La Pequeña Grey
Eclesiología · Ensayo

La Pequeña Grey

La Iglesia Católica: una nación peregrina, diversa,
dispersa y oprimida

P. Horacio Bojorge, S.J.

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«Los hijos de Dios viven en el mundo, pero no son de este mundo.» — cf. Juan 17, 14-16

Parte I

No tenemos aquí morada permanente

San Pedro, en su primera carta, aplica a la Iglesia el nombre de nación o pueblo. Al hablar de la Iglesia como nación, se aplica el término en sentido análogo al de la cuarta acepción que le reconoce la Real Academia Española: «conjunto de personas de un mismo origen étnico que generalmente hablan un mismo idioma y tienen una tradición común».

Aún perteneciendo a los más diversos pueblos y naciones civiles, los católicos creen lo mismo, profesan haber nacido de nuevo y de lo Alto y tener por lo tanto un origen espiritual común, celebran lo mismo, y tienen normas de vida comunes. La mística comunión de los santos hace de ellos una mística nación, un pueblo santo.

La condición de los hijos de Dios como nación peregrina —y por eso diversa, dispersa y oprimida— es un dato primordial de la revelación cristiana. Reviste una importancia tal que conviene recordarlo en momentos en que no se lo tiene muy en cuenta, porque ayudará a entender mejor la situación del católico en el mundo.

Familia, ciudad, nación

La Sagrada Escritura considera a los discípulos de Cristo, como hijos de Dios que son, con distintos nombres que aluden a un número creciente de miembros: familia, ciudad, reinado o nación. Empieza como una pequeña semilla de mostaza y aumenta desde la condición inicial de familia de la fe hasta ser una nación numerosa.

Nación y pueblo peregrino hacia la vida eterna

Este pueblo de hijos de Dios es un pueblo peregrino porque no tiene aquí morada ni ciudad permanente, sino que peregrina hacia la casa del Padre. Es una nación de la trascendencia, cuyo horizonte imaginario y cuya meta práctica es la vida eterna, ya incoada.

No todo el que me dice: «Señor, Señor», entrará en el Reino de los Cielos, sino el que hace la voluntad del Padre que está en los cielos. — Mateo 7, 21-23

Diversa, dispersa y oprimida

Esta nación de los hijos de Dios vive como extranjera y peregrina en medio de las ciudades que construyen los hombres del inmanentismo. Esa condición peregrina explica que, viviendo estos peregrinos como si fueran extranjeros en las ciudades de la inmanencia, no disponen de ellas ni las gobiernan. A menudo los hombres de la inmanencia pretenden someterlos a su visión, e imponerles, como si fueran las metas últimas, las metas del inmanentismo y los medios para alcanzarlas.

La apostasía insensible

También es posible que algunos miembros del pueblo de los hijos de Dios —dado que su diversidad les ocasiona sufrimientos: discriminación, persecución, opresión— sucumban a la tentación de asimilarse a los inmanentistas, renunciando a la orientación trascendente del corazón. Tiene lugar entonces una apostasía interior, muchas veces insensible y anónima, pero de graves consecuencias.

El ángel escribe a la Iglesia que está en Éfeso, en Laodicea. Nótese bien: no se dice la Iglesia de Éfeso o de Laodicea, sino la que está en… pero no es de ella. Así, la Iglesia católica está en Argentina o en Uruguay, pero no es de Argentina ni de Uruguay. La Iglesia está en, pero no pertenece a.

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Parte II

La tentación: instalación y asimilación

Se trata de una sola tentación que reviste dos formas. La tentación de los peregrinos es la de instalarse y asimilarse. Esto sucede cuando pierden de vista la meta de su peregrinación, se desentienden de ella y se afincan en la ciudad terrena como en su morada última y definitiva. Dicho en términos juaninos: cuando pasan a amar al mundo más que al Padre.

«Tengo contra ti que te nacionalizas»

Llamo tentación de nacionalizarse hacia fuera lo que le sucedió al movimiento protestante, que se desmembró en iglesias nacionales: la iglesia de Alemania, de Inglaterra, de Dinamarca, de Holanda o de Suecia. Es lo que muchos gobiernos anticatólicos y regímenes totalitarios procuraron que sucediese con la Iglesia católica, y lo que aún hoy los poderes de este mundo no cejan en procurar.

Los poderes políticos de la ciudad de la inmanencia imaginan tareas asignables a la Iglesia dentro del orden inmanente: seguridad en el tránsito, bienestar social, moral pública. Todas serán metas intramundanas desvinculadas de la meta última de este pueblo peregrinante. El arquetipo de esta actitud puede encontrarse en el faraón, que quería el trabajo del pueblo elegido al tiempo que planeaba acabar con él.

Es necesario obedecer y complacer a Dios más que a los hombres. — cf. Hechos 5, 29

La tentación de estatización

La otra forma consiste en un estatizarse hacia adentro: que a la nación de los hijos de Dios le crezca dentro una organización de tipo estatal, a imagen y semejanza de los estados de este mundo, imitando el estilo de los poderes en la ciudad inmanente, más en términos de ejercicio del poder (sicut dominantes in clerum) que como servicio y ministerio (forma facti gregis ex animo).

Ya Jesús mismo advierte a sus apóstoles contra el peligro de concebir su autoridad apostólica a imagen y semejanza de los señores de este mundo. Cuando, camino de Jerusalén, los discípulos disputaban cuál era el más grande, Jesús les dice: «Sabéis que los que son tenidos como jefes de las naciones las dominan como señores absolutos y sus grandes las oprimen con su poder. Pero no ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros será vuestro servidor» (Mc 10, 41-45).

Daniel, prefiguración del justo cristiano

Daniel ve en sueños a los estados de este mundo en figuras de animales feroces. Son, en efecto, la estatificación de la humanidad herida por el pecado original, que ha perdido la imagen y semejanza divina. Pero a Daniel se le muestra también el Hijo del Hombre que viene sobre las nubes y al que Dios entrega el Reino que viene de los Cielos.

Mientras los imperios animales surgen del fondo del mar, el Hijo del Hombre baja de los Cielos, enviado desde el Trono del Anciano. Tertuliano ha observado que en el Nuevo Testamento ya no se libra a los justos de los leones y del fuego, sino que, entregados a los dientes de los leones y a las llamas, pasan incólumes por la tribulación y dan testimonio en el martirio, como lo dio su Maestro.

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Parte III

La nación peregrina, diversa, dispersa y oprimida

Testimonios de la Liturgia

El Canon Romano de la Misa pide a Dios que proteja a su Iglesia y la congregue en la unidad. En el Prefacio dominical VI los fieles declaran que, «todavía peregrinos en este mundo», experimentan «las pruebas cotidianas de tu amor». La Vigilia Pascual comienza convocando «a todos sus hijos diseminados por el mundo» a reunirse en oración.

Testimonios de las Sagradas Escrituras

El encabezamiento de las cartas de Pedro y Santiago expresa este rasgo principalísimo de la conciencia y de la identidad de los primeros cristianos:

Pedro, apóstol, a los elegidos peregrinos, extranjeros, de la dispersión del Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia. — 1 Pedro 1, 1

En la Carta a los Hebreos encontramos la formulación más elaborada: la vida del creyente, desde Abraham hasta nosotros, es una peregrinación por tierras extrañas, hacia una patria que Dios tiene preparada. «No tenemos aquí una ciudad definitiva, sino que anhelamos la venidera» (Heb 13, 14).

San Clemente Romano

El Papa San Clemente Romano se dirige desde Roma a los Corintios con una fórmula de saludo muy parecida a la de Pedro y Santiago: «La Iglesia de Dios que habita como forastera en Roma, a la Iglesia de Dios que habita como forastera en Corinto».

El Discurso a Diogneto

Habitan sus propias patrias, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos y todo lo soportan como extranjeros. Toda tierra extraña es para ellos patria, y toda patria, tierra extraña. Pasan el tiempo en la tierra, pero tienen su ciudadanía en el cielo. — Carta a Diogneto, 5

Lo que es el alma en el cuerpo, eso son los cristianos en el mundo. El alma está esparcida por todos los miembros del cuerpo, y cristianos hay por todas las ciudades del mundo. El alma invisible está encerrada en la cárcel del cuerpo visible; así los cristianos son conocidos como quienes viven en el mundo, pero su religión sigue siendo invisible.

San Agustín: las dos ciudades

En La Ciudad de Dios, San Agustín se refiere a la Iglesia y al Mundo como dos ciudades, diversas y de algún modo antagónicas. Reconoce el origen de las dos ciudades en Caín y Abel: Caín, agricultor, hombre afincado en la tierra y fundador de una ciudad; Abel, pastor, trashumante y peregrino.

San Agustín no omite mencionar el móvil por el cual Caín mató a su hermano: la acedia, la envidia religiosa. Será el mismo móvil por el cual este Mundo se opondrá a la Iglesia. Abel no le disputaba a Caín gloria, dominio ni señorío terreno; lo mató «por diabólica envidia, que apasiona a los malos contra los buenos, no por otra causa sino porque son buenos y ellos malos».

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Parte IV

El Cuerpo Místico: principio de unidad

La nación de los hijos no puede darse a sí misma un principio de unidad como el que se dan las naciones de este mundo mediante un Estado. La aldea cristiana es una utopía. El principio de unidad de los dispersos es de orden místico y espiritual, y se realiza por vía sacramental, litúrgica, eucarística.

El pueblo disperso, reunido en la Eucaristía

El pueblo disperso de los bautizados se reúne en unidad visible cuando celebra la Eucaristía. Luego de celebrada, el Padre vuelve a enviarlos a la dispersión con el saludo final: Ite, missa est: «podéis ir en paz».

Como este fragmento estaba disperso sobre los montes y reunido se hizo uno, así sea reunida tu Iglesia de los confines de la tierra en tu reino. — Didajé

Una nación oprimida por acedia

La causa de esta opresión es la acedia propia de Babilonia. Como consecuencia de esta condición peregrinante y dispersa, los hijos de Dios son una nación envidiada, mirada con acedia y por lo tanto perseguida y oprimida. Jesús lo había preanunciado: «Si el mundo os odia, sabed que me ha odiado a mí antes que a vosotros» (Jn 15, 18).

Los cristianos están indefensos entre los hombres como ovejas entre lobos. Hablan una lengua extraña y son odiados. Viven sometidos a poderes de los Estados de este mundo, que en muchas ocasiones son sus opresores, sus perseguidores y enemigos.

Una nación, pero no como las demás

Somos pues una nación, pero no como las demás, sino peregrina, dispersa y oprimida. Sin territorio acotado por fronteras, sin configuración estatal. Su Rey es Cristo, pero ese Rey afirma: «Mi Reino no es de este mundo». Y Él, que ha de ser tenido por dechado de apóstoles y pastores, manifiesta que no gobierna a su Iglesia como lo hacen los reyes y señores de este mundo, sino haciéndose, como dirá Pedro, «modelo de la grey».

P. Horacio Bojorge, S.J.

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«No tenemos aquí una ciudad definitiva,
sino que anhelamos la venidera.»

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