Un pampero de Dios te agita el manto y es como el ceñidor de tu vestido. En el abrazo de ese Viento santo tu cuerpo es levantado y sostenido.
Amaste siempre a Dios y a Dios primero y esperaste con fe lo que El promete. Por eso está a tus pies el mundo entero y, en ese amor, todo se somete.
Te quedas quieta y dejas que te mueva la voluntad de Dios. Y Él te levanta para mostrarnos a los hijos de Eva una madre mejor: dócil y santa.
Tú exultas y te gozas y complaces – olvidada de ti – en el plan divino. Secundas al Señor en lo que Él hace desde el principio al fin de Sus caminos.
Acatas al que humilla y enaltece, y abate al poderoso de su trono; al que se fija en los que no parecen: en Santa Teresita y en San Cono.
Eres la humilde entre las más humildes. Eres chiquita para los pequeños. Para verte de cerca y accesible labró un humilde este modesto leño.
Líbranos Madre de estos poderosos llenos de orgullo, astutos, codiciosos que envidian nuestro rico patrimonio. Guárdanos de los siervos del demonio que intentan con violencia y con terror oponerse al reinado del Amor.
Amén

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