José Luis (Dimas) Antuña Gadea
Conferencia

Presentación del editor
Dimas Antuña (+ 1968) dejó entre sus papeles una obra inédita sobre la Santa Misa Solemne en el rito Gregoriano. Dicha obra está contenida en cinco grandes y abultadas carpetas que contienen esquemas, borradores sobre el sentido espiritual de los actores de la Santa Misa, sus diversas partes, sus ritos y oraciones.
A quien un día emprenda la tarea de ordenar y eventualmente publicar esa gigantesca obra, le ayudará tener como hilo conductor del pensamiento del autor su conferencia sobre la Misa que Gladius publica hoy. Dimas Antuña sintetiza en ella su pensamiento. Y puede decirse que encierra el guión de la obra sobre que trabajaría toda su vida.
Se conservan en el archivo varias versiones mecanografiados de esta conferencia que pronunció muchas veces a través de los años. La redacción primitiva es de 1932 y fue pronunciada en Córdoba ante un sacerdote y un auditorio de religiosas, señoras y señoritas, al parecer en el Instituto Santo Tomás de Aquino.
En el exordio de una segunda versión Dimas Antuña saluda a un Obispo, sacerdotes y fieles. Es quizás la pronunciada en Salta en 1936. En este texto faltan las páginas en que explicaba la parte de la misa que va desde el Padre Nuestro hasta el final del rito de la Comunión. Hemos suplido esa laguna con el texto de la conferencia de 1932. Otro de los exordios es el pronunciado en 1938 en el Centro Dom Vital de Río de Janeiro . Otro texto de la conferencia con su respectivo exordio puede ser el de la prolación en Montevideo en 1943.
Tres de esos exordios, que varían lógicamente según los públicos, van aquí como anexos al final de la conferencia.
Los escritos de Dimas Antuña están cuajados de citas implícitas o alusiones a hechos y textos de la Escritura que ha omitido señalar. Para su publicación he señalado las citas en notas al pie de página.
El texto que presento es, pues, un texto resultante de la compulsa – no científica – y de la combinación de tres manuscritos. La combinación de los tres manuscritos produce, lógicamente, un texto que sobrepasa largamente la posible duración de cada conferencia y lo acerca a la categoría de ensayo o hasta de libro. Bien puede considerarse como una síntesis de la obra que José Luis (Dimas) Antuña, dejó inconclusa.
P. Horacio Bojorge S.J.
Montevideo 15 agosto 2013

 

La Misa solemne - Conferencia
Intento


Señores:
Mi intento en este momento es mostraros la estructura, es decir, el orden y movimiento, la composición orgánica y las relaciones internas de la Misa. Y al hacerlo me es forzoso tomar en cuenta la Misa Solemne de rito romano, es decir, la misa como se ofrece a nuestros ojos cuando es celebrada con ministros y coro.

Actores


Sabéis que en este drama hay dos personajes: Dios y el pueblo, y que ambos, diversificados maravillosamente, mantienen a lo largo de la acción litúrgica, una comunicación ininterrumpida.
En la misa, como en la Encarnación, “Dios se hace hombre para que el hombre se haga Dios”. El pueblo, antes no-pueblo, pero ahora pueblo y reunión, es llamado a conocer y a padecer los misterios divinos.

Propósito


“Hijo del Hombre , dice el Espíritu al profeta, Hijo del hombre, mira con tus ojos, y oye con tus orejas, y aplica tu corazón a las cosas que te mostraré acerca de las ceremonias de mi Casa”. Ver, oír, atestiguar: este es mi único propósito.
La Misa es una cosa una, coherente y viva. Sus partes están en relación armoniosa, arquitectural, como las partes del Partenón o como puedan estarlo los miembros del cuerpo humano.
Lo que empieza y lo que sigue en ella, empieza porque conduce a tal momento, sigue provocado por lo que era antes, exigido por lo que vendrá luego, y así esa lógica de principio, medio y fin da a las sagradas ceremonias un movimiento dramático.

La Iglesia – Lugar, espacio litúrgico


Decían los antiguos que el escenario es el primer personaje de la tragedia. ¿En dónde está el aposento, en donde coma yo la Pascua con mis discípulos?
Cualquier iglesia donde entremos presenta dos partes: el santuario y la nave. El santuario con el altar en medio, y la nave que es el lugar del pueblo. Y con esto, al mostrar las dos partes en que se divide el espacio litúrgico, designamos otra vez a los dos actores del drama: Dios y el pueblo, Cristo y su Iglesia.
El santuario con todo lo consagrado a Dios, con el altar, y las ofrendas y las luces, y el sacerdote y los ministros, y la nave con el pueblo que recibe la acción de Dios y sus dones.
El sacerdote celebra ordenadamente, asistido por los ministros: el diácono, el subdiácono, los dos acólitos, el turiferario, y la asamblea cristiana asiste y asiente a esos misterios. Pero ¿cómo?
Mirad, Moisés, que era tartamudo, dice al Señor: -- Señor, ¿cómo hablaré yo, pesado de lengua? El Señor le responde: -- Toma a tu hermano contigo: Arón será tu boca. Moisés y Arón, es decir, el pueblo y el coro. Mirad, señores, cómo recibe el pueblo la acción de Dios en la Misa, y cómo, por el coro, que es su boca, responde. El coro canta, gime, clama, asiente; boca, expresa las pasiones.
Así pues, al hablar del movimiento dramático de la liturgia, no imaginemos que el drama es aquello que ocurre en el altar y que nosotros somos espectadores del presbiterio.
No, el sacerdote y los ministros son acción de Dios sobre el pueblo, y, a esa acción recibida, el pueblo responde por medio del coro. En esta unión de Cristo y la Iglesia no hay espectadores. La novia no es espectadora de la boda; los comensales no son espectadores del banquete, y la sala misma adonde estamos reunidos, la iglesia material, es simplemente el palio del altar, algo así como la cifra del Nombre sobre la realidad de la Presencia.
Nosotros no somos espectadores; al contrario, espectáculo hemos sido hechos . Cuando nos reunimos para el sacrificio el continuo anhelar de las creaturas nos rodea.

División


Los expositores dividen comúnmente la misa en dos partes, una de preparación y otra que es el sacrificio propiamente dicho. Llaman a la primera la ante-misa o misa de los catecúmenos y a la segunda: Eucaristía.
Dentro de esas dos grandes divisiones que tienen profunda razón de ser, en la primera existen dos partes: la Sinaxis o reunión preparatoria, y las Lecciones, y, en la segunda, tres: el Ofertorio, la Acción y la Participación. Podemos pues considerar el movimiento de la misa, -- para decirlo de algún modo siguiendo mi comparación,-- como un drama en cinco actos, y, en cada uno de estos actos hallaremos lo que me atrevo a llamar ‘escenas’ es decir, momentos en los cuales los dos personajes del drama sagrado tienen una acción, ya recíproca, ya coincidente, ya paralela o simultánea, pero una acción una, que expresa por sí misma una sola idea espiritual.

Introito


Consideremos la primera de esta escenas, consideremos el Introito. Va a empezar la misa. El pueblo ocupa la nave de la iglesia; el coro acaba de cantar Tercia, está de pie, en su lugar, un lugar intermedio entre el santuario y la nave; se escuchan algunas notas del órgano, y, en el altar, ya han encendido los seis cirios, tres a la derecha y tres a la izquierda del crucifijo .
Y ved aquí que, en este momento, entran el sacerdote y los ministros, revestidos de los ornamentos sagrados. Vienen precedidos por dos niños acólitos con luces y por el turiferario. Cuando llegan delante de las gradas del altar, saludan, se descubren y quedan allí, de pie.
Cuando llegan al plano del presbiterio, delante de las gradas del altar, saludan, se descubren y quedan de pie.
En el mismo momento de su entrada, el pueblo se pone de rodillas y el coro empieza a cantar el Introito. El pueblo, de rodillas, ve y oye. Ve los que están de pie delante del altar, y oye lo que canta el coro.
El canto del coro se desarrolla así: primero, todo el coro canta una antífona, lenta, pausada, llena de riquezas de sentido y expresión. Luego, una voz, sola (el hebdomadario), canta un verso, y a ese verso responde todo el coro. Luego la misma voz canta el ‘¡Gloria Patri et Filio et Spiritu Sancto!’ y le responde de nuevo todo el coro. Finalmente todo el coro canta una segunda vez y con la misma música, aquella extensa antífona del principio.
Dicen los santos Padres que en la antífona del Introito se interpreta el deseo de los antiguos patriarcas; que su verso cifra el anuncio de los profetas; que el Gloria denuncia la predicación de los apóstoles, y que, en la reiteración de la antífona, se significa cómo la Iglesia actual, es decir, nosotros, los que estamos aquí de rodillas (y que en el momento de la reiteración nos sentamos), recibimos, ahora, aquello mismo que desearon los patriarcas anunciaron los profetas, enseñaron los apóstoles.
La estructura del Introito tiene ciertamente esta disposición mística. Pero si atendemos, no a la forma alternada del canto sino al sentido de las palabras, hallamos que esta antífona tiene el carácter de anuncio . Es una revelación, una proposición, un mensaje . Tiene el color del tiempo [litúrgico]; da la nota del día. Resumen del Oficio Divino, nace cada día de la profundidad de la noche y comunica al pueblo, cada día, un determinado misterio.
Este canto, el Introito, es como el porche de una catedral. Va de afuera hacia adentro con figuras enlazadas que dialogan; perfila en profundidad el espesor del muro y abre de par en par la puerta -- una puerta de gloria – por donde se ve toda la iglesia, hasta el altar. Pero qué hacen allí de pie, precisamente ante las gradas del altar, el sacerdote y los ministros?
Mirad, primero recitan (en voz baja, para ellos solos) el salmo 42: “¿Por qué estás triste alma mía?”. Luego, el Yo pecador. Luego unas preces, y, finalmente (en un momento que coincide por lo general con la reiteración de la antífona que hace el coro) suben las gradas del altar.

Durante el canto del Introito, pues, el sacerdote y los ministros se estaban disponiendo a subir al altar. Hecha la señal de la cruz, el sacerdote dijo: -- Subiré al altar de Dios, y, al decir eso, halló que era hombre.
El salmo 42 expresa la turbación del hombre delante de Dios. Pero no solo es hombre, es también pecador. Hombre, teme; pecador, se acusa. Pero no es pecador solamente, es también cristiano. Las preces son el diálogo de la humildad cristiana que espera en el Señor.
En fin, el sacerdote y los ministros (en un momento que coincide comúnmente con la reiteración de la antífona por el coro y el sentarse del pueblo) suben las gradas, purificándose en voz baja con el “Aufer a nobis” , suben las gradas y, al llegar al altar, el sacerdote se inclina y lo besa. Besa la piedra consagrada , la piedra que guarda las reliquias de los santos. Es decir, se une a Cristo (altare quidem Sanctae Ecclesiae, ipse est Christus) , y se apoya en la comunión de los santos, pone sus manos extendidas en aquello mismo que está recibiendo el pueblo, en este momento, con la reiteración de la antífona.
El canto del coro manifiesta la entrada del Sacerdote al altar, y, conforme a la revelación que contiene esa entrada y en cuanto esa entrada es la de Cristo, el pueblo accede al misterio.
Tal es la economía del Introito. En el altar, en el santuario, procesión y estación de los ministros; en la nave, postración del pueblo, y, entre ambos, el coro, de pie, que canta con una cierta progresión, con una cierta economía, con un cierto orden, primero la antífona, luego el verso, luego la doxología (entre los ministros de pie y el pueblo de rodillas) y finalmente, una segunda vez, la antífona, mientras los ministros suben las gradas del altar y el pueblo se sienta.
Es realmente un introito, una entrada, pero una triple entrada: entrada del sacerdote al altar; entrada del pueblo a los misterios; entrada, en fin, de los días, que salen cada día de la profundidad de la noche, y buscan cada día aquel descanso que – aun dentro de cada día – Dios ha llamado ‘hoy’ .

Kyries


El Introito es puerta y conduce al altar. Sus grandes correspondencias están en la oración Colecta, en las Lecciones, en el Prefacio, pues entramos para orar, para oír, para ofrecer y dar gracias. Sin embargo, después del Introito, vienen los Kyries.
Al terminar el Introito el pueblo se sienta, y mientras el pueblo está sentado, el coro canta nueve veces Kyrie o Christe eleison . Mientras tanto el sacerdote y los ministros rodean el altar con incienso.
Ved ahí que tenemos lo que yo me atrevo a llamar la segunda escena de la misa. Mirad: el pueblo que está sentado; el coro que canta los Kyries; el sacerdote y los ministros que rodean el altar de incienso.
Sentarse es propio del que considera. Estar sentado significa contemplar, y la contemplación tiene dos objetos: la gloria y la miseria. Noverim me, noverim Te, die el santo . Este pueblo que se sienta, se sienta sobre sí mismo, sobre su propia miseria. Se sienta como Job, en la ceniza; como Jeremías, en la caverna, y, de esa consideración de sí mismo, sale un grito de dolor. El Coro es su boca. Por el Coro salen los Kyries.
Los Kyries no son otra cosa que el “memorare quae mea substantia” , de la consideración. Somos fragilidad, somos miseria, delante del Padre omnipotente; ignorancia, tinieblas, delante del Hijo, luz y verdad eterna; malicia, rechazo delante del Espíritu Santo santificador, y nuestro clamor es el clamor de los ciegos.
El cristiano – por la fe -- es un ciego que oye. Ha oído el anuncio del Introito y, considerando su miseria, clama . Entretanto, el sacerdote y los ministros rodean de incienso el altar. Es decir que la consideración de nuestra miseria – que es contrición en el pueblo y clamor en el coro ante la Cruz, y en el plano de la mesa que lleva las seis luces, y saliendo de la caída de los manteles, y elevándose de la base del altar – es nube y es perfume. Es decir, es presencia del Espíritu en medio de nosotros, y, conforme a la obra de ese fuego que transforma, conjuntamente con el incienso, rodea lentamente aquella piedra consagrada, y es allí, sobre el altar desnudo, buen olor de Cristo, para Dios.
En los Kyries hay conocimiento de sí. La luz de este conocimiento la da el anuncio del Introito y este conocimiento es doloroso porque el cristiano se sabe miembro de Cristo. Aquí el ¡Conócete a ti mismo! es: ¡fode parietem! . Nuestro pecado profana las paredes del templo. Mientras la Iglesia clama por las ignorancias del pueblo, la criatura ve su horror y su locura. Los Kyries son el clamor de los ciegos y dicen: ¡Señor! ¡Señor!, pero no en vano.
Tenemos altar y Sacerdote; no estoy en mí, dentro de mí: estoy dentro de mí in Ecclesia. ¡Peccavi! ¡Pequé! Es sacrificio. Nuestro Dios es fuego. Desde el dolor, del clamor, de la vista interior de aquel: “¡Esto hiciste y callé!” se levanta el incienso sobre el altar vacío.
Todo sacrificio destruye; todo sacrificio transforma, transfigura. El pueblo considera su miseria en silencio. El sacerdote ofrece el incienso en silencio. Nueve veces clama el Coro, veinticinco veces brota el incienso… La confusión trae: Gloria.

Gloria


Terminados los Kyries, el pueblo se pone de pie, y el sacerdote en medio del altar – de espaldas al pueblo, teniendo a los ministros también a su espalda, uno detrás de otro, el diácono en la segunda grada, el subdiácono en la tercera – , el sacerdote, pues, en medio del altar, extendiendo y elevando las manos, eleva la vozy canta (en el tono correspondiente a la fiesta), estas solas palabras: “Gloria in excelsis Deo…” .
El sacerdote habla aquí ‘in persona Dei’ , para darnos revelación de la gloria, y luego entrega al coro ese himno que llamamos el Gloria de la misa.
Mientras el coro lo canta, el pueblo se sienta. Sentarse es propio de la consideración, dijimos. Pero la consideración de ahora no es dolorosa sino gozosa. No estamos sentados con Job en la ceniza; estamos sentados con María, a los pies del Señor, y el Señor también está sentado, está sentado allí, en majestad, figurado por los tres ministros .
Sabéis que los ángeles se alegran de la contrición del pecador. El grito de los Kyries provoca a los ángeles. A la contrición responden los que anuncian la paz; a la noche de los ciegos sigue la Noche Buena. Era noche obscura y se ha hecho noche pacífica.

 Vosotros sabéis lo que es el Gloria. El Gloria es un himno. Yo sólo busco aquí su significación. El Gloria no emerge, como los Kyries, de la contrición del pueblo, ni sale, como el Introito, de le entrada de Cristo. Su primera palabra es una palabra dada. Y dada de lo Alto: una palabra que viene del cielo. Para elevarse hasta ella, para recibirla y mantenerla en el “evangelio” de gozo con que la dan los ángeles, es necesario el himno. Solamente en el himno hay un arranque de luz, de amor, de vida, suficientemente fuerte y activo como para poder llevar esa alabanza sin empañar la claridad de Dios que la envuelve, ni disminuir el gozo grande que trae.

La palabra de los ángeles: “¡Gloria in excelsis Deo!” es de una serenidad incomparable.
El himno se tiende y acude a ella con invocaciones repetidas, llenas de pasión y de gozo… Laudamus te, benedicimus te, adoramus te, glorificamus te, gratias agimus tibi…! . Y levanta luego, como quien llevara ramos, los nombres divinos: ¡Domine Deus, Rex coelestis, Deus Pater, Domine Fili, Unigenite, Jesu-Christe, Domine Deus, Agnus Dei, Filius Patris!
Este himno celeste (y de la tierra), angélico ciertamente, pero tan humano, es el canto de la distinción del Padre y del Hijo. El Gloria canta, pues, el secreto del cristiano, la fuente del gozo exultante. Tres veces nombra al Padre, tres al Hijo; tres veces refiere el Hijo al Padre. Y los nombres de las Personas se equilibran, Padre, Hijo, distintos pero iguales en poder, majestad y gloria.
El Jesu Christe, uno con el Padre, uno con la Iglesia. Señor, y Señor absoluto, Señor Dios, pero también propiciación: Agnus, Cordero; gloria del Padre, en los cielos; paz de los hombres , en la tierra, llena de resplandores. Y da los grandes ritmos al Gloria.
Su nombre de Cordero introduce la súplica, salta de nuevo el grito del amor extático. Otra vez los nombres divinos: ¡Tu solus Sanctus, tu solus Dominus, tu solus Altissimus! .
Y aquí el canto vacila, se embriaga y se gloría, se gloría en su gloria, ¡en el Jesu-Christe, toda la realidad de la Iglesia!
Como si la Encarnación y el Nacimiento nos acabaran de descubrir a la vez al Padre y al Hijo, Cristo, que es gloria del Padre en los cielos y paz de los hombres en la tierra, llena de resplandores esta alabanza, y, en él, y por é, los dos temas alternados de aclamación y súplica (el angélico y el humano).
Y ese radiante, victorioso, casi lento: “Jesu Christe cum Sancto Spiritu in Gloria Dei Patris” con la mención final del Espíritu Santo, desata la doxología, (velando un instante por el suspiro breve del Amén).

Lo más admirable del Gloria de la misa es su sosiego. La paz, la luz, la certeza tranquila, segura para siempre. Todo eso que se manifiesta durante el canto en el misterio del altar desnudo y de pueblo sentado ante los ministros, también sentados.
Mientras los Kyries cubren el altar de incienso; el Gloria lo entrega, radioso. El altar muestra el brillo sereno de las seis luces mientras los ministros están sentado con la cabeza cubierta y las manos extendidas sobre las rodillas. “Sóla la Trinidad se sienta, dice el divino san Bernardo”.
Sentado manifiesta el Señor su majestad; la cabeza cubierta permite el canto; las manos sobre las rodillas indican la clemencia. La Omnipotencia descansa en la clemencia; la majestad comunica al hombre de algún modo su gloria; la inmovilidad divina, por ministerio de los ángeles, desata el himno. El himno brota y canta, victorioso y sereno, triunfante y quieto. El himno se mueve en la luz. Tal es el Gloria.

Dominus vobiscum


Pero ved ahí que, terminado el canto del Gloria, el pueblo se pone de pie. El Sacerdote y los ministros vienen al centro del altar y se colocan uno detrás del otro, de espaldas al pueblo.
El sacerdote pone las manos extendidas sobre el altar, se inclina y lo besa en el medio. Luego se endereza y, volviéndose al pueblo, comunica ese beso: abre los brazos en forma de saludo los eleva ligeramente, diciendo: -- Dominus vobiscum . Y el pueblo, por boca del coro, responde: -- Et cum spiritu tuo.
El Dominus vobiscum es un saludo. Aquí por primera vez vemos el rostro del Sacerdote vuelto hacia nosotros. Por primera vez nos dirige la palabra, y todo esto grave, solemnemente, y después de besar el altar.
Este beso es la raíz del saludo. Es su gracia, su eficacia. Por este beso el saludo es un saludo de paz.
Cuatro veces más durante la misa el sacerdote besará así el altar y comunicará al pueblo la paz. Pero este primer saludo aquí, después del Introito, de los Kyries, del Gloria (después de esos tres cantos de profunda significación, que llegan al alma) tiene un carácter especial. Es como el ademán de quien calma, de quien detiene. Parece una palabra de maestro, una palabra que dice: Aquietaos, el Señor está con vosotros. No le buscaríais si no lo hubierais hallado; no clamaríais a él si él no estuviera ya con vosotros.
Notemos que hasta ahora, en la Misa, nosotros no hemos hecho otra cosa sino entrar. Hemos entrado en el Introito a los misterios; en los Kyries, hombre adentro; en el Gloria, hasta el Padre y hasta nuestro Adán en Dios, el Cordero. Hemos entrado, pero ¿quién nos ha recibido?
Ved ahí: el Señor nos recibe. El sacerdote besa la piedra y comunica el beso: “Vuelve el Señor a nosotros su rostro y nos da su paz” . Beso comunicado. Abrazo comenzado. Rostro vuelto a nosotros. Manos que muestran las palmas . El Dominus vobiscum es un saludo de paz. Y el que entró en la Iglesia en el Introito, aquí es recibido. Y el que entró en sí mismo en los Kyries, aquí es consolado. Y el que alzó los ojos a lo alto, en el Gloria, aquí le son mostradas las manos.
Dominus vobiscum: El Señor con vosotros, habéis hallado gracia. Cuando el ángel saluda a la Vírgen, María queda en suspenso, pensando qué salutación será ésa. Pero el ángel le dice: -- No temas, María, haz hallado gracia.
El Dominus vobiscum a la Iglesia, plural del Dominus tecum de la anunciación a la Virgen, es una anunciación semejante a la Iglesia. Nos introduce en el misterio a los que entramos.
El Sacerdote, que también es ángel, dice a la Iglesia, que también es Theotokos : -- Has hallado gracia, el Señor es contigo. Y, como en el Ave María esta palabra descubre en nosotros y en medio de nosotros el misterio de su presencia, de un Dios-con-nosotros que es anterior al saludo mismo.
Como el Profeta al Rey y a su pueblo cuando les salió al encuentro, el Dominus vobiscum nos dice: -- ¡Oídme, Asa, y todo Judá y Benjamín, el Señor con vosotros porque vosotros con él! . No le buscarías en el Introito si no le hubiérais hallado. No clamaríais a Él en los Kyries y el Gloria si Él no estuviera ya con vosotros.
Vuelve el Señor su rostro y recibe a su pueblo. Muestra el Señor a los hijos las palmas de las manos y les da su paz. La Iglesia que ha entrado, rodea el altar y canta, en este saludo es recibida, reunida, incorporada.
Y ¿qué hará ahora la Iglesia? Reunida y junta a Dios ha sido hecha a sus ojos “como la que halla paz”. Reunida in ósculo sancto, la Iglesia encuentra ahora que ella también tiene boca y palabra. El Dominus vobiscum comunica un beso. Es un beso. La lglesia, en ese beso – el beso de la Boca de Dios – se dispone a orar.

Colecta


Terminado este saludo, el sacerdote y los ministros van hacia el lado de la Epístola, y, el Sacerdote haciendo un ademán con las dos manos juntas ante el pecho como de quien junta algo elevado, como de quien recoge muchas cosas canta: ‘Oremos’, y luego, teniendo las manos separadas con los brazos en alto, recita la oración llamada Colecta.

La Colecta es la primera oración solemne de la Misa, y es a la vez la oración de la misa: congrega, junta, reúne al pueblo. Es una oración pública, oficial, solemne, colectiva (por eso se llama colecta), no individual del sacerdote, sino del pueblo, de todo el pueblo reunido: el sacerdote la pronuncia en ejercicio de su carácter como cabeza de la Iglesia, como presidente de la asamblea cristiana.
El Sacerdote asume aquí el sentir de todos y, en ejercicio de su carácter sacerdotal de los fieles, como quien está ordenado para ofrecer preces, se dirige a Dios considerado en su Ser, en su Eternidad, en su Omnipotencia; lo invoca en alguno de sus atributos, o recordando el misterio propio del tiempo, o la memoria del santo cuya fiesta nos reúne, y luego expone brevemente el pedido de todos.
Ahora bien, durante todo el tiempo mientras invoca, recuerda, pide, el Sacerdote mantiene las manos separadas y en alto: actitud del orante. ¡No tiene nada, y lo espera todo del Cielo! Pero después del pedido, e Sacerdote dice al Padre quién pide, dice por quién eleva las manos; dice: Per Christum Dominum nostrum. Y este nombre le hace juntar las manos ante el pecho
Esta conclusión muestra el gran misterio de la oración cristiana, como acto íntimo de la Iglesia dentro de la vida misma de Dios. Porque si el hombre, se dirige al Padre en un Espíritu y eleva manos puras, el secreto de su estar de pie y la razón que tiene, en Dios mismo, para ser oído es: ¡Cristo, el Hijo, el Amado, el Mediador! Hijo de Dios e Hijo del Hombre; uno con el Padre y Señor nuestro; nuestra cabeza, nuestra vida, nuestro cuerpo, nuestro ser, el espíritu de nuestra boca, el Cristo Señor, el que con el Padre vive y reina en la unidad del Espíritu Santo…
Con la obsecración terminan las palabras recitadas por el Sacerdote y el pueblo concluye la oración diciendo: Amén.

La unidad, la claridad, la conexión lógica, el ‘cursus’ de la oración de la misa es algo notable. Ningún sentimentalismo, ninguna efusión interior. Una invocación al Padre, sobria, brevísima. Un recuerdo, un pedido, nuestra razón de orar – (nuestra razón de ser) – Cristo nuestro Señor. Y, como conclusión, el pueblo, que fue llamado a orar en el Oremus, cumple ahora la oración, que es “su” oración, en el Amén.
La Colecta no es un anuncio como el Introito, no es un grito como los Kyries, no es un himno como el Gloria. La Colecta es la expresión razonable y justa de la prudencia mística. Palabra “eclesiástica” por excelencia. La Iglesia; que contempla el Ser perfecto, inmutable y eterno, lo que falta a estos hijos de su seno ¡y que no son! Paralelo del Ser y del no-ser, de El que Es y de los que crecen ; de la Trinidad inmóvil por la plenitud de todo bien; y de la Iglesia reunida en un Espíritu y del tiempo, que aspira a ser eterno porque el Verbo hecho carne le ha dado eternidad. La Colecta es la Iglesia reunida que ora. Con esta oración termina la Sinaxis o primer acto de la misa.

  La Reunión preparatoria o Sinaxis - Síntesis


Señores: Cuando el hombre baja al corazón del hombre encuentra allí las cuatro pasiones, las cuatro heridas que recibimos en Adán: temor, dolor, gozo y esperanza. A la purificación o escitación de esas pasiones están ordenados estos cuatro actos de la reunión preparatoria.
El Introito dice: -- Señor, oí tu anuncio, y temí : ¡Señor, tu obra, en medio de los días, dale vida!
Los Kyries reciben del Introito el temor, el temor que es intuitivo, y dicen (con la profundidad del dolor): ¡Memorare quae mea substantia!
El Gloria es gozoso; halla conveniencia con ángeles y se goza santamente in gloria Dei Patris, en el Creador nacido .
La Colecta, por fin, es la palabra de la esperanza.
Sin temor (que es sentido del culto) no se puede oír el Introito.
Sin dolor (que es negación de sí) no se pueden cantar los Kyries.
Sin gozo (sin un gozo fundado en Cristo) no tiene sentido el Gloria.
Sin esperanza, finalmente, (ya que la esperanza es ‘teologal’) nadie puede estar de pie, ni pedir.

Dice la Escritura: “antes de la oración, prepara tu alma” . Con dolor y gozo, con Kyries y Gloria. Y la fuerza de nuestra oración esté en la profundidad de aquellos dos afectos .
Dice también la Escritura: “Guarda tu pie al entrar– y acércate para oír ”. El Introito guarda nuestro pie al entrar, lo pone en los pasos peregrinos de los Padres, en las pisadas de los Profetas, en las huellas de los pies desnudos de los Apóstoles. Y la Oración nos acerca para oír. Nos acerca por dolor y gozo y esperanza.
Pero ¿qué hemos de oír?: Las Lecciones. En la Sinaxis el hombre, la Iglesia, llama, en las Lecciones el Señor abre, y responde.

Lecciones


Multifariam : de muchos modos, con muchas voces, habla el Señor a su pueblo; pero, comúnmente, sólo se dan tres lecciones en la misa: la primera es la Epístola o lección de los enviados (Apostólica); la segunda es el Gradual o lección del Coro; la tercera es el Evangelio, es decir: el Hijo.
Vosotros sabéis, Señores, que la iglesia cristiana es un edificio orientado. Los cristianos oramos de cara al Oriente (Cristo que nos visita) en recuerdo del jardín, que perdimos; en deseo del relámpago que esperamos. Ahora bien, en esta Casa que tiene Oriente y Occidente el altar tiene Norte y Sur. Llaman al lado sur del altar cuerno de la Epístola o lugar de los judíos; y el lado norte, cuerno del Evangelio o lugar de las naciones.
Estos dos cuernos o extremos del altar tienen su importancia pues, en las lecciones, cada lección tiene lugar y ministro propios y ceremonias propias, llenas de luz, y que no son sin intención ni por accidente.
-- “Hijo de hombre – dice el Espíritu al profeta – Hijo de hombre, ve con tus ojos y oye con tus orejas” . Lo primero pues, sea ver, ver con los ojos de la cara y ver ‘lo que tenemos delante’ (lo más difícil de ver).

Epístola


Consideremos el rito de la primera lección: Después del Amén de la Colecta el pueblo se sienta y el Subdiácono, de pie, en el lugar de los judíos, empieza a recitar la Epístola. Lee de espaldas al pueblo, colocado detrás del sacerdote que también está de espaldas al pueblo. Y el pueblo – sentado – recibe esa palabra de un rostro que no ve. Este ministro está revestido de una túnica que se llama túnica estrecha, y se le exigió, al ordenarle, que tuviera una voz “castigada”.

Señores: es oficio del Subdiácono cuidar de los vasos sagrados – no de su contenido; eso corresponde al Diácono; ni del sacrificio que se ofrece en ellos; eso es del Sacerdote – sino de su limpieza. Él debe llevarlos, guardarlos y presentarlos al altar: vacíos.
Ahora bien, en estos vasos hay tres cosas: la materia, que ha de ser preciosa; la forma, que ha de ser sagrada y no de ignominia; y la limpieza, que exige que sean presentados al altar completamente vacíos y puros.
Y ved ahí: lo que hará el Subdiácono en la misa con los vasos sagrados lo hace ya, en la Ante-misa, al recitar su lección, pues nosotros – todo el pueblo y cada alma – somos esos vasos, y esta primera lección nos dispone y nos limpia para recibir el vino del Evangelio.
Nos dispone en cuanto a la materia y en cuanto a la forma. En cuanto a la materia que es preciosa, los hijos de Sion no son vasijas de barro , dice el Profeta cuando nos revela con palabras de sabiduría el valor inestimable del alma. Nos dispone en cuanto a la forma que ha de ser conforme al Modelo mostrado en el Monte , cuando nos instruye acerca del misterio de Cristo, ya sea directamente, ya con figuras o profecías. Y nos dispone en cuanto a la limpieza cuando nos predica el despojo y la desnudez de Cristo.

La Epístola despierta a los que duermen, intima juicios de Dios, revela su consejo, su plan, su propósito. Su objeto es limpiar la Imagen, restablecer la semejanza, y, para eso, toma el alma y la ensaya como se ensaya el oro en el fuego. Ordenada al Evangelio, la Epístola de la misa es la primera palabra acerca del misterio otrora prometido, y anunciado, y propuesto, y luego realizado, y aquí, y ahora, y dado a nosotros, -- en la institución que hizo de él el Señor mismo – y para cuya celebración, ahora, el Subdiácono, ministro de la mesa, ministro que mira solamente al altar; nos instruye conforme a su orden.
Y así, la Epístola, desde el lugar de los judíos, lugar de origen y preparación, muestra espaldas de Dios, y, de espaldas nos habla: para que entendamos que no por persuasión de hombres sino por comunicación de la sabiduría que hay en Dios, que es oculta, hemos sido redimidos y nos integramos en Cristo.

Gradual


Señores:
Cuando el Subdiácono termina de recitar la Epístola, el coro canta el Gradual. El Sacerdote y los ministros lo escuchan sentados. El pueblo también lo recibe sentado. He aquí pues, la segunda lección. Lección inspirada. Lección del Coro. Radicada en la música, entregada al canto. No tiene lugar propio en el Altar ni ministro propio. Y se mueve sobre el pueblo como el Espíritu sobre las aguas. El gradual, dice Santo Tomás, significa el adelanto en la vida espiritual.
La Epístola dice al pueblo: -- Levántate tú que duermes, y te iluminará Cristo . El Gradual dice: -- Abriré en el Salterio mi proposición , rebosaré misterios escondidos desde el principio. 

  El Gradual es una voz que canta, y canta porque ama. El Gradual es una palabra sabrosa, oscura, que, no en lo que dice solamente, ni mayormente, sino en lo que modula, comunica lo inefable. Sube de la abundancia del corazón y florece entre las dos lecciones de dicción distinta, y no es la palabra en la boca que los dientes dividen, sino voz, y voz en la garganta, la sede del deseo.

El Gradual como lectura no agrega nada a la Epístola, y si nos atuviéramos a sus palabras apenas sería su eco. Pero como lección, y como lección que canta, tiene carácter, autonomía, operación propia, y nos es dado gratuitamente, desinteresadamente por si alguno acaso hubiera ya gustado “que el Señor es suave” . Por si alguno reconoce las joyas de la Esposa en la voz que canta.

Palabra de amor, tiene, como el amor, dos extremos: el gemido del deseo y el júbilo de la posesión -- y así, halla su perfección de dos modos: ahora en el júbilo, y eso es el Alleluia; ahora en el gemido, y eso es el Tracto.
Allelulia y Tracto, júbilo y gemido, son los dos modos que terminan el Gradual. El Alleluia llevando la palabra que canta hasta el exceso, hasta la voz inarticulada. El Tracto haciéndola más densa y dándole el tono grave del alma que conoce su herida.
Ya antes de ahora hemos encontrado en la misa el dolor y el gozo, en los Kyries y el Gloria, pero aquello era otra cosa, tenía otro carácter. Aquel dolor era dolor del hombre pecador; aquel gozo, gozo del hombre redimido. Pero aquí no es del hombre lo que se oye. El misterio propio de esta Lección es que no da un eco del gemido inenarrable: es la voz de la Paloma oída en nuestra tierra .
“Hazme, Señor, gustar por amor – dice San Anselmo – lo que oigo por conocimiento; sienta por afecto lo que entiendo por inteligencia”.
El Gradual da a sentir por amor lo que contiene la Epístola, y mueve por afecto, u por extremo afecto, cuando un movimiento en el altar anuncia el Evangelio que llega.
Y de ahí sus dos movimientos: uno que depende de la Epístola recibida; el otro del Evangelio que llega. El primero canta, el segundo pone de pie y exulta.


Finalmente, en algunos días, aún después del júbilo o del gemido, se oye otra palabra: es la Prosa. La Prosa que significa el vuelo del espíritu corona en ciertas solemnidades esta admirable lección del Coro. Meditación del Alleluia; si es que el sublime Alleluia – entréme donde no supe – puede ser meditado.
La Prosa es como la danza de David, el Rey, alrededor del Arca del Señor: es la contemplación circular de un misterio.

Evangelio


Señores:
Habitualmente los últimos neumas del Alleluia acompañan un movimiento en el altar. Los seis ministros que hemos visto moverse en el Introito, el Sacerdote, el Diácono, el Subdiácono, los dos acólitos, el turiferario, se mueven igualmente ahora y concurren de una manera precisa para el canto del Evangelio.
El Evangelio es el rito visible más solemne que tiene toda la Misa.
El Sacerdote impone el incienso y luego bendice y envía a su ministro, el Diácono. Enseguida la procesión, con luces e incienso parte del medio del atar y se dirige al Norte, al lugar de las naciones y se preparan para anunciar el Evangelio.
El Subdiácono se pone de pie, mirando al Sur. A su derecha e izquierda se colocan los dos niños acólitos. El Subdiácono recibe el libro de los Evangelios y lo sostiene en alto, dándolo a leer: el libro abierto le tapa la cara. Los dos acólitos con los candeleros encendidos alumbran el libro; y frente a ellos se colocan: el Diácono – ministro propio de esta Lección – y el turiferario. Leamos en este rito.
Ese Subdiácono representa al pueblo judío: sostiene materialmente el Evangelio y lo entrega abierto a las naciones, pero el libro (la Letra) le tapa los ojos. Junto a él esos dos niños con luces son Moisés y Elías: son la Ley y los Profetas, que, como en la Transfiguración del Señor, dan testimonio del Evangelio. Esas dos luces son la Epístola y el Gradual, las dos lecciones preparatorias, las dos lecciones sin las cuales tenemos ojos y no vemos . Y ved ahí que, frente al Subdiácono y a los niños, el Diácono, antes de cantar esta Lección, se persigna e inciensa el libro de los evangelios.

Señores: el Evangelio nos enseña a adorar al Padre en Espíritu y en Verdad; la verdad del Evangelio, (su verdad desnuda) es la Cruz, y su espíritu es espíritu de oración. El Evangelio es Verbum Crucis, es palabra de cruz. No puede recibirlo quien no esté tres veces señalado con este signo de la sabiduría de Dios, y no puede retenerlo quien no tenga en sí mismo, de algún modo, el fuego y la nube…
Finalmente, notaréis que, mientras todo esto ocurre del lado del Norte, en el lugar de las naciones, el Sacerdote (a quien hemos visto de espaldas durante el tiempo de la Epístola) ahora, desde el lugar de los judíos, mira a los que anuncian la palabra con el rostro vuelto hacia ellos y a la Iglesia. Mira en figura de Aquél que vuelve el rostro a nosotros, en su Hijo, para darnos nueva vida.
La Lección Evangélica no necesita comentarios; enunciar su rito es declarar su sentido. El Evangelio no es un comienzo, es perfección y cumplimiento. Es el término de la Ley y de los Profetas, el término de la Epístola y del Gradual, de la lección que intima y de la lección que canta.
Y los dos niños acólitos dan testimonio al Evangelio y lo iluminan, no porque el Evangelio necesite luz – ¡es la Luz misma! – sino porque nosotros necesitamos de esas dos luces para poder alzar los ojos y para recibirlo de pie.
Hijo de hombre, dice el Espíritu Santo al profeta: “Hijo de hombre, ponte sobre tus pies y hablaré contigo” . “Ponte sobre tus pies”: así habla al pueblo la Epístola.
“Y entró en mí el Espíritu después que me habló” dice el profeta: Veis ahí el Gradual, el Alleluia, el Tracto, la Lección sin ministro, la palabra oscura infundida al alma: “Entró en mí el Espíritu después que me habló”; “y afirmome sobre mis pies y oí al que me hablaba” . Epístola y Gradual, llamado y moción. Y luego: la Palabra misma, que dice, y se manifiesta, y es revelación y es presencia, para los que han sido afirmados sobre sus pies.

Credo


Después del Evangelio el Sacerdote viene al centro del altar (como hizo cuando el Gloria) y canta estas palabras: Credo in unum Deum. Aquí el Sacerdote – in persona Dei – así como antes nos dio la revelación de la gloria, ahora se manifiesta autor de la fe. El Coro y el Pueblo toman el Credo de la boca del Sacerdote y lo cantan.
Vosotros sabéis lo que es el Credo de la misa. No puede pedirse nada más noble, más fuerte, más simple. El pueblo cristiano se divide como en dos bandos que van alternando esos magníficos, esos gloriosos artículos de nuestra fe. El Credo de Nicea tiene una sublime adolescencia; es una cosa fuerte, serena y triunfal. Cuando se lo oye sentimos la enormidad de nuestra caída, sentimos ¡lo que hubiera sido el mundo! si hubiera recibido la fe.
Después de las tres lecciones, el Credo es una respuesta. Es el Amén de la inteligencia que ha recibido la doctrina; es la palabra de la fe que guarda las enseñanzas; es la afirmación orgánica, “total”, algo así como el “cuerpo del espíritu” que asimila, -- en el sentido de la Tradición y de la Fidelidad – aquella admirable luz de las tres Lecciones divinas.
Pero si por un lado el Credo recibe las lecciones, por el otro, protege los misterios. Con relación a la Ante-misa es el Amén de la inteligencia; con relación a la Misa es como la Espada de fuego.
La Iglesia no puede entregar lo santo a los perros. Solamente los que confiesan la integridad de la fe pueden franquear este límite y llegarse, como hijos, hasta el árbol de la vida.

Síntesis de la Ante-Misa


Señores: ha terminado la primera parte de la misa, la parte ordenada a la preparación de los fieles. La Sinaxis los redujo a la unidad de la oración. Las Lecciones los han llevado, por iluminaciones sucesivas, hasta la unidad de la fe.
Aquel Introito lleno de sentidos y misterios termina en este Credo. Y entre esos dos momentos perfectamente definidos el pueblo cristiano se ha puesto de pie dos veces: una vez para orar, la otra para oir. Y las dos veces, después de haberse preparado por dos modos diferentes de estar sentado.
Sentados con dolor y gozo en los Kyries y el Gloria nos pusimos de pie para orar. Sentados con dolor y gozo en la Epístola y el Gradual nos pusimos de pie para oir. Kyries y Gloria, “integrantes” de la oración; Epístola y Evangelio “integrantes” del Evangelio. Entre el Introito y el Credo, pues, dos cosas solamente hemos hecho: hemos pedido y hemos recibido.

Transición de la Ante-Misa a la Misa
Hemos pedido, y hemos recibido. Hemos llamado, y nos abren. ¡Bienaventurado el que comerá pan en el Reino de Dios! . He aquí la Misa. La Misa es el banquete preparado por el Rey para celebrar las Bodas de su Hijo.
La Ante-Misa corresponde al deseo profundo de la criatura; está ordenada a lo que hay en el interior del hombre; se descubre y se explica por lo que hay en el interior del hombre.
Pero la Misa es otra cosa. Para tener un presentimiento siquiera de lo que es la misa debiéramos estar en ella como el discípulo aquel, a quien Jesús amaba, y que estuvo en la Cena recostado sobre su pecho. No basta aquí saber lo que hay en el interior del hombre, aquí necesitamos conocer lo que hay en el interior de Dios.

Ofertorio


Señores:
Así como en Dios hay Tres personas divinas así en la Misa, que es sacramento de unidad, hay tres misterios inmensos: el Ofertorio, la Eucaristía y la Participación.
Consideremos el rito del Ofertorio. Terminado el Credo todos nos ponemos de pie y el Sacerdote, después de besar el altar, se vuelva al pueblo y lo saludo: -- Dominus vobiscum. El pueblo responde: -- Et cum spiritu tuo. Luego el Sacerdote, vuelto de cara al altar y elevando las manos, canta la única palabra: -- Oremus.
Este Oremus es el punto de partida de todo el Ofertorio, es decir, de dos series simultáneas de actos. Una que tiene lugar en el altar y la otra en la nave.
Después de este Oremus, en el altar, los ministros presentan al Sacerdote los vasos sagrados con el pan y el vino, y el Sacerdote los toma de sus manos, sucesivamente y los eleva delante del Señor y los eleva delante del Señor y los pone sobre el altar.
Entretanto, en la nave, los acólitos van de escaño en escaño presentando a los fieles la bolsa para la limosna, mientras el Coro canta la antífona del Ofertorio.
Como veis, este rito es doble: es como aquel libro escrito dentro y fuera . Dentro, en el altar, las ofrendas, Fuera, en el pueblo, el precio de las ofrendas.
Pero no sólo son dos series paralelas de actos sino que cada una tiene su modo o espíritu, algo así como un ángel que la acompaña. El pueblo presenta la limosna depositándola en la bolsa que le es presentada, y la antífona que canta el Coro es el “espíritu, el afecto de esa limosna”. La antífona del Ofertorio, dice santo Tomás, significa la alegría de los que ofrecen.
Por su lado el Sacerdote, al disponer las ofrendas recita ciertas oraciones: Al ofrecer el pan, la oración Súscipe. Al mezclar el vino y el agua, la oración: Deus qui humanae substantiae. Al ofrecer el cáliz, la oración: Offérimus tibi. Al inclinarse, la oración: In spiritu humilitatis.
Y estas oraciones son el espíritu, la intención de las ofrendas. Acompañan el gesto de las manos pero exceden a esa presentación de pacíficos, a esa simple presentación del pan y del vino.
El ángel custodio que acompaña al niño, acompañándole “mira el rostro del Padre que está en los cielos” . Estas oraciones que acompañan la presentación de las ofrendas, acompañándolas contemplan ya desde ahora la Pasión del Señor, es decir, el Sacrificio perfecto que vendrá después.

Pero ved ahí que, en seguida de la invocación: Veni Sanctificator el Sacerdote empieza el rito del incienso sobre el altar y las ofrendas.
Tenemos ahora la segunda parte del Ofertorio que también es doble y se desarrolla así: Fuera, en la nave, el coro ha terminado de cantar la antífona y da lugar al órgano. Y el pueblo, que ha terminado de dar la limosna, oye, por vez primera en la misa, la música sola. Y ve – algo así como a través del velo del incienso que sube allá en el altar, y del altar baja ordenadamente al Coro, y del Coro volverá de nuevo al altar, y le será ofrecido – ve lo que hace el sacerdote.
Pero ¿qué hace allá dentro el Sacerdote? El Sacerdote ante las ofrendas preparadas va a recitar la oración Super Oblata, sobre las cosas ofrecidas, que es la oración del misterio, la oración misterial, es decir, determinante de todo este rito. Pero antes de ese acto grave, -- estrictamente sacerdotal, suyo, de él solo, tiene algo así como tres escrúpulos:
Teme estar sucio: y se lava las manos (Lavabo). Teme por sus manos vacías: y las junta en medio del altar con memoria de los misterios de Cristo (Súscipe Sancta Trinitas). Teme estar solo, y volviéndose dice a los ministros, sólo a los ministros y con voz deprimida: Orate fratres. Y en este momento solemos ver su rostro a través del velo del incienso.
Los ministros le responden: Suscipiat… reciba el Señor el sacrificio de tus manos, etc. Y él, cuando ha terminado de oír toda esta respuesta, ofrece, es decir, recita la oración Super Oblata o Secreta; oración que es, podemos decir, la única de todo el Ofertorio, pues, todas las otras oraciones acompañan sus diferentes fases preparatorias, pero mirando a otra cosa, mientras que ésta lo especifica. Ésta, mira solamente al Ofertorio, y lo cumple.

Tan importante es la oración Super Oblata o Secreta, que, después de haberla recitado el Sacerdote en secreto – conformándose a la ley que hace que todo acto sacerdotal al ofrecer dones sea secreto – alza la voz, y con la exfónesis del per omnia saecula saeculorum, pide el asentimiento del pueblo para el acto que acaba de realizar, él solo, por todos. El pueblo se pone de pie y da ese Amén.
Así termina el Ofertorio. Este Amén responde al Oremus inicial, y, entre ambos, pasan las dos series simultáneas de actos, una dentro, la otra fuera.
Primero, en el altar (dentro) las ofrendas y la oraciones acompañantes; y en la nave (fuera), la limosna, precio de las ofrendas y la antífona acompañante.
Pasa luego el rito del incienso, que reitera a su modo aquel Oremus del principio y lo hace visible, y como él, se cierne, largamente, sobre el altar y el pueblo. Y con el incienso, la música. La música que es dada al pueblo para ayudarle a orar.
El Ofertorio nos dice, como el Señor a los discípulos en el huerto, Estaos aquí sentados mientras voy y hago oración allí. Y como el Señor en el huerto pide ser acompañado y no abandonado. El Ofertorio pide que el Sacerdote, que ofrece en el altar sea acompañado de la oración del pueblo.

 Señores: El hombre es criatura con cuerpo y alma. Dos cosas hay en la Iglesia para ayudar al hombre en la oración según su cuerpo y su alma: los bancos y el órgano.

En los bancos dejamos el cuerpo para que no estorbe al alma. En la música dejamos el alma para que no estorbe al espíritu. Asientos y órgano están propter infirmos para ayudar nuestra debilidad.
Frente al Sacerdote que ofrece, frente a aquél que está delante del Cáliz, sólo dos actitudes son posibles al pueblo, sentado y distante. O tiene conciencia del sacrificio y entonces vigila y ora, y es para el Sacerdote como él ángel confortador de Jesús en la agonía, es decir, asiste y ofrece… O no sabe qué responder y duerme o divaga porque “sus ojos están cargados de sueño” .

Sentado – actitud de quien considera – el pueblo ve y oye: ve al Sacerdote y oye la música del órgano. Esta música mide la distancia de un tiro de piedra que separa al Señor de sus discípulos en el huerto y nos hace padecer el misterio sacerdotal.
Por el Coro el pueblo responde. Por la música co-responde, y cuando el acólito le ofrece el incienso y cuando el Sacerdote, elevando la voz, le pide su Amén, el pueblo se pone de pie y se inclina al perfume y asiente a la oblación, con clara conciencia de lo que ha dado y de lo que le es pedido.
¿Qué ha dado? -- Monedas. Pero ¿de lo superfluo o de lo necesario? -- De lo necesario; puesto que en manos del Sacerdote esas monedas son pan y vino, son su pan y su vino, es decir, nuestro sustento y nuestra fortaleza.
Y ¿cómo las dio? ¿Cómo quien paga el impuesto para librarse del fisco o como quien ofrece el fruto de sus manos, de su labor y vigilancia para quedar, para permanecer en medio de la vida, o como quien permanentemente en la memoria de su pueblo?
Hemos dado y nos hemos dado. El Sacerdote que dice al Señor: Súscipe, recibe, es el mismo que dice Suscipiamur a te: seamos recibidos por Ti. El pueblo está unido al sacrificio como los vasos a las ofrendas, y más: como la gota de agua al vino, en el Cáliz.
El Ofertorio es un sacrificio inicial, abierto, ordenado por completo a la eucaristía que lo sigue. Aquí presentaos la materia del sacramento del sacrificio perfecto y no queremos quedar extraños a la Pasión del Señor. Nuestro Amén nos abre paso: y ved ahí la Eucaristía.

Acción - Prefacio


Señores: la Acción sagrada o Eucaristía tiene dos partes. La primera es el Prefacio; la segunda el Canon. El Prefacio es público. El Canon es secreto.
El Prefacio empieza con un diálogo solemne entre el sacerdote y el pueblo. Aquí, después del habitual ‘Dominus vobiscum’ ya no se trata solamente de aquel Oremus que abre o preside el Ofertorio y que nos deja sentados, a lo lejos. Aquí el Sacerdote de pie dialoga con el pueblo también de pie y lo invita a entrar activamente en la alabanza. El corazón ha de estar ad Dominum y el espíritu ha de tributar gracias: gratias ágere hallando en sí mismo y proclamando que ello es digno y justo, debido y saludable.
En el Prefacio el hombre ejerce con pleno discernimiento lo que en el hombre hay de más alto y noble: la razón, el juicio, la justicia. Reformado en su dignidad, coronado nuevamente con gloria y honor, el hombre está de pie, y toda la creación se une y se incorpora a él en Cristo, y él en Cristo y por Cristo, -- pontífice único y eterno –, eleva las manos y ofrece al Padre Omnipotente el sacrificio de alabanza, fruto de los labios que conocen y pronuncian su Nombre.
En el Prefacio comienza, pues, la Eucaristía. La Iglesia se llega al monte Sión, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalem la celestial, a la compañía de millares de ángeles . Se llega y pide que su voz sea admitida en los cielos.

Pero, al llegar aquí, el rito se divide. Como tuvimos en el Ofertorio, como ocurrirá en la Participación, tenemos de nuevo un dentro y un fuera. Dentro, el Canon. Fuera, el Sanctus.
Dentro, la entrada de nuestro Sacerdote al Tabernáculo perfecto, y fuera, el pueblo de rodillas, en el anonadamiento de la adoración.

Ciclo Sacrificial


Sanctus


El Canon es el Misterio de fe, es decir la conversión del pan y del vino y el Sanctus es: como el velo que cubre ese Misterio. Es la adoración que clama, y se interrumpe, y vuelve a clamar, y se suspende, y queda en suspenso – como el abismo delante del abismo -- hasta que el Sacerdote alza la voz y pide finalmente al pueblo el Amén del sacrificio.

Estamos en este momento central y esencial de la Misa como los israelitas delante del Tabernáculo de la Alianza: Cada uno mirando a la puerta de su pabellón, mirando las espaldas del Mediador y viendo todos cómo la columna de nube está parada a la puerta del Tabernáculo . Ellos, leemos, por la puerta de sus tiendas, adoraban. Consideremos qué forma reviste esta adoración para nosotros.

Sanctus – Velo del Canon


Pidió la Iglesia en el Prefacio que su voz fuera admitida en los cielos, y ved ahí que los cielos dejan oír su voz en la Iglesia. El Sanctus comienza con el trisagio de los serafines. Los ángeles se asocian así a nosotros por causa de Cristo , nuestro jefe común, -- más nuestro que de ellos – y adoran la divinidad con aquel clamor incesante de los que se dan voces, uno a otro, diciendo: Santo, Santo, Santo es el Señor Dios de Sabaoth .
Pero, de pronto, esta aclamación se interrumpe y la música solamente mantiene sus cuatro notas sublimes dando lugar así a que sea bien manifiesto al pueblo el gran misterio de la fe, es decir, la consagración, separada , de la Hostia y del Cáliz . El Cuerpo y la Sangre son elevados sucesivamente y ofrecidos a la adoración del pueblo.
El pueblo, avisado por la campanilla, alza los ojos para mirar el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Es decir, ve: la primera vez la Hostia y la segunda vez el Cáliz, y, en ambas, la columna de nube del incienso a la izquierda del altar. Y dice, cada vez, en su corazón, aquel anonadante: ¡Señor mío y Dios mío! del reconocimiento del Apóstol .
Y cuando termina la elevación, que nos ha mostrado distintamente esa separación mística del cuerpo y de la sangre de Cristo, en la cual consiste y se consuma sacramentalmente el sacrificio, el Coro vuelve a tomar el canto del Sanctus, pero, ahora, no ya con el trisagio de los ángeles sino con la aclamación de los niños.
Los ángeles se callan – por reverencia a la Encarnación, diría, por reverencia a esa naturaleza humana y no angélica que tomó el Verbo – y el hombre, no hallando en sí mismo una voz más pura para adorar la humanidad de aquél que ha reparado su naturaleza, se llega a Cristo con la voz de los niños. El Coro canta: Benedictus qui venit in Nomine Domini.
Y cuando, con el Hosanna in excelsis terminan las palabras de este Sanctus de la Misa, todavía seguimos oyendo sus notas un momento: el órgano fuga ese tema hasta que el Sacerdote llega al final del Canon, y, desde “los años eternos”, nos llama con el Per omnia saecula saeculorum, y pide al pueblo el Amén del sacrificio.

  Tal es el ‘argumento’ del Sanctus de la misa. Ésa es la forma que toma nuestra adoración delante del Sacrificio del Altar. Ángeles alaban la divinidad de Cristo, Niños alaban su sagrada humanidad, y, entre las dos confesiones, la columna de nube – y la fe del pueblo que alza los ojos y ve el Cuerpo de Cristo primero y luego el Cáliz de la Alianza en su Sangre.

Canon


Ahora, si me preguntáis qué hace el Sacerdote durante este tiempo, desde que dejamos de oír su voz en el Prefacio hasta la Consagración, y hasta que nos llamó en la exfónesis, os confesaré mi ignorancia .
El Canon de la misa es el lugar terrible, “el Santo de los Santos” de nuestros misterios. El Canon de la misa es de aquellas cosas absolutamente sagradas y divinas, que piden suspensión y admiración y temor. Es como la zarza ardiendo, como el misterio de la Encarnación. Nadie puede entrar en ellas si ellas no descienden primero del cielo, de Dios.
Y ciertamente que yo también, como cualquiera, puedo leer el ‘texto’ del Canon, y poner el oído a las diez oraciones que van del Te ígitur al Per ipsum. Y puedo trazar las figuras de esos signos, y mostrar cómo los dos enclaves cortan aquí o allí, su línea: el Memento de los vivos, porque conviene que el recuerdo del hermano haga dejar un momento la ofrenda que se está ofreciendo; y el Memento de difuntos, porque ¡es grande el ardor de aquella llama! .
Y podría también evocar los números sagrados que rigen en la enumeración de los santos: aquéllos veinte y cuatro del Comunicantes y los quince del Nobis quoque peccatoribus; los doce Apóstoles y los doce mártires; los ocho varones y las siete mujeres. Veinte y cuatro, quince y doce y ocho y siete – números místicos que denuncian misteriosamente al Israel de Dios y la peregrinación de nuestra vida, y el círculo del año, y el ciclo de la regeneración y las siete mujeres que echaron mano de Cristo y tomaron un varón para librarse del oprobio.
Y aun podría enumerar los siete órdenes de cruces que hace el Sacerdote sobre la hostia y el cáliz; y espiar cómo pone las manos en el Hanc ígitur y cómo apoya lo codos en la Consagración. Pero todo esto, con ser tan alto, apenas si es balbuceo de niños.

El Amén del Canon


Para nosotros la entrada de este misterio está en aquel AMÉN que nos es pedido cada día. Amén que es como la puerta angosta del Evangelio: ¡pocos dan con ella! El Amén del Canon es el Amén de los que han elegido la muerte para dar todo honor y gloria al Padre. Este Amén ¡configura’ y significa el ‘Fiat’, la ‘exinanitio’, o sea el aniquilamiento de la criatura por perfecta ‘con-formidad’ con el Hijo, y con el Hijo desamparado y crucificado.
Mas, si la puerta de este misterio es Amén: su explicación tiene que ser conforme al Sanctus. El Sanctus tiene que darnos lo que el Sanctus nos vela. Hemos de ver el Canon a través del Sanctus por llama de fuego o balbuceo de niños. Es decir, por conocimiento inocente o trascendente .
Conocimiento “inocente”, balbuceo de niños, son esos círculos de la Sabiduría que he indicado antes, esos signos celestes que el Espíritu Santo a quien quiere cierra y a quien quiere abre.
Y en cuanto al otro conocimiento… Mirad: el profeta Isaías nos da testimonio del Sanctus cantado por los Serafines, que son llamas de fuego. El Apóstol san Juan nos lo revela en el Apocalipsis cantado por Querubines que están por dentro llenos de ojos. Esa transformación en inteligencia, de la llama de fuego en cuerpo llenos de ojos, es lo único que podría manifestar, realmente, el Canon .
Todas las otras explicaciones desfallecen. Porque aquí, como en el Calvario: ténebrae factae sunt . El Canon es misterio de fe. En el Canon, la Sangre ha oscurecido la luz.

Participación


Señores: el Amén del Canon termina la Eucaristía. Terminado el sacrificio, veamos ahora la Participación de la víctima a que somos admitidos.
La Participación o comunión, -- último acto de la Misa – tiene una parte clara, el Padre Nuestro, y otra secreta.

Después del Pater el rito se divide y volvemos a la estrella doble, al libro escrito por dentro y por fuera , a las dos series gemelas, correspondientes:
el Silencio – y la Fracción
el Agnus Dei – y el Beso de Paz
la Música – y la distribución del Pan
la antífona de la Communio – y la adoración del pueblo.
Hasta que el sacerdote saluda por sexta vez a la asamblea con el Dominus vobiscum y tras de ese saludo recita la Post Communio que es la conclusión de este rito y la última oración solemne de toda la Misa.

Pater


Consideremos el Padre Nuestro. Antes de recitarlo, en el prólogo del “Praeceptis salutaribus moniti” el Sacerdote se excusa en cierto modo de lo que va a hacer. ¡Se excusa de que va a llamar Padre a Dios! Luego eleva las manos con la palmas vueltas al altar, mostrando bien al Señor y al pueblo que no somos hijos sino en la medida de nuestra conformidad con el Hijo y con el Hijo crucificado. Y, con los ojos fijos en la Sagrada Hostia, se atreve a decir: Padre Nuestro que estás en los cielos…
Entre las Lecciones y el Ofertorio, dijimos del Credo, que el Credo es con relación a las Lecciones el Amén de la inteligencia; con relación a los misterios es como la espada de fuego…
Luego, entre el Ofertorio y el Canon, entre la ofrenda del pan y el vino y la eucaristía del pan y el vino, hemos visto que el Prefacio, sacrificio de alabanza, nos une a la jerarquía y junta a la tierra los cielos.
Este Padre Nuestro de ahora, entre el Canon y la Comunión, entre e sacrificio y la participación de sacrificio, es el primer fruto de la Misa. Los Dones piden las Bienaventuranzas. El Padre Nuestro nos da Padre en los Cielos y pan del cielo en la tierra. En el Padre Nuestro el Espíritu nos da testimonio de ser hijos, y nos hace elevar las manos diciendo: Abbá, Padre.
Y el Padre, que ve en su Hijo Único al primogénito de muchos hermanos dice a su Iglesia, a toda su Iglesia reunida: - Me llamarás Padre y no cesarás de ir en pos de Mí, no cesarás de santificar mi Nombre, no cesarás de recibir mi Reino, no cesarás de hacer mi Voluntad, en el Amor.
Pero, como sabéis, el Sacerdote no recita todo el Padre Nuestro. Cuando llega a la sexta petición, se detiene y el Coro canta: ¡Sed libera nos a Malo! Y, a esa palabra, el Sacerdote responde Amén, en secreto. Amén misterioso, único en la Misa. Siempre es el pueblo quien dice Amén. El pueblo es quien asiente, quien desea. Pero en este momento, no el pueblo sino Dios mismo, dice: Amén.
Este Amén es afirmativo: es la respuesta del Padre a su Hijo. El Padre no puede no oír al Hijo. Por eso el Sacerdote dice Amén, pero no es dado al hombre saber cómo lo oye, y por eso esta Amén es dicho en secreto.

Fracción


Y he aquí, ahora, que el rito se divide. Después del Padre Nuestro un completo silencio, el único momento de completo silencio que tiene la liturgia, acompaña la fracción de la Hostia.
Este rito de la Fracción reproduce la acción augusta del Señor en la Cena, al partir el pan. Gesto de amor y autoridad, al partir las dos especies nos recuerda la Pasión. Aquí por primera vez se pone el Cuerpo sobre la patena, que significa el sepulcro.
Pero como el Señor no es él solo sino él unido a toda su Iglesia – peregrinante, espectante y gloriosa – ved ahí ahora que el Sacerdote toma la Hostia, y teniéndola sobre el Cáliz, la parte en dos mitades: significando así la gran separación -- de la muerte corporal -- entre el pueblo cristiano que peregrina y el que ha pasado ya de este mundo.
Luego, en una de las mitades parte un trocito que deja caer dentro del Cáliz diciendo (cantando): Pax Domini sit semper vobiscum . Es decir que, en aquel gran pueblo que descansa sólo una partecita goza de la perfecta paz. Este rito de la Fracción recuerda la triple unidad de la Iglesia y el alcance de la Misa: peregrinante, expectante y gloriosa, forma un solo cuerpo. La Eucaristía es el sacramento de su unidad y todas las almas beben de este único Cáliz cuya sangre pacifica todas las cosas , ya en el cielo, ya en la tierra.

Agnus Dei


Enseguida del: Pax Domini sit semper vobiscum el Coro canta el Agnus Dei . El Agnus Dei tiene algún parecido con los Kyries, pero no es el grito del pecador. El Agnus Dei es como el segundo mandamiento, el del amor al prójimo, que es semejante al primero, al amor de Dios. A los Kyries los acompaña el incienso sobre el altar desnudo porque la contrición mira a Dios. Al Agnus Dei lo acompaña el rito del beso de la paz, pues el amor del prójimo mira al hermano.
Y la paz es dada de este modo: el Sacerdote besa el altar y abraza al Diácono que también le abraza a él, inclinándose uno y otro sobre su respectivo hombro izquierdo. El beso en realidad no es un beso. Es algo más significativo. Es un abrazo al hermano y un inclinarse sobre su hombro, es decir, sobre el lugar de la cruz a cuestas .
Y esto denuncia claramente la caridad, pues al abrir los brazos al prójimo no se inclina ante lo que en el prójimo vale o atrae según la naturaleza, sino ante la carga que el Señor le ha impuesto. Alter alterius munera portate . Amo si amo la cruz de mi hermano. Y si no, no amo a mi hermano sino a mí mismo en él.
Pero oíd: al terminar el Coro el canto del Agnus Dei, cuando canta exactamente el: ¡Dona nobis pacem! y en el momento en que el Subdiácono vuelve al altar después de haber dado la Paz al Coro, suena la campanilla. Es un aviso. Mientras la Iglesia se reconcilia el Sacerdote recibe la comunión sacramental.

Comunión del Pueblo


Y ahora, después de la Fracción y del Agnus Dei, después de anunciar la Unidad de la Iglesia y la Fraternidad de la Iglesia: he aquí la Comunión.
El rito de la Comunión de los fieles es conocido. Oímos el órgano, que mantiene a su modo el tema del Agnus Dei que acaba de cantar el Coro. Vemos al Diácono inclinado, que recita el Yo Pecador. Luego el Sacerdote se vuelve y da la absolución. Luego toma el copón, y presentando una forma al pueblo, dice (como el Bautista): He aquí el Cordero de Dios, he aquí el que quita el pecado del mundo…
Este momento es admirable. El Sacerdote y los ministros están de pie, junto al altar, vueltos al pueblo. Detrás de ellos vemos la Cruz, los cirios. Están pues los tres debajo de aquel Árbol, como los tres ángeles que en los días del Génesis visitaron a Abraham para anunciarle que volverían acompañados de la Vida. Ahora cumplen la promesa. Ahora nos traen el bocado de pan. Nosotros, como el inmenso Patriarca, vemos tres y adoramos uno.

Y he aquí que el Sacerdote y los ministros bajan las gradas del altar y distribuyen el pan eucarístico. Podemos preguntar como Israel, ante el maná ¿Man – hu? ¿Qué es esto? ¿Quid est hoc? Hoc est enim Corpus meum. Esto es mi Cuerpo. Esto es el Pan que el Señor te ha dado para comer en el desierto y para hacer prueba de ti, si andas en su Ley o no…
Ahora bien, distribuida la comunión cesa la música del órgano y el Coro entona la antífona de la Communio. En la nave, el pueblo está de rodillas, y adora. En el altar, los ministros retiran los vasos sagrados.

De la antífona del Ofertorio dijimos: es la alegría de los que ofrecen. Esta antífona de la Communio, gemela de aquélla, pero generalmente más breve y más tierna, es la alegría del bien recibido.
El Ofertorio, que recibió de nosotros el pan, dice a la Communio, que nos ve recibir este Pan: ¡Oh admirabile commercium! Y la Communio en la unión, en la común unión con el Sumo Bien recibido, dice al Ofertorio: ¡Si supieras el don de Dios!
La antífona de la Communio, pues, acompaña la adoración del pueblo. Por su sentido es como la cera del altar, es pura adoración y gozo. Por sus palabras es como la lámpara de aceite – brilla en lo más quieto y sosegado del alma. La antífona de la Communio es la voz de la presencia real.

Post Communio


Pero ved ahí que el Sacerdote se vuelve al pueblo. Una vez más besa el altar y nos da la paz, y, con igual rito que en la Colecta recita ahora la Post Communio.
La Post Communio es la última oración solemne de la Misa. Completa el rito de la Participación, del mismo modo que la Colecta completó la Sinaxis. Es una oración breve, clara, precisa. Pide la virtud del sacramento recibido.

Missa est: Resumen y saludo
Señores: hemos llegado al final de la misa. Temo haberos fatigado excesivamente, pero permitidme decir una palabra aún. El Introito es el porche de la Catedral y los actos que consideramos de la Reunión preparatoria o Sinaxis y las Lecciones, son como los tramos de la gran nave central. Todo aquello, sin embargo, era Ante-misa; deseos, preparación, instrucción del pueblo.
Luego vimos la Misa propiamente dicha: el santuario y lo santo, el esplendor del crucero y del ábside.
El Ofertorio, el Canon y la Participación son los tres inmensos misterios en los que se quisiera vivir esta vida para gloria de la misericordiosísima Trinidad.
En el primero – el Ofertorio – al Padre Creador a quien, criaturus, ofrecemos dones de la tierra. En el segundo – el Canon – al Hijo Redentor con quien, hijos, ofrecemos al Padre su propio Hijo. En el tercero – la Participación – al Espíritu Santo santificador de las almas anunciado del Esposo por quien recibimos al Padre y al Hijo.

Pero ved ahí que, en los tres misterios hemos hallado una parte clara y rotunda y otra obscura: el Credo, el Prefacio, el Padre Nuestro, son actos evidentes.
Pero, entre el Credo y el Prefacio, entre el Prefacio y el Padre Nuestro, entre el Padre nuestro y la Post communio, están los misterios dobles, los enigmas del libro escrito dentro y fuera, las series de actos simultáneos que se responden; los actos sacerdotales, secretos, y su pasión por el pueblo, y su expresión en la boca del Coro. Aquella Antífona del Ofertorio sobre las ofrendas; aquel canto del Sanctus sobre la Eucaristía; aquel suavísimo Agnus Dei y la Communio sobre la Fracción y la Participación.
En la Misa, pues, lo claro es de piedra, y canta. Y lo oscuro es espesura. Es espesura, es riqueza: ¡mons coagulatus! Monte cuajado. Aquí le plugo al Señor habitar.
Señores: Hemos llegado al final de la misa. Las tragedias antiguas tenían éxodo, nuestra liturgia tiene una despedida solemne y un saludo. Y, cosa misteriosa, la despedida y el saludo son una invitación.

Ite missa est


Ved aquí que el Sacerdote y los ministros están de pie, uno detrás del otro, como los hemos visto tantas veces en mitad del altar. El Sacerdote dice al pueblo por última vez: Dominus vobiscum. Y luego el Diácono se vuelve al pueblo y canta solemnemente para todos, con neumas admirables: Ite, Missa est .
A esta palabra responde el Coro, con las mismas notas, con los mismos neumas: Deo gratias . Luego el órgano toma el tema y lo fuga, y mientras la música mantiene así en el aire sonoro con todo el brillo imaginable, unum contra unum, la invitación misteriosa y el Deo gratias gemelo, el pueblo cae de rodillas y el Sacerdote, se vuelve, lo bendice, y, dirigiéndose al lado del norte, recita en silencio el prólogo de San Juan.

Tal es la despedida de la Misa. ¿Qué sentido tiene?
El Ite missa est, quiere decir: Id, todo está concluido, vuestra ofrenda ha sido enviada. Luego, la bendición, nos dice: la Derecha del Padre os bendice. Y por fin, el último evangelio, como su Dedo, os señala el evangelio espiritual.
El Verbo se hizo carne y su sacrificio (por la comunión) ha pasado ahora del altar al pueblo. Id pues, y que vuestras obras glorifiquen al Padre. Habéis gustado del don de Dios. Habéis pasado de la vanidad a la verdad. Id pues, ahora, del altar al mundo. Es decir, de la esfera de los misterios a la esfera del testimonio.
Ite, Missa est, quiere decir: todo está consumado, apresuraos a entrar en el reposo. El Verbo se hizo carne: es posible en el hombre algo que no nace del hombre.
Missa est, podemos ser hijos, somos realmente hijos, nacidos de Dios y escondidos en Dios con Cristo.
La despedida de la Misa proclama un cumplimiento e intima una misión. Da término a la acción sagrada y es el comienzo, el envío de nuestra acción en el mundo.


ANEXO I


El siguiente exordio es al parecer el más antiguo, el de 1932, pronunciado probablemente en el Instituto Santo Tomás de Aquino.

Reverendo Padre, Reverendas Hermanas, Señoras, Señoritas:
He sido amablemente invitado a hacer una lectura en esta reunión. Al hacerlo – y muy complacido – me permito deciros que cuento en este momento con vuestra cultura y con vuestra fe. Vuestra fe os hará inteligible un tema que, fuera de la fe, y de la vida que produce la fe, no tiene ningún sentido. Y vuestra cultura suplirá (y os lo ruego que sea benévolamente) las deficiencias de mi palabra.

ANEXO II


Monseñor, Reverendos Padres, Señoras, Señores:
Es un gran honor para mí dirigiros la palabra. Es, además, un gran placer porque yo sé que Córdoba se interesa todavía por las cosas del espíritu, que vosotros os habéis congregado, no por mí, sino por el tema de que trato. Porque sabéis qué es la misa. Y yo os traigo confiadamente esa palabra porque no hablo ante vosotros con las exigencias del que enseña, sino con la libertad del que recuerda. No soy doctor; soy… poeta. Mi deseo es proferir una palabra “que no estorbe la música” .

ANEXO III


Este exordio es el que pronunció Dimas Antuña cuando pronunció esta conferencia en Río de Janeiro en 1938, en el Centro Dom Vital que fue el precursor de la Universidad Católica de Río de Janeiro, análoga y contemporáneamente a los Cursos de Cultura Católica que en Buenos Aires fueron precursores de la UCA.
El texto de esta conferencia que se conserva encarpetado no pasa de la explicación de la Parte preparatoria o Sinaxis. Falta todo lo demás, a lo que sin embargo se alude anticipándolo alusivamente en algunas amplificaciones.

Reverendos Padres, Señoras, Señores:
Voy a hacer uso de la palabra en esta sala de estudios del Centro Domo Vital. Permitidme que, antes de hacerlo, agradezca a vuestro Presidente el alto honor que me dispensa.
Vuestra Casa, que cuenta en su seno hombres de valor auténtico y que procura habitualmente a la juventud de Río la palabra de altos maestros, al invitarme a mí, ha querido ofreceros, por contraste, una palabra SENCILLA. La palabra de un fiel sin docencia, desprovista de las disciplinas de las ciencias y que habla entre vosotros no como quien enseña sino como quien RECUERDA.
No soy doctor, soy… poeta, mi intento es proferir una palabra que no estorbe la música.
Mi deseo es departir, fraternalmente, con vosotros de un tema eminentemente, exclusivamente RELIGIOSO; recordando en común cosas que todos sabemos y haciéndolo con aquella amable confianza que me dan vuestra cultura y vuestra fe.
Vuestra fe os hará inteligible, aún en mi castellano, que, fuera de la fe, y de la vida que produce la fe, no tiene ningún sentido.
Y vuestra cultura os permitirá SUPLIR, y sea benévolamente, os lo ruego, las deficiencias de mis palabras.
Hablemos pues, (y en castellano ya que por desgracia no puedo hacerlo en vuestro hermoso idioma) hablemos del ORDEN y MOVIMIENTO que tienen las ceremonias de la MISA SOLEMNE en nuestro rito romano, tal como pueden ellas verse comúnmente en las celebraciones habituales de nuestras iglesias.
O, si queréis, para precisar más, tal como he tenido el íntimo placer de verlas aquí en Río de Janeiro en esa bellísima misa conventual de vuestra abadía de Sâo Bentos.
Señores, sabéis que en este drama hay dos personajes…