el cuerpo de un temblor que procedía de un respeto amoroso”[32].

            Podemos notar aquí efectos sensibles exteriores de la experiencia mística, bastante condicionada todavía por la debilidad humana. Por otra parte, nos da la impresión de una gracia menos trascendental y estable en sus efectos. Más adelante anotará una gracia de respeto y amor con caracteres, al parecer, más pacíficos y habituales. Después de haber vivido tres años y medio elevada por Dios a las profundidades contemplativas de su divinidad, volvió de nuevo atraída fuertemente por la gracia a la visión de N. S. Jesucristo. Al principio le veía en algún misterio de su vida; luego: “en cambio, casi nunca tenía representación de algún misterio. Estaba íntimamente aplicada a nuestro Señor casi con los solos afectos de respeto y amor, con ardientes deseos de verle y poseerle para alabarle y amarle por toda una eternidad y no ser ya interrumpida en este santo ejercicio por las miserias de esta vida…”[33].

            Falta por completo la extensión del acatamiento amoroso a las creaturas. Más bien, queda fijado el objeto: la sagrada persona de nuestro Señor. Sus consecuencias respecto a las creaturas se acercan más a las de Santa Teresa: considerar las miserias y arder en deseos de abandonarlas para pasar a la perfecta unión con Dios en la otra vida.

***

            Hay, sin embargo, una coincidencia especialmente apreciable en los relatos de San Ignacio y de Santa Teresa, que nos resulta interesante: los términos extraordinariamente elogiosos con que califican esta gracia en sus efectos.

 


[30] SAN IGNACIO: o.co p. 759: “humildad amorosa” = humildad + amor. Compárese este binomio con el de amor y reverencia, tan familiar al Santo cuando se refiere al Señor. Véase también la misma relación de virtudes y las alabanzas que les dedica San Juan de la Cruz en el texto que citaremos más adelante, y Santa Teresa en la nota 35 del presente artículo.

[31] Es una limpísima declaración de la circumincesión de las tres Personas divinas, hecha con la mayor naturalidad por esta costurera: CLAUDE MOINE en sus Relations Spirituelles, 149, Párrafo 1-7; véase: La costurera mística de París, de J. GUENNOU, Herder, Barcelona, 1961, p. 1236

[32] O. c., pp. 126-27

[33] O. c., p. 151; véase para el contexto de los tres años y medio la página 150.

            Quizás nos ayude a comprender este aprecio el pensar que se trata en este caso de un grado extraordinario de humildad infusa. Ya San Ignacio la llama “humildad mucho más grande”, “humildad reverencial”, “humildad amorosa”[34].

            Para Santa Teresa: “No hay dama que ansí le haga rendir (al Rey divino) como la humildad… quien más tuviere, más le tendrá, y quien menos, menos; porque no puedo yo entender cómo haya ni pueda haber humildad sin amor ni amor sin humildad”[35].

            San Juan de la Cruz: “Todas las visiones, revelaciones y sentimientos del cielo, y cuanto más ellos quisieren pensar, no valen tanto como el menor acto de humildad, la cual tiene todos los efectos de lacaridad, que no estima sus cosas ni las procura, ni piensa mal sino de sí, y de sí ningún bien piensa sino de los demás”[36].

            Si para todos los Santos, podemos afirmar en general, que es así de estimable la humildad, podemos conjeturar cuál sería el sentimiento de aprecio al encon- [pág. 153 ->] trarse con este grado infuso de profundísima y perfecta humildad amorosa. Hemos de pensar que, pues el ser humano es, como creatura, absoluta dependencia del Ser necesario, el encontrarse, como creatura consciente e intelectual que es, con la verdad de su esencia, querida y gustada, y esto por la luz infusa y una gracia extraordinaria, debe de ser como un anticipo de la seguridad y del gozo del encuentro con la Verdad definitiva en el Amor.

PASAJE ESENCIAL DE LA ESPIRITUALIDAD IGNACIANA. – A la luz de estas experiencias místicas recogidas en el Diario Espiritual de San Ignacio cobran nuevo vigor y especial relevancia ciertos aspectos que podemos considerar esenciales en la espiritualidad ignaciana.

            En primer lugar, creemos que no quedaría plenamente explicado el enfoque especial ignaciano de las relaciones entre súbditos y superiores, sin esta experiencia mística del acatamiento amoroso.

            “Todos y cada uno de los súbditos, dice San Ignacio, no sólo por las grandes ventajas del orden, sino también para un ejercicios asiduo de la humildad – nunca suficientemente alabado – no sólo están obligados a obedecer al Superior en todo lo que pertenece al Instituto de la Compañía, sino que debenreconocer a Cristo como presente en él, y reverenciarle como conviene”[37].

 


[34] SAN IGNACIO: o. c., pp. 735 y 759 ss.: días 8, 17 y 30 de marzo.

[35] SANTA TERESA: o. c., p. 229: Camino de Perfección, 24, 2: hace alusión a la dama del juego de ajedrez.

[36] SAN JUAN DE LA CRUZ: Subida al Monte Carmelo, 3,9.

[37]Aunque el texto está tomado de la Bula de Julio III que confirmaba el Instituto de la Compañía en 1550, nos consta que San Ignacio vio el documento y lo presentó a su gusto, a la confirmación del Papa: “Hoc ipso anno 

            Esta será una constante de los pasajes ignacianos – particularmente Constituciones y Cartas – sobre la obediencia; reverenciar y obedecer a la divina Majestad en el Superior, no mirando en él al hombre con los ojos exteriores, sino a Dios con los interiores, tenerle de ese modo reverencia yamor[38].

            Pero el sentido reverencial de la espiritualidad ignaciana se extiende a las relaciones de los no sacerdotes a los que lo son, de los discípulos a sus profesores, y aun al trato mutuo, teniéndose “el respeto y reverencia que sufre el estado de cada uno con llaneza y simplicidad religiosa; en manera que, considerando los unos a los otros, crezcan en devoción, y alaben a Dios nuestro Señor, a quien cada uno debe procurar reconocer en el otro como en su imagen”[39].

[Nota del copista: el elenco de relaciones que hace el P. Ruiz Jurado aquí, y en las que es bienaventurado vivir la gracia de la reverencia y acatamiento amoroso, me parece que se puede agregar la relación sacramental esposo-esposa, esposa-esposo. Y que ya durante el noviazgo, en virtud del carisma puede iniciarse con la reverencia y acatamiento amoroso novio-novia, novia-novio. Los primeros esposos cristianos se daban el trato de “hermano”, “hermana” porque es fácil colegir que se miraban el uno al otro en su relación con Dios Padre, con una mirada de fe - y en algunos casos como gracia mística infusa -, como hijo e hija de Dios. A iniciar en esa mirada mística recíproca de los esposos, conforma a la incipiente cultura matrimonial cristiana, debió contribuir decisivamente la enseñanza de san Pablo en Efesios 5, 21-33. La recíproca sumisión de las voluntades, de la que habla san Pablo, no es una sumisión puramente humana, sino que es del orden, místico, de la entrega de la propia voluntad a la de Dios en la voluntad santificada por Dios en el cónyuge].

            Es una reverencia que no estorba el trato llano y sencillo, pero que ayuda a crecer en devoción, y a vivir en contemplación en la acción, reconociendo y hallando a Dios en los demás como en su imagen.

            Es notable también, en toda la espiritualidad ignaciana, el acatamiento ante todo lo que pueda tener alguna relación con lo sagrado. En una carta del Santo a su hermana Magdalena de Loyola – probablemente del año 1545 – leemos: “…creyendo que será recibido con aquella reverencia y acatamiento que las cosas de nuestro Creador y Señor deben ser reverenciadas y acatadas, os envío doce cuentas, que en sí tienen muchas gracias…”[40].

[Pág. 154 ->] Este es el Santo que desea que se alaben “ornamentos y edificios de Iglesias”, “imágenes”, “reliquias de santos”, “peregrinaciones, indulgencias y candelas encendidas en las Iglesias”[41].

 


1550 nostrum institutum hic pontifex… confirmavit, et quae declaratione aliqua indigere videbatur, iuxta ipsius P. Ignatii arbitrium (qui diligenter omnia prius examinaverit) declaravit”. MHSI (Monumenta Historica Societatis Jesu) Chronicon Polanci, II, 9.

[38] “Constituciones Societatis Jesu” VI, 10, 5; III, 1, 23; Carta de la obediencia, en SAN IGNACIO DE LOYOLA, Obras completas, BAC, Madrid 1962, pp. 835-36, 840-41.

[39] “Constituciones Societatis Jesu” III, 1,4; Véase Obras Completas, citada en la nota anterior. Reglas del Maestro de Novicios, 2ª parte, p. 614, y la carta al P. Mirón, p. 827.

[40] Obras Completas, citada en la nota anterior, p. 678,

[41] Reglas para sentir con la Iglesia: “Ejercicios Espirituales”, núms. 360, 358, etc.

            San Ignacio exige que el candidato a la Compañía de Jesús se halle dispuesto a ejercitar aún los oficios más humildes, con la conciencia de que en cualquier empleo que lo ocupen es a Cristo nuestro Señor a quien sirve, haciendo todas las cosas “por su divino amor y reverencia”[42]. Si examinamos este binomio “amor y reverencia” tan frecuente en la terminología hecha del Santo, sus preferencias por el apelativo “nuestro Señor” para nombrar a Dios o a Cristo, el de “nuestra Señora” para la Virgen, el constante venir a su pluma de “la honra y gloria de su divina Majestad”, “su santísima voluntad”, “sus santísimos dones” y tantos otros detalles, como el de la reverencia especial que prescribe y que practicaba en la bendición de la mesa, etc., etc.[43], creo que podremos pensar que la gracia deacatamiento amoroso constituye un paso esencial en la espiritualidad ignaciana. Por una parte, parece haber dejado una huella profunda en el futuro del Santo (Examen, Constituciones, Epistolario), y por otra se nos muestra como una continuidad, profundización y sublimación de una vena espiritual ya característica en él (sentido caballeresco del honor, Ejercicios, Autobiografía).

            Este santo acatamiento amoroso ante todas las creaturas porque le hablan de Dios, son imagen de Dios: a las autoridades, el templo, las reliquias, a las cuentas benditas, y a todos sus prójimos, porque en todo acata y reverencia la infinita Majestad de Dios, es el Santo que incendia con su celo al mundo, el Santo de la mayor gloria de Dios. Es que existe, aunque quizás oculta para muchos, una relación estrecha entre haber sentido tan profundamente el peso de la infinita Majestad divina, y el celo inmenso, incontenible por su gloria[44].

Manuel Ruiz Jurado S.J.

           


[42] “Examen” que propone San Ignacio a los que desean ser admitidos en la Compañía, V, 8; VI, 3 y 7; VIII, 1 y 2.

[43] “Constituciones de la Compañía de Jesús” 1, 5. Resulta interesante notar la relación interna entre el acatamiento del Señor y la devoción a su nombre: “su santo nombre”, según San Ignacio. Esta ligazón tiene ascendencia muy hebrea y bíblica. [Nota del copista: y al parecer tiene valor como una especie de signo evocador de la memoria de la gracia mística recibida del “conocimiento interno” de Nuestro Señor Jesucristo que posibilita “más amarlo y seguirlo”]

[44] Recordemos que la misión del gran profeta Isaías va precedida por la impresionante visión de la Majestad divina que le deja anonadado, Isa 6, 1-6.

            La relación entre el celo y la profunda persuasión de la inmensa adorabilidad de la Majestad divina aparece claramente en una carta de San Ignacio a los Hermanos Estudiantes del colegio de Coimbra, 1547:

            “Mirad dónde sea hoy honrada la Divina Majestad, ni dónde acatada su grandeza inmensa; dónde conocida la sapiencia, y dónde la bondad infinita; dónde obedecida su santísima voluntad. Antes ved con mucho dolor cuánto es ignorado, menospreciado, blasfemado su Santo Nombre… Mirad también vuestros prójimos como una imagen de la Santísima Trinidad y capaz de su gloria…

            “Digo, por resumirme en pocas palabras, que si bien mirásedes cuánta sea la obligación de tornar por la honra de Jesucristo y por la salud de los prójimos [Nota del copista: el verbo “tornar” tiene que ver, me parece, con el “torneo” o lidia por la honra o el honor de alguien, en el ambiente caballeresco, en que el combate sirve a la justicia de tributar o devolver, desagraviando, a cada uno lo suyo] veríades [= veríais] cuán debida cosa es que os dispongáis a todo trabajo y diligencia por haceros idóneos instrumentos de la divina gracia para tal efecto…” (Monumenta Hitorica Societatis Jesu, serie I, I, 495-510.


ACATAMIENTO-REVERENCIA

Rogelio García Mateo S.J.

En: Diccionario de Espiritualidad Ignaciana, Grupo de Espiitualidad Ignaciana (GEI) Dir. José García de Castro SJ - Ed. Mensajero – Sal Terrae, 2007 (2ª ed) Tomo I, p. 77 – 79

Son dos términos muy característicos de la espiritualidad ignaciana y, en gran parte, coincidente, lo que hace oportuno tratarlos juntos.

            “Acatamiento”, dericado de catar que a su vez viene del verbo latino captare, significa “tratar de coger”. Originariamente, a. [= acatamiento] significó “mirar con atención, admirar, contemplar”; después, hacia el siglo XIV, se usa también con el sentido de “tributar homenaje de sumisión”, y se amplía posteriormente a la actividad de reconocer la autoridad de alguien con respeto y veneración.

            “Reverencia” del latín reverentiare, significa la acción de reverenciar, respeto  o veneración que tiene una persona por otra, acatamiento profundo; asimismo se llama r. [reverencia] la inclinación del cuerpo en señal de respeto y el tratamiento a las personas de alta dignidad religiosa o social. En la mitología romana, r. es el nombre de una divinidad que es hija del Honor y de la Majestad. En inglés reverence, en francés révérence, en italiano riverenza, y en alemán Verehrung se emplean con significación similar al español.

            Ambos términos son usados tanto en literatura profana como en la religiosa, siendo muy frecuentes en los ambientes cortesano-cabellerescos, que tanto marcaron la vida del joven Iñigo, como reverente acatamiento de los súbditos al rey (cf. [Ej 92]) o del caballero a la dama. Sin embargo, en los escritos ignacianos llegados a nosotros, a. no aparece en sentido verdaderamente relevante hasta que no nos encontramos con el Diario Espiritual, escrito en 1544-45, cuando Ignacio ya era, desde algunos años antes, superior general de la nueva orden.

            [-> p. 78] Aquí hallamos a. por primera vez el día 27 de febrero de 1544, en el contexto de una visión trinitaria: “a la Santísima Trinidad un respecto de acatamiento y más allegado a amor reverencial que al contrario alguno” [De 83].

En un contexto análogo se vuelve a encontrar el 3 de marzo, al terminar la celebración eucarística, “con tanto intenso amor, sollozos y lágimas, terminándose a Jesú, y consequenter parando en la Santísima Trinidad, con un cierto acatamiento reverencial” [De 103]. Resulta, pues, evidente que la actitud de a. pertenece esencialmente al conjunto de experiencias que constituyen la mística ignaciana, produciéndose profundos sentimientos de aceptación incondicional de la amorosa voluntad divina.

            De las más de treinta veces que sale el término a. en el Diario, unas veinte va acompañado de reverencia, reverencial o reverenciar. Va también unido a la idea de “humildad”, unas once veces; y a la de “amor” unas nueve veces. Aunque estos términos no son estrictamente sinónimos, se hallan, sin embargo, en los textos ignacianos en estrecha relación. Los más próximos son sin duda a. y r. como aparece en un texto  del 4 de abril: “No hallando reverencia o acatamiento amoroso, se debe buscar acatamiento temeroso, mirando las propias faltas, para alcanzar el que es amoroso” [De 187]. Aquí aparece además que, aunque en la concepción ignaciana a. incluye siempre el amor, es posible, sin embargo, un a. temeroso, digno de desearse, como ocurre también en la meditación del infierno, en la que se pide “interno sentimiento de la pena que padecen los dañados, para que si del amor del Señor eterno me olvidare por mis faltas, a lo menos el temor de las penas eternas me ayude para no venir en pecado [Ej 65].

            El contexto pneumatológico del a. es sin duda el don de temor de Dios, el cual, lejos de ser miedo al castigo, temor servil [Ej 370], es el temor a fallar, a defraudar al amor del ser divino [a ofender a Dios] El verdadero temor de Dios no se puede separar del don de piedad ni del de sabiduría, como desarrolla Tomás de Aquino (cf. Sth II-II, q. 19), y lleva a la adoración. En este sentido se usa a. en la contemplación de la natividad uniéndolo de nuevo a reverencia: “haciéndome como un pobrecito indigno […] con todo acatamiento y reverencia” [Ej 114].

            En el vocabulario ignaciano, r. es conocido sobre todo por el Principio y Fundamento de los Ejercicios Espirituales que comienza enunciando: “El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor” [Ej 23]. No deja de ser significativo que se halle entre alabar y servir a Dios, como diciendo que se trata de una actitud de veneración en sumo grado a Dios por su santidad, propia del acto de adoración. Dio se debe reverenciar por su grandeza y gloria.

            De la r. hay una descripción muy clara en los Ejercicios. Cuando se habla del examen de la palabra se explica que “entiendo reverencia, cuando en el nombrar de su Criador y Señor, considerando acata aquel honor y reverencia debida” [Ej 38]. Se trata, pues, de una actitud que manifiesta profundo respeto, honor y adoración a Dios, por ser Él quien es. Todo lo que Dios hace es para su adoración y gloria, pues Él es el único Dios. “Adorarás al Señor tu Dios, y a él sólo servirás” (Mt 4, 10). Ahora bien, es evidente que Dios no tiene necesidad de recibir la r. o la glori- [-> pág. 79) ficación de los seres creados, pujes esto lo haría depender de sus criaturas; por tanto, a. y r. a Dios, lejos de significar una imposición externa, proviene, en su modo más auténtico, del libre ejercicio del ser humano cuando se confronta con el misterio divino. En su presencia surge en el hombre la actitud del amor que adora y hace reverencia, al percibir que es en Dios donde encuentra su plena felicidad, la total realización de su salvación. En este sentido, el Principio y Fundamento dice; “El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor y mediante esto salvar su alma” [Ej 23].

            En cuanto a la práctica de la r. en los Ejercicios, nótese pasajes como: al entrar en la oración, puesto en pie por espacio de un Pater noster, hacer una reverencia o humillación [cf. Ej 75]. Siempre se resalta en la oración la r. debida a la divina majestad, incluso con actos externos (cf. [Ej 125]).

            El sentido reverencial se extiende además a las relaciones interpersonales, particularmente entre sacerdotes y laicos, profesores y discípulos, superiores y súbditos, “haciendo todas las cosas por su divino amor y reverencia” [cf. [Co =Constituciones 111.118.130.250.640.701])

Artículos relacionados: Creador, Diario Espiritual, Divina Majestad, Examen, Humildad, Obediencia, Oración, Principio y Fundamento, Servicio, Temor.

Bibl.: ALONSO, M., Enciclopedia del Idioma, Aguilar, Madrid 1984; MARTINI, C. Mª, Hombres y mujeres del Espíritu, Meditaciones sobre los dones del Espíritu Santo, Sal Terrae, Santander 1998; NEBREDA, A., “El camino de Ignacio. Estudio del acatamiento en los Ejercicios Espirituales”, Manresa 32 (1960) 45-66: Id.,”El acatamiento en la Primera Semana de los Ejercicios, Man 32 (1960) 127-138; PHILIPON, M.M., Los dones del Espíritu Santo, Palabra, Madrid 1983; RUIZ JURADO, M. “En torno a la gracia del acatamiento amoroso” Man 35 (1963) 145-154.


EL CAMINO DE IGNACIO

Estudio del ACATAMIENTO en los Ejercicios Espirituales

Alfonso Ma. Nebreda S.J.

Toda esta visitación se terminaba cuándoa una Persona, cuándo a otra, por el mismo modo que el día precedente, y de la misma manera, es a saber, cerca el acatamiento yreverencia a confirmar todo lo pasado, cerca Haber hallado la vía que se me quería mostrar, pareciéndome ser la mejor de todas ypara siempre que debo llevar(SAN IGNACIO, Diario Espiritual, lunes 17 marzo; MI Const. I, 128; BAC 317).

1. —EL DIARIO ESPIRITUAL DE SAN IGNACIO

            El Diario Espiritual es la revelación de Ignacio místico. De su talla podrán juzgar mejor que nadie quienes, acostumbrados al laconismo vascongado de aquel hombre que odiaba los superlativos, asisten atónitos a ese despliegue de adjetivos y adverbios ponderativos encabalgado unos sobre otros:

“Yendo a la misa, antes della no sin lágrimas, en ella con muchas, y mucho reposadas, con muy muchas intelligencias de la Sanctísima Trinidad, illustrándose el entendimiento con ellas, a tanto que me parecía que con buen estudiar no supiera tanto, y después mirando más en ello, en el sentir o veer entendiendo me parecía aunque toda mi vida estudiara; acabada la misa, [y puesto] luego a la oración breve, con un hablar: Padre eterno, con[firmadme], Hijo etc. confirmadme, una mucho grande efusión de lágrimas por el rostro [Nebreda omite esta parte de la cita: “y con crecerme la voluntad de perseverar en sus misas (yo consentiendo según que ordenaría algunas en número”]y con muchos sollozos intensos, allegándome mucho y asegurándome en crecido amor de la su divina magestad”[1].

Habríamos de trascribir el Diario entero si quisiéramos consignar todos los ejemplos. Lo curioso -- netamente místico – es que, a pesar de todos sus esfuerzos ponderativos, San Ignacio se queda al parecer insatisfecho: no ha sido capaz de expresar sus sentimientos e inteligencias. Y eso que – como observa [pág. 46 ->] agudamente el P. DE GUIBERT[2] – el Santo no escribe para otros, sino que sólo trata de anotar sus experiencias para su uso particular.

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            Pero dentro de ese mosaico de maravillas a cuál más deslumbrantes que es el Diario, creo que campea soberanamente la gracia del “acatamiento reverencial”: “acatamiento y humildad reverencial admirable que explicar parece no se puede”[3].

 


[1] Diario Espiritual, martes 19 de febrero; MI Const I, 100-101; BAC 296

[2] Mystique Ignatienne 20.

 

[3]17 de marzo, MI Const. I, 129; BAC 318

Ella sola forma todo un cielo que, tras los prenuncios del 27 de febrero y 3 y 7 de marzo, e desarrolla desde el 14 de marzo hasta el 4 de abril de 1545 con toda la dramática insistencia de un gran tema con variaciones.

            Todos los comentaristas han subrayado su importancia[4].

            Pero también aquí es Ignacio mismo quien insiste en la excepcional hondura del fenómeno. Ya el 14 de marzo:

“… en todos estos tiempos, antes de la misa, en ella y después della, era en mí un pensamiento que me penetraba dentro del ánima, con cuánta reverencia y acatamiento yendo a la misa debería nombrar a Dios nuestro Señor etc. y no buscar lágrimas, mas este acatamiento y reverencia,

Día 1:157 a tanto que frecuentándome en este acatamiento, antes de la misa, en cámara, en capilla y en la misa y viniéndome lágrimas, las refutaba de presto, por advertir al acatamiento, y no pareciendo que era yo o mío, se me representaba el acatamiento, el cual siempre me aumentaba en devoción y en lágrimas; a tanto que me persuadía que esta era la vía que el Señor me quería mostrar, como los días pasados creía que me quería mostrar alguna cosa, y a tanto que, diciendo la misa, me persuadía que en más tenía esta gracia y conocimiento para el provecho spiritual de mi ánima, que todas las otras pasadas”[5].

            Para quien sabe la enorme importancia dada por San Ignacio al don de las lágrimas en el Diario[6] no puede ser más significativa la preferencia que el Santo da a la gracia del acatamiento sobre ellas.

            A los dos días[7] Ignacio volverá a “refutar (=rechazar) las lágrimas o visitaciones”… “juzgando ser malo”, “advertir primero a las visitaciones que al acatamiento” y confirmándose más en lo que vio dos días antes: “que por esta vía era andar derecho en servicio de Dios nuestro Señor, estimando más ésta que otra cosa alguna”.

            En fin, al día siguiente, lunes 17 de marzo, en medio de comunicaciones divinas subidísimas vuelve a asegurarse en el convencimiento de “haber hallado (en el acatamiento y reverencia) la vía que se me quería mostrar, pareciéndome ser la mejor de todas y para siempre que debo llevar”[8].

            Ante revelación tan categórica del mismo Ignacio, huelga toda ponderación. Más bien siente uno que, pese a las atinadas observaciones de los varios comen- [Pág. 47 ->] taristas, está aún por hacerse el concienzudo estudio que se merece este fenómeno tan central en la espiritualidad ignaciana.

            Mientras llega este trabajo, y como una modesta contribución a modo de acarreo de materiales, queremos dedicar estas páginas a estudiar el tema en los Ejercicios Espirituales.

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[4] Véase por ejemplo, DE GUIBERT, Mystique 120-123; LARRAÑAGA, Obras 651 ss.

[5] MI Const. I, 126; BAC 316

[6]Cf. DE GUIBERT, Mystique 125-129; LARRAÑAGA, Obras 641-647; ABAD, Diario 39 ss.

[7] MI Const I, 128; BAC 317

[8] Ibidem

            En efecto, en los Ejercicios está plasmada, escueta pero fielmente, la orientación fundamental de la espiritualidad ignaciana. Y de hecho, hablando del Diario, el P. DE GUIBERT ha llamado ya la atención[9] sobre la convergencia completa de los favores gratuitos otorgados a Ignacio con las líneas maestras de su ascética; “o más exactamente – como corrige el mismo DE GUIBERT – porque estos favores han precedido, al menos en parte, en Manresa a toda formulación de principios ascéticos, (sorprende) la fidelidad de la enseñanza ascética de Ignacio a las direcciones recibidas de Dios en su vida de contemplativo”.

            Es la misma observación que había consignado más arriba[10].

“Se puede decir que las gracias concedidas a Ignacio, por gratuitas e infusas que sean, se adaptan al método ya constituido bajo la divina inspiración, o que este método no es sino el eco y la traducción práctica para el común de las almas de gracias parecidas recibidas en Manresa”.

            Por lo tanto hay que decir que el Diario no es sino el hito que mara la cumbre de aquel camino recto que emprendiera animoso el Peregrino de Manresa.

            Pues bien, en esas cimas del Diario la fórmula se nos ofrece ya perfectamente hecha: “reverencia y acatamiento”, “acatamiento y reverencia”, “acatamiento y humildad reverencial”, “humildad, reverencia y acatamiento”…

            ¿No habrá en los Ejercicios algún rasgo que empalme con esta actitud tan definida en el Diario?

            Casi a priori cabe responder que sí, con sólo recordar que Ignacio nunca fue un literato ni, menos, amigo de hacer frases y mariposear sobre nuevas fórmulas. Su lema e reflexión y exactitud. Una vez lograda la fórmula satisfactoria, queda ya estereotipada para siempre. Piénsese solamente en la famosa cláusula con que cierra el Fundador sus cartas pidiendo a Dios “nos dé gracia para que su santísima voluntad sintamos y aquélla enteramente la cumplamos”[11].

            Por eso nada más previsible que el que esta idea del acatamiento tenga ya sus raíces en los días de Manresa. Efectivamente, como antes dijimos, todos los que se han acercado a estudiar el Diario han quedado pronto sorprendidos ante su íntimo paralelismo con las líneas de los Ejercicios[12].

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[9] Mystique 133

[10] Ibíd. 120

[11] El P. DE GUIBERT, La Spiritualité 70-71, observa que ya en carta a Inés Pascual de 1525 aparecen los elementos de la fórmula que luego se harán invariables en la correspondencia del Santo hasta la carta a un Cartujo firmada “pridie calendas augusti 1556”, o sea, la víspera de su muerte. Cf. También ABAD, La Espiritualidad 407,

[12] Así, tras los editores de Monumenta (passim in notis) DE GUIBERT, Mystique; añadir a los párrafos arriba citados 133-135; BAC 278-279.

            Especial mención merece el detallado artículo del P. Fermín Lator, S.J. Los Ejercicios y el Diario de nuestro Santo Padre, publicado primero en “Estudios sobre Ejercicios” (Loyola 1941) 505.523, y luego en Manresa (1945) 97-114.

2. —SENTIDO DEL ACATAMIENTO

El primer problema que nos sale al paso es el de fijar el concepto de acatamiento tal como se nos presenta en el Diario.

            ¿Qué es acatamiento? La respuesta adecuada exigiría un trabajo especial previo que nosotros damos por supuesto. Mientras llega ese trabajo, remitimos al lector a los autores arriba citados[13].

            Buen resumen el del P. DE GUIBERT[14].

“Lo que domina por el contrario en sus relaciones con las divinas Personas, con Cristo, es la actitud humilde y amante del siervo, el afán de discernir en su menores detalles el servicio deseado, la generosidad en cumplirlo grande y perfectamente, por costoso que sea, en un vuelo gozoso de amor, pero a la vez con un profundo sentimiento de la majestad infinita de Dios y de su santidad trascendente”.

            Para comprobar lo exacto de esta descripción, bastará reducir a cifras un somero examen del texto del Diario. Los resultados son: de las 33 veces que sale la palabra acatamiento (y nótese que son varios los días en los que la palabra aparece repetidas veces) nada menos que 20 va acompañada de la idea de reverencia (Exactamente: 16 la palabra reverencia, 3 reverencial, 1 reverenciar, y 1 respeto). En cuanto a la idea de humildad se repite 11 veces: 8 humildad, 1 humillarme, 1 bajándome. Y la idea deamor 9 veces: 8 amoroso(a), y 1 amor.

            Conocida es la predilección de San Ignacio por las expresiones binarias[15] en las que a veces resulta difícil distinguir bien los contornos entre ambos términos. Creo que aquí nos hallamos ante uno de esos casos. “Acatamiento y reverencia, “acatamiento y humildad reverencial”, “humildad, reverencia y acatamiento…” No parece se puedan llamar expresiones estrictamente sinónimas, pero sí íntimamente emparentadas en la mente de Ignacio.

            Desde luego las más próximas, hasta dar la impresión a veces de mera endíadis, son acatamiento y reverencia. Véase por ejemplo estas líneas del 4 de abril:

“No hallando reverencia o acatamiento amoroso, se debe buscar acatamiento temeroso mirando las propias faltas, para alcanzar el que es amoroso”[16].

            Este texto prueba además que, aunque en la mente y deseo de Ignacio, el acatamiento debiera siempre inducir al amor, pero cabe un acatamiento temeroso, santo también y digno de desearse[17]. No se puede, por tanto, decir que la idea de amor sea tan esencial en el acatamiento, como ciertamente lo es la de la reverencia y humildad. Sin embargo no es menos cierto que, tanto por la función, como por todo el contexto de los pasajes donde sale la idea del aca- [Pág. 49 ->] tamiento en el Diario, es siempre en un terreno de humildad amorosa o de amor reverencial donde hunde sus raíces el acatamiento ignaciano.

            Con estas precisiones por delante, ya podemos enfrentarnos con nuestro tema.

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[13] Cf. Nota 7.

[14] Spiritualité 39.

[15] Cf. CALVERAS, San Ignacio de Loyola… 29.

[16] MI Const. I, 133; BAC 322. El subrayado es mío.

[17] Cf. la misma idea, sobre la que luego hemos de volver despacio, en la última Regla para sentir con la Iglesia con que se cierra el libro de los Ejercicios (n. 370): MI Ex 560-562; BAC 238.

Ya una lectura presurosa a vista de pájaro del texto de los Ejercicios descubre inmediatamente la presencia literal del grupo estereotipado: acatamiento y reverencia.

            El primer contexto, que por sus honduras emotivas está en el corazón y en la memoria de todo ejercitante, es el primer punto de la Contemplación del Nacimiento (nº 114):

“El primer punto es ver las personas; es a saber, ver a nuestra Señora y a José y a la ancila, y al niño Jesús después de nacido; haciéndome yo un pobrecito y esclavito indigno, mirándolos, contemplándolos, y sirviéndolos en sus necesidades, como si presente me hallase, con todo ACATAMIENTO Y REVERENCIA posible; y después reflectir en mí mismo para sacar algún provecho”[18].

            Como se ve, la fórmula está ya hecha. La importancia del texto está sobre todo, como luego recalcaremos, en que nos encontramos aquí ante una escena que ha invitado siempre a las más idílicas ternuras de los contemplativos medievales, fundidas las distancias hasta una intimidad total embalsamada de divinas caricias y dulcísimas confidencias. Ignacio, empero, no sabe adoptar otra postura que la del “pobrecito y esclavito indigno… con todo acatamiento y reverencia”. ¿Por qué?

            Pero ya antes en el Examen General hay otro texto que por su situación en un pasaje no tan usado en la práctica corre el peligro de pasar inadvertido[19]. Y sin embargo es casi más interesante, si cabe, que el del Nacimiento, para el objeto que nos ocupa.

            Hablando del examen de la palabra (nº 38) después de enunciar:

“No jurar, ni por el Creador ni por ninguna creatura, si no fuese con verdad, por necesidad y con reverencia” explica qué entiende por “reverencia”:

 “Entiendo con reverencia, cuando en el nombrar a su Creador y Señor, considerando lo que dice, acata aquel honor y reverencia debida[20]. [39] Es de advertir, que dado que en el vano juramento pecamos más jurando por el Criador que por la criatura, es más difícil jurar debidamente con verdad, necesidad y reverencia por la creatura que por el Creador, por las razones siguientes.”

[Pág. 50 ->] Y la segunda razón es:


[18] MI Ex 332; BAC 182. El destacado es nuestro.

[19] Es sintomática, por ejemplo, la manera con que el P. RAHNER en sus Notas sobre los Ejercicios deja a un lado el pasaje: “To understand the internal structure of the book, we can, for the moment, put it to one side”. Notes 294

[20]MI Ex 262-264; BAC 165-166

“que en el jurar por la creatura no es tan fácil hacer reverencia y acatamiento al Creador, como jurando y nombrando al mismo Creador y Señor; porque el querer nombrar a Dios nuestro Señor trae consigo másacatamiento y reverencia, que el querer nombrar la cosa creada. Por tanto, es más concedido a los perfectos jurar por la creatura, que a los imperfectos. Porque los perfectos, por la asidua  contemplación e iluminación  del entendimiento, consideran, meditan y contemplan más estar Dios nuestro Señor en cada criatura, según su propia esencia, presencia y potencia; y así en jurar por la creatura son más aptos y dispuestos para hacer acatamiento y reverencia a su Creador y Señor, que los imperfectos”[21].

            Salta a la vista la trascendencia de este texto. No sólo porque ofrece nuestra fórmula bien fija y definitiva, sino, sobre todo, porque la da en un contexto apretado y túrgido en el que se apiñan las vivencias más fundamentales de todos los Ejercicios desde los tonos básicos del Principio y fundamento (siete veces nada menos se llama a Dios, Criador y cinco Señor, en pocas líneas) hasta las armonías purísimas de la Contemplación para alcanzar amor. Como quien dice, todos los Ejercicios en síntesis; y en ella, engarzándolo todo en estrecha unidad, el hilo de oro del acatamiento[22].

            Pero de este texto habrá que volver a hablar más abajo.

            Explícitamente ya no aparece la fórmula en los Ejercicios. Pero en las páginas siguientes trataremos de hacer ver que esos dos textos no son dos crestas volcánicas erguidas como por ensalmo en una planicie, no. Se trata solamente de dos picos que no hacen sino coronar lógicamente la clara línea ascensorial de una cordillera. En otras palabras, estos dos textos no son sino la explícita cristalización de una atmósfera que flota – imperceptible unas veces, palpable otras – todo a lo largo de los Ejercicios.

            Así quedará claro, esperamos, que la idea de acatamiento es ya algo medular y definitivo en los mismos Ejercicios.

            Es el camino de Ignacio.

3. —EL ACATAMIENTO EN EL PRINCIPIO Y FUNDAMENTO

En el pórtico mismo de los Ejercicios encontramos la palabra que en el Diario va casi inseparablemente emparejada con la del acatamiento: “El hombre es criado para alabar, hacer reverencia y servir a Dios nuestro Señor…” (nº 23)[23].

            ¿Qué sentido tiene ese hacer reverencia?

            Para comprender la importancia del problema para nuestro estudio, piénsese en el punto centralísimo que ocupa el Principio y Fundamento, no sólo con [Pág. 51 ->] relación a la elección – cosa que salta a la vista con sólo leer el texto ignaciano (nn. 169 ss) – sino por ser un continuo punto de referencia a lo largo de todos los Ejercicios: El Principio y Fundamento con las alusiones al fin del hombre etc. está reapareciendo constantemente en los Ejercicios[24].


[21] MI Ex 264-266; BAC 166. Subrayo yo.

[22] Cf. LARRAÑAGA, La Mística 251-252

[23] MI Ex 250; BAC 161. Subrayado nuestro

            Luego si podemos demostrar que ese hacer reverencia de que aquí nos habla San Ignacio está estrechamente enlazado con la reverencia que él tan diligentemente buscaba en el Diario, habremos dado un buen paso en nuestro estudio.

            He de confesar honradamente que, a medida que me fui internando por esa selva espesísima que es la literatura de los Ejercicios, y más en concreto, la referente al Principio y Fundamento, una tentación de desaliento cayó como losa pesada sobre mí. Estas pocas líneas desprovistas de todo atuendo literario y de un castellano a primera visa tan sencillo, tan obvio, han dado ocasión a tanta y tan diversas maneras de verse interpretar[25].

            Gracias a Dios, para nuestro intento podemos dar de lado a buena parte de los puntos en litigio para reducirnos a fijar el sentido del tríptico inicial: “alabar, hacer reverencia y servir a Dios”, y en él sobre todo el segundo elemento.

            Luego, en sendos pasos sucesivos, veremos de confirmar los hallazgos, primero en una rápida panorámica para captar algún eco del Fundamento a lo largo de los Ejercicios, y luego comprobar por contraste cuál debe ser el orden fundamental, al examinar el reverso de la medalla – desorden fundamental – en las meditaciones de la primera Semana.

            Sólo de refilón toca nuestro problema la discusión de si el amor va o no incluido en el tríptico fundamental.

            Aunque no faltan quienes responden o parecen responder que no[26] dando del hecho diversas explicaciones, pero la mayoría se inclina abiertamente por la afirmativa. Es más. Los mismos que parecían responder que no, terminan luego concediendo que la idea del amor está implícita ahí[27].


[24] Cf. Las observaciones de H. RAHNER, Notes 307-311. Con razón puede concluirel autor: “The obvious conclusion from all this is that the entire Exercises are found in embryo in the Foundation; the whole superstructure rests on it”. Ibíd. 310. Cf. también L. BRUNET: ¿Qué relación guardan entre sí el Principio y Fundamento y los Ejercicios? Manresa 9 (1933) 301-310.

[25] Después de tan laborioso recorrido comprende uno que no falta fundamento al P. SEGARRA para quejarse (El Principio y Fundamento 198) de la tendencia de ciertos comentaristas ya a proyectar sobre el texto de los Ejercicios “todas las magníficas concepciones filosóficas o teológicas que ellos tienen” ya a “exponer la doctrina del último fin del hombre con la mayor precisión y amplitud posibles” “prescindiendo… de si lo dice o quiere decir el Santo”…

[26] Por ejemplo; NONELL, op. Cit. 180 ss. PONLEVOY, op. Cit. 59; BOUVIER, Méditation fondamentale c.II, a.1, p. 66. (Cf. PINARD DE LA BOULLAYE,Éxercises I, 59) ; H. SCHILDEN, Die Bedeutung der betrachtung über die Liebe in den Exerzitien des hl. Ignatius ZAM 8(1933) 229-335; CALVERAS, ¿Por qué no se habla de amor en el Principio y Fundamento? 233ss; SEGARRA, loc. Cit. 199

[27] Así PONLEVOY, Ibíd. 60; CALVERAS, Ibíd. 227.235-6; SEGARRA, Ibíd. 205 etc.

            Y es que en el fondo parece difícil que pueda haber quien ponga en tela de juicio lo que a este propósito escribió el P. AICARDO[28]: [Pág. 52 ->]

“El Principio y Fundamento es doctrina de amor de Dios, por cuanto alabarle, reverenciarlo y servirle, caridad es, y toda la más subida caridad no tiene actos diferentes; mas tal vez en eta ocasión no se nombra la caridad ni el amor, por cuanto el que empieza los Ejercicios, se asemeja a aquel soldado vano y singular peregrino que de sí dice no entender ni saber ‘qué cosa era humildad, ni caridad, ni prudencia’ etc. (IV, I, 45)[29]

            Ahora bien, si, dando un paso adelante, preguntamos que dónde y cómo se contiene el amor en el Principio y Fundamento, entramos de lleno en el corazón del tema. Y es que esa pregunta equivale en el fondo a plantear de nuevo nuestro problema: ¿Qué significa el tríptico en que San Ignacio quiso formular la primera parte del fin del hombre?

            En la imposibilidad de registrar y discutir las mil interpretaciones dadas por los autores, vamos a pasar revista a algunas de las más características, esperando que – unas por aproximación y otras por contraste – nos irán dejando su rayo de luz para entender la mente de Ignacio en este punto.

            Hay algunas, en las que a simple vista se descubre una urdimbre convencional, artificiosa. Tal, una de las dos de PONLEVOY[30] que pretende ver aquí el triple homenaje de la palabra, del corazón, de la vida: “Hablar bien, pensar bien, obrar bien…” Muy exacto y verdadero, pero duda uno de que San Ignacio pensara en tal encasillado.

            Más natural me parece, aunque bajo el influjo también de un esquema preconcebido, el enfoque de HUMMELAUER[31] al decir que a la fórmula “conocer, amar y servir a Dios”, filosóficamente más exacta si se quiere, San Ignacio ha preferido la suya que es más escrituraria: alabanza (que incluye conocimiento) reverencia (cual exige la ley del Sábado) obediente servicio a Yahveh…

+   +   +  

            Pero la mayoría de los autores interpretan las palabras en su sentido obvio. Así por ejemplo, para ENCINAS[32] hacer reverencia a Dios es:

“Reconocer gustoso la excelencia de sus perfecciones sobre las mías…: que Él es infinitamente sabio… yo ignorante… Los actos que comprende esta reverencia” son:

-- idea grande de Dios y pequeñísima de sí mismo

-- aceptación gustosa de esta realidad

-- los sentimientos internos correspondientes de humildad


[1] Comentario a las Constituciones de la Compañía de Jesús, T. i, Lib. 5, cap. 10. Del amor de Dios. Citado por J.GUTIERREZ, op. Cit. II, 134.

[1] Es lo que brevemente dijeron los Editores de Monumenta (MI Ex 250 nota 3): “Nota hoc ese idem revera ac Deum diligere”. Cf. también R. ORLANDIS,De la elección y de la intención previa a ella Manresa 11 (1935) 114-119, y recientemente NADAL COLL, El amor divino en los Ejercicios Miscelanea Comillensis 26 (1956) 155-156.

[1] Op cit. 58.61

[1] Op cit 27 

[1] Op cit 28; y es muy práctica la nota 40, 2ª, p. 96

-- y los actos externos de adoración, postración y compostura en presencia de su Divina Majestad. El principal de todos es adoración, el culto de latría, el sacrificio”. [Pág. 53 ->]

Paralela es la línea en la que se mueve CALCAGNO[33]:

“La reverencia debida a Dios es aquel humilde obsequio y respeto para con el Señor, que nace, por una parte, del conocimiento de la Majestad divina y de su presencia en todo lugar, y por otra, del conocimiento de nuestra nada y nuestra miseria”.

Ya están claros los dos polos – Dios: yo – que harán saltar irreprimible ese sentido del hondísimo anonadamiento y reverencia ante la Divina Majestad que en la psicología ignaciana ha de fijar de modo invariable la actitud del hombre frente a Dios[34].

            Pero, como se ve, CALCAGNO hace hincapié además, y creo que con toda razón[35], en el elemento de la presencia de Dios. En efecto, continúa:

            “De esto se ve que la reverencia no es un afecto estéril, ya que abraza todo lo que los ascetas enseñan respecto de la presencia de Dios… Quien está bien persuadido de la grandeza y de la presencia de Dios, se guarda muy bien de hacer las cosas que sabe le desagradan. Y además, con qué respeto trata con Él en la meditación…”[36].

            Este elemento de la presencia de Dios nos evoca irresistiblemente aquel pasaje del P. LA PALMA donde, hablando contra la honra mundana, escribe[37]:

            “Y con todo eso somos tan ciegos que nos mueve más la honra que se recibe de los hombres para hacer el bien y para dejar de hacer el mal, que no la presencia de Dios y de sus ángeles, y la honra que recibimos de ellos y de toda la corte celestial. El cual desacato es grande, que por solo él dice San Juan Crisóstomo (Homil. In 2 Cor. c. 4) que merecíamos que arrojara Dios rayos del cielo contra nosotros…”

           

            Como se ve, para LA PALMA, no tributar a Dios la honra y reverencia debida a su presencia, es undesacato, es decir una falta de acatamiento… ¿No es esto una confirmación significativa de lo que arriba decíamos sobre la equivalencia de esas dos voces: acatamiento y reverencia?[38]

+  +  +


[33] Op. Cit. II, 34

[34] Es éste un hecho evidente y subrayado por todos los comentaristas. Como además tendremos que volver sobre él después, baste aquí recordar, por ejemplo, la machacona insistencia con que reaparece en LA PALMA, op. cit. pp. 266.7; 283, 285 etc. etc. Cf. también MARCHETTI, op. cit. 124 ss.; y recientemente el P. LARRAÑAGA La Mística 252-254

[35] Véase cómo insiste también en este punto el P. FILOGRASi en su precioso artículo Familiaritá e unione 393 ss.

[36] Ibidem

[37] Op. cit. Lib. II, cap. 17,3: p. 260.                  

[38] Nota 20 y su texto correspondiente

[39] Por qué no se habla… 226-232

            Pero tal vez una hermenéutica más contextual pueda adentrarnos un poco más en la mente del Santo [Pág. 54 ->]

                La tesis del P. CALVERAS[39] es que en el Principio y Fundamento está perfectamente expresados, de modo más teológico y profundo que en la fórmula del Catecismo, los dones de la creación:Gloria de Dios (“alabar, hacer reverencia y servir a Dios” y felicidad del hombre (“salvar el alma”). Y un despliegue minucioso de textos paralelos dentro de los Ejercicios[40] avala la afirmación, mostrando cómo el concepto de “hacer reverencia” jalona todos los Ejercicios. Baste aquí citar los principales pasajes que según el Padre son como otros tantos anillos que eslabonan el tema, porque luego habremos de mirarlos con más detención: nn. 92, 38.39, 75, 3, 114, 125, 258…[41]

            Ya dos años antes, siguiendo a PONLEVOY en la segunda de sus interpretaciones[42], por análogos caminos había llegado el P. PUIGGROS a conclusiones semejantes:

            “Tomando el verbo alabar en sentido más general de dar gloria a Dios, podemos decir que el hombre ha sido creado para glorificar a Dios de dos maneras: reverenciándole y sirviéndole, esto es, con actos de culto y de servicio”[43].

            Por lo tanto el elemento básico del fin del hombre es alabar a Dios, es decir, glorificarle.

            ¿Pero es verdad que alabar es lo mismo que glorificar?

            Sí, porque qué es gloria, sino “clara cum laude notitia”?

            Ahora bien, como observa Santo Tomás[44]: “gloria et quidam effectus honoris et laudis”. Basta por tanto que se dé honor o alabanza para que tengamos gloria. Pues añade el Santo[45]: “Ex hoc enim quod aliquis laudatur, vel quaecumque reverentia ei exhibetur, redditur clarus in notitia aliorum”.

            Alabar es, pues, el elemento genérico[46].

            Pero, prosigue PUIGGROS[47], era conveniente que en el Principio y Fundamento se indicara además el modo práctico de realizar ese fin; por eso añadió: “hacer reverencia y servir a Dios”. Y es que ese fin debe llevar implícitas todas las relaciones y deberes del hombre para con Dio, es decir la religiónen sentido amplio[48].

            Pues bien, todos los actos de religión se pueden reducir a dos: reverencia y servir a Dios. Así Santo Tomás: [Pág. 55 ->]

            “Cultus respicit Dei excellentiam, cui reverentia debetur; servitus autem respicit subiectionem hominis… Et ad haec duo pertinent omnes actus, qui religioni attribuuntur”[49].


[40] Cf. sobre todo para nuestro punto, Ibíd. 227-229

[41] Ibíd. 230-231

[42] Op. cit. 58.

[43] Declaración del fin… 3

[44] 2, 2 q. 132 a. 2 Respondeo

[45] Ibidem

[46] Cf. la detallada exposición de este mismo razonamiento en MARCHETTI, op. cit. 116-125, con la conclusión de que la gloria es el elemento central (Ibíd. 135-137)

[47] Ibíd. 8-9

[48] En comprobación cita S. Th. 2, 2, q. 81, art. 1, Resp.: “religio proprie importat ordinem ad Deum. Ipse enim est cui principaliter alligari debemus tamquam indeficienti principio, ad quem etiam nostra electio assidua dirigi debet, sicut in ultimum finem”

            Por lo tanto – puede concluir PUIGGROS [50]– “hacer reverencia y servir a Dios no es más que un desplegamiento de alabar a Dios, expresión del modo práctico de alabarle y glorificarle”[51].

            La tesis de PUIGGROS es tanto más interesante cuanto que, como la de CALVERAS, va toda ella respaldada en un estudio de textos paralelos. Así subraya el Autor[52] que da 29 veces que sale en los Ejercicios el fin del hombre en su forma implícita (por contraposición a la forma explícita, que aparece 5 veces) es notable que nunca use Ignacio la misma forma fija del fin explícito[53]. En ellas, en cambio, el elemento más común es el de la gloria o alabanza de Dios.

            Y otro comprobante, de no menos valor a mi entender, lo ha encontrado el Autor[54] en la redacción del Principio y Fundamento tal cual la presenta el Códice Reginense[55]:

            “Homo est creatus ad laudem Domini et ad salutem animae suae. Item omnis quaecumque creata sunt supra faciem terrae, sunt create propter hominem, ut ipse laudet Deum, et salvet seipsum. Ex iis sequitur, quod homo tantum debet accipere de huiusmodi rebus creatae, quantum poterit (ipsum) iuvare ad laudem Domini et ad salute animae suae… Ex quibus manifestum est, quod… ergo nec absolute nec secundum quid debeo velle magis… nisi in quantum iudicavero hoc vel illud esse mihi melius ad laudem Domini et ad salute animae meae”[56].

            Es decir, nada menos que cuatro veces en pocas líneas se da como fórmula del fin del hombre la de alabar a Dios. [Pág. 56 ->]

            Todo lo dicho afianza más la primera impresión de plena coincidencia entre el Principio y Fundamento y la doctrina de Santo Tomás arriba citada[57]. Merece la pena reproducirla en su contexto completo:


[49] 2, 2, q. 81 art 3 ad 2

[50] Ibíd. 9.

[51] Ni qué decir tiene que aquí la alabanza se entiende en un sentido más amplio que el considerado por Santo Tomás en 2, 2, q. 103, a. 1 ad 3 donde laus, por contraposición a honor, se restringe al homenaje de las palabras: “in solis signis verborum”. No, el concepto que se tiene aquí en cuenta es el de la Escritura, Patrística y Escolástica. Es decir: alabar a Dios es lo mismo que dar gloria a Dios. Cfr. MARCHETTI, op. cit. 118-120

[52] Ibíd. 5, sobre todo notas de pp. 5-6

[53] Una cosa parece clara en la mente de todos los comentaristas, y es que sería forzar las cosas tratar de disociar analíticamente los tres elementos del tríptico ignaciano; aunque cada palabra tenga su significado propio, pero las tres juntas tienen en el pensamiento de Ignacio un sentido común, como se puede ver por los textos paralelos en los que se barajan indistintamente las palabras para expresar una misma idea. Véase NONNEL, loc. Cit 184 ss.; L. TEIXIDOR, La ley de Caridad… 197-198; CALVERAS y PUIGGROS loc. Cit.; FILOGRASSI, art. Cit. 404; DE CONINCK, Adaptation ou retour aux origines? NRT 70(1948) 918-945 : 928

[54] Ibíd. 10

[55] Que como advierten los Editores de Monumenta (MI Ex 573) es “magni quidem momenti propter eius antiquitatem”; de principios de 1537 a más tardar. Cf. CODINA, Los Orígenes 43-44; PINARD DE LA BOULLAYE, Exercises I, 22; LARRAÑAGA,La revisión… 405

[56] MI Ex 624.

[57]Nota 50: 2, 2, q.81 a. 3 ad. 2m: “A la segunda objeción hay que responder que con un mismo acto el hombre sirve y da culto a Dios: pues el culto se dirige a la excelencia de Dios a quien se reverencia; el servicio, por su 

“Ad secundum dicendum quod eodem actu homo servit deo et colit ipsum, nam cultus respicit dei excellentiam, cui reverentia debetur; servitus autem respicit subiectionem hominis, qui ex sua conditione obligatur ad exhibendum reverentiam deo. Et ad haec duo pertinent omnes actus qui religioni attribuuntur, quia per omnes homo protestatur divinam excellentiam et subiectionem sui ad Deum, vel exhibendo aliquid ei, vel iterum assumendo aliquid divinum.”

            Verdad es que la idea de servicio en San Ignacio, por las resonancias caballerescas de su pasado, reviste, como veremos luego, tonalidades y matices algo diversos de los que sugiere el texto del Aquinate. Pero ni qué decir tiene que San Ignacio suscribiría sin titubear la definición base del texto citado: “servitus… respicit subjectionem hominis…” Como que es el mismísimo concepto de la humildad, que Ignacio tomó del Aquinate[58].

            En cuanto a la reverencia, es tan evidente el paralelo, que los autores se han encargado de subrayarlo[59].

            Por mi parte sólo quisiera apuntar que en este texto la idea misma del servicio viene a reducirse, en última instancia, a la de la reverencia que el hombre debe a Dios por su condición de criatura[60]. Y creo que también aquí San Ignacio firmaría gustoso la tesis del Aquinate[61].

            El P. LETURIA, abogando por una redacción literaria del Fundamento más tardía, escribía[62]:

            “La serena entonación literaria del trozo, límpida y consecuente como un artículo de la Suma del Aquinate, parece rezumar los modos típicos de la especulación escolástica en sus más clásicos y bellos modelos”.

            Es casi seguro que en la mente del P. LETURIA esa alusión al Aquinate no pasa de ser una hermosa metáfora. Pero teniendo en cuenta los textos arriba aducidos, ¿no nos sería lícito aventurar la influencia de Santo Tomás en el enfoque del Fundamento, siquiera sea – para decirlo con las modestas palabras del mismo P. LETURIA poco más abajo al apuntar la posible influencia de Fray Alonso de Madrid – a modo de “conjetura, y ésa medrosa?[63]

+  +  +


parte, se fija en la sujeción del hombre, que, por su propia condición, está obligado a tratar con reverencia a Dios. A estos dos actos se reducen cuantos se atribuyen a la religión, ya que con todos ellos el hombre da testimonio de la excelencia divina y de sumisión a Dios, en unos casos, poniendo algo de su parte; en otros, participando de algún bien divino”.

[58] Cfr. Infra al hablar de la tres Maneras de Humildad

[59] Por ejemplo FILOGRASI, art. Cit. 395

[60] Véase de paso con qué claridad se describen aquí los dos polos de que arriba (nota 38) dijimos: “divinam excellentiam” y “subiectionem sui…”

[61] Para otros textos interesantes de Santo Tomás, cf. MARCHIETTI, o.c. 124 ss.

[62] Génesis de los Ejercicios 33

[63] Conocido es el papel del Fundador de la Compañía en lograr que la Suma del Aquinate sustituyera como libro de texto al Maestro de las Sentencias. Cf. por ejemplo PIERRE BOUBIER, Jésuites (La Théologie dans l’Ordre des) DTC 8/1, 1013 ss.

            Pero medrosa y todo, no sé si no apunta a un parentesco de pensamiento tanto o más íntimo que el de la merar coincidencia de la fórmula verbal. Esta, [Pág. 57 ->] por lo demás, parece darla por supuesto el P. PINARD DE LA BOULLAYE, al subrayar que la frase ignaciana “responde a la enseñanza de las escuelas de su tiempo”[64].

            Es la misma, dice, de Hugo de San Víctor, la misma del anónimo de De diligendo Deo, de quien toma a la letra Pedro Lombardo, y tras él, sus comentaristas San Buenaventura, Santo Tomás…[65]

            Con esto hemos entrado, casi sin querer, en el laberíntico tema de las fuentes[66]. Pero prometo que será por breve tiempo y sólo a trueque de sacar algo de luz para nuestro asunto.

            Como acabamos de ver, para el P. PINARD DE LA BOULLAYE la dependencia de Pedro Lombardo parece estar fuera de toda duda. Y noto que otros se apoyan aquí como en terreno adquirido, base para ulteriores deducciones[67].

            Vale la pena que estudiemos el punto de cerca.

            Dice así Pedro Lombardo:

            “Et si quaeratur, ad quid creata sit rationalis creatura, respondetur: ad laudandum Deu, ad serviendum ei, ad fruendum eo; in quibos proficit ipsa, non Deus”[68].


[64] Excercises I, 47

[65] Ibíd. 57-58; y ya ante en p. 44, nota 1. Cfr. también Les étapes 13-14

[66] Véase con qué ironía fustiga el P. RAHNER el prurito moderno de “inventar fuentes”: “Ignacio tendría ciertamente una sonrisita amigable y compasiva, tal vez algo sarcástica, si hubiera tenido que asistir a la vivisección que los historiadores han hecho del librito de su vida tan trabajosamente escrito” Ignacio de Loyola 32

[67] Así, por ejemplo, DIRKS, L’Interprétation 371

[68]Sent. I.II, Dist. I, c. IV: Edit Migne, Paris 1841, Col. 143, n. 6; S. BONAVENTURAE Op. omnia (Quaracchi 1885) t. II, 12

[69] Ibíd. 58, n.2

[70]Cf. S. BONAVENTURAE, loc. Cit. nota 7


            El paralelo es innegable. Pero obsérvese que, comparado el texto con el de Ignacio, falta una palabra y sobra otra. Falta hacer reverencia y sobra fruendum eo. A esto último nos responde PINARD DE LA BOULLAYE que “estas palabras, ad fruendum eo, expresan la recompensa eterna. Corresponde al per haec salvet animam suam de Ignacio[69].

            En el fondo puede ser así, no quiero discutirlo. Pero creo que es preferible buscar el significado de esa palabra en el mismo contexto del Lombardo; tanto más, que este texto es una transcripción literal del anónimo De diligendo Deo[70] y hay que compulsar, por tanto, el sentido que el mismo Maestro de las Sentencias daba a esas palabras.

            Pues bien, pocas líneas más arriba, abriendo el mismo capítulo IV – Quare rationalis creatura facta sit – escribe Lombardo:

            “Et quia non valet eius beatitudinis particeps existere aliquis, nisi per intelligentiam, quae quanto magis intelligitur, tanto plenius habetur: fecit Deus rationalem creaturam, quae summum bonum intelligeret et intelligendo amaret, et amando possideret ac possidendo frueretur”[71]. [Pág. 58->]

            Parece, por tanto, algo precipitado concluir sin más, a base solamente del texto citado en la nota 72, que Lombardo no habla de conocimiento y amor al tratar del fin del hombre y que por lo tanto nada extraño que San Ignacio tomara también esa dirección[72].

            Pero más interesante aún para nuestro estudio es la segunda observación:

En Lombardo falta la palabra “hacer reverencia”. Estamos por lo tanto aquí en un terreno netamente ignaciano puesto que, rompiendo los supuestos moldes de la fórmula escolares de la época, añadió Ignacio de su propia cosecha este elemento[73].

            Y no cabe decir que se trata de un elemento adventicio o casualmente añadido. Porque, como hemos visto ya y seguiremos viendo, pocas ideas hay tan tenazmente arraigadas en el suelo ignaciano como esta de la reverencia.

            Hay, pues, que concluir que debía ser profunda la perspectiva en que Ignacio veía esta reverencia, cuando quiso expresamente elegir esta palabra para el frontispicio de sus Ejercicios, como elemento decisivo y específico del fin del hombre.

+  +  +

            Todas las interpretaciones que hasta aquí hemos presentado – unas más, otras menos – ofrecen, creo, buenos puntos de mira para situar correctamente el puesto que le corresponde a la reverencia en el Principio y Fundamento ingaciano.


[71] Ibíd. Edit. n. 4

[72] Tal parece el sesgo del raciocinio que usa PINARD DE LA BOULLAYE para combatir, entre otros, a NONELL. Este, como arriba dijimos, se inclina a excluir el amor de la fórmula del Fundamento;  y para confirmar su tesis aduce un viejo manuscrito italiano anterior a la edición de 1548 que rezaba así: “L’uomo é creato da Dio per cognoscere ed amare, laudare, e riverire, e servire a Dio” (Cfr. NONELL, op. cit. 180 ss.; H. WATRIGANT, La Méditation fondamental, CBE 1907, n. 9-10, p. 139; cit. por PINARD DE LA BOULLAYE, Exercises 55.56, nota 2; MARCHETTI, op. cit. 135

            Del hecho de que en la edición definitiva de los Ejercicios ya no aparezcan las palabras cognoscere ed amareconcluye el P. NONELL (Ibíd. 183): “Es evidente que el autor no quiso que se imprimieran sin duda porque sentía que eran o inútiles o sin relación con el fin pretendido”

            El P. PINARD DE LA BOULLAYE está en su punto al rebatir victoriosamente la endeble argumentación de NONELL (Exercises 55.56) ya que Ignacio podía tener sus razones para juzgar innecesaria o ambigua (no precisamente inútil…) la inserción de las palabras conocer y amar… Pero, como antes dije, tal vez sea simplificar demasiado las cosas el decir que en esto Ignacio no hace sino seguir a la letra al Lombardo, puesto que Lombardo habla expresamente de amor y conocimiento en el mismo contexto que PINARD DE LA BOULLAYE considera como base del Principio y Fundamento ignaciano…

[73] Y, nótese bien, con toda la madura reflexión de una posterior enmienda; porque hacer reverencia no parece existiera en el primitivo estadio que refleja el códice Reginense. Cfr. supra las notas 59 y 60.

            Con todo, al pasar revista a esa teoría de explicaciones, es muy posible que más de un lector se haya quedado con un dejo de insatisfacción. Y es que, a fuerza de dividir para analizar y sistematizar, hay peligro de acabar desencajando los textos de su orgánico y vital contexto histórico, único capaz de dar razón cabal de su sentido[74]. [Pág. 59 ->]

            Ensayemos pues un enfoque más total y profundo.

            Hay un hecho básico que todas las fuentes destacan, y es que los Ejercicios tuvieron su origen en la soledad de Manresa. Ni antes había existido de ellos nada esencial, ni después – pese a las continuas adiciones y correcciones durante años – se les añadió cosa sustancial[75].

            Eso vale de los Ejercicios en general y vale en concreto del Principio y Fundamento, como lo recalca el P. LETURIA en el contexto arriba aludido[76].

            Sólo esto basta ya para demostrar que la explicación medular de los Ejercicios hay que ir a buscarla fuera y por encima de los exiguos elementos naturales de que en Manresa disponía Ignacio: “Con ser hombre simple y no saber sino leer y escribir en romance” – resume bien Laínez[77].

            La única explicación es, como ha escrito RAHNER[78], que

            “En Manresa aconteció la irrupción mística de la gracia divina, desde arriba, que se apoderó de aquel hombre, enlazándose ciertamente a las experiencias espirituales ya vividas, pero arrebatándole soberanamente por encima de aquello”.

            En esto son explícitas y unánimes las fuentes: “Por la gracia de Dios y por la inspiración (Dei beneficio et instinctu) nacieron los Ejercicios” dice Nadal[79]. Y Polanco: “había recibido los Ejercicios enseñado por el mismo Dios”[80].

            O lo mismo en la Praefatiuncula Editionis primae Vulgatae (de donde luego pasó el Proemium del Directorio de 1599[81]): “Haec documenta ac Spiritualia Exercitia, quae non tam a libris, quam ab unctione Sancti Spiritus…”[82]

            Ya un año antes Laínez en su carta biográfica sobre Ignacio arriba citada, había expuesto lo mismo:

            “A cabo de cuatro meses, repentinamente, si bien me recuerdo, cabe un agua o río o árboles, estando sentado, fue especialmente ayudado, informado e ilustrado interiormente de su divina magestad, de manera que comenzó a ver con otro ojos todas las cosas y a discernir y probar los espíritus buenos y malos, y a gustar las cosas del Señor, y a comunicarlas al próximo en simplicidad y caridad, según que los recibía; y esto creo fuese en Manresa…”[83] [Pág. 60 ->]

            Todos estos testimonios no hacen sino armonizar los tonos básicos de la narración autobiográfica de Ignacio: “En este tiempo – resume el Santo[84] – le trataba Dios de la misma manera que trata un maestro de escuela a un niño, enseñándole…”.

+  +   +


[74] Por eso precisamente nos parece magistral la síntesis del P. RAHNER en su Ignacio de Loyola. Utilizando sabiamente el material preparado por investigaciones parciales, ha sabido presentarnos a Ignacio indisolublemente enraizado, vinculado a esas fuerzas – históricas unas y documentalmente comprobables, meta históricas otras – irrumpiendo de lo alto con la misma fuerza joven, inédita de los momentos críticos en la historia de la Iglesia. Todo eso y solo eso es capaz de darnos ese enfoque integral, antropológico, que busca exigentemente el hombre de hoy.

[75] Cf. RAHNER Ignacio de Loyola 50 ss.

[76] Cfr. Génesis 32

[77] Epistola Patris Laynez de P. Ignacio (Bononia 16 Iunii 1547) 12: MI Font Narr I, 82. Cf. la misma expresión en el Sumariode POLANCO, MI Font Nar I, 162

[78] Ignacio de Loyola 50

[79] MH Nadal IV, 666. Cf. RAHNER, Ibíd., 51

[80]MH Chron Pol I, 25; Cf. RAHNER, Ibid.

[81] MI Ex 1116, 2.

[82] MI Ex 218. Que Polanco sea el autor de la Praefatiuncula, consta por carta de RIBADENEIRA. Cf. Ibíd. 150

            En este ángulo hay que situarse para enjuiciar certeramente los Ejercicios y el punto que nos ocupa. Que los Ejercicios no son un frío sistema teórico de verdades abstractas, sino, sobre todo y ante todo, la “visión trepidante del Dios vivo”[85], el filme de la tremenda aventura mística vivida por Ignacio en Manresa. Film esquemático, sí, y lacónico como el enjuto hombrecito sobre el que se centra, pero enormemente elocuente si se le proyecta sobre los otros datos que tenemos de aquel formidable proceso de transformación que dejó al Peregrino de Manresa hecho un hombre nuevo:

“Y esto fue de tal manera de quedar con el entendimiento ilustrado, que le parecía como si fuera otro hombre y tuviese otro intelecto, que antes tenía”[86].

            Los Ejercicios, pues, más que teorías señalan un camino, un “método”, un orden[87]. “No son unas lecciones acabadas de la perfección cristiana, sino una traza, un ‘Principio y Fundamento’, para el encuentro del alma con Dios, con que se transforma la vida”.

            Su fin es (y tomamos las cosas con la más ingenua abstracción[88] de toda la maraña de discusiones técnicas sobre el tema): “Quitar de sí todaslas affecciones desordenadas, y después de quitadas…, buscar y hallar la voluntad divina en la disposición de su vida para la salud del ánima…” (n. 1: cfr. nn. 21, 169, 179, 189…)

            Buscar y hallar la voluntad divina para cumplirla por encima de todo. Así, Dios en el centro. Y el hombre, en la actitud del niño Samuel: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”[89].

            Este teocentrismo del pensamiento ignaciano desde los tempranos días de Manresa será ya su sello indeleble. [Pág. 61 ->]

            “La idea de Dios – ‘Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, no de los filósofos y sabios…, Dios de Jesucristo’ – es verdaderamente clave de bóveda del edificio espiritual que pretende levantar San Ignacio”[90].


[83]MI Font Nar I, 80; LETURIA, Génesis 52.

[84]MI Font Nar I, 400; BAC 47.

[85] BEIRNAERT, Sens de Dieu 26.

[86]MI Fojn Nar I, 404.406; BAC 49.

[87]Cf. PINARD DE LA BOULLAYE, Exercises I, 5ss.

[88] RAHNER, Ignacio de Loyola 13.

[89] Que tiene en la autobiografía ignaciana un paralelo trepidante de emoción: “comenzó Ignacio [medio anegado en la galerna de sus escrúpulos] a dar gritos a Dios vocalmente, diciendo: -- Socórreme, Señor, que no hallo ningún remedio en los hombres, ni en ninguna criatura; que, si yo pensase de poderlo hallar, ningún trabajo me sería grande. Muéstrame tú, Señor, dónde lo halle; que aunque sea menester ir en pos de un perrillo para que me dé el remedio, yo lo haré” MI Font Nar I, 396; BAC 45-46.

            Creo que resumen bien el sentir de todos los comentaristas las penetrantes observaciones del P. DIRKS en su interpretación del Principio y Fundamento:

            “La importancia de los dos Principios fundamentales salta a la vista. Se trata aquí de verdades base: existencia de Dios, creación del universo y del hombre por Dios, dependencia esencial del hombre ante su Criador, conexión de la salvación del hombre con el libre cumplimiento del servicio al que está obligado. Estas verdades impresionaron profundamente a Ignacio. ¿Hay acaso alguna otra, una sola, que le haya impresionado tanto? De ellas proviene su teocentrismo básico que inspira toda su vida así como fundamenta y caracteriza toda su espiritualidad. De ahí e de donde le viene su concepción de Dios: nuestro Criador, y, por ende, nuestro Señor. Criador y Señor. De ahí, y no de otra parte, e de donde él deduce, como una conclusión evidente y apremiante, su gran idea del servicio: el hombre es una criatura, y por tanto un servidor. Nada, jamás, hará que esto deje de ser verdad y esta verdad define la actitud fundamental del hombre en esta vida: una indispensable y constante sumisión a Dios”[91].

            Estas frases escuetas de DIRKS son de excepcional interés para nuestro tema. Porque no sólo destacan nítidamente el elemento central de la visión ignaciana de Dios, sino que apuntan ya, con su correspondiente reflejo – “como una conclusión evidente y apremiante”—, la “actitud fundamental del hombre en esta vida”, que no puede ser sino la de “sumisión a Dios”, es decir, aquella “humildad” que luego nos subirá a las mayores alturas de los Ejercicios[92], aquella “servitus” de que arriba oíamos hablar a Santo Tomás[93].

            Si el P. LETURIA ha podido calificar acertadamente de “fuerza sintetizadora orgánica”[94]la sublime ilustración del río Cardoner – culmen indiscutible de las escaladas místicas de Ignacio en Manresa – es claro que el núcleo centralizador en torno al cual se ensambla y estructura vitalmente esta síntesis maravillosa del nuevo hombre es Dios[95]. Pero Dios, en la forma fascinadoramente imponente de la Divina Majestad[96]. [Pág. 62 ->]

            En la Autobiografía están ya todos los trazos para el cuadro: Primero la visión de Dios Trino, que se le descubre dejándole para toda la vida “esta impresión de sentir grande devoción haciendo oración a la Santísima Trinidad”[97].


[90] CAVALLERA, La Spiritualité 374. Cf. la misma idea en DANIELOU: La visión ignatienne 5-6

[91] DIRKS, L’ Interprétation 371

[92] Cf. infra Tres Maneras de Humildad

[93] Cfr. Supra, notas 53 y 61-62.

[94] Génesis 26.

[95] Así concluye el P. CODINA (Los Orígenes 79) resumiendo los puntos que el mismo Ignacio nos dejó en la Autobiografía: “Es la síntesis de los Ejercicios; Dios principio y fin de todas las cosas, el hombre, Jesucristo redentor y glorificador, Dios digno de ser amado sin término ni medida”. Cfr.,. RAHNER, Notes286

[96] El P. RAHNER, ahondando principalmente el surco abierto por el llorado P. LETURIA, nos ha dejado un finísimo análisis de este punto, así como de la trascendencia y sentido de la magna ilustración del Cardoner. Cf. Ignacio de Loyola 52 ss.

[97] MI Font Nar I, 402; BAC 48; LAÍNEZ da aún datos más detallados: mi Font Nar I, 82

            Luego, un místico entender la creación: todas las cosas criadas, saliendo de Dios. “Una vez se le representó en el entendimiento con grande alegría espiritual el modo con que Dios había creado el mundo”[98].

            “Desde entonces – apostilla el P. RAHNER – sólo puede considerar ‘las otras cosas de sobre el haz de la tierra’ (n. 23) como saliendo y volviendo al Dios Trino”[99].

            Aún el fruto en las almas que refiere a continuación el Santo – y por el que “dejó aquellos extremos que antes tenía; ya se cortaba la uñas y cabellos”[100] – no lo sabrá ver sino como un “glorificar al Criador suyo en sí, y reducir a Él sus criaturas”[101].

            En fin, una serie de regaladas visione de la Humanidad de Cristo y de su Madre (aquellos sus “Mediadores” de los Ejercicios y de las jornadas místicas del Diario) nos dejan claramente dibujados los contornos del pensamiento ignaciano.

            Sólo falta que llegue la eximia ilustración de cara al Cardoner:

“En ella – ha escrito bellamente el P. RAHNER [102] -- se ordenan… las limaduras de todos los anteriores conocimientos, bajo la fuerza magnética de una completamente nueva brillante radiación para el conjunto orgánico, que llamamos Ejercicios, y su teología, su sobrenatural teología, en la que ahora está todo en su lugar referido a Dios”

            Ignacio mismo nos ha descrito la impresión verdaderamente imponente de esta gracia: “Se le empezaron a abrir los ojos del entendimiento… y esto con una ilustración tan grande, que le parecían todas las cosas nuevas”[103].

Pero la mayor ponderación es la que añade el propio Ignacio:

“De modo que en todo el discurso de su vida hasta pasados sesenta y dos años, coligiendo todas cuantas ayudas haya tenido de Dios, y todas cuantas cosas ha sabido, aunque las ayunte todas en uno, no le parece haber alcanzado tanto, como de aquella sola vez”[104]. [Pág. 63 ->]

            Sin querer, viene a lamente la comparación con las gracias inefables del Diario, de que dijimos en la Introducción, y se cae de su peso el comentario: ¿Pues qué seria esta sublime ilustración en San Pablo junto al Cardoner?

            Ahora ya entendemos el milagro de los Ejercicios[105].


[98] MI Font Nar 402; BAC 48

[99] Ignacio de Loyola 52

[100] MI Font Narr 402; BAC 48.

[101] Carta de la Perfección: MI Epp I, 498; BAC 722.

[102] Ignacio de Loyola 53

[103]MI Font Nar I 404; BAC 49. Cf. LETURIA Génesis 25 ss. El P. GRANERO, La conversión de San Ignacio 55 lo ha dicho hermosamente: “de manera que entonces no se le comunicó un plan o programa concreto que realizar, sino una mentalidad, un espíritu nuevo. Con este espíritu es verdaderamente otro hombre. Ve las mismas cosas de antes, pero de un modo nuevo, más profundamente en sí mismas y más sabiamente en sus mutuas relaciones y en este mismo estar colgados de Dios” (Subrayo yo)

[1]MI Fon Nar I, 404; BAC 49-50

            Y ahora entendemos por qué Dios en los Ejercicios es “Su Divina Majestad” (nn. 98, 146, 147, 232) hasta el ejercicio para alcanzar amor; es la Trinidad, “como en un solio o trono dela su Divina Majestad” (n. 106) y también en el momento de la admirable humillación de la Encarnación; y en torno a esa Majestad está su corte o corte celestial, no sólo en el momento de la honda vergüenza del perverso caballero (n. 74) sino también allí donde en un arranque generoso se ofrece a su Majestad (n. 98) y todavía más en el vuelo supremo del amor con que se une a Dios” (n. 233)[106].

            Ahora entendemos por qué, no sólo en los Ejercicios[107], sino incluso en el marco mucho más ancho y holgado de su ingente epistolario, las preferencias de Ignacio van por los apelativos donde reverbera la Majestad e infinitud divina[108].

            Ahora, en fin, columbramos el horizonte anchísimo que se abre detrás de ese sencillo: “el hombre es criado para… hacer reverencia… a Dios”. No es una idea más, sino todo un mundo trepidante el que a duras penas represan esas palabras[109]. [Pág. 64 ->]


[106]Porque, como dice el P. DEBUCHY (citado en MI Ex 39): “sans cette grâce la composition des Exercices reste un mystère”.

[107]RAHNER, Ignacio de Loyola 23.24; Cfr. MARCHETTI op. cit 104 ss

[108] Frente a tres veces que sale la ”Divina Bondad” son 23 las veces que aparece la “Divina Majestad”. En ellos Dios es 8 veces el Criador, 16 veces Criador y Señor, una vez Señor y Criador, 58 veces se dice en ellos Dios nuestro Señor, una veznuestro Dios y Señor, una vez Señor eterno, 3 veces Señor (en vocativo)… Cf. CALVERAS, Ejercicios Espirituales 406-407.

[109] Cf. el sugestivo estudio del P. IPARRAGUIRRE, Visión ignaciana de Dios, que prueba bien nuestra afirmación:

“Aún la Bondad divina la ve siempre dentro de la órbita de la infinitud divina… Esta presencia de la inmensidad divina deja en nuestro Santo siempre, aun cuando contempla este aspecto más paternal, un fondo de majestad y de elección” Ibíd. 372,

Hablando de la Providencia: “también aquí insiste San Ignacio en su perspectiva favorita: la totalidad Ibíd. 375.

“También sale con cierta frecuencia ‘Suma Majestad y ‘verdadera vida’. Son sin duda modos de indicar la infinitud divina, reflejo de la postura con que se acerca el Santo a Dios. Le impresiona más que ninguna otra faceta esta magnificencia señorial, pero siempre con el matiz delicado, familiar de Vida… Parece que no sabe expresar esa magnitud inmensa que percibe en su visión de Dios sino a fuerza de contrastes: la bondad es infinita, la providencia con que domina todo el mundo y todos los hombres, suave y paterna…” Ibíd. 376.

Y resume así: “Creemos que estas tres notas…: totalidad de objeto, continuidad de la acción divina, empeño de acumular adjetivos y expresiones que indiquen la infinitud de Dios: sumo, eterno, divino, infinito, recapitulan el pensamiento del Santo y nos reflejan de alguna manera el reflejo de la imagen de Dios en San Ignacio” Ibidem

El valor de este artículo para nuestro tema salta a la vista. Él rellena la laguna de tiempo que va de los Ejercicios al Diario Espiritual, mostrándonos tangiblemente cómo la idea del Acatamiento trenza sus mallas tupidas a lo largo y a lo ancho hasta los últimos rincones de la vida de Ignacio: Es “la postura con que se acerca el Santo a Dios”…

[110] Desde este punto de vista confieso que me atrae la sintética visión del P. SCHILGEN, La Pensée directrice… para quien lo que San Ignacio pretende enseña es “la actitud fundamental del hombre ante Dios, ante sí mismo, ante el mundo que lo rodea” (Ibíd. XII)

            El fin que se consigue con la glorificación de Dios por el sacrificio que es el don de sí mismo a Dios”.

 

            Hay en toda la exposición no pocos desarrollos que dan luz para el punto que nos ocupa. Así: “Glorificar a Dios… sólo se puede perfectamente por medio del hombre que ‘conoce’… y se somete plenamente a la voluntad de Dios. Es el don. Don que se llama “sacrificio”, no exterior, no renuncia, etc.…. sino el don interior   

          Es instructivo pararnos a subrayar que estamos aquí precisamente en el punto de empalme con la idea, tan entrañablemente ignaciana[110], de la gloria de Dios, la “mayor gloria de Dios”.

            Pero la gloria de Dios, entendida en un sentido honda y opulentamente escriturario. Que, como bien observa LEVIE[111],

            “la gloria Dei, la fuerza del ‘kavod’ hebreo no está bien dada por la ‘clara cum laude notitia’ de Cicerón. En vez del juicio de otro que conoce y alaba la grandeza de alguien, el pensamiento hebreo parte de esta misma grandeza, de la riqueza de su contenido, de su valor personal que la hace eminentementerespetable. La gloria de Dios es el esplendor oculto del Todopoderoso que se manifiesta brillantemente, obra poderosamente; fuerza de Yahveh y gloria de Yahveh en muchos contextos son sinónimos”

            Basta leer el precioso artículo de los PP. ALSZEGHY y FLICK sobre Gloria Dei[112] para sorprender los trazos de esta misma concepción emergiendo vigorosos a lo largo de la tradición patrística.

            Espigamos algunos ejemplos. Según Teófilo de Antioquía: “Omnia fecit cum antea non essent, ut ex operibus cognoscatur et intelligatur eius Maiestas”[113].

            Y LACTANCIO deduce así la obligación del culto: “Quae utilitas Deo in homine? Scilicet ut esset qui opera eius intelligeret, qui providentiam disponendi, rationem faciendi, virtutem consummandi et sensu admirari et voce proloqui posset; quórum ómnium summa haec est: ut Deum colat. Is enim colit, qui haec intelligit, is artificem rerum ómnium, is verum patrem suum debita veneratione prosequitur, qui virtutem maiestatis eius de suorum operum inventione, inceptione, perfectione metitur”[114]. [Pág. 65 ->]

            Bien pueden concluir los Autores[115]: “In his perfecte conceptum gloriae habemus: a parte Dei maiestatem, potentiam, bonitatem; a parte hominis cognitionem, admirationem et laudem, is est, cultum”.

            Creo, sin embargo, que a esta segunda lista “a parte hominis”, San Ignacio hubiera añadido sin vacilar su “hacer reverencia” frente a la Majestad divina[116].

            Añadamos que ésta es la línea recta y profunda de la doctrina católica que, pasando por Santo Tomás – para quien “sub maiestate divina intelligitur omnis Dei excellentia”[117] – irá a desembocar en la fórmula caudalosa y solemne del Vaticano[118]: “Sancta católica Romana Ecclesia credit et confitetur, unum ese Deum verum et vivum, creatorem ac Dominum coeli et terrae, omnipotentem, aeternum, immensum, incomprehensibilem, intellectu ac voluntate omnique perfectione infinitum…”

            Desde aquí se vislumbra la profunda y literal verdad de la confesión del Santo Fundador:

            “Estas cosas que ha visto le confirmaron entonces y le dieron tanta confirmación siempre de la fe, que muchas veces ha pensado consigo: si no hubiese Escriptura que nos enseñase estas cosas de la fe, él se determinaría a morir por ellas, solamente por lo que ha visto”[119].

            Lo enérgico de la expresión debió herir vivamente a los confidentes, y así tanto LAÍNEZ como POLANCO nos la trasmiten en sus reseñas de la vida de Ignacio. Dice LAÍNEZ en su carta de 1547:

            “Acuérdome acerca desto de haberle oído decir al Pe. Mo. Ignacio, hablando de los dones que nuestro Señor le hizo en Manresa, que le parece que, si por imposible, se perdiesen las Escrituras y los otros documentos de la fe, que le bastarían para todo lo que toca a la salud, la noticia y la impresión de las cosas que nuestro Señor en Manresa le había comunicado”[120]. [Pág. 66 ->]

            Y casi lo mismo consigna POLANCO en su Sumario de las cosas más notables que a la institución y progreso de la Compañía de Jesús tocan:

            “Decía el mismo Íñigo, hablando de las mercedes que Dios nuestro Señor le hizo allí en Manresa, que si por imposible se perdiesen las Escrituras y los otros documentos de la fe, que le bastaría para todas las cosas que tocan a la salud, la noticia de las cosas que por sus divinas impresiones le había Dios nuestro Señor comunicado en Manresa”[121].

            Veremos en otro artículo el eco de estos pensamientos en el resto de los Ejercicios.

ALFONSO MA. NEBREDA, S.J.


EL ACATAMIENTO

EN LA PRIMERA SEMANA DE LOS EJERCICIOS

Alfonso Ma. Nebreda S.J.

Manresa, 32(19560) pp. 127-138

1-     ECOS DEL FUNDAMENTO

“El hombre es creado para... hacer reverencia”.

Bajo el anonimato de ese hombre vela Ignacio discretamente un “yo” cargado de vivencias manresanas.

La mejor contraprueba de que aquí se encierra su “actitud fundamental” será ver desfilar desde este plano todas y cada una de las páginas de su librito portentoso. En la revista veríamos que no hay en él una sola nota que, ni remotamente, anuncie un cambio de tono, y sí un continuo pasar y repasar del tema del Fundamento.

No es sólo la acusada y casi exclusiva preferencia por los apelativos solemnes y grandiosos – “Divina Majestad”, “Señor”, “Criador y Señor”[1]…  – con la correlativa actitud de respetuoso encogimiento del hombre: “grande ánimo y liberalidad con su Criador y Señor ofreciéndole todo su querer y libertad para que su divina majestad así de su persona como de todo lo que tiene se sirva conforme a su santísima voluntad” (n. 5)[2], “queriéndome vuestra santísima majestad elegir y rescebir…” (n. 98); “en qué… estado de nosotros se quiere servir su divina majestad” (n. 135); “si su divina majestad fuere servido” (nn. 146 y 147); “sólo que sea servicio y alabanza de la divina bondad” (n. 157; cf. nn. 166, 167, 168, 351…) etc., etc.

Es el constante recurrir de la idea del fin del hombre jalonando de punta a cabo los Ejercicios[3], que a quien ha escuchado una vez el profundo resonar [Pág. 128 ->] del “para hacer reverencia”, deja adivinar las notas claras de la postura fundamental: Ignacio existencialmente ordenado[4].

Es la enorme importancia dada por Ignacio a la confirmación divina después de la elección o deliberación: “… debe ir la persona que tal ha hecho, con mucha diligencia, a la oración delante de Dios nuestro Señor y ofrecerle la tal elección para que su divina majestad la quiera rescibir y confirmar, siendo su mayor servicio y alabanza” (n. 183; cf. la insistencia de la Nota en n. 188).

Basta recorrer las páginas del Diario Espiritual para caer en la cuenta de lo central que era este punto en lamente y en la vida de San Ignacio[5].

De ahí que, se ha observado, por esa “actitud de pasividad”[6], como de esclavo “abnegado” totalmente, presenta Ignacio – el hombre famoso por su voluntad férrea y decidida[7] – “una falta fundamental de iniciativa, casi se podría decir de decisión, precisamente en el momento en que la decisión y la iniciativa parecerían más obvia y también más necesarias, y la espontánea consecuencia de las consideraciones que se tomaron”[8].

Pero la gran proyección del Fundamento, la que en el plan de Ignacio debe evocar minuto a minuto las vivencias y la disposición de aquella postura fundamental con que se abrieron los Ejercicios, es la oración preparatoria. Invariablemente, machaconamente recordará el Santo antes de cada ejercicios que la oración es “la sólita”: “…pedir… que todas mis intenciones, acciones y operaciones sean puramente ordenadas en servicio y alabanza de su divina majestad” (n. 46). [Pág. 129 ->]

Basta poner a dos columnas los elementos para que resalte el paralelo[9]:

            Oración preparatoria

Principio y Fundamento

Sean puramente ordenadas

Solamente deseando y eligiendo

En servicio y alabanza

Para alabar… y servir

De su divina Majestad

Hacer reverencia

Todo lo que arriba dijimos sobre la Majestad Divina prueba ya suficientemente la dinámica concatenación por la que los dos términos de ese tercer binomio (hacer reverencia --- de su divina Majestad) pueden y deben llamarse correlativos.

Pero, a más abundamiento, hay en los mismos Ejercicios una explícita y magnífica confirmación de nuestro punto. Me refiero a la Tercera Adición, que por taxativa prescripción de San Ignacio debe preceder – invariablemente también – a la oración preparatoria, poniendo al alma en la tesitura que el Santo creía indispensable para entrar a orar.

Y esa tesitura es, ni más ni menos, la del Acatamiento, literalmente la “postura fundamental” de reverencia ante Dios.

Veámoslo.

“La tercera, un paso o dos antes del lugar en donde tengo que contemplar o meditar, me pondré en pie, por espacio de un Padre nuestro, alzado el entendimiento arriba, considerando cómo Dios nuestro Señor me mira, etcétera; y hacer una reverencia o humillación” (n. 75).

            Subraya bien el P. FILOGRASSI[10] que nos hallamos aquí en el ámbito de la virtud de la religión, con la que el hombre, según Santo Tomás, proclama la divina excelencia y su propia sujeción a Dios[11].

            Son luminosas al respecto, aquellas palabras de Santo Tomás:

“Ad secundum dicendum quod sicut oratio primordialiter quidem est in mente, secundario autem verbis exprimitur, ut supra dictum est; ita etiam adoratio principaliter quidem in interiori dei reverentia consistit, secundario autem in quibusdam corporalibus humilitatis signis, sicut genu flectimus nostram infirmitatem significantes in comparatione ad deum; prosternimus autem nos quasi profitentes nos nihil esse ex nobis”[12]

                 No hay duda de que San Ignacio suscribiría estas líneas del Angélico como el mejor comentario a su Tercera Adición, y diría que esa humillación nada vale si no va vivificada por aquella reverencia interior. Al fin y al cabo, esa reverencia externa no es sino la proyección visible, tan psicológicamente humana, de aquella actitud interna en que San Ignacio quiere ver anclado a su ejercitante: “para hacer reverencia”. [Pág. 129->]

                 La misma actitud que en las Reglas de discreción de espíritus remacha de una y otra forma. Al desolado le hace pensar que una de las causas principales por las que Dios permite la prueba es “para que internamente sintamos que no es de nosotros traer o tener devoción crecida… mas que todo es don y gracia de Dios nuestro Señor, y porque en cosa ajena no pongamos nidos, alzando nuestro entendimiento en alguna soberbia o gloria vana…” (n. 322). Y al consolado le amonesta que “procura humillarse y bajarse cuanto puede, pensando cuán para poco es…” (n. 324).

                 La misma actitud empapa y desborda ampliamente las cuatro escuetas líneas de aquella significativa advertencia de la Anotación Tercera: “Advirtamos que en los actos de la voluntad, cuando hablamos vocalmente o mentalmente con Dios nuestro Señor o con sus Santos, se requiere mayor reverencia que cuando usamos del entendimiento entendiendo” (n.3).

                 Siempre se requiere reverencia en la oración, pero aquí, al hablar con Dios, exige San Ignaciomayor reverencia que cuando se trata de mero discurrir del entendimiento. “Porque – para decirlo con las clásicas palabras de LA PALMA[13] – dado caso que en lo uno y en lo otro se requiere reverencia; pero en lo uno, como quien medita en el acatamiento de Dios; en lo otro mucho mayor, como quien habla inmediatamente con el mismo Dios”.

                 Y eso vale, no sólo cuando el coloquio se hace “hablando así como habla… un siervo a su señor…” (n. 54), sino igualmente cuando “el coloquio se hace propiamente hablando así como un amigo habla a otro” (Ibíd.). Y es que para Ignacio el amor, aunque sea tan ardiente e íntimo como el que Cristo infinitamente bueno brinda a su siervo, no quita, antes parece atizar el ansia de reverencia y humildad. ¿No estamos oyendo aquí los ecos de aquél: “dadme humildad amorosa, y así de reverencia y acatamiento?”[14].

                 Tan a la vista está el parentesco de esta anotación con el acatamiento del Diario Espiritual, que bien pudo escribir DENIS[15]:

                 “Hunc cultum externum tanti faciebat Ignatius, ut cum revelationibus et omni consolationum generi anteponeret; divino enim afflatu hoc didicerat, et lumen illud pluris quam donum lacrymarum ceteraque omnia supernaturalium gratiarum charismata ipsi ante a divina Bonitate concessa faciebant. Ideoque orationem hanc frequenter usurpabat: Domine, da mihi humilitatem et reverentia ex amore”

[Traducción castellana del digitalizador: Tanto apreciaba San Ignacio este culto externo, que lo anteponía a todo género consolaciones, ya que por inspiración divina lo había aprendido, y estimaba aquella luz en más que el don de lágrimas y de todas los carismas de gracias sobrenaturales que se le habían concedida a él por la divina Bondad. Por lo cual solía frecuentemente orar así: “Señor dame humildad y reverencia amorosa”].

                 Sin embargo se me permitirá subrayar que, tanto por la cronología, como por la lógica prioridad de causa a efecto, sería tal vez más exacto hablar de la postura exigida por Ignacio en la tercera Anotación, como de preludio y germen de las honduras místicas del acatamiento en el Diario Espiritual.

                 Lo innegable es que allí y aquí estamos en una misma línea, la de la postura [Pág. 131 ->]fundamental adoptada por Ignacio en el Principio y Fundamento. Que, como recapitula DENIS[16]:

                 “Reverentiam enim parit humilitas; humilitas autem duplici ex fonte procedit, ex cognitione videlicet tum infinitae Dei magnitudinis et perfectionis, tum nihili nostri et moralis miseriae nostrae »

[Traducción castellana del digitalizador: “Porque la humildad engendra la reverencia; pero la humildad procede de una doble fuente, a saber del conocimiento tanto por un lado de la grandeza y perfección de Dios, cuanto del conocimiento de nuestra nada y de nuestra miseria moral”].

                 Es exactamente la misma postura, el mismo tono que trepida en la palabra de Pedro después de la pesca milagrosa que decidió el rumbo de su vida, al palpar con sus manos de pescador de Galilea uno no sé qué de tremenda Majestad de Yahveh reverberando en el rostro hermoso y sereno de Jesús de Nazaret; “¡Apártate de mí, porque soy un hombre pecador, Señor!”[17].

                 Así, con la reafirmación del dinámico contraste entre los dos polos de que al principio[18]decíamos, henos aquí frente al reverso de la medalla del Principio y Fundamento que son los ejercicios de la Primera Semana.

                 Reverso, externamente. Porque, en la intención de San Ignacio, no tienen otro designio que calcar, a fuego del más dramático contraste, la postura fundamental sobria, pero vigorosamente dibujada en el Fundamento.

                 Pero esto pide capítulo aparte.

2. —AHONDANDO POR CONTRASTE

                 Basta abrir los ojos para reconocer en el primer ejercicio el reverso del Principio y Fundamento[19].

Principio y Fundamento

Primer Ejercicio

Orden

Desorden

Gloria de Dios

Pecado

Creaturas como medio

Creaturas como fin

El alma libre [para elegir lo que más]

“mi ánima encarcelada”

El hombre, rey

El hombre, esclavo

                 Pero si al hablar del Fundamento pudimos afirmar que, más que abstractas disquisiciones de escuela, lo que allí latía en la “visión trepidante de Dios vivo”[20] que en Manresa relampagueó sobre los ojos y el corazón de Ignacio, lo mismo podemos repetir de estos ejercicios de la Primera Semana: No son sino ecos de aquel dramático enfrentarse de Íñigo con el tenebroso retablo de su pasado pecador. Para la valoración del calibre existencial de estas líneas, escuetas como un parte de guerra, es preciso pensar en la experiencia que Ignacio tenía del pecado.

                 Sin ser todo lo específicas que la curiosidad del hombre moderno querría[21] las fuentes presentan un cuadro sombrío[22]. [Pág. 132 ->]

                 Es ya significativo el dato que nos da el propio San Ignacio: “Y llegado a Monserrate, después de hecha oración y concertado con el confesor, se confesó por escrito generalmente, y duró la confesión tres días”[23].

                 Pero como si no bastara, añade más abajo:

“Mas en esto vino a tener muchos trabajos de escrúpulos. Porque, aunque la confesión general que había hecho en Monserrate había sido con asaz diligencia y toda por escrito como está dicho, todavía le parecía a las veces que algunas cosas no las había confesado, y esto le daba mucha aflicción…”[24].

                 Y la borrasca fue tal que, como pondera LA PALMA, “se había visto a punto de anegarse”[25]. Terribles remordimientos, resultado de sus pecados, pero no menos “de un conocimiento extremadamente claro de la Divina Majestad”, subraya con razón el P. RAHNER[26].

                 Eso mismo parece decirnos el dato de POLANCO[27] al escribir a renglón seguido de la eximia ilustración del Cardoner:

                 “Ab hoc tempore in maiorem ac profundiorem sui cognitionem ingressus est, et peccata vitae suae anteactae, ut penitius cognoscere, ita maiori cum amaritudine animi ac contritione deflere cepit”

[Traducción del digitalizador: “A partir de este tiempo ingresó en un conocimiento mayor y más profundo de sí mismo, y los pecados de su vida pasada, al conocerlos más plenamente, empezó así a llorarlos con mayor amargura de ánimo y contrición”]

                 No es otro el fin de la Primera Semana. Dar al hombre una toma de conciencia del yo pecador, que responda a aquel conocimiento de Dios que decíamos quedaba en la base del Principio y Fundamento ignaciano.

                 Profunda y teológica interrelación la que va entre el sentido de Dios y el sentido del pecado[28]: “Cuando el misterio de Dios se revela, el hombre se siente como opuesto al Señor; el Santo descubre al pecador”[29].

                 Toda la sobria redacción de estos textos de la Primera Semana está pensada con el “yo pecador” en el centro. El objeto real soy yo. En mí se desarrolla ese drama negro del pecado. Si Ignacio sigue en el primer ejercicio su consabida táctica psicológica, de presentar los cuadros en tercera persona[30], no es sino para acorralar al yo con unas consecuencias que caen a plomo sobre el alma exigiendo imperiosamente “vergüenza y confusión” (n. 48).

                 Por si eso es así ya en el 1er. Ejercicios de tres pecados, el 2º Ejercicio pone resueltamente al ejercitante de cara frente a Dios. Ya no cabe duda: se trata de mí, sólo de mí. [Pág. 133 ->]

                 “Hace la impresión – ha escrito certeramente el P. BEIRNAERT [31]– de que Ignacio se esfuerza ahí por hacer volver a encontrar algo de lo que pasó por él en el Cardoner. Todo se desarrolla en la presencia de Dios, y no es inteligible sino así. Los pecados son evocados en concreto, pesados, tomados en su fealdad y malicia que no se entienden sino ante la santidad absoluta (“dado que no fuese vedado”: n. 57). En ellos aparece el yo pecador. De él se adquiere conciencia inmediata a lo largo del 3er. Y 4º Puntos en un esfuerzo de realización afectiva y efectiva, que lleva al ejercitante a palpar lo nada, en el sentido bíblico de la palabra, que es toda creatura pecadora ante el Criador”.

                 Y comentando el famoso Punto 5º[32] continúa diciendo:

                 “El 5º Punto expresa el desenlace de este ejercicio dramático: un momento de emoción sagrada que evoca irresistiblemente el sentimiento del pecador bíblico ante Dios, con su impresión de no poder subsistir ante Su faz, de ser excluido y cercenado de la existencia por la conjuración de un universo armado por la justicia divina”[33].

+   +   +

                 Ya la visión de Dios del Principio y Fundamento tenía que llevar a Ignacio a sentir profundamente el abismo que le separaba de la Divina Majestad[34].

                 Los Ejercicios de los pecados, por vía de contraste, completaron la obra, dejando al Santo irrevocablemente sumido, anonadado en el más humilde de los acatamientos.

                 El P. LA PALMA explica profundamente[35] cómo el gran fruto buscado por San Ignacio con las meditaciones de los pecados está precisamente en ahondar en nosotros el propio conocimiento, gran atajo para llegar a la necesaria humildad. Pues para que los ejercicios de humildad: “sean firmes y sólidos, es menester que tengas sus raíces y fundamento en lo más hondo del corazón y del propio conocimiento, donde un hombre se ha de deshacer y aniquilar tanto, y ponerse en tan bajo lugar, que ninguno le pueda poner en otro inferior”[36].

                 Prueba viva de la verdad de estas reflexiones nos la ofrece el mismo Ignacio en su vida posterior. Estos ejercicios de Primera Semana le dejaron tan enraizado en la humildad para siempre, que las fuentes ponderan a porfía este punto. Así POLANCO en su Sumario[37]: [Pág. 134 ->]

                 “Pero es así que él a los principios tentado y temeroso de vanagloria, aun su sobrenombre no osaba decir, porque no lo tuviesen (como lo era) por noble, después dióle el Señor tan profundo conocimiento de sí, y por consiguiente le humilló tanto en sí mismo, y tan de raíz le libró de la pasión de la vanagloria, que le oí decir que había 18 o 20 años que no se había confesado de ella”[38].

                 La misma noticia nos conserva GONZÁLES DE CÁMARA en la Introducción al relato autobiográfico del Santo[39].

                 En cuanto a RIBADENEIRA, conocido es su modo de ponderar la humildad del Fundador[40]. En el capítulo III del Libro V de su Vida está bien resumido su sentir, y nos parece escuchar un eco de aquel “mirarme como una llaga o postema de donde han salido tantos pecado y tantas maldades y ponzoña tan turpissima” (n. 58) al leer: “Acuérdome que un día me dijo que había de suplicar a nuestro Señor que después de él muerto echasen su cuerpo en un muladar para que fuese manjar de las aves y de los perros. ‘Porque siendo yo – dice – como soy un muladar abominable y un poco de estiércol, ¿qué otra cosa tengo de desear para castigo de mis pecados?’…”[41].

                 Por eso ha podido destacar el P. DE GUIBERT como rasgo característico de la vida interior del Santo “la coexistencia en él hasta el final, de los dones infusos más eminentes con prácticas ascéticas que a muchos parecerían buenas sólo para principiantes. En primera línea, el uso de frecuentes exámenes de conciencia continuando hasta el fin de su vida…”[42].

                 “Y este examen – puntualiza más abajo – no era sólo una mirada sobre el modo más o menos perfecto con que se habían hecho las acciones, sino también una humilde búsqueda de las faltas que se le habían escapado…”[43].

                 Y es que “estamos… ante un Santo que junto a los más altos grados de la vida mística… conserva vivísima la preocupación del pecado y no cree superfluo examinarse frecuentemente para conocerlo, detestarlo y expiarlo”[44].

                 Tan entrañada quedó en Ignacio para siempre esta humildad que, como al principio dijimos[45], es fiel compañera del acatamiento en los textos del Diario Espiritual.

                 Pero las enseñanzas de estos Ejercicios de los Pecados no paran aquí. Tienen también algo interesante que decirnos sobre los otros dos elementos emparejados con el acatamiento en el Diario: la reverencia y el amor. Veámoslo.

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[Pág. 135 ->]  

Puesto a buscar entre las sobrias fórmulas de los Ejercicios de Primera Semana algo así como el elemento formal, o definición de lo que para San Ignacio es el pecado, no encuentro fórmula más directa que la que nos dan aquellas palabras del 1er. Punto (Pecado de los Ángeles) del 1er. Ejercicio: “No se queriendo ayudar con su libertad para hacer reverencia y obediencia a su Criador y Señor, veniendo en soberbia…” (n. 50).

                 Que el pecado es el desorden fundamental – el reverso de aquel Principio y Fundamento que marca las líneas maestras del orden querido por Dios en su creación – es algo fura de duda[46].

                 Que los ángeles tengan como fin el mismo que San Ignacio señala para el hombre, tampoco parece admitir discusión[47].

                 La consecuencia, pues, se desprende madura y es por demás interesante para nuestro tema: Lo más esencial, lo más característico de la fórmula ignaciana del Principio y Fundamento es la reverencia, es decir el segundo elemento del tríptico fundamental. Y es que San Ignacio, al querer definir de un brochazo lo negro del desorden del pecado de los ángeles, no ha dudado en la expresión: si pecado fueno hacer reverencia a su Señor; no cumplir el fin para que su Criador les había criado – a ellos, lo mismo que a los hombres --: para hacer reverencia.

                 Creo que después de todo lo que arriba dijimos, ésta es una luz lateral que viene a presentarnos, iluminada con nueva claridad, la figura de Ignacio fundamentalmente anclado en su postura de acatamiento reverencial o de humilde reverencia[48].

                 Y sin querer se le van a uno los ojos del alma a aquella entrañable devoción del Fundador por los Ángeles, cuya actitud parece envidiar y emular:

“Antes de la oración preparatoria, una nueva devoción con un pensamiento o juicio que debía andar o ser como ángel para el oficio de decir Misa…”[49]. [Pág. 136 ->]

                 Di los ángeles malos, “no queriendo… hacer reverencia… a su Criador”, son el prototipo del desorden fundamental, buscando un modelo para su actitud ante Dios es natural que Ignacio lo encuentre en lo ángeles bueno, cuya postura en el cielo nos la describe San Juan en aquel adorar y repetir día y noche: “Santo, santo, santo” ante el trono de la Majestad divina[50].

                 Si se ha podido decir[51] que la mística ignaciana o es seráfica ni querúbica, sino angélica – es decir, una mística en la que la “acción divina… no tiende principalmente ni a hacer amar, ni a hacer contemplar, sino a hacer servir”[52] --, ¿será violento ver una subterránea relación entre ese tipo de mística típicamente verificado en Ignacio y sus anhelos de emular la actitud reverente de quienes están, por nombre y por oficio, al servicio de Dios?[53]

+   +   +

                 Un paso más y entramos finalmente en el elemento que nos quedaba de los emparentados al acatamiento en el Diario Espiritual: el amor.

                 Aunque el enfoque sicológico, existencial que tienen estas meditaciones de los Pecados vibra al unísono con aquello del Kempis: “Opto magis sentire compunctionem, quam scire eius definitionem”[54], no dejan de apuntar aquí y allá elementos que, incluso conceptualmente, dibujan netamente la esencia del pecado. Acabamos de ver uno de ellos.

                 Otro, no menos expresivo, nos parece el que da San Ignacio en el 3er. Punto del 1er. Ejercicio: “cómo en el pecar contra la bondad infinita…” (n. 52).

                 Quien recuerde las preferencias del estilo ignaciano por el uso de la endíadis[55] sabe que ese “y” equivale a un “o”. O sea que pecar es lo mismo que hacer contra la bondad infinita. Es exactamente lo que poas líneas antes acaba de decir Ignacio: “trayendo a la memoria la gravedad y malicia del pecado contra su Criador y Señor” (n. 50) y lo que se trasluce en aquel “culpándose por algún mal hecho” (n. 54) en que dice el Santo que consiste el coloquio; o, en fin, lo que expresamente vuelve a escribir en el 4º Punto del 2º Ejercicio: “considerar quién es Dios contra quien he pecado” (N. 59).

                 San Ignacio no sabe ni quiere ni puede mirar al pecado sino en función de Dios estremecedora y actual. De nuevo el tremendo contraste de la Majestad Divina y frente a ella – contra ella[56] – yo, pecador. [Pág. 137 ->]

                 “Descubierta trágica del yo pecador. Su intensidad insoportable[57], si no fuera acompañada del descubrimiento correlativo del yo salvado. Porque San Ignacio no busca la revelación del pecador sino para hacer estallar la del amor”[58].

                 Ya en el segundo preámbulo del 1er. Ejercicio implícitamente está palpitando el pasmo de Ignacio ante el Amor salvador:

                 “Aquí será demandar vergüenza y confusión de mí mismo, viendo cuántos han sido dañados por un solo pecado mortal y cuántas veces yo merecía ser condenado para siempre por mis tantos pecados” (n. 48)

                 Pero ese pasmo estalla en el Coloquio donde se reitera patéticamente la doble mirada – Dios: yo --: “Imaginando a Cristo Nuestro Señor delante y puesto en cruz, hacer un coloquio; cómo de Criador ha venido a hacerse hombre, y de vida eterna a muerte temporal, y así a morir por mis pecados. Otro tanto, mirando a mí mismo, lo que he hecho por Cristo, lo que hago por Cristo, lo que debo hacer por Cristo; y así viéndole tal, y así colgado en la cruz, discurrir por lo que se ofreciese” (N. 53).

                 Es la erupción del amor agradecido ante el Amor salvador. Pero, notémoslo bien, amor de caballero. Ignacio ha trocado sus vestidos de noble por el saco de peregrino, pero debajo del saco sigue latiendo el mismo corazón de hidalgo de Loyola. De ahí su insistencia en las peticiones: “vergüenza y confusión de mí mismo…” Es la aguda experiencia de la interior “contradicción entre el pundonor caballeresco y la vergonzosa sumisión a los bajos instintos… agravada por el noble sentimiento del decoro pisoteado, la típica vergüenza ignaciana”[59].

                 Su pecado ha sido una felonía. Qué claro lo dicen las cortas líneas de la 2ª addición: “Trayéndome en confusión de mis tantos pecados, poniendo exemplos, así como si un caballero se hallase delante de su rey y de toda su corte, avergonzado y confundido”… (n. 74).

                 Pero es que además este Rey ha sido tan bueno para su caballero: “avergonzado y confundido en haberle mucho ofendido, de quien primero rescibió muchos dones y muchas mercedes”.

                 Así se plantea de nuevo en el noble corazón de Ignacio el dramático contraste entre la Bondad infinita de su Rey y la negra ingratitud de su pasado pecador.

                 Todas las vivencias de la división de Dios en el Principio y Fundamento pasan íntegras y potenciadas a la persona de este “Christo nuestro Señor” a quien me [Pág. ->] imagino “delante y puesto en cruz” en el Coloquio. Él no es sino aquel mi “Criador” que por mí “es venido a hacerse hombre, y de vida eterna a muerte temporal, y así morir por mis pecados”.

                 El cuadro es tan imponente que Ignacio opta por callar para que el corazón hable: “y así viéndole tal y puesto en la cruz, discurrir por lo que se offresciere”.

                 Así Ignacio en la primera jornada ha llevado al ejercitante hasta estas alturas desde las que se atalayan claramente la línea y el color de la segunda Semana con la noble disposición del nuevo caballero de Cristo en la meditación fundamental del Reino de Cristo[60].

                 “Otro tanto mirando a mí mismo lo que he hecho por Christo, lo que hago por Christo, lo que debo hacer por Christo”” (53).

                 Así el contraste acucia el amor y las ansias de servicio.

                 Pero un amor y un servicio infinitamente humilde y reverente. Aunque el Rey lo olvide todo; mejor, precisamente porque lo olvida, yo no puedo, no quiero olvidar jamás que yo soy aquel caballero traidor a quien su Rey perdonó y llamó para siempre a su servicio especial.

                 El amor aviva la humildad, y la humildad atiza el fuego del amor.

                 Y todo confirma para siempre a Ignacio en su postura fundamental: reverencia y humildad amorosa, ACATAMIENTO.

ALFONSO Mª NEBREDA, S.J.

 


[1] (Nota del digitalizador del texto: un asterisco junto al título envía a una nota en que se cita el anterior artículo en Manresa 32/(1960) n. 122, pp. 45-66) Aún hablando de Jesús se mantiene Ignacio en la misma línea: Frente a 13 veces que se lo llama Jesús y 9 Jesú (con varios matices) son 71 las veces que el Redentor es llamado “nuestro Señor”, 19 es el “Señor”, etc., etc. Cfr. CALVERAS, Ejercicios Espirituales 401

[2] Cf. las observaciones del P. ROOTHAAN, Ejercicios Espirituales 64, notas 10 y 11. [Nota del digitalizador: obsérvese el paralelismo con la oblación de la contemplación para alcanzar amor, como si fuese una inclusión al comienzo y fin de los ejercicios]

[3] Y vimos con PUIGGROS (nota 56, con su texto correspondiente) cómo son nada menos que 29 las veces que sale la fórmula implícita y 5 la explícita.

[4] Subrayo aquí de paso la actualidad de esta visión ignaciana si se explica adecuadamente. Cf. las pertinentes observaciones de BEIRNAERT, art. Cit. 23 ss. Ídem DANIELOU, La visión ignatienne 11-13

[5]Cf. DE GUIBERT, La Spiritualité 115-116; M. GIULIANI, Les Motions de l’esprit « Christus » 4 (1954) 63 ss. ; 71 ss ; IPARRAGUIRRE, A Key 77-78

[6] GIULIANI Ibíd. 72

[7] “Suele nuestro Padre ser tan constante en las cosas que emprende que hace espantar a todos” (MI Font. Nar I, 693). Y las razones que añade CÁMARA confirman nuestro punto: “Las causas que desto ocurren, la primera es: porque considera mucho las cosas antes de que las determine. La segunda, porque hace sobre ellos mucha oración, y tiene lumbre de Dios” (Ibídem)

Cf. Ibíd. 536, n. 16; 727, n. 364, etc.

                Lo mismo asegura Laínez: “es firme en lo que una vez juzga o por lumbre divina o por razón, con tal que sea persuadido; y no se dexa fácilmente mover” (MI Font Nar I, 140, n. 60)

[8] RAMBALDI, Cristo en San Ignacio 113. Véase el despliegue de textos que demuestran tal afirmación: Ibíd. 112-115. Pero debajo de esa aparente indecisión: “Esta es la totalidad de la abnegación y de renuncia que San Ignacio pide en los textos que poco antes decíamos contenían falta de iniciativa y una cierta indecisión. Servir a Dios hasta desaparecer” Ibíd. 115

                También PEETERS, Vers L’union 67-68 subraya que San Ignacio en los momentos más cruciales exige esta actitud pasiva frente a la gracia. Cfr. también BEIRNAERT, art. Cit. 26.

[9] Cf. IPARRAGUIRRE, A Key 29 y también en BAC 169, nota 43

[10] Art. Cit. 395.

[11]2.2. q.81 a. 3 ad. 2. Cf. supra nota 52

[12] 2.2 Q. 84 a. 2 ad 2. : Al igual que la oración está primordialmente en la mente, y lo secundario es expresarla mediante palabras, como antes dijimos (q.83 a.12), así la adoración consiste principalmente en la reverencia interior a Dios y, secundariamente, en ciertos signos corporales de humildad, tal como en arrodillarnos, significando con ellos nuestra incapacidad en comparación con Dios, y en postrarnos, con lo que confesamos que no somos nada por nosotros mismos”.

[13] Camino espiritual 1, IV cap. 31, 3: p. 680.

[14] 30 de marzo MI Const. I. 131; BAC 320 [Pregunta del trascriptor ¿Diario Espiritual?]

[15] Commentarii I, 23.

[16] Ibídem

[17] Lucas 5, 8

[18] Cf. nota 38

[19] Cf. IPARRAGUIRRE, A Key 43.

[20] Cfr. supra nota 94 y u contexto.

[21]Cf. MI Font Nar I, 330 nota 27

[22] Cf. GRANERO, La conversión 35-37; RAHNER, Notes 314.

[23]MI Font Nar I, 386; BAC 40. Cfr. LETURIA, El Gentilhombre 270 ss. buena reconstrucción de lo que debieron ser aquellos días de examen de conciencia.

[24] MI  Font Nar I, 392-394; BAC 45. Cfr. Lo mismo en el Summ. Hisp. de POLANCO: MI Font. Nar I, 161

[25] Camino Espiritual1.1 c.2, n.2: p. 27

[26] Notes314.

[27] MHSI Chron I, 20; Cfr. LETURIA, Génesis 57

[28] En este punto es enormemente sugestivo y moderno el enfoque del artículo del P. BEIRNAERT, Sens de Dieu et sens du peché cuya línea describe bien el subtítulo: Besoins contemporains et spiritualité ignatiennes. A él seguimos en el siguiente desarrollo.

[29] Id., Ibíd. 18

[30] Piénsese por ejemplo en los siguientes textos de los Ejercicios: nn. 1, 185, 339…

[31] Ibíd. 28

[32] Sobre cuyo sentido el P. RAHNER ha puntualizado, siguiendo a PEETERS, que no se trata de acrobacias emocionales tan fuera de la línea de Ignacio sino de un espontáneo y lógico estallar del formidable dramatismo acumulado antes. “It arises – concluye – from a powerfull mystical experience and belongs, therefore, to the arcana verba of the Saint.” Notes 316

[33] Ibíd. 28-29

[34] Y por eso subraya NADAL que “hoc donum (de la ilustración del Cardoner) semper magni fecit Ignatius, de hoc vehementem animi modestiam ac humilitatem concepit”.  A este don siempre le preció muchísimo Ignacio, y de él recibió una vehemente modestia de ánimo y humildad”. Cf. LETURIA, Génesis 56.

[35] Camino Espiritual 1.II, c. 21: pp. 179 ss.

[36] Ibíd. P. 280.

[37] 22: MI Font Nar I, 162-163

[38] Idéntico tono de admiración vibra en la carta del mismo POLANCO a la muerte del Santo. Cf. MI Font Nar 767-768

[39] MI Font Nar I, 354-356, 591-592

[40] De Actis, n. 37; Dicta et Facta n. 51: MI Scripta I, 352.404.

[41] Ibíd. 455

[42] Spiritualité 50

[43] Ibídem.

[44] RAMBALDI, Pedir crecido… 508. Todo el artículo es muy interesante para el tema que tratamos: El Acatamiento en la Primera Semana.

[45] Cf. la nota 20 del artículo anterior

[46] Bien advierte, pues, SCHIELGEN (Op. cit. 108) que lo típico del pecado —como reverso de aquella actitud del Fundamento – es ese no someterse a Dios.

                Y MARCHETTI por su parte insiste en que este es el tono del 2º Punto de la Meditación de los Pecados Propios: “Que questa brutezza e malizia non sia tanto il manco di ubbidienza a Dio, del cuale si dovrebbero investigare non solo i comandi, ma i deideri e gli stessi gusti? Io lo credo; e allora come il manco di reverenza è il peccato, così il tributo di riverenza è l’amore” (Op. Cit. 140).

[47] Piénsese solamente en las fórmulas de Lombardo etc. de que arriba dijimos y se verá que allí se trata de la rationalis creatura, no del hombre exclusivamente.

[48] Véase el toque con que completa Ignacio el cuadro del pecado: “veniendo en superbia…”.

[49]10 de marzo: MI Const I, 122; BAC 312. Cf. También el dato del 29 de marzo: “Con parecerme que era mayor perfección sin lágrimas, como los ángeles, hallar interna devoción y amor…” MI Const I, 131; BAC 319. Cfr. LARRAÑAGA, Obras 657-658.

[50] Por esto nos parece muy en su punto la alusión del P. ENCINAS a los ángeles al explicar este punto de Hacer reverencia. Cf. Ejercicios 29.

[51] Cf. DE GUIBERT, Mystique 135-138

[52] Id. Ibíd. 137.

[53] Sin llamarlo acude también a la memoria el dicho del Santo que nos legó RIBADENEIRA: “Los de la Compañía deben ser con los prójimos que tratan, como los ángeles de la guarda con los que les han sido encomendados, en dos cosas: la una en ayudarlos cuanto puedan para su salvación; la otra, en no turbarse ni perder su paz, cuando habiendo hecho lo que es en sí, los otros no se aprovechan” Vida, Algunos dichos, 11: p. 583

[54]De Imitatione Christi Lib I, cap. 1, 9. [Prefiero sentir la compunción que saberla definir] La petición de San Ignacio es: “para que sienta interno conocimiento de mis pecados y aborrescimiento de ellos…” (n. 63).

[55] Cfr. supra nota 19 con su contexto correspondiente.

[56] Qué bronco y angustioso resuena el eco de este “¡Yo… contra Dios!” en los puntos 3º, 4º y 5º del 2º Ejercicio

[57] De Ignacio sabemos que le puso al borde del suicidio: “Estando en estos pensamientos, le venía muchas veces tentaciones, con grande ímpetu, para echarse por agujero grande…” MI Font Nar I, 396; BAC 46

[58]  BEIRNAERT, L. c. 29.

[59] RAHNER, Ignacio de Loyola, 22

[60] Cf. RAHNER, Ignacio de Loyola, 22; RAMBALDI, Pedir crescido 516. Cf. también J. SOLANO, Jesucristo en la Primera Semana de Ejercicios 173-175.