Gozo y tristezas del creyente
en la civilización de la acedia
Son tiempos de acedia, tiempos de ceguera para el bien presente, o de ceguera para el bien del que se goza la caridad. La reflexión sobre esta realidad espiritual se prolonga como una meditación sobre la hora presente, marcada por una dificultad para reconocer el bien aun cuando está delante de los ojos.
La pregunta de Jesús resucitado a la Magdalena, en la oscuridad previa al amanecer, parece resonar nuevamente al aproximarse un nuevo milenio. Para Dios mil años son como un día, y así la humanidad se sitúa simbólicamente al inicio de un nuevo amanecer, el tercer día de la era cristiana.
Sin embargo, el final del segundo milenio estuvo marcado por voces que proclamaban la muerte de Dios. Desde los filósofos modernos hasta ciertas corrientes teológicas, se fue instalando una cultura que aleja a Dios, lo declara distante y deja de esperarlo.
Es una hora propicia para el adormecimiento espiritual: para que se apaguen las vigilias, para que se descuide lo recibido, para que el corazón se distraiga en lo propio olvidando lo esencial. No sólo la cultura, sino incluso ciertas formas de teología, han contribuido a este alejamiento práctico de Dios.
En este contexto, muchos creyentes viven momentos de desolación. Como la Magdalena, pueden creer que el Señor ha desaparecido. Y aun teniéndolo delante, no lo reconocen. Se trata de una noche espiritual: noche del alma, noche del sentido, experiencia de ausencia.
Estos son tiempos de acedia: tiempos en los que se pierde la capacidad de reconocer el bien presente. Esta reflexión se presenta como continuación de una obra anterior, profundizando en el diagnóstico espiritual de nuestra época y buscando ayudar a comprenderla.
El texto tiene también un carácter complementario respecto de trabajos previos, desarrollando materiales que, por su extensión, requerían un tratamiento propio. De este modo, se ofrece como una unidad con sentido propio, aunque en continuidad con una reflexión más amplia.
