JOSÉ LUIS (DIMAS) ANTUÑA GADEA

1894-1968

VIDA Y OBRA DE UN PROFETA RIOPLATENSE DESCONOCIDO

Horacio Bojorge S.J.

Este estudio se publicó originariamente con el título: “Vida y obra de un autor uruguayo poco conocido” en la Revista de la Biblioteca Nacional (Montevideo) Nº 18 (Mayo 1978) pp.159-175.

Para presentarlo posteriormente en la revista Gladius lo hemos rehecho, no solamente actualizando en algo la bibliografía, sino sobre todo, ampliando y actualizando nuestra consideración del significado de la figura creyente y profética de Dimas Antuña. Se ha publicado bajo el título que encabeza esta página web en la revista Gladius [Buenos Aires] Año 28, Navidad de 2011, Nº 82, Págs. 31-55.

1.__ PRESENTACIÓN

2.__ DATOS BIOGRÁFICOS:

A) Infancia y juventud en Uruguay (1894-1913);

B) en la Argentina (1913-1942);

C) Los viajes (1937-1943);

D) En Uruguay (1942, 1943- 1968)

3.__ OBRAS:

A) Libros;

B) Colaboraciones en diarios y revistas;

C) Inéditos.

4.__ RETRATO HABLADO.

1.__ PRESENTACIÓN

         José Luis (Dimas) Antuña es conocido para los lectores de Gladius a través de la publicación de su correspondencia con Juan Antonio Spotorno y algunos otros amigos[1] y de varios de sus escritos y conferencias[2].


[1] Horacio Bojorge (compilador) “Algunas cartas de Dimas Antuña” Gladius  14  (1997) Nº 40, pp. 115-132;  Martina Spotorno “Cartas de Dimas Antuña a Juan Antonio Spotorno” Gladius  21 (2004) Nº 59, pp. 101-119

[2]“La Iglesia: Casa de Dios” Gladius nº 26 (Abril de 1993, pp. 57-80, “Carta a un escultor para hacer una imagen de San José” Gladius 10 (1993) Nº 28, pp. 73-79 donde puede verse en la página 74 una foto de Dimas Antuña joven; “El Misterio del Reino de Dios” Gladius 10 (1994) Nº 30 pp. 17-31; “El sacerdote” Gladius 10 (1994) Nº 31 pp. 43-52; “Beatus vir” (Himno en latín a San José y traducción castellana, con foto de Dimas adulto) Gladius 13 (1997) Nº 39 pp. 56-57“La unión con Dios en San Pablo” Gladius 17 (1999) Nº 46 pp. 117-132; “Mulier amicta Sole. Conferencia sobre la imagen de Nuestra Señora del Luján” Gladius 18 (2000) Nº 49 pp. 23-44 (Hay que advertir que esta conferencia aparece por error con el solo título de “El Testimonio” por el libro del que fue tomada); “El Bautismo” 20 (2003) Nº 56, pp. 11-30; “La Iglesia: Casa de Dios” Gladius nº 26 (Abril de 1993, pp. 57-80

La conveniencia de recordar con cierto detenimiento y detalle a este autor y su obra se funda en dos hechos. El primero es que tanto él como sus escritos son prácticamente desconocidos y que, aunque es mencionado como integrante del grupo de intelectuales católicos argentinos conocido como el Convivio,vinculado desde sus orígenes a los Cursos de Cultura Católica y a la revista Criterio, no ha sido objeto, que sepamos, de una presentación monográfica. Roque Raúl Aragón, que lo considera ‘una personalidad descollante en el grupo de Número,” le dedica un recuerdo en su estudio sobre la Poesía religiosa argentina y reproduce su ‘Oda de Navidad a Buenos Aires’[3] y ‘Entréme donde no supe’, en su antología[4]. Isabel De Ruschi Crespo, en su monografía sobre los orígenes de la revista Criterio, lo menciona efectivamente entre los fundadores del Convivio: “Así el Convivio, de tan flexible y ágil estructura, centro de expansión juvenil, y como el más espontáneo, fácil y eficaz instrumento de irradiación para las ideas, se constituye, a juicio de los que han pasado por los Cursos, en uno de sus elementos más memorables, acaso su corazón, y que si bien reúne desde el comienzo a figuras como Jijena Sánchez, Dondo, Bernárdez, Lara, Camino, Ballester Peña, Basaldúa, Anzoátegui, Antuña, Juan Antonio y otros, indudablemente se identificará posteriormente con la extraordinaria personalidad de César E. Pico, en quien todos reconocen un maestro incomparable”[5].

Un segundo motivo para ocuparnos de Dimas Antuña, es que ilustra un sector poco atendido de laGeistesgeschichte uruguaya. Podría considerárselo hasta cierto punto un desterrado. Primero porque encontró su patria eclesial fuera de su patria terrena, y luego porque tuvo que dejar su patria eclesial, la de sus amigos del Convivio cuando se volvió a vivir en su patria terrena.

            1º) Que Dimas Antuña y sus obras sea desconocido en Uruguay, su patria terrena, es un hecho explicable por varios motivos. Este autor vivió la mayor parte de su vida en la Argentina, precisamente aquellos años que son más decisivos para la definición y maduración de su personalidad espiritual y social. Todos sus libros y escritos se publicaron fuera del Uruguay, a excepción de algunas colaboraciones menores en la década de 1920 en el diario católicoEl Bien Público.

La obra de Dimas Antuña es de contenido declaradamente religioso, como de creyente que escribe para creyentes. El núcleo principal y más valioso de sus escritos éditos pertenece por génesis y estilo al género oral de la conferencia, aunque también escribió poesía y muy buena. La mayor parte de su vida estuvo absorbida por el trabajo y las solicitudes cotidianas de la subsistencia y dispuso de escaso tiempo para escribir y crear. La obra Inter Convivas que podía haber sido la de mayor aliento y envergadura, quedó por eso mismo inconclusa y sigue inédita.


[3]Dedicada a Miguel Ángel Etcheverrygaray

[4]Roque Raúl Aragón, La poesía religiosa argentina, Ediciones Culturales Argentinas, Subsecretaría de Cultura de la Secretaría de Estado de Cultura y Educación, Dirección General de Difusión Cultural, Colección Antologías, 1967, ver páginas  42-44 y 84-88

[5]Véase la monografía histórica de Isabel De Ruschi Crespo, “Criterio” un periodismo diferente. Génesis y fundación. Un respuesta católica al desafío de la prensa en la Argentina en la década de 1920. Ed Fundación Banco de Boston – Nuevohacer, Grupo editor latinoamericano, (Col. Temas) Buenos Aires 1998. La autora menciona a nuestro autor en el grupo fundador de Convivio en la página 90:

Los pocos libros suyos que hay impresos vieron la luz gracias al generoso mecenazgo de algunos amigos, y sólo en ediciones privadas, es decir no comerciales y de reducido tiraje. Dentro de las relativamente escasas obras de tema religioso que logran pasar los filtros del laicismo ambiental uruguayo, las de Antuña, que no calzaban en los moldes comunes, pasaron incomprendidas: para unos por parecerles demasiado obvias y poco novedosas; para otros, por parecerles todo lo contrario, fueron materia de extrañeza y de recelo. Y es realmente difícil, por no ser ni místicas ni devocionales, ubicarlas dentro de los géneros cultivados en esos años y en estas regiones. Antuña, por ser un orador y (o pero) al mismo tiempo orante,  tenía que padecer fatalmente la suerte que a tan rara raza de hombres les suelen deparar las colectividades humanas obsesionadas –o por lo menos demasiado distraídas-, como la del Uruguay laicista, por los imperativos de la acción eficaz e inmediata. Cultor de un género sapiencial (califiquémoslo así aunque sea provisoriamente) donde el saber no es divorciable de un determinadosabor, Antuña no pudo, no quiso, no le supo, hacer concesiones al gusto del público. Y éste, en su mayoría, preso en una constelación cultural naturalista, no fue capaz de apreciar la originalidad de un modo de pensar, de unos contenidos, de una temática y de unas formas de expresión que se nutrían en aquella perenne novedad de los orígenes, volviendo hacia lo que –por algo- nuestra cultura llamófuentes.

            A poco de aproximarse a la historia y a la obra de Antuña se descubre además, con sorpresa, un alma de ermitaño, una libertad interior que rehusó atarse, una vez vuelto al Uruguay, en la última mitad de su vida, al do ut des de los provincianismos intelectuales uruguayos. Antuña no se acogió a ningún grupo promocional y no fue promovido. No prodigó elogios con el secreto afán de buscar retribución de alabanza. Su labor de escritor, conferencista o poeta, no brotó del incentivo de la fama, ni siquiera la que se gana justamente. No persiguió más ganancia que la de crear libremente, la de contemplar gratuitamente y abrir la puerta –hospitalario- al banquete de la sabiduría. Tuvo bastante con su luz interior y no consideró oscuridad el quedar ignorado o incomprendido.

Hubo sin embargo excepciones. Los espíritus creyentes lo reconocieron. Testimonio de ello es una tarjeta de puño y letra de la poetisa uruguaya Esther de Cáceres al libro Vida de San José que dice así:

“Día de la Festividad de San José 1963 - a Dimas Antuña – Muy estimado en Cristo: Anoche preparándonos para la fiesta de hoy, leímos con un grupo íntimo de cristianos su precioso libro sobre San José. A todos conmovió la verdad esplendorosa del texto; el más profundo y original que hemos conocido sobre el tema! ¡El que más ahonda en el pan misterio y el que más lo aborda con unos medios estilísticos adecuados y valiosísimos en sí mismos! Hemos quedado soñando en la reedición, y desde ya rezamos para poder realizarla. Gracias, querido amigo, por esta dádiva. Saludos para su esposa y para Ud. Nuestra oración – los acompañará siempre – Esther de Cáceres (firma también Clotilde Barbé)”. El reconocimiento de esta alma creyente y fina que fue Esther de Cáceres suena casi a un desagravio.

           

2º) La oscura ley de la ceguera humana, paga (no cobra) una cuota de tiempo a los autores y obras más originales y clarividentes. Quizás ya estén hoy más maduros nuestros ánimos para apreciar mejor la significación de Antuña y sus trabajos. Señalemos –sin pretensión de ser exhaustivos- algunas pistas de interés que nos ofrecen y justificarían rescatarlos del olvido en que están. En primer lugar, nuestro autor se formó (y fue actor) como hemos dicho, en el teatro de la cultura rioplatense, sobre todo argentina, pero también brasileña. Allí tuvo sus grandes amistades, allí gestó y publicó la mayoría de sus obras. Testigo de su tiempo, registra el impacto de las corrientes espirituales locales y europeas. Sin ser dueño, tampoco fue mero inquilino de su ambiente. Fue un huésped y un anfitrión amable, atento sobre todo a las personas: viajeros ilustres, exilados de guerra más o menos oscuros, autores y sus libros, pero también al hombre corriente, para el cual –preferentemente- habló y escribió, de igual a iguales. En segundo lugar, su condición de huésped de una época no le impidió expresar diagnósticos, tomar posiciones, emitir apreciaciones críticas. Muy explícito a veces, otras trasuntando a través del silencio, de la reticencia, de la alusión velada lo que su delicadeza le aconsejaba dar a entender sólo al que tuviera oídos. El joven Antuña, por ejemplo, se confronta en su Israel contra el Angel a los maestros que se disputaban el liderazgo espiritual de nuestros padres y abuelos. El mero título de su obra primogénita sugiere al buen entendedor que en ella se recoge la memoria de una lucha nocturna y decisiva para el destino espiritual de Antuña. Aunque años después –como suele suceder a tantos autores- haya mirado su primer libro con una mezcla de rubor y severidad, también lo dicho en él con el arrebato del ardor juvenil, sirve a la pintura de una época, de una generación y –no obstante las posibles retractaciones posteriores- guarda el registro de una historia del espíritu. La suya, la de muchos, y también parte de la nuestra.

            Una tercera veta de la actualidad de Antuña y su obra reside precisamente en su mirada contemplativa que escruta la singularidad de lo individual, personas y objetos, en busca de sentidos ocultos en las cosas elementales. Pero –nótese bien- sin hacer de la naturaleza simbólica o metafórica un reservado de la sensibilidad poética, accesible sólo a la exquisitez, y coto donde la sofística modernista edificaba las torres de su aislamiento. Para Antuña el símbolo no es sólo pretexto de fuga a la poesía. Es sobre todo vehículo de pensamiento, como lo es en la más pura raíz platónica del pensamiento occidental, y como lo es también, en forma aún más elevada, en la raíz judeo-cristiana. Antuña le devuelve al hombre, al hombre común, el lenguaje del alma. Rescata la imagen y la intuición, del olvido hostil en que lo habían relegado tiempos más ocupados con la razón y con las ciencias. Por sus propios caminos, nuestro autor transita en la dirección que la psicología, desde Freud pero sobre todo desde Jung, señala con insistencia. Antuña descubrió y proclamó –hieratra o hieragogo- la radical validez humana de los símbolos litúrgicos, y la grandeza litúrgica de la cotidianidad humana. Lo hizo sin concesiones a un intimismo individualista. Pero sólo gracias a una acogida íntima y personal de los símbolos objetivos –cuyas vicisitudes privadas él quiso mantener secretas y nosotros debemos respetar- pudo señalarlos con firme convicción, al alma extraviada y olvidada de sí misma, de sus contemporáneos. Lo que Rodó intentó rescatar en sus parábolas, joyas aisladas en un discurso racional y por él sometidas a una función instrumental que las humilla y opaca, eso lo perfecciona Antuña, haciendo de los símbolos ( es decir de la dimensión simbólica de todas las cosas reales) el objeto final y directo de su contemplación. Lo que había olvidado hasta la teología; lo que la cura de almas y la dirección espiritual están redescubriendo trabajosamente; lo que las costumbres poéticas vigentes habían arrebatado al hombre común; lo que un vendaval iconoclasta había aventado junto con los excesos del barroco; todo eso lo recoge amorosamente este hombre desconocido entre nosotros.

            Lo mejor de la obra de Antuña lo constituye su presentación interpretativa de la simbología cultual: la liturgia, el templo, los ritos sacramentales, las imágenes. Sin concesiones intimistas.

            No hay que sorprenderse de que el primer encuentro –y encontronazo- con este estilo, que sólo puede parecer críptico y exótico para los hombres que han derivado lejos de su propia alma, lo haya tenido Antuña en ocasión de su comentario al Cántico de las Creaturas de San Francisco.

            El hombre, cuando oye tratar en público de un tema psicológico, es decir de su alma, siempre espera otra cosa: “ la primera de todas, se espera a sí mismo en el tema. Espera sus recuerdos, sus pasiones, sus ideales, sus amores. Si es posible, algún trazo también –firme y rápido- de sus odios y rencores del momento. Y todo eso elaborado por el pensamiento y llevado en el calor, en la nobleza, en la elevación en cierto modo beatífica del sentimiento religioso, a su más alto grado de interés y de intensidad”[6]. Certero diagnóstico de una reacción a la que su público, aún el de los amigos, lo confrontó perennemente: “Hombre sincero y generoso, su hidalguía le obligó a decirme toda la verdad, y así cordial, confuso, apenado y sin rodeos, pasando con amplitud su mano de caballero antiguo sobre su noble barba rojiza, me dijo con un profundo suspiro y una gran voz resuelta: Mi amigo, yo esperaba otra cosa”[7].

            3º) La obra escrita de Dimas Antuña ha tenido sólo dos breves ecos en escritores uruguayos.

            Carlos Real De Azúa lo menciona de paso en  la Introducción a la Antología del Ensayo uruguayo contemporáneo, entre “algunos nombres cuya ausencia (por lo menos hipotéticamente) pudiera extrañar”

            Real de Azúa consigna acerca de Dimas Antuña los siguientes datos y rasgos: “Dimas Antuña (1894), por fin, que ha llevado una vida virtualmente errabunda entre el Brasil, el Uruguay en que nació y la Argentina en la que aparecieron sus dos singulares libros: Israel contra el Angel (1921) y El testimonio(1947) y en donde logró sobre ciertos núcleos de intensa religiosidad un magisterio (un magisterio en hondura) que algunos recelaron. Respecto a Falcao Espalter –Real de Azúa acaba de referirse a él antes  que a Antuña- bien podría representar la otra cara de la Fe: centrada en la intimidad y sus posibilidades de apertura, humildad y poética emoción ante el misterio y la maravilla de la vida” [8].


[6]El Testimonio (= T.) p. 11.

[7]T. p. 10

[8]Antología del Ensayo Uruguayo Contemporáneo, Universidad de la República, Dpto. de Publicaciones, Montevideo, Uruguay 1964 (Serie: Letras Uruguayas Nº 5) Tomo I, p.36.

            Domingo Luis Bordoli dedica a Antuña una nota en suAntología de la Poesía Uruguaya Contemporánea y recoge en ella un poema: La Elegía por la muerte de Wagner Antúnez Dutra. La nota bibliográfica que la precede es breve y se deja transcribir aquí: “Merced a Real Azúa conocimos las dos obras Israel contra el Angel (1921) y El Testimonio (1947) de este uruguayo casi completamente desconocido en nuestras letras. Ha vivido en Brasil y Argentina, y ha publicado en esta última”. Aquí Bordoli hace referencia en una nota a la cita de Real de Azúa en su Antología del Ensayo y prosigue: “Ya desde joven, de una intensa espiritualidad católica muy pocas veces vista, mostró su fuerza y finura en el análisis de Rodó, Darío, Nervo, Reyles, de su primer libro. El segundo, reúne prosa y verso. De su prosa, nos parece altamente descollante su discurso sobre San Juan de la Cruz.

Según un poeta brasileño, Schmidt, que él mismo cita, hay gentes que están en las letras por una fatalidad, pero fuera de la vida literaria. Antuña cuéntase entre ellas y aclara que esta fatalidad es tener que atestiguar cosas de Dios con prescindencia de la literatura, es decir, por memoria de la sola justicia. Visible es esta religiosidad absoluta en el poema que hemos elegido” [9].

                                       A estas dos breves menciones se reduce –que sepamos- lo que se ha publicado en Uruguay sobre Antuña. Si bien le hacen la justicia del recuerdo, son  en su brevedad forzosamente incompletas y, para nuestro gusto, injustas por insuficientes. El lector desprevenido, no sospechará a través de su lectura la verdadera magnitud de Antuña y su obra. A remediar en algo esta carencia, completando la semblanza que nuestros antólogos apenas esbozan, aspiraba la presentación que hicimos de él en la Revista de la Biblioteca Nacional en 1978, que retomamos ahora. Y con el mismo fin hemos publicado la correspondencia de Dimas con Juan Antonio y otros amigos del grupo Convivio.

2.-- DATOS BIOGRÁFICOS

A.-Infancia y juventud en Uruguay (1894-1913)

                       José Luis Antuña Gadea es conocido por todos como Dimas, hasta tal punto que tanto en la vida cotidiana como en las letras, el sobrenombre que se dio a sí mismo borró la memoria del José Luis de los documentos.

            Tanto por los Antuña como por los Gadea, José Luis (Dimas) se vincula a dos troncos genealógicos de viejo cuño patrio y católico.

            Nació en Dolores, Departamento de Soriano, Uruguay, el 27 de agosto de 1894 [10]. Fueron sus padres: Don José Luis Antuña Barbot [11] y Doña María Gadea Casas. El abuelo de Dimas, fue Don José Luis Antuña González, y se contó entre los fundadores de las Conferencias Vicentinas y del Club Católico, siendo el donante de la Imagen de la Dolorosa que se venera aún en la Capilla del Sacramento de la Catedral Metropolitana de Montevideo. Recibió su primera enseñanza en la Escuela Pública de Dolores. A los trece años fue enviado como pupilo al Colegio de los Hermanos de la Sagrada Familia, en Montevideo, donde ingresó en 1907[12]. Cursó allí la escuela de Comercio que culminó en 1911 con las más altas calificaciones y como el mejor alumno de su promoción [13]. La inseguridad familiar creada por el mal estado de salud de su padre, aconsejó orientarlo hacia una capacitación profesional rápida que le abriera pronto acceso a un empleo. El tiempo desmintió –su padre gozó de extraordinaria longevidad- aquella opción familiar que le cerraba a este joven brillante las puertas de la Universidad y de una profesión más acorde con sus cualidades intelectuales y quizás también con su vocación íntima de estudioso. Poco después –1913- entraba empleado en el Banco de la Provincia de Buenos Aires.


[9]Antología de la Poesía Uruguaya Contemporánea, Universidad de la República, Dpto. de las Publicaciones, Montevideo, Uruguay 1964 (Serie Letras Nacionales Nº 9) Tomo II, pp.222.227.

[10]Así en su partida de Bautismo: Archivo Parroquial de N. Sra. de los Dolores (Dolores) Libro IX, folio 202. Fue bautizado por el Pbro. Ignacio Galarraga el 26 de enero de 1895, siendo sus padrinos Don Aurelio Podestá y su tía Ventura Gadea Casas.

[11]Don José Luis Antuña Barbot había tenido de su primer matrimonio con Agustina Segundo, tres hijas: Agustina, Ema y Elisa. Tras enviudar muy joven, se casó con doña María Gadea Casas, de la que tuvo cuatro hijos: 1) José Luis (Dimas), 2) Pedro José, 3) María del Carmen, 4) Mario Alberto. Don J.L.Antuña Barbot fue escribano y además muy activo en el periodismo nacional, primero en El Día y tras los sucesos de 1886 en La República.

            Es interesante transcribir una página de Israel contra el Angel en la que Antuña pinta el retrato espiritual de la infancia y juventud de su generación. Bajo el título Herencia (Págs. 13-15) traza estos rasgos que reflejan parcialmente algo de su propia experiencia: “La madre cristiana; el padre liberal. Mamá nos juntó las manos para el padrenuestro y el bendito; a papá nunca lo vimos en oración, pero nos hablaba de la patria y del progreso. Nuestra madre nos presentó al señor cura, para que fuésemos buenos cristianos y le ayudáramos a misa. Nuestro padre al maestro laico, diciéndole: Aquí tiene Ud. un ciudadano.

            “El cura nos hablaba de la providencia del Padre que está en los cielos y de la fe que traslada las montañas. Y el maestro decía: -La naturaleza lo explica todo con sus leyes inmutables, fatales y constantes. Y para las fiestas patrias agregaba: Es preciso obedecer al Estado: obedecer a sus leyes, aun cuando sean injustas. 

            “Llegaron los quince años: el cura nos pasó del catecismo a la Congregación; el maestro nos transfirió de la clase al bachillerato. Nuestro pensamiento comenzaba a organizarse: tuvimos un cierto sentido de la ciencia, de sus métodos, de sus leyes.... Dóciles, asombrados, felices y orgullosos, recibimos y repetimos –creyendo que era ciencia- el residuo materialista del positivismo.

            “La Congregación, entretanto, no nos daba ideas. Todo eran reuniones piadosas, devociones, limosnas, vaguedades de beneficencia 

social, y arranques apologéticos tan falsos como los cientificistas de la enseñanza secundaria.


[12]Su nombre figura en el libro de matrículas de dicho colegio, correspondiente a 1906-1911. Ingresó el 5 de marzo de 1907. Don Agustín Belloni, un cuñado de su madre, figura allí como el responsable del niño en Montevideo. Pero en los años siguientes su familia viene a la Capital. El nombre de José Luis Antuña figura en los folios 72, 128 y 138 del libro de matrículas, bajo los números 39, 437 y 8 respectivamente.               

[13]Libro de distribución de Premios del Colegio de la Sagrada Familia. Años 1910 (págs. 79-81). Hay allí fotografías de grupos en los cuales figura el joven Antuña. En la pág. 81 del libro de 1911 su retrato de cuerpo ocupa toda la página. En el Programa de Actos y Festejos que acompañaron la distribución de premios, Antuña, el mejor alumno de su promoción pronuncia un monólogo: Porqué las Señoras hablan más que los hombres.

            “Madre, cura, congregación: padre, escuela, universidad. A los veinte años teníamos la cabeza poblada de dos engendros que se daban de  puñetazos tan pronto un secreto instinto del alma, una intuición vaga, una esperanza, dejaba de mantener entre ambos un tabique. Tabique de separación y salvación.

            “El dualismo era completo: aquí la certeza científica, allí las afirmaciones piadosas y sentimentales. La concepción del mundo era la de un engranaje perfectamente montado que, a su hora, nos iba a triturar con la más tranquila indiferencia. Mientras no llegaba esa hora, y una vez satisfechas las necesidades inferiores de comida y confort, podíamos enternecernos con alguna endecha pesimista, y hacer líricos llamados a la piedad.

            “Por ese tiempo empezábamos a leer: Taine nos dio la fórmula inexorable del axioma eterno: Renán, la manera de guardar, sin los dogmas, un sentimiento religioso exquisito”.

            El hogar intelectual católico que Dimas encontró en la Argentina, lo salvó de esta esquizofrenia a la que tantos sucumbían en su patria terrena: el Uruguay laicista.

B.-En la Argentina (1913-1942)

            Hasta su jubilación por motivos de salud, Dimas Antuña se desempeñó en su empleo del Banco de la Provincia y vivió en Buenos Aires. Por este camino, que parecía un desvío esterilizante de su vocación de estudioso, el destino aseguraba sin embargo dos rasgos fundamentales de su perfil interior.

            En primer lugar lo ponía en contacto con las personas y los movimientos de la cultura católica argentina: allí se vinculó a la Tribuna Universitaria, a los Cursos de Cultura Católica; a los grupos de jóvenes que fundaron para desfogar sus inquietudes las revistas Signo, Criterio, Ortodoxia, Número; a sacerdotes que tuvieron influencia decisiva en su vida: el Padre Protain, religioso asuncionista, el Padre Maluenda, el Pbro. Edmundo Vannini, y los benedictinos P. Nicolás Rubin y Eleuterio González. A través del Convento Benedictino bonaerense se vinculó a la vasta familia benedictina, también en el Brasil.

            Reconocido por lo que debe a su amistad, dedica en 1921 su primer libro Israel contra el Angel a seis de sus amigos. Cita el nombre de dos de ellos en el epílogo: Héctor de Basaldúa y Enrique Requena. Y ya en la plenitud y madurez, hacia 1947, los recordará aún. Entre los que le estuvieron más unidos por amistad, hay que citar al que habría de ser hasta su muerte el amigo más fiel  y más íntimo: Carlos Saenz[14]. Un fatal accidente le quitó a Beltrán Morrogh Bernard, otro gran amigo.

            Es ese grupo inicial, recordado en su primer libro, el que funda junto con algunos nuevos integrantes, la revista Número [15] que aparece mensualmente dos años enteros, desde 1930 a 1931. En los veinticuatro números publicados se encuentran colaboraciones de Dimas, excepto en el número trece, donde Rodolfo Martínez comenta su tercer libro titulado El que crece.


[14]Existe una serie de cartas de Carlos Sáenz a Dimas Antuña, que nos auguramos se puedan publicar pronto en Gladius.

[15]Esta revista es interesante pero difícil de encontrar en nuestro medio. Hemos visto un ejemplar en el Archivo familiar. Tenía su sede en Alsina 884-890. Su director fue Julio Fingerit. A partir del Nº 8 se retiró y la revista siguió sin director. Secretarios eran Tomás de Lara e Ignacio Anzóategui. Administrador: José Garrido. Redactores: Emiliano Aguirre, Dimas Antuña, Juan Antonio, Héctor Basaldúa, Tomás Casares, Rómulo D. Carbia, Víctor Delhez, Osvaldo H. Dondo, Miguel Angel Etcheverrygaray, Manuel Gálvez, José M. Garciarena, Rafael Jijena Sánchez, Mario Mendióroz, Emiliano Mc Donagh, Ernesto Palacio, Alberto Prebisch, César E. Pico, Carlos A. Sáenz. La revista se publicó ininterrumpidamente desde enero de 1930 hasta diciembre de 1931, con un total de 24 números. El formato es de 37 x 27 cms. Cada volumen tiene paginación anual corrida. En la lista de redactores hemos subrayado los nombres de los que –según nos dicen- fueron más amigos de Antuña. Varios de los redactores iban a pasar luego a ocupar posiciones políticas.

 

            En segundo lugar, indirecta pero eficazmente, su condición de empleado sujeto a un horario y a un trabajo, marca desde dentro esa manera de acceder a las letras sin intención de literatura, y esa manera de pensar, sin intención de erigirse en maestro. Lejos de resentirse, Antuña da muestra de amar su condición de hombre del común. 

            En lo eclesial, Antuña se vio siempre –y no pierde ocasión de proclamarlo- como un simple fiel, sin misión de enseñar. Sometía sus escritos a previa autorización eclesiástica [16], e insiste a menudo en que habla sólo como cristiano a cristianos y de cosas que les son comunes. Cuando en cierta conferencia alguien le objetó que todo lo que había dicho no era más que mera repetición de ideas de los Santos Padres, respondió que jamás se le podía haber hecho mejor elogio.

            Como ciudadano, Antuña se autocalifica de hombre privado, en contradistinción con la categoría del hombre público, es decir sin pretensiones de repercutir en el orden político o en el dominio de las ideas. Quizás es esta postura religiosa la que le atrajo –tratamos de interpretar ese “recelo” al que alude Real de Azúa- objeciones. Antuña es muy explícito: como hombre privado – glosamos sus palabras - se siente inmerso en el orden exterior del mundo –y no siente necesidad de escapar de él-  y dentro de ese mundo y de ese orden, justo o injusto, no quiere hacer otra cosa que callar, obedecer, y buscar el pan de cada día [17].

Pero desde esa condición de hombre del llano conscientemente abrazada, sin títulos de dignidad, sin rol de mando o representación, abocado a buscar cada día el sustento, es precisamente desde donde brota y desde donde se explica su capacidad para considerar con sencillez todas las cosas. Por esta condición cobra inmunidad contra todo alambicamiento mental, contra toda complacencia profesional en verbalismos vanidosos o esotéricos, tan comunes en parte de la ‘intelectualidad’ en el Uruguay contemporáneo de Antuña.

Dimas se mantiene siempre a un nivel de lenguaje que conjuga la hermosura y la elevación con la accesible sencillez. Es bien capaz de leer con plena comprensión y deleite un aristotélico tratado de lógica[18]. Pero inmediatamente –hombre del llano- : “después de cerrar este libro, y vuelto al comercio de los hombres, una pregunta me persigue: ¿ de qué modo, me digo con insistencia, de qué modo razonan los que no han leído nunca  a Aristóteles? ¿Cómo se produce el discurso en la inteligencia de los simples?


[16]Excepto Israel contra el Angel todos sus libros aparecen con Imprimatur. Véase a este propósito T. pág. 11.

[17]Vida de San José (=VSJ)  pp. 11-14

[18]Israel contra el Angel (=IA) p. 60 ss. Pensamos que se trata de una obra de Kant. En una conferencia se refirió a la crisis interior que le produjo su encuentro con Kant y cómo la superó, siendo el punto de partida de sus estudios de teología, liturgia e historia del cristianismo.

El paisano, el vendedor de feria, la señorita bien educada, y otros aún: el artista, el hombre de simple buen sentido, todos aquellos, en fin, cuyo trato me es agradable y seguro, y cuyo pensamiento es habitualmente espontáneo” [19]. Antuña se contesta: “el hombre que no ha leído a Aristóteles –ni a Kant- se pone en contacto con las cosas del mismo modo que el filósofo más rancio. Las ve, las siente , las palpa” [20]. Y su reflexión culmina con el descubrimiento: “Si el individuo –omne individuum ineffabile est- está en la base del conocimiento, también puede estarlo en el término. Y si la intuición da el contenido a la conciencia, el fruto pleno del trabajo intelectual, no debe ser un concepto precisamente, sino un conocimiento intuitivo: una vuelta a la intuición después de haber atravesado el concepto, para apreciar en el medio vivo inefable, el valor del trabajo discursivo. Nada suple el contacto con lo real”[21].

            Este último párrafo nos parece programático y encierra el germen que regirá el estilo propio de Antuña: más contemplativo que discursivo, orientado más hacia las individualidades concretas que hacia los conceptos y razonamientos.

            Es desde esta condición de hombre privado –que se complace y se siente seguro con el hombre de simple buen sentido- desde donde Antuña se pone en guardia contra una posible deformación idealista de la inteligencia, por la cual el hombre se fatiga sin término en el manejo de conceptos, sin llegar jamás al acto puro de conocer intuitivamente la realidad individual. Y, en el extremo paroxismo de esta deformación, llega a erigir la fatiga intelectual –que sólo puede ser un medio- en fin y medida del valor de sus frutos, con el consecuente desprecio por la inmediatez deleitosa de la contemplación que descansa en la evidencia de su objeto.

            Los treinta años de residencia en la Argentina marcan así decisiva y fuertemente su persona y su obra.

            En 1926, por la generosidad de otro amigo, aparece como libro y con el título de El Cántico su comentario al Canto de las Creaturas de San Francisco de Asís. Dos años después, el 18 de abril de 1928 contrae matrimonio con María Angélica Valla. 

            En 1937, accediendo a una invitación, viaja a Córdoba a dictar algunas conferencias. Se inicia así una etapa de viajes y conferencias que dura unos seis años.

C.–Los viajes (1937-1943)  

                Entre 1938 y 1943, Antuña hace cuatro viajes a Brasil. En Río de Janeiro se aloja en casa de un amigo, Wagner Antúnez Dutra, que le brinda hospitalidad y el retiro necesario para escribir el libro que prepara y dejará inconcluso. En esa época traba amistad con Alceu Amoroso Lima  (Tristán de Athayde) y otras figuras de la cultura del Brasil. Ya en el primer viaje a Río (1938) presenta su pensamiento a través de conferencias. Vuelve a Río en 1939 y es invitado a hablar en Juiz de Forá y en Belo Horizonte. En 1940 visita el Paraguay.


[19]IA. P. 61, el subrayado es nuestro.

[20]IA. P. 71.

[21]IA. P. 74, el subrayado es nuestro

En 1941 va a pronunciar sus conferencias en Salta y otros lugares de las Provincias Argentinas. Vuelve a Río de Janeiro en 1942 y desde julio a diciembre de 1943, siempre acompañado por su esposa.

            En este período se sitúan dos de sus obras. Resultado de su primer encuentro con el Brasil es su poemario en francés titulado Mon Brésil (1938). Unas conferencias dictadas en Buenos Aires ante un público muy sencillo, las recoge en su libro La vida de San José (1941) en el que el desarrollo temático, basado sobre los viajes del Patriarca, decanta el reflejo espiritual de los propios.

            No sería pues exacto imaginarse que Antuña llevó una vida trashumante, como pudiera interpretar algún lector a partir de la concisa presentación de Real de Azúa.

D.-En Uruguay(1942 -1968)

            El 28 de abril de 1942 Antuña vuelve al Uruguay para radicarse aquí. Su salud, que había contribuido a adelantar su jubilación, lo obliga a vivir un tiempo en Lezica [22]. Tiene 48 años y piensa poderse dedicar tranquilo a completar su obra sobre la Misa que venía preparando desde hacía unos años, y cuyos capítulos eran la sustancia de sus conferencias.

            Al retorno de Río en diciembre de 1943 se instala con su señora en una casa en Montevideo, en las calles Ciudadela y Paysandú. Tiene a un paso la Iglesia de Lourdes, de los PP. Palotinos, donde por ese entonces un sacerdote alemán exilado de guerra, el P. Agustín Born echa las bases de lo que será elApostolado Litúrgico. Dimas Antuña será invitado a hablar allí con cierta frecuencia, así como en el Club Católico, donde funcionaba la Academia de Estudios Religiosos que dirigía Mons. Miguel Balaguer.

            En 1947 se edita en Buenos Aires su último libro: El Testimonio precedido de un prólogo en el que se traduce un balance de experiencias del Antuña maduro. Una verdadera joya estilística y de profética penetración, por el diagnóstico del mal espiritual de su época, que consideramos válido también para la nuestra.

            El Testimonio le da ocasión de reimprimir en un solo volumen El Cántico, Mon Brésil, El que Crecey buena parte de sus poesías y colaboraciones en la revista Número.

            Pero en 1950, a la edad de 56 años, se ve obligado a buscar nuevamente un trabajo. Con él cesa forzosamente su actividad creadora. De ese año son las últimas conferencias que escribe. Una en relación con el Año Santo. La otra –única que no tiene carácter religioso- sobre Montevideo, fue propalada por elSodre.

            El Año Santo de 1950 pone punto final a sus escritos y se abre para él una etapa de silencio que será la última de su vida. En 1966, próximo a su muerte, se muda con su esposa al barrio Pocitos, donde fallece el 24 de agosto de 1968, a los 74 años de edad. Sus restos reposan en el Cementerio Central, en el Panteón de la Familia Antuña, muy cerca del Panteón Nacional y de la fecha patria. Algún día podrá señalarse su sepultura con una placa recordatoria.

            Los sentimientos de Antuña hacia esta tierra en la que nació y reposa, nos los trasmite el estudio que dedica a Zorrilla de san Martín y su Tabaré en Israel contra el Angel. Desde el alto mirador porteño de la torre Güemes, donde gustaba subir, en ciertos días muy claros, ve dibujarse a lo lejos la línea de la costa uruguaya: un reborde que todos pueden ver, una costa que muchos conocen, pero que, sin embargo, solamente los orientales reconocen. “Yo soy oriental: esa línea plomiza que subraya el horizonte es mi dulce tierra.” [23](17)


[22]T. Págs. 210-212.

3.__OBRAS

A) Libros

                       1921 –ISRAEL CONTRA EL ÁNGEL,  Ediciones de tribuna Universitaria, 268 págs. 18,5 x 13,5 cms.

            Se terminó de imprimir en la imprenta de A. Baiocco y Cía. el 15 de octubre de 1921. Se imprimieron 20 ejemplares en papel especial fuera de comercio, con la firma del autor. La tapa es un forro impreso que se aplica directamente sobre la primera pagina del primer pliego y la última del último. Está ilustrado por Enrique Requena. El mismo dibujo se repite en la portada de la página 3. En la página 2 hay una viñeta que representa un árbol con frutos, sobre el cual una divisa con el nombre de Dimas Antuña, al pie se lee: Miraturque Novas Frondes et non sua Poma –Ex libris. En la contratapa, otra ilustración de Requena que representa una forma de escudo en copa, sobre un fondo decorado con vides en fruto hay una espada  y una divisa: Non pacem sed gladium.

            1926 –EL CÁNTICO, Buenos Aires MCMXXVI, 52 págs. 23 x 18 cms.

            Acabóse de imprimir esta edición original de seiscientos ejemplares numerados en los talleres gráficos de la Soc. Anónima Casa Jacobo Peuser Ltda., el día IV de Octubre de MCMXXVI, Séptimo Centenario de la muerte de San Fco. De asís. Una viñeta de Juan Antonio en la tapa. La edición fue costeada por Don Matías Errázuriz, a quien va dedicado el libro. La primera desfavorable impresión de su mecenas frente a este comentario al Cántico de las Creaturas, lo relata el mismo Dimas en su Introducción al Testimonio, pág. 10. Según parece fue Victoria Ocampo la que convenció a Don Matías Errázuriz del valor del trabajo. Este libro fue reeditado en El Testimonio, págs. 31-44.

            1929 –EL QUE CRECE, Paris MCMXXIX, 64 págs. 28 x 23 cms. Ilustraciones de Héctor Basaldúa, Editor.

            Acabóse de imprimir esta edición original de trescientos ejemplares numerados, en los talleres gráficos de la Imprenta L´Hoir, calle del Delta 26, París, el día treinta y uno de julio de mil novecientos veinte y nueve. También fue reimpresa en El Testimonio, págs. 285-312.

            1938 –MON BRÉSIL, Buenos Aires 1938, 30 págs., 24 x 19 cms.                Sobre la tapa una viñeta (un ancla) de Juan Antonio que dirigió la edición.


[23]IA. Págs. 89-90.

            Achevé d´imprimer le 24 décembre 1938 par F. A. Colombo, A Buenos Ayres. Édition originale, hors commerce, tirage à 100 exemplaires numèrotés.    También fue reimpreso en El Testimonio, págs. 117-130.

            1941 –LA VIDA DE SAN JOSÉ, Ediciones San Rafael, Buenos Aires 1941, 88 págs., 20 x 15 cms.

            Este libro se acabó de imprimir en Buenos Aires en casa de D. Francisco A. Colombo el día XX de diciembre del año MCMXLI, Laus Deo. 

            Conferencias pronunciadas en la Fraternidad de la Asunción el 9 de junio de 1940.

                       1947 –EL TESTIMONIO, Ediciones San Rafael, Buenos Aires, 316 págs., 20 x 13 cms.

            Se terminó de imprimir el treinta de mayo de mil novecientos cuarenta y siete, en los talleres gráficos de la Cía. Impresora Argentina.

            Lo distribuyó el Grupo de Editoriales Católicas, Viamonte 525. En la página 315 se anuncia el libroInter convivas, que Dimas Antuña dejó inconcluso.

            El 1º de junio de 1947 firma Dimas Antuña su prólogo al Volumen de Homenaje (un libro, que como su género se ha hecho raro entre nosotros) que bajo el título Discursos y Semblanzas dedica al canónigo de la Catedral de Montevideo Luis Roberto de Santiago una comisión de notables de la que Dimas forma parte como vocal.

            El volumen se terminó se imprimir el 5 de diciembre de 1947 en Montevideo. El prólogo de Antuña ofrece en 21 páginas (pp. 9-28) una introducción y presentación de la persona y de las piezas oratorias pronunciadas en diferentes ocasiones. Por su valor biográfico, por los datos y anécdotas, es una pieza que interesará al historiador, al igual que el volumen al que introduce. Pero además, y aunque se abstiene de analizar detenidamente el valor de los escritos que pretende salvar del olvido, trasunta multitud de aspectos del pensamiento de Antuña, que deberá tener en cuenta quien aspire a estudiarlo con más detalle.

B) Colaboraciones en Diarios y Revistas

            Dimas Antuña presentó poesías, prosa poética y artículos de diversa magnitud en La Nación de Buenos Aires y en El Bien Público de Montevideo. En este último colaboró principalmente entre 1921-1928.

            Colaboró con mayor o menor asiduidad en otros periódicos y revistas de la Argentina: Signo, Sur, Número, Itinerarium y quizás en otras que nos son desconocidas. Lo que él consideró mejor de esas páginas dispersas lo reimprimió en El Testimonio.

            En la revista Sur dirigida por Victoria Ocampo hizo una única incursión con su poesía Treno (republicada en El Testimonio p. 210), que es un eco de su estadía en Lezica hacia 1942. Se disgustó con la directora de la revista pues inconsultamente se permitió corregirle una palabra, imprimiendo humanapor buena.

            En la revista Número, en cambio, colaboró asiduamente en todos los números con prosas poéticas breves, poesías y algunos artículos. Buena parte de estas colaboraciones las imprimió en El Testimonio. Señalamos aquí sólo las que no fueron reimpresas, que sepamos, ya que no nos ha sido posible compulsar los textos, y es posible que haya habido cambio de títulos en los trabajos reimpresos.

Nº 1, Enero de 1930, p.3: El coro.

Nº 3, Marzo, p.24: “La Palma y el Cedro, (Introito de la Misa de San José                                     

            del 19 de Marzo)” (poesía).

Nº 7, Julio, p. 63-64: “Ave María” (artículo).

Nº 8, Agosto, p. 75: “Silencio” (poesía).

Nº 12, Diciembre, p. 120: “El Nacimiento” (poesía).

Nº 13, Enero 1931, p. 8: Comentario de Rodolfo Martínez Espinosa sobre  el libro “ El que Crece”.

Nº 15, Marzo, p. 18-19 “Fiestas de la Cruz” (artículo).

Nº 18-19, Julio, p. 46: “ Misterio de la Inmaculada”  (poesía).

Nº 20 Agosto: “Carta a un escultor” (Sobre las imágenes de San José).

Nº 21-22, Octubre, p. 73: Tres misterios del Señor San José: Presentación - Huida – Niño perdido”

Nº 23-24, Diciembre, p. 82-83: “Cáliz” (artículo, con ilustración de Juan Antonio)

            En la revista ITINERARIUM, Revista Franciscana bimestral publicada por la Provincia argentina de la Orden hay varias colaboraciones suyas. La revista comenzó a publicarse entre abril-mayo de 1945 y cesó con el número 13 hacia enero-marzo de 1949. Hay colaboraciones de Dimas Antuña en los números del uno al cuatro (de abril-mayo de 1945 hasta enero –febrero de 1946). Los cuatro trabajos se publican bajo el título común: La liturgia y el ciego y se distinguen por los cuatro subtítulos: 1) Introito; 2) Kyries,Gloria y Dominus vobiscum; 3) Colecta; 4) Entrada y Reunión. En el número 5-6 aparece la Oda a un Acólito dedicada a Guillermo Basombrío, que puede verse reimpresa en El Testimonio  (p. 178 ss). Los cuatro trabajos sobre la liturgia de la Misa son sin duda capítulos de su obra Inter convivas que como dijimos quedó incompleta e inédita.

C) Inéditos

            Debemos a la deferencia de la Sra. Viuda de Antuña, María Angélica Valla de Antuña, que nos dio acceso a parte del archivo familiar algunos datos que nos parece interesante consignar acerca de la correspondencia y conferencias o trabajos aún inéditos. Entre las relaciones con personajes importantes que trató en Bs. As. Se cuentan Garrigou-Lagrange, Maritain y Bernanos, con el que mantuvo más tarde correspondencia y que le envió uno de sus libros dedicado.  

            Están inéditas aún la mayoría de sus conferencias dictadas en Córdoba, Salta, Brasil y Montevideo sobre la Liturgia de la Misa y que son fragmentos del libro Inter convivas. Entre ellas El Canto del Evangelio pronunciada el 20 de octubre de 1948 en la casa de la Tercera Orden Franciscana (Bs. As.).

            Existe una conferencia inédita sobre El Sacerdocio escrita para celebrar un aniversario sacerdotal, del P. Edmundo Vannini. Con Motivo del Año Santo de 1950, pronunció una conferencia sobre El carácterPeregrinal de la Iglesia organizada por Amigos del Libro, Buenos Aires, el 11 de mayo de dicho año. También en 1950, el 27 de agosto y el 27 de setiembre de propaló por el SODRE su conferencia sobreMontevideo, que es la única de carácter no religioso.

            Se han publicado en Gladius varias de sus conferencias[24]

4.__RETRATO HABLADO

            Hemos recogido de la Hermana benedictina Rosa Fernández Alonso que lo conoció en el fecundo decenio del 40, esta semblanza de Dimas Antuña. Compulsada con numerosos testimonios y opiniones, juzgamos que lo dibuja fielmente.

            “Lo conocí en 1943 o 1944 y lo traté con bastante frecuencia hasta 1948. Era de estatura mediana, más bien delgado, de cabello negro –entonces ya algo canoso- de tez más bien morena. Su salud frágil había sido la causa de una estadía en Colón en 1942 y también, según creo, de su jubilación.

            Lo que más me impresionaba en él era su constante actitud de hombre de oración. Leía y más que leía estudiaba cuidadosamente, publicaciones sobre las diversas disciplinas sagradas: exégesis, liturgia, teología. Esta manera suya de profundizar en su fe por un estudio serio se puede ver no sólo por lo rico de su pensamiento, sino a través de los libros usados por él, cuidadosamente subrayados y anotados.

            Su misma conversación estaba como protegida por un silencio: no se perdía en temas banales ni se refería a su persona y a su vida. Su palabra fluía lenta pero en períodos claros y rítmicos.

            De sus escritos conozco lo que está publicado. Por el año 45 me leyó varios poemas, entonces inéditos, pero luego publicados en El Testimonio.

            Me inclino a creer que Dimas corregía minuciosamente sus trabajos, ya que como dije antes, su pensamiento fluía con suma precisión en los conceptos y equilibrio rítmico en la expresión. Nada hace pensar que hubiese en él el menor afán de preciosismo. Algo de esto se trasluce en el Prólogo de El Testimonio ( ver pág. 9).Pero la belleza y hondura que se encuentran en sus escritos –trabajados o no- muestran al hombre cuya pasión era la contemplación, al esteta de finísima sensibilidad, al silencioso que todo lo hacía con sencillez y nunca con descuido.

            Esto último tuve ocasión de apreciarlo desde otros ángulos. Uno de ellos: el cuidado con que estudiaba la diagramación de sus trabajos cuando se pasaban a máquina antes de una conferencia o en vistas a su publicación. En lo publicado y que yo conozco, donde mejor se aprecia este aspecto es en su libro La vida de San José. Dedicó atento cuidado a la preparación de los originales de El Testimonio. En ellos pude apreciar la belleza de una distribución equilibrada del texto. Al pasar a la imprenta, la necesidad de no hacer muy costosa la edición obligó a achicar la letra  y a suprimir muchos espacios blancos.

            Otro recuerdo vinculado a su sencillez en la que no se mezclaba el descuido, es el de los momentos en que leía sus escritos, ya en privado, ya para algún grupo. Los lugares en los que se le invitaba en Montevideo, con cierta frecuencia eran El Apostolado litúrgico del Uruguay y uno sin nombre oficial y sin sede propia,


[24]Véase la nota 2

formado por personas a las que atraía la espiritualidad benedictina. Al comenzar Dimas a leer –poesía o prosa- su figura parecía entrar en la penumbra y su voz clara, suave y armoniosa ocupaba ella sola toda la atención. Esto, unido al ritmo de que ya he hablado, hacía que su pensamiento penetrase en quienes le escuchábamos  no sólo como conceptos dirigidos a la inteligencia sino como algo, que creando una profunda atmósfera de silencio y aquietando los sentidos, nos envolvía y ayudaba notablemente a gustar lo que exponía y que se refería siempre de algún modo a las maravillas de Dios manifestadas en la naturaleza o donde quiera que se revelara.

            Dimas fue un alma intensamente eucarística. Cuando vivía a la vuelta del Santuario de Lourdes que regían los Padres Palottinos él solía ir a esa iglesia a rezar. Yo trabajaba en ese entonces con el Padre Agustín Born en el Apostolado Litúrgico y me cruzaba a su casa, encontrándome con Queca, como llamábamos a su esposa Angélica, si Dimas estaba todavía en la Iglesia, orando. En los encuentros con Dimas, él me dijo de su alegría al ver que Queca leía los Santos Padres y otros libros piadosos, sin necesidad de que él se lo aconsejara. Después cuando volví a verlo, vivía en el barrio Pocitos, cerca de la Parroquia por tener un sagrario cerca de su casa.

            Ignoro cuáles fueron las alternativas de su última enfermedad. Lo único que supe de él después de una última visita en 1966 fue que este varón silencioso entró definitivamente en la Plenitud de Dios el 24 de agosto de 1968.”

CONCLUSIÓN

            Para concluir quiero referirme a dos cosas, primero a la visión que tiene Dimas Antuña de sí mismo como autor y como creyente. Y en  segundo lugar, a su intuición profética y al fino diagnóstico del mal espiritual de muchos católicos rioplatenses de su tiempo, diagnóstico profético al que aludí antes y merece ser destacado, porque desde entonces no han cesado de agravarse esos males, y el diagnóstico de Dimas mantiene su actualidad profética.

           Dimas visto por Dimas, como autor y como cristiano

            Él se describe lúcidamente a sí mismo como autor en el prólogo a El Testimonio en estos términos: “Yo, pues, no soy un autor que entrega un libro. Soy un cristiano que entrega una palabra, o mejor, que la restituye a quienes por atención, por deseo, por pedido expreso alguna veces o por simple seducción de alto ejemplo y nobleza inolvidable de alma, otras, la han provocado y hecho nacer en mí. Y así esta palabra tiene todas las condiciones de nuestra amistad. Porque los amigos son nobles, ella es desinteresada; porque son inteligentes, no enseña y sólo indica o recuerda; porque estáis todos en Dios, es palabra gratuita; porque conocéis al Padre en el Hijo, es palabra filial. Confiada a las letras, no nace de la literatura[25]; entregada al mundo, el mundo no la puede entender. Atestigua como atestiguan las parábolas del Evangelio, que, según la definición de Alejandro (un niño de siete años a quien instruían en mi casa en la fe): Son una cosa que se dice y que después hay que adivinar. Y ya sabemos que los de afuera, obsesionados por los problemas y sin el menor deseo de recibir el misterio (por eso son de afuera) nunca adivinan”[26].


[25]En otro lugar del prólogo Dimas ha efundido su corazón al respecto: “Esa falta de calidad literaria explica también el fracaso invariable, y con algo muy parecido a una burla, que han tenido los intentos de publicar algunos de los trabajos breves de este libro en los grandes diarios de Buenos Aires, y el hecho, penoso para el autor, de que este libro no pueda editarse dentro de las vías ordinarias de la producción intelectual, y sólo se haga ahora, al margen y como por tolerancia del comercio de librerías, gracias al empeño generoso de algunos amigos” (El Testimonio, Prólogo, p. 17).

[26]T. Págs. 23-24

     “No es gran cosa en este mundo, como testigo, un ladrón, seguramente homicida y en cualquier caso una piltrafa que comienza por confesar su propio crimen y la justicia indiscutible de su condenación... Palabra de pobre. Palabra de condenado. Palabra de pecador. Palabra de contrito. La gloria de Cristo necesitaba de este testimonio (de Dimas), lo necesitaba la inocencia del Cordero inmolado, en ese momento. Lo pedían las tinieblas, el terremoto, el sol y la luna, ya sin luz; el velo roto, las piedras (que se partían) y, ¡ay de Dimas! Si Dimas no habla. En su confesión le iba el alma. Le iba (aunque esto parezca extraordinario) algo más que el perdón, algo mayor que el mismo paraíso. Le iba y nos iba el HOY y el CONMIGO, es decir, la certeza de que lo comenzado sería consumado, la prenda de su perseverancia, la seguridad de que moriría en su cruz, así fuera sin muerte de cruz y a golpes; y su gloria y nuestra gloria inefable... el saber que NADA, NUNCA, lo separaría, nos separaría , de Aquél que, en la igualdad desatinada del amor, de cruz a cruz y en un mismo suplicio, de cruz a cruz – en una misma agonía – nos oye”[27].

            Dimas se entiende a sí mismo según las puras coordenadas de la fe y de sus misterios, coordenadas trinitarias y paterno - filiales. La doxología con que termina su poemario Mon Brésil es elocuente de su experiencia trinitaria:

Gloire au Père qui nous accable

De cette richesse de dons;

Gloire à ce Fils, notre frère,

Qui es tout ce que nous avons:

Gloire à ce Feu, cet Amour,

Oû tout ce qui est devient Don:

Mon âme à même la source

A soif encore de cette eau...[28]

            Su extenso poema Pila de mi bautismo[29] muestra elocuentemente cómo Dimas se entiende también a sí mismo como hijo, semejante al Hijo:

1

Pila de mi bautismo,

Circunferencia y octógono,

Sepulcro de piedra y fuente


[27]T. Págs. 25-26

[28]Mon Brésil, está fechado en Río de Janeiro, en Julio de 1938. Esta cita está en El Testimonio en la p. 130.

[29]T. Págs. 259-283. Nuestra cita en p. 259

De la resurrección:

Aquí nos engendra el Verbo,

Aquí la Iglesia concibe.

Conforme al Pez, pececillos

Nacen del agua.

La corriente los gobierna,

El cristal los ilumina

Y un brote dentro de ellos, vena viva,

Los vuelve al Padre.

2

Nacen los hijos,

Nacen del agua.

Nacen del bautismo

Semejantes al Hijo.

Semejantes al Hijo

Los que nacen de esta agua

Han muerto y viven

Santo Sepulcro,

Aquí muere el hombre

Y se levanta Cristo.

   

Diagnóstico profético         

      En contraste con esta autocomprensión mística de su ser cristiano, definidas por sus relaciones con Cristo, con el Padre y el Espíritu, contraídas en el Bautismo, Dimas sintió dolorosamente y expresó proféticamente ¡en 1942! el mal consistente en la reducción moralista, naturalista de la vida cristiana a ‘ideología cristiana’, es decir a pura ética para ser vivida en la dimensión puramente intramundana. Crisis latente entonces que estallaría en la maligna crisis politizadora de las décadas del sesenta y setenta pero que, aunque cambiando de piel, no cesa de llegar reptando hasta hoy.

     

      “Cuando se apaga esa lámpara – diagnostica Dimas - que significan las virtudes teologales, lo terrible es ver cómo el hombre bautizado, es decir, creado en Cristo para Dios, se organiza en sí mismo y empieza a construir su vida en la región de la desemejanza[30]. No puede destruir la Imagen y lleva además su sello, un carácter filial que es indeleble, pero, el pecho ungido para las obras de la fe se ensancha en alientos de la propia afirmación, y la espalda, que había de llevar el yugo de Cristo, toma sobre sí el peso político del mundo. Las acometidas de la soberbia y la voluntad de poder, el ‘yo’ y el imperio, endurecen otra vez el rostro con el contenido que vuelve de los tres ‘Renuncio’. Este hombre bautizado toma un puesto en el mundo y del mundo recibe su porte, su aire, su importancia y su honra. Tiene el oído atento (aunque no a la Palabra) y la nariz, grave, que se reserva. Si no anda en olor de suavidad mantiene en cambio, sagaz, la husma. Porque no se trata aquí de apostasías alocadas ni de vicios que degraden. ¡Dios sabe si tenemos todas las aprobaciones de la prudencia y si somos los hombres del momento, los hombres responsables!


[30]La desemejanza con el Padre, es decir, un cristianismo ¡no filial!   

   “El que se desentiende así de las virtudes teologales no tiene por qué ceder, por eso, en las virtudes morales y políticas. Estas virtudes son muchas, y duras, y saben entablar con lucidez su juego sin entrañas. Formaron el esplendor del mundo antiguo y aún pueden poner perfectamente de pie a un hombre en la Historia.

      “¿Y para qué, Señores, ha muerto Cristo en la Cruz? ¿Para esto el Verbo se hizo carne? ¿Para esto la vida de la Iglesia y su Autoridad, y su Jerarquía, comunican al mundo ese misterio que asombra a los ángeles de DIOS CON NOSOTROS?

      “Para que después del bautismo entre equilibrios y distingos vivamos como paganos, sin fe, sin esperanza, invocando tradiciones de hombres y con una estructura, un vocabulario, una especie de airón amenazante y hueco de pretendidas ‘ideas’ cristianas? No nos bastaba caer en el pecado y caemos en las virtudes. No nos bastaba la inmundicia y el desorden, y, para profanar la Encarnación de Cristo, hemos descubierto el orden. Creyentes sin fe, cristianos sin Cristo, Señores, ¿dónde está nuestro bautismo?”[31].

                                          



[31]Tomado del Discurso en honor de San Juan de la Cruz para celebrar el IV Centenario de su nacimiento, pronunciado por el autor en la sede de los Cursos de Cultura Católica de Buenos Aires, el día 9 de setiembre de 1942. El Testimonio, Páginas 134-163.El pasaje citado en las páginas 148-149


  

Horacio Terra Arocena

 UN ESPIRITU APOCALIPTICO
 EN EL CATOLICISMO URUGUAYO
 VIDA Y OBRA DE HORACIO TERRA AROCENA
 Horacio Bojorge S.J.

Conferencia pronunciada en el Club Católico de Montevideo el 26 de mayo de 1994, conmemorando el Centenario de su nacimiento.
Publicada como artículo en la revista Gladius (Buenos Aires) Año 18, Pascua de 2011, Nº 50, Págs. 135-154

Exordio
Queridos Amigos y Hermanos en la Fe:
Hablar en este hogar del pensamiento de los católicos uruguayos que es el Club Católico de Montevideo, es para mí, siempre, una experiencia espiritual, sobrecogedora y consoladora.
Sobrecogedora, por ocupar, no sin alguna confusión, una cátedra que ocuparon tantos católicos ilustres y beneméritos. Medir esa distancia, de la que soy muy consciente, me cohibiría, si no me confortara y consolara otro pensamiento, o otro sentimiento: el de la acogida de esta comunión católica de los vivos y difuntos, que me hace sentirme perteneciente a este único nosotros con hombres como Francisco Bauzá, Juan Zorrilla de San Martín, José Luis (Dimas) Antuña y tantos otros. Ellos fueron grandes a lo cristiano, no a lo mundano. No grandes en el culto de la propia excelencia, sino que se agigantaron en servicio de Cristo y de la Iglesia. Grandes en el amor a los pequeños.
Mi pertenencia gratuita a ese nosotros de la gran familia eclesial, se me hace particularmente concreta y perceptible en este ambiente del Club Católico, casa solariega de nuestro catolicismo uruguayo.

Recordación de Horacio Terra Arocena
Nos reúne hoy la recordación de Don Horacio Terra Arocena en el centenario de su nacimiento, un 6 de mayo de 1984, día que era el tercer aniversario del nacimiento para el cielo del Venerable Monseñor Jacinto Vera.
Quizás muchos de los aquí presentes lo hayan conocido más a fondo y lo hayan tratado más prolongada y asiduamente que yo; y tendrían, por eso mismo, muchas más cosas que contar y recordar, para hacer justicia a su memoria y para reconocer el don de Dios que fue para nuestra comunión eclesial uruguaya.
No es difícil que así sea, porque yo lo vi y conversé con él una sola vez en mi vida. Y a la recordación de esa visita, de sus motivos y de sus circunstancias, se ceñirá mi recordación de hoy.
Sería, en efecto, atrevimiento y temeridad de mi parte, pretender hacer plena justicia a la figura multifacética de este Arquitecto que fue, además, docente, periodista, diputado, senador, estadista, escritor.
Me limito a resumir aquí su curriculum vitae.

Semblanza biográfica
Horacio Terra Arocena nació en Montevideo el 6 de mayo de 1885 [ ]. Se recibió de arquitecto en 1918 y ejerció su profesión hasta 1966. De su matrimonio con Da. Margarita Gallinal tuvo siete hijos y numerosos nietos [ ].
1) Su actividad docente la ejerció durante 24 años, desde 1918 hasta 1942, como profesor de la cátedra de Estática Gráfica en la Facultad de Arquitectura. Fue miembro del Consejo de la Facultad durante tres períodos. Participó en el intercambio de profesores con la Universidad del Litoral (Rosario, República Argentina) en 1941. Enseñó también, aunque durante menos tiempo, en Enseñanza Secundaria. Fue allí profesor de Filosofía en los cursos del Segundo Ciclo de Secundaria, conocidos como Preparatorios (a la Universidad) de 1939 a 1942, y de Cultura Moral en el primer ciclo de Secundaria en 1937 y 1938.
2) Su actividad como hombre público puede resumirse en cuatro facetas: a) el periodista, como co-director del diario católico El Bien Público en el quinquenio 1932-1937 y como director de la revista Tribuna Católica durante dos períodos;
b) el político, como militante en la Unión Cívica;
c) el estadista, como diputado por su partido desde 1942 a 1955 y como Senador en 1958; son veinte años de servicios parlamentarios;
d) el técnico, al servicio del bien común, como presidente del Instituto Nacional de Viviendas Económicas (INVE) en el quinquenio 1967-1972.
3) Su actividad de escritor: Publicó varios folletos conteniendo conferencias o ensayos sobre Estética, sobre Libertad de Enseñanza y de Informes Parlamentarios. También publicó artículos y trabajos en diversas revistas y periódicos.
Son de destacar como trabajos mayores: su libro Integración en el Tiempo [ ] que fue premiado en la categoría Ensayos Estéticos y Literarios y contiene páginas de pensamiento filosófico, reflexiones de estética, páginas universitarias, posiciones de militancia y memorias de los que partieron.
Publicó luego El Planeta Arreit [ ], una utopía o novela de ciencia ficción. Con ocasión de este libro trabé conocimiento con él.
Dejó inédita una obra de teología titulada Prólogo a la Cantata de los Coros Angélicos. A estas dos últimas obras volveré a referirme más adelante.
4) Reconocimientos: El reconocimiento nacional e internacional como profesional y como hombre público y de Iglesia se reflejó en las siguientes distinciones y reconocimientos: fue Presidente del Congreso Internacional de Pax Romana celebrado en Montevideo en 1962; Caballero de la Orden de San Gregorio Magno; Miembro Académico de la Facultad de Arquitectura de Valparaíso, Chile; Socio Honorario de la Sociedad Central de Arquitectos de Buenos Aires.

Es obvio que, si quisiéramos rendir justo homenaje a esta personalidad multifacética, tendrían que evaluarla y ponderarla quienes lo conocieron como profesional, periodista, docente, estadista, técnico...

Lo mío será, por eso, mucho más modestamente, una recordación, una evocación. De ningún modo podré rendir el merecido honor a su memoria. Para eso debería estar aquí alguien con más títulos que yo. Pero no considero que sea poco lo que recibí de sus escritos y, a pesar de un trato personal exiguo y fugaz con este fiel prominente de nuestra Iglesia, directamente de él. Y es de eso, que para mí es mucho, de lo que quisiera poner algo en común con ustedes para evocar en familia su memoria.

Mi encuentro con Dn. Horacio Terra Arocena
Voy a recordar mi encuentro con Dn. Horacio Terra Arocena y en ese marco del recuerdo me referiré a tres escritos suyos: 1) su libro El Planeta Arreit, que motivó nuestro encuentro y un breve intercambio epistolar; 2) su inédita Carta a mis amigos católicos militantes, y por fin 3) su también inédito Prólogo a la Cantata de los Coros Angélicos.

De alguna manera, estos tres escritos sintetizan su cosmovisión o, como él prefiere decir: mundivisión. Su libro El Planeta Arreit habla de la Tierra y de la Ciudad de los Hombres; la Carta a mis amigos católicos militantes da una interpretación histórico-profética de la Iglesia postconciliar en el Mundo; el Prólogo a la Cantata de los Coros Angélicos habla del Cielo, de Dios y de sus Ángeles, reflejo creado de Dios-Trinidad en sus procesiones tanto internas como creacionales.
El Planeta Arreit es una utopía; la Carta a los amigos es una profecía, una visión teológica de la historia; el Prólogo a la Cantata de los Coros Angélicos es una theoria, o contemplación del misterio de Dios y de su creación invisible y visible, revelado a los hombres. Es por la conjunción de estos tres rasgos que definimos el espíritu apocalíptico de los autores bíblicos y por lo que afirmamos, seguramente para desconcierto de muchos, que nuestro Horacio Terra Arocena, es un espíritu apocalíptico dentro del catolicismo uruguayo.

Integración en el Tiempo
La búsqueda de la Unidad
Un aliento común anima a estas tres obras: la aspiración de conocerlo y abrazarlo todo en la unidad, sin sacrificar la diversidad. Es lo que dice el título de su primer libro Integración en el tiempo, al que no nos podemos referir aquí sino circunstancialmente, pero donde están expresados los núcleos fermentales de Horacio Terra Arocena como pensador católico. "Integración en el tiempo" dice, en efecto, el deseo de unir e integrarlo todo: Mundo, Iglesia y Dios. Pero por tener que darse "en el tiempo", que todo lo disgrega, esa integración debe lograrse con una argamasa de eternidad. Véase el pasaje de Integración en el tiempo titulado Ser y Unidad, de donde quiero extraer algunos pensamientos que son claves para entender a nuestro pensador:
"Lo que es en la dispersión y en la incoherencia, es incognoscible. Así como el yo es uno y coherente, es decir integrado con todo su contenido y su posesión y con todos los pasos sucesivos de su desarrollo en el tiempo, así es capaz él de reconocer la unidad de todo aquello que coordina en el ser, la multiplicidad, sin dispersión ni ruptura [...] Para un conocimiento infinito y perfecto, todo aparecería en el esplendor del Ser. Todo cuanto es, aparecería en una sola unidad asimilable, pero a la vez inmensamente rica y variada. Aparecería en la claridad de lo bello. Como por la capacidad de una sola visión [...] No chocan entre sí las clásicas definiciones de lo bello: "Esplendor de la unidad", "esplendor de la forma", "esplendor del ser", "esplendor de la verdad". Todas descubren el mismo secreto: lo que es, es bello objetivamente en la medida en que es, y para quien es capaz de ver en cada cosa la unidad armónica de todo cuanto es [cursivas nuestras], en cada una contempla el esplendor del Ser infinito. El Verbo mismo de Dios es el esplendor de su Ser: es su propia infinita Sabiduría [...] Está en la esencia del hombre tender a desenvolverse en el conocimiento de lo que es, y amarlo en la verdad ['Splendor Veritatis', dirá años después Juan Pablo II en su Encíclica]. Gozarlo también en la contemplación: con un gozo vital, dinámico y comunicativo que es vínculo social con los demás hombres. Pero la verdad y la forma esplenden aquí y allá trabajosamente en la condición del tiempo [...] no todo aparece bello a nuestros ojos, mezclados como están en la limitación del tiempo, el ser y la carencia. Pero de pronto surge la claridad deslumbradora de lo múltiple en el seno de lo uno [...] nos debatimos sobre este mundo en la multiplicidad y en la contradicción. Nuestro desarrollo está envuelto en la lucha por la unidad, por la asimilación del ser en el conocimiento [...] vislumbramos la Belleza infinita en la que puede contemplarse en la Unidad no sólo esta diversidad, enigmática todavía, del mundo Creado; sino la riqueza sin límites del Ser increado, uno y trino. Y en El todas las cosas" [ ].

Me he permitido esta algo extensa selección de citas, porque nos da un retrato intelectual y espiritual de nuestro pensador. Y porque es como el preludio intelectual de los tres escritos a los que voy a referirme.
Los escritos que voy a presentar, en efecto, se comprenden mejor teniendo en cuenta que en las obras de esta arquitecto, respira ese impulso, esa aspiración, tan católica y tan arquitectónica, de abrazarlo todo en la unidad, sin sacrificar la diversidad; y esa percepción estética de la Verdad del Ser, contemplada en su Unidad.
Es la misma intuición que dirige la Estética-Teológica y la Teodramática de Hans Urs von Balthasar. ¿Casualidad? Descartado el influjo, por imposible, pienso que simplemente se trata de un mismo aire de familia. Jugos que suben de las mismas raíces de la tradición católica, insinuaciones del Espíritu a los fieles de un mismo siglo.
A modo de hipótesis que me gustaría compulsase algún historiador, me pregunto si Horacio Terra Arocena no fue discípulo de Juan Zorrilla de San Martín, que, como es sabido, enseñó largos años Estética en la Universidad.
El afán de integración que gobierna la obra del Arquitecto, no es afán de integrismo, precisamente porque salvaguarda la totalidad y la diversidad a la vez. El integrismo consiste en cultivar la integridad de una parte, de un partido, perdiendo de vista el todo y a costa del bien común. La integridad es la aspiración católica [ ]. Y la hermosa totalidad se decía: kosmos. El de Terra es, en ese sentido, un espíritu arquitectónicamente católico, cosméticamente filosófico y teológico, como lo son el de San Agustín, el del Dante, el de Santo Tomas de Aquino y, a su manera, los de Santo Tomás Moro y G.K. Chesterton, de todos los cuales, Horacio Terra Arocena parece haber recibido el influjo. En los grandes y en los pequeños, desde Jesús hasta nosotros, el mismo aire de familia espiritual.
Por eso me aventuro a suponer que, si Horacio Terra Arocena no hubiera integrado en su vida la acción cívica con su servicio político y profesional, y si se hubiese dedicado exclusivamente a escribir y enseñar, habría podido dejar realizada una Summa Arquitectónica del saber, una Estética filosófico-teológica, que dejó sólo esbozada en aras, precisamente, de una mayor integración vital del pensamiento con la acción. El suyo fue un espíritu que aspiró a la unidad y la realizó realizándose a sí mismo en una hermosa historia de santidad personal.
Los tres escritos a que voy a referirme, bien podrían considerarse como fragmentos de esa Summa nunca escrita. Y por eso, para apreciarlos justamente, convenía anteponer esta algo extensa introducción contextualizadora.

El Planeta Arreit: una Utopía


Mi encuentro con el Planeta Arreit fue casual. Lo vi en una vidriera de una sucursal de la Librería Barreiro, en el Paso Molino. Lo compré y empecé a leerlo. La obra me llamó poderosamente la atención. Al tiempo, la vi anunciada en el suplemento del diario El Día [ ], como novedad, por una nota brevísima. Por lo demás, silencio. Me dolió que se espesara alrededor de una obra y de un autor que merecían atención, el mismo silencio de la ignorancia, culpable o fingida que caía sobre todo lo que no se alineaba en la consignática político-religiosa o religioso-política del momento. En medio del ninguneo general que aún no me había alcanzado del todo a mí, me decidí a hablar. Tras golpear varias puertas en vano, logré que se publicara mi reseña en el órgano de la Iglesia uruguaya Vida Pastoral [ ], gracias a la acogida que generosamente le daba en ella a mis escritos su director el Pbro. Dr. Gregorio Ribero Ithurralde.
Inserto aquí esa reseña, aparecida con el título: Astronauta Uruguayo, porque sigo encontrándola una buena presentación de la obra.

Nos llegó la Utopía


"Este libro - nos dice su autor - no es una novela ni un ensayo" ¿Qué es? Es Utopía, envuelta en un ropaje de ciencia-ficción. Género exótico para el público lector uruguayo. Este libro del compatriota, urbanista y arquitecto, llegado a la libertad de la madurez, cautiva y hace pensar. Toma distancia de la Tierra para verla mejor. Se traslada a otro mundo para darnos la perspectiva del nuestro; busca "un cambio radical de perspectiva para contemplar el mundo".
Por primera vez - que sepamos - en los anales de la literatura uruguaya nos visita este género. Y lo hace en una obra de profundo aliento humano, que integra nuestro ser nacional y nuestra coyuntura temporal en una arquitectura universalista.
"Debo comunicar a Uds. que existe otro planeta [= Arreit] en un recorrido orbital que se confunde con el de la Tierra; pero situado al lado opuesto, con respecto al Sol. Invisible desde nuestra posición terrena, e inalcanzable por las trasmisiones, a causa del Sol mismo"
Tres astronautas vuelven a la tierra con esta noticia, tras haber convivido con los habitantes humanos del planeta Arreit. De sus informes se desprende una comparación de aquella sociedad planetaria - en la cual han experimentado hace quinientos años las situaciones que hoy se están dando en el gemelo planeta Tierra - con nuestra sociedad terrena tal como hoy es.

Moro, Chesterton y Yo


Esta es la ingeniosa trama argumental de esta utopía uruguaya. La dedicatoria del libro a Tomás Moro, el mártir (1478-1535) y autor de Utopía; y una referencia en el prólogo a Gilbert K. Chesterton, el humorista católico inglés (1874-1936) y en particular a su obra El Hombre que fue Jueves, ubican espiritualmente la actitud de Terra Arocena en relación con las coordenadas de la seriedad del testigo, por un lado, y la cordura del humorista por el otro. Los que miramos el teatro del mundo solemos inclinarnos al extremo de sobre dramatizar o al de banalizar las situaciones. No es sabiduría frecuente la de sortear las simplificaciones que se crispan en el todo o nada, en la presunción o la desesperación, en la temeridad o la cobardía, en la agitación o la inercia, en el dogmatismo o el nihilismo. Hacerlo y conservar el buen humor, como Tomás Moro bromeando caritativamente con el verdugo para aliviarle el trance amargo, es ya la elegancia del sabio, que por sabiduría elige el martirio.

Proyectista de un mundo


Terra Arocena, nacido en 1894, tiene seis años más que nuestro siglo. No teme llamarse viejo y reconocer que, retirado de las luchas de la vida pública, ya no actúa sobre la superficie de la tierra, donde otras generaciones han tomado la posta de la acción y se agitan en la trepidación pasional de los caminos, salvando obstáculos y reconociendo encrucijadas [ ]. Pero desde su edad, como desde una órbita espacial privilegiada en la que disfruta de ingravidez y de silencio, se siente libre. Su edad le ofrece la oportunidad de desarrollar una reflexión personalísima, liberada de coacciones vecinales y de normas gregarias, de opciones partidarias y de prejuicios fanáticos. Desde su perspectiva cósmica, los obstáculos geográficos del mapamundi social, obstáculos que parecen insuperables y divisorios al que pisa la tierra de la acción inmediata, pierden entidad de barreras insalvables. Su órbita, afectuosamente aceptada y asumida, abre las de sus ojos interiores para la imaginación. Imaginación literaria en primer lugar, pero también imaginación creadora para todas las dimensiones de la vida humana, individual y colectiva. El Arquitecto crece, por este ejercicio de imaginación, a la dimensión de Proyectista, no ya de una casa, sino de una ciudad y de un mundo entero. Es la ciudad humana en su integridad: desde el diseño urbano hasta la raíz funcional - hundida en el alma del hombre como ser que habita [ ]- la que debe gobernar su plasmación geométrica. Desde su órbita, el proyectista Terra Arocena, acomete alegremente [ ] la tarea de soñar y dibujar la Humanidad futura, tal como podría ser, libre de las ataduras de sus errores. Con minucia amorosa, sueña una casa para la Humanidad y puebla su edificio con una familia humana. No escapa a su atención ni el ornamento vegetal, ni el animal doméstico. Robinson de un naufragio de guerras atómicas, la Humanidad del planeta Arreit le da ocasión a Terra Arocena para ofrecernos - como un nuevo De Foe y superando al maestro de nuestra imaginación infantil - el deleite de un gigantesco inventario. La alimentación, el mobiliario, la división del día y del calendario - donde Terra Arocena se detiene con el deleite del Hombre que calculaba -; los efectos que se siguen en Arreit de la carencia de un satélite como la luna, forman la trama amena, llena de sorpresas, de este viaje orbital.

Cuando la Tierra va, Arreit está de vuelta...


Este sería un subtítulo apropiado que Terra Arocena bien podría haber dado a su libro. El mundo soñado por el autor está poblado por hombres que han vivido los mismos problemas en los que hoy vive y se debate el hombre sobre la Tierra. Los tres astronautas terrenos: un inglés, un francés y un alemán de origen y educación pero uruguayo de nacimiento, confrontan sus experiencias en vivaces diálogos con sus huéspedes arreitianos. En Arreit se recuerdan como victorias históricas: la superación de los nacionalismos (pues vive en un estado de dimensión planetaria, que respeta sin embargo las autonomías locales); la superación de problemas como el control de la población; la emancipación de la mujer; la distribución de los bienes y servicios; los abusos del poder económico... Otros temas que no escapan a la perspicacia del autor, lo muestran estadista experto, pensador profundo y ameno, un verdadero filósofo de la cultura, capaz de disertar sin divagaciones sobre educación, deportes, arte, astronomía y derecho.

Más Profecías que Memorias


A la edad del autor, los grandes hombres interpelan al mundo dedicándose a escribir sus Memorias. Sus despedidas son legados en los que se combina el pasado con la autobiografía y el autorretrato, y que pueden ubicarse a media distancia entre el epitafio y el monumento póstumo. Las Memorias miran hacia atrás y hacia lo que vivieron. Nada semejante en el libro de Terra Arocena. Todo lo que nos dice de sí mismo se agota en las solapas y en el prólogo: breve notas biográficas que nos recuerdan las - también breves -biografías de los profetas bíblicos. Y, si en algo traslucen sus recuerdos, es sólo - transpolados - en una mirada profética, estructuradora del futuro, en la que se mantiene vivo y se agiganta un fuego de interés por el mundo y todo lo humano, en que el autor logra decirse con la superior nobleza de los que no aspiran a decirse a sí mismos.
Sello de superior genialidad que obtiene - por añadidura - también aquellas cosas que no busca, esta obra refleja un desapego altruista no fingido, una cualidad literaria lograda sin buscarla, y una espontaneidad de niño que juega, en el desborde lúdico de quien, sin asustarse, se reconoce viejo y aprovecha las ventajas de serlo.

La patria espiritual de los profetas


Terra Arocena nombra a Moro y a Chesterton. Son sólo dos nombres de una tradición espiritual que hunde sus raíces muy hondo en la cultura. En el fondo, muy en el fondo, Arreit se alimenta de jugos juaninos y agustinianos. Sin saltos al pasado, sin copiar modelos, reproduce los rasgos y despide el aroma de viejos arquetipos: la Jerusalén celestial y la Ciudad de Dios. Sabores de sueños de consuelo para épocas que tenían en la boca el sabor salado de las lágrimas. Las grandes utopías cristianas fueron concebidas así: del connubio entre las catástrofes históricas y la esperanza del creyente. La Jerusalén celestial del Apocalipsis le sueña un Juan prisionero en Patmos, víctima él también de la convulsión anticristiana del Imperio, desatada tras el infausto incendio de Roma. La Ciudad de Dios, la escribe el Agustín de Hipona como reacción a la irrupción y saqueo de Roma, cuando la ola de barbarie amenazaba con barrer los restos del Imperio romano y de su civilización. En aquellas angustiosas calamidades públicas, un coro de voces se alzaba para recriminar a los cristianos y hacerlos responsables de los males del Imperio. Calumniosa manía, también arquetípica, y destinada a rebrotar mil veces a lo largo de la historia. Acusación absurda y sin embargo cautivante, no desprovista de seducción hipnótica hasta para los mismos incriminados. Las utopías fueron la respuesta del pensamiento cristiano a las falaces acusaciones históricas, a la vez que consuelo y robustecimiento de los creyentes claudicantes, acobardados por la hostilidad externa y por la incertidumbre interior.
Calamidad histórica y esperanza cristiana; emplazamiento y autodefensa; he ahí el marco en que el género de la utopía, como subgénero de la apocalíptica, encuentra medio propicio para germinar y florecer. Ese género desdramatizador de catástrofes, que mantiene la fe en un futuro entre gentes que sólo ven llegar el fin, nos disuade de ritualizar el exorcismo de los males matando chivos emisarios, sino abriendo los ojos para entrever el remedio. Con ese género está emparentado - nos parece - este libro "didáctico" del sabio compatriota.
La serenidad tiene futuro
Hay obras que se popularizan por la exasperación de un rasgo, por algún nuevo grito, más raro o más estridente, por la caricatura o la sobreacentuación de situaciones. La fabricación de los best-seller sabe bien qué dosificación de ingredientes: dinero, sexo, violencia, éxito fácil, etc. se necesita para lograr una obra "salidora". La política comercial de las editoriales se beneficia con el éxito de fuego de artificio, rápido y deslumbrante, aún a costa de la fugacidad.
Pero aún si es difícil predecir el destino de este libro - "habent sua fata libelli" - compartimos la previsión que el autor aventura en su prólogo: es posible que este libro no sea de los de éxito inmediato, pero aunque ahora no haya muchos oídos capaces de escucharlo, mantendrá su interés para un futuro. Un futuro - en nuestra opinión - ya cercano.
Hasta aquí el texto de mi reseña en Vida Pastoral.

La respuesta de Horacio Terra Arocena
Esta reseña dio motivo a un breve intercambio de cartas y al poco tiempo a la visita, antes referida, del autor a nuestra casa del Prado. Al poco tiempo de publicada la reseña, recibí la siguiente carta del autor:

Montevideo, Marzo 18 de 1978
R.P. Horacio Bojorge S.J.
Estimado Padre:
Manos amigas me han hecho llegar en estos días, un ejemplar de "Vida Pastoral" (Nov-Dic de 1977).
Con sorpresa y con agradecimiento, leo en él una cuidada nota bibliográfica sobre mi libro "El Planeta Arreit", firmada por Ud.
Sorpresa - digo - porque, efectivamente, escribí para algún desconocido, alejado en el tiempo futuro, como quien deja un testimonio de los anhelos y esperanzas de un viejo de este tiempo; sabiendo bien que, a pesar de su "pacotilla" de novela, tendría la obra pocos interesados en estas horas de profunda crisis [cursivas mías]; en este "tournant de l'Histoire", que dirían los franceses. Y por lo mismo, yo vi a mi planeta deslizarse en el silencio...
Y agradecimiento, por su paciencia en leer entero un libro que yo sé pesado, y que muchos lectores abandonaron en las primeras etapas. Pero sobre todo, por la generosidad de dedicarle un comentario con su firma: un comentario en el que incluye juicios de una generosidad tal que me confunden.
Mil gracias, pues, y cuénteme a sus órdenes como servidor y amigo.
Lo saluda cordialmente [Fdo:] Horacio Terra Arocena

Yo, a mi vez, me sentí movido a responder esta amable carta con la siguiente, de fecha 27 de marzo de 1978:

Sr. Arqto. Horacio Terra Arocena


Muy amado de mi Señor y mío:
Acuso recibo de su atenta del 18 de este mes. Me llega hoy, lunes de Pascua, y aunque no es carta que pida respuesta pienso que tampoco es de las que la excluye. Por lo menos una breve, para decirle que me ha llegado. Y quizás también para reiterarle aquí las gracias por su libro, que veo como un regalo del Señor para nuestra Iglesia y signo de su predilección por Ud. para haberle elegido como canal de esa gracia. Y como los que Dios distingue han de ser distinguidos por mí... ahí van algunas líneas más.
Deseo ante todo que haya sabido y podido decelar algunas faltas del linotipista, aquí y allá, que me hacen decir lo que no dije.
Creo que su libro es de lo más grande y sustancial que hayan producido últimamente nuestras exangües letras católicas. Sin agraviar a los que pueda haber y yo ignoro. O a los que debe haber sin duda inéditos. Señalarlo, sobre todo viendo que el silencio de otros más cualificados amenazaba ser definitivo, me pareció necesidad de justicia. Envié la nota a La Mañana, unos meses después de que el Suplemento de Huecograbado de El Día (!) señaló la obra. Tras aguardar en vano, la dí al P. Gregorio Ribero, que la publicó inmediatamente. A él las gracias también, por lo tanto.
No sólo lo considero grande y sustancial, sino también - y por eso me extraña el silencio - sumamente testimonial, por no decir comprometido [ ]. En medio de su estilo fantástico es lo más realístico que haya producido El Laicado pronunciándose sobre las Realidades temporales. Pero quizás no sea lástima sino suerte que haya escapado a la atención y a los honores de los que gritan.
En cuanto a que sea pesado de leer, es juicio relativo y puede volverse en honor de la obra según se considere el hombre al que le resulte pesado. Por otra parte, ni las Confesiones, ni la Ciudad de Dios, ni la Utopía, ni siquiera el amenísimo Chesterton se lee sin un cierto esfuerzo. Leer pudo ser fácil, a fuerza de hábito y prebendas que la sociedad de otros tiempos concedía a lectores y lecturas. Hoy no lo es más. Con la mano sobre el corazón me digo que el admirado Don Quijote no me ha entregado sus deleites sin una buena dosis de ascesis.
Quizás haya que revisar la convicción - y ver si no es superchería mítica - de que un buen libro es aquél que todos leen con agrado. Quizás sea más cierto que el buen libro es el que tiene algo bueno que decir, al que se toma el trabajo de escucharlo. Ni más ni menos que el buen maestro, corrijo: Maestro.
El suyo me parece un libro que pueden leer con provecho los inteligentes. Y pienso sobre todo en los no creyentes de nuestra patria. Quizás su libro no le ha sido dado a nuestra Iglesia para convertir multitudes... pero sería bastante que lograra desmontar a un buen Pablo criollo, para hacerse digno de mención en el Libro de la Vida. Como el Ananías de Damasco. En las cosas de Dios, hace más la piedrita lanzada con tino por el pastor David, que toda la impedimenta del ejército de Israel. Y su libro está pulido como guijarro del torrente. Sólo las aguas de una vida cristiana como la suya son capaces de rodar un canto de esos. Queda en las manos y en la honda del Hijo de David, elegir el blanco y hacer puntería donde el Padre quiera.
Pero de eso podremos hablar un día, cuando - por la divina misericordia - nos encontremos juntos en la Patria, contemplando el misterio de los designios providenciales del que nos amó. Sea pues hasta que el Señor nos depare un encuentro, sea aquí, sea Allá. En unión de fe y oraciones [Fdo:] Horacio Bojorge S.J.

No pensaba yo, al concluir mi carta aludiendo a un encuentro, que éste fuera a darse tan pronto y en este mundo. Pero así fue. Poco después, y a pesar de sus años y achaques, le significara ostensiblemente esfuerzo y sacrificio aquel desplazamiento hasta nuestra vieja casona de Ejercicios en la calle Caiguá (hoy Carlos Vaz Ferreira), en el barrio Atahualpa, se costeó personalmente a conocerme y visitarme. El tiempo me ha borrado los detalles del contenido de la entrevista, pero no la impresión que me produjo aquel hombre esa única vez que lo vi en mi vida: grande y humilde a la vez, típica estampa de la grandeza humana, de la hermosura humana a la que da lugar la santidad católica.
En esa entrevista, que tuvo lugar en abril del 78, me obsequió un ejemplar dedicado de su libro Integración en el Tiempo.

Carta a mis amigos católicos militantes

No sé si durante esa misma entrevista o, como me inclino a creer, después, por correo, recibí el segundo escrito a que quería hacer más detallada referencia en esta recordación: la Carta a mis amigos católicos militantes. Se trata de ocho páginas formato oficio, mimeografiadas, encabezadas a mano: "Al R.P. Horacio Bojorge, con carácter informativo de su amigo affmo. Horacio Terra Arocena". Entre paréntesis, luego del título, agregó "(laicos)". Y debajo del título se lee la advertencia, perteneciente al mismo texto original mimeografiado: "Personal para c/u." "No publicable".
Esta carta se presente como "una confidencia vespertina" y como "reflexiones sugeridas por los silencios que rodean mi vejez, mientras la vida de la acción se aleja de mí". La carta, desgraciadamente, no lleva fecha.

La Apostasía de Occidente


Esta Carta a mis amigos católicos militantes (laicos) es un escrito profético, si entendemos el género profético como la interpretación creyente de la historia. La tesis del escrito se enuncia inmediatamente:

"Afirmo como un hecho la Apostasía de la civilización occidental, aun hoy llamada 'civilización cristiana'. Es un proceso de siglos, lento, pero permanentemente corrosivo, que abarca todos los campos. Los teóricos: filosóficos, sociológicos, jurídicos y científicos; y los prácticos: estructuras sociales como la familia y la escuela; y con ellos, el libro, la revista, el espectáculo, las costumbres, las modas... y también las estructuras políticas: el derecho y la fuerza, la ley y la subversión, el respeto a la fama del adversario, a su integridad física o psíquica y a su vida..."

La descripción del fenómeno y su delimitación continúa a lo largo de tres páginas y luego se plantea la pregunta acerca de las consecuencias de este hecho. Primero en la Civilización misma y su destino y después en la Iglesia y en la actitud de los cristianos.
Las consecuencias, para una civilización apóstata, de apartarse del evangelio que conoció, se describen en dos páginas que terminan con esta frase que, de alguna manera, las resume:
"...la civilización materialista que mueve a la sensualidad y el orgullo no podrá alcanzar nunca una verdadera socialidad de personas libres. Fracasará: hará una colectividad forzada, apoyada en la ignorancia de los derechos y de los valores humanos. O ella misma sucumbirá en la anarquía y la barbarie".

¿Cómo se ubica el cristiano en este marco histórico de la civilización apóstata? "Vivimos para la Iglesia la etapa histórica de las herejías sociales" - dice Terra - a las que responden las grandes encíclicas sociales desde León XIII. La respuesta del Concilio Vaticano II a esta situación ha consistido, según Terra, en acentuar la capacidad de la Iglesia Universal para vivir en medio de los pueblos y culturas, en medio de la heterogeneidad religiosa y aún de la hostilidad, y para actuar sobre las culturas del mundo planetizado, con espíritu de servicio, mediante los principios evangélicos. Ni encerrarse a la defensiva ni instalarse en el conflicto, sino asumir la actitud de servicio comprensivo, arma suprema de la Caridad. Terra termina su carta delineando la actitud militante que enseña el Concilio, señalándonos un camino de independencia y de servicio ante el mundo. Ante la enseñanza del Concilio, empero:
"unos ven un ceder terreno ante el adversario; otros, exagerando más, una invitación a confundirse con sus prácticas y errores. Y éstos y aquéllos están equivocados, dan lugar también a reacciones equivocadas [...] importa mucho, me parece, depurarnos de estos errores y seguir las directivas claras y auténticas del Concilio - no las imaginarias -así como los repetidos esclarecimientos del Pontífice".

Lo que el Concilio ha hecho fue: "afirmar la vocación apostólica y la libertad de la Iglesia, cualesquiera sean las condiciones externas que la envuelvan. La libertad en suma, que no ha de aparecer confundida con ninguna bandería temporal [subrayados de Terra] [...] Todo esto implica un crecimiento espiritual colectivo y personal, y un desprendimiento de los fines terrenales, en los militantes".
Es una nueva actitud de los fieles, "caracterizados por la libertad de espíritu respecto de las ataduras de la civilización temporal. Pero, sobre todo, una fidelidad al mensaje Evangélico, sin ninguna suerte de mutilaciones complacientes con la presión del ambiente". Como se ve: "Es siempre una milicia, tanto más enérgica cuanto más difícil".
Y Terra termina su carta refutando como falsa la acusación de "ghetto", acuñada entre otros por el jesuita Juan Luis Segundo, que en sus días se arrojaba indiscriminadamente sobre el pasado del catolicismo uruguayo e injuriaba particularmente a su generación: "Tampoco fue un ghetto, la presencia de la Iglesia en medio de la crisis, desde un siglo a acá, como algunos por ignorancia lo afirman. La vivimos como una gran presencia militante, sin ánimo de ghetto ni de hostilidad humana".

Y así, la profecía histórica se corona con una cierta Apologia pro Vita Sua, defendiendo la verdad de la historia de la cual él había sido actor y gestor.

Al terminar esta presentación de la Carta a mis amigos católicos militantes (laicos), me auguro verla pronto publicada. Nada obsta ya para su publicación póstuma. El "No publicable" que la encabeza y que a mi juicio debe interpretarse como un embargo transitorio y que ha cesado con la muerte de su autor, quien, a través de sus amigos, quiso precisamente entregarla y no sustraerla a la historia.

Prólogo a La Cantata de los Coros Angélicos
Quiero por fin referirme a la obra inédita: Prólogo a la Cantata de los Coros Angélicos.
El manuscrito de esta obra, hoy aún inédita, se lo entregó Horacio Terra Arocena al padre jesuita Daniel Gil Zorrilla, hoy obispo de Salto Oriental, en 1977. Este hizo sacar tres copias a máquina y nos entregó una al P. Eduardo Rodríguez, que iba a fallecer en forma trágica poco después; otra al Pbro. Dr. Miguel Antonio Barriola que hoy vive en Córdoba y otra a mí: "Con la esperanza - decía - de que logren hacerse tiempo como para hojearla".
El Padre Gil había comprobado que las copias que había mandado hacer "están plagadas de errores de transcripción" y nos decía al entregarnos las copias: "tuve la idea de corregir las copias, confrontándolas con el original; pero me resultó imposible, y por eso he perdido tanto tiempo. Mejor reparto las copias tal cual están, si alguno quiere confrontar el original, está a su disposición, lo tengo en mi cuarto". La pregunta que el P. Gil nos hacía al final de su carta era ésta: "¿podría intentar publicar esta obra teológica de un laico reconocidamente fiel de nuestra Iglesia? Espero conversar más adelante con cada uno. Por ahora, dejando el tomo copiado de 240 páginas a máquina, veremos qué pasa con cada uno de los posibles lectores. ¡Hasta pronto!".
Lo que pasó fue que, siete años después, en noviembre de 1985, y siendo ya Monseñor Gil obispo de Tacuarembó, me encargué yo de colacionar una de las copias a máquina confrontándolas cuidadosamente con el original manuscrito y corrigiéndola como para la imprenta. Me quedaron por ubicar sólo algunas citas bíblicas y patrísticas de difícil identificación.
En 1992, pasados otros siete años, siendo ya Monseñor Gil obispo de Salto, saqué fotocopia de la copia a máquina corregida por mí, temiendo que pudiera perderse junto con el manuscrito y apostando a multiplicar las copias. Siempre consideré confidencial este asunto, por pura discreción cautelar de simple secretario en todo él, exceptuando algunas personas, familiares de Horacio Terra Arocena, como han sido su hija Margarita y su sobrino Aurelio Terra.
¿De qué trata este libro inédito?
Voy a limitarme aquí, ceñido por el tiempo, a reproducir unas notas de lectura que fui escribiendo mientras colacionaba el manuscrito con la copia mecanografiada.

Algunas facetas del autor y su obra


1?) Hay que subrayar que se trata de un laico, teólogo pero político a la vez y de un hombre entendido en Derechos Humanos. Esta obra apunta a un público que e desentiende de la teología como intrascendente por teórica, señalándole que ella está en el corazón de la realidad. Y señalándoselo con el ejemplo de un teólogo que era a su vez, como se suele decir: un laico comprometido con las realidades temporales.

Breve digresión sobre nuestros teólogos laicos
No puedo dejar de señalar aquí, de paso, un hecho que observo en la historia del catolicismo uruguayo y que me llena de agradecimiento y asombro. El catolicismo uruguayo ha sido bendecido particularmente con grandes teólogos laicos. Me aventuro a opinar que hay entre nosotros casi tantos o más teólogos laicos que clérigos. Porque si bien no hay que negar que tuvimos siempre obispos y sacerdotes teológicamente bien formados y conocedores de la teología católica, ha habido entre nosotros laicos numerosos que pensaron su fe y su situación en el mundo desde la fe -y esa es también teología y si se quiere eximia- con verdadera genialidad histórica y teológica.
En Francisco Bauzá tenemos un eximio historiador y apologista. En Juan Zorrilla de San Martín un teólogo de la historia, un profeta que explora el designio divino en el origen de nuestra raza, de nuestra patria, tanto en su origen como en su destino dentro del orden internacional. Sus obras: Tabaré, La Epopeya de Artigas, El Sermón de la Paz, son obras en las que hay una visión de fe pensada con profundidad y clarividencia, y expresada con poesía y una prosa vigorosa y sublime.
En José Luis (Dimas) Antuña, tenemos un mistagogo, enamorado de la liturgia, un teólogo de los símbolos sacros y de los sacramentos, un sabio intérprete del lenguaje de las imágenes sagradas.
Y podríamos seguir con una amplia enumeración de laicos que pensaron su fe y desde su fe: Hugo Antuña, Héctor Barbé, Ester de Cáceres, Vicente Cicalese, Mario Falcao Espalter, Gustavo Gallinal, Juana de Ibarbourou, Luis Lenguas, Miguel A. Rebello, Alberto Zum Felde. Muchos de ellos escribieron y publicaron. Pero, ya sea éditos pero olvidados ya sea inéditos, por lo general, sus trabajos no son objeto de la atención y el recuerdo que merecen. Hay en el catolicismo uruguayo un cierto estado de olvido o de distracción ante las gracias y los dones de Dios, que estos teólogos y pensadores laicos representan para nosotros como herencia intelectual. También en lo espiritual puede instalarse una mentalidad consumista que se comporta ante los bienes de Dios como ante bienes de consumo. La mentalidad del use y tire que se tiene ante los objetos, se extiende a las personas, como si ellas fueran también descartables o sin retorno. Hay ante la riqueza y la fertilidad de los carismas que Dios da a nuestra Iglesia, algunas veces, una actitud de latifundismo espiritual, que no cultiva ni hace rendir más y mejor los bienes recibidos. ¿Qué es sino latifundismo, tener sin publicar obras como ésta que he comenzado a presentarles? Podrán convenir conmigo en que la acedia, la ceguera para el bien, está extendida entre nosotros.

2?) El Prólogo a la Cantata de los Coros Angélicos, es una obra de teología que está concebida en forma de un ir y venir contemplativo-reflexivo, por el que se ilumina el Misterio de la Santísima Trinidad, en su vida interior y en su obra exterior, desde la consideración de los nueve coros angélicos y viceversa. El Misterio de los Ángeles desde el Misterio de la Creación, de la Humanidad caída y viceversa.

3?) Hay detrás una concepción filosófica, que como ya dije antes es una ontología estética, o una estética ontológica. Los Ángeles son reflejo de todo lo que es, porque son reflejo creado del Ser divino Trinitario, increado.

4?) La obra trasunta la sensibilidad del autor para percibir "La eternidad en el tiempo"; su sensibilidad para la percepción del tiempo como misterio y para la gradualidad de las cosas. En este aspecto de la Cantata se refleja el autor de Integración en el tiempo.

5?) Terra Arocena tiene presente en el Hombre las distintas dimensiones, psicológica, social, política, pues la contemplación de Dios y de los Ángeles no sólo no le impide sino que sólo ella le posibilita comprender el mundo en profundidad.

6?) Expone toda la teología (y no sólo el Misterio de la Trinidad) sino también el de la Creación, la Caída, la Soteriología, la Cristología y los Novísimos. Y lo hace a partir de la contemplación de los nueve coros angélicos y sus correspondencias con las tres Personas, sus Procesiones y las Misiones del Hijo y del Espíritu Santo. Los Ángeles reflejan tanto la vida interna Trinitaria (Personas, relaciones y procesiones) como también la obra exterior (Misiones, creación y redención). Es como una Summa Theologiae vista en el espejo de las Jerarquías y Coros Angélicos.

7?) Pastoralmente: una novena preparatoria para la fiesta de los Santos Ángeles, se prestaría para exponer, como Horacio Terra Arocena lo hace, los nueve Coros (3 Jerarquías con tres coros cada una). Esta obra nos demuestra cómo se puede condensar toda la fe católica y hacer un repaso de ella, desde los Coros Angélicos. Y esta obra merecería el subtítulo o la especificación genérica de Catecismo Angélico.

8?) La obra está escrita con unción orante y mueve a menudo a oración. También reflexiona y saca conclusiones o ilumina aspectos de la vida cristiana, problemas, actitudes, tentaciones. Subraya fuertemente la necesidad de la fe activa y operante. El tono alcanza a menudo un nivel lírico, fervoroso, se diría pentecostal, aunque con la mesura propia del rito latino.

9?) Puede tener este escrito, un efecto evangelizador, entre no creyentes o entre creyentes ignorantes de la belleza, grandiosidad, profundidad y armonía de la doctrina de su fe, con tal de que estén abiertos y bien dispuestos a considerar una exposición de la fe católica que sondea en su sublimidad humana. Aun suponiendo que esta doctrina católica no fuese revelada ¿hay otra de semejante profundidad? De modo que rechazarla ¿no equivaldría a rechazar la más sublime imagen de Dios que pudiera pensarse? Pero no: esta doctrina es revelada porque no sería imaginable.
Pero, rechazar como algunos rechazan, la doctrina acerca de los ángeles y acerca de su existencia, hasta silenciar su mención en el Prefacio, el Sanctus y otros pasajes de la liturgia eucarística ?no es prescindir, por ignorancia, de un artículo, de una parte del maravilloso organismo de nuestra fe que espeja en sí la armonía del conjunto, como nos convence la obra de Horacio Terra Arocena?
Según la recta doctrina de nuestra fe, Este es el Dios más sublime que el hombre pudiera pensar, y a la vez un Dios que jamás podría haber imaginado hombre alguno si no hubiera existido una revelación de su Misterio, porque este es un Dios impensable. Además, el Hombre que ella nos presenta, es, por el pecado, capaz de rechazar - como efectivamente la experiencia demuestra que lo hace - tanto a ese Dios como a la doctrina acerca de El y de sus Ángeles.
Paradójicamente, en numerosos ambientes católicos se prescinde de los Ángeles justamente en momentos en que el New Age y otras sectas gnósticas se arrojan ávidamente sobre ellos y siembran la confusión entre los fieles. Pero para almas que vengan del sinsentido y del materialismo, la obra de Horacio Terra Arocena quizás pueda descubrirles un panorama deslumbrante y moverlas hacia la conversión.
A creyentes en proceso de disgregación de su fe por desnaturalización gnóstica, y por lo tanto en camino de apostasía, la obra podría servir, en cambio, me imagino y quiero creerlo, para sacudir la inercia de sus desvíos y para despertarlos de su engaño. O, por el contrario, para convencerlos de que han abandonado la casa de la fe. Al que el Misterio de los Ángeles ya no le dice nada, está a un paso de que el de la Trinidad tampoco le resulte significativo, sino que sea, en la práctica primero y luego también en doctrina, prescindible.

El espíritu apocalíptico de Horacio Terra Arocena


Para terminar esta evocación de mi encuentro con Horacio Terra Arocena y esta presentación de tres de sus escritos, quiero dar una impresión personal que brota de mi corazón de villista acerca del espíritu de Horacio Terra Arocena como apocalíptico.
He dicho que su Carta a mis amigos católicos militantes (laicos) es un escrito profético en el sentido de interpretación creyente de la historia; que su El Planeta Arreit es una Utopía, y que este género literario es un tipo de literatura de consolación; que su Prólogo para la Cantata de los Coros Angélicos, es una Theoria o contemplación de los misterios celestiales.
Pues bien, estos tres rasgos, son rasgos que caracterizan al género bíblico de los apocalipsis; son rasgos que definen el espíritu apocalíptico (aunque no los únicos). Isaías, Ezequiel, Daniel, Juan, son los grandes espíritus apocalípticos. El espíritu apocalíptico es el de un creyente que aplica su fe a escrutar los males de la historia con impávida clarividencia, y al mismo tiempo escruta los signos de la acción histórica y salvífica de Dios, con impertérrita esperanza. A ellos, además, le son confiadas revelaciones divinas y a veces le son revelados en sueños o en visiones, los misterios celestiales y divinos. Ellos tienen familiaridad con el mundo angélico por el cual son confortados e instruidos.
Quien, por ser biblista, esté familiarizado con el género apocalíptico y con los hombres de Dios que, como Daniel, vivieron la soledad de su fe en las cortes de reyes paganos, y se vieron expuestos por su fidelidad al fuego de los hornos y al foso de los leones, no puede dejar de percibir una cierta semejanza de situaciones entre la de ellos y la de Horacio Terra Arocena; y de notar también una cierta afinidad espiritual entre aquellas almas apocalípticas y nuestro autor.

Sólo me resta terminar agradeciéndoles a todos los asistentes su atención, agradeciendo su invitación a las autoridades del Club, pues ella me ha permitido saldar una deuda de gratitud con el Señor, que enriquece a nuestra Iglesia con fieles como Horacio Terra Arocena, y la deuda de gratitud con el mismo Horacio Terra Arocena, que tan generosamente quiso llamarme amigo y tanto me dejó con su breve, fugaz trato, y sus hermosos escritos, en los que nos legó a todos, decantada, la hermosura de su alma creyente. Los invito a concluir con la oración del Trisagio Angélico, que nuestro autor rezaba de pequeño cuando acompañaba a su abuelo a la Catedral y con la que quiso cerrar su obra sobre los Ángeles.

 


 

 Vicente Cicalese

Homenaje al Profesor Vicente Cicalese
Palabras del Prof. P. Horacio Bojorge en el
En el aniversario de su fallecimiento
Facultad de Humanidades y Ciencias
Universidad de la República
7 de setiembre 2001

Los organizadores de este panel me han designado para referirme, en el breve espacio de diez a quince minutos, a los aspectos de la personalidad del Profesor Vicente Cicalese que emanan de su condición de católico. Los que lo conocieron saben que nunca ocultó su condición de creyente, que vivió intensamente su pertenencia eclesial y que sus convicciones religiosas vertebran su identidad tanto personal como intelectual, e influyó para que lo personal y lo intelectual estuviera en él tan íntimamente unido que resulta inseparable.

Para hacer justicia al perfil espiritual de fiel católico no bastaría referirse a sus libros de tema y enfoque explícitamente religioso o eclesial: Cristo, los pobres y los ricos (1992); Los Esclavos del Sacramento. La Archicofradía del Santísimo Sacramento de la Catedral Metropolitana (1983); ni bastaría informar sobre los libros que dejó inéditos y tratan de temas explícitamente religiosos, y en los que se expresa su profesión de fe: ¿Quién crucificó a Jesús Nazareno? (1999); Cuatro santas prostitutas y un estilita (1997) Roma y el cristianismo en los tres primeros siglos (1998) dedicado a Cristo en su Segundo Milenario con un exergo en forma de explícita profesión de fe.

Tampoco bastaría limitarse ni a elencar ni a descartar los escritos en los que, como su Ambrosio y Jerónimo (1987): “trata de santos – son sus palabras - pero ni sopesa la heroicidad de sus virtudes ni pregona la maravilla de sus taumaturgias; [sino que] los examina tan sólo como escritores” (p. 7)
A pesar del enfoque exclusivamente literario y deliberadamente neutro en lo religioso, no se recata ni aún en estos libros, de hacer suyo el propósito de San Jerónimo: Deo et legentibus placere desiderans: “agradar al mismo tiempo a Dios y a los lectores”.
Algo parecido vale de su San Isidoro de Sevilla, Historias y testamento político (1982) publicado en coautoría con la Profesora Sara Álvarez Catalá de Lasowski.
O de su estudio sobre una figura del clero colonial y patriótico oriental: Montevideo y su primer escritor: José Manuel Pérez Castellano (1987) al que reconoce como fundador de la literatura uruguaya.
O de sus inéditos sobre temas histórico religiosos que atañen, como los anteriores a la historia religiosa y de la Iglesia: Situación política y religiosa de Israel desde la rebelión de los Macabeos hasta el reinado de Herodes (S/f); Roma y el cristianismo en los tres primeros siglos (1998); El Temple y la Religión de los Romanos hasta el siglo II (1999). Testimonios extra bíblicos de los dos primeros siglos sobre Jesús: Paganos, judíos, apócrifos”

Para el Profesor Cicalese, hacer abstracción temática de su fe por razones metódicas, nunca significó ponerla existencialmente de lado.
Quiero notar de paso, que, por otra parte, el Profesor Cicalese raramente limitó el discurso de sus escritos a un lenguaje de entrecasa eclesial, es decir, a un discurso de creyente a creyentes. En todas sus obras, aún las más explícitamente religiosas, parece tener presentes siempre en el espíritu a los que no creen, y a los que no por esa condición apreció menos. Y viceversa, en todas sus obras, aún estrictamente filológicas, también tiene presente en su ánimo al público eclesial creyente.

De hecho en todos sus trabajos sobre historias de palabras, que son aquéllos en los que descolló como eminente, no sólo no elude, sino que deliberadamente se ocupa de palabras, hechos y personas bíblicas o de la historia de la Iglesia. Así en El Mamotreto incursionará por vía filológica en “El Buen ladrón y la altanería” y la “Historia de la Misa”
Por eso decíamos que para dar razón del aspecto propiamente católico de su personalidad, hay que referirse no sólo al nivel de la confesionalidad, sino a la estructura misma de su personalidad intelectual y espiritual.
Es pues a este entresijo católico de su espíritu al que quiero referirme. Y en la imposibilidad de exponer un retrato más o menos completo de su alma católica, voy a limitarme a un solo rasgo, que me parece componente esencial de la identidad espiritual católica. Y que, como tal debe servirnos de ejemplo al clero y a los católicos en Uruguay a quienes se nos brindó este ejemplo.

El Prof. Cicalese prefacia su libro sobre Ambrosio y Jerónimo con la siguiente cita de Claudio Claudiano (año 401) "Feliz el hombre que con su báculo de anciano recorre la misma arena en la que gateaba de niño"

Y continúa aplicándose a sí mismo ese pensamiento: “Apoyándome en mi bastón, recorro todas las tardes el vetusto pavimento de la iglesia que conocí y amé cuando era niño. Los mismos arcos severos y las mismas bóvedas nobilísimas, los mismos enhiestos muros y la misma grandiosa cúpula. ¡Cuántas gratísimas memorias! Iglesia y Colegio del Sagrado Corazón: allí aprendí a estudiar, a pensar, a escribir; anciano, les dedico este libro. 1928 Montevideo 1986"

Pudiera haberse limitado nuestro recordado Profesor a expresar su experiencia sin remitirse a Claudiano. Pero ha querido a todas luces colocar su propia experiencia a la luz de perennidad que arroja sobre ella la experiencia similar de otro hombre vivida hace 1600 años.
Una experiencia que sigue vigente, porque expresa la experiencia del hombre de todos los tiempos. No se trata ya de una vivencia exclusivamente suya – es como si quisiera sugerirnos – ni de una efusión de sentimiento romántico. Se trata de una experiencia casi metafísica de la perduración en el ser. Una experiencia del ser hombre y de permanecer el mismo, de niño a viejo.

En compañía de Claudio Claudiano, Cicalese se nos propone como testigo de lo que Julián Marías ha llamado la condición biográfica del ser hombre. El hombre es un ser autobiográfico, que vive la continuidad, la permanencia de su ser, a través y a pesar de la permanente vicisitud histórica. Y en medio de la variedad de los tiempos, descubre con placer que ha permanecido el mismo. Hay un placer de la continuidad y de la permanencia, de la fidelidad a sí mismo que se asoma en este exergo y para el cual no ha elegido nuestro Profesor ninguno de los tantos posibles escenarios montevideanos que le eran queridos y fueron igualmente testigos de su vida, de niño a anciano. Escenarios donde pudo tener presumiblemente la misma experiencia gozosa y estremecedora. Ha ubicado esta experiencia autobiográfica de continuidad, en el escenario de un templo. Y no de cualquiera, sino de uno que a fuerza de frecuentado, se ha hecho particularmente suyo.

El espacio arquitectónico de este templo como escenario permanente e incambiado es como una proyección, como una materialización existencial de la experiencia de la continuidad vital, de la permanencia autobiográfica.
La arena bajo los pies, de Claudio Claudiano, que como egipcio la conocía muy bien, sugiere la cambiante veleidad, la falta de firmeza que brinda la tierra para afirmar los pasos del hombre, desde que empieza a gatear hasta que vacila sobre sus rodillas y abre la imaginación a ubicar la escena en la orilla del mar, en un escenario natural también lleno de sugerencias simbólicas de un oleaje cambiante. Un escenario que podría haber elegido también el Profesor Cicalese, como ciudadano de un país de hermosas playas.
Aún la arena, que tiene de semejanza con el tiempo lo inaferrable, tiene de permanente lo cambiante y, esconde por lo tanto, en su condición de símbolo, esa paradoja que da vueltas en el corazón del hombre de todos los tiempos, y que el hombre católico ha resuelto a su manera, que es - como espero poder mostrar -, la de Don Vicente Cicalese.
De la escenografía simbólica de Claudiano, poco ha conservado, sin embargo, nuestro profesor. Ha cambiado la arena, por el vetusto pavimento de un templo recorrido cotidianamente. El paseo ritual dentro del templo, engarza el transitorio cada día en el escenario de la permanencia. Ubica el decurso del tiempo en los atrios de la eternidad. La eternidad no como un después, sino como adelantada y convertida en escenario que alberga el tiempo.

Sin embargo, como filólogo de profesión y de alma, el Profesor Cicalese transitó por el arenal de la lengua. La lengua es esa arena donde pasa cada generación humana dejando sus huellas triviales o creadoras que el tiempo borra sin dejar memoria y otra generación vuelve a hollar para imprimir las suyas. También la lengua tiene, como la arena, de permanente lo cambiante. Las historias de palabras en las que el Profesor Cicalese fue como sabueso de fino olfato para desenterrar tesoros de la arena, nos lo muestran como maestro en el empeño de recuperar el hilo de ocultas continuidades bajo lo aparentemente nuevo o discontinuo.

Cotidianidad y permanencia, continuidad a pesar del cambio, identidad del ser consigo mismo, carácter autobiográfico de la existencia humana, defensa de la integridad contra la ruptura y los rupturismos, concordia y conciliación de los opuestos. De muchas maneras podría intentar expresar lo que me parece ese rasgo característicamente católico del perfil interior y biográfico del Profesor Cicalese.

Es eso lo que por muchos aspectos de sus obras y a la luz de sus dichos me parece caracterizar su legado intelectual y espiritual.

No es este exergo al libro sobre Ambrosio y Jerónimo, - que me he detenido a analizar con algún pormenor -, el único síntoma de esa tesitura, de esa actitud temperamental convertida en carácter y en doctrina de su Magisterio.
La tesitura espiritual que evidencian sus historias de palabras es la misma que se pone de manifiesto en innumerables aspectos y expresiones vertidas en sus obras. En la imposibilidad de entrar en largas enumeraciones, me limitaré a señalar dos hechos a modo de ejemplo.

Primero: continuidad a pesar de las rupturas en la cátedra de latín en la historia de la educación uruguaya y en la historia del Profesor Cicalese como catedrático de latín:
El Profesor Vicente Cicalese sentía su Cátedra de Latín como la prolongación de la que nació con la Patria. Así lo expresa en el exergo de Las Semanas y los Días (1982): “1830 – 17 de julio – 1980 En el Sesquicentenario de la Cátedra de Latín que nació junto con la Patria por el voto unánime de la Asamblea Constituyente la víspera de la Jura de la constitución”.
La enseñanza del latín en el Uruguay ha muerto y resucitado varias veces. La historia de sus vicisitudes parlamentarias y universitarias, la trazó el Profesor Cicalese en su breve pero memorable estudio: “El Latín en el Parlamento uruguayo” (Revista Histórica (Montevideo), 3º Época, (1993) Nº 166, pp. 7-47).

Me resulta muy significativo que Las Semanas y los Días, editado en 1982, lleve un exergo fechado en 1980, año del retorno al régimen democrático y en el que el Profesor Cicalese entreveía - no sin cierta impaciencia -, la posibilidad de volver a ocupar su entrañable cátedra. Al escribir el exergo en 1980 no la ha recuperado aún. Han pasado casi diez años de exclusión de su Cátedra.

Por encima de las vicisitudes históricas que está experimentando en carne propia y en la carne de su querido Latín y de su querida Facultad de Humanidades, el Profesor Cicalese celebra el sesquicentenario de la Cátedra Latina que él, en ese momento, ya no detenta.
Leo cierta impavidez en este hecho, cierta confianza en la continuidad por encima de las rupturas, impavidez a la que la historia le da el espaldarazo con que arma a sus caballeros andantes, aún cuando algunos los consideren desquiciados al verlos cargar contra molinos de viento.


Segundo:


Creo que esta impavidez se nutría de una sabiduría histórica, acopiada en sus estudios del alma de la Humanidad que trasmiten los autores latinos pre-cristianos y cristianos. En esos estudios bebió la fe que trasuntan las palabras suyas que quiero citar a continuación, comentando la suerte corrida por su querido y viejo latín en el Uruguay:
“Desapareció el latín de nuestra enseñanza media, barrido por un positivismo estólido y estrangulado por la inepcia profesoral [...] La avalancha del utilitarismo miope no logró arrasar las convicciones humanísticas que a lo largo de nuestra historia enaltecieron a los ciudadanos más ilustrados” (Art, cit. p. 37).

Pero a pesar de tan penosa comprobación, es inconmovible su certeza basada en la evidencia que le dan sus estudios filológicos, de que: “el latín está enraizado en la médula de nuestra lengua y cultura, y que la tradición clásica es la esencia de nuestra conciencia ciudadana” (Art. cit. p. 12).
Es como si dijera: está en la raíz de nuestra identidad cultural y nuestra identidad cultural lo restaurará inevitablemente algún día.

El rupturismo propio de visiones modernas en su afán de deshacerse de lastres culturales y religiosos católicos, no era ajeno al afán rupturista con la tradición latina y la enseñanza de la lengua latina. La Iglesia católica era – y lo fue hasta hace pocas décadas - reducto donde se cultivaba la lengua latina. El Profesor Cicalese deploró ese rupturismo que llevaba a algunos modernos miopes a cortar con toda la cultura anterior por un prejuicio antirreligioso. Y por el cálculo a todas luces erróneo y miope de que aboliendo los estudios latinos se contribuía a quitar obstáculos religiosos al progreso. Podemos pues inferir, con qué dolor asistió el Prof. Cicalese al abandono del latín incluso en la formación del clero en su querida Iglesia católica.

No había cometido ese error el cristianismo al asegurar la continuidad cultural con la cultura romana. El Profesor Cicalese demostró con evidencias científicas irrefutables que es falso que el cristianismo haya roto con el legado cultural romano.

Como bien lo dice el Profesor Wilfredo Penco en su estudio preliminar al Ambrosio y Jerónimo: “La tesis fundamental que atraviesa y justifica en última instancia este tan agradable y concienzudo estudio, es la ligazón el entrelazamiento existente entre la cultura pagana y el cristianismo que Ambrosio y Jerónimo encarnaron. Ambos son padres de la iglesia, pero son también, como se dice desde el título, dos grandes escritores romanos” (O.c. p. 15). Con la mordacidad y la contundencia que el Profesor Penco le reconoce a Cicalese, éste pulveriza, entre otros “tópicos tan arraigados como falsos” el aserto según el cual “el cristianismo, hostil a Roma, repudió su cultura visceralmente contaminada de paganismo” (p. cit. p. 20-21).

Los grandes talentos católicos, Ambrosio, Jerónimo, Agustín y tantos otros no fueron rupturistas. No necesitaron demoler nada de la cultura romana y latina. Al contrario. Cuando implosionaron las instituciones bajo el empuje de las invasiones bárbaras, fueron los que se encargaron, como lo ha demostrado Cristopher Dawson en Los Orígenes de Europa de preservar el acervo cultural latino.

Y concluyo:
Este es el rasgo típicamente católico que el Profesor Cicalese supo reconocerle a la latinidad cristiana porque él mismo lo llevaba impreso en el espíritu, como un aire de familia. Este es el rasgo que sus estudios históricos contribuyeron a convertir en evidencia y convicción razonada.
El Profesor Cicalese compartió con sus modelos clásicos, en particular patrísticos, una actitud paciente, abierta y esperanzada. Confiada en que hay una tenaz continuidad humana, que una voluntad de ruptura siempre sectorial, por más que de sectores poderosos, no logrará nunca vencer ni avasallar definitivamente.

Por eso quizás le dolía doblemente ver que en la Iglesia católica muchos se contagiaban de un espíritu rupturista y de auto demolición, de renuncia a los rasgos propios de la identidad católica, de abolición de los ritos, vaciamiento de los templos, liquidación de los tesoros artísticos.
El católico Cicalese llevó siempre con un inmenso pudor de alma y de familia la pena que ese fenómeno que invadió al catolicismo le ocasionaba. Sólo se desahogaba con algunos sacerdotes y amigos más próximos y elegidos.
Él estaba convencido de que la continuidad hubiera sido perfectamente posible y que la ruptura era algo que no brotaba de la milenaria sabiduría católica sino de un súbito encandilamiento moderno.

Cuando le llevé la Comunión en una de sus últimas internaciones en La Española, tuve el agridulce privilegio de ser testigo de su intensa fe y piedad eucarística. Después de Comulgar, el hombre de fe, se sumió en profunda adoración y comenzó a rezar en voz alta y firme, desde el alma, como una profesión de fe y a la vez un abrazo, el himno eucarístico latino Adoro te devote, latens Deitas, hasta culminar la última estrofa:
Iesu, quem velatum nunc aspicio,
oro, fiat illud quod tam sítio;
ut te reveláta cernens fácie,
visu sim beátus tuae glóriae.
Jesús, a quien contemplo ahora bajo un velo
Ruego que suceda lo que tanto ansío
Y es que contemplando tu rostro ya sin velo
Sea feliz por la contemplación de tu gloria

Et subito aliquid quod usque in illam diem, nec suspicaveram necnon perpensus fueram perspexi: Vincentii anima suo cum amantissimo Deo, etiam amantissime familiariterque, et potius forsitan quam hispane, tamquam in patria lingua, latine disserebatur.

Y allí, de pronto, me di cuenta de algo de lo que no había tenido nunca el privilegio de ser testigo presencial: que Vicente se comunicaba con Dios en su alma tan amorosa como familiarmente no en castellano, sino en latín.

Para él, lo comprendí bien entonces, el latín era también la lengua con que hablaba con su Dios.
Muchas gracias.

 


 

José Luis (Dimas) Antuña Gadea
Conferencia

Presentación del editor
Dimas Antuña (+ 1968) dejó entre sus papeles una obra inédita sobre la Santa Misa Solemne en el rito Gregoriano. Dicha obra está contenida en cinco grandes y abultadas carpetas que contienen esquemas, borradores sobre el sentido espiritual de los actores de la Santa Misa, sus diversas partes, sus ritos y oraciones.
A quien un día emprenda la tarea de ordenar y eventualmente publicar esa gigantesca obra, le ayudará tener como hilo conductor del pensamiento del autor su conferencia sobre la Misa que Gladius publica hoy. Dimas Antuña sintetiza en ella su pensamiento. Y puede decirse que encierra el guión de la obra sobre que trabajaría toda su vida.
Se conservan en el archivo varias versiones mecanografiados de esta conferencia que pronunció muchas veces a través de los años. La redacción primitiva es de 1932 y fue pronunciada en Córdoba ante un sacerdote y un auditorio de religiosas, señoras y señoritas, al parecer en el Instituto Santo Tomás de Aquino.
En el exordio de una segunda versión Dimas Antuña saluda a un Obispo, sacerdotes y fieles. Es quizás la pronunciada en Salta en 1936. En este texto faltan las páginas en que explicaba la parte de la misa que va desde el Padre Nuestro hasta el final del rito de la Comunión. Hemos suplido esa laguna con el texto de la conferencia de 1932. Otro de los exordios es el pronunciado en 1938 en el Centro Dom Vital de Río de Janeiro . Otro texto de la conferencia con su respectivo exordio puede ser el de la prolación en Montevideo en 1943.
Tres de esos exordios, que varían lógicamente según los públicos, van aquí como anexos al final de la conferencia.
Los escritos de Dimas Antuña están cuajados de citas implícitas o alusiones a hechos y textos de la Escritura que ha omitido señalar. Para su publicación he señalado las citas en notas al pie de página.
El texto que presento es, pues, un texto resultante de la compulsa – no científica – y de la combinación de tres manuscritos. La combinación de los tres manuscritos produce, lógicamente, un texto que sobrepasa largamente la posible duración de cada conferencia y lo acerca a la categoría de ensayo o hasta de libro. Bien puede considerarse como una síntesis de la obra que José Luis (Dimas) Antuña, dejó inconclusa.
P. Horacio Bojorge S.J.
Montevideo 15 agosto 2013

 

La Misa solemne - Conferencia
Intento


Señores:
Mi intento en este momento es mostraros la estructura, es decir, el orden y movimiento, la composición orgánica y las relaciones internas de la Misa. Y al hacerlo me es forzoso tomar en cuenta la Misa Solemne de rito romano, es decir, la misa como se ofrece a nuestros ojos cuando es celebrada con ministros y coro.

Actores


Sabéis que en este drama hay dos personajes: Dios y el pueblo, y que ambos, diversificados maravillosamente, mantienen a lo largo de la acción litúrgica, una comunicación ininterrumpida.
En la misa, como en la Encarnación, “Dios se hace hombre para que el hombre se haga Dios”. El pueblo, antes no-pueblo, pero ahora pueblo y reunión, es llamado a conocer y a padecer los misterios divinos.

Propósito


“Hijo del Hombre , dice el Espíritu al profeta, Hijo del hombre, mira con tus ojos, y oye con tus orejas, y aplica tu corazón a las cosas que te mostraré acerca de las ceremonias de mi Casa”. Ver, oír, atestiguar: este es mi único propósito.
La Misa es una cosa una, coherente y viva. Sus partes están en relación armoniosa, arquitectural, como las partes del Partenón o como puedan estarlo los miembros del cuerpo humano.
Lo que empieza y lo que sigue en ella, empieza porque conduce a tal momento, sigue provocado por lo que era antes, exigido por lo que vendrá luego, y así esa lógica de principio, medio y fin da a las sagradas ceremonias un movimiento dramático.

La Iglesia – Lugar, espacio litúrgico


Decían los antiguos que el escenario es el primer personaje de la tragedia. ¿En dónde está el aposento, en donde coma yo la Pascua con mis discípulos?
Cualquier iglesia donde entremos presenta dos partes: el santuario y la nave. El santuario con el altar en medio, y la nave que es el lugar del pueblo. Y con esto, al mostrar las dos partes en que se divide el espacio litúrgico, designamos otra vez a los dos actores del drama: Dios y el pueblo, Cristo y su Iglesia.
El santuario con todo lo consagrado a Dios, con el altar, y las ofrendas y las luces, y el sacerdote y los ministros, y la nave con el pueblo que recibe la acción de Dios y sus dones.
El sacerdote celebra ordenadamente, asistido por los ministros: el diácono, el subdiácono, los dos acólitos, el turiferario, y la asamblea cristiana asiste y asiente a esos misterios. Pero ¿cómo?
Mirad, Moisés, que era tartamudo, dice al Señor: -- Señor, ¿cómo hablaré yo, pesado de lengua? El Señor le responde: -- Toma a tu hermano contigo: Arón será tu boca. Moisés y Arón, es decir, el pueblo y el coro. Mirad, señores, cómo recibe el pueblo la acción de Dios en la Misa, y cómo, por el coro, que es su boca, responde. El coro canta, gime, clama, asiente; boca, expresa las pasiones.
Así pues, al hablar del movimiento dramático de la liturgia, no imaginemos que el drama es aquello que ocurre en el altar y que nosotros somos espectadores del presbiterio.
No, el sacerdote y los ministros son acción de Dios sobre el pueblo, y, a esa acción recibida, el pueblo responde por medio del coro. En esta unión de Cristo y la Iglesia no hay espectadores. La novia no es espectadora de la boda; los comensales no son espectadores del banquete, y la sala misma adonde estamos reunidos, la iglesia material, es simplemente el palio del altar, algo así como la cifra del Nombre sobre la realidad de la Presencia.
Nosotros no somos espectadores; al contrario, espectáculo hemos sido hechos . Cuando nos reunimos para el sacrificio el continuo anhelar de las creaturas nos rodea.

División


Los expositores dividen comúnmente la misa en dos partes, una de preparación y otra que es el sacrificio propiamente dicho. Llaman a la primera la ante-misa o misa de los catecúmenos y a la segunda: Eucaristía.
Dentro de esas dos grandes divisiones que tienen profunda razón de ser, en la primera existen dos partes: la Sinaxis o reunión preparatoria, y las Lecciones, y, en la segunda, tres: el Ofertorio, la Acción y la Participación. Podemos pues considerar el movimiento de la misa, -- para decirlo de algún modo siguiendo mi comparación,-- como un drama en cinco actos, y, en cada uno de estos actos hallaremos lo que me atrevo a llamar ‘escenas’ es decir, momentos en los cuales los dos personajes del drama sagrado tienen una acción, ya recíproca, ya coincidente, ya paralela o simultánea, pero una acción una, que expresa por sí misma una sola idea espiritual.

Introito


Consideremos la primera de esta escenas, consideremos el Introito. Va a empezar la misa. El pueblo ocupa la nave de la iglesia; el coro acaba de cantar Tercia, está de pie, en su lugar, un lugar intermedio entre el santuario y la nave; se escuchan algunas notas del órgano, y, en el altar, ya han encendido los seis cirios, tres a la derecha y tres a la izquierda del crucifijo .
Y ved aquí que, en este momento, entran el sacerdote y los ministros, revestidos de los ornamentos sagrados. Vienen precedidos por dos niños acólitos con luces y por el turiferario. Cuando llegan delante de las gradas del altar, saludan, se descubren y quedan allí, de pie.
Cuando llegan al plano del presbiterio, delante de las gradas del altar, saludan, se descubren y quedan de pie.
En el mismo momento de su entrada, el pueblo se pone de rodillas y el coro empieza a cantar el Introito. El pueblo, de rodillas, ve y oye. Ve los que están de pie delante del altar, y oye lo que canta el coro.
El canto del coro se desarrolla así: primero, todo el coro canta una antífona, lenta, pausada, llena de riquezas de sentido y expresión. Luego, una voz, sola (el hebdomadario), canta un verso, y a ese verso responde todo el coro. Luego la misma voz canta el ‘¡Gloria Patri et Filio et Spiritu Sancto!’ y le responde de nuevo todo el coro. Finalmente todo el coro canta una segunda vez y con la misma música, aquella extensa antífona del principio.
Dicen los santos Padres que en la antífona del Introito se interpreta el deseo de los antiguos patriarcas; que su verso cifra el anuncio de los profetas; que el Gloria denuncia la predicación de los apóstoles, y que, en la reiteración de la antífona, se significa cómo la Iglesia actual, es decir, nosotros, los que estamos aquí de rodillas (y que en el momento de la reiteración nos sentamos), recibimos, ahora, aquello mismo que desearon los patriarcas anunciaron los profetas, enseñaron los apóstoles.
La estructura del Introito tiene ciertamente esta disposición mística. Pero si atendemos, no a la forma alternada del canto sino al sentido de las palabras, hallamos que esta antífona tiene el carácter de anuncio . Es una revelación, una proposición, un mensaje . Tiene el color del tiempo [litúrgico]; da la nota del día. Resumen del Oficio Divino, nace cada día de la profundidad de la noche y comunica al pueblo, cada día, un determinado misterio.
Este canto, el Introito, es como el porche de una catedral. Va de afuera hacia adentro con figuras enlazadas que dialogan; perfila en profundidad el espesor del muro y abre de par en par la puerta -- una puerta de gloria – por donde se ve toda la iglesia, hasta el altar. Pero qué hacen allí de pie, precisamente ante las gradas del altar, el sacerdote y los ministros?
Mirad, primero recitan (en voz baja, para ellos solos) el salmo 42: “¿Por qué estás triste alma mía?”. Luego, el Yo pecador. Luego unas preces, y, finalmente (en un momento que coincide por lo general con la reiteración de la antífona que hace el coro) suben las gradas del altar.

Durante el canto del Introito, pues, el sacerdote y los ministros se estaban disponiendo a subir al altar. Hecha la señal de la cruz, el sacerdote dijo: -- Subiré al altar de Dios, y, al decir eso, halló que era hombre.
El salmo 42 expresa la turbación del hombre delante de Dios. Pero no solo es hombre, es también pecador. Hombre, teme; pecador, se acusa. Pero no es pecador solamente, es también cristiano. Las preces son el diálogo de la humildad cristiana que espera en el Señor.
En fin, el sacerdote y los ministros (en un momento que coincide comúnmente con la reiteración de la antífona por el coro y el sentarse del pueblo) suben las gradas, purificándose en voz baja con el “Aufer a nobis” , suben las gradas y, al llegar al altar, el sacerdote se inclina y lo besa. Besa la piedra consagrada , la piedra que guarda las reliquias de los santos. Es decir, se une a Cristo (altare quidem Sanctae Ecclesiae, ipse est Christus) , y se apoya en la comunión de los santos, pone sus manos extendidas en aquello mismo que está recibiendo el pueblo, en este momento, con la reiteración de la antífona.
El canto del coro manifiesta la entrada del Sacerdote al altar, y, conforme a la revelación que contiene esa entrada y en cuanto esa entrada es la de Cristo, el pueblo accede al misterio.
Tal es la economía del Introito. En el altar, en el santuario, procesión y estación de los ministros; en la nave, postración del pueblo, y, entre ambos, el coro, de pie, que canta con una cierta progresión, con una cierta economía, con un cierto orden, primero la antífona, luego el verso, luego la doxología (entre los ministros de pie y el pueblo de rodillas) y finalmente, una segunda vez, la antífona, mientras los ministros suben las gradas del altar y el pueblo se sienta.
Es realmente un introito, una entrada, pero una triple entrada: entrada del sacerdote al altar; entrada del pueblo a los misterios; entrada, en fin, de los días, que salen cada día de la profundidad de la noche, y buscan cada día aquel descanso que – aun dentro de cada día – Dios ha llamado ‘hoy’ .

Kyries


El Introito es puerta y conduce al altar. Sus grandes correspondencias están en la oración Colecta, en las Lecciones, en el Prefacio, pues entramos para orar, para oír, para ofrecer y dar gracias. Sin embargo, después del Introito, vienen los Kyries.
Al terminar el Introito el pueblo se sienta, y mientras el pueblo está sentado, el coro canta nueve veces Kyrie o Christe eleison . Mientras tanto el sacerdote y los ministros rodean el altar con incienso.
Ved ahí que tenemos lo que yo me atrevo a llamar la segunda escena de la misa. Mirad: el pueblo que está sentado; el coro que canta los Kyries; el sacerdote y los ministros que rodean el altar de incienso.
Sentarse es propio del que considera. Estar sentado significa contemplar, y la contemplación tiene dos objetos: la gloria y la miseria. Noverim me, noverim Te, die el santo . Este pueblo que se sienta, se sienta sobre sí mismo, sobre su propia miseria. Se sienta como Job, en la ceniza; como Jeremías, en la caverna, y, de esa consideración de sí mismo, sale un grito de dolor. El Coro es su boca. Por el Coro salen los Kyries.
Los Kyries no son otra cosa que el “memorare quae mea substantia” , de la consideración. Somos fragilidad, somos miseria, delante del Padre omnipotente; ignorancia, tinieblas, delante del Hijo, luz y verdad eterna; malicia, rechazo delante del Espíritu Santo santificador, y nuestro clamor es el clamor de los ciegos.
El cristiano – por la fe -- es un ciego que oye. Ha oído el anuncio del Introito y, considerando su miseria, clama . Entretanto, el sacerdote y los ministros rodean de incienso el altar. Es decir que la consideración de nuestra miseria – que es contrición en el pueblo y clamor en el coro ante la Cruz, y en el plano de la mesa que lleva las seis luces, y saliendo de la caída de los manteles, y elevándose de la base del altar – es nube y es perfume. Es decir, es presencia del Espíritu en medio de nosotros, y, conforme a la obra de ese fuego que transforma, conjuntamente con el incienso, rodea lentamente aquella piedra consagrada, y es allí, sobre el altar desnudo, buen olor de Cristo, para Dios.
En los Kyries hay conocimiento de sí. La luz de este conocimiento la da el anuncio del Introito y este conocimiento es doloroso porque el cristiano se sabe miembro de Cristo. Aquí el ¡Conócete a ti mismo! es: ¡fode parietem! . Nuestro pecado profana las paredes del templo. Mientras la Iglesia clama por las ignorancias del pueblo, la criatura ve su horror y su locura. Los Kyries son el clamor de los ciegos y dicen: ¡Señor! ¡Señor!, pero no en vano.
Tenemos altar y Sacerdote; no estoy en mí, dentro de mí: estoy dentro de mí in Ecclesia. ¡Peccavi! ¡Pequé! Es sacrificio. Nuestro Dios es fuego. Desde el dolor, del clamor, de la vista interior de aquel: “¡Esto hiciste y callé!” se levanta el incienso sobre el altar vacío.
Todo sacrificio destruye; todo sacrificio transforma, transfigura. El pueblo considera su miseria en silencio. El sacerdote ofrece el incienso en silencio. Nueve veces clama el Coro, veinticinco veces brota el incienso… La confusión trae: Gloria.

Gloria


Terminados los Kyries, el pueblo se pone de pie, y el sacerdote en medio del altar – de espaldas al pueblo, teniendo a los ministros también a su espalda, uno detrás de otro, el diácono en la segunda grada, el subdiácono en la tercera – , el sacerdote, pues, en medio del altar, extendiendo y elevando las manos, eleva la vozy canta (en el tono correspondiente a la fiesta), estas solas palabras: “Gloria in excelsis Deo…” .
El sacerdote habla aquí ‘in persona Dei’ , para darnos revelación de la gloria, y luego entrega al coro ese himno que llamamos el Gloria de la misa.
Mientras el coro lo canta, el pueblo se sienta. Sentarse es propio de la consideración, dijimos. Pero la consideración de ahora no es dolorosa sino gozosa. No estamos sentados con Job en la ceniza; estamos sentados con María, a los pies del Señor, y el Señor también está sentado, está sentado allí, en majestad, figurado por los tres ministros .
Sabéis que los ángeles se alegran de la contrición del pecador. El grito de los Kyries provoca a los ángeles. A la contrición responden los que anuncian la paz; a la noche de los ciegos sigue la Noche Buena. Era noche obscura y se ha hecho noche pacífica.

 Vosotros sabéis lo que es el Gloria. El Gloria es un himno. Yo sólo busco aquí su significación. El Gloria no emerge, como los Kyries, de la contrición del pueblo, ni sale, como el Introito, de le entrada de Cristo. Su primera palabra es una palabra dada. Y dada de lo Alto: una palabra que viene del cielo. Para elevarse hasta ella, para recibirla y mantenerla en el “evangelio” de gozo con que la dan los ángeles, es necesario el himno. Solamente en el himno hay un arranque de luz, de amor, de vida, suficientemente fuerte y activo como para poder llevar esa alabanza sin empañar la claridad de Dios que la envuelve, ni disminuir el gozo grande que trae.

La palabra de los ángeles: “¡Gloria in excelsis Deo!” es de una serenidad incomparable.
El himno se tiende y acude a ella con invocaciones repetidas, llenas de pasión y de gozo… Laudamus te, benedicimus te, adoramus te, glorificamus te, gratias agimus tibi…! . Y levanta luego, como quien llevara ramos, los nombres divinos: ¡Domine Deus, Rex coelestis, Deus Pater, Domine Fili, Unigenite, Jesu-Christe, Domine Deus, Agnus Dei, Filius Patris!
Este himno celeste (y de la tierra), angélico ciertamente, pero tan humano, es el canto de la distinción del Padre y del Hijo. El Gloria canta, pues, el secreto del cristiano, la fuente del gozo exultante. Tres veces nombra al Padre, tres al Hijo; tres veces refiere el Hijo al Padre. Y los nombres de las Personas se equilibran, Padre, Hijo, distintos pero iguales en poder, majestad y gloria.
El Jesu Christe, uno con el Padre, uno con la Iglesia. Señor, y Señor absoluto, Señor Dios, pero también propiciación: Agnus, Cordero; gloria del Padre, en los cielos; paz de los hombres , en la tierra, llena de resplandores. Y da los grandes ritmos al Gloria.
Su nombre de Cordero introduce la súplica, salta de nuevo el grito del amor extático. Otra vez los nombres divinos: ¡Tu solus Sanctus, tu solus Dominus, tu solus Altissimus! .
Y aquí el canto vacila, se embriaga y se gloría, se gloría en su gloria, ¡en el Jesu-Christe, toda la realidad de la Iglesia!
Como si la Encarnación y el Nacimiento nos acabaran de descubrir a la vez al Padre y al Hijo, Cristo, que es gloria del Padre en los cielos y paz de los hombres en la tierra, llena de resplandores esta alabanza, y, en él, y por é, los dos temas alternados de aclamación y súplica (el angélico y el humano).
Y ese radiante, victorioso, casi lento: “Jesu Christe cum Sancto Spiritu in Gloria Dei Patris” con la mención final del Espíritu Santo, desata la doxología, (velando un instante por el suspiro breve del Amén).

Lo más admirable del Gloria de la misa es su sosiego. La paz, la luz, la certeza tranquila, segura para siempre. Todo eso que se manifiesta durante el canto en el misterio del altar desnudo y de pueblo sentado ante los ministros, también sentados.
Mientras los Kyries cubren el altar de incienso; el Gloria lo entrega, radioso. El altar muestra el brillo sereno de las seis luces mientras los ministros están sentado con la cabeza cubierta y las manos extendidas sobre las rodillas. “Sóla la Trinidad se sienta, dice el divino san Bernardo”.
Sentado manifiesta el Señor su majestad; la cabeza cubierta permite el canto; las manos sobre las rodillas indican la clemencia. La Omnipotencia descansa en la clemencia; la majestad comunica al hombre de algún modo su gloria; la inmovilidad divina, por ministerio de los ángeles, desata el himno. El himno brota y canta, victorioso y sereno, triunfante y quieto. El himno se mueve en la luz. Tal es el Gloria.

Dominus vobiscum


Pero ved ahí que, terminado el canto del Gloria, el pueblo se pone de pie. El Sacerdote y los ministros vienen al centro del altar y se colocan uno detrás del otro, de espaldas al pueblo.
El sacerdote pone las manos extendidas sobre el altar, se inclina y lo besa en el medio. Luego se endereza y, volviéndose al pueblo, comunica ese beso: abre los brazos en forma de saludo los eleva ligeramente, diciendo: -- Dominus vobiscum . Y el pueblo, por boca del coro, responde: -- Et cum spiritu tuo.
El Dominus vobiscum es un saludo. Aquí por primera vez vemos el rostro del Sacerdote vuelto hacia nosotros. Por primera vez nos dirige la palabra, y todo esto grave, solemnemente, y después de besar el altar.
Este beso es la raíz del saludo. Es su gracia, su eficacia. Por este beso el saludo es un saludo de paz.
Cuatro veces más durante la misa el sacerdote besará así el altar y comunicará al pueblo la paz. Pero este primer saludo aquí, después del Introito, de los Kyries, del Gloria (después de esos tres cantos de profunda significación, que llegan al alma) tiene un carácter especial. Es como el ademán de quien calma, de quien detiene. Parece una palabra de maestro, una palabra que dice: Aquietaos, el Señor está con vosotros. No le buscaríais si no lo hubierais hallado; no clamaríais a él si él no estuviera ya con vosotros.
Notemos que hasta ahora, en la Misa, nosotros no hemos hecho otra cosa sino entrar. Hemos entrado en el Introito a los misterios; en los Kyries, hombre adentro; en el Gloria, hasta el Padre y hasta nuestro Adán en Dios, el Cordero. Hemos entrado, pero ¿quién nos ha recibido?
Ved ahí: el Señor nos recibe. El sacerdote besa la piedra y comunica el beso: “Vuelve el Señor a nosotros su rostro y nos da su paz” . Beso comunicado. Abrazo comenzado. Rostro vuelto a nosotros. Manos que muestran las palmas . El Dominus vobiscum es un saludo de paz. Y el que entró en la Iglesia en el Introito, aquí es recibido. Y el que entró en sí mismo en los Kyries, aquí es consolado. Y el que alzó los ojos a lo alto, en el Gloria, aquí le son mostradas las manos.
Dominus vobiscum: El Señor con vosotros, habéis hallado gracia. Cuando el ángel saluda a la Vírgen, María queda en suspenso, pensando qué salutación será ésa. Pero el ángel le dice: -- No temas, María, haz hallado gracia.
El Dominus vobiscum a la Iglesia, plural del Dominus tecum de la anunciación a la Virgen, es una anunciación semejante a la Iglesia. Nos introduce en el misterio a los que entramos.
El Sacerdote, que también es ángel, dice a la Iglesia, que también es Theotokos : -- Has hallado gracia, el Señor es contigo. Y, como en el Ave María esta palabra descubre en nosotros y en medio de nosotros el misterio de su presencia, de un Dios-con-nosotros que es anterior al saludo mismo.
Como el Profeta al Rey y a su pueblo cuando les salió al encuentro, el Dominus vobiscum nos dice: -- ¡Oídme, Asa, y todo Judá y Benjamín, el Señor con vosotros porque vosotros con él! . No le buscarías en el Introito si no le hubiérais hallado. No clamaríais a Él en los Kyries y el Gloria si Él no estuviera ya con vosotros.
Vuelve el Señor su rostro y recibe a su pueblo. Muestra el Señor a los hijos las palmas de las manos y les da su paz. La Iglesia que ha entrado, rodea el altar y canta, en este saludo es recibida, reunida, incorporada.
Y ¿qué hará ahora la Iglesia? Reunida y junta a Dios ha sido hecha a sus ojos “como la que halla paz”. Reunida in ósculo sancto, la Iglesia encuentra ahora que ella también tiene boca y palabra. El Dominus vobiscum comunica un beso. Es un beso. La lglesia, en ese beso – el beso de la Boca de Dios – se dispone a orar.

Colecta


Terminado este saludo, el sacerdote y los ministros van hacia el lado de la Epístola, y, el Sacerdote haciendo un ademán con las dos manos juntas ante el pecho como de quien junta algo elevado, como de quien recoge muchas cosas canta: ‘Oremos’, y luego, teniendo las manos separadas con los brazos en alto, recita la oración llamada Colecta.

La Colecta es la primera oración solemne de la Misa, y es a la vez la oración de la misa: congrega, junta, reúne al pueblo. Es una oración pública, oficial, solemne, colectiva (por eso se llama colecta), no individual del sacerdote, sino del pueblo, de todo el pueblo reunido: el sacerdote la pronuncia en ejercicio de su carácter como cabeza de la Iglesia, como presidente de la asamblea cristiana.
El Sacerdote asume aquí el sentir de todos y, en ejercicio de su carácter sacerdotal de los fieles, como quien está ordenado para ofrecer preces, se dirige a Dios considerado en su Ser, en su Eternidad, en su Omnipotencia; lo invoca en alguno de sus atributos, o recordando el misterio propio del tiempo, o la memoria del santo cuya fiesta nos reúne, y luego expone brevemente el pedido de todos.
Ahora bien, durante todo el tiempo mientras invoca, recuerda, pide, el Sacerdote mantiene las manos separadas y en alto: actitud del orante. ¡No tiene nada, y lo espera todo del Cielo! Pero después del pedido, e Sacerdote dice al Padre quién pide, dice por quién eleva las manos; dice: Per Christum Dominum nostrum. Y este nombre le hace juntar las manos ante el pecho
Esta conclusión muestra el gran misterio de la oración cristiana, como acto íntimo de la Iglesia dentro de la vida misma de Dios. Porque si el hombre, se dirige al Padre en un Espíritu y eleva manos puras, el secreto de su estar de pie y la razón que tiene, en Dios mismo, para ser oído es: ¡Cristo, el Hijo, el Amado, el Mediador! Hijo de Dios e Hijo del Hombre; uno con el Padre y Señor nuestro; nuestra cabeza, nuestra vida, nuestro cuerpo, nuestro ser, el espíritu de nuestra boca, el Cristo Señor, el que con el Padre vive y reina en la unidad del Espíritu Santo…
Con la obsecración terminan las palabras recitadas por el Sacerdote y el pueblo concluye la oración diciendo: Amén.

La unidad, la claridad, la conexión lógica, el ‘cursus’ de la oración de la misa es algo notable. Ningún sentimentalismo, ninguna efusión interior. Una invocación al Padre, sobria, brevísima. Un recuerdo, un pedido, nuestra razón de orar – (nuestra razón de ser) – Cristo nuestro Señor. Y, como conclusión, el pueblo, que fue llamado a orar en el Oremus, cumple ahora la oración, que es “su” oración, en el Amén.
La Colecta no es un anuncio como el Introito, no es un grito como los Kyries, no es un himno como el Gloria. La Colecta es la expresión razonable y justa de la prudencia mística. Palabra “eclesiástica” por excelencia. La Iglesia; que contempla el Ser perfecto, inmutable y eterno, lo que falta a estos hijos de su seno ¡y que no son! Paralelo del Ser y del no-ser, de El que Es y de los que crecen ; de la Trinidad inmóvil por la plenitud de todo bien; y de la Iglesia reunida en un Espíritu y del tiempo, que aspira a ser eterno porque el Verbo hecho carne le ha dado eternidad. La Colecta es la Iglesia reunida que ora. Con esta oración termina la Sinaxis o primer acto de la misa.

  La Reunión preparatoria o Sinaxis - Síntesis


Señores: Cuando el hombre baja al corazón del hombre encuentra allí las cuatro pasiones, las cuatro heridas que recibimos en Adán: temor, dolor, gozo y esperanza. A la purificación o escitación de esas pasiones están ordenados estos cuatro actos de la reunión preparatoria.
El Introito dice: -- Señor, oí tu anuncio, y temí : ¡Señor, tu obra, en medio de los días, dale vida!
Los Kyries reciben del Introito el temor, el temor que es intuitivo, y dicen (con la profundidad del dolor): ¡Memorare quae mea substantia!
El Gloria es gozoso; halla conveniencia con ángeles y se goza santamente in gloria Dei Patris, en el Creador nacido .
La Colecta, por fin, es la palabra de la esperanza.
Sin temor (que es sentido del culto) no se puede oír el Introito.
Sin dolor (que es negación de sí) no se pueden cantar los Kyries.
Sin gozo (sin un gozo fundado en Cristo) no tiene sentido el Gloria.
Sin esperanza, finalmente, (ya que la esperanza es ‘teologal’) nadie puede estar de pie, ni pedir.

Dice la Escritura: “antes de la oración, prepara tu alma” . Con dolor y gozo, con Kyries y Gloria. Y la fuerza de nuestra oración esté en la profundidad de aquellos dos afectos .
Dice también la Escritura: “Guarda tu pie al entrar– y acércate para oír ”. El Introito guarda nuestro pie al entrar, lo pone en los pasos peregrinos de los Padres, en las pisadas de los Profetas, en las huellas de los pies desnudos de los Apóstoles. Y la Oración nos acerca para oír. Nos acerca por dolor y gozo y esperanza.
Pero ¿qué hemos de oír?: Las Lecciones. En la Sinaxis el hombre, la Iglesia, llama, en las Lecciones el Señor abre, y responde.

Lecciones


Multifariam : de muchos modos, con muchas voces, habla el Señor a su pueblo; pero, comúnmente, sólo se dan tres lecciones en la misa: la primera es la Epístola o lección de los enviados (Apostólica); la segunda es el Gradual o lección del Coro; la tercera es el Evangelio, es decir: el Hijo.
Vosotros sabéis, Señores, que la iglesia cristiana es un edificio orientado. Los cristianos oramos de cara al Oriente (Cristo que nos visita) en recuerdo del jardín, que perdimos; en deseo del relámpago que esperamos. Ahora bien, en esta Casa que tiene Oriente y Occidente el altar tiene Norte y Sur. Llaman al lado sur del altar cuerno de la Epístola o lugar de los judíos; y el lado norte, cuerno del Evangelio o lugar de las naciones.
Estos dos cuernos o extremos del altar tienen su importancia pues, en las lecciones, cada lección tiene lugar y ministro propios y ceremonias propias, llenas de luz, y que no son sin intención ni por accidente.
-- “Hijo de hombre – dice el Espíritu al profeta – Hijo de hombre, ve con tus ojos y oye con tus orejas” . Lo primero pues, sea ver, ver con los ojos de la cara y ver ‘lo que tenemos delante’ (lo más difícil de ver).

Epístola


Consideremos el rito de la primera lección: Después del Amén de la Colecta el pueblo se sienta y el Subdiácono, de pie, en el lugar de los judíos, empieza a recitar la Epístola. Lee de espaldas al pueblo, colocado detrás del sacerdote que también está de espaldas al pueblo. Y el pueblo – sentado – recibe esa palabra de un rostro que no ve. Este ministro está revestido de una túnica que se llama túnica estrecha, y se le exigió, al ordenarle, que tuviera una voz “castigada”.

Señores: es oficio del Subdiácono cuidar de los vasos sagrados – no de su contenido; eso corresponde al Diácono; ni del sacrificio que se ofrece en ellos; eso es del Sacerdote – sino de su limpieza. Él debe llevarlos, guardarlos y presentarlos al altar: vacíos.
Ahora bien, en estos vasos hay tres cosas: la materia, que ha de ser preciosa; la forma, que ha de ser sagrada y no de ignominia; y la limpieza, que exige que sean presentados al altar completamente vacíos y puros.
Y ved ahí: lo que hará el Subdiácono en la misa con los vasos sagrados lo hace ya, en la Ante-misa, al recitar su lección, pues nosotros – todo el pueblo y cada alma – somos esos vasos, y esta primera lección nos dispone y nos limpia para recibir el vino del Evangelio.
Nos dispone en cuanto a la materia y en cuanto a la forma. En cuanto a la materia que es preciosa, los hijos de Sion no son vasijas de barro , dice el Profeta cuando nos revela con palabras de sabiduría el valor inestimable del alma. Nos dispone en cuanto a la forma que ha de ser conforme al Modelo mostrado en el Monte , cuando nos instruye acerca del misterio de Cristo, ya sea directamente, ya con figuras o profecías. Y nos dispone en cuanto a la limpieza cuando nos predica el despojo y la desnudez de Cristo.

La Epístola despierta a los que duermen, intima juicios de Dios, revela su consejo, su plan, su propósito. Su objeto es limpiar la Imagen, restablecer la semejanza, y, para eso, toma el alma y la ensaya como se ensaya el oro en el fuego. Ordenada al Evangelio, la Epístola de la misa es la primera palabra acerca del misterio otrora prometido, y anunciado, y propuesto, y luego realizado, y aquí, y ahora, y dado a nosotros, -- en la institución que hizo de él el Señor mismo – y para cuya celebración, ahora, el Subdiácono, ministro de la mesa, ministro que mira solamente al altar; nos instruye conforme a su orden.
Y así, la Epístola, desde el lugar de los judíos, lugar de origen y preparación, muestra espaldas de Dios, y, de espaldas nos habla: para que entendamos que no por persuasión de hombres sino por comunicación de la sabiduría que hay en Dios, que es oculta, hemos sido redimidos y nos integramos en Cristo.

Gradual


Señores:
Cuando el Subdiácono termina de recitar la Epístola, el coro canta el Gradual. El Sacerdote y los ministros lo escuchan sentados. El pueblo también lo recibe sentado. He aquí pues, la segunda lección. Lección inspirada. Lección del Coro. Radicada en la música, entregada al canto. No tiene lugar propio en el Altar ni ministro propio. Y se mueve sobre el pueblo como el Espíritu sobre las aguas. El gradual, dice Santo Tomás, significa el adelanto en la vida espiritual.
La Epístola dice al pueblo: -- Levántate tú que duermes, y te iluminará Cristo . El Gradual dice: -- Abriré en el Salterio mi proposición , rebosaré misterios escondidos desde el principio. 

  El Gradual es una voz que canta, y canta porque ama. El Gradual es una palabra sabrosa, oscura, que, no en lo que dice solamente, ni mayormente, sino en lo que modula, comunica lo inefable. Sube de la abundancia del corazón y florece entre las dos lecciones de dicción distinta, y no es la palabra en la boca que los dientes dividen, sino voz, y voz en la garganta, la sede del deseo.

El Gradual como lectura no agrega nada a la Epístola, y si nos atuviéramos a sus palabras apenas sería su eco. Pero como lección, y como lección que canta, tiene carácter, autonomía, operación propia, y nos es dado gratuitamente, desinteresadamente por si alguno acaso hubiera ya gustado “que el Señor es suave” . Por si alguno reconoce las joyas de la Esposa en la voz que canta.

Palabra de amor, tiene, como el amor, dos extremos: el gemido del deseo y el júbilo de la posesión -- y así, halla su perfección de dos modos: ahora en el júbilo, y eso es el Alleluia; ahora en el gemido, y eso es el Tracto.
Allelulia y Tracto, júbilo y gemido, son los dos modos que terminan el Gradual. El Alleluia llevando la palabra que canta hasta el exceso, hasta la voz inarticulada. El Tracto haciéndola más densa y dándole el tono grave del alma que conoce su herida.
Ya antes de ahora hemos encontrado en la misa el dolor y el gozo, en los Kyries y el Gloria, pero aquello era otra cosa, tenía otro carácter. Aquel dolor era dolor del hombre pecador; aquel gozo, gozo del hombre redimido. Pero aquí no es del hombre lo que se oye. El misterio propio de esta Lección es que no da un eco del gemido inenarrable: es la voz de la Paloma oída en nuestra tierra .
“Hazme, Señor, gustar por amor – dice San Anselmo – lo que oigo por conocimiento; sienta por afecto lo que entiendo por inteligencia”.
El Gradual da a sentir por amor lo que contiene la Epístola, y mueve por afecto, u por extremo afecto, cuando un movimiento en el altar anuncia el Evangelio que llega.
Y de ahí sus dos movimientos: uno que depende de la Epístola recibida; el otro del Evangelio que llega. El primero canta, el segundo pone de pie y exulta.


Finalmente, en algunos días, aún después del júbilo o del gemido, se oye otra palabra: es la Prosa. La Prosa que significa el vuelo del espíritu corona en ciertas solemnidades esta admirable lección del Coro. Meditación del Alleluia; si es que el sublime Alleluia – entréme donde no supe – puede ser meditado.
La Prosa es como la danza de David, el Rey, alrededor del Arca del Señor: es la contemplación circular de un misterio.

Evangelio


Señores:
Habitualmente los últimos neumas del Alleluia acompañan un movimiento en el altar. Los seis ministros que hemos visto moverse en el Introito, el Sacerdote, el Diácono, el Subdiácono, los dos acólitos, el turiferario, se mueven igualmente ahora y concurren de una manera precisa para el canto del Evangelio.
El Evangelio es el rito visible más solemne que tiene toda la Misa.
El Sacerdote impone el incienso y luego bendice y envía a su ministro, el Diácono. Enseguida la procesión, con luces e incienso parte del medio del atar y se dirige al Norte, al lugar de las naciones y se preparan para anunciar el Evangelio.
El Subdiácono se pone de pie, mirando al Sur. A su derecha e izquierda se colocan los dos niños acólitos. El Subdiácono recibe el libro de los Evangelios y lo sostiene en alto, dándolo a leer: el libro abierto le tapa la cara. Los dos acólitos con los candeleros encendidos alumbran el libro; y frente a ellos se colocan: el Diácono – ministro propio de esta Lección – y el turiferario. Leamos en este rito.
Ese Subdiácono representa al pueblo judío: sostiene materialmente el Evangelio y lo entrega abierto a las naciones, pero el libro (la Letra) le tapa los ojos. Junto a él esos dos niños con luces son Moisés y Elías: son la Ley y los Profetas, que, como en la Transfiguración del Señor, dan testimonio del Evangelio. Esas dos luces son la Epístola y el Gradual, las dos lecciones preparatorias, las dos lecciones sin las cuales tenemos ojos y no vemos . Y ved ahí que, frente al Subdiácono y a los niños, el Diácono, antes de cantar esta Lección, se persigna e inciensa el libro de los evangelios.

Señores: el Evangelio nos enseña a adorar al Padre en Espíritu y en Verdad; la verdad del Evangelio, (su verdad desnuda) es la Cruz, y su espíritu es espíritu de oración. El Evangelio es Verbum Crucis, es palabra de cruz. No puede recibirlo quien no esté tres veces señalado con este signo de la sabiduría de Dios, y no puede retenerlo quien no tenga en sí mismo, de algún modo, el fuego y la nube…
Finalmente, notaréis que, mientras todo esto ocurre del lado del Norte, en el lugar de las naciones, el Sacerdote (a quien hemos visto de espaldas durante el tiempo de la Epístola) ahora, desde el lugar de los judíos, mira a los que anuncian la palabra con el rostro vuelto hacia ellos y a la Iglesia. Mira en figura de Aquél que vuelve el rostro a nosotros, en su Hijo, para darnos nueva vida.
La Lección Evangélica no necesita comentarios; enunciar su rito es declarar su sentido. El Evangelio no es un comienzo, es perfección y cumplimiento. Es el término de la Ley y de los Profetas, el término de la Epístola y del Gradual, de la lección que intima y de la lección que canta.
Y los dos niños acólitos dan testimonio al Evangelio y lo iluminan, no porque el Evangelio necesite luz – ¡es la Luz misma! – sino porque nosotros necesitamos de esas dos luces para poder alzar los ojos y para recibirlo de pie.
Hijo de hombre, dice el Espíritu Santo al profeta: “Hijo de hombre, ponte sobre tus pies y hablaré contigo” . “Ponte sobre tus pies”: así habla al pueblo la Epístola.
“Y entró en mí el Espíritu después que me habló” dice el profeta: Veis ahí el Gradual, el Alleluia, el Tracto, la Lección sin ministro, la palabra oscura infundida al alma: “Entró en mí el Espíritu después que me habló”; “y afirmome sobre mis pies y oí al que me hablaba” . Epístola y Gradual, llamado y moción. Y luego: la Palabra misma, que dice, y se manifiesta, y es revelación y es presencia, para los que han sido afirmados sobre sus pies.

Credo


Después del Evangelio el Sacerdote viene al centro del altar (como hizo cuando el Gloria) y canta estas palabras: Credo in unum Deum. Aquí el Sacerdote – in persona Dei – así como antes nos dio la revelación de la gloria, ahora se manifiesta autor de la fe. El Coro y el Pueblo toman el Credo de la boca del Sacerdote y lo cantan.
Vosotros sabéis lo que es el Credo de la misa. No puede pedirse nada más noble, más fuerte, más simple. El pueblo cristiano se divide como en dos bandos que van alternando esos magníficos, esos gloriosos artículos de nuestra fe. El Credo de Nicea tiene una sublime adolescencia; es una cosa fuerte, serena y triunfal. Cuando se lo oye sentimos la enormidad de nuestra caída, sentimos ¡lo que hubiera sido el mundo! si hubiera recibido la fe.
Después de las tres lecciones, el Credo es una respuesta. Es el Amén de la inteligencia que ha recibido la doctrina; es la palabra de la fe que guarda las enseñanzas; es la afirmación orgánica, “total”, algo así como el “cuerpo del espíritu” que asimila, -- en el sentido de la Tradición y de la Fidelidad – aquella admirable luz de las tres Lecciones divinas.
Pero si por un lado el Credo recibe las lecciones, por el otro, protege los misterios. Con relación a la Ante-misa es el Amén de la inteligencia; con relación a la Misa es como la Espada de fuego.
La Iglesia no puede entregar lo santo a los perros. Solamente los que confiesan la integridad de la fe pueden franquear este límite y llegarse, como hijos, hasta el árbol de la vida.

Síntesis de la Ante-Misa


Señores: ha terminado la primera parte de la misa, la parte ordenada a la preparación de los fieles. La Sinaxis los redujo a la unidad de la oración. Las Lecciones los han llevado, por iluminaciones sucesivas, hasta la unidad de la fe.
Aquel Introito lleno de sentidos y misterios termina en este Credo. Y entre esos dos momentos perfectamente definidos el pueblo cristiano se ha puesto de pie dos veces: una vez para orar, la otra para oir. Y las dos veces, después de haberse preparado por dos modos diferentes de estar sentado.
Sentados con dolor y gozo en los Kyries y el Gloria nos pusimos de pie para orar. Sentados con dolor y gozo en la Epístola y el Gradual nos pusimos de pie para oir. Kyries y Gloria, “integrantes” de la oración; Epístola y Evangelio “integrantes” del Evangelio. Entre el Introito y el Credo, pues, dos cosas solamente hemos hecho: hemos pedido y hemos recibido.

Transición de la Ante-Misa a la Misa
Hemos pedido, y hemos recibido. Hemos llamado, y nos abren. ¡Bienaventurado el que comerá pan en el Reino de Dios! . He aquí la Misa. La Misa es el banquete preparado por el Rey para celebrar las Bodas de su Hijo.
La Ante-Misa corresponde al deseo profundo de la criatura; está ordenada a lo que hay en el interior del hombre; se descubre y se explica por lo que hay en el interior del hombre.
Pero la Misa es otra cosa. Para tener un presentimiento siquiera de lo que es la misa debiéramos estar en ella como el discípulo aquel, a quien Jesús amaba, y que estuvo en la Cena recostado sobre su pecho. No basta aquí saber lo que hay en el interior del hombre, aquí necesitamos conocer lo que hay en el interior de Dios.

Ofertorio


Señores:
Así como en Dios hay Tres personas divinas así en la Misa, que es sacramento de unidad, hay tres misterios inmensos: el Ofertorio, la Eucaristía y la Participación.
Consideremos el rito del Ofertorio. Terminado el Credo todos nos ponemos de pie y el Sacerdote, después de besar el altar, se vuelva al pueblo y lo saludo: -- Dominus vobiscum. El pueblo responde: -- Et cum spiritu tuo. Luego el Sacerdote, vuelto de cara al altar y elevando las manos, canta la única palabra: -- Oremus.
Este Oremus es el punto de partida de todo el Ofertorio, es decir, de dos series simultáneas de actos. Una que tiene lugar en el altar y la otra en la nave.
Después de este Oremus, en el altar, los ministros presentan al Sacerdote los vasos sagrados con el pan y el vino, y el Sacerdote los toma de sus manos, sucesivamente y los eleva delante del Señor y los eleva delante del Señor y los pone sobre el altar.
Entretanto, en la nave, los acólitos van de escaño en escaño presentando a los fieles la bolsa para la limosna, mientras el Coro canta la antífona del Ofertorio.
Como veis, este rito es doble: es como aquel libro escrito dentro y fuera . Dentro, en el altar, las ofrendas, Fuera, en el pueblo, el precio de las ofrendas.
Pero no sólo son dos series paralelas de actos sino que cada una tiene su modo o espíritu, algo así como un ángel que la acompaña. El pueblo presenta la limosna depositándola en la bolsa que le es presentada, y la antífona que canta el Coro es el “espíritu, el afecto de esa limosna”. La antífona del Ofertorio, dice santo Tomás, significa la alegría de los que ofrecen.
Por su lado el Sacerdote, al disponer las ofrendas recita ciertas oraciones: Al ofrecer el pan, la oración Súscipe. Al mezclar el vino y el agua, la oración: Deus qui humanae substantiae. Al ofrecer el cáliz, la oración: Offérimus tibi. Al inclinarse, la oración: In spiritu humilitatis.
Y estas oraciones son el espíritu, la intención de las ofrendas. Acompañan el gesto de las manos pero exceden a esa presentación de pacíficos, a esa simple presentación del pan y del vino.
El ángel custodio que acompaña al niño, acompañándole “mira el rostro del Padre que está en los cielos” . Estas oraciones que acompañan la presentación de las ofrendas, acompañándolas contemplan ya desde ahora la Pasión del Señor, es decir, el Sacrificio perfecto que vendrá después.

Pero ved ahí que, en seguida de la invocación: Veni Sanctificator el Sacerdote empieza el rito del incienso sobre el altar y las ofrendas.
Tenemos ahora la segunda parte del Ofertorio que también es doble y se desarrolla así: Fuera, en la nave, el coro ha terminado de cantar la antífona y da lugar al órgano. Y el pueblo, que ha terminado de dar la limosna, oye, por vez primera en la misa, la música sola. Y ve – algo así como a través del velo del incienso que sube allá en el altar, y del altar baja ordenadamente al Coro, y del Coro volverá de nuevo al altar, y le será ofrecido – ve lo que hace el sacerdote.
Pero ¿qué hace allá dentro el Sacerdote? El Sacerdote ante las ofrendas preparadas va a recitar la oración Super Oblata, sobre las cosas ofrecidas, que es la oración del misterio, la oración misterial, es decir, determinante de todo este rito. Pero antes de ese acto grave, -- estrictamente sacerdotal, suyo, de él solo, tiene algo así como tres escrúpulos:
Teme estar sucio: y se lava las manos (Lavabo). Teme por sus manos vacías: y las junta en medio del altar con memoria de los misterios de Cristo (Súscipe Sancta Trinitas). Teme estar solo, y volviéndose dice a los ministros, sólo a los ministros y con voz deprimida: Orate fratres. Y en este momento solemos ver su rostro a través del velo del incienso.
Los ministros le responden: Suscipiat… reciba el Señor el sacrificio de tus manos, etc. Y él, cuando ha terminado de oír toda esta respuesta, ofrece, es decir, recita la oración Super Oblata o Secreta; oración que es, podemos decir, la única de todo el Ofertorio, pues, todas las otras oraciones acompañan sus diferentes fases preparatorias, pero mirando a otra cosa, mientras que ésta lo especifica. Ésta, mira solamente al Ofertorio, y lo cumple.

Tan importante es la oración Super Oblata o Secreta, que, después de haberla recitado el Sacerdote en secreto – conformándose a la ley que hace que todo acto sacerdotal al ofrecer dones sea secreto – alza la voz, y con la exfónesis del per omnia saecula saeculorum, pide el asentimiento del pueblo para el acto que acaba de realizar, él solo, por todos. El pueblo se pone de pie y da ese Amén.
Así termina el Ofertorio. Este Amén responde al Oremus inicial, y, entre ambos, pasan las dos series simultáneas de actos, una dentro, la otra fuera.
Primero, en el altar (dentro) las ofrendas y la oraciones acompañantes; y en la nave (fuera), la limosna, precio de las ofrendas y la antífona acompañante.
Pasa luego el rito del incienso, que reitera a su modo aquel Oremus del principio y lo hace visible, y como él, se cierne, largamente, sobre el altar y el pueblo. Y con el incienso, la música. La música que es dada al pueblo para ayudarle a orar.
El Ofertorio nos dice, como el Señor a los discípulos en el huerto, Estaos aquí sentados mientras voy y hago oración allí. Y como el Señor en el huerto pide ser acompañado y no abandonado. El Ofertorio pide que el Sacerdote, que ofrece en el altar sea acompañado de la oración del pueblo.

 Señores: El hombre es criatura con cuerpo y alma. Dos cosas hay en la Iglesia para ayudar al hombre en la oración según su cuerpo y su alma: los bancos y el órgano.

En los bancos dejamos el cuerpo para que no estorbe al alma. En la música dejamos el alma para que no estorbe al espíritu. Asientos y órgano están propter infirmos para ayudar nuestra debilidad.
Frente al Sacerdote que ofrece, frente a aquél que está delante del Cáliz, sólo dos actitudes son posibles al pueblo, sentado y distante. O tiene conciencia del sacrificio y entonces vigila y ora, y es para el Sacerdote como él ángel confortador de Jesús en la agonía, es decir, asiste y ofrece… O no sabe qué responder y duerme o divaga porque “sus ojos están cargados de sueño” .

Sentado – actitud de quien considera – el pueblo ve y oye: ve al Sacerdote y oye la música del órgano. Esta música mide la distancia de un tiro de piedra que separa al Señor de sus discípulos en el huerto y nos hace padecer el misterio sacerdotal.
Por el Coro el pueblo responde. Por la música co-responde, y cuando el acólito le ofrece el incienso y cuando el Sacerdote, elevando la voz, le pide su Amén, el pueblo se pone de pie y se inclina al perfume y asiente a la oblación, con clara conciencia de lo que ha dado y de lo que le es pedido.
¿Qué ha dado? -- Monedas. Pero ¿de lo superfluo o de lo necesario? -- De lo necesario; puesto que en manos del Sacerdote esas monedas son pan y vino, son su pan y su vino, es decir, nuestro sustento y nuestra fortaleza.
Y ¿cómo las dio? ¿Cómo quien paga el impuesto para librarse del fisco o como quien ofrece el fruto de sus manos, de su labor y vigilancia para quedar, para permanecer en medio de la vida, o como quien permanentemente en la memoria de su pueblo?
Hemos dado y nos hemos dado. El Sacerdote que dice al Señor: Súscipe, recibe, es el mismo que dice Suscipiamur a te: seamos recibidos por Ti. El pueblo está unido al sacrificio como los vasos a las ofrendas, y más: como la gota de agua al vino, en el Cáliz.
El Ofertorio es un sacrificio inicial, abierto, ordenado por completo a la eucaristía que lo sigue. Aquí presentaos la materia del sacramento del sacrificio perfecto y no queremos quedar extraños a la Pasión del Señor. Nuestro Amén nos abre paso: y ved ahí la Eucaristía.

Acción - Prefacio


Señores: la Acción sagrada o Eucaristía tiene dos partes. La primera es el Prefacio; la segunda el Canon. El Prefacio es público. El Canon es secreto.
El Prefacio empieza con un diálogo solemne entre el sacerdote y el pueblo. Aquí, después del habitual ‘Dominus vobiscum’ ya no se trata solamente de aquel Oremus que abre o preside el Ofertorio y que nos deja sentados, a lo lejos. Aquí el Sacerdote de pie dialoga con el pueblo también de pie y lo invita a entrar activamente en la alabanza. El corazón ha de estar ad Dominum y el espíritu ha de tributar gracias: gratias ágere hallando en sí mismo y proclamando que ello es digno y justo, debido y saludable.
En el Prefacio el hombre ejerce con pleno discernimiento lo que en el hombre hay de más alto y noble: la razón, el juicio, la justicia. Reformado en su dignidad, coronado nuevamente con gloria y honor, el hombre está de pie, y toda la creación se une y se incorpora a él en Cristo, y él en Cristo y por Cristo, -- pontífice único y eterno –, eleva las manos y ofrece al Padre Omnipotente el sacrificio de alabanza, fruto de los labios que conocen y pronuncian su Nombre.
En el Prefacio comienza, pues, la Eucaristía. La Iglesia se llega al monte Sión, a la ciudad del Dios vivo, Jerusalem la celestial, a la compañía de millares de ángeles . Se llega y pide que su voz sea admitida en los cielos.

Pero, al llegar aquí, el rito se divide. Como tuvimos en el Ofertorio, como ocurrirá en la Participación, tenemos de nuevo un dentro y un fuera. Dentro, el Canon. Fuera, el Sanctus.
Dentro, la entrada de nuestro Sacerdote al Tabernáculo perfecto, y fuera, el pueblo de rodillas, en el anonadamiento de la adoración.

Ciclo Sacrificial


Sanctus


El Canon es el Misterio de fe, es decir la conversión del pan y del vino y el Sanctus es: como el velo que cubre ese Misterio. Es la adoración que clama, y se interrumpe, y vuelve a clamar, y se suspende, y queda en suspenso – como el abismo delante del abismo -- hasta que el Sacerdote alza la voz y pide finalmente al pueblo el Amén del sacrificio.

Estamos en este momento central y esencial de la Misa como los israelitas delante del Tabernáculo de la Alianza: Cada uno mirando a la puerta de su pabellón, mirando las espaldas del Mediador y viendo todos cómo la columna de nube está parada a la puerta del Tabernáculo . Ellos, leemos, por la puerta de sus tiendas, adoraban. Consideremos qué forma reviste esta adoración para nosotros.

Sanctus – Velo del Canon


Pidió la Iglesia en el Prefacio que su voz fuera admitida en los cielos, y ved ahí que los cielos dejan oír su voz en la Iglesia. El Sanctus comienza con el trisagio de los serafines. Los ángeles se asocian así a nosotros por causa de Cristo , nuestro jefe común, -- más nuestro que de ellos – y adoran la divinidad con aquel clamor incesante de los que se dan voces, uno a otro, diciendo: Santo, Santo, Santo es el Señor Dios de Sabaoth .
Pero, de pronto, esta aclamación se interrumpe y la música solamente mantiene sus cuatro notas sublimes dando lugar así a que sea bien manifiesto al pueblo el gran misterio de la fe, es decir, la consagración, separada , de la Hostia y del Cáliz . El Cuerpo y la Sangre son elevados sucesivamente y ofrecidos a la adoración del pueblo.
El pueblo, avisado por la campanilla, alza los ojos para mirar el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Es decir, ve: la primera vez la Hostia y la segunda vez el Cáliz, y, en ambas, la columna de nube del incienso a la izquierda del altar. Y dice, cada vez, en su corazón, aquel anonadante: ¡Señor mío y Dios mío! del reconocimiento del Apóstol .
Y cuando termina la elevación, que nos ha mostrado distintamente esa separación mística del cuerpo y de la sangre de Cristo, en la cual consiste y se consuma sacramentalmente el sacrificio, el Coro vuelve a tomar el canto del Sanctus, pero, ahora, no ya con el trisagio de los ángeles sino con la aclamación de los niños.
Los ángeles se callan – por reverencia a la Encarnación, diría, por reverencia a esa naturaleza humana y no angélica que tomó el Verbo – y el hombre, no hallando en sí mismo una voz más pura para adorar la humanidad de aquél que ha reparado su naturaleza, se llega a Cristo con la voz de los niños. El Coro canta: Benedictus qui venit in Nomine Domini.
Y cuando, con el Hosanna in excelsis terminan las palabras de este Sanctus de la Misa, todavía seguimos oyendo sus notas un momento: el órgano fuga ese tema hasta que el Sacerdote llega al final del Canon, y, desde “los años eternos”, nos llama con el Per omnia saecula saeculorum, y pide al pueblo el Amén del sacrificio.

  Tal es el ‘argumento’ del Sanctus de la misa. Ésa es la forma que toma nuestra adoración delante del Sacrificio del Altar. Ángeles alaban la divinidad de Cristo, Niños alaban su sagrada humanidad, y, entre las dos confesiones, la columna de nube – y la fe del pueblo que alza los ojos y ve el Cuerpo de Cristo primero y luego el Cáliz de la Alianza en su Sangre.

Canon


Ahora, si me preguntáis qué hace el Sacerdote durante este tiempo, desde que dejamos de oír su voz en el Prefacio hasta la Consagración, y hasta que nos llamó en la exfónesis, os confesaré mi ignorancia .
El Canon de la misa es el lugar terrible, “el Santo de los Santos” de nuestros misterios. El Canon de la misa es de aquellas cosas absolutamente sagradas y divinas, que piden suspensión y admiración y temor. Es como la zarza ardiendo, como el misterio de la Encarnación. Nadie puede entrar en ellas si ellas no descienden primero del cielo, de Dios.
Y ciertamente que yo también, como cualquiera, puedo leer el ‘texto’ del Canon, y poner el oído a las diez oraciones que van del Te ígitur al Per ipsum. Y puedo trazar las figuras de esos signos, y mostrar cómo los dos enclaves cortan aquí o allí, su línea: el Memento de los vivos, porque conviene que el recuerdo del hermano haga dejar un momento la ofrenda que se está ofreciendo; y el Memento de difuntos, porque ¡es grande el ardor de aquella llama! .
Y podría también evocar los números sagrados que rigen en la enumeración de los santos: aquéllos veinte y cuatro del Comunicantes y los quince del Nobis quoque peccatoribus; los doce Apóstoles y los doce mártires; los ocho varones y las siete mujeres. Veinte y cuatro, quince y doce y ocho y siete – números místicos que denuncian misteriosamente al Israel de Dios y la peregrinación de nuestra vida, y el círculo del año, y el ciclo de la regeneración y las siete mujeres que echaron mano de Cristo y tomaron un varón para librarse del oprobio.
Y aun podría enumerar los siete órdenes de cruces que hace el Sacerdote sobre la hostia y el cáliz; y espiar cómo pone las manos en el Hanc ígitur y cómo apoya lo codos en la Consagración. Pero todo esto, con ser tan alto, apenas si es balbuceo de niños.

El Amén del Canon


Para nosotros la entrada de este misterio está en aquel AMÉN que nos es pedido cada día. Amén que es como la puerta angosta del Evangelio: ¡pocos dan con ella! El Amén del Canon es el Amén de los que han elegido la muerte para dar todo honor y gloria al Padre. Este Amén ¡configura’ y significa el ‘Fiat’, la ‘exinanitio’, o sea el aniquilamiento de la criatura por perfecta ‘con-formidad’ con el Hijo, y con el Hijo desamparado y crucificado.
Mas, si la puerta de este misterio es Amén: su explicación tiene que ser conforme al Sanctus. El Sanctus tiene que darnos lo que el Sanctus nos vela. Hemos de ver el Canon a través del Sanctus por llama de fuego o balbuceo de niños. Es decir, por conocimiento inocente o trascendente .
Conocimiento “inocente”, balbuceo de niños, son esos círculos de la Sabiduría que he indicado antes, esos signos celestes que el Espíritu Santo a quien quiere cierra y a quien quiere abre.
Y en cuanto al otro conocimiento… Mirad: el profeta Isaías nos da testimonio del Sanctus cantado por los Serafines, que son llamas de fuego. El Apóstol san Juan nos lo revela en el Apocalipsis cantado por Querubines que están por dentro llenos de ojos. Esa transformación en inteligencia, de la llama de fuego en cuerpo llenos de ojos, es lo único que podría manifestar, realmente, el Canon .
Todas las otras explicaciones desfallecen. Porque aquí, como en el Calvario: ténebrae factae sunt . El Canon es misterio de fe. En el Canon, la Sangre ha oscurecido la luz.

Participación


Señores: el Amén del Canon termina la Eucaristía. Terminado el sacrificio, veamos ahora la Participación de la víctima a que somos admitidos.
La Participación o comunión, -- último acto de la Misa – tiene una parte clara, el Padre Nuestro, y otra secreta.

Después del Pater el rito se divide y volvemos a la estrella doble, al libro escrito por dentro y por fuera , a las dos series gemelas, correspondientes:
el Silencio – y la Fracción
el Agnus Dei – y el Beso de Paz
la Música – y la distribución del Pan
la antífona de la Communio – y la adoración del pueblo.
Hasta que el sacerdote saluda por sexta vez a la asamblea con el Dominus vobiscum y tras de ese saludo recita la Post Communio que es la conclusión de este rito y la última oración solemne de toda la Misa.

Pater


Consideremos el Padre Nuestro. Antes de recitarlo, en el prólogo del “Praeceptis salutaribus moniti” el Sacerdote se excusa en cierto modo de lo que va a hacer. ¡Se excusa de que va a llamar Padre a Dios! Luego eleva las manos con la palmas vueltas al altar, mostrando bien al Señor y al pueblo que no somos hijos sino en la medida de nuestra conformidad con el Hijo y con el Hijo crucificado. Y, con los ojos fijos en la Sagrada Hostia, se atreve a decir: Padre Nuestro que estás en los cielos…
Entre las Lecciones y el Ofertorio, dijimos del Credo, que el Credo es con relación a las Lecciones el Amén de la inteligencia; con relación a los misterios es como la espada de fuego…
Luego, entre el Ofertorio y el Canon, entre la ofrenda del pan y el vino y la eucaristía del pan y el vino, hemos visto que el Prefacio, sacrificio de alabanza, nos une a la jerarquía y junta a la tierra los cielos.
Este Padre Nuestro de ahora, entre el Canon y la Comunión, entre e sacrificio y la participación de sacrificio, es el primer fruto de la Misa. Los Dones piden las Bienaventuranzas. El Padre Nuestro nos da Padre en los Cielos y pan del cielo en la tierra. En el Padre Nuestro el Espíritu nos da testimonio de ser hijos, y nos hace elevar las manos diciendo: Abbá, Padre.
Y el Padre, que ve en su Hijo Único al primogénito de muchos hermanos dice a su Iglesia, a toda su Iglesia reunida: - Me llamarás Padre y no cesarás de ir en pos de Mí, no cesarás de santificar mi Nombre, no cesarás de recibir mi Reino, no cesarás de hacer mi Voluntad, en el Amor.
Pero, como sabéis, el Sacerdote no recita todo el Padre Nuestro. Cuando llega a la sexta petición, se detiene y el Coro canta: ¡Sed libera nos a Malo! Y, a esa palabra, el Sacerdote responde Amén, en secreto. Amén misterioso, único en la Misa. Siempre es el pueblo quien dice Amén. El pueblo es quien asiente, quien desea. Pero en este momento, no el pueblo sino Dios mismo, dice: Amén.
Este Amén es afirmativo: es la respuesta del Padre a su Hijo. El Padre no puede no oír al Hijo. Por eso el Sacerdote dice Amén, pero no es dado al hombre saber cómo lo oye, y por eso esta Amén es dicho en secreto.

Fracción


Y he aquí, ahora, que el rito se divide. Después del Padre Nuestro un completo silencio, el único momento de completo silencio que tiene la liturgia, acompaña la fracción de la Hostia.
Este rito de la Fracción reproduce la acción augusta del Señor en la Cena, al partir el pan. Gesto de amor y autoridad, al partir las dos especies nos recuerda la Pasión. Aquí por primera vez se pone el Cuerpo sobre la patena, que significa el sepulcro.
Pero como el Señor no es él solo sino él unido a toda su Iglesia – peregrinante, espectante y gloriosa – ved ahí ahora que el Sacerdote toma la Hostia, y teniéndola sobre el Cáliz, la parte en dos mitades: significando así la gran separación -- de la muerte corporal -- entre el pueblo cristiano que peregrina y el que ha pasado ya de este mundo.
Luego, en una de las mitades parte un trocito que deja caer dentro del Cáliz diciendo (cantando): Pax Domini sit semper vobiscum . Es decir que, en aquel gran pueblo que descansa sólo una partecita goza de la perfecta paz. Este rito de la Fracción recuerda la triple unidad de la Iglesia y el alcance de la Misa: peregrinante, expectante y gloriosa, forma un solo cuerpo. La Eucaristía es el sacramento de su unidad y todas las almas beben de este único Cáliz cuya sangre pacifica todas las cosas , ya en el cielo, ya en la tierra.

Agnus Dei


Enseguida del: Pax Domini sit semper vobiscum el Coro canta el Agnus Dei . El Agnus Dei tiene algún parecido con los Kyries, pero no es el grito del pecador. El Agnus Dei es como el segundo mandamiento, el del amor al prójimo, que es semejante al primero, al amor de Dios. A los Kyries los acompaña el incienso sobre el altar desnudo porque la contrición mira a Dios. Al Agnus Dei lo acompaña el rito del beso de la paz, pues el amor del prójimo mira al hermano.
Y la paz es dada de este modo: el Sacerdote besa el altar y abraza al Diácono que también le abraza a él, inclinándose uno y otro sobre su respectivo hombro izquierdo. El beso en realidad no es un beso. Es algo más significativo. Es un abrazo al hermano y un inclinarse sobre su hombro, es decir, sobre el lugar de la cruz a cuestas .
Y esto denuncia claramente la caridad, pues al abrir los brazos al prójimo no se inclina ante lo que en el prójimo vale o atrae según la naturaleza, sino ante la carga que el Señor le ha impuesto. Alter alterius munera portate . Amo si amo la cruz de mi hermano. Y si no, no amo a mi hermano sino a mí mismo en él.
Pero oíd: al terminar el Coro el canto del Agnus Dei, cuando canta exactamente el: ¡Dona nobis pacem! y en el momento en que el Subdiácono vuelve al altar después de haber dado la Paz al Coro, suena la campanilla. Es un aviso. Mientras la Iglesia se reconcilia el Sacerdote recibe la comunión sacramental.

Comunión del Pueblo


Y ahora, después de la Fracción y del Agnus Dei, después de anunciar la Unidad de la Iglesia y la Fraternidad de la Iglesia: he aquí la Comunión.
El rito de la Comunión de los fieles es conocido. Oímos el órgano, que mantiene a su modo el tema del Agnus Dei que acaba de cantar el Coro. Vemos al Diácono inclinado, que recita el Yo Pecador. Luego el Sacerdote se vuelve y da la absolución. Luego toma el copón, y presentando una forma al pueblo, dice (como el Bautista): He aquí el Cordero de Dios, he aquí el que quita el pecado del mundo…
Este momento es admirable. El Sacerdote y los ministros están de pie, junto al altar, vueltos al pueblo. Detrás de ellos vemos la Cruz, los cirios. Están pues los tres debajo de aquel Árbol, como los tres ángeles que en los días del Génesis visitaron a Abraham para anunciarle que volverían acompañados de la Vida. Ahora cumplen la promesa. Ahora nos traen el bocado de pan. Nosotros, como el inmenso Patriarca, vemos tres y adoramos uno.

Y he aquí que el Sacerdote y los ministros bajan las gradas del altar y distribuyen el pan eucarístico. Podemos preguntar como Israel, ante el maná ¿Man – hu? ¿Qué es esto? ¿Quid est hoc? Hoc est enim Corpus meum. Esto es mi Cuerpo. Esto es el Pan que el Señor te ha dado para comer en el desierto y para hacer prueba de ti, si andas en su Ley o no…
Ahora bien, distribuida la comunión cesa la música del órgano y el Coro entona la antífona de la Communio. En la nave, el pueblo está de rodillas, y adora. En el altar, los ministros retiran los vasos sagrados.

De la antífona del Ofertorio dijimos: es la alegría de los que ofrecen. Esta antífona de la Communio, gemela de aquélla, pero generalmente más breve y más tierna, es la alegría del bien recibido.
El Ofertorio, que recibió de nosotros el pan, dice a la Communio, que nos ve recibir este Pan: ¡Oh admirabile commercium! Y la Communio en la unión, en la común unión con el Sumo Bien recibido, dice al Ofertorio: ¡Si supieras el don de Dios!
La antífona de la Communio, pues, acompaña la adoración del pueblo. Por su sentido es como la cera del altar, es pura adoración y gozo. Por sus palabras es como la lámpara de aceite – brilla en lo más quieto y sosegado del alma. La antífona de la Communio es la voz de la presencia real.

Post Communio


Pero ved ahí que el Sacerdote se vuelve al pueblo. Una vez más besa el altar y nos da la paz, y, con igual rito que en la Colecta recita ahora la Post Communio.
La Post Communio es la última oración solemne de la Misa. Completa el rito de la Participación, del mismo modo que la Colecta completó la Sinaxis. Es una oración breve, clara, precisa. Pide la virtud del sacramento recibido.

Missa est: Resumen y saludo
Señores: hemos llegado al final de la misa. Temo haberos fatigado excesivamente, pero permitidme decir una palabra aún. El Introito es el porche de la Catedral y los actos que consideramos de la Reunión preparatoria o Sinaxis y las Lecciones, son como los tramos de la gran nave central. Todo aquello, sin embargo, era Ante-misa; deseos, preparación, instrucción del pueblo.
Luego vimos la Misa propiamente dicha: el santuario y lo santo, el esplendor del crucero y del ábside.
El Ofertorio, el Canon y la Participación son los tres inmensos misterios en los que se quisiera vivir esta vida para gloria de la misericordiosísima Trinidad.
En el primero – el Ofertorio – al Padre Creador a quien, criaturus, ofrecemos dones de la tierra. En el segundo – el Canon – al Hijo Redentor con quien, hijos, ofrecemos al Padre su propio Hijo. En el tercero – la Participación – al Espíritu Santo santificador de las almas anunciado del Esposo por quien recibimos al Padre y al Hijo.

Pero ved ahí que, en los tres misterios hemos hallado una parte clara y rotunda y otra obscura: el Credo, el Prefacio, el Padre Nuestro, son actos evidentes.
Pero, entre el Credo y el Prefacio, entre el Prefacio y el Padre Nuestro, entre el Padre nuestro y la Post communio, están los misterios dobles, los enigmas del libro escrito dentro y fuera, las series de actos simultáneos que se responden; los actos sacerdotales, secretos, y su pasión por el pueblo, y su expresión en la boca del Coro. Aquella Antífona del Ofertorio sobre las ofrendas; aquel canto del Sanctus sobre la Eucaristía; aquel suavísimo Agnus Dei y la Communio sobre la Fracción y la Participación.
En la Misa, pues, lo claro es de piedra, y canta. Y lo oscuro es espesura. Es espesura, es riqueza: ¡mons coagulatus! Monte cuajado. Aquí le plugo al Señor habitar.
Señores: Hemos llegado al final de la misa. Las tragedias antiguas tenían éxodo, nuestra liturgia tiene una despedida solemne y un saludo. Y, cosa misteriosa, la despedida y el saludo son una invitación.

Ite missa est


Ved aquí que el Sacerdote y los ministros están de pie, uno detrás del otro, como los hemos visto tantas veces en mitad del altar. El Sacerdote dice al pueblo por última vez: Dominus vobiscum. Y luego el Diácono se vuelve al pueblo y canta solemnemente para todos, con neumas admirables: Ite, Missa est .
A esta palabra responde el Coro, con las mismas notas, con los mismos neumas: Deo gratias . Luego el órgano toma el tema y lo fuga, y mientras la música mantiene así en el aire sonoro con todo el brillo imaginable, unum contra unum, la invitación misteriosa y el Deo gratias gemelo, el pueblo cae de rodillas y el Sacerdote, se vuelve, lo bendice, y, dirigiéndose al lado del norte, recita en silencio el prólogo de San Juan.

Tal es la despedida de la Misa. ¿Qué sentido tiene?
El Ite missa est, quiere decir: Id, todo está concluido, vuestra ofrenda ha sido enviada. Luego, la bendición, nos dice: la Derecha del Padre os bendice. Y por fin, el último evangelio, como su Dedo, os señala el evangelio espiritual.
El Verbo se hizo carne y su sacrificio (por la comunión) ha pasado ahora del altar al pueblo. Id pues, y que vuestras obras glorifiquen al Padre. Habéis gustado del don de Dios. Habéis pasado de la vanidad a la verdad. Id pues, ahora, del altar al mundo. Es decir, de la esfera de los misterios a la esfera del testimonio.
Ite, Missa est, quiere decir: todo está consumado, apresuraos a entrar en el reposo. El Verbo se hizo carne: es posible en el hombre algo que no nace del hombre.
Missa est, podemos ser hijos, somos realmente hijos, nacidos de Dios y escondidos en Dios con Cristo.
La despedida de la Misa proclama un cumplimiento e intima una misión. Da término a la acción sagrada y es el comienzo, el envío de nuestra acción en el mundo.


ANEXO I


El siguiente exordio es al parecer el más antiguo, el de 1932, pronunciado probablemente en el Instituto Santo Tomás de Aquino.

Reverendo Padre, Reverendas Hermanas, Señoras, Señoritas:
He sido amablemente invitado a hacer una lectura en esta reunión. Al hacerlo – y muy complacido – me permito deciros que cuento en este momento con vuestra cultura y con vuestra fe. Vuestra fe os hará inteligible un tema que, fuera de la fe, y de la vida que produce la fe, no tiene ningún sentido. Y vuestra cultura suplirá (y os lo ruego que sea benévolamente) las deficiencias de mi palabra.

ANEXO II


Monseñor, Reverendos Padres, Señoras, Señores:
Es un gran honor para mí dirigiros la palabra. Es, además, un gran placer porque yo sé que Córdoba se interesa todavía por las cosas del espíritu, que vosotros os habéis congregado, no por mí, sino por el tema de que trato. Porque sabéis qué es la misa. Y yo os traigo confiadamente esa palabra porque no hablo ante vosotros con las exigencias del que enseña, sino con la libertad del que recuerda. No soy doctor; soy… poeta. Mi deseo es proferir una palabra “que no estorbe la música” .

ANEXO III


Este exordio es el que pronunció Dimas Antuña cuando pronunció esta conferencia en Río de Janeiro en 1938, en el Centro Dom Vital que fue el precursor de la Universidad Católica de Río de Janeiro, análoga y contemporáneamente a los Cursos de Cultura Católica que en Buenos Aires fueron precursores de la UCA.
El texto de esta conferencia que se conserva encarpetado no pasa de la explicación de la Parte preparatoria o Sinaxis. Falta todo lo demás, a lo que sin embargo se alude anticipándolo alusivamente en algunas amplificaciones.

Reverendos Padres, Señoras, Señores:
Voy a hacer uso de la palabra en esta sala de estudios del Centro Domo Vital. Permitidme que, antes de hacerlo, agradezca a vuestro Presidente el alto honor que me dispensa.
Vuestra Casa, que cuenta en su seno hombres de valor auténtico y que procura habitualmente a la juventud de Río la palabra de altos maestros, al invitarme a mí, ha querido ofreceros, por contraste, una palabra SENCILLA. La palabra de un fiel sin docencia, desprovista de las disciplinas de las ciencias y que habla entre vosotros no como quien enseña sino como quien RECUERDA.
No soy doctor, soy… poeta, mi intento es proferir una palabra que no estorbe la música.
Mi deseo es departir, fraternalmente, con vosotros de un tema eminentemente, exclusivamente RELIGIOSO; recordando en común cosas que todos sabemos y haciéndolo con aquella amable confianza que me dan vuestra cultura y vuestra fe.
Vuestra fe os hará inteligible, aún en mi castellano, que, fuera de la fe, y de la vida que produce la fe, no tiene ningún sentido.
Y vuestra cultura os permitirá SUPLIR, y sea benévolamente, os lo ruego, las deficiencias de mis palabras.
Hablemos pues, (y en castellano ya que por desgracia no puedo hacerlo en vuestro hermoso idioma) hablemos del ORDEN y MOVIMIENTO que tienen las ceremonias de la MISA SOLEMNE en nuestro rito romano, tal como pueden ellas verse comúnmente en las celebraciones habituales de nuestras iglesias.
O, si queréis, para precisar más, tal como he tenido el íntimo placer de verlas aquí en Río de Janeiro en esa bellísima misa conventual de vuestra abadía de Sâo Bentos.
Señores, sabéis que en este drama hay dos personajes…