La Parábola del Perro

Meditación espiritual

—1—

Permítanme los oyentes
que reclame su atención.
Dejando la ocupación
—aunque sea por un momento—
levanten el pensamiento.

Y, escuchando mi canción
oigan con el corazón
y graben en su recuerdo
la parábola del perro,
porque es un cuento de Dios.

Pido al Cielo que me inspire
mientras templo la guitarra.
Que a mí no me falte garra
ni me oigan cantar al ñudo.

—2—

Quiero —para comenzar—
recordar la profecía
que por boca de Isaías
le dijo Dios a los hombres,
quejándose —y no se asombren—
de lo que el hombre le hacía:

—3—

¡Que los cielos me presten atención
y que la tierra pare bien la oreja!

Porque ante el tribunal de la creación
viene Dios mismo a presentar su queja:

Hijos crié. Les di una posición.
Pero salieron mal agradecidos.
Ellos me deben todo lo que son...
¡y me tratan como a un desconocido!

Cuando hasta un buey conoce a su patrón
y un burro el comedero en que ha comido
mi pueblo desconoce a su Señor
y mis hijos me echaron al olvido.

—4—

Oyéndolo al profeta, me recuerdo
de aquel sermón del cura Cayetano,
basado en la parábola del perro
y en cómo se comporta con su amo.

Lo que aquel santo cura nos decía
parece completar la profecía
que acabo de mentar hace un momento.

Porque al burro y el buey de aquel ejemplo,
le añade Cayetano en su homilía,
la nueva luz de una sabiduría
que enseña la parábola del perro.

—5—

Mis queridos hermanos —nos decía—
si queremos ser santos y perfectos
con una sola cosa bastaría...

No está la cosa en no tener defectos,
sino en tenerle a Dios el mismo afecto
que un cuzco fiel a su amo le tendría.

En salirle al encuentro, cada día,
agitando la cola en su presencia,
y brincando, con saltos de alegría,
rendirle honor... y gloria... y reverencia.

—6—

Pongámonos la mano sobre el pecho:
veamos —en materia de alabanza
y acción de gracias— si lo que hemos hecho
pesa menos o más en la balanza.

Que lo que el can más flaco y más maltrecho
tributa a un dueño avaro, que le alcanza
las sobras de fideos, los desechos
que no le bastan a llenar la panza.

¡Díganme —hermanos míos— si hay derecho!
¡Si sólo con pensarlo, me entristezco!
¡Parece cosa que no tiene nombre!

Y corríjanme ustedes si le erro:
¿No es verdad que, con Dios, se porta el hombre,
a menudo, peor que lo que un perro?

—7—

Él nos da de comer. Nos alimenta.
Él nos permite hacerle compañía.
Por Él, tiene sentido la existencia
y no andamos perdidos por la vida.

Sin Él, el hombre es perro vagabundo.
La viva imagen de la desventura.
Perdido por las calles de este mundo
escarba su comida en la basura.

Otra forma de orar, es en reposo.
Pues tras las carantoñas y ladridos,
y los saltos y brincos de alborozo,
pasa el alma a otro grado más subido.

Y echada, el hociquito entre las patas,
se está allí, como atada a la banqueta
donde matea su dueño en alpargatas.

—8—

¡Por Dios! ¡Por Dios! —hermanos—
¡no seamos una raza de perros malnacidos!
Que no menean la cola ante su amo
o le gruñen. ¡Como a un desconocido!

Un perro debe al amo la comida.
¿Y nosotros a Dios? ¡No sólo eso!
Sino ¡todo! Empezando por la vida,
salud y amor, trabajo... ¡hasta los pesos!

¡Pero a cuántos se le hace cuesta arriba
venir a demostrarle su contento!
Cuántos gruñen a Dios porque “los priva...”
¡Cuántos lo avanzan si les toca un hueso!

¿Así se trata a Dios? ¡Ya no hay respeto!

—9—

A un perro que tengamos... Al mejor:
¿le perdonamos que nos mate ovejas?
¿y si nos muerde al hijo?... ¿o al peón?
Pues nosotros, con Dios, ¿no hicimos peor?

¡Y no ligamos ni un tirón de orejas!
¿Se puede hacer con Dios, lo que hace el cerdo
al que el dueño le llena la batea
y él —después que se harta— la patea?

Y luego: “¡si te he visto no me acuerdo!”
Así hacemos —hermanos— así somos,
si por los beneficios recibidos,
no nos supimos dar por aludidos.

—10—

Precisamente cuanto más decaen
la piedad y la fe del Hombre de Hoy...
cuando uno ve que tantos buenos caen
a adorar de rodillas la Onza Troy...

Ya que los perros —fieles y leales—
entre tantos infieles sobresalen,
yo los tomo de ejemplo. Y se los doy.

—11—

Cuando quise saber cómo hay que orar,
recurrí en vano a libros y teorías.
Miré a mi perro. Y éste —sin hablar—
me enseñó, con su ejemplo, lo que haría.

Si Dios fuera mi dueño y yo, su can,
y todo quedó claro como el día.

—12—

¡Cuánto nos pueden enseñar los canes,
con su llano, modesto, humilde ejemplo,
con sinceras posturas y ademanes
a adorar al Señor sin fingimientos!

A acudir a rogarle que nos sane
y a volcar ante Él los sentimientos.
Si se repara en su comportamiento,
muchos modos de orar enseña un can.

Que van directo al corazón del dueño
y aquí a continuación se explicarán,
si a mis oyentes no los vence el sueño.

—13—

La primera oración es de presencia.
Lo primero es que un perro no menea
su cola ante un concepto ni una idea.
Venera a un dueño real.

Que, o bien lo mima
o, si cuadra, se enoja y lo patea.
Jamás confunde lo que se imagina
con lo que está presente y se olfatea.

—14—

¿Y saben lo que me hace pensar eso?
Que hay gente que no reza, o reza mal,
porque toma por dios al propio seso.

Y extraviada en sus modos de pensar
le pierde el rastro a la presencia real
de Dios, que está en Jesús en carne y hueso.

Que nadie reza bien, mientras no crea;
y rece y sirva al dios que él se imagina.
Porque Dios es mayor que sus ideas
e independiente de lo que él opina.

—15—

¿Me pueden explicar qué dios es ése
que el hombre puede atar a la cadena
para que vele por sus intereses?

¿Qué dios, que si él lo llama y no obedece,
me lo reta y castiga; y lo condena
o lo perdona, cuando le parece?

¡Imaginen un cuzco que quisiera
hacer entrar al dueño en su casilla!
Así —ni más ni menos— lo encasilla
a Dios, el que lo mete en su mollera.

Por más que rece todo lo que quiera,
no será grato a Dios, si así lo humilla.

—16—

Por eso, tomo al perro como un test,
de si lo tomo a Dios por lo que Él es.
O de si rezo, puesto de rodillas
ante una idea de dios, de pacotilla.

Mero producto de mi insensatez.
Pues si me inflara un dios como inflo un globo
y ante mi idea de dios, orara a solas,
me marearía, como el perro bobo.

Que gira persiguiéndose la cola.

—17—

El punto es capital. Por eso insisto.
El Dios vivo, el Dios real —no imaginado—,
el Dios tal como Él es y se ha mostrado
y está presente hoy, es Jesucristo.

En su existencia de resucitado.

—18—

Si Jesucristo es Dios, Dios en persona,
y quiero ser su fiel —fiel como un perro—,
el perro nuevamente me alecciona
y me permite examinar si yerro.

Óiganmé y no tendrán ninguna duda.
Y escúcheme también aquel que piensa
que se puede pasar sin esa ayuda.

Porque imitar a un perro lo avergüenza.

—19—

El perro de Jesús —si es que lo tuvo—
viéndolo muerto en cruz: ¿qué es lo que haría?
¿Verdad que allí, a sus pies, se tiraría
a morirse de pena? ¡No lo dudo!

¿Y yo?... Cuando contemplo el crucifijo...
¿siento en mí más dolor? ¿siento más pena?
¿es tanta la aflicción con que me aflijo?

¿O estoy ante la Cruz como una hiena:
sin piedad, sin dolor, sin compromiso...?
Si su muerte —¡por mí!— me deja frío,
¡el proceder del perro me condena!

—20—

¿Alguien podrá alegar que ama a Jesús
si lo mata él también —¡a indiferencia!—
y encima, contra el poste de la Cruz,

—sin distinguir, sin ver la diferencia—
alza su pata con buena conciencia?

¿De un hombre así?... ¡los perros se avergüenzan!

—21—

El perro de Jesús —si es que tenía—
me gana en esa penca de aflicción.
Pero también con la Resurrección
me saca varios cuerpos de alegría.

Yo lo contemplo en mi imaginación
y me hallo más chiquito todavía.
Yo lo tengo a Jesús, resucitado,
vivo y presente en esta Eucaristía.

En su presencia... ¿estoy alborozado
como su perro se alborozaría
cuando, al amanecer del tercer día,
lo sorprendió el silbido de su amo?

—22—

La fe huele y escucha al Dueño amado,
al glorioso Jesús resucitado.
Y si el alma penaba, triste y sola,
le sale como perro alborotado.

Brincándole y meneándole la cola.
O sale, si en su ausencia le ha faltado,
si ha desobedecido o sido ingrata,
de oreja gacha y con el lomo arqueado.

Con el rabo metido entre las patas.

—23—

Pero el alma, culpable o inocente,
no menea la cola ante una idea.
Si es, de veras, un alma creyente,
sólo se alegra con Jesús presente.

Y anhela estar con Él. Sea como sea:
tanto si la acaricia tiernamente
y la saca a pasear de la correa,
como si la corrige y la reprende.

O, si cuadra, se enoja y la menea.
Aún airado es mejor que muerto, ausente,
y —no digamos nada— indiferente.

—25—

El alma que disfruta de este estado
es un alma alejada del pecado,
a quien Dios no reprocha alguna ofensa
y tiene un corazón reconciliado.

Un alma que se aquieta y se silencia.
Que prefiere adorar a un Dios que piensa,
a patotear, con perros extraviados.

Allí, a los pies del amo que reposa,
entornados los ojos de placer,
en su tibia presencia se arreboza.

Liberada de todo “¡habría que hacer!”
y echada —en oración tan levantada—,
el alma “que eligió la mejor parte”.

Halla todo en Jesús. Y sin Él, nada.

—26—

En este estilo hablaba Cayetano
para arrear hacia Dios su lenta grey
de fieles remolones, de cristianos
ignorantes, ariscos o sin ley.

Por si alguno, a lo menos, se hacía santo,
nos hablaba del perro y la oración,
mezclándole a lo serio del sermón
unas pizcas de humor, de tanto en tanto.

—27—

“Cuando Dios creó al perro —nos decía—
no creó simplemente un animal.
Hizo un libro viviente. Hizo un manual,
y nos legó su ejemplo, como guía.

Y compendio de vida espiritual.
Me remonto al Principio. A aquel instante
en que Dios hizo al perro. Creatura
que es como encarnación del fiel orante.

Y de la fe más inocente y pura.”

—28—

Me aventuro a decir, a este respecto,
que el perro fue como un anteproyecto,
como un bosquejo previo; un borrador
de aquel devoto y fiel adorador.

Que Dios quería crear y que, en efecto,
fue Adán —recién creado— ante el Señor.
Adán tenía el alma religiosa;
un sentido de Dios que le era innato.

Como el perro, captaba de inmediato
la presencia de Dios, aún silenciosa,
más que por la razón, por el olfato.

—29—

También a Adán —dice la Anatomía—
que conmina a aceptar esta evidencia,
Dios lo dotó de rabo. En su Presencia,
el inocente Adán, lo menearía.

Con la expresividad y la elocuencia
que vemos en los perros hoy en día.
Pero... ocurrió lo que sabemos todos:
sobrevino el pecado original.

Y abochornado, nuestro padre Adán
metió —mustio— su rabo entre las patas,
y tratando de eludir la penitencia,
fue, con Eva, a esconderse entre unas matas.

—30—

Expulsados por Dios del Paraíso
y privados del bien de su Presencia,
sus colas, con la falta de ejercicio,
se fueron atrofiando. Decadencia.

Que es otra desgraciada consecuencia,
otro mal heredado, otro perjuicio,
que el padre Adán legó a su descendencia
al perder el estado de inocencia.

—31—

¿Deberemos perder toda esperanza
de que los hombres vuelvan, nuevamente,
a tributarle a Dios sus alabanzas
según la antigua y primitiva usanza?

Que se estilaba en el Jardín de Oriente?
Herederos de Adán, sus descendientes,
privados del sentido de alabanza,
relegaron el rabo al inconsciente.

No quieren ni saber por qué lo tienen
y se avergüenzan de él en su ignorancia.

—32—

Fieles guardianes de estas tradiciones,
los perros, no las dieron al olvido.
Se las transmiten por generaciones
y mantienen vigente su cultivo.

Por ser hijos de Adán, todos ignoran
estas cosas tan obvias y sencillas.
Por eso: ¡no es ninguna maravilla
que yo las tenga que explicar ahora!

Tras explicar por qué tenemos cola,
demostraré que el perro se arrodilla.

—33—

El perro adora y pide de rodillas.
Observemos al perro cuando espera.
Decimos que se sienta o se acuclilla
porque se apoya en sus asentaderas.

Pero también —si bien se considera—
podemos afirmar que se arrodilla.
Reparen bien —si no— y observarán
que el hombre cae en actitud orante.

Doblando la rodilla hacia adelante,
pero el perro: las dobla para atrás.
Y así cuando se sienta se arrodilla,
sin distinguir reclinatorio o silla.

—34—

De cómo orar mirando y sin palabras.
No es que al perro “le falte sólo hablar”
—como suele decirse vulgarmente—.
Lo que pasa, es que el perro, es inocente.

Y el inocente, no precisa hablar.
Yo tengo al perro en opinión tan alta
que sostengo que hablar, no le es preciso.
Como tampoco a Adán, no le hizo falta.

Hablar, mientras vivió en el Paraíso.
La mirada de Dios, lo decía todo.
Y en la de Adán, el alma se leía.
Era mirarse mutuamente, el modo.

De entenderse entre sí que ambos tenían.

—35—

Tener que hablar, fue efecto del pecado:
Adán habló porque temió la ira.
Y Dios habló, porque quedar callado
era entregarlo a Adán a la mentira.

Después, Dios nos habló de mil maneras
que el hombre, mentiroso, le desdijo.
Hasta que al fin, en forma duradera,
Dios nos habla diciéndose en su Hijo.

—36—

En Él, nos volvió a hablar con la mirada.
Nos volvió a suplicar sin decir nada.
Así que, basta con que lo miremos.
Que alcemos hacia Él, con fe callada.

Nuestros ojos culpables... y callemos.
Que cambiemos con Él, miradas breves,
humildes, silenciosas, de reojo.
Como merecedores de su enojo.

Como nos mira el can, que no se atreve
a fijar la mirada en nuestros ojos.

Mirarlo a Dios así, ya bastaría.
Como oración, es más que suficiente. Pero hay otra mirada, todavía,
que quiero mencionarles brevemente.

—37—

La mirada del Hijo es diferente.
Es una mirada limpia, transparente,
que penetra hasta el fondo del pecado
y lo quema con fuego de su gracia.

Es la mirada misma del Resucitado,
que devuelve la paz y la confianza,
y levanta al caído, y lo recrea,
y le da nueva vida al que lo ansía.

—38—

¡Cuántas veces rezamos sin sentido,
sin saber a quién hablamos realmente!
¡Cuántas veces decimos lo aprendido,
sin poner el corazón presente!

Y así, nuestra oración se vuelve vana,
palabra hueca, ruido sin sustancia,
como perro que ladra sin motivo,
sin mirar al Señor que lo acompaña.

—39—

El perro no se pierde en teorías,
ni discute, ni duda, ni razona.
Él se entrega, confía y se abandona
en la simple presencia de su amo.

Y esa fe —tan sencilla y tan profunda—
es la que Dios espera de sus hijos:
no palabras vacías ni discursos,
sino amor fiel, concreto y verdadero.

—40—

Por eso, el que aprende de un perro
aprende también a orar de verdad.
Aprende a estar, a mirar, a confiar,
a callar cuando no hay qué decir.

Y así, poco a poco, el alma se aquieta,
se purifica, se vuelve sencilla,
y encuentra en Dios su descanso,
como el perro en la casa de su amo.

—41—

¡Cuánto nos falta aprender todavía!
¡Cuánto nos queda por andar el camino!
Si hasta un perro nos da lección de vida,
¿qué será lo que ignora el hombre fino?

—42—

No despreciemos nunca lo sencillo,
ni la enseñanza humilde y cotidiana.
Que Dios suele esconder en lo pequeño
la verdad más profunda y más temprana.

—43—

El perro, sin saber de teologías,
vive lo que nosotros predicamos.
Y muchas veces, sin saberlo, enseña
lo que olvidamos cuando razonamos.

—44—

Nos falta sencillez, nos falta entrega,
nos sobra cálculo, temor y orgullo.
Y en vez de abandonarnos en las manos de Dios,
queremos comprenderlo todo a nuestro gusto.

—45—

Pero el amor no entiende de razones,
ni mide con balanza lo que da.
El amor es sencillo, fiel, constante,
como el perro que nunca deja de amar.

—46—

Si fuéramos así —aunque sea un poco—,
cuánto cambiaría nuestra vida.
Cuánto más cerca estaríamos de Dios,
y cuánto más llena estaría el alma.

—47—

Por eso, no es vergüenza aprender del perro,
vergüenza es no querer aprender nada.
Vergüenza es endurecer el corazón
y vivir con el alma cerrada.

—48—

Abramos, pues, los ojos y el espíritu,
y dejémonos guiar por lo sencillo.
Que en la humildad está la verdadera luz,
y en lo pequeño, el más grande brillo.

—49—

Que el ejemplo del perro nos acompañe,
nos corrija, nos mueva, nos despierte.
Y que nos enseñe, paso a paso,
a vivir con fidelidad más fuerte.

—50—

Y así, cuando llegue el día final,
cuando todo se vuelva claridad,
tal vez entendamos, por fin,
lo que era amar de verdad.

—51—

Y entonces, libres ya de toda sombra,
con el alma en paz y agradecida,
entraremos al gozo del Señor,
donde no acaba nunca la vida.

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