EL SURGIMIENTO DE LA MÍSTICA ESPONSAL CRISTIANA

EN LAS CARTAS DE SAN PABLO

Conferencia a  un grupo de matrimonios[1]

En memoria de Monseñor Ernesto Izurieta

[+ 30 Octubre 2003]

quien me instaba a poner por  escrito

lo que aquí queda sumariamente expuesto,

hasta tanto se dé la ocasión de exponerlo

más amplia y documentadamente.

 

Pablo, fundador de la cultura matrimonial cristiana

           

En las Cartas de San Pablo asistimos a la fundación de una nueva cultura, de un nuevo modo de vivir. A hombre nuevo, cultura nueva. Un nuevo modo de vivir las relaciones interpersonales, familiares, laborales, eclesiales, ciudadanas. Parte principal de esta nueva cultura, que se instaura en el seno de la humanidad como un fermento nuevo, es una nueva manera de vivir el  matrimonio: ¡la cultura esponsal cristiana!

            Los primeros cristianos venían del mundo judío o del mundo pagano. Habían vivido su matrimonio a lo judío o a lo pagano. Ahora, con su conversión, empezaban un cambio de vida que englobaba todos los aspectos de su existencia de hombres nuevos, nacidos de lo alto. Un nuevo modo de relacionarse el varón y la mujer, el esposo y la esposa. Una nueva vivencia del cuerpo y de la sexualidad, entre tantas otros aspectos del cambio radical de vida 

¿Cómo vivir ahora el matrimonio a lo cristiano? ¿Cuál es el horizonte cristiano del matrimonio? Para Pablo, como apóstol y maestro se planteaba una tarea doctrinal y pastoral: ¿cómo hacer, de repente, que esos paganos que estaban viviendo su unión a lo pagano fueran accediendo lentamente a un modo cristiano nuevo de vivir en matrimonio? ¿Qué debían cambiar los cristianos venidos del judaísmo y que vivían su vida matrimonial según la ley judía, para que la llevaran a su cumplimiento en el reino filial, viviendo desde ahora en adelante su matrimonio como hijos de Dios Padre, es decir, como hermanos?

Desde muy temprano se difundieron infundios acerca de los cristianos, nacidos de una noticia tergiversada acerca de las celebraciones de sus misterios. De la Eucaristía hacía la leyenda negra anticristiana un banquete de antropófagos donde se comía carne  y se bebía sangre humana, como en el banquete de Tiestes. Del matrimonio cristiano hacía una unión incestuosa entre ‘hermanos’. De lo que podemos deducir que se oía a los esposos cristianos llamarse ‘hermano, hermana’, el uno al otro y que entre los esposos cristianos el hecho de ser ‘hijos de Dios’ y por lo tanto ‘hermanos’, estaba en el primer plano de la conciencia y del trato mutuo, y gobernaba su relación vincular como el marco de comprensión de la naturaleza mística de su esponsalidad[2].

Pasos de nuestra exposición

            Vamos a observar, primero, cómo San Pablo intenta levantar gradualmente a los paganos de Corinto convertidos a la fe cristiana, hacia un nivel matrimonial cristiano. Pablo esboza en la primera carta a los corintios un proceso con sus pasos definidos.

Deduciremos después cómo lo hace también en Galacia, aunque en esa carta el tema matrimonial no sea tratado explícitamente.

Por fin nos detendremos a considerar, el modelo esponsal que es la meta mística de la caridad matrimonial cristiana, tal como la describe Pablo en la Carta a los Efesios. A esta comunidad madura y que puede entenderlo, Pablo le presenta abiertamente el modelo del matrimonio místico cristiano entre un hijo de Dios y una hija de Dios, entre un hombre y una mujer nuevos. Los cristianos de Éfeso, gracias a la prolongada estadía de Pablo en esa ciudad y a su constancia en la instrucción diaria a los fieles, habían alcanzado ya un mayor conocimiento de Dios y una experiencia cristiana más profunda. Los efesios podían alcanzar a vivir la Gracia mística matrimonial cristiana, en su plenitud.

En efecto, el matrimonio cristiano es un nuevo tipo de matrimonio que puede llamarse con todo derecho: matrimonio místico. Donde la carne, sanada por la gracia de las heridas del pecado original, se convierte en sacramento eficaz de la unión espiritual de los esposos. Puede decirse que el sacramento del matrimonio es un sacramento de sanación y de santificación.

Tres lugares, tres situaciones, tres etapas

de sanación y santificación matrimonial

           

La primera carta a los corintios, y las dirigidas a los gálatas y a los efesios, reflejan tres situaciones sociales, culturales, religiosas y tres coyunturas pastorales distintas; a partir de las cuales es posible también observar (o inferir) situaciones matrimoniales distintas en cada uno de esos lugares.

Pero no solamente eso. La comunidad  de Corinto, la de Galacia y la de Éfeso, más allá de su realidad histórica peculiar de cada una, simbolizan a mi parecer, o representan de algún modo, de manera típica, las etapas de un proceso universal, válido para todos los tiempos, de la evangelización y de la sanación matrimonial por la gracia. Un  proceso que, partiendo del matrimonio bajo el signo de la carne herida por el pecado, eleva hacia el nuevo matrimonio, salvado y restaurado según el designio divino del principio.

Quiero proponerles, a través de las tres cartas, ese proceso que leo en ellas y que va desde el matrimonio carnal hacia el matrimonio espiritual de los hijos de Dios. Puede decirse que todo matrimonio real y concreto, de alguna manera u otra, está en alguna de esas etapas, y puede pasar de una a otra, hasta alcanzar su modelo perfecto.

Corinto, Galacia y Éfeso espejan las etapas de ese proceso de sanación, por la gracia, de la interrelación esponsal humana y nos permiten observar los pasos por los cuales, esa cultura nueva del matrimonio, eleva a los esposos cristianos a una meta mística: el misterio grande[3] de la unión de Cristo y su Iglesia.

Ese nuevo modelo esponsal, cuyo surgimiento observamos a través de las cartas de san Pablo, se fue haciendo también cultura social, a lo largo de la historia de la nación santa de los hijos de Dios. Un nuevo tipo de hombre y de mujer, y por lo tanto un nuevo tipo de matrimonio, se estableció a partir de entonces y fue creciendo a lo largo de los siglos[4]. Parece superfluo señalar que ese modelo se encuentra hoy amenazado de olvido entre nosotros, combatido por la adveniente cultura en regresión y en franco receso. Y es posible preguntarse si las charlas de preparación al matrimonio, tal como por lo general se practican, bastan a paliar los efectos desastrosos de ese embate.

Corinto: varón y mujer bajo el signo de la lujuria sacralizada

            Vamos a ir a los comienzos mismos. Y empezamos por la Primera Carta a los Corintios. ¿Qué se encuentra Pablo en la ciudad de Corinto? ¿Cómo era esta ciudad? Era muy rica. Tenía dos puertos, porque estaba situada junto al istmo de Corinto, una estrecha lengua de tierra, de apenas seis kilómetros de ancho, que comunica la provincia continental de Macedonia con la península griega. A ambos lados del istmo de Corinto sendos puertos, Cencreas y Leceo, acogían a las naves que llegaban navegando por ambos golfos.

De un puerto al otro se trasegaban las mercaderías por tierra y se cargaban de nuevo en otra nave en el puerto del otro golfo. Servía de paso entre ambos puertos por donde pasaban todas las mercaderías y los pasajeros que deseaban evitar la peligrosa navegación por el cabo de Malea, célebre por su tempestades. Se había construido en la localidad de Esquena, en el punto más estrecho del istmo, un camino liso, Diolcos, para transportar las embarcaciones mismas, deslizándolas por tierra de una costa a la otra sobre rodillos de madera.

Todo esto redituaba derechos de peaje o tasas. Puede decirse que nada pasaba por Corinto sin dejar una huella de ganancia. En Corinto confluían, pues, las vías navieras y las rutas terrestres. Todos los caminos que bajaban de Macedonia hacia la península griega, pasaban por Corinto. Comercio y servicios portuarios y de astillero le daban a Corinto una pujante vida comercial y artesanal. Había pues, en Corinto, marineros, artesanos y comerciantes de todo el mundo..

La fortuna y el bienestar exuberante de la ciudad engendraba el amor al lujo, los objetos de arte y sobre todo: el placer. Éste se había convertido allí en desenfreno de los deseos y placeres. La palabra griegakorinthiazein, vivir a la corintia, se usaba corrientemente para significar el modo de vivir más licencioso y disoluto que pudieran imaginar las pasiones humanas. Desde los libertinos que buscaban los goces más refinados, hasta los marineros y los mercaderes enriquecidos que se contentaban con placeres más groseros, todos acudían pagando para ello, a entregarse a las orgías[5] corintias y frecuentemente a arruinarse[6].

Pero no sólo era un centro portuario y comercial, sino que era también un afamado centro religioso. Con lo cual se acrecía singularmente su pujanza económica por la renta de los templos y el turismo religioso. La Acrópolis de Corinto, un cerro que se levanta abruptamente a más de 500 metros al lado de la ciudad, estaba coronado de templos imponentes, como sucede en la Acrópolis de Atenas y en otras ciudades griegas[7].

El Acrocorinto contaba con varios templos, a Juno y a otros dioses, pero el más famoso era el templo de Venus Afrodita, la diosa del amor erótico. Se trata de la misma diosa Astarté fenicia o la Melita babilonia, honrada en el país por los fundadores de Epiro, la Corinto primitiva[8].

En la antigua religión griega había distintos tipos de deidades femeninas: Juno, la esposa de Zeus, Júpiter, personificaba más bien a la matrona, a la dueña de casa, la mujer esposa.

Pero estaba también la diosa Venus Afrodita, o Venus Porné, tipo de la mujer erótica, la mujer idealizada como símbolo del erotismo sexual femenino, de la mujer hermosa y sexy, pero también fatal[9]. Un poco como las vedettes de Hollywood. Imaginen, pues, lo que significaba ese santuario de Venus.

Para nosotros ahora la mujer erótica no es una diosa. No lo es por lo menos en sentido explícito. En nuestra civilización desacralizada, se han desacralizado también las pasiones. El desenfreno erótico no lo plantea hoy nuestra cultura, como un camino místico, religioso, endiosado y capaz de endiosar al hombre. ¡Gracias a Dios!

Pero en aquel tiempo, antes del cristianismo, se planteaba como una especie de mística de la lujuria, una adoración de las fuerzas de la naturaleza  y entre ellas, ¿por qué no, también?: de la fuerza sexual. Una fuerza divina que está en la naturaleza, y por lo tanto divinizable, que tiene relación con el poder de dar la vida, pero que tiene también un poder extasiante, capaz de dominar al hombre. De alguna manera era divinizable y se prestaba a ser tenida como una divinidad[10].

 

Corinto en tiempo de Pablo

Conviene que nos detengamos a describir la ciudad evangelizada por Pablo para darnos cuenta de las dificultades pastorales que enfrentó el Apóstol y que su Evangelio tuvo la fuerza para superar. Se han conservado las descripciones de autores antiguos[11]. Se componía de dos ciudades encerradas por una misma muralla de baluartes: la ciudad alta o acrópolis y la ciudad baja o ciudad propiamente dicha. La Acrópolis esgtaban en la cumbre de una inmensa roca de 575mts. de alto, que avanza hacia el norte del istmo. Salvo por sorpresa o traición, era una fortaleza inexpugnable. Se decá proverbialmente que bastaban para defenderla 400 hombres y 50 perros. El bloque rocoso del Acrocorinto, separado de los montes onianos, da una impresión grandiosa diferente de la que dan las alturas de Efeso o Antioquía. Stacio, Theb 7,106 dice poéticamente que su sombra se paseaba durante el día para ir de un mar al otro.

            Esta acrópolis nunca fue habitada sino por soldados y por el personal que servía a los templos construidos en su recinto en honor de Juno Bunea, de la Madre de los dioses, de la Necesidad y la Fuerza, del Sol, de Serapis, de Isis y sobre todo de Venus. Este, como se sabe, eclipsaba a los demás por su importancia y su popularidad. [...] La vista que se tiene desde lo alto de las ruinas del templo de Venus es hacia los cuatro puntos cardinales, una de las más grandiosas que se pueda soñar. Desde allí se divisan los lugares, montañas, valles, ríos, mares, ciudades, más célebres de Grecia.

Esta acrópolis nunca fue habitada sino por soldados y por el personal que servía a los templos construidos en su recinto en honor de Juno Bunea, de la Madre de los dioses, de la Necesidad y la Fuerza, del Sol, de Serapis, de Isis y sobre todo de Venus. Este, como se sabe, eclipsaba a los demás por su importancia y su popularidad. [...] La vista que se tiene desde lo alto de las ruinas del templo de Venus es hacia los cuatro puntos cardinales, una de las más grandiosas que se pueda soñar. Desde allí se divisan los lugares, montañas, valles, ríos, mares, ciudades, más célebres de Grecia.

            Se subía, como aún hoy, a la Acrocorinto por un largo camino de 6 Kms. Sólo que entonces la ruta, bien cuidada, estaba bordeada de monumentos, templos, gimnasio, teatro, termas y fuentes públicas, hoy desaparecidas. Sólo queda una fuente rehecha en estilo turco, con capiteles de iglesia cristiana, se ve al comienzo de la subida. Corresponde posiblemente a la antigua fuente que Pausanias llama de Lerna, donde los corintios venían a distraer sus ocios bajo una columnata sobre basamentos de mármol blanco.

            La ciudad baja, donde Pablo predicó el Evangelio, ocupaba un vasto trapecio que dominaba la llanura, a 75 metros sobre le nivel del mar. Sus edificios se levantaban insensiblemente en terrazas sobre el flanco septentrional del acrópolis, hasta donde desaparecía la tierra vegetal y emergía la roca abrupta y anfractuosa. [...] El perímetro de la ciudad baja era de 8 kms. El perímetro de las dos ciudades, unidas dentro de un recinto inmenso que trepaba en cremallera las laderas abrutas y coronaba la acrópolis era de 17 kms.

            El ágora, o plaza central de la ciudad, cuyo antiguo mercado ubicado cerca del templo dórico en ruinas marcó el lugar hasta un terremoto en 1858, era el punto central de la ciudad vieja. Cuatro grandes calles desembocaban en ella. Tres que venían de Leceo, de Sicon y de Cencreas o del Istmo y la cuarta que bajaba de la Acrópolis. Pausanias nos informa con más deleite que claridad de los monumentos y de las estatuas que adornaban esta plaza pública. En el medio estaba una Minerva en bronce, sobre un pedestal en el que se veían las nueve Musas en relieve. Se admiraban diseminados en diversos sitios una estatua de Artemisa Efesia y dos de Dionisio, doradas las tres, y pintadas de rojo las de Apolo Clario, Hermes, Júpiter celestial y Júpiter terreno y un tercer Júpiter sin más designación. La Afrodita de Hermógenes y dos Mercurios, uno de los cuales en un nicho y otro al aire libre, completaban el ornato de la explanada. Soberbios monumentos, el templo de la Fortuna, el Pantheón o de Todos-los-dioses, y otros más, dominados por el de Octavia, hermana de Augusto, ornamentaban el perímetro.

Los chorros de una fuente donde un Neptuno cabalgaba un delfín refrescaban el ambiente.

            Casi al norte, bajo un pórtico que sostenía dos carros de bronce dorado, el del Sol y el de Faeton su hijo, se abría la calle de Leceo, que se agrandaba y se transformaba poco a poco en una ancha avenida, contenida entre dos muros, como la vía de Atenas en el Pireo. Allí se entremezclaban animales y hombres portando las mercaderías hacia el gran puerto desde donde seguían hacia occidente. Allí se admiraban las termas de Euricles de Esparta, en mármoles de diversos colores, entre los que destacaban los mármoles rojos. Más lejos, los visitantes encontraban la fuente de Belerofon, donde el agua brotaba de los pies del caballo Pegaso, de estatuas numerosas y renombradas, entre ellas Mercurio, el dios del comercio, sosteniendo un chivo, emblema de la pasión impura que las riquezas fomentan y con la que también se enriquece el comercio. En cuanto al puerto mismo de Leceo, no era más que una serie de muelles, y no ofrecía interés artístico alguno.

            Más al oeste se abría la calle que desembocaba en la puerta y al camino de Sicyona. Esta calle corría a lo largo del pie de la montaña y pasaba delante de los templos de Apolo y de Atenea Calinita, cerca de la fuente de Glaucea, de la cual se señala aún la ubicación entre ortigas gigantes. Pasaba no lejos del teatro, del gimnasio y de los santuarios de Júpiter Capitolino, de Esculapio y de la Salud. Al sur, un camino subía hacia la Acrópolis. Hacia el este, y atravesando los más hermosos barrios de la ciudad, una cuarta calle se dirigía a Cencreas y Scoena. El Cranion, por donde pasaba esta avenida, era el paseo favorito de la aristocracia corintia. Allí fue donde Diogenes se complacía en desplegar su cinismo haciendo la amarga crítica de los ricos con sus directas e indirectas. Su tumba estaba junto al camino, al igual que el sepulcro de la famosa hieródula y cortesana Laïs.

            En su elocuente simbolismo, este último sepulcro expresaba la despiadada dominación de la mujer sobre el hombre entregado a los deseos de la carne. El artista había representado sobre este sepulcro una leona teniendo entre sus garras a un chivo, animal que simboliza la lujuria, al cual le lamía la cabeza antes de devorarlo.

Corinto bajo el signo de Venus Porné

Pues bien, ésta era la Corinto donde se establece san Pablo. Si en Atenas Pablo se exasperaba ante la multitud de dioses y altares idolátricos[12], Corinto no le daba menos motivos de exasperación y de estímulo a su celo apostólico.

Entre las muchas divinidades, y como gobernándolas a todas, el santuario de Venus Afrodita dominaba en la cima de la Acrópolis de Corinto, rodeado de las casitas rodeadas de jardines de las hieródulas, o servidoras de la divinidad, que eran las  prostitutas sagradas[13], ¡Todo religioso, todo místico! Un intenso turismo de peregrinos de la sexualidad acudía a Corinto, en peregrinación al templo de la diosa Venus.

Imagínemonos lo que era entrar a evangelizar una ciudad así, donde la sexualidad no sólo estaba dominando como actualmente, en un mundo erotizado, y cada vez más erotizado, con la televisión, Internet, la industria de la pornografía, sino que estaba, además, sacralizada. Y, como sucedía en los templos griegos, lo sagrado funcionaba como el motor de una empresa económica poderosa.

            Corinto era pues un lugar de mucho turismo; vamos a llamarlo así, pero eran turismo religioso, eran peregrinaciones. A Corinto se iba en peregrinaciones eróticas, sexuales.

En ese mundo erotizado Pablo va a evangelizar. Y ahí el Evangelio tiene más éxito que en Atenas, que era una cuidad más bien universitaria, de gente inteligente. En Atenas, lo escucharon a Pablo y le dijeron evasivamente: “Otra vez te escucharemos”.

Pienso que en Corinto, a diferencia de Atenas, la gente tocaba tanto fondo en los abismos del vicio, que al fin se abría a lo espiritual. En el hombre hay un fondo sano; puede desviarse pero en el fondo se encuentra con el drama de su propia desviación. Y creo que al mismo tiempo que ellos divinizaban una fuerza que se daban cuenta que no podían dominar, que tenía algo de divino y adorable, experimentaban también que había ahí algo de terrible.

En general las divinidades femeninas de la antigüedad eran ambivalentes, eran también divinidades destructoras, devoradoras. Uno de los nombres de la Venus corintia era el de la Venus oscura, la Venus negra. Quizás en alusión al carácter nocturno y lunar de esta divinidad. Pausanias menciona el templo de Venus como el deAfroditês melainidos, la Afrodita negra.

Da para reflexionar la tumba de la más famosa de las prostitutas de Corinto. A Laïs, que era algo así como la Marilyn Monroe, la máxima representante, la más famosa de todas esas mujeres del templo de Venus, que había tenido sus historias con hombres famosos de la Antigüedad, le habían levantado el elocuente monumento funerario, obra de Fidias, el famoso escultor, al que ya nos hemos referido. Era un testimonio elocuente de que el espíritu pagano percibía perfectamente bien el aspecto devorador y destructor del instinto sexual descontrolado.

Seguramente Pablo pasaba por delante de esa tumba. Todos pasaban por ahí y veían la tumba de esta hieródula. La leona que devoraba a un macho cabrío expresa la percepción del artista de lo que es la seducción de la mujer como Venus, de la hembra erótica, sobre el hombre macho lujurioso. A Fidias no se le ocurrió ese símbolo por sugerencia de ningún cristiano. Este pagano, había comprendido por sí mismo, por haberlo visto, que el hombre es devorado por la lujuria cuando se relaciona así con la mujer y con una mujer así. La convicción de que ese tipo de sacerdotisa de Venus, es capaz de devorarlo por la pasión de la lujuria. Creo que ahí hay una percepción de la verdad de lo que los mismos paganos se daban cuenta que había en el fondo de este culto de Venus. “Es una diosa que te devora.”

Por lo tanto, en esa sociedad, al mismo tiempo que la desviación existía también la percepción de que en la mujer puede haber, para el varón, algo a la vez encantador y terrible, una fuerza tan seductora como destructora.       

Lo cierto es que Pablo se instala en esa ciudad. Y en esa ciudad tiene que convertir a sus habitantes a Cristo. Y una vez convertidos a Cristo y al cristianismo tiene  que ayudarlos a empezar a vivir su vida matrimonial ahí, en una ciudad erotizada.

Tenemos en Corinto una situación marcada fuertemente por una cultura que considera que lo sexual y lo lujurioso es una fuerza divina contra la que no se puede nada. Y Pablo tiene aquí que empezar a desarrollar una cultura distinta. Cuando Pablo escribe la Primera Carta a los Corintios se encuentra con desórdenes de criterios relativos a la sexualidad muy grandes. “Hay cosas –dice él- que se ven entre ustedes…” Empieza por corregir el caso del incestuoso, de un hombre que vivía con la mujer de su padre, no con su madre, por supuesto; sería una concubina de su padre. Tenía la misma mujer que su padre. Entonces Pablo dice: “¿Y ustedes no se dan cuenta de lo que está sucediendo entre ustedes y están tan tranquilos? ¿Y andan hinchados diciendo y gloriándose de su modo de ser cristianos y no son capaces de poner orden en una cosa así? Toleran entre ustedes una cosa que ni los paganos toleran. No es como para gloriarse. ¿No saben que un poco de levadura fermenta toda la masa?”

Si a vos no te importa nada y sos indiferente ante una cosa así, estás viviendo de una manera que es desagradable al Padre Celestial; ¿y a vos no te importa nada? ¿No te importa nada tu Padre? Entonces dice: “De ninguna manera. Tienen que apartarlo. Por el bien de él tienen que apartarlo.”

            Después de eso habla un poquito de cómo acuden a los tribunales paganos. Porque Pablo combate en los corintios una especie de engreimiento. Estaban muy engreídos. Y continuamente les dice Pablo: “¿Y ustedes andan tan hinchados? No es para gloriarse. ¿Ustedes que se creen tanto están haciendo esto?” Y ahora les dice: “Ustedes van a los tribunales paganos. Tienen pleitos entre ustedes y van a los jueces paganos. ¿Qué? ¿Se creen tanto y no reconocen entre ustedes a nadie capaz de juzgar entre ustedes?”

Y sigue Pablo: “¿No sabéis que hemos de juzgar a los ángeles? ¿Y cómo no las cosas de esta vida?”

Primero les dice: Ustedes no saben juzgar que hay un abuso sexual terrible dentro de la comunidad. Después se van a los jueces de afuera. No es para estar hinchados. Y después vuelve inmediatamente sobre el tema de la fornicación y dice en el capítulo 6: “Todo me es lícito pero no todo me conviene.” Los corintios tenían esos refranes. “Todo me es lícito, yo hago lo que quiero.” Pero Pablo les objeta: no todo me conviene[14]

Fundación de una teología del cuerpo

 “La comida para el vientre y el vientre para la comida”, alegaban los corintios, como diciendo: ¡Es lo más natural! Y así como la comida es para el vientre y el vientre para la comida, inferían que lo mismo valía para el cuerpo y la sexualidad. Pero Pablo les responde que lo uno y lo otro están sometidos a un juicio divino y que si no son salvados “Lo uno y lo otro lo destruirá el Señor”.

Pablo contradice: el cuerpo no es para la fornicación[15]. Y acá está estableciendo un primer principio de la innovación cristiana. Contradice de lleno al mal criterio insinuado por el proverbio popular “El cuerpo para la comida y la comida para el cuerpo”. ¡No! El cuerpo no es para la fornicación. Entre los paganos podrá ser así y ellos lo podrán ver así. ¡Así les va! Pero entre nosotros no es así. El cuerpo no es para la fornicación. Y Pablo va a terminar su enseñanza sobre el cuerpo: “Glorificad por tanto a Dios en vuestros cuerpos.” Nuestros cuerpos son para la Gloria del Padre, no son para la fornicación. Y son para la multiplicación de los adoradores. Si hay capacidad de dar vida en los hijos de Dios, es la capacidad de darle al Padre nuevos adoradores. Es otra visión y otra dimensión distinta. No es una oscura fuerza natural del instinto al cual uno está doblegado y dominado y que de alguna manera lo devora. ¡No! El hijo va a vivir de otra manera. El cuerpo no es para la fornicación sino para el Señor. Y el Señor para el cuerpo.

En toda la Carta a los Corintios Pablo va a hacer una nueva teología del cuerpo, en la cual tiene mucha importancia el Cuerpo del Señor en la Eucaristía, pero va a terminar la Carta en el capítulo 15 con la resurrección: esto corruptible se va a vestir de incorrupción, esto mortal de inmortalidad. Y el cuerpo será, en la Gloria, un instrumento de comunión con Dios. Yo voy a conocer a Dios en mi cuerpo. Pablo dirá a propósito del Cuerpo de Cristo que en Cristo habita corporalmente la Plenitud de la Divinidad. “¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo? Así como en Cristo habita corporalmente la Plenitud de la Divinidad, en nuestros cuerpos habita Dios. Somos templos.”

Se cuenta de un Padre de la Iglesia, de Orígenes, que su papá poco antes de morir mártir, y cuando él era chiquito, lo levantaba y veneraba su cuerpecito como un templo. Aquél hombre veía en su hijito pequeño un templo de Dios. ¡Qué visión distinta de lo que es el cuerpo! ¡Y qué gloriosa! Uno dice: Sí, es deseable, es deseable…

“Y Dios, que resucitó al Señor, nos resucitará también a nosotros mediante su poder.” Si vivimos como hijos y obedecemos hasta la muerte, como obedeció Jesús, el Padre nos va a resucitar también a nosotros.

Ven que la resurrección no es un derecho de la naturaleza sino una gracia del Padre[16]. El Padre no puede permitir que alguien que ha querido vivir como hijo suyo quede en la muerte, ¡sobre todo cuando muere por obedecerlo, como es el caso de Jesús! El cuerpo, entonces, es como un instrumento de la obediencia. “¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?” Aquí va como progresando. Estamos unidos a Cristo, Él es la Cabeza y nosotros somos los miembros. “Y entonces, dice, ¿había de tomar yo los miembros de Cristo para hacerlos miembros de la meretriz [tês pornês]? ¡De ningún modo!”

¿Ven como va razonando y enlazando Pablo una teología nueva del cuerpo, una visión nueva de lo que es el cuerpo, derivada de la fe en Cristo y de la unión del cristiano con Cristo? Y va razonando desde aquí, desde la unión del cristiano con Cristo. “¿No sabéis que quien se une a la meretriz –sigue el razonamiento- se hace un solo cuerpo con ella? Pues está dicho: los dos se harán una sola carne.” Acá toma Pablo lo del Libro del Génesis: el que se une sexualmente a la mujer y ella al unirse, se hacen uno solo. Por la unión sexual se une a esa mujer. Y si se une a una meretriz se hace miembro con ella, uno solo con ella. “Pero el que se une al Señor se hace un solo espíritu con Él.” Entonces, ¿tú vas a unir al Cuerpo Santo de Cristo un cuerpo que está unido a la meretriz? ¿Cómo puede ser?

“Huid de la fornicación”. Para Pablo la fornicación es la porneia, que tiene un sentido más amplio que el actual. Para nosotros la fornicación es el pecado de fornicación. Pero para Pablo la porneia es la lujuria y  la lujuria como estaba divinizada en la antigüedad pagana. Huid de la lujuria. “Todo pecado que comete el hombre queda fuera de su cuerpo pero el que fornica peca contra su propio cuerpo.” La fornicación es como un pecado contra el cuerpo. “¿O no sabéis que vuestro cuerpo es santuario del Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido del Padre, y que no os pertenecéis?”

Si yo soy del Padre, soy hijo del Padre y recibo mi ser del Padre, yo no soy el dueño de mi ser. Un poco más adelante, un par de capítulos después, como cerrando este razonamiento, Pablo dice: “Todas las cosas son vuestras pero vosotros sois de Cristo y Cristo es del Padre. Habéis sido bien comprados –al precio de la Sangre de Cristo-; no os pertenecéis…” ¿Por qué? Porque nos han comprado. Nos compró Cristo al precio de Su Sangre. Pagó por mí. Me compró con Amor. Amor con amor se paga. “Glorificad por tanto a Dios en vuestro cuerpo.” En esto consiste el dar Gloria a Dios: en someter la fuerza de la lujuria, de la naturaleza herida por el pecado, y sujetarla a la voluntad del Padre.

 

Este es uno de los grandes temas de la Carta a los Corintios. Para fundar una nueva cultura esponsal, Pablo tiene que fundar una teología del cuerpo, una nueva cultura del cuerpo, la cultura cristiana del cuerpo.

En un mundo que vive esa percepción pagana de lo que son la sexualidad y el cuerpo, el cuerpo de la mujer y el cuerpo del varón, la sexualidad, la lujuria, la porneia[17], en ese mundo Pablo tiene que fundar otra manera de ver las cosas a partir de la fe cristiana. Y es lo que hace.

Evangelización del apetito de gloria

Uno de los apetitos desmedidos del mundo pagano, además de la lujuria, era el apetito de gloria. El honor, la gloria, el prestigio.

La búsqueda de la gloria y la pelea por las glorias producía en la Iglesia de Corinto partidos. “Yo soy de Pablo, yo de Apolo, yo de Cefas”. Buscaban gloria en su pertenencia y eso los dividía. Este es pues otro de los hechos de los que se ocupa Pablo a lo largo de la Carta a los Corintios. Y a la búsqueda de la propia gloria opone la búsqueda de la gloria del Padre.

En estos asuntos, Cristo es el maestro. Nosotros no tenemos que buscar nuestra gloria, como Cristo no buscó Su Gloria. Cristo buscó la Gloria del Padre. Y por eso el Padre se encargó de la Gloria del Hijo. Si tú vives como hijo, debes cuidar de la Gloria del Padre y dejar que el Padre se preocupe de tu gloria, pero si vos andás buscando tu gloria, entonces no vivís como hijo. Y eso, ¿qué va a producir? Divisiones. Siempre que hay búsqueda de la gloria hay divisiones.

Y esto va a ser importante para la segunda etapa del matrimonio. Porque la primera etapa del matrimonio está más bien sellada por el predominio de la lujuria, pero la segunda va a estar sellada, como veremos después, por búsqueda de la gloria propia y de la dominación.

En esta situación, entonces, Pablo en el capítulo 7 dice: “En cuanto a lo que me habéis escrito…” Hasta ahora él ha estado respondiendo a las cosas que le habían llegado verbalmente, diríamos a los chismes, a lo que le había llegado por “los de Cloe”, dice. Esos chismosos que le estuvieron llevando chismes de las cosas que pasaban en la comunidad, pero ahora se ve que gente más culta de la comunidad le había hecho preguntas por escrito, que se refieren, las primeras, al tema del matrimonio; después va a haber preguntas sobre el celibato, la virginidad, pero las primeras son sobre el matrimonio. Y en este ambiente de los corintios, de esta ciudad y de esa comunidad que está tratando de descubrir su modo de vivir el matrimonio en forma cristiana, de ver el cuerpo propio y el de la esposa o el del esposo de otra manera de lo que lo ve la cultura, verlo en cristiano, empezar a ver todas las cosas de una manera nueva, Pablo va a dar ciertas normas como para ayudarlos a despegar de ese matrimonio bajo el signo de la lujuria, de la ciudad lujuriosa.

Y, ¿cuáles son los principios que va poniendo? En primer lugar, pone el principio de la castidad. Y para el varón. Ustedes saben que también entre nosotros, hoy, de repente, se va instalando la lujuria no sólo como una posibilidad sino casi como una obligación, como una ley ineludible del instinto, casi como un mandato. Todavía en una ciudad del interior del Uruguay me decían que si hay un hombre que es fiel los demás lo miran como diciendo: “Mirá, ¡Fulano es fiel…!” Parece que fuera ya una ley ser infiel. El varón queda así bajo la ley del pecado, bajo el imperio del pecado. Pienso que en la Argentina por suerte no es así. Pero allá ya está siendo así. Y hacia ahí va esta cultura en la medida en que se va descristianizando.

“En cuanto a lo que me habéis escrito, bien le está al hombre no tocar mujer”. Hay traducciones que dicen: “abstenerse de mujer”. Acá dice: “no tocar mujer”. Porque, claro, en esa cultura erótica, imagínense… Venían los peregrinos a Corinto… ¡Ya decir que la castidad es buena es un principio…! Yo diría que Pablo es aquí un atrevido. Ponerse a decir eso… ¡Claro, porque es el principio de Cristo! La Castidad de Cristo. La Virginidad de Cristo, casi. ¡Y esto es de una osadía…! Porque es como decir: “¡Mirá que es posible! Y para un hijo de Dios es posible. Porque en ese ambiente se consideraría imposible. “¡No! ¿Cómo va a ser posible?” Además, parecería que fuera hasta malsano. “Andá a saber lo que te pasa”. ¡No! ¡Es posible! Empieza por ahí, por sentar un principio: bueno es para el varón no tocar mujer.No obstante, y viene como una concesión, “por razón de la impureza de la porneia tenga cada hombre su mujer y cada mujer su marido”.

Claro, porque aunque la castidad sea buena para el varón, tiene que lograrla, tiene que conquistarla, todavía no está en ella. Porque como está herido por el pecado original todavía no está en el poder de la castidad, Por lo tanto, en el matrimonio hay un remedio de la lujuria. Pero fíjense la nueva limitación: tenga cada hombre su mujer y cada mujer su marido. Pablo da aquí un nuevo paso en la dirección de la nueva cultura cristiana: la monogamia, que, aunque era norma para los cristianos provenientes del judaísmo, para los de ambiente pagano, era una gran conquista.

Primero, la castidad del varón. Después la monogamia. Segunda conquista. Vamos a tener una esposa y un esposo. Pongamos orden, porque si no... En esos ambientes sabemos cómo es.

Recuerdo que cuando fui a estudiar Teología a Holanda –sería el año 62-, comentando con un sacerdote de ese país, me dijo una cosa que a mí ¡¡me espantó!! Porque yo era un sudamericano retrógrado y subdesarrollado que llegaba y veía aquello y decía: “¿Cómo puede ser?” Y me contó: “Vos sabés que acá hay lo que llaman clubes de matrimonios, donde se reúnen los matrimonios, tiran las llaves arriba de la mesa y se va cada uno con la que le toque.” Yo dije: “¡Qué horror!” Era inaudito para mí. En eso estaba la corrupción de ese país ya. Así anda Europa.

Ven entones que la monogamia, la fidelidad, es una conquista de la santidad cristiana. Claro, porque la percepción matrimonial cristiana va a ser muy distinta. Ni el cuerpo ni el matrimonio son para la lujuria, o porneia… El club ese de los aburridos… Porque es eso; son los que se aburrieron sexualmente el uno del otro, no es el club de los amigos donde se son fieles. La corrupción profunda en una sociedad así es que ya no entiende nada más que del aburrimiento sexual y ya se ha olvidado de la felicidad de la fidelidad y de la amistad. Ya no saben ser amigos porque ya no tienen profundidad para amistad. Están en lo instintivo. Yo lo entiendo más eso del varón; lo que me sigue intrigando es cómo es posible que esas mujeres se avengan a eso. Porque yo tengo todavía la idea de que la mujer aspira a otra cosa.

Un tercer principio que pone Pablo, después del de la castidad y el de la monogamia, es el del débito matrimonial: que el marido dé a su mujer lo que debe y la mujer de igual modo a su marido. Y lo especifica: “No dispone la mujer de su cuerpo sino el marido. Igualmente el marido no dispone de su cuerpo sino la mujer”.

Hay un principio de la fundación de la cultura cristiana, que consiste en la renuncia al propio derecho por amor. Dice Pablo que Cristo, siendo rico, se hizo pobre por nosotros -lo leíamos hoy- para enriquecernos con Su Pobreza. Y el pobre de espíritu es porque Él, siendo de condición Divina, no se aferró a Su rango sino que renunció a Su Gloria y se hizo como un siervo y pasó por uno cualquiera, no reclamando Gloria y haciéndose siervo para salvarnos. Obediente en todo hasta la muerte y muerte de Cruz porque tenía que enseñarnos Obediencia. Ese principio de Jesús que renuncia a lo que se le debe, porque Él como Hombre podría haber reclamado Gloria Divina y no la reclamó… En ese tiempo en que se adoraban los emperadores, se hacían adorar los hombres, el único Hombre que hubiera tenido derecho a hacerse adorar era Jesús y Él no lo hizo. Renunció en su derecho. Y Pablo va a sacar de ahí abundantes aplicaciones para muchos casos de la cultura cristiana. En un momento va a decir: “Yo tengo como apóstol derecho a que ustedes me sostengan. Sin embargo, yo he renunciado a mi derecho por algo mejor.” En otro momento va a decir: “Tú tienes derecho a comer carne inmolada a los ídolos porque sabes que los ídolos son nada, pero tu hermano, que se acaba de convertir y todavía piensa que los ídolos son algo, o tiene escrúpulo de comer carne inmolada a los ídolos, si te ve comiendo y él se tienta y come, o por no parecer menos come también pero con mala conciencia, él se come un pecado por ti. Entonces, ¿tú que tienes que hacer? Por amor a tu hermano renuncia al derecho.” No puedes comer eso y decir. “¡Qué rico está! Está ofrecido a Júpiter, pero está riquísimo. ¡Vení que Júpiter no es nada! ¡Comé, bobo!” Porque el otro come mal. Entonces, aunque tú tengas derecho renuncia a tu derecho por amor a tu hermano. La caridad va antes que tu derecho. Si tú amas al otro, vas a poder renunciar. Este es un principio fundador de la cultura cristiana, y que aquí Pablo aplica a la relación matrimonial y al derecho del cuerpo y a la cesión misericordiosa del cuerpo. “No os neguéis el uno al otro sino de mutuo acuerdo y por cierto tiempo para daros a la oración”. Es decir que aquí  Pablo, dentro de esta función sanadora que tiene la institución matrimonial, que va ayudando a lograr la castidad, pone sin embargo lo que dentro del matrimonio judío existía por ley: como períodos de castidad matrimonial. Ustedes saben que según la ley judía, en el matrimonio judío, desde el primer sangrado de la mujer hasta siete días después de cesada la menstruación no puede haber intercurso matrimonial. Es como si Dios, que le ha dado la esposa a su hijo, se la retira porque en ese momento le pertenece a Él. Y Dios es Dueño de dársela y quitársela. Y en ese momento, en que se realiza en ella todo el misterio de la fecundidad y de la vida, que es algo Divino…


Cassette 2 – Lado A

lo ayudan precisamente en el camino de lograr la castidad.

            Acá Pablo se aparta de la ley judía porque no se remite a esos mismos períodos del ciclo de la mujer, pero sí pone: “para daros juntos a la oración”. Es decir, también el cultivo de períodos de castidad matrimonial que ayudan para que la unión de los esposos dependa de algo más profundo que la pura instintividad. Esto es muy importante sobre todo para la formación del varón en la castidad.

Ustedes saben que el pecado original ha herido de manera distinta al varón que a la mujer, en forma disimétrica. Al varón, el pecado original lo baja a la instintividad, de modo que le cuesta dominar lo instintivo con su razón. Se ha debilitado el poder del varón en dominar la instintividad en todos los niveles: en la gula, en la lujuria y en la ira. Por eso el varón tiene que insistir en el dominar sus pasiones con su razón. Y eso hay que tenerlo en cuenta desde que es niñito. Por eso al varón hay que enseñarle a dominarse por amor en la comida y en las broncas. De esa manera, cuando él llegue a la adolescencia también va a poder dominar mejor su lujuria. Habrá aprendido a dominar sus apetitos con razón. Hay que decirle: “No engulla. Coma despacito. Domínese”. Con amor. “Un hijo de Dios no come así. Así comen los animalitos, así comen los perros. Usted es hijo de Dios. Coma bien, coma despacito, no engulla”. En cambio, qué dan en la propaganda, qué les enseña a los niños: un comer ansioso y glotón. ¡Es engañoso para el niño! “No se enoje. Domínese en la ira también.” La cultura tradicional cristiana le enseñaba a un niño también a no llorar. “Domínese”. También en el llanto. “Un varón no debe llorar”. ¿Por qué? Porque debe dominar sus pasiones. Donde el dueño de casa se sienta a llorar se pierden todos. “Usted no puede permitirse llorar. Usted no puede permitirse dejarse llevar por sus pasiones. Por la ira, tampoco. Si usted se deja llevar por la ira se hace despreciable. O se hace temible, pero no amable. Y si se sienta a llorar, se hace débil y usted debe ser fuerte, debe ser valiente, debe estar dispuesto a morir, a sacrificarse por amor a los suyos. El varón debe ser capaz de expresar su amor muriendo por los que ama”

A la mujer, en cambio, el pecado original la hirió no tanto en la parte instintiva, que está más sana y dominada, más gobernada por el amor; lo instintivo quedó más sano. La hirió precisamente en lo anímico, en el alma propiamente. Si al varón tiende a bajarlo al animal, a la mujer la tiende a hacerse levantar a lo angélico, a lo divino, a la dominación, a la gloria, a la vanidad. Más propiamente el alma se le desordena; los apetitos más propiamente humanos y del alma.

Satanás no es a Adán al que le va a proponer ser como Dios. Si lo hubiera hecho, creo que Adán se le hubiera reído… Fue a Eva a la que le propuso lo divino como tentación, como esa exaltación.

Por eso, así como el matrimonio bajo el signo de la lujuria es propiamente el matrimonio todavía bajo el problema del varón, el matrimonio bajo el signo de la dominación –que vamos a ver en un segundo capítulo- va a ser el matrimonio bajo el signo de la debilidad de la mujer. Y vamos a ver cómo después el matrimonio cristiano los sana a los dos de manera maravillosa. Y produce el matrimonio entre los dos redimidos.

De esas pausas de oración, en que se eleva el varón a la castidad y la mujer recibe la alegría de la amistad del varón… Porque es eso; la esposa espera del varón sobre todo su amistad, el oído atento que la escuche… El varón también de la esposa, por supuesto; quiere que lo escuchen. Pero es sobre todo el alma femenina la que necesita el oído atento del varón, y no sólo atento sino inteligente.

Hay un libro muy lindo de Julián Marías que se llama “La mujer y su sombra” en que, hablando de la mujer dice cosas muy acertadas y muy reales -no porque las diga él sino que él las dice porque son así. Dice que la mujer es como un ser fontal, de alguna manera misterioso y misterioso para sí misma. Es un misterio. Por eso la mujer, dice, nunca termina de decir porque nunca termina de decirse. Siempre está tratando de decirse en lo que dice y se queja: “Vos no me entendés”. Se queja de que el marido no la entiende pero por otra parte le encanta si el marido la adivina y desea ser adivinada, desea ser interpretada. Tiene mucho de verdad. Y por lo tanto la mujer es un ser fontal continuamente misterioso que está como puesta en el jardín… La fuente sellada en la Escritura es la mujer en el jardín, la fuente que Dios puso en tu jardín para que te duermas escuchándola. (Risas.) La mujer necesita el oído amoroso y atento del esposo y pretende que la entienda y de alguna manera la interprete y por lo tanto que sea capaz de atenderla.

¿Y qué pasa con la lujuria del varón? Que lo cortocircuita con el cuerpo de la mujer y no le permite llegar al alma. Lo distrae, en muchos casos, del alma de la esposa con el cuerpo de la esposa. Ese es el drama de la lujuria para el varón, que lo puede apartar del alma de la mujer porque lo fija demasiado en el cuerpo.

Y de ahí entonces también el mal de las relaciones prematrimoniales, que yo trato de hacer entender. “Le hacés un daño. La prueba del amor te la tiene que dar él, no vos. Le hacés un daño porque si él no aprende castidad antes del matrimonio, después en el matrimonio tampoco. Va a pensar que tiene ahora un carné de libre tránsito.” ¡No! No es así; va a tener que morir siempre a su lujuria por amor a su esposa. “¡Superexigente, Padre! ¡Nunca escuché estas cosas de ningún cura!” (Risas.) Es lo que encuentro en la Escritura. Y es, creo, también algo que, precisamente porque ningún cura lo dice, el Señor me da a decir en este tiempo. Y cuando lo digo me vuelve un “Amén” de parte de los fieles que me confirma que lo que digo es verdad, en la mayoría… De repente en algún momento yo no me sé expresar bien, capaz que el otro no entiende… Pero en la mayoría de los casos encuentro con que vuelve un “Amén” de que así es, esto es así. Además, me puedo encontrar con un; “¡Pero usted es el único cura que lo dice! Porque yo le dije a uno y me dijo: Bueno, ¡si es por amor, dale nomás!” Los curas, ¿no? Y bueno, yo digo: “Ese sacerdote, ¿ministro de qué iglesia es? ¿O es ministro de su opinión personal? ¿Es ministro de la Voluntad del Padre? ¿Es ministro de Cristo, Hijo de Dios? ¿O es ministro de su opinión personal y de la lástima que te tiene, de la compasión que te tiene y te dice: ¡Dale nomás!?”

Pablo clarísimamente dice: “Luego volved a estar juntos para que Satanás no os tiente”. Hay que tener en cuenta la situación concreta y el momento y el camino en que uno está. No todos están en la castidad. Ahí hay que llegar por el camino cristiano, y sobre todo en esta cultura donde estaban.

Hay que tener paciencia. No llegó todavía… El Padre tiene paciencia. Si vos tenés paciencia con tu nene cuando se ensucia porque sabés que un día va a llegar a dominar sus esfínteres, el Padre también tiene paciencia contigo porque sabe que algún día vas a dominar tu pasión. Pero tu Padre celestial espera que algún día la domines. Y espera que los dos, como hijos de Dios, se ayuden a crecer.

“Lo que os digo es una concesión, no un mandato –todo esto que dice respecto del matrimonio-. Mi deseo sería que todos los hombres fueran como yo –Pablo era célibe-, mas cada cual tiene de Dios su Gracia particular: unos de una manera, otros de otra”. Son caminos distintos, pero el camino es que llegues a la castidad.

Esas son las pautas que da Pablo en esta primera etapa del matrimonio bajo el signo de la lujuria.

Galacia: El matrimonio bajo el signo de la dominación

San Pablo no trata explícitamente el tema del matrimonio en la Carta a las Gálatas pero la doctrina que da allí nos ilumina mucho acerca de lo que llamo: el matrimonio bajo el signo de la dominación. La tentación de la dominación es la tentación más propia de la mujer.

Consiste en la exaltación del elemento espiritual de la naturaleza humana, que es la voluntad, el deseo del bien. Y por lo tanto un excederse en el juicio acerca del bien y en el intento de alcanzar el bien por los medios que le parecen más conducentes, aún imponiéndolo o manipulando para llevar su voluntad adelante. Es lo que suelo llamar:

“ejercicio ilegal de la divinidad”.

La Carta a los Gálatas la dirige Pablo a otro tipo de ciudades y de sociedades muy distintas de la de Corinto. Corinto era una especie de Las Vegas combinada con Nueva York.

La sociedad de la región de Galacia, en el medio de la meseta central de Turquía, residente en sociedades como la de Antioquía de Pisidia, era una sociedad más de un tipo comparable con el de una de nuestras ciudades en región rural, de esas que tienen una feria ganadera importante y exposiciones rurales, con mucha maquinaria, tractores… Pienso en San Francisco, cerca de Córdoba. Una sociedad donde es muy importante el prestigio de la familia y de las personas y donde también las señoras son tienen su influencia. Familias con un buen pasar asegurado por una economía agrícola sana y que constituyen una aristocracia campesina en enclave ciudadano. En esa clase social pesa el honor familiar, la importancia social y comercial.

Había en Antiquía de Pisidia una colonia judía fuerte.

El problema que se ve en la Carta a los Gálatas es que después que han conocido el Evangelio han vuelto a atarse a la ley. Cuando Pablo llegó y les predicó el Evangelio, hubo un florecer de la fe, descubrieron la alegría de ser salvados por Dios pero después se volvieron a la ley. ¿Qué pasa? ¿Por qué se vuelven a la ley? Porque la Gracia es: “Yo soy un pobrecito, no tengo nada, soy como un niño delante de Dios y Dios me tiene que dar todo.” “Abre la boca y Yo te la llenaré”, dice el Salmo, como el que le da la papa, como la invitación de Dios a que sea como un niño delante de Él. En cambio, la ley da gloria porque uno cumple la ley. Es lo que les pasaba a los escribas y fariseos, que sacaban gloria cumpliendo la ley. Querían que los otros los saludaran como conocedores de la ley, como cumplidores de la ley y ellos recibían su gloria de los demás y ante sí mismos también, porque tenían conciencia de que ellos eran justos según la ley. Renunciar a esta gloria de ley… Por eso volvían a recaer en la gloria de la ley.

Veamos lo que le pasa a Pablo en Antioquía de Pisidia, según nos lo cuenta el capítulo 13 de los Hechos de los Apóstoles:  “Pablo y sus compañeros se hicieron a la mar en Pafos y llegaron a Perge de Panfilia. Pero Juan se separó de ellos y se volvió a Jerusalén, mientras que ellos, partiendo de Perge, llegaron a Antioquía de Pisidia. El sábado entraron en la sinagoga y tomaron asiento. Después de la lectura de la Ley y los Profetas, los jefes de la sinagoga les mandaron decir: ‘Hermanos, si tenéis  alguna palabra de exhortación para el pueblo, hablad.’” Siempre va Pablo a la sinagoga primero y ahí predica. “Pablo se levantó, hizo señal con la mano y dijo…” Y ahí predica. Después de la predicación dice: “Hermanos, hijos de la raza de Abraham, y cuantos entre vosotros temen a Dios: a vosotros ha sido enviada esta  Palabra de salvación. Los habitantes de Jerusalén y sus jefes cumplieron, sin saberlo, las Escrituras de los profetas que se leen cada sábado; y sin hallar en él ningún motivo de muerte pidieron a Pilato que le hiciera morir.”

            Más adelante continúa: “Tened, pues, entendido, hermanos, que por medio de éste os es anunciado el perdón de los pecados; y la total justificación que no pudisteis obtener por la Ley de Moisés –les está predicando que la justificación no se obtiene por la ley-; la obtiene por él todo el que cree.” Acá está el tema de la justificación por la fe que va a poner en la Carta a los Gálatas, de esta misma región. “Cuidad, pues, de que no sobrevenga lo que dijeron los Profetas: Mirad, los que despreciáis, asombraos y desapareced, porque en vuestros días yo voy a realizar una obra, que no creeréis aunque os la cuenten. Al salir les rogaban que les hablasen sobre estas cosas el siguiente sábado. Disuelta la reunión, muchos judíos y prosélitos que adoraban a Dios siguieron a Pablo y a Bernabé; éstos conversaban con ellos y les persuadían a perseverar fieles a la gracia de Dios.” Se va formando el primer grupo en la sinagoga de los que creen.

Un poco más adelante dice: “Al oír esto los gentiles se alegraron y se pusieron a glorificar la Palabra del Señor; y creyeron cuantos estaban destinados a una vida eterna. Y la Palabra del Señor se difundía por toda la región. Pero los judíos incitaron a mujeres distinguidas –acá tenemos a las mujeres distinguidas-que adoraban a Dios, y a los principales de la ciudad; promovieron una persecución contra Pablo y Bernabé y los echaron de su territorio. Estos sacudieron contra ellos el polvo de sus pies y se fueron a Iconio. Los discípulos quedaron llenos de gozo y del Espíritu Santo.”

Acá vemos judíos que resisten el Evangelio y mujeres que hacen que los echen a los apóstoles.

En la Carta a los Gálatas Pablo va a argumentar a los cristianos que están tentados de volverse a la ley de una manera más o menos consciente llamándolos “¡Insensatos gálatas!” y diciéndoles lo siguiente: “Me maravillo de que abandonando al que os llamó por la gracia de Cristo, os paséis tan pronto a otro evangelio, no que haya otro sino que hay algunos que os perturban y quieren transformar el Evangelio de Cristo. Pero aun cuando nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciara un evangelio distinto del que os hemos anunciado, ¡sea anatema!”

“¿O es que yo acaso intento agradar a los hombres? Si todavía tratara de agradar a los hombres, ya no sería siervo de Cristo.”

No estoy yo buscando gloria humana, les dice. Sin embargo, está en una sociedad donde se busca la gloria.

Y después dice: “¡Oh insensatos gálatas! ¿Quién os fascinó a vosotros, a cuyos ojos fue presentado Jesucristo crucificado? Quiero saber de vosotros una sola cosa: ¿recibisteis el Espíritu por las obras de la ley o por la fe en la predicación? ¿Tan insensatos sois? Comenzando por espíritu, ¿termináis ahora en carne?”

Ustedes recibieron a Dios, la salvación por la Gracia, por la predicación y la fe, y ¿ahora quieren poner su justicia en guardar la ley? Esta tentación siempre va a estar en la Iglesia, siempre nos va a acechar. Forma parte también de lo que nos pasa a todos en la vida: en algún momento nos tentamos con la ley o caemos en hacer de la Gracia, ley. Resulta que ya no voy más a Misa porque en la Misa encuentro a Dios sino porque tengo que ir. Hago de la Gracia, ley. Y si no parece que me confieso de que no recé el Rosario. Hice de la Gracia, ley. ¡No! La Gracia es Gracia. Y si no: “Recé el Oficio. Bueno, ya cumplí”. Sí, pero ¿cómo lo recé?

San Pablo va a hacer un argumento a propósito de esto de la ley en el cual a mí me llama la atención que pone a Sara y a Agar, por lo que pienso que está dando un argumento que no es ad hominen sino ad mulierem. (Risas.)  Es un argumento a la mujer. Dice: “Decidme vosotros, los que queréis estar sometidos a la ley: ¿No oís la ley? Pues dice la Escritura que Abraham tuvo dos hijos: uno de la esclava y otro de la libre. Pero el de la esclava nació según la naturaleza; el de la libre, en virtud de la Promesa -por una acción de Dios, que a la estéril la hizo fecunda- Hay en ello una alegoría. Estas mujeres representan dos alianzas…”

Ustedes pónganse en el lugar de las mujeres importantes de Antioquía escuchando este argumento. Están tentadas de volver a la ley y Pablo las hace elegir entre la ley y la Gracia y les argumenta: “Si elegís la ley somos como la esclava, si elegís la Gracia sos como Sara; vos elegí qué querés ser.” Hay como dos actitudes posibles: al mismo tiempo que de mujer, de esposa, de relacionamiento hombre-mujer también.

 

¿Qué recibe Abraham de Agar? Recibe la prestación de un hijo según la naturaleza. Pero, ¿cuál era el vínculo que lo unía a Sara, que no le daba hijos? El del amor a ella por ella misma. En la antigüedad, normalmente el hombre esperaba hijos de la esposa y si no los tenía, muchas veces la echaba. Era casi como un bien económico la multiplicación de los hijos. Cuando Abraham sigue amando a Sara a pesar de su esterilidad, es porque la ama por sí misma, no por lo que pueda recibir de ella, que son hijos; es decir, por pura Gracia. En cambio, ¿qué busca en Agar? No la busca a ella, busca al hijo; no la ama por ella. Son dos tipos de amor: uno representa la ley y el otro la Gracia. ¿Dios qué espera de ti? ¿Espera las obras de la ley o te ama por ti mismo? ¿Tú qué esperas de Él? ¿Qué buscas en Él? ¿Buscas algo que no es Él?

Me parece que el ejemplo está muy bien tomado y creo que apunta a la psicología femenina porque pienso que en la comunidad de Galacia las que están tentadas de volverse a escuchar la ley y a esos judíos influyentes son mujeres, cristianas, que se han convertido pero que tienen sus relaciones con las otras damas del lugar que habían hecho echar a Pablo. Están todavía relacionadas por vinculaciones sociales. Entonces están tironeadas entre un misionero cristiano al cual echaron y la sinagoga y los judíos influyentes. “Bueno, cumplamos la ley. Volvamos a la ley.” Están en una especie como de tentación de pacto y se llevan atrás de ellas a la comunidad.

En esta situación Pablo pone estos dos tipos de relacionamiento hombre-mujer al decir: “Hay en ello una alegoría: estas mujeres representan dos alianzas; la primera, la del monte Sinaí, madre de los esclavos, es Agar –la ley-, (pues el monte Sinaí está en Arabia) y corresponde a la Jerusalén actual, que es esclava, y lo mismo sus hijos.” ¿Por qué? El término de comparación es cuáles son los hijos y los que no son hijos son esclavos. Son dos tipos de relaciones. En una casa estaba el padre de familia, los servidores como esclavos y los servidores como hijos, los que hacían la voluntad del padre porque eran siervos y los que hacían la voluntad del padre porque eran hijos, por amor de hijos. Si uno no era hijo, estaba de esclavo. Y así habían quedado los que guardaban la antigua ley, ya sea por una prestación, porque de esa manera adquirían la justicia, ya sea porque de esa manera adquirían la gloria de ser justos, y los hijos, que simplemente quieren hacer la voluntad del padre, no están guardando la ley por guardar la ley sino para hacer la voluntad del padre, porque les complace.

Y continúa diciendo Pablo: “Pero la Jerusalén de arriba es libre; ésa es nuestra madre, pues dice la Escritura: Regocíjate estéril, la que no das hijos; rompe en gritos de júbilo, la que no conoces  los dolores de parto, que más son los hijos de la abandonada que los de la casada. Y vosotros, hermanos, a la manera de Isaac, sois hijos de la Promesa. Pero, así como entonces el nacido según la naturaleza humana perseguía al nacido según el espíritu, así también ahora. Pero ¿qué dice la Escritura? Despide a la esclava y a su hijo, pues no ha de heredar el hijo de la esclava juntamente con el hijo de la libre. Así que, hermanos, no somos hijos de la esclava, sino de la libre.”

Como les decía, aunque aquí no trata del matrimonio, sin embargo al traer este tipo de relación marido-mujer muestra también la posibilidad del matrimonio en dos situaciones distintas: una, donde uno espera del otro una cierta prestación y no lo ama por sí mismo –como es el caso de Abraham con Agar- y la otra, donde ama al otro por sí mismo –como ama Abraham a Sara. Amar a la esposa por sí misma… Ahí estamos en una etapa ulterior del matrimonio, donde ya el varón no está bajo el signo de la lujuria. Abraham no está bajo el signo de la lujuria. Pero el problema aquí, que yo veía en este tipo de mujer dominadora, es el matrimonio bajo el signo de la dominación, de la lucha por quién tiene el mérito, bajo el signo del mérito. Si uno se pone bajo el signo del mérito, se pone en una relación tipo Agar, de prestación: “Te doy, pero yo…”  “Lo que yo te doy y lo que vos me das.” O: “Lo que vos me negás”. O: “Lo que yo espero de vos y vos no me das”. En esta segunda situación ya no es bajo el signo de la lujuria; yo lo llamo a eso bajo el signo de la dominación: ¿Quién domina a quién? O bajo el signo del mérito: ¿Quién cumple la ley? “¿Vos cumplís?” “¿Yo cumplo?” “¿Quién cumple?” 

No sé si logro expresar bien esta segunda etapa. Pasada la etapa primera, bajo el signo de la lujuria, el matrimonio puede entrar en esta segunda etapa, donde más bien el problema es el de la esposa, porque es la esposa la que tiende más bien a la dominación. Muchas veces, en la primera etapa, sin darse cuenta, ha ejercitado su dominación valiéndose de la debilidad de la lujuria  en el varón y lo ha dominado por su debilidad de la lujuria. No por un afán de perversa dominación, pero lo maneja… Y de eso no se da cuenta al principio pero después empieza a manifestarse eso mucho más. Y no porque sea una dominación perversa, como les dije; muchas veces es una dominación porque quiere que el bien se haga a la manera como ella entiende que tiene que suceder. Lo que dice claramente San Ignacio: una tentación con apariencia de bien. Ella sabe en qué consiste el bien del esposo y entonces el esposo tiene que realizar lo que ella sabe que es su bien. Ella le dice cuál es el bien ¡y el otro lo tiene que hacer! (Risas.) Y si no lo hace, entonces estalla el conflicto. ¡Qué lástima! Porque yo diría que es sin darse cuenta. Es lo que yo llamo, en otras circunstancias y también a propósito de estas cosas, el “ejercicio ilegal de la divinidad”(Risas.). Juega a Dios. Con la mejor intención, ¡con la mejor intención de amor!, pero es una especie de extralimitación del amor. Es “tentación con apariencia de bien”. A las personas buenas Satanás no las tienta con males, las tienta con bienes. No te puede pisar el freno… No te puede torcer la dirección… ¡Te pisa el acelerador! (Risas.) ¡Más! ¡Más! ¡Más! Ese deseo como de la dominación. Por ahí se tienta el alma femenina: por ser Dios en su casa. ¡Juno!

Éfeso: el matrimonio sanado bajo el signo de Cristo

Y ahora veamos el matrimonio bajo el signo de Cristo, veamos cómo se curará el varón de su lujuria y la mujer de su afán de dominar. El varón tiene que morir a su lujuria y la mujer tiene que ser capaz de obedecer, cuando Dios le da un esposo digno de ser obedecido. Y yo diría que es más fácil para el varón morir a su lujuria que para la mujer obedecer. (Risas.)

Ahora vamos a hablar un poquito acerca de Éfeso. Era una ciudad portuaria, distinta de Corinto; no tan lujosa, un poco más culta. Pablo pudo estar ahí dos años seguidos predicando en una escuela todos los días; le prestaba Tirano su escuela por las mañanas. Se formó allí una comunidad muy fervorosa. En ese lugar alcanzaron los cristianos un grado místico, de gran unión con Dios y de conocimiento real del Señor. A los corintios Pablo les decía: “Sean imitadores míos como yo lo soy de Cristo”. A los efesios les dice: “Imiten a Dios”, porque ya lo conocen. Son cristianos místicos, son cristianos que ya tienen un conocimiento de Dios directo, que no necesitan mirarlo a través de Pablo.

A estos cristianos les va a decir las cosas que figuran en las Cartas a los Efesios. Por eso, cuando estos textos se les lee o los escuchan cristianos que no están en esta condición sino que están o bien bajo el signo de la lujuria o bien no purificados de sus afanes de dominación, que no comprenden bien las cosas, se escandalizan porque no alcanzan a entender o entienden mal, tienen un prejuicio, pasan la Palabra de Dios por el filtro de sus entendederas y no les entra.

Los efesios son, entonces, cristianos místicos y a ellos les dice Pablo en el capítulo 5 de la Carta a los Efesios: “Sed, pues, imitadores de Dios, como hijos queridos.” Son hijos, están en el grado de la mística filial, hijos queridos del Padre Celestial. Por lo tanto, esposo y esposa se saben cada uno hijo de Dios y se consideran hermanos entre sí y el hecho de ser hermanos está casi por encima de lo esponsal.

Una de las acusaciones que se les hacía a los primeros cristianos en los tiempos de las persecuciones era que eran antropófagos, porque habían oído de la Eucaristía. Decían: “Son antropófagos. Hay que terminar con ellos. Comen carne humana, beben sangre. ¡Es una cosa horrible!” Y agregaban: “Y además se casan entre hermanos”. Porque habían oído también que los esposos cristianos se consideraban hermano y hermana, se decían incluso así. Ellos en su conciencia cristiana, en su conciencia filial, como hijos muy queridos, tenían muy presente la relación del otro con su Padre Celestial. No alcanzaba a eclipsarse esa relación por la relación esponsal. A veces es: “Tiene una relación esponsal y además tiene una relación con Dios”. Pero acá era: “Tiene una relación con Dios y además es una relación esponsal”. La otra es la principal. Es una óptica distinta. La otra es una óptica muy  natural, diría; pero no es la mística cristiana. En la condición filial es la situación óptima donde el varón vence su lujuria y la esposa es capaz de fiarse en el juicio recto del esposo. Porque un varón que ha dominado sus pasiones inspira confianza a la esposa, pero un esposo que es gobernado por sus pasiones no puede inspirar confianza a la esposa. ¿Cómo va a inspirar confianza si él mismo no se sabe gobernar? ¿Cómo va a gobernar a la familia? ¿Cómo le voy a obedecer si él obedece a su pasión? Es necesario, por lo tanto, que el varón domine sus pasiones.

Santo Tomás de Aquino, refiriéndose al pecado más opuesto a la prudencia y a la causa principal de las faltas a la prudencia, dice que es la lujuria, porque produce todos los vicios que son opuestos a la prudencia. La prudencia pide que uno considere todas las cosas y no precipite el juicio; en cambio, la lujuria hace a uno inconsiderado y precipitado en el juicio. La prudencia pide que uno pida consejo y escuche el consejo de los más sabios; la lujuria hace que uno no escuche a nadie. Y así vemos que los jóvenes, en el momento de tomar una de las decisiones que exige más prudencia, como es la de ponerse de novios y casarse, obran imprudentemente porque se dejan llevar no por la prudencia sino por su lujuria. ¡Es lo más opuesto a la prudencia que puede haber! No escuchan a los padres, son precipitados en el juicio y no consideran nada. Eligen con el corazón y no con la cabeza. ¡Son imprudentes!

Sigue diciendo Pablo a los efesios: “ Y vivid en la caridad como Cristo os amó y se entregó por nosotros”. Es el ideal, ¿no? Cristo murió por los hombres, y éste es el modelo que va a poner Pablo al varón cristiano: así como Cristo murió por nosotros vos tenés que morir por tu mujer. “La fornicación y toda clase de impureza ni se mencione entre vosotros, como conviene a los santos. Lo mismo que la grosería, las necedades, las chocarrerías, cosas que no están bien; sino más bien, acciones de  gracias. Porque tened entendido que ningún fornicario o impuro o codicioso, que es lo mismo que idólatra, participará en la herencia del Reino de Cristo y de Dios” No entrará como hijo en la herencia, ¡no va a ser hijo! No entra en la condición filial.

Después Pablo va particularizando distintos aspectos de la vida cristiana como derivados de acá, de esta contemplación de Cristo, del Padre, del Hijo, y llega a la moral familiar, al comportamiento familiar y dice: “Sed sumisos los unos a los otros en el temor de Cristo.” El temor de Cristo no es el miedo a Cristo; es el respeto y no tanto el respeto a Cristo sino el respeto que Cristo le tenía al Padre, lo interpreto yo. Él como Hijo tenía temor de ofender al Padre. Cuando hablamos del Don del temor, es la parte del amor que teme ofender al que ama; es el temor de ofender. El temor de Dios es el temor de ofender a Dios, es esa especie de advertencia del corazón filial que está pensando qué le va a parecer al Padre lo que hago, está pendiente de lo que al Padre le importa, de lo que el Padre puede pensar de lo que yo estoy haciendo. ¡Es el tener en cuenta al Padre! Si falta ese aspecto, todavía la conciencia filial no es perfecta, uno no ha entrado en el Reino, en la realidad de la filiación, de la filialidad. Ahí hay que crecer. Tenemos todo lo necesario por el Bautismo, pero hay que practicarlo.

“Sed sumisos”. Jesús se hizo esclavo. Sigue diciendo Pablo: “Las mujeres a sus maridos, como al Señor”. Cuando escuchan esto se quedan con “ser sumisas a sus maridos” y se olvidan de “como al Señor”. Y sigue: “Porque el marido es cabeza de la mujer –de nuevo se quedan con eso sin tomar en cuenta lo que sigue-, como Cristo es Cabeza de la Iglesia”. No de cualquier manera: como Cristo lo es de la Iglesia. “El salvador del Cuerpo”. Es Cabeza pero me salva el cuerpo; el varón es cabeza porque debe salvar a la mujer. “Así como la Iglesia está sumisa a Cristo, así también las mujeres deben estarlo a sus maridos en todo.” Hay que tener en cuenta el “así como”. El modelo de la relación matrimonial es el modelo de Cristo con la Iglesia y de la Iglesia con Cristo. Así como en algunos pasajes del Evangelio Jesús nos pone como ejemplo al Padre y a Él, Dios es siempre el modelo del comportamiento humano; es como el modelo de la cultura. Pero, ¡claro! ¿Cómo yo en mi vida cotidiana voy a vivir esto si no tengo muy presente, por una vida espiritual intensa, el modelo que tengo que imitar? Más bien a veces pasa que los gritos de mi vida cotidiana me impiden escuchar las voces del Modelo Divino, ¿verdad?

Y ahora habla a los maridos –primero habla a las damas (risas): “Maridos, amad a vuestras mujeres – y de nuevo el modelo- como Cristo ama a la Iglesia y se entregó a sí mismo por ella”. Debe morir por la esposa y entre las formas de morir está el morir a la pasión, a la pasión lujuriosa por supuesto. “Para santificarla, purificándola mediante el baño del agua, en virtud de la palabra, y presentársela resplandeciente a sí mismo”. Acá hace alusión Pablo a los baños precisamente purificatorios que tenía la mujer judía después de sus reglas cuando se preparaba de nuevo para reiniciar la relación conyugal; ese baño ritual. “Sin que tenga mancha ni arruga ni cosa parecida, sino que sea santa  e inmaculada. Así deben amar los maridos a sus mujeres como a sus propios cuerpos”. ¡Claro, si el marido es la cabeza, la mujer es el cuerpo! ¿Qué cabeza habría sin cuerpo? “El que ama a su mujer se ama a sí mismo.” El que ama a su mujer se ama a sí mismo. “Porque nadie aborreció jamás su propia carne; antes bien, la alimenta y la cuida con cariño, lo mismo que Cristo a la Iglesia, pues somos miembros de su Cuerpo.”

Esto de que “el que ama a su mujer se ama a sí mismo” lo interpreto al revés también: el que no ama a su mujer es porque no se quiere a sí mismo. A veces he reflexionado como derivando alguna enseñanza sobre qué le pasa al hombre entre los cuarenta y los cincuenta, cuando empieza a verse al espejo y se ve viejo y se da cuenta de repente de que ya tuvo una vida y la pasó. ¡Y no acepta que se va a morir! Porque además de repente no está satisfecho con la vida que hizo. “¿Esto fue todo?”, se pregunta. Y todavía el Demonio se la presenta más negra de lo que ha sido. Entonces se mira a sí mismo, se odia a sí mismo como mortal, porque no acepta que es un ser mortal, no se acepta mortal y se odia de alguna manera. ¡Porque no quiere ser mortal! Entonces se quiere demostrar a sí mismo que él puede empezar de nuevo. Se va con una chiquilina; busca una chiquilina y empieza de nuevo otra vida. ¡Porque no puede ser que él haya terminado la vida! ¡Él puede empezar de nuevo! (Risas.) Y esa mujer que tiene le demuestra que ya pasó. “Esa es la mujer de la otra vida que tuve. Ahora voy a tener una mujer nueva y otra vida nueva.” 

Hay algo así. Yo lo planteo un poco dramático. Pero pienso que hay algo de esto: se odia a sí mismo, no se acepta a sí mismo mortal, no acepta que ya tuvo una vida, que la vivió con esa mujer. Como se odia a sí mismo, la odia a ella y de repente le empieza a hacer una cantidad de reproches. Y le hace un juicio y él es el que tiene la razón para dejarla. Esta me parece una palabra llena de sabiduría porque uno la aplica y la ve realizada en la vida. Hay que aceptar la muerte. Es muy importante. Y acá tenemos lo mismo: el varón tiene que morir por amor y tiene que aceptar que es mortal. El varón que no acepta que es mortal está trabado en la realización propia y de los demás. Tiene que aceptar tanto que es mortal que tiene que ir voluntariamente a morir por amor. El hombre está hecho para morir. Por eso Cristo tenía que ser varón, tenía que morir por la esposa. La mujer no, no está hecha para morir. La mujer está hecha para cuidar la vida, la propia y la de los demás. Ustedes vieron que las mujeres enviudan ¡y florecen!(Risas.) “¡Se murió! Ahora vivo y empieza otra vida.” Ella sigue viviendo. El varón enviuda y se muere al poco tiempo… O se casa de repente. Pero no puede estar solo. Pasa eso. El varón está hecho para morir. Por eso también la mujer no puede ser sacerdote, porque el sacerdote está hecho para repetir el Sacrificio de Cristo. Él tiene que identificarse con el Cristo que muere y que muere por la Iglesia. Eso no se le puede pedir a una mujer. Como Dios no le pidió el sacrificio de Isaac a Sara, se lo pidió a Abraham. ¡Si se lo pide a Sara…! “¡Cualquier día…! ¡Qué te habrás creído!” (Risas.) Y por eso es tan importante todo esto. Cristo muere porque ama a Su Iglesia y es capaz de hacerlo. Y si uno quiere ser un virperfecto, un varón perfecto, ése es tu Modelo. Y desde niño el varoncito tiene que ser educado para ser hijo de Dios de esa manera y tiene que aprender a morir y mortificarse por los demás. Y eso a veces las mamás no lo saben hacer. No le enseñan a su niño a dominar sus pasiones, a morir. Es importante para la educación del varón que lo sepa la mujer porque si no dicen: “No, pobrecito”. Está bien un poco de cariño, pero que aprenda a sufrir.

Dice Pablo: “Porque nadie aborreció jamás su propia carne; antes bien, la alimenta y la cuida con cariño, lo mismo que Cristo a la Iglesia -tu esposa sos vos mismo-, pues somos miembros de su Cuerpo. Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y los dos se harán una sola carne –uno solo, inseparables, como un individuo-. Gran misterio es éste, lo digo respecto a Cristo y la Iglesia. En todo caso, en cuanto a vosotros, que cada uno ame a su mujer como a sí mismo; y la mujer, que respete al marido.” Con lo cual el marido tiene que hacerse respetable, por supuesto.

Estamos ante un hijo y una hija de Dios, donde él ama y muere por la esposa y donde ella lo respeta y lo obedece. Y así, por este camino maravilloso, se sana la herida del. pecado original en el varón y en la mujer. En el varón, en esa inclinación a ser dominado por sus apetitos instintivos, especialmente por la lujuria, que no solo lo hace infeliz a él sino que la hace infeliz a la esposa. Y en la esposa, por el afán de dominación, que muchas veces tiene sus motivos… “¿Por qué lo voy a obedecer a éste?” El desprecio de la mujer es espantoso y se lo gana él muchas veces. Es lo que pasa: el varón dominado por sus pasiones se gana el desprecio de la mujer y la hace sufrir. ¡Cuántas veces el alcoholismo del varón da razones al menosprecio de la esposa! Porque el varón desea y necesita ser enaltecido por la esposa, ser reconocido… Pero, claro, ¿cómo va a ser enaltecido si él no se hace enaltecible? Y viceversa, también. Por eso el caballero y la dama fueron creados por el cristianismo. El caballero enaltecía a la dama y la dama enaltecía al caballero. Sanaban lo que disimétricamente hiere el pecado en la naturaleza del hombre. Y disimétricamente también sana la Gracia.

Este es entonces el camino de Pablo a través de sus Cartas para la fundación de la nueva mística matrimonial cristiana a partir de Corinto y de Galacia. (Aplausos.)

Un aplauso a Pablo. (Aplausos.)

            Vamos a invocar a nuestro Padre, con quien comenzamos este día.

            Te damos gracias, Padre, por este día en que nos has iluminado con la Sabiduría de las Sagradas Escrituras, con la Sabiduría de Tu Hijo Jesús. Señor, Te pedimos que nos permitas comunicar a los demás esta luz que has derramado en nuestros corazones. Danos, Señor, palabras para comunicar a todos Tu Sabiduría, tan maravillosa. Danos la Gracia para vivirla nosotros, para comunicarla también a nuestros hijos. Te pedimos que bendigas nuestras familias, bendigas nuestros hogares, nuestros esposos, nuestras esposas, los jóvenes que se preparan para el matrimonio. Dales esta Sabiduría, Padre. No permitas que se engañen y se entredestruyan con las mentiras del Demonio.

¡Oh Señor! Santifica a Tu Iglesia, protégela, bendícela. (Se reza un Padrenuestro y un Avemaría.)

San José, ruega por nosotros.

Agradecemos a Rita y a Abelardo que nos hayan abierto su casa (aplausos) y a todos los que han estado en la organización de esta jornada.



[1] En junio de 1998 dediqué a exponer la investigación sobre este hecho un curso de seminario para alumnos de la licenciatura en teología, en la Facultad de Teología del Área San Miguel de la Universidad del Salvador. Quedaba siempre diferido el poner por escrito sus resultados, por falta del tiempo necesario ya que otras ocupaciones apostólicas lo impedían. Comentando el hecho con Monseñor Ernesto Izurieta, éste mi instó entusiastamente a escribirlo y cuando nos encontrábamos me reclamaba el escrito. La ocasión pastoral en que pude volcar las ideas centrales, prescindiendo de citas y aparato académico, me la brindó una reunión doméstica de matrimonios católicos en Bella Vista, Provincia de Buenos Aires el sábado 21 de junio de 2003. Se ofrece aquí el texto desgrabado, corregido y algo ampliado. Agradezco a Rita Aguilar de Segura por haber convocado y reunido en su casa a aquel grupo numeroso de matrimonios amigos. Y a la Sra. Clarita Mussabáh por la cuidada desgrabación.

[2] Actas de los Mártires, Ed. Daniel Ruiz Bueno, BAC 1974, p. 330. Justino en su Diálogo con Trifón (10,1) se hace eco de esos rumores. Véase Padres Apologistas Griegos, Ed. Daniel Ruiz Bueno, BAC 1954, pp. 21, 25. y p. 317 respectivamente.

[3] Sacramentum hoc magnum est, (gr.: mystêrion touto mega estin) Efesios 5, 32

[4] En el mundo católico, sobre todo a lo largo de la Edad Media, fue surgiendo un nuevo tipo de hombre y mujer, que fueron el caballero y la dama. El caballero y la dama son una creación cristiana, contra la cual reaccionaría después la cultura posmoderna iluminada. De alguna manera ese modelo queda como ridiculizado o atacado. Pero fue un modelo creado por el cristianismo: el del caballero que era capaz de morir por hacer justicia, que ofrecía y arriesgaba la vida por defender a los pobres y oprimidos, dispuesto a sacrificarse por amor de caridad. En tiempos de gran corrupción como el actual, sigue siendo necesario, y lo es más que nunca, el ideal caballeresco. Nuestro tiempo tiene necesidad de caballeros. No ya a lo Quijote, con lanza y coraza, sino, hijos de Dios capaces de sufrir por la justicia y de defenderla a supropia costa, riesgo y mensión. El ideal caballeresco, en lo que tiene de raíz e inspiración cristiana es una figura mística de validez perenne. Nos lo ha vuelto a presentar el P. Alfredo Sáenz S.J., en su obra La Caballería (Ed. Gladius, Buenos Aires 1991, 3ª ed). También es fuente de inspiración perenne el tipo humano de la Dama, reflejada en las obras del Dante y la Vita Nuova, y de la que ha hecho el retrato Régine Pernoud en su libro La mujer en el tiempo de las catedrales (Ed. Andrés Bello, Barcelona, Buenos Aires, México, Santiago de Chile 1999). Leopoldo Lugones incursionó en ese tema tratando de rescatarlo de su condición crepuscular en El ideal caballeresco (Obras Completas, Vol. II, Ediciones Pasco, Buenos Aires 1999). Pero por su camino puramente intelectual, no logró arrancarlo de su condición de pieza de museo literario. De lo que se trata es de una recuperación de la mística cristiana del hombre capaz de morir por el bien común. Ese es el hombre capaz de morir también por el bien común del matrimonio. Morir a su pasión, mediante la virtud de la castidad matrimonial, por el bien de la esposa.

[5] No hay que imaginarse las orgías que tienen lugar en otras culturas comparándolas con las que tienen lugar en la nuestra. En las culturas religiosas la orgía tenían también un sentido religioso. Es un intento de alcanzar un cierto rapto o éxtasis místico. Así lo ha notado Mircea Eliade: “A la unión de la pareja divina debe corresponder en la tierra el frenesí genético ilimitado” (Tratado de Historia de las Religiones Cap. IX, n. 137, Cristiandad, Madrid 1974, T. II. Pag, 136).

[6] De allí el refrán recordado por Estrabón 8,6,20: Ou pántos andrós eis korinthon esth' ho plous: que Horacio traduce en Ep. I, 17,36: Non cuivis homini contigit adire Corinthum: ¡no cualquiera va a Corinto!

[7] Véase: H. Leclercq, Art.: Corinthe, en: Dictionnaire d’Archéologie Chrétienne et de Liturgie (Eds. F. Cabrol, H. Leclercq, Paris 1914); E. Le Camus, Art.: Corinthe en: Dictionnaire de la Bible (Ed.Vigouroux) T. 2,1 Cols. 975-976

[8] Herodoto 1,199; véase: E. Le Camus, Art.: Corinthe en: Dictionnaire de la Bible (Ed.Vigouroux) T. 2,1 Cols. 975-976

[9] Véase: Louis Séchan, Art.: Venus, en: Dictionnaire des Antiquités Grecques et Romaines, Eds. Ch. Daremberg E. Saglio, T. V, págs. 721-735.

[10] “La orgía colectiva es una de esas aboliciones periódicas de los contrarios. El mitologema de la divina coincidencia de los opuestos es un modelo ejemplar que el hombre imita en todos sus niveles y la orgía es precisamente uno de los modos de [intentar] realizar esta coincidencia de los opuestos, por cuánto ésta representa esa coinicdencia en el nivel elemental de la vida religisoa, puesto que simboliza la regresión a lo amorfo y lo indistinto, la recuperación de un estado en el que los atributos quedan abolidos y en el que coinciden los contrarios. ” V. Hernández Catalá, La expresión de lo divino en las religiones no cristianas (Madrid, BAC 1972, )

[11] Etrabón 86, 20; Pausanias Lib. 2, caps. 1-4. Véase: E. Le Camus, Art.Cit.

[12] “Mientras los esperaba, Pablo estaba exasperado en su espíritu (parôxúneto to pneuma autou) al ver la ciudad llena de ídolos” Hechos 17,16

[13] “Las mujeres se desempeñaban como músicas y bailarinas. También se entregaban a la prostitución transformada en acto de piedad, pues el precio de sus servicios se vertía en el tesoro del templo” (HILD, J.A., Art.: Hieroduli en: Dictionnaire des Antiquités Grecques et Romaines, Eds. Ch. Daremberg E. Saglio, T. III, I, págs. 171-174, cita en p. 173). “Sobre todo las hieródulas de Corinto eran célebres. Se ha supuesto con razón que el deseo de favorecer las relaciones comerciales con oriente motivó en gran parte que se adoptara en esta ciudad cosmopolita y corrupta un uso que repugnaba al genio helénico. Las hieródulas eran en Corinto más de mil y actuaban en las ceremonias como iketídes = suplicantes. Preller las compara con las bayaderas indias y afirma que ellas daban realce al culto mediante la danza y la música. Esto aunque no está atestiguado por textos es verosímil. Lo que es cierto es que enriquecían el templo con el producto de sus prostituciones. Píndaro atribuye a sus oraciones que la ciudad haya sido preservada de sus enemigos persas” (p. 173-174)

[14] Y más si quiero ser hijo de Dios. En el camino cristiano ésa va a ser la norma: ¿Querés vivir como hijo? Si no te importa lo que piensa el Padre, no sos hijo. No es cuestión de ley ya; es cuestión de si querés vivir como hijo y si te va a importar lo que el Padre quiere. Porque si no te importa lo que el Padre quiere, no tenés corazón de hijo. Y entonces te estás perdiendo la condición filial.

Esa va a ser la esencia del Sermón de la Montaña: “Si vuestra ley no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entráis en la condición filial.” Ya no se trata de ley. Y por eso a mí –hago otro paréntesis- me aflige un poco ver la situación actual en la Iglesia porque cuando me siento a escuchar la confesión de los chicos empiezan por el Cuarto Mandamiento en adelante: si mentí, si le pegué a mi hermanito, si desobedecí a papá o mamá… ¡Todo moral! Pero, ¿dónde están los artículos religiosos de la fe? ¿Dónde está la relación estrictamente religiosa con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo? ¡Es eso lo que cuenta primero! Después, la ley y los mandamientos Es lo mismo que desobedezca un chico de los musulmanes; le dirán también que obedezca y que no mienta. ¿Qué es lo diferencial? ¿Qué es lo que nos distingue como cristianos? ¿La ley moral? ¡No! Es el tener un corazón de hijo, que nos importe algo lo que el Padre siente y que queramos vivir como al Padre le agrada. Es el agrado del Padre.

“Todo me es lícito”. Sí, pero no todo me conviene si quiero ser hijo. No me dejaré dominar por nada porque soy libre. Si soy hijo, soy libre. El Padre quiere que yo sea libre, no esclavo.

[15] La palabra griega que usa Pablo es porneia. De donde nuestros vocablos pornografía, porno. Uno de los nombres de la Venus Afrodita en Corinto era precisamente ese: Porné.

[16] La oración colecta de la liturgia eucarística del

[17] Ya hemos notado que la diosa Venus era apelada Venus Porné, la Venus del placer erótico. Eros era hijo suyo.