Vicente Cicalese

Homenaje al Profesor Vicente Cicalese
Palabras del Prof. P. Horacio Bojorge en el
En el aniversario de su fallecimiento
Facultad de Humanidades y Ciencias
Universidad de la República
7 de setiembre 2001

Los organizadores de este panel me han designado para referirme, en el breve espacio de diez a quince minutos, a los aspectos de la personalidad del Profesor Vicente Cicalese que emanan de su condición de católico. Los que lo conocieron saben que nunca ocultó su condición de creyente, que vivió intensamente su pertenencia eclesial y que sus convicciones religiosas vertebran su identidad tanto personal como intelectual, e influyó para que lo personal y lo intelectual estuviera en él tan íntimamente unido que resulta inseparable.

Para hacer justicia al perfil espiritual de fiel católico no bastaría referirse a sus libros de tema y enfoque explícitamente religioso o eclesial: Cristo, los pobres y los ricos (1992); Los Esclavos del Sacramento. La Archicofradía del Santísimo Sacramento de la Catedral Metropolitana (1983); ni bastaría informar sobre los libros que dejó inéditos y tratan de temas explícitamente religiosos, y en los que se expresa su profesión de fe: ¿Quién crucificó a Jesús Nazareno? (1999); Cuatro santas prostitutas y un estilita (1997) Roma y el cristianismo en los tres primeros siglos (1998) dedicado a Cristo en su Segundo Milenario con un exergo en forma de explícita profesión de fe.

Tampoco bastaría limitarse ni a elencar ni a descartar los escritos en los que, como su Ambrosio y Jerónimo (1987): “trata de santos – son sus palabras - pero ni sopesa la heroicidad de sus virtudes ni pregona la maravilla de sus taumaturgias; [sino que] los examina tan sólo como escritores” (p. 7)
A pesar del enfoque exclusivamente literario y deliberadamente neutro en lo religioso, no se recata ni aún en estos libros, de hacer suyo el propósito de San Jerónimo: Deo et legentibus placere desiderans: “agradar al mismo tiempo a Dios y a los lectores”.
Algo parecido vale de su San Isidoro de Sevilla, Historias y testamento político (1982) publicado en coautoría con la Profesora Sara Álvarez Catalá de Lasowski.
O de su estudio sobre una figura del clero colonial y patriótico oriental: Montevideo y su primer escritor: José Manuel Pérez Castellano (1987) al que reconoce como fundador de la literatura uruguaya.
O de sus inéditos sobre temas histórico religiosos que atañen, como los anteriores a la historia religiosa y de la Iglesia: Situación política y religiosa de Israel desde la rebelión de los Macabeos hasta el reinado de Herodes (S/f); Roma y el cristianismo en los tres primeros siglos (1998); El Temple y la Religión de los Romanos hasta el siglo II (1999). Testimonios extra bíblicos de los dos primeros siglos sobre Jesús: Paganos, judíos, apócrifos”

Para el Profesor Cicalese, hacer abstracción temática de su fe por razones metódicas, nunca significó ponerla existencialmente de lado.
Quiero notar de paso, que, por otra parte, el Profesor Cicalese raramente limitó el discurso de sus escritos a un lenguaje de entrecasa eclesial, es decir, a un discurso de creyente a creyentes. En todas sus obras, aún las más explícitamente religiosas, parece tener presentes siempre en el espíritu a los que no creen, y a los que no por esa condición apreció menos. Y viceversa, en todas sus obras, aún estrictamente filológicas, también tiene presente en su ánimo al público eclesial creyente.

De hecho en todos sus trabajos sobre historias de palabras, que son aquéllos en los que descolló como eminente, no sólo no elude, sino que deliberadamente se ocupa de palabras, hechos y personas bíblicas o de la historia de la Iglesia. Así en El Mamotreto incursionará por vía filológica en “El Buen ladrón y la altanería” y la “Historia de la Misa”
Por eso decíamos que para dar razón del aspecto propiamente católico de su personalidad, hay que referirse no sólo al nivel de la confesionalidad, sino a la estructura misma de su personalidad intelectual y espiritual.
Es pues a este entresijo católico de su espíritu al que quiero referirme. Y en la imposibilidad de exponer un retrato más o menos completo de su alma católica, voy a limitarme a un solo rasgo, que me parece componente esencial de la identidad espiritual católica. Y que, como tal debe servirnos de ejemplo al clero y a los católicos en Uruguay a quienes se nos brindó este ejemplo.

El Prof. Cicalese prefacia su libro sobre Ambrosio y Jerónimo con la siguiente cita de Claudio Claudiano (año 401) "Feliz el hombre que con su báculo de anciano recorre la misma arena en la que gateaba de niño"

Y continúa aplicándose a sí mismo ese pensamiento: “Apoyándome en mi bastón, recorro todas las tardes el vetusto pavimento de la iglesia que conocí y amé cuando era niño. Los mismos arcos severos y las mismas bóvedas nobilísimas, los mismos enhiestos muros y la misma grandiosa cúpula. ¡Cuántas gratísimas memorias! Iglesia y Colegio del Sagrado Corazón: allí aprendí a estudiar, a pensar, a escribir; anciano, les dedico este libro. 1928 Montevideo 1986"

Pudiera haberse limitado nuestro recordado Profesor a expresar su experiencia sin remitirse a Claudiano. Pero ha querido a todas luces colocar su propia experiencia a la luz de perennidad que arroja sobre ella la experiencia similar de otro hombre vivida hace 1600 años.
Una experiencia que sigue vigente, porque expresa la experiencia del hombre de todos los tiempos. No se trata ya de una vivencia exclusivamente suya – es como si quisiera sugerirnos – ni de una efusión de sentimiento romántico. Se trata de una experiencia casi metafísica de la perduración en el ser. Una experiencia del ser hombre y de permanecer el mismo, de niño a viejo.

En compañía de Claudio Claudiano, Cicalese se nos propone como testigo de lo que Julián Marías ha llamado la condición biográfica del ser hombre. El hombre es un ser autobiográfico, que vive la continuidad, la permanencia de su ser, a través y a pesar de la permanente vicisitud histórica. Y en medio de la variedad de los tiempos, descubre con placer que ha permanecido el mismo. Hay un placer de la continuidad y de la permanencia, de la fidelidad a sí mismo que se asoma en este exergo y para el cual no ha elegido nuestro Profesor ninguno de los tantos posibles escenarios montevideanos que le eran queridos y fueron igualmente testigos de su vida, de niño a anciano. Escenarios donde pudo tener presumiblemente la misma experiencia gozosa y estremecedora. Ha ubicado esta experiencia autobiográfica de continuidad, en el escenario de un templo. Y no de cualquiera, sino de uno que a fuerza de frecuentado, se ha hecho particularmente suyo.

El espacio arquitectónico de este templo como escenario permanente e incambiado es como una proyección, como una materialización existencial de la experiencia de la continuidad vital, de la permanencia autobiográfica.
La arena bajo los pies, de Claudio Claudiano, que como egipcio la conocía muy bien, sugiere la cambiante veleidad, la falta de firmeza que brinda la tierra para afirmar los pasos del hombre, desde que empieza a gatear hasta que vacila sobre sus rodillas y abre la imaginación a ubicar la escena en la orilla del mar, en un escenario natural también lleno de sugerencias simbólicas de un oleaje cambiante. Un escenario que podría haber elegido también el Profesor Cicalese, como ciudadano de un país de hermosas playas.
Aún la arena, que tiene de semejanza con el tiempo lo inaferrable, tiene de permanente lo cambiante y, esconde por lo tanto, en su condición de símbolo, esa paradoja que da vueltas en el corazón del hombre de todos los tiempos, y que el hombre católico ha resuelto a su manera, que es - como espero poder mostrar -, la de Don Vicente Cicalese.
De la escenografía simbólica de Claudiano, poco ha conservado, sin embargo, nuestro profesor. Ha cambiado la arena, por el vetusto pavimento de un templo recorrido cotidianamente. El paseo ritual dentro del templo, engarza el transitorio cada día en el escenario de la permanencia. Ubica el decurso del tiempo en los atrios de la eternidad. La eternidad no como un después, sino como adelantada y convertida en escenario que alberga el tiempo.

Sin embargo, como filólogo de profesión y de alma, el Profesor Cicalese transitó por el arenal de la lengua. La lengua es esa arena donde pasa cada generación humana dejando sus huellas triviales o creadoras que el tiempo borra sin dejar memoria y otra generación vuelve a hollar para imprimir las suyas. También la lengua tiene, como la arena, de permanente lo cambiante. Las historias de palabras en las que el Profesor Cicalese fue como sabueso de fino olfato para desenterrar tesoros de la arena, nos lo muestran como maestro en el empeño de recuperar el hilo de ocultas continuidades bajo lo aparentemente nuevo o discontinuo.

Cotidianidad y permanencia, continuidad a pesar del cambio, identidad del ser consigo mismo, carácter autobiográfico de la existencia humana, defensa de la integridad contra la ruptura y los rupturismos, concordia y conciliación de los opuestos. De muchas maneras podría intentar expresar lo que me parece ese rasgo característicamente católico del perfil interior y biográfico del Profesor Cicalese.

Es eso lo que por muchos aspectos de sus obras y a la luz de sus dichos me parece caracterizar su legado intelectual y espiritual.

No es este exergo al libro sobre Ambrosio y Jerónimo, - que me he detenido a analizar con algún pormenor -, el único síntoma de esa tesitura, de esa actitud temperamental convertida en carácter y en doctrina de su Magisterio.
La tesitura espiritual que evidencian sus historias de palabras es la misma que se pone de manifiesto en innumerables aspectos y expresiones vertidas en sus obras. En la imposibilidad de entrar en largas enumeraciones, me limitaré a señalar dos hechos a modo de ejemplo.

Primero: continuidad a pesar de las rupturas en la cátedra de latín en la historia de la educación uruguaya y en la historia del Profesor Cicalese como catedrático de latín:
El Profesor Vicente Cicalese sentía su Cátedra de Latín como la prolongación de la que nació con la Patria. Así lo expresa en el exergo de Las Semanas y los Días (1982): “1830 – 17 de julio – 1980 En el Sesquicentenario de la Cátedra de Latín que nació junto con la Patria por el voto unánime de la Asamblea Constituyente la víspera de la Jura de la constitución”.
La enseñanza del latín en el Uruguay ha muerto y resucitado varias veces. La historia de sus vicisitudes parlamentarias y universitarias, la trazó el Profesor Cicalese en su breve pero memorable estudio: “El Latín en el Parlamento uruguayo” (Revista Histórica (Montevideo), 3º Época, (1993) Nº 166, pp. 7-47).

Me resulta muy significativo que Las Semanas y los Días, editado en 1982, lleve un exergo fechado en 1980, año del retorno al régimen democrático y en el que el Profesor Cicalese entreveía - no sin cierta impaciencia -, la posibilidad de volver a ocupar su entrañable cátedra. Al escribir el exergo en 1980 no la ha recuperado aún. Han pasado casi diez años de exclusión de su Cátedra.

Por encima de las vicisitudes históricas que está experimentando en carne propia y en la carne de su querido Latín y de su querida Facultad de Humanidades, el Profesor Cicalese celebra el sesquicentenario de la Cátedra Latina que él, en ese momento, ya no detenta.
Leo cierta impavidez en este hecho, cierta confianza en la continuidad por encima de las rupturas, impavidez a la que la historia le da el espaldarazo con que arma a sus caballeros andantes, aún cuando algunos los consideren desquiciados al verlos cargar contra molinos de viento.


Segundo:


Creo que esta impavidez se nutría de una sabiduría histórica, acopiada en sus estudios del alma de la Humanidad que trasmiten los autores latinos pre-cristianos y cristianos. En esos estudios bebió la fe que trasuntan las palabras suyas que quiero citar a continuación, comentando la suerte corrida por su querido y viejo latín en el Uruguay:
“Desapareció el latín de nuestra enseñanza media, barrido por un positivismo estólido y estrangulado por la inepcia profesoral [...] La avalancha del utilitarismo miope no logró arrasar las convicciones humanísticas que a lo largo de nuestra historia enaltecieron a los ciudadanos más ilustrados” (Art, cit. p. 37).

Pero a pesar de tan penosa comprobación, es inconmovible su certeza basada en la evidencia que le dan sus estudios filológicos, de que: “el latín está enraizado en la médula de nuestra lengua y cultura, y que la tradición clásica es la esencia de nuestra conciencia ciudadana” (Art. cit. p. 12).
Es como si dijera: está en la raíz de nuestra identidad cultural y nuestra identidad cultural lo restaurará inevitablemente algún día.

El rupturismo propio de visiones modernas en su afán de deshacerse de lastres culturales y religiosos católicos, no era ajeno al afán rupturista con la tradición latina y la enseñanza de la lengua latina. La Iglesia católica era – y lo fue hasta hace pocas décadas - reducto donde se cultivaba la lengua latina. El Profesor Cicalese deploró ese rupturismo que llevaba a algunos modernos miopes a cortar con toda la cultura anterior por un prejuicio antirreligioso. Y por el cálculo a todas luces erróneo y miope de que aboliendo los estudios latinos se contribuía a quitar obstáculos religiosos al progreso. Podemos pues inferir, con qué dolor asistió el Prof. Cicalese al abandono del latín incluso en la formación del clero en su querida Iglesia católica.

No había cometido ese error el cristianismo al asegurar la continuidad cultural con la cultura romana. El Profesor Cicalese demostró con evidencias científicas irrefutables que es falso que el cristianismo haya roto con el legado cultural romano.

Como bien lo dice el Profesor Wilfredo Penco en su estudio preliminar al Ambrosio y Jerónimo: “La tesis fundamental que atraviesa y justifica en última instancia este tan agradable y concienzudo estudio, es la ligazón el entrelazamiento existente entre la cultura pagana y el cristianismo que Ambrosio y Jerónimo encarnaron. Ambos son padres de la iglesia, pero son también, como se dice desde el título, dos grandes escritores romanos” (O.c. p. 15). Con la mordacidad y la contundencia que el Profesor Penco le reconoce a Cicalese, éste pulveriza, entre otros “tópicos tan arraigados como falsos” el aserto según el cual “el cristianismo, hostil a Roma, repudió su cultura visceralmente contaminada de paganismo” (p. cit. p. 20-21).

Los grandes talentos católicos, Ambrosio, Jerónimo, Agustín y tantos otros no fueron rupturistas. No necesitaron demoler nada de la cultura romana y latina. Al contrario. Cuando implosionaron las instituciones bajo el empuje de las invasiones bárbaras, fueron los que se encargaron, como lo ha demostrado Cristopher Dawson en Los Orígenes de Europa de preservar el acervo cultural latino.

Y concluyo:
Este es el rasgo típicamente católico que el Profesor Cicalese supo reconocerle a la latinidad cristiana porque él mismo lo llevaba impreso en el espíritu, como un aire de familia. Este es el rasgo que sus estudios históricos contribuyeron a convertir en evidencia y convicción razonada.
El Profesor Cicalese compartió con sus modelos clásicos, en particular patrísticos, una actitud paciente, abierta y esperanzada. Confiada en que hay una tenaz continuidad humana, que una voluntad de ruptura siempre sectorial, por más que de sectores poderosos, no logrará nunca vencer ni avasallar definitivamente.

Por eso quizás le dolía doblemente ver que en la Iglesia católica muchos se contagiaban de un espíritu rupturista y de auto demolición, de renuncia a los rasgos propios de la identidad católica, de abolición de los ritos, vaciamiento de los templos, liquidación de los tesoros artísticos.
El católico Cicalese llevó siempre con un inmenso pudor de alma y de familia la pena que ese fenómeno que invadió al catolicismo le ocasionaba. Sólo se desahogaba con algunos sacerdotes y amigos más próximos y elegidos.
Él estaba convencido de que la continuidad hubiera sido perfectamente posible y que la ruptura era algo que no brotaba de la milenaria sabiduría católica sino de un súbito encandilamiento moderno.

Cuando le llevé la Comunión en una de sus últimas internaciones en La Española, tuve el agridulce privilegio de ser testigo de su intensa fe y piedad eucarística. Después de Comulgar, el hombre de fe, se sumió en profunda adoración y comenzó a rezar en voz alta y firme, desde el alma, como una profesión de fe y a la vez un abrazo, el himno eucarístico latino Adoro te devote, latens Deitas, hasta culminar la última estrofa:
Iesu, quem velatum nunc aspicio,
oro, fiat illud quod tam sítio;
ut te reveláta cernens fácie,
visu sim beátus tuae glóriae.
Jesús, a quien contemplo ahora bajo un velo
Ruego que suceda lo que tanto ansío
Y es que contemplando tu rostro ya sin velo
Sea feliz por la contemplación de tu gloria

Et subito aliquid quod usque in illam diem, nec suspicaveram necnon perpensus fueram perspexi: Vincentii anima suo cum amantissimo Deo, etiam amantissime familiariterque, et potius forsitan quam hispane, tamquam in patria lingua, latine disserebatur.

Y allí, de pronto, me di cuenta de algo de lo que no había tenido nunca el privilegio de ser testigo presencial: que Vicente se comunicaba con Dios en su alma tan amorosa como familiarmente no en castellano, sino en latín.

Para él, lo comprendí bien entonces, el latín era también la lengua con que hablaba con su Dios.
Muchas gracias.