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aquellasTEXTO DE CONTRATAPA
 El lugar de la Escritura en la Homilía
Texto de Contratapa ( 219 palabras)


Para renovar la práctica de la Homilía, siempre es bueno recordar una y otra vez lo esencial acerca de ella. Volverlo a decir y no permitir que se hunda en el olvido de los "supuestos" que, por ser archisabidos, ya no se practican. No porque se haya olvidado la noción teórica, sino porque al implicitarse la teoría, ha dejado de vivificar la práctica.
El silencio acerca de lo esencial es siempre preocupante cuando proviene del olvido de lo esencial. Y es particularmente dañoso y catastrófico cuando, traducido en desviaciones prácticas, compromete – como es el caso de la predicación – lo más esencial: la salvación y santificación de los hombres: “¿Cómo se salvarán si no creen y cómo creerán si no se les predica?”
“El que escucha mis palabras y las pone en práctica”, decía Jesús. Exigiendo la práctica de la enseñanza y declarando ineficaz la pura información. El Padre Horacio Bojorge dedica las conferencias y escritos reunidos en este volumen a recordarnos lo esencial acerca del lugar de las Sagradas Escrituras en la Homilía, en vistas a una recuperación práctica del estilo de Jesús mismo y de sus Apóstoles en la predicación. Ayudarán a los ministros de la predicación a crecer y perfeccionarse en un ejercicio cada vez más auténtico, más esencial, y más gozoso del ministerio de la Palabra.


INDICE

 

PRÓLOGO

INTRODUCCIÓN

Acerca del oficio y el carisma de interpretar las Sagradas Escrituras y explicarlas al pueblo

 

EL LUGAR DE LA SAGRADA ESCRITURA EN LA HOMILÍA

PRIMERA CONFERENCIA:

EL DUEÑO DE CASA

La Sagrada Escritura y la naturaleza de la Homilía: Palabra de Cristo.

ESTAS SON AQUELLAS PALABRAS MÍAS

La Sagrada Escritura y los frutos de la Homilía

SEGUNDA CONFERENCIA:

1.- “ÉL MISMO NOS CAPACITÓ COMO MINISTROS”

La eficacia espiritual de las Sagradas Escrituras según san Pablo

TERCERA COFERENCIA

2.-“ENVIARÉ SOBRE VOSOTROS LA PROMESA DE MI PADRE”

La eficacia espiritual de la palabra de Jesucristo resucitado y las Sagradas Escrituras 

CUARTA CONFERENCIA

EL SABIO QUE SABE HABLAR: EL DON DE LA PALABRA

Elocuencia, arte retórica, ciencia, sabiduría y carisma de la Palabra en la Homilía

CON EL MISMO ESPÍRITU

La Homilía según la enseñanza del Vaticano II

APÉNDICES

1) EL OFICIO Y EL DON DE INTERPRETAR LA ESCRITURA

“Con el mismo Espíritu”: Una explicación de la Tradición y de Santo Tomás

 retomada por el Vaticano II: Quodlibetal 12, Q. 17

2) LA FUERZA DE LA VERDAD

De si la verdad es más fuerte que el vino, que el rey y que la mujer (Quodlibetal 12, Q. 14)

3) DISPOSICIONES SOBRE LA HOMILÍA

De la Instrucción Redemptionis Sacramentum

4) FORO

La Sagrada Escritura en la Homilía


En la liturgia, el Logos tiene la precedencia que le corresponde sobre la voluntad.
De allí se desprende su serenidad admirable, su paz profunda.
De allí se desprende, también, que parezca absorberse enteramente
en la contemplación, la adoración y la glorificación de la Verdad divina.
De allí su indiferencia aparente a las pequeñas miserias de nuestros días.
De allí su desinterés de cualquier esfuerzo inmediato de ‘educación’,
de enseñanza moral.

Hay en la liturgia algo que hace pensar en las estrellas,
en la eternidad permanente de su carrera, en su orden inmutable,
en su silencio profundo, en su infinita distancia.

Sólo en apariencia, sin embargo, la liturgia parece desinteresarse
de la vida moral del hombre, de su esfuerzo, de su acción.

En realidad, sabe muy bien que cualquiera que vive en ella posee la verdad,
la salud sobrenatural, la paz íntima,
y que quien abandona su reino sagrado para afrontar la vida,
sabrá hacer resplandecer allí su pureza.

Romano Guardini, El Espíritu de la Liturgia
 


PRESENTACIÓN

“No nos predicamos a nosotros mismos, sino
                    a Jesucristo Nuestro Señor” (II Cor 4, 5)

Me toca el gran privilegio de presentar otra enjundiosa obra, debida tanto a la destreza científica como a la preocupación pastoral del R. P. Horacio Bojorge, S. J.

 Su sabiduría y competencia es meridiana por el empleo acertado e iluminador que propone de la fuente bíblica, leída a la luz de la más genuina tradición y esclarecida en vistas a los problemas actuales, con oportunas directivas del magisterio de la Iglesia Católica (Vaticano II, Papas, obispos).
 Los reclamos pastorales, que lo inducen a tomar la pluma, son debidos a un tema y realidad, que tocan el meollo mismo de la vida cristiana, uno de cuyos alimentos primordiales proviene de la Palabra de Dios, proclamada en la Liturgia e iluminada para todo el pueblo de Dios por medio de la “homilía”, a cargo de los obispos, presbíteros o diáconos, ordenados para esta excelsa obra de caridad.
 Los estudios aquí incluidos no se presentan con el atuendo de un “recetario”, fácil, para salir del paso eficientemente en la tarea de la predicación. Se trata, ante todo, de una profunda meditación con el fin de que se revise cada uno a la luz de la más sólida doctrina, que sostiene y modela este oficio, sagrado como pocos.
 En primer término brinda un examen de conciencia sobre las tendencias subjetivistas, que suelen caricaturizar el ministerio, si no se está atento a su esencia. Porque, la tribuna especial y la atención devota de los fieles no pocas veces se convierten en tentación, para exponer los propios puntos de vista o la búsqueda de un larvado protagonismo. Nunca, pues, meditaremos bastante la advertencia paulina, con que hemos encabezado esta breve introducción.
 Ahora bien, muy buena brújula para esta exploración encontrará el lector en las atinadas observaciones de Bojorge, dado que, tanto cierto tipo de ciencia bíblica, como las “propias vivencias” se pueden interponer, falsificando el cometido de la homilía, en la cual no se trata de hacer alarde de meros conocimientos especializados, ni de estados de ánimo, personales, sociales o políticos.
 Caben unos y otros, pero en total subordinación al mensaje de los textos que han sido proclamados, sin torcerlos a ideologías, modas exegéticas, teológicas o filosóficas.
 Recuerdo, al respecto el sagaz consejo que recibí personalmente de boca del gran exégeta Luis Alonso Schökel. “Ganarás el pan con el sudor de tu frente. Comunica el pan, no el sudor”. Es decir: todo el trabajo de consulta previo, tecnicismos hermenéuticos, etc. no han de aflorar en el discurso, a no ser que sirvan para fundamentar o ilustrar la fe, jamás para sembrar dudas o hacer mera gala de “saberes” sin “sabores”.
 Quien, pues, desee profundizar (lejos de un “llame ya”, para lograr el “café instantáneo” de la fórmula feliz) sobre la sublime tarea de proseguir la predicación de Cristo y sus apóstoles, encontrará en estas páginas de Bojorge abundante pábulo, iluminación y sólida fundamentación teológica.
 Porque, a decir verdad, el pueblo cristiano ha sido muy benévolo, con los descuidos, que, por mil motivos, vuelven desleída y poco atractiva más de una prédica. No sólo por falta de tácticas, sino por poco convencimiento, profesionalismo burocrático, improvisaciones, o preparación superficial, no precedida de oración ni de la necesaria “meditación en el corazón”, a ejemplo de María (Lc 2, 19).
 Al respecto, no estaría de más detenerse en esta consideración de Mons. C. Giaquinta: “Nunca los obispos nos hemos puesto a reflexionar sobre cómo nosotros y los presbíteros predicamos. Al menos desde el Concilio, el episcopado no publicó una sola exhortación que valga la pena para que los clérigos mejoremos la predicación. ¿No parece que esto es gravísimo? Predicar es el último mandato de Jesús a sus apóstoles: «Vayan y hagan que todos los pueblos sean mis discípulos...enseñándoles a cumplir todo lo que les he mandado». En cierto modo predicar es el mandamiento más importante de Jesús, porque si no se lo practica debidamente, tampoco se puede conocer y practicar su mandamiento del amor”
(“Pedir perdón” en: Criterio LXXIII – 2000 – Nª 2249, 164).
 No dudamos en recomendar la lectura atenta de esta nueva fatiga de Bojorge,
que mucho aportará para evaluar esta irrenunciable fatiga de la Iglesia, ayudándonos a escapar de la lamentación profética: “Dicen: «Esto dice el Señor», cuando el Señor no ha hablado” (Ez 22, 28).

Dr. Miguel Antonio Barriola Pbro.
Miembro de la Pontificia Comisión Bíblica
 

 

 

 PRÓLOGO

Cuando preparaba estas conferencias y estudios sobre la Homilía y sobre el lugar que en ella deben tener las Sagradas Escrituras, me sorprendió y me alegró mucho, comprobar cómo el Concilio Vaticano II, en este asunto, no prescribió nada nuevo, sino que reconoció y proclamó la primigenia y perenne naturaleza de la predicación sagrada como acto de Jesucristo. Reconoció y nos recordó un hecho que pertenece a la naturaleza misma del actuar divino.

Me resulta refrescante, deslumbrante, liberador, el hecho de que el lugar de la Escritura en la Homilía no se lo haya ganado la Escritura en virtud de un mandato ni de una ley o de una obligación o de un decreto conciliar, de una rúbrica litúrgica, ni en rigor de un canon, o de un compromiso humano. Ni tampoco un favor o una concesión.

Me llena de ánimo y esperanza ser ahora más consciente de que la Escritura tiene su lugar en la Homilía en virtud de su misma naturaleza: palabra sacramental, palabra de Jesucristo, proferida por el ministro ordenado para ello.

La Sagrada Escritura tiene su lugar en la Homilía por vigor divino, por su misma virtualidad pneumática.
¡Qué bueno que el lugar de la Sagrada Escritura en la Homilía sea el lugar que Jesucristo mismo le ha dado en su predicación! ¡qué bueno que eso ya esté determinado y firme y no lo tengamos que reinventar! ¡Qué bueno que tengamos la segura confianza en que Él nos soplará, - como un divino apuntador - junto con su Espíritu, lo que tenemos que decir!

Siendo las cosas así, entonces, explicar las Escrituras en la Homilía, exponiendo el Misterio, e iluminando con él, proféticamente, la vida de los fieles en medio de las vicisitudes de este mundo, es algo mucho más glorioso y consolador que el cumplimiento de un deber anexo a un cargo.

Siempre me acuerdo de aquél buen amigo cura que me llamaba para ayudarlo en las ceremonias de Semana Santa y que al volver a la sacristía después de culminadas, y dado el Prosit de rigor, entre broma y en serio, bufaba en un suspiro de alivio: ¡salimos de ésta, Horacio!

Y tampoco puedo olvidar la decepción recibida más de una vez cuando algún fiel me ha perseguido hasta la sacristía para saludarme y, como de paso, hacerme saber que había predicado demasiado largo.

Saber que la Homilía es asunto de Jesús y vivirla así, me parece salvador del mortal enemigo que es para nosotros los sacerdotes el espíritu de la acedia, propia o ajena, que planea como carancho para cebarse en el acto salvífico de la predicación.

En mis primeros fervores de convertido adolescente, recuerdo que las Sagradas Escrituras, explicadas en la Homilía por hombres del Espíritu, fueron como el agua fresca.

Poder explicarlas no es ni un deber ni un programa. Es una posibilidad que se nos ofrece por gracia de un ministerio y de un carisma. Ninguna misión o ley exterior nos haría capaces de lo que sólo puede regalar el Espíritu. Y ya sabemos que nuestros buenos propósitos se nos empantanan a poco de formulados. Pero nuestra confianza está en el Señor.

Así consideradas, las Escrituras son, en la Homilía, una divina e inagotable virtualidad. Están allí en virtud del don del Espíritu, anejo al orden mismo y a la misión jerárquica para el ministerio de la Palabra.

Las Escrituras que están en la Homilía son nuestra vocación, son parte de la herencia que el Padre nos da como a hijos elegidos para compartir el sacerdocio de su Hijo.

Me decía un sacerdote: “siempre que voy a predicar voy como mendigo, pidiéndole al Señor de limosna lo que voy a decir, y cuando empiezo a hablar me siento como millonario y tengo que esforzarme por parar”

Más que exhortados, requerimos ser animados, para renovar nuestra fe y nuestra esperanza en las virtualidades vivificadoras de la palabra divina, en la fuerza de la revelación cuya administración se nos ha confiado. De manera que podríamos decir que el lugar de la Escritura en nuestra Homilía, es como el lugar de los triunfos de la Palabra de Dios a cuyo servicio Él ha puesto nuestra voz.

Sobre este libro
En este volumen recojo cuatro conferencias sobre el lugar de la Sagrada Escritura en la Homilía que expuse en las Jornadas anuales de Estudio para el Clero de la Arquidiócesis de la Plata el 10 y 11 de setiembre de 2002 .
He agregado también, además del Prólogo, una Introducción: Jesús mismo nos recuerda que las Escrituras hablan de Él, en el acto de predicar convergen un oficio y un carisma. Sigue a las conferencias una exposición de lo que el Concilio Vaticano II ha dicho acerca de la Homilía en sus documentos. Con él he querido cerrar el volumen para confirmar lo dicho con la autoridad conciliar, fuente que inspiró y orientó lo expuesto en estas conferencias.

Por fin he agregado en apéndices: dos textos de Santo Tomás afines a nuestro tema; los números relativos a la Homilía de la Instrucción Redemptionis Sacramentum y el cuestionario para el foro o intercambio grupal sobre el hecho y el ideal de nuestra predicación, ofrecido a los sacerdotes.


Montevideo, 3 de junio de 2004
Jueves después de Pentecostés
Fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote


INTRODUCCIÓN

ACERCA DEL OFICIO Y EL CARISMA
DE INTERPRETAR LAS SAGRADAS ESCRITURAS
Y EXPLICARLAS AL PUEBLO


“Escudriñad las Escrituras 
ya que os parece a vosotros que tenéis en ellas la vida eterna,
 también ellas dan testimonio acerca de mí” 
(Jn 5, 39)

El dicho de Jesús que hemos tomado como punto de partida y como hilo conductor de estas exposiciones está en un contexto polémico, en el marco de una discusión de Jesús con los que se niegan a creer en Él, no quieren reconocerlo en su identidad, rechazando, dice Él, no sólo su propio testimonio acerca de sí mismo – lo cual sería comprensible - sino el doble testimonio: el del Padre y el de las obras de Jesús.
Jesús acaba de remitirse al testimonio de su Padre y al testimonio que dan, acerca de su identidad de Hijo eterno hecho hombre, las obras que el Padre le concede hacer. 

Según la ley judía bastaban dos testigos para convencer en juicio. Puesto que los judíos no habían aceptado el testimonio de Juan Bautista [testimonio de un hombre, por más que fuera profeta], que habían recabado pero también recusado, y puesto que tampoco recibían el testimonio del Padre y del Hijo, Jesús ofrece ahora el de las Escrituras:
“El testimonio que yo tengo – alega Jesús - es mayor que el de Juan porque las obras que el Padre me dio llevar a cabo, estas mismas obras que yo hago, testifican acerca de mí que el Padre me ha enviado. Y el Padre que me ha enviado, Él mismo ha dado testimonio de mí. Pero vosotros no habéis oído su voz jamás, ni visto su aspecto, y su palabra no permanece en vosotros, porque a Quién Él envió, a ese vosotros no le creéis” (Juan 5, 36-38)

Ellas ‘también’ dan testimonio de mí
En el curso de este verdadero proceso, en cuyo marco se invocan testimonios y se evalúan testigos, Jesús los invita a tomar en cuenta otro testimonio acerca de sí mismo: “Escudriñad las Escrituras ya que os parece a vosotros que tenéis en ellas la vida eterna, también ellas dan testimonio acerca de mí” (Juan 5, 39). E inmediatamente, previendo que no querrán ni podrán hacerlo por su falta de fe, continúa: “Pero vosotros no queréis venir a mí para tener vida” (Juan 5, 40).
La expresión “venir a mí” significa, en el evangelio según San Juan “creer en mí”.

Si no aceptaban el doble testimonio del Padre y de las obras del Hijo, por no conocerlos y por lo tanto por no reconocer su autoridad, quizás hubieran podido tomar en cuenta el testimonio de alguien que conocían: las Escrituras, puesto que ellos aceptaban que la Voz de Dios hablaba a través de ellas. 
Pero inmediatamente Jesús descarta el argumento, porque, no queriendo creer en Jesús, no entenderán ‘tampoco’ el testimonio que ‘también’ las Escrituras dan acerca de Él: “Pero vosotros no queréis venir a mí para tener vida”

Queda clara aquí la necesidad de la fe para interpretar y comprender las Escrituras.
Es la condición, el requisito imprescindible para el intérprete y por lo tanto también para el maestro y el predicador. 
La escena del diálogo de Jesús con Nicodemo ilustra esta misma verdad. El ‘Maestro en Israel’ tiene que nacer de nuevo por la fe, por el soplo del Espíritu.
Si no se conoce al Padre ni al Hijo, es posible sí oír la voz del Espíritu en las Escrituras, pero no se sabe ni de dónde viene ni a donde va , porque el Espíritu viene del Padre y va hacia el Hijo. Se oye hablar, pero no se sabe quién le habla a quién. Si no se los conoce, se oye la voz pero no se descubre su sentido, no se entiende lo que se dicen.

En los evangelios, la Voz del Padre viene al Hijo en las escenas del Bautismo y la Transfiguración (en los Sinópticos) y en el evangelio según San Juan 12, 28. 
Las Escrituras, que son también voz del Espíritu, hablan del Padre y del Hijo, pero solamente entienden esa voz los que habiendo nacido de nuevo y de lo alto, los conocen, porque han creído en el Hijo.

Del triple testimonio a la nube de testigos
Jesús, por lo tanto, no se hace ilusiones ni da lugar a que nos las hagamos. Sin fe, es tan imposible recibir el testimonio de la voz de las Escrituras, como el del Padre, como el de las obras elocuentes que le concede obrar al Hijo, y como el del Hijo mismo. 
Comentando este pasaje, Santo Tomás nota este triple testimonio que dan de Jesús: las obras, el Padre y las Escrituras: “Triple es el testimonio que Dios ha dado acerca de Cristo, es a saber: por las obras, por Sí mismo y por las Escrituras . 

La nueva justicia que excede a la antigua, la excede también en el número de testigos que exigía la antigua. Ya no son dos, sino tres los que acuden a dar testimonio. 
Y no dejarán de irse sumando testigos. San Juan en su primera carta invocará otros tres: “tres son los que testifican, el Espíritu, el agua y la sangre; y los tres son uno” (1 Juan 5, 7-8). 
Los tres nuevos testigos de la primera carta de Juan pertenecen ahora a la dispensación eclesial, post-pascual: son el Espíritu, el agua y la sangre, o sea la fe, el bautismo y la eucaristía, en el momento de la entrada en la Iglesia. Los tres son uno. Son el mismo testimonio del Padre. Están de acuerdo en lo mismo, apuntan a lo mismo y producen el mismo resultado: introducen en la comunión con el Hijo y, a través de Él, con el Padre. Revelan la filiación de Jesús, el objeto de la fe, y hacen partícipes de esa filiación a los creyentes mediante los sacramentos. 
“El testimonio del Espíritu nos lleva a creer que Jesús es el Hijo (1 Jn. 5, 5.10); el bautismo y la eucaristía, [a cuya celebración se introducía inmediatamente del bautizado] nos hacen vivir la vida divina, vida que está en el Hijo (5, 11)” . 

Pero los testimonios no dejan de multiplicarse en lo sucesivo. La carta a los Hebreos reconocerá que los testigos son ya una nube: “así pues nosotros, teniendo alrededor nuestro esta nube de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone” (Hebr 12, 1). El Apocalipsis se referirá a la muchedumbre celestial de los creyentes como aquellos que “poseen el testimonio de Jesús” (Apoc 19, 10).

“Todos estos testigos, en definitiva, se remiten a un testimonio único: el del Padre; los otros no hacen más que trasmitir a los hombres el testimonio de Dios” . “Cuando se trata del testimonio que debe invitar al mundo a creer ¿quién puede hablar? Sólo Dios. La fe, que tiene por objeto a Dios revelado en Jesucristo, no puede tener otro fundamento que el testimonio de Dios. No ciertamente porque Dios testimonie sobre Jesucristo inmediatamente, dirigiéndose a todos y cada uno desde lo alto del cielo. Pero el testimonio dado a Jesucristo mediante la palabra humana, palabra de Juan el Bautista, palabra de la Escritura, palabra de Jesús mismo, no vale sino en cuanto es testimonio de Dios” .

La evaluación de los testimonios por su coherencia
A eso apunta la segunda parte del número 12 de la Dei Verbum.
El texto que nos sirve de guía nos relata un episodio de la vida mortal de Jesús. Durante su vida en la carne, Jesús invoca la Escritura para autorizar el testimonio del Padre y de sus obras acerca de Él. Después de resucitado, en la Iglesia, el Espíritu Santo conserva las enseñanzas de Jesús, y en particular su interpretación autorizada de las Sagradas Escrituras relativas a Él. 
Esta es la norma viva que permite discernir el testimonio de los intérpretes de la Escritura, es decir de los exégetas, comparándolo con el testimonio de “la nube de testigos” y compulsando su interpretación, que es siempre un testimonio, con lo que “el Espíritu dice a las Iglesias” (Apoc 2, 7.11. 29; 3, 6).

El lugar del testimonio de la Escritura
¿Cuál será en lo sucesivo el lugar de la Escritura en medio de esta nube de testigos? La interpretación de la Escritura debe ubicarse armónicamente dentro del coro de los testimonios. Ella nunca fue la única ni la primera. Ella supone la fe. 
Ella “también” da testimonio de Cristo. La Escritura permanecerá dando su testimonio acerca de Cristo dentro de un concierto creciente de testigos. El testimonio de todos ellos, como el del Espíritu el agua y la sangre, es coincidente. Todos coinciden en lo mismo. Y la Escritura no podría disonar en su testimonio. Por eso, la Dei Verbum reconoce que se ha de interpetar “en el mismo Espíritu en que fue escrita”. El contexto del testimonio de la Escritura, es el contexto de la tradición y de la fe de la Iglesia. 

Jesús intérprete de la Escritura 
La Escritura ha sido interpretada por el mismo Jesús, resucitado, el “testigo, fiel (confiable), el primogénito de entre los muertos” (Apoc 1, 5). 
La interpretación de Jesús se conserva por tradición en la Iglesia y en las Sagradas Escrituras del Nuevo Testamento. 
La Escritura también ha sido interpretada, más tarde, por los Santos Padres y los doctores, por el Magisterio pontificio y episcopal. La interpretación autorizada del resucitado se ha trasmitido en la Iglesia y por la Iglesia mediante la tradición que tiene su punto de partida en los Apóstoles y testigos.

La Escritura exige pues un engarce eclesial y sólo libra su testimonio a la escrutación creyente de la que es objeto, dentro de la comunidad creyente, por parte de los santos.
La interpretación, la exposición y la predicación de la Escritura son, pues, carismas, dones del Espíritu Santo, operaciones neumáticas en la Iglesia. Pertenecen al orden de la gracia, que es el de la eficiencia divina.

Las Escrituras solas no bastan
“Los remite a las Escritura para mostrar 
que el testimonio del Padre está también allí.
Pero no los remite a la Escritura para que 
se contenten con leerla simplemente, 
sino que los manda escudriñarla cuidadosamente;
porque lo que en ella se decía de Él
estaba envuelto en las sombras de lo alto
y no se mostraba en la superficie
sino que estaba escondido a manera de un tesoro”
(Sancti Thomae Catena Aurea in Johannem
Cap. 5 [in v.39] Lectio 9)

Pero a la vez la Escritura está expuesta al mal uso, a la tergiversación. Puede usarla Satanás en las tentaciones del desierto, puede usarse para fundamentar la necesidad de matar a Jesús, puede esgrimirse o jugarse contra la Iglesia durante la Reforma, o contra la fe de la Iglesia por el racionalismo bíblico.

Una primera enseñanza de este pasaje es que la fe al triple testimonio en su conjunto es necesaria para penetrar en el sentido profundo, oculto, del tercero de los testigos: las Escrituras. No basta conocerlas, investigarlas, meditarlas y cultivarlas hasta el punto de saberlas de memoria, como las veneraban y cultivaban aquellos eximios eruditos en la Sagrada Escritura a los que Jesús dirige esta invitación. Sobre ellos puede extenderse el asombro maravillado de Jesús ante Nicodemo: “¿Tú eres el maestro de Israel y no sabes esto?” (Juan 3, 10). Conociendo tan a fondo y perfectamente las Escrituras ¿no sabes de Quién hablan?

El contenido de la divina Revelación son las personas divinas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Ellos no se manifiestan exclusivamente en la Escritura. Por eso no basta, - para dar a conocerlos y poner en relación de comunión de amor y de vida con ellos-, la actitud “biblicista”, que “tiende a hacer de la Sagrada Escritura o de su exégesis el único punto de referencia de la verdad.

“Sucede así, - dice Juan Pablo II en la Fides et Ratio -, que se identifica la Palabra de Dios solamente con la sagrada Escritura, vaciando así de sentido la doctrina de la Iglesia confirmada expresamente por el concilio ecuménico Vaticano II. La constitución Dei Verbum, después de recordar que la Palabra de Dios está presente tanto en los textos sagrados como en la Tradición (DV 9-10), afirma claramente: ‘La Tradición y la Escritura constituyen el depósito sagrado de la Palabra de Dios, confiado a la Iglesia. Fiel a dicho depósito, el pueblo cristiano entero, unido a sus pastores, persevera siempre en la doctrina apostólica (DV 10), La sagrada Escritura, por tanto, no es el único punto de referencia para la Iglesia. En efecto, ¿la suprema norma de su fe’ (DV 21) proviene de la unidad que el Espíritu Santo ha puesto entre la Sagrada Tradición, la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia en una reciprocidad tal que los tres no pueden subsistir de forma independiente (DV 10)” .

La Tradición, la Escritura y el Magisterio siguen siendo, hoy, tres testigos de Cristo. Y, como tales, introducen en la comunión con Él. De alguna manera, en esta triple obra del Espíritu Santo, sigue refulgiendo un triple testimonio acerca del Hijo.
Por ella sigue dando testimonio el Padre. Ella es una obra del Cristo glorioso en y a través de su Cuerpo Místico. De modo que el triple testimonio acerca del Hijo no se dio de él solamente durante: ‘los días de su carne’ (Hebr 5, 7) ; sino que se sigue dando actualmente y se refiere ahora su cabeza gloriosa y su Cuerpo Místico.

Testimonio ‘de mí’
“Ellas dan testimonio de mí”. El objeto del testimonio es Jesús. “El testimonio pretende siempre darnos a conocer quién es Jesús; más allá del hecho de su presencia, más allá de sus hechos y de sus palabras, o mejor, por medio de estos diferentes signos, el testimonio recae sobre lo que ellos dan a conocer, sobre la naturaleza íntima de Jesús, el secreto de su ser, la misteriosa realidad de su persona.[...] Brevemente, el objeto del testimonio es la persona de Jesús y su misión tal como se manifiesta a la fe. Es, pues, exacto decir que testimoniar es un verbo de revelación” .
El testimonio – como lo ha señalado J. Guitton – es el descubrimiento de una intimidad, [...] por lo cual, el evangelio es, en su más alto grado, una relación de intimidad con una persona. El testimonio es propiamente un testimonio de la experiencia de estar en relación de trato íntimo, de vinculación y de comunión, con un ser incomparable .
Y a esto a lo que se rehúsan precisamente los interlocutores a quien Jesús dirige el reproche: “Pero vosotros no queréis venir a mí para tener vida”. Es decir, os rehusáis a entrar en comunión conmigo.
Jesús les reprocha precisamente que pongan la fuente de la vida eterna en las Escrituras y no en Aquél de quien atestiguan las Escrituras que tiene vida eterna y la da.

Creer para interpretar
En asuntos de conocimiento de las Escrituras el primer movimiento ha de ser pues: “credo ut intelligam”. Creo para entender las Escrituras. Si no creo en Jesús, entonces las Escrituras se cierran sobre mí, me encierran en ellas mismas, me engullen y no alcanzo a ver el testimonio que ellas dan acerca de Jesús.
“Las Sagradas Escrituras han de ser leídas con el mismo Espíritu con que fueron escritas” ha vuelto a decirnos el Concilio Vaticano II en la Constitución Dei Verbum Nº 12, retomando un axioma de la tradición de los intérpretes católicos. Si quieres profundizar este hecho, estimado lector, puedes ver el Apéndice primero: El Oficio de Interpretar la Escritura. Una explicación de Santo Tomás retomada por el Vaticano II.
Entender las Escrituras no es fin en sí mismo y es, además, de alguna manera, acto segundo respecto de la recepción de la Revelación como testimonio del Padre y del Hijo. Jesucristo, el Verbo Encarnado, sigue obrando obras dignas de fe y aptas para suscitar la fe en su actual existencia resucitada.
“Si suponemos que la Encarnación del Verbo es real – dice Jean Guitton – se comprende que el testimonio sea el órgano necesario para conocerla. Porque este testimonio no atañe solamente a la carne, sino, como dice el Evangelio de san Juan, al Verbo hecho carne. Testigo es aquél que ve al mismo tiempo la realidad y el símbolo, lo temporal y lo eterno. Ese ve el ser, como aparece y como es a la vez” .
Jesús es quien vivifica a las Escrituras y no viceversa. La fe es la condición para entender y para convertirse en un intérprete, en un expositor de las Escrituras y en un predicador de las mismas. Sólo un espíritu abierto al triple testimonio acerca de Jesús: el del Padre, el de las obras, y al de la Escritura, es capaz de conocerlo. No es posible recibir el testimonio de la Escritura si no se conoce al Padre porque no se está en la comunión del Espíritu Santo filial y filializador.

Sería equivocado querer transitar primero el camino inverso: “intellego ut credam”. Querer entender primero las Escrituras para llegar a creer después en Jesús. El incrédulo que recurre a la Escritura, lejos de alcanzar la fe, - lo muestra tristemente la historia de tantos -, encontrará en Ella mayores argumentos para su incredulidad. Y si es un incrédulo militante,- también ofrece la historia numerosos ejemplos -, sacará de la Escritura objeciones y argumentos para impugnar la fe y acusar a los creyentes: “según nuestra Ley, debe morir” (Juan 19, 7). Es dramático que según la misma Escritura en la que creen tener vida eterna, condenen a muerte a aquél en quien estaba en realidad la oferta de la vida verdadera, pero al que no querían ir para tener vida. Pero ese drama no es puntual, sino arquetípico y acecha a todo exegeta.

Las Escrituras y el Rostro de Jesús
No toda ciencia bíblica, por lo tanto, “da vida eterna”, sino aquélla que cultiva un corazón creyente que escruta las Escrituras, no para quedarse en ellas, sino como quien corre por los valles y los montes detrás del amado de su alma, como la Esposa del Cantar.
Buscando mis amores
iré por esos montes y riberas
... ¡ Oh bosques y espesuras
plantadas por la mano del Amado !

El intérprete de la Escritura va a los textos para buscar en ellos el rostro del amado.
... ¡ Oh cristalina fuente,
si en esos tus semblantes plateados
formases de repente
los ojos deseados
que tengo en mis entrañas dibujados!

Digamos de paso que es eso lo que el Papa Juan Pablo II nos propone en su Encíclica Novo Millennio Ineunte, cuando nos exhorta a buscar el rostro de Cristo en las Escrituras:

“La contemplación del rostro de Cristo se centra sobre todo en lo que de él dice la Sagrada Escritura que, desde el principio hasta el final, está impregnada de este misterio, indicando oscuramente en el Antiguo Testamento y revelado plenamente en el Nuevo, hasta el punto que san Jerónimo afirma con vigor: “Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo mismo” . Teniendo como fundamento la Escritura, nos abrimos a la acción del Espíritu (cf. Jn 15, 26), que es el origen de aquellos escritos, y, a la vez, al testimonio de los Apóstoles (cf. Jn 15, 27), que experimentaron personalmente a Cristo, la Palabra de vida, lo vieron con sus ojos, lo escucharon con sus oídos y lo tocaron con sus manos (cf. 1 Jn 1, 1)” .

La Constitución Dei Verbum, recogiendo la doctrina tradicional del primado de la fe, enseña que: “la Sagrada Escritura hay que leerla e interpretarla con el mismo Espíritu con que se escribió . Santo Tomás lo ha dicho también en una Cuestión Quodlibetal a la que volveremos: “Se ha de afirmar que las Escrituras han sido interpretadas y escritas por un mismo Espíritu” . El Espíritu Santo que animó al hagiógrafo es el que orientó a los grandes intérpretes.

De una ciencia bíblica que no obrara según este principio del primado del Espíritu Santo y de su efecto que es la fe, valdría decir lo que San Pablo: “La ciencia hincha, solamente la caridad edifica” (1 Cor 8,1). La hinchazón puede parecer gordura saludable, pero es pura apariencia de salud, en realidad es una enfermedad.
Y esto es verdad tanto respecto del individuo como de la Iglesia, que no se edifica con gnosis sino con fe y caridad. Se diría que en asuntos de interpretación de la Escritura, no basta el credo ut intelligam, sino que es necesaria la fe informada por la caridad, de modo que pueda decirse “amo ut intelligam”. Y a es a quien busca con esta caridad ardiente a quien se le ha hecho la promesa: “buscad y encontraréis” (Mt 7, 7; Lc 11, 9) y a estos tales se dijo también: “me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo corazón” (Jer 29, 13) y “Buscadme y viviréis” (Amós 5,4).

Volvamos a Jesús y a su invitación a escudriñar las Escrituras que dan testimonio de Él.
Jesús echa mano por fin al único testigo al que aún son capaces de creer sus oyentes, el testimonio delas Escrituras en cuya lectura son expertos y se complacen. Jesús les pide que las escudriñen con cuidado y les asegura que ellas también dan testimonio acerca de Él.
Con estas palabras, el Verbo eterno de Dios hecho hombre, enuncia el doble aspecto del oficio del intérprete de la Escritura: 1) Escrutarlas y 2) comunicar el testimonio de ellas acerca de Cristo.

Las Sagradas Escrituras hablan de Jesús. Hablan de Él en todos los momentos de su existencia. No sólo del Jesús “histórico”, nos hablan también del glorioso. Nos hablan de Él: antes de su Encarnación, como Verbo eterno del Padre; nos narran el hecho mismo de su Encarnación en el seno de María; informan de su vida oculta, de su vida pública, de sus milagros y de su impotencia para hacer milagros, de su Pasión, muerte y Resurrección. Atestiguan perennemente que Él está vivo; nos siguen hablando hoy de Él resucitado y sentado a la derecha del Padre. Ese testimonio está de alguna manera oculto en ellas y han de ser escrutadas para encontrar el testimonio que ellas dan acerca de Cristo y poder trasmitir ese testimonio.

En realidad, si escuchamos esta incitación de labios del resucitado, ya no queda lugar para separar al Jesús de la historia del Cristo de la Fe. Pues el Cristo del que daba - y sigue dando hoy -, testimonio la Escritura, es el que en ellas dice: “No temas, Yo soy el Primero y el Último, yo soy el viviente, estuve muerto, pero he aquí que estoy vivo por los siglos de los siglos y detento las llaves de la muerte y del abismo” (Apoc 1, 17-18) . A algunos esfuerzos por ir a buscar en las Escrituras al “Jesús de la historia” separado del Cristo hoy glorioso, merecerían el reproche, entre serio y risueño, de los Ángeles a las mujeres: “¿por qué buscáis entre los muertos al que está vivo? (Lucas 24, 5).

Ambas acciones exigen la fe y el la asistencia del Espíritu Santo, pues ambas son dones suyos. El Espíritu Santo, mediante su don, comunica su condición de Maestro y Testigo, pues él es ambas cosas: “El os enseñará todas las cosas”, “Él da testimonio de mí”. Escudriñar las Escrituras y atestiguar son pues dos acciones propias del Espíritu Santo y de quienes son guiados por él y tienen en la Iglesia los carismas dones 1) de la interpretación, 2) de la exposición o enseñanza de la Sagrada Escritura y 3) de su predicación.

Las Escrituras dan testimonio de que Él vive y actúa., aunque no son las únicas en darlo: “De tres maneras dio Dios testimonio acerca de Cristo: por medio de sus obras, por medio de Él mismo, y por medio de las Sagradas Escrituras”. Esto que era verdad del tiempo de su vida mortal, sigue siendo verdadero en el tiempo después de su resurrección. El Padre y el Espíritu Santo siguen dando Testimonio acerca de Jesucristo por medio de sus obras de Resucitado, por medio de Él mismo que actúa poderosamente en los sacramentos de la Iglesia y por medio de las Escrituras que se siguen entendiendo y predicando.

El que cree en Él y lo ama, desea saber más acerca de Él. A ése la Unción interior del Espíritu Santo lo conduce a escudriñar las Sagradas Escrituras y ellas no dejan de darle testimonio, es decir de hablarle y revelarle cada vez más cosas acerca del Hijo hecho hombre.
Lo que el Padre y el Espíritu Santo testimonian en las Escrituras acerca del Hijo hecho hombre, está como oculto y debe ser revelado. Pero no como en ausencia suya sino precisamente por el ministerio del Hijo. Él es, en efecto, el principal intérprete y maestro de la interpretación de la Escritura.
El mismo Resucitado es quien vino explicando las Escrituras a la Iglesia y mostrando lo que ellas dicen de Él y es Él mismo. Hoy lo sigue haciendo por medio del carisma de interpretación que da a los intérpretes y a los predicadores. Éstos son por lo tanto ministros, administradores, servidores de la Palabra . El Espíritu Santo que había prometido es el que nos enseña todas las cosas y nos muestra toda la verdad

Las Escrituras le siguen mostrando “el rostro de Jesús”.
El ministerio del exegeta en la Iglesia está al servicio de esa explicación, esa ostensión del rostro, semejante a las ostensiones del Santo sudario de Turín. En ellas Jesús se muestra a sí mismo.

Por eso, se comprende que Juan Pablo II, hablando a la Pontificia Comisión Bíblica celebrara la aparición del Documento, un exegeta celebre los frutos de la ciencia bíblica creyente diciendo que es “por demás entusiasmante” .