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Orar como el HIjo, orar como hijos

Querido lector: henos aquí, en la cima del Monte de las Bienaventuranzas, donde hemos subido para escuchar de la boca de Jesucristo en persona lo que nadie más que Él pudo enseñar a la Humanidad.
En un tomo anterior te he expuesto su proclamación de las Bienaventuranzas, que son el exordio o comienzo cautivante del Sermón de la Montaña. En estas páginas te propongo el ‘Padre Nuestro’, que es el corazón mismo del Sermón. No sólo el corazón lógico de su estructura temática. Sino la culminación de lo que Jesús aspira a lograr con su predicación: filializarnos, introducirnos en la intimidad de una relación confiada, infantil, dócil y gozosa con el Padre.
En el resto del Sermón de la Montaña, Jesús nos hablaba del Padre. Pero en el ‘Padre Nuestro’ nos enseña a hablarle al Padre; nos pone al habla con el Padre. Es en ese sentido que considero al ‘Padre Nuestro’ como el corazón, como la entraña más recóndita del Sermón de la Montaña. Porque en el ‘Padre Nuestro’, el Padre, que era hasta entonces un Él, del que Jesús nos hablaba, se nos convierte en un Tú, con el que Jesús nos enseña a hablar, con el cual nos vincula de corazón. Con el ‘Padre Nuestro’ Jesús nos levanta para dar los primeros pasos en un diálogo con el Padre.
Jesús desencadena así un divino proceso filializador. No es otra cosa, propiamente, que la mismísima Bienaventuranza antes prometida, pero ahora puesta en acto. En el diálogo con el Padre, que comienza con el Padre Nuestro pero que será eterno, seremos engendrados como hijos, y nos recibiremos del Padre, en lo secreto, acogidos en un ‘nosotros’ divino-humano de multitud de hermanos: filial-paterno y filial-fraterno.

¡Nosotros, tus hijos, Padre! ¡Nosotros y Tú! ¡Padre! ¡Para siempre! ¡Para siempre!

Cuando Jesús nos enseña el ‘Padre Nuestro’ es porque ya nos considera capaces de empezar a hablar con el Padre. Es decir, nos lo entrega porque considera que hemos pasado una prueba de aptitud en la escuela de hacernos hijos. Jesús ha empezado a considerarnos Hijos como Él. Jesús se presenta ante el Padre orando junto con nosotros, ‘sus hermanitos más pequeños’, a quienes ha enseñado a invocarlo: Padre Nuestro.
¡Qué experiencia escalofriante! ¡Qué novedad absoluta en la historia religiosa de la humanidad! Una nueva conciencia paterno-filial empieza a instalarse en los oyentes de Jesús, que, imitándolo, se atreven a hablar con Dios como a un Padre. Y desde allí no cesará de irse difundiendo a través de los siglos y a todas las naciones de la Tierra.
En esa hora bienaventurada sobre la Montaña del Sermón, comienza sobre la Tierra un culto distinto, que ya no es como el de Jerusalén ni como el de Samaría. Un intercambio de Espíritu y Verdad. La nueva humanidad de los hombres filiales empieza a vivir, como un nuevo Nosotros fraterno, de cara al Tú del Padre; a imitarlo en su obrar; a tenerlo como el Tú principal de su existencia; a recibirse a sí mismos del Padre como un don de la divina caridad (por no decir ‘amor’, que es palabra anodina). Pero sobre todo, empiezan a decirle ‘Papá’, con infantil confianza, con balbuceo de niños. Cosa que no podría suceder sino en Espíritu y verdad filiales: en el Espíritu de Jesús, el Hijo verdadero.
El Padre Nuestro, como patrón o modelo del discurso filial dirigido al Padre es, pues, el punto de ignición, donde se comienza a encender una comunicación, un diálogo que es reflejo del diálogo eterno y bienaventurado que no cesará jamás.
Estas páginas quieren ser Elevaciones al Padre Nuestro. Entiéndase bien: no al texto de la oración de Jesús, sino a la Persona divina misma del Padre. He intentado eludir el lazo que tiende a atraparnos en el comentario del texto, aunque sea texto sagrado. El texto es sólo un pretexto. Es sólo un dedo índice que apunta al Padre y que no hay que quedarse mirando como perro bobo que no sabe mirar a lo que apuntamos. Cuando esto sucede, el comentario se transforma a sí mismo y al texto comentado, en letra que mata. Ni el mismo ‘Padre Nuestro’ está libre de quedarse en letra muerta o que mata.
Yo quisiera, querido lector, que estas páginas pudieran levantarte, auparte al diálogo filial con nuestro Padre. Imploro sobre ellas al Espíritu, pues Él solo puede obrarlo. Es a lo único que estas páginas aspiran y lo único que me parece justificarlas. De lo contrario merecerían ser arrojadas con una piedra atada, al fondo del mar de los escritos superfluos.
Santa Teresa confiesa que prefiere orar con el Padre Nuestro a leer muchos libros, porque con ellos, dice, “parece que se nos pierde la devoción precisamente en aquello donde más importa tenerla”. ¿Tendrán estas páginas que ponerse el sayo de las palabras de la Santa doctora? Mi intención ha sido que pudieran ayudarte a levantar vuelo orante, que te sirvieran para subir al Padre y encontrarte con Él. Pido que logrado eso, puedas abandonar este libro y olvidarte de él, como el avión abandona la pista y el pasajero ya no piensa en ella.
Cuando daba estas páginas a la imprenta, vino a confirmarlas la invitación del Vicario de Cristo, Juan Pablo II en su Mensaje de Cuaresma de 2004:
“Con la sencillez típica de los niños nos dirigimos a Dios llamándolo, como Jesús nos ha enseñado, “Abbá”, Padre, en la oración del Padrenuestro ¡Padre nuestro! Repitamos con frecuencia a lo largo de la Cuaresma esta oración; repitámosla con profunda devoción. Llamando a Dios Padre nuestro, nos daremos cuenta de que somos hijos suyos y nos sentiremos hermanos entre nosotros. De esta manera, nos resultará más fácil abrir el corazón a los pequeños, siguiendo la invitación de Jesús: “El que reciba a un niño como éste en mi nombre, a mí me recibe” (Mt 18,5). Con estos deseos, invoco sobre cada uno de vosotros la bendición de Dios por intercesión de María, Madre del Verbo de Dios hecho hombre y Madre de toda la humanidad. Vaticano, 8 de diciembre de 2003

Sobre este libro

Este volumen es el segundo de una serie que deseo dedicar a la exposición del Sermón de la Montaña. El primer volumen de la serie se ha publicado ya, con el sobretítulo: Vivir como el Hijo, vivir como Hijos y el título: Las Bienaventuranzas. Es un comentario espiritual y exegético a ese prólogo del Sermón que son las Bienaventuranzas.

Este segundo volumen de la serie, contiene un comentario al Padre Nuestro. Si las Bienaventuranzas son el prólogo, el Padre Nuestro es el centro y como el corazón del Sermón. El sobretítulo Orar como el Hijo, orar como Hijos, lo pone en relación con el anterior por semejanza. Pero si aquél era un comentario espiritual y exegético, éste contiene ‘elevaciones’ al Padre: aspira a inducir a la oración.

Estas elevaciones al Padre Nuestro se editan aparte porque este volumen tiene su unidad propia; porque es de un género distinto al volumen de las Bienaventuranzas y para no abultar demasiado los dos volúmenes que pensamos dedicar aún a comentar todo el Sermón. El primero, de género parenético, conteniendo el Sermón predicado. El otro, conteniendo un comentario exegético y espiritual: el Sermón explicado.


 

Las bienaventuranzas

bienaventuranzasEl antetítulo de este comentario de las bienaventuranzas nos da su hondo sentido, en sintonía con el profundo texto de Juan Pablo II que le sirve de introducción. Dice el Papa que Jesús no se limitó a proclamar las bienaventuranzas, sino que también las vivió, pues fue el más pobre de los pobres, el más manso de los humildes, la persona de corazón más puro y misericordioso. De modo que las bienaventuranzas son un verdadero retrato del Rostro de Jesús. Y, añade el Papa, al mismo tiempo las bienaventuranzas son el retrato de su discípulo. Y, por último, la alegría que prometen es la misma alegría de Jesús en su obediencia al Padre y en su entrega a los hermanos. Por eso insiste el autor en que lo que Jesús enseña en las bienaventuranzas es a vivir como hijos lo que Él vivió como hijo. Tenemos, pues, que son el retrato de Jesús como hijo fiel del Padre y el programa para asimilar esta condición de hijos de Dios y hermanos de Jesús. No se quedan, pues, en un conjunto inconexo de principios espirituales, sino que conforman el molde para llegar a ser hijos de Dios. Ahora bien, a pesar de su aparente dureza, las bienaventuranzas no son ideales imposibles e inaplicables, pues no se trata de leyes sino de promesas. Promesas de la acción del Espíritu Santo en el corazón del hombre que se presta dócilmente a seguir sus inspiraciones. Y promesas de felicidad, porque El Padre le dará la misma infinita felicidad que a su Hijo. A partir de estos principios está estructurada la exposición de cada bienaventuranza. Cómo la vivió Jesús y cómo el Padre le cumplió la promesa que contiene. Ambas cosas con su reflejo y adecuación en el discípulo fiel de Jesús. La exposición es clara, subdividida por párrafos numerados, y está completada con unas sugerencias para la oración, hechas principalmente de interpelaciones sobre cómo vivo cada bienaventuranza. Esta concepción se refleja también en la enunciación de cada una de ellas. Pues casi siempre el P. Bojorge introduce al Padre en su mismo enunciado, dándoles un tono mucho más personal. Por ejemplo: «Felices los que lloran, porque el Padre los consolará». Esta obra se termina con el discurso del Papa Juan Pablo II a los jóvenes en la XVII Jornada Mundial de la Juventud, en Toronto, que trata de las bienaventuranzas. En resumen, nos encontramos con una exposición de las bienaventuranzas de orientación pastoral, muy clara de exposición y muy sólidamente fundamentada.